Mostrando entradas con la etiqueta Simao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Simao. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de octubre de 2012

Maternal crónica del Español-Atleti


Que madre no hay más que una lo sabe todo el mundo, aquí y en la Patagonia ¡Ay, las madres! Siempre tan atentas a esas pequeñas cosas que a nosotros se nos pasan:

– Orestes, hijo, llévate una chaquetita, que luego refresca.

– ¡Mamá, que estamos a veinticuatro de Julio y trabajo en un horno de pan!

– Pues para cuando lo apaguéis…

Ya se sabe como son las madres. Siempre viendo a sus retoños como los más guapos. Siempre disculpando sus defectos y ensalzando sus virtudes a niveles estratosféricos. “Es que el niño es muy independiente”, añaden sin rubor cuando el padre de familia empieza a molestarse, solo ligeramente, al cumplirse el tercer día sin aparecer por casa del zagal, seguramente centrado en los actos de celebración del trigésimo cumpleaños del primo Nachete. “La niña siempre ha sido muy desenvuelta y con mucho don de gentes”, sentencian haciendo oídos sordos de los rumores que aseguran haber visto a Almudenita bailando ligera de ropa y de prejuicios en un local situado en una vía de servicio. Fíjense si serán, que hasta las madres de los asesinos en serie, siguen echando la culpa a los amigotes de los desmanes de sus cachorros.

– Ildefonsa, mujer, que han sido ciento cincuenta y tres puñaladas.

–Dice el sumario que son ciento cincuenta y una, que cuando se trata de mi Matías siempre os gusta exagerar, ¡arpías!

Otra característica muy de las madres es la de no reconocer que sus vástagos han crecido. Siempre serán niños y niñas, indefensos ante el mundo. Por ponerles un ejemplo, cuando la madre que a servidor le parió se dirigía a un encargado de la planta de caballeros de gran almacén, siempre decía buscar ropa para los niños ante la atónita mirada del vendedor, no dando crédito al ver aparecer detrás a dos maromos de casi dos metros, barba cerrada y calvicie más que incipiente.

Un poco de este comportamiento tan típicamente maternal tenemos nosotros, ustedes y yo, con nuestro Atleti. No crean que disculpamos sus tropiezos, no, que para eso analizamos con nuestros iguales sus cosas y tenemos bien marcadas nuestras filias y nuestras fobias. Pero, ¡ay si algún aficionado de otro equipo osa burlarse de su salida de balón o de cómo achica espacios desde la defensa! Allí saltamos nosotros acero en mano para batirnos en duelo. También nos ocurre eso de no acabar de verlo preparado para enfrentarse con los peligros del calendario, a pesar de que a ojos vista el equipo parezca cuajado y adulto. Todos somos un poco madres con el Atleti, sí. Y ya se sabe, aquí o en la Patagonia, que madre, para el Atleti, no es que haya una, es que todos llevamos una dentro.

Visitaba el Atleti al Español y andábamos maternalmente preocupados ante el partido. Pudiera ser el motivo del azar la ausencia de Falcao, ese típico amigo responsable del hijo que regresa a casa un cuarto hora antes de su hora y con dos goles bajo el brazo. “¿A qué hora vuelve Falcao?”, “Tiene que estar en casa a las once”, “Pues tú te vienes con él. Ni un minuto más”. Quedaba la cosa, si del ataque hablamos, en manos de Diego Costa, amigo con pinta de irresponsable y algo alocado. “¡Pero si a Diego Costa le dejan hasta las doce y media!”, “Ya, y si Diego Costa se tira por un puente, ¿tú también te tirarías?”. Lo que les digo, comportamientos típicamente matriarcales ante el partido de Cornellá. Sin importar la madurez mostrada por el equipo en las últimas apariciones y la solvencia ante las ausencias. Cosas de madres. 



Empezó el Atleti achuchando. Mandón aunque sin demasiada profundidad. Mostraba el Español una cara blandita, dulce, como de día de la madre. No daba sensación de poder inquietar a los nuestros a pesar de la presencia de Simao.

– ¡Ah!, ¿pero Simao jugó?

Bueno, siendo benevolentes podríamos decir que Simao estuvo sobre el campo y que respiraba, siendo éste último un dato todavía por confirmar. Les hablaba antes de la blandura de los pericos y de esa blandura se aprovechó el Atleti para hacerse con el mando del marcador sin exponer demasiado: un desmarquito de Diego Costa; medidas incursiones de Filipe y Juanfran; los detalles habituales, aunque menos numerosos en los últimos partidos, de Arda; las llegadas de Raúl García y, sobre todo, la seriedad de Mario Suárez. Profundizaremos en el tema Mario por ser posiblemente el jugador que más ha cambiado desde la llegada de Simeone al banquillo. Si de blandura hablábamos, Mario era el paradigma de la misma hace unos meses. A pesar de sus otrora pelos afroamericanos, Mario daba la sensación de no ruborizarse al llamar a su madre “mami” delante de los compañeros de clase, de ir de la mano con ella a su edad y de asumir que al pedir una fanta en un kiosko del parque, la madre sustituyera su petición por un trinaranjus del tiempo, que ya se sabe que el gas es muy malo, y además luego el niño no me cena. Éste Mario esponjoso y maleable, jugador al que daban ganas de abrazar pero no de mandarle un balón comprometido, ha pasado con Cholo a ser pieza clave, a mostrar carácter y a atribuirse galones en la salida del cuero. Siempre bien colocado y sin complicaciones a la hora de distribuir, el cuatro atlético se marcó un muy buen partido, si bien su desempeño luce mucho más al tener como pareja en el mediocentro a Tiago, ese jugador que merecería pagar entrada de los partidos que disputa y al que solo faltan las pipas para completar con fidelidad el papel de espectador que usualmente interpreta.

