(Vayan por delante mis disculpas por salirme del guión esperado y hablar de un tema que toca solo de manera pseudotangencial a nuestro equipo, pero ésta es la idea de las entradas de entreguerras, dar rienda suelta a la verborrea mental que padezco y ustedes sufren)
El pasado domingo nuestro subvencionado cine se volvió a poner de largo. Ya saben ustedes que cuando el cine español se pone de largo no es como cuando lo hacen otros celuloides, no. El cine español se pone de largo pero con desgana. Se pone con chaqueta pero sin el nudo de la corbata bien apretado, se pone con vestido de raso pero con zapatillas de estar en casa, se atusa el pelo pero deja un remolino que realce el tono casual, en fin, que les voy a contar que ustedes no sepan. En este anual desfile por alfombras rojas atestadas de ácaros de autocomplacencia, destacaban dos papeles protagónicos antagonistas: el del bueno que intenta luchar contra los elementos subvencionados (el director de Acción Mutante) y la mala que intenta obligar a las masas a comer el filete de hígado que perpetran cada año los creadores patrios poniendo puertas al campo de internet a base de legislación (la celebrada guionista de Mentiras y gordas). A poco que ustedes hayan leído u oído sobre el tema, tendrán claro quién fue el que se llevó el aplauso casi unánime del personal. Esto es todo lo que tengo que expresar de una institución que admite sin reparo la presencia del cooperador necesario entre sus filas y esta es toda la relación que en este post encontrarán con el Atleti. Bueno, toda no, el Atleti últimamente aburre, lo mismito que casi todo el cine español.
Comencemos con la historieta de hoy….
A la mañana siguiente de la gala nuestro protagonista (ahora siempre principal) se sentía extraño. No le había ido nada mal, pero algo había cambiado. A la espera del vuelo que le llevara de vuelta a casa con escala en Miami, había clasificado el correo atrasado que se amontonaba sobre la mesita étnica del recibidor de su piso de soltero en Madrid. Una de las últimas cartas le había dejado descolocado. Todavía resonaban en su cabeza aquellas palabras leídas: “…por lo que procedemos a darle de baja del partido por falta de pago y conducta sospechosa…”. No podía ser, debía haber un error. Ahora cobraba sentido la frialdad con la que Willy, Alberto y otros camaradas le habían saludado ayer. Ahora entendía el por qué de que nadie le hubiera invitado a ninguna de las fiestas posteriores. ¿Falta de pago? Creía haber pagado religiosamente (con perdón) la cuota, ¿o era la del club de golf la mensualidad que había domiciliado?
Lo de conducta sospechosa le enfadaba más. ¿Qué entendían ellos por conducta sospechosa? ¿No fiarse de la Seguridad Social ? ¿Querer que tuviera doble nacionalidad? Aunque claro, si la otra mitad de la nacionalidad hubiera sido mozambiqueña o laosiana no sería sospechosa. Además había tenido que tragarse los desplantes solo, bueno, con mamá. Le hubiera gustado que además de mamá, también ella hubiera venido pero casi hubiera sido peor, los más integristas no entendían que ella hubiera pasado de budista a ciencióloga y de ciencióloga a marxista de Rodeo Drive. Como si no se pudiera hablar de lucha de clases mientras tomas un brunch con Susan y Tim. ¡Qué inmovilistas, coño! Bueno, no conducía a nada hacerse mala sangre. Seguro que si lo dejaba en manos de mamá le volverían a admitir, que para algo estaban la antigüedad y los trienios pasados detrás de la pancarta.
Ya en la terminal, se dirigió a la sala vip de la compañía aérea donde una amable señorita de aspecto eficiente le preguntó que de qué quería el minibocadillo con pan de centeno al que tenía derecho por ser cliente preferencial.
–Jamón, jamón –dijo presto, suspirando seguidamente por los recuerdos desempolvados.
