Hay días en los que al levantarte no consigues encontrar las zapatillas de estar en casa. Entonces recuerdas que te quedaste dormido en el sillón (¡por eso te duele el cuello tanto!) y te encaminas al salón descalzo, andando sobre los talones para no sentir el frío.
Hay días en los que el coche no te arranca. Llamas a tu cuñado para que traiga las pinzas y aparece con unas de depilar. Ante tu extrañeza argumenta que pensaba que las querías para recolectar esos antiestéticos pelos que han arraigado en tus orejas.
Hay días en los que tu hija la pequeña aparece por casa con un jovenzuelo de botas con lengüeta por fuera que intenta mostrar ante ti sus mejores modales de colegio subvencionado. Pero tú le miras sabiendo qué es lo que busca, cuál es su fin último. Podrá intentar causarte buena impresión poniendo la mejor de sus sonrisas o intentando domar el pelo de cherokee que a tu niña le parece tan “in”, pero a ti no te ha engañado a pesar de que les dejarás el coche para ir a las fiestas del pueblo de al lado.
Hay días en los que tu suegra emite un comunicado quejándose de la informalidad de los que tienen que acuchillarle (¡uy, casi!…) el parquet, lo que obliga a acogerla en tu casa durante un tiempo indefinido. Ya por la tarde cuando te sientas ante la tele para ver el fútbol, ella pregunta inocentemente a su hija si no ha visto el programa de Maria Teresa Campos porque está muy bien y te tienes que ir a la salita para ponerte la radio muy pegada a la oreja mientras dura el partido lo que hace que andes todo lo que resta de la tarde haciendo publicidad de Sanyo en la sien.
Resumiendo, hay días en los que no debieras haberte levantado, días en los que comprendes cómo debe sentirse la familia de Steven Seagal, que mucho zen y mucho maestro en artes marciales pero cuando se ausenta de casa sus allegados suelen sufrir secuestros, violaciones y mutilaciones varias; que ya sabemos que luego se venga con éxito a pesar de enfrentarse en solitario a una organización que cumple todas la best practices del crimen, pero es que estas cosas es mejor prevenirlas.
Hay días en los que el Atleti visita campos como la Rosaleda , campos que no se le dan bien, campos de equipos de esos de la zona media baja en los que estamos acostumbrados a pegar el petardazo.
Hay días en los que nuestro equipo se juega algo más de tres puntos, se juega volver a alimentar la ilusión de muchos de los suyos después del fracaso de la eliminación de la competición que ganó el año pasado. Ya sé que a nuestro entrenador no le parece un fracaso, pero lo es. Ya se que al sobrino de la interprete más famosa de “la Zarzamora ” le parecerá sólo una decepción, pero hay muchos de los nuestros a los que estas cosas le hacen ir al trabajo al día siguiente más cargados de hombros, tristes y hasta inapetentes:
-Ruiz, ¿te vienes a desayunar?
-No gracias, voy a terminar el informe para el encargado, no vaya a pedirlo como hizo hace seis meses por sorpresa.
Hay días en los que juegas con un rival muy débil, días en los que te das cuenta que hay equipos que defienden aún peor que tú las acciones a balón parado. Habrá algunos a los que el cuerpo les pida sacar pecho, pero no está la situación para eso, ni mucho menos. ¿Se ganó sin pasar apuros? De acuerdo. ¿Fuimos superiores? Desacuerdo, sólo se tuvo más puntería y se aprovecharon los regalos prenavideños.
Hay días en los que te preguntas por qué si el equipo sigue sin jugar a nada, se cambian constantemente las mismas piezas y no se da entrada a otras. También te preguntas si sirven para algo los castigos que el cuerpo técnico reparte entre los jugadores (ahora léase Godín) como lo haría un profesor de filosofía gruñón.
Hay días en los que piensas que finalmente sí iras a desayunar mañana. Seguro que nadie ha visto el partido porque les parece aburrido y puedes exagerar el juego de tu equipo diciendo que pudo ser una goleada de escándalo pero es que no se quiso hacer sangre.
Hay días en los que te vas a la cama después de poner cuidadosamente alineadas las zapatillas de estar en casa al borde de la mesilla. Hay días en los que no paras de dar vueltas y ves desfilar las horas ante ti nervioso porque mañana tienes que madrugar, las dos, las tres…, días en los que tu mujer pregunta que qué te pasa hoy, que por qué no paras de dar vueltas. Cuando pierde porque pierde y cuando gana tampoco duermes. Y tú piensas que se ha ganado, sí, pero dejándote la misma sensación que cuando no se hace.
Hay días en los que, ya casi amaneciendo, oyes entrar un coche al garaje, un taconeo en las escaleras y una llave en la puerta de la calle. Y entonces empieza a darte el sopor, y ya casi dormido piensas que el día no ha estado tan mal, que la niña ya está en su habitación. Y te planteas que hace tiempo que no es el Atleti lo que te quita el sueño, y que puede que haya muchos como tú, y que alguien debería preocuparse por ello.