Se puso el Atleti por delante tras remate de Raúl García llegando, que es lo suyo y daba el equipo sensación de solvencia y de bloque trabajado. Andábamos las madres/aficionados felices por lo bien que se portaba el equipo/niño cuando sale de casa, sin hurgarse la nariz y pidiendo las cosas por favor y se nos vino el descanso. Nos dimos cuenta entonces que se nos hacía mayor el churumbel, que ya sale de casa y se porta como debe, sin esas rabietas de falta de concentración que no hace mucho costaban dos goles en cinco minutos. Comenzó la segunda parte y se echó el niño atrás tal vez demasiado. Podría achacarse a esa timidez que los mozalbetes, desenvueltos en casa, suelen mostrar ante los extraños y las tías del pueblo con bigote, pero nosotros, desde nuestra maternal atalaya, sentimos una extraña seguridad de que nada puede torcerse a pesar de la cortedad del resultado. La segunda parte pasó rápido, con esa rapidez con la que crecen los infantes. Pasó tan rápido ante nuestros ojos que hasta pasó toda nuestra vida en diapositivas delante nuestro al ver cómo Turan se lesionaba y pedía el cambio. Llegó el Español un par de veces, con poca fe la verdad, y el partido languideció sin que el corto resultado se moviera aunque el Cebolla y un Adrián con síntomas de recuperación pudieran haberlo hecho más holgado.

Deja el partido aromas a que el niño/equipo se ha hecho mayor. A que sigue trayendo buenas notas y a que cada día crece, a pesar de que nosotros, como buenas madres, no nos acabemos de dar cuenta porque lo vemos a diario. Vemos con sorpresa como la casa parece recogida y que no ha habido desastres reseñables tras haberle dejado solo todo el fin de semana aunque, si miramos con detenimiento, quedan por pulir ciertos aspectos como la posible falta de ambición para cerrar resultados o el intentar dormir los partidos cuando éstos se vuelven algo locos, sí, pero el niño demuestra que se puede confiar en él, lo que nos llena de orgullo maternal. Y a nosotros, ustedes y yo, que vemos a este Atleti como si fuéramos sus madres, hace que se nos caiga la baba. Eso lo saben aquí y en la Patagonia.

– Cosme, hijo, ¿te has tomado los cereales?

– No mamá, ya no tomo cereales desde que se me cayeron todos los dientes. Además, me alteran la glucosa. Uno tiene que cuidarse cuando cumple noventa años….

viernes, 16 de marzo de 2012

Los infiernos ya no son lo que eran

“Los “infiernos” ya no son lo que eran, cuando yo “fifia” en el pueblo sí que hacía frío…”
                                                 “Fifiano”, filósofo de “farra” de “far”


¡Cuánta razón tiene Viviano (o “Fifiano”, si ustedes así lo prefieren)! Los infiernos ya no son lo que eran. Poco tiene que ver el tan cacareado infierno de Estambul con otras lides libradas en otros avernos continentales. Poco tiene que ver el partido de ayer con aquella eliminatoria en Atenas contra el Olimpiakos de hace ya bastantes años en el que a Schuster le hicieron de todo al lado de un banderín de corner. Si les digo la verdad, no son esas las ocasiones que uno recuerda como infernales, no guarda en las meninges especial huella negativa de aquellos y otros lances en los que supuestamente se visitaron los dominios de Pedro Botero, no. Una guarda recuerdos mucho más dañinos y desagradables de otras citas. Citas que no fueron calificadas de infiernos pero que lo fueron: Timisoaras, Lens, Ofis de Cretas, Parmas y muchos otras plazas sí son recordadas con calor de llama eterna, por mucho que el público asistente fuera de una educación exquisita y hasta tomara el café sin sorber y levantando el dedo meñique para aparentar finura.

Ya en el túnel de vestuarios, se podía constatar que los infiernos, y por extensión los demonios que en ellos moran, no son lo que eran. Uno miraba a los turcos y no veía fiereza otomana ni furia bizantina. No veía pelos largos ni entrecejos poblados. No atisbaba centrales desdentados ni laterales que pudieran ser bajistas de un grupo de hard rock. Si uno los observaba bien, veía mozalbetes repeinados de metrosexualidad apreciable. Es más, miraba a los turcos y le parecía estar de vacaciones en el Algarve de los portugueses que parecían. Se cuenta incluso que en los vestuarios se escancia vino verde de Oporto y se escuchan fados que llenan de melancolía las tardes de balompié. Cosas de esas que en nuestra casa suceden también por obra y gracia de la alianza de civilizaciones y pelotazos de Mendes, proveedor oficial de jugadores de ambos conjuntos.

