Venciendo sus reticencias y arrastrado por su cuñado, Higinio se acercó al bar del camping a ver el partido de vuelta de la segunda ronda previa a la fase de grupos de la Europa League ¡Madre mía, cuánto título! Más que un partido parecía una película costarricense con subtítulos en moldavo, pensó. Sus reticencias se basaban en el cómodo resultado de ida y la flojedad del adversario, todo ello regado con esa falta de ilusión que había brotado en muchos como él tras las noticias veraniegas. Había que tener en cuenta también las previsiones que vaticinaban un empeoramiento generalizado del tiempo, lo que podía acarrear que esa tarde pudiera disfrutar del último baño del verano antes de volver a la dura rutina. Finalmente, la insistencia del pesado del marido de su hermana desniveló su lucha interior en el descuento, no sin antes pegarse un baño rápido de esos que te dejan bañador y parte baja de camiseta mojados toda la tarde con gran riesgo en los que padecen de lumbago de sufrir una noche toledana.
Antes siquiera de localizar una mesa para esparcirse, vieron desde la barra la transformación por parte de Gabi de un penaltito torpe que disipaba cualquier duda que los más pesimistas pudieran tener. En vista de las similitudes con el partido de vuelta de la anterior eliminatoria, ese emocionante encuentro ante el Estrógenos noruego, Higinio decidió llamar a su mujer aprovechando la tarifa dual que les proporcionaba llamadas ilimitadas entre ellos a 0,08 céntimos siempre que llamaran entre las 8:35 y las 8:43, en jueves de eliminatorias europeas y si no utilizaban más de cinco palabras por frase:
– Chica, ¿os venís al bar?
– ¿Y eso? –terció su mujer mientras intentaba localizar a sus vástagos en medio de una rueda de reconocimiento de niños arrugados tras diez horas de baño en la piscina.
– Echamos la tarde –explicó Higinio mirando por el rabillo del ojo como las ocasiones se sucedían a favor de los colchoneros.
– Venga, en nada estamos
– Vamos pidiendo y hacemos merienda-cena –dijo Higinio antes de colgar, quedándole una sensación de azar por no saber si la operadora de telecomunicaciones consideraría merienda-cena como una palabra o como dos, lo que podría desequilibrar la balanza de pagos familiar.
Ya sentados, ordenaron las viandas y pidieron una jarra grande de sangría, que en el bar del camping la hacían muy rica, no muy fuerte y con trozos de melocotón flotando, como debe ser. Llegaron las damas y empezaron a conversar de cosas de esas de las que se conversa cuando muere el verano: de regresos escalonados, de cómo estará la casa de sucia, del uniforme de los niños, de si habían oído lo de los actos conmemorativos del trigésimo aniversario de la reposición en la que Chanquete vuelve a morir de manera consecutiva. De todas formas, la conversación decaía con facilidad sorprendentemente, y no porque ya no tuvieran nada que decirse después de que ocho personas y un perro de tamaño mediano hubieran pasado trece días en 15 metros cuadrados, no, aunque eso tal vez influyera. La razón del decaimiento era que las miradas por el rabillo del ojo a la pantalla de plasma se convertían sin pudor en miradas concentradas ante el juego del Atleti. Se veían triangulaciones, se veía a un equipo bien posicionado, se veían oportunidades, se veía un centro del campo y unos delanteros con movilidad, se veía una defensa solvente en la que destacaban unos laterales que llegaban a la línea de fondo. Se veían goles marcados y alguno fallado que pudo haber acallado más a la concurrencia.
En el descanso, la conversación se avivó pero abandonando los lugares comunes del final del estío para empezar a hablar sobre sistemas y sobre presiones en basculación. Sobre que Gabi cada vez convence más y Silvio y, sobre todo, Adrián nos tienen medio enamorados. Ni siquiera la esperada llegada de unos chipirones a la plancha con su ajo picado y su perejil por encima y un pegote de alioli en banda cambiaron el rumbo de las reflexiones: que si Perea siempre cumple, que si este portero belga tiene buena planta…
Fue solo una isla de palabras. Comieron y disfrutaron de la segunda parte en un silencio solo roto por el ruido de cubiertos. Vieron dos goles más. Vieron a un lateral que pone centros de los que llevábamos tiempo sin ver. Vieron a un Reyes menos individualista que de costumbre. Vieron otra vez a Koke. Vieron a un delantero asturiano que no merece el banquillo cuando los nuevos fichajes se acoplen a la titularidad. Vieron, incluso, a Salvio menos cargado de hombros y con mejor porte. Vieron cosas donde no se esperaba casi nada.
Al finalizar el partido, algo había pasado. Estaba claro que el rival no era el más indicado para precipitarse y sacar conclusiones ni euforias. Pero esa desilusión que ha reinado durante todo el verano empezó a dejar sitio a un cosquilleo raro. Extraño y desconocido por inusual en los últimos tiempos. Un cosquilleo que invitaba a contar los días hasta el domingo y ver el debut en liga. Un rayo de esperanza al que se debe dar la bienvenida. Aunque sea precipitado.
– Chica, ¿nos queda ibuprofeno? –preguntó Higinio llevándose la mano a la parte baja de la espalda.
– Alguno debe de quedar –dijo de manera escueta su mujer dirigiéndose hacia el botiquín y reparando mientras saltaba sobre una cama plegable en que el niño que dormía donde el pequeño no era suyo ahora que se le había tensado la piel.