Salieron los equipos al infierno y, de entrada, se sumergieron en un purgatorio de imprecisiones. El timidísimo acoso inicial de los turcos fue respondido por el Atleti a base de buena colocación pero también de un excesivo patadón. Puestos a pedir, tal vez se debería salir mandón de entrada, máxime frente a equipos de incontestable inferioridad como el Besitkas. Tal vez sea esa una de las asignaturas pendientes del Cholo, el dotar al equipo de más hechura a la hora de ir a por el partido en los primeros veinte minutos, ya que se ha conseguido (que no es poco) no perder los encuentros de entrada, como ocurría antes. Volvía el centro del campo a otear el balón de lejos en su viaje desde la defensa a las cabezas de los delanteros. Probablemente se trate de una cuestión de jerarquía por parte de los mediocentros, cumplidores la mayoría de las veces, pero casi nunca destacados en la elaboración. Volvían el fútbol feote y las entregas generosas del cuero al contrario. Enfrente, poco ofreció el equipo turco. Si acaso algún amago de Simao, alguna dejada de Almeida, delantero tipo tanque de los que gustan a servidor que ayer fue muy bien frenado por unos centrales que cumplieron de manera destacable y el despliegue de Toraman, centrocampista con nombre de superhéroe del que se desconoce al cierre de estas líneas el superpoder con el que transita por la vida.



Pasado el tanteo inicial, empezaron a darse cuenta los nuestros que el infierno no era tal. Esa revelación dio pie a un mayor atrevimiento por parte de Koke, de Turan, de Adrián y de Juanfran, la columna vertebral creativa del equipo en la actualidad. Fruto de una combinación de todos ellos llegó el gol de Adrián tras destacable pase a Arda de un Juanfran que cada día crece en confianza e importancia en el equipo. Curioso lo de Juanfran, muestra con regularidad cada vez más cosas en ataque desde la certeza de que se está convirtiendo en un valladar en defensa. Tarea casi imposible se ha convertido desbordarle y hasta empieza a hacer faltas de esas que solo saben hacer los centrales experimentados, esas en las que se posa la mirada en el rival que yace en la hierba con desprecio por ser tan blandito y quejica. Con el gol acabó el Besitkas y cualquier atisbo de resistencia que pudiera llegar a ofrecer. A partir de ahí, el equipo turco deambuló por el campo con una tibieza que hace pensar en la profunda huella que ha debido dejar en la institución ese mediapunta de manual que prestó sus rubios servicios a la causa: Maria José Gutiérrez, “Guti”.

Poco podemos decir sobre una segunda parte sin demasiada historia. Si acaso que el resultado, aunque contundente, se antoja corto ante la cantidad de llegadas que tuvo el Atleti. Poco inspirados anduvieron Falcao y Adrián de cara a puerta, si bien este último nos dejaba en cada jugada un detalle que hacía sonreír con satisfacción pero también con ese miedo que da que un jugador así de diferente sea vendido por nuestros premiados gestores en cuanto el verano asome sus calurosas orejas. Se redondeó el resultado por aplastamiento y con la inestimable colaboración del portero rival que permitió a Falcao meter un gol que convirtió al arquero en centro de las iras de la gradería. Mojó también Salvio en otra de las innumerables llegadas y ahí, justo ahí después del tercer gol se produjo la incontestable constatación de que los infiernos no son lo que eran, y no solo por el resultado y la impresión general del partido. Salió un animoso aficionado turco al campo dispuesto a increpar a su guardameta cuando, al igual que San Pablo en su camino de conversión, cayó de rodillas frente al dadivoso portero con la misma devoción que si tuviera enfrente a la Virgen de las Angustias. Tal alarde de fervor fue presenciado por los jugadores atléticos con distancia pero con la emoción propia de un momento así, con los pelos de los brazos muchos más que erizados. Pusieron fin a tal momento de éxtasis varios integrantes del servicio de seguridad que se echaron encima del orante de manera brusca, no quedando claro si fue por mantener el orden público o por impedir que el espontaneo sacara al portero en procesión mayor ya que adornaba su aspecto con aperos de costalero sevillano.

Los infiernos ya no son lo que eran, de ninguna manera. Éste Atleti visita los infiernos con la ilusión de un turista japonés y no nos deja ni un vulgar sobresalto a lo largo de la noche. No tememos por los resultados ni vivimos estrecheces ni agobios a lo largo de este tipo de partidos. Los que sentimos en rojiblanco hemos dejado de temer a este tipo de infiernos, tal vez por considerarlos exagerados. Será a lo mejor porque estamos acostumbrados a vivir en nuestro propio y particular infierno de gestión deportiva y económica del club. Veinticinco años llevamos con el calorcito del averno gerencial metido en nuestras carnes, ya chamuscadas. Sí, probablemente sea por eso por lo que ya no nos asustan los infiernos que vengan.


“¿Infierno? Tendrían ustedes que ver el ambiente de una cena de nochebuena en casa de la familia de mi marido…”
                                       Rosalía, experta en celebraciones infernales

viernes, 24 de febrero de 2012

¡Ay, los viernes!

–….¿y de verdad que no me puede llamar Timoteo? Mire que a mí, los nombres con personalidad y musicalidad aparente siempre me han parecido los más apropiados –dijo el individuo de tez morena mientras contemplaba cómo las olas rompían con fuerza contra el arrecife que protegía la isla.

– ¡Que no, hombre! ¡Que no me parece bien! La aventura que estamos viviendo exige un apelativo más conceptual, una gracia de más calado que Timoteo –rebatió de nuevo el barbudo personaje que empezaba a echar de menos la soledad de los primeros años.

– Pues dirá usted lo que quiera, pero yo tenía un primo segundo, fruto del mestizaje y la fusión íntima de una prima carnal de mi señora madre con un jesuita de Mérida que quiso convertirla a la fe con métodos cercanos y procaces, al que pusieron de nombre Timoteo, lo que no fue obstáculo ni cortapisa para que llegase a hombre lluvia de su tribu –volvió a la carga el aborigen.

– No, si me vas a estar tocando los mismísimos hasta que te lo cambie. ¡Ea!, pues venga. A partir de ahora te llamaré Viernes Timoteo.

– ¿Nombre compuesto? ¿No quedará pretencioso?

– Seguro. Seguro que cuando vayas al registro civil de la isla, el funcionario encargado te va a mirar como a una víctima del esnobismo tribal.

– De verdad, Señor Crusoe, que cuando se pone usted intenso, más le  valdría estar a uno solo que mal acompañado. Se me hace la isla muy pequeña para los dos….




¡Ay, los viernes! Esos días a los que últimamente tememos. Nada que ver con esos viernes de toda la vida en los que te escapas de la oficina en cuanto el reloj da las dos. Poco queda de esos días que son preludio de fines de semana de chándal y riñonera en un centro comercial. Ya casi no se ven jefes a los que el vaquero queda raro aferrándose a normas no escritas en el vestir para dejar el traje aparcado en la zona azul o verde de un armario de tres cuerpos. No quedan ni ganas de planear el asalto del sábado a la resistencia amatoria de ella o de él tras una semana de cansancio y rutinas. Y es que los viernes, queridos amigos, últimamente nos traen subidas de IRPFs, recortes y ajustes de cinturón o de tirantes elásticos. El pueblo llano mira de reojo las nuevas medidas aprobadas y suspira con alivio cuando no ha salido su bolita en el sorteo del recorte. “Este viernes han recortado en un 25% las ayudas para la compra de bisoñé a los calvos de larga duración”, se oye decir en los bares al mediodía mientras varios melenudos se regocijan por no ser alcanzados por la tijera de los ajustes ¡Ay, los viernes!

En cambio, la parroquia rojiblanca afronta los viernes de otra manera. Ya nos pueden bajar el sueldo, subir el agua o ponernos el gas a precio de noble, gas noble, se entiende. Nosotros andamos por la vida con despreocupación, mirando la botella casi rebosante más que medio llena y sonriendo a los vecinos de escalera, incluso al que pone el cassette de La antología de la copla demasiado alto a la hora de la siesta del viernes. Fíjense incluso que, hoy viernes, casi ni hablamos de fútbol. Lo consideramos baladí: “¿Pero ayer no jugó el Atleti?”, nos pregunta Martínez. “¡Bah!, estaba resuelto”, respondemos quitando importancia. Nos acostumbramos a lo bueno enseguida, como si fuera sencillo resolver en partidos de ida ¡Ay, los viernes!

Para representar el último acto de la resuelta eliminatoria de ayer, Simeone rotó. Rotó a los laterales, rotó algún mediocentro y rotó a Falcao, que ya empezaba a poner cara de necesitar unos días de libre disposición. Sacó una alineación algo contrahecha: dos centrales, de laterales; un lateral reconvertido, de interior y un mediapunta cargado de hombros, de delantero. En resumen una alineación de esas que, hace tres meses, hubiera obligado a intervenir a la autoridad y tal vez a los cascos azules. Ahora no, ahora las cosas han cambiado. Incluso en partidos como ayer con alineaciones de arte y ensayo, hemos dejado de ver las carencias para ver las cosas buenas. Servidor piensa que el partido de ayer era el partido de Koke. La lesión de Diego parece que le va a dotar de unos galones que parece haberse ganado pero que debe confirmar con algo más en cada partido. Koke tiene talento, da unos pases en profundidad por encima de la defensa que quitan el hipo, pero a veces se muestra algo acelerado. No ayudó ayer que no estuviera muy acompañado en la labor de creación porque ya se sabe que los jugadores como él son como los cabos de la guardia civil, funcionan mejor en pareja e incluso en batallón. Salió luego Arda y la cosa mejoró. Tenía un compañero con el que entenderse de esa manera en la que se entienden los que ven el fútbol a cámara lenta en sus cabezas. A pesar de que se le mira con cariño por ser de los nuestros, a Koke se le debe exigir más porque puede hacerlo. Esperemos que en el próximo partido lo ofrezca.  



Reaparecieron Arda y Silvio, nuestro niño burbuja. A este último no se le vio demasiado más allá de la prevención que provoca sacarle a la calle con estos fríos, no se vaya a constipar. Al primero se le vieron varios detalles de esos que él deja y una largura de pelo de líder de grupo británico de garage-rock, lo que no es poco. Juanfran estuvo raro de extremo o de interior o de lo que jugara, y, cómo son las cosas, se le echó de menos como lateral. Los centrales volvieron a estar firmes. Los laterales, cumplidores sin más, los mediocentros aseados y los rivales del Lazio al nivel de un equipo de madres ursulinas. Pero hoy nos vamos a fijar en los de delante. Primero vamos con lo bueno, con Adrián. Adrián demuestra en cada partido que es un jugador diferente. Hace cosas que los demás no llegan a imaginar pero cuando tiene que mirar a la portería siempre busca a algún compañero que finalice por él. Los hay que dicen en un alarde de maledicencia que casi mejor que no tenga tanto gol porque, en ese caso, nuestra rumbosa directiva ya le habría vendido al peor postor, cosa que no se descarta vaya a producirse aún sin tener el remate en las venas. Ahora vamos con Salvio. El que suscribe empieza a tener con Salvio la sensación de que está siendo injusto. Por más que intento buscar las virtudes que tanto glosan los comentaristas de Cuatro o Canal Plus, no las encuentro. Por más que intento comprender el por qué de la salida de Elías primero y de Diego Costa después como competidores por una plaza de expatriado, no consigo hacerlo. Si tuviera que destacar algo de su partido de ayer empezaría por un buen disparo al palo y algún que otro regatito que termina con la firma de la casa, resbalón o tropezón. Ya les digo, empiezo a plantearme seriamente si no estaré mirándole con manía de profesor de filosofía.

Partido de trámite, en definitiva. Partido que sirve para dosificar esfuerzos y minutos. Para hacer probaturas y ensayos casi generales. Que pase el siguiente, que será el Besitkas de Simao al que esperemos se reciba como merece. Está quedando resultona esta Europa League en la que ojalá podamos ilusionarnos a medida que pasan las rondas. Es bueno eso de tener los jueves ocupados en estos menesteres. Así, los viernes serán más viernes, para nosotros ¡Ay, los viernes!

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La herencia florista

Hace unos cuantos días tuvimos el dudoso placer de volver a tener noticias de nuestro antiguo entrenador. Con nocturnidad, alevosía y su desahogo usual, repasó la actualidad atlética e hizo balance de su travesía al frente de la nave rojiblanca en un nuevo episodio de discurso en el que abundan tanto las oraciones subordinadas como las medias verdades. Pasado ya un tiempo prudencial desde su sobreactuada despedida, el caballero de la ojera perpetua vuelve al inicio del curso como si de una colección por fascículos que nunca llegan a finalizarse se tratara, haciendo gala también de una coherencia que solo puede pagarse en moneda propia de estas épocas, el cortycole.

Diseccionaba el impar sobrino del creador de la rumba catalana su paso por el Atleti con esa capacidad tan suya de pontificar sobre lo que se tiene que hacer sin hacerlo. Reconoció que debió haberse marchado en dos ocasiones, coincidiendo con las salidas de Jurado y Simao, en un ataque de dignidad que bien pudo haber tenido en su momento. Explicó que tal vez el equipo se había creído mejor de lo que era sin argumentar cuán bueno se puede creer un equipo que cosecha un noveno y un séptimo puesto en sus dos años como técnico. Dijo que se quedaba con el Forlán de la primera temporada cuando él fue el que puso a los pies de los caballos al charrúa y volvió a mostrarse tibio al hablar del dúo prescrito y su relación con ellos.



Reconociendo de antemano el trabajo del tío segundo de Elena Furiase cuando arribó a un equipo desnortado y autogestionado y agradeciendo de igual manera títulos y finales vividas, uno piensa que su influencia sobre los resultados tiene menos peso que la tuvo Forlán, por alusiones al charrúa. Uno también piensa que, tácticamente, no ofreció ninguna innovación con respecto a la propuesta futbolística de Aguirre, por poner otro ejemplo, y que en contraposición, sí se puede atisbar la mano del nuevo técnico en los cuatro partidos vistos hasta ahora, por muy gris y muy poco dado a los aspavientos verbales que el jiennense sea.

Otra cosa por la que el primo de la intérprete de Sarandonga será recordado será por la herencia que ha dejado en varios de nuestros jugadores: el otrora idolatrado uruguayo, cubre ya sus trabajados abdominales con ropa diseñada en Milán; el tan denostado y castigado Domínguez es llamado a la selección tras un notable inicio de temporada en el que no parece evidenciar esa cabeza en otro sitio en la que se escudaba el estratega del verbo florido; Fran Mérida busca rehabilitación en Braga para salir de un ostracismo al que le condenó el señor de las perífrasis; varios otros jugadores han necesitado de terapia, grupal e individual, ante esa tendencia del anterior calentador del asiento Recaro de plantear los partidos y elaborar las alineaciones en base a señales atisbadas en los posos del café, aunque éste fuera soluble.  

Como pueden ver, deja un campo florido y sembrado de buenos recuerdos, aunque…, no debo ser injusto. No se merece eso. Hay algo que sí debemos recordar como una herencia perdurable. Toda una pléyade de seguidores que, influidos por su imagen, se lanzaron de igual manera a grandes superficies y comercios de barrio para adquirir la prenda que identifica y define al primo del arreglista de “No dudaría”. Un jersey de estrecheces. De estrecheces de mangas, de talle y de miras a partes iguales. Un jersey desaconsejado tras dispendios veraniegos o navideños para evitar comparaciones con morcillas de Burgos. Un jersey que esperemos haya quedado aparcado en armarios y cómodas hasta otra ocasión. No nos queda bien, la verdad. Pero no me negarán que a él, al muy “jodio”, el jersey le quedaba muy bien. Las cosas como son, oigan.


jueves, 21 de julio de 2011

Souvenirs

De vuelta ya. Anda uno intentando superar la depresión postvacacional, otra enfermedad de nuevo cuño a la altura de plagas modernas como el jet lag por el paso del horario de verano al de invierno o la ansiedad por el exceso de oferta de ocio en centros comerciales del extrarradio. Y es que uno se tiene que reciclar, debe mudar paulatinamente de piel para volver a ponerse el traje de diario, cosa nada fácil tras haber circulado durante casi una quincena con el disfraz de turista.

Un turista debe siempre anteponer comodidad a elegancia, es por ello que aquel representante de ventas para la zona centro y noroeste que de normal gusta hacerse el nudo de la corbata bien gordo y que un pañuelo a juego asome su punta en el bolsillo de la americana, se pone sus bermudas  llenas de compartimentos y no duda en proteger sus pies con calcetines tobilleros de esos que abandonan el talón a las primeras de cambio para ir a reunirse con los dedos. El turista completa su puesta en escena con la cámara de fotos en lugar visible y una sonrisa, digamos tonta. Algunos piensan que esa sonrisa medio tonta es el reflejo inconsciente de una psique que advierte de la indignidad de ser inmortalizado en pantalones cortos y es que esas frases del estilo: “Benito, no tienes tú ya las piernas para enseñarlas”, acaban minando la psique, la autoestima y hasta las ganas de tomar gazpacho bien fresquito.

Así caracterizado el turista se lanza a cazar momentos. Para cazarlos mejor se ayuda de la cámara no vaya a ser que la memoria le traicione cuando tenga que explicar a su vecino el del quinto que esa catedral a la que ha tirado dieciséis fotos aúna elementos del románico y del gótico en proporción casi exacta. Aún así, no contento con aprehender el paisaje de dieciséis maneras diferentes, refuerza su cacería con la compra de merchandising típico: “Lo que te decía, estas almendras garrapiñadas representan las piedras con las que se construyó el templo. Y fíjate, fíjate, hay almendras con forma claramente románica y almendras que no pueden ocultar su condición gótica, ¿qué cosas, eh?” El turista regatea, el turista se enzarza con el vendedor aborigen haciendo mímica o hablando muy alto para que se le entienda mejor. El turista paga caro lo barato, bebe agua embotellada y se estriñe por culpa de la distinta condimentación de las comidas. Eso sí, nunca le abandona esa sonrisa medio tonta.

Pero a veces, solo a veces, el turista se encuentra con un souvenir que le llega, que le hace pensar. Algo que le hace mudar la sonrisa tonta por una sonrisa que sale de más adentro, tal vez del bazo. Para fijar el precio de la transacción, el turista eleva la voz y se intenta entender en lenguas no romances con el vendedor de cara afilada. Aunque sepa que seguramente le esté engañando. Aunque el vendedor le recuerde a Dobrovolsky, otro mediapunta que nos dejó profunda huella. 



Finalmente, pasan los días y el souvenir llega a la que será su casa tras haber estado descansando plácidamente en el equipaje de mano. El turista busca un sitio ideal para colocar la pieza cobrada y no acaba de encontrarlo. En el preciso momento en el que lo deposita donde sea, ya está pasado de moda. Entonces, el turista se para. Vuelve a observar el souvenir y se pregunta si fue una buena compra. Analiza los cinco elementos del recuerdo y comprende que los souvenirs de esta clase tienen una vigencia muy limitada. Ya sea porque a uno de los elementos no se le acaba de querer, ya sea porque otro no nos quiere a nosotros, ya sea porque a ese se le dejó marchar, ya sea porque a aquel no se le quería y ahora sí, ya sea porque al pequeño se le quiere pero también se le discute.

Entonces, el turista recuerda las palabras que decía el vendedor: “Con este tipo de souvenirs nunca se sabe. Siempre están cambiando”. Tendrá razón. Será que solemos comprar caros los souvenirs y que no les encontramos el sitio adecuado. Será que llevamos mucho tiempo sin tener claro incluso nuestro sitio. Será que esa sonrisa medio tonta nos acompaña también en nuestra vida diaria aunque no la combinemos con esos pantalones cortos que tan poco nos favorecen.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La comunidad

Después de luchar a brazo partido con el tom-tom del coche y ganar la pelea a los puntos, Magdalena aparcó enfrente del portal de la finca a la que su amiga se acababa de mudar. Subió con reparo en el vetusto ascensor. Hombre, pues sí, la comunidad tenía una fachada peculiar. Estaba claro que en el momento de su construcción sin duda habría sido uno de los edificios más bellos de la ciudad, ¡qué digo ciudad, del país entero! Ahora no, ahora poseía una belleza decadente. Una belleza difícil de digerir. Una belleza, o más bien fealdad resultona, que casi dolía. Su amiga le había dicho que, aunque estuvieran para reformar y se entregaran sucios, llovían tortas por alquilar un piso en la comunidad. Ella, sinceramente, agradecería que algún amigo le cosiera a bofetadas si algún día tenía la tentación de vivir en un sitio como aquel.

El ascensor se detuvo con un frenazo demasiado brusco, un frenazo de esos que solo se soportan si posees cuello de piloto de fórmula uno. Al abrir la puerta de tijera, Magdalena fue golpeada por un olor a comida rancia mezclado con humedad y dejadez. No osó a buscar el interruptor de la luz palpando porque la poca claridad que filtraba un tragaluz situado varias plantas más arriba, dejaba ver una pared mohosa y agrietada. Finalmente, llamó a la puerta descascarillada golpeando con los nudillos desconfiando de los cables pelados que asomaban tras el aplique del timbre.

– Hola Magda, ¡por fin has llegado!, ¿qué te parece? –saludó su amiga con una sonrisa de oreja o oreja.

– Bueno…bien, sí, bien –dijo Magdalena mirando alternativamente al suelo del recibidor anegado por un palmo de aguas fecales y a las botas de agua que calzaba su anfitriona.

– Tal vez he exagerado un poquito cuando os lo describí, pero no me digas que no es el piso ideal –explicó con despreocupación mientras esquivaba cajas flotantes y masas de morfología y procedencia igual de indefinida–.  Ya te dije que hemos tenido una suerte bárbara. Ayer me dijo el administrador que hay 800 inquilinos que han solicitado el alquiler para el año que viene, ¡ya ves, qué cosas!

– Pero… ¿y este agua? –preguntó la visitante sin dar crédito a lo que veía.

– Pequeñeces, es que tenemos alguna fuga en la instalación. Se producen fugas de agua, fugas de gas, fugas de delanteros centros pecosos, fugas de capitanes internacionales, fugas de mediapuntas de pelo fosco y talento discutible, fugas de estrellas con potente tren inferior, fugas de cancerberos jóvenes pecosos…Ahora que lo pienso, ¿no será esto culpa de la gente pecosa? –se preguntó–. Pero dice el administrador que las fugas se producen porque no se puede retener ciertas cosas. Los fugados juegan donde ellos quieren.

– No te reconozco ¿Cómo podéis vivir aquí? ¿No te das cuenta de que es un foco de insalubridad?

– ¡Qué exagerada eres! Son minucias. Una vez que estás instalado te acostumbras. Hay gente que lleva casi un cuarto de siglo aquí arrendados. Además, los peritos que informan sobre el estado del edificio diariamente nos dicen que estemos tranquilos, que el edificio está fuerte como un roble y que durante el próximo verano se acometerán reformas estructurales que lo dejarán de nuevo a la vanguardia de las comunidades de vecinos. Claro, que a lo mejor tiene que ver lo bien que se llevan con el administrador y con el portero.

– Siento tener que marcharme así, pero es que tengo que recoger a los niños de la clase de taekwondo –cortó Magdalena dispuesta a poner fin a la visita al notar que algo con vida propia le rozaba la pierna–. Te llamo luego por teléfono y seguimos hablando

– ¡Madre mía, qué precipitado todo! Bueno, pues nada, ya sabes dónde tienes tu casa ¡Ah!, mejor llama el móvil, que no nos llega la línea del fijo, no sé qué problema hay.

Magdalena ganó la calle rápido, sin querer detenerse a mirar alrededor mientras bajaba los escalones de tres en tres. Cruzó la calzada y se detuvo en la acera de enfrente para volver a mirar el edificio. El poco encanto que atesoraba hace unos minutos se había desvanecido. Ya no existía belleza de ningún tipo. Después de haberlo visto por dentro solo emanaba ruina.

– Una pena, ¿eh? –se dirigió a ella un anciano de mirada viva–. ¿Sabe? Yo viví ahí muchos años pero me tuve que ir. Éste era un edificio admirable y admirado pero, hace ya demasiado tiempo, se hicieron cargo de él un administrador y un portero que son un par de sinvergüenzas. Ahora cualquier día se viene abajo. Está para el derribo.

– Lo que dice usted. Una pena –admitió Magdalena paseando por última vez la mirada por la fachada. Por esa fachada tan peculiar pintada de rojo y de blanco.

jueves, 6 de enero de 2011

¿Qué le pasa, doctor?

-Lo que le contaba doctor, mi niño siempre ha sido diferente, muy especial. Con decirle que ya desde bebé se quedaba anonadado cuando le poníamos a Mahler a la hora de su papilla de frutas, pero con Mozart no comía, años después nos dijo que le parecía intrascendente. Eso sí, tuvo que aguantar mucho en el colegio, los niños que solo sabían jugar al fútbol o al escondite se burlaban de él porque aprovechaba los recreos para cultivar su afición por el existencialismo leyendo a Heidegger o a Kierkegaard. Pero no crea usted que tales nimiedades le hicieron reconsiderar su actitud, no. Él era un convencido de la bondad del género humano como culmen de la creación natural y seguía tendiendo puentes a sus compañeros para una mejor comprensión mutua, lo que no fue obstáculo para que, cuando le tiraban piedras, los calificara como a unos hijos de la grandísima puta. Al acabar la escuela pública empezó a mostrar unas aptitudes inusuales para la escultura y por ello le apuntamos a una de las escuelas más reputadas de la zona. Allí empezó a ser aceptado como un igual, lo que desembocó en una prolífica carrera artística de la que todavía se escuchan ecos en los ambientes más entendidos del ramo. En la actualidad se debatía entre empezar a estudiar alguna ingeniería o ciencias exactas, pero todavía no nos había comunicado la decisión, que para esas cosas es muy suyo.
-¿Y entonces vino lo del golpe en la cabeza, no? –preguntó el médico sin dejar de tomar notas en su cuaderno.
-Sí doctor, desde entonces no hace más que pegarle patadas a todo lo que encuentra. Nos habla sobre la diferencia entre golpear de empeine o con el interior del pie, cosa que a nosotros nos horroriza. Pretende que nos abonemos a una plataforma de pago para ver ese espectáculo grotesco de veintidós señores en calzón corto. Y mire que lo intentamos, mire que mi marido, aquí presente, vino el otro día a casa aterido de frío después de pasarse cinco horas en la cola del Real para sacar tres entradas de platea para la única representación de Turandot, pero nada no hay manera. Se escapó por el pasillo haciendo fintas y gambetas, tal vez abusando en exceso de la  conducción, eso sí, e intentó hacerle un túnel a un aparador Luis XV que me dejó mi abuela en herencia.
-Creo que ya me he hecho una idea, señores Reyes. Ahora lo mejor sería que viera al chico. Pídanle que entre, por favor.
-Jose Antonio, ven a conocer al doctor –dijo la madre asomando la cabeza por la puerta de la sala de espera.

Sólo el pequeño detalle de la celebración de su onomástica ha hecho que hoy el protagonista de la historia sea nuestro amigo Jozean. Y miren que se podría haber hablado de muchas cosas más, que temas hay.
·         Renovación del crack del equipo bajando la cláusula de rescisión no se vaya a pensar algún jeque que sesenta millones son muchos.
·         Presentación del enésimo fichaje desconocido, que como buena incógnita pasará de lado a lado de la ecuación que sobre el campo plantea el insigne primo del compositor de “Arriba los corazones” ante la incapacidad manifiesta de éste para cambiar de modelo futbolístico si las circunstancias lo aconsejan. Esperemos que Elías se despeje a sí mismo con mejor fortuna que la que tuvieron los que estaban a su alrededor cuando el bufanda-gate.
·         Filtraciones de los palmeros habituales informando de que se fichará sólo si se pasa la eliminatoria de Copa. Pero, ¿la plantilla es corta y está descompensada o no? Nuevo episodio de la firmeza de criterio de nuestros mandatarios, tan aficionados ellos al mestizaje de la velocidad con el tocino.
·         Y hablando de mandatarios, la noticia de la semana (¡qué digo semana, del año!). Nuestro cariasimétrico líder espiritual nombrado dirigente del año en nosequé foro afín al abuso de psicotrópicos. En cuanto se lo conté por teléfono a nuestros queridos Serapio y Rufino (los del Oriundo, Cultura Popular, Noche de Clásicos y La Verdad está ahí fuera), respondieron con una frase que puede resumir el sentir del aficionado atlético ante la ristra de atropellos: “Cuando la cabra da leche, hasta por los cuernos”. Pues nada. Pues sigamos.
Sepan ustedes también que el Atleti ha pasado la eliminatoria contra el Español o Espanyol, que con esto del cambio de la ortografía no queda claro nada. Sepan ustedes también que el Atleti hizo un partido serio, sin pasar demasiados apuros. Sepan ustedes que esto suele pasar cuando el equipo no es el encargado de llevar la iniciativa del encuentro, serán cosas de la genética del club, tan ligada al contragolpe. Sepan ustedes que el recién renovado sigue demostrando casi en cada partido que es uno de los cinco mejores jugadores del mundo. Sepan ustedes que si ya daba mucho miedo que se convirtiera en un artículo rebajado, más miedo da que lleve el brazalete de capitán ante los antecedentes de Torres, Maxi y Simao. Sepan ustedes que la entrada de Mario Suárez en el equipo supone que haya un jugador que busca jugar el balón a ras de suelo, lo que no es ninguna tontería ante las carencias del mediocampo. Sepan ustedes que parece que el niño de la onomástica crea más peligro y participa más cuando juega en la derecha en vez de en la izquierda, aunque no se le debe discutir su compromiso. Sepan ustedes que seguimos esperando a Diego Costa, ese delantero con pinta de actor que se presenta a un casting de sicario de cártel narcotraficante y cuando lo eligen por su perfil, el director se da cuenta de que se encuentra más cómodo en películas de tartazos. Sepan ustedes que los centrales siguen rotando…bueno, no todos, sólo dos de ellos. Sepan ustedes que a Fran Mérida le sigue teniendo manía el profe.
Lo que sí deben saber ustedes es que en cuartos nos encontramos con los otros, con la troupe de los abdominales y la gomina. Y que lo único que queremos es no sufrir el mismo disgusto que sufrió tal día como hoy una de las Infantas de España, al enterarse de que los Reyes son los padres.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.