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sábado, 3 de septiembre de 2016

Los jugadores juegan donde quieren, pero menos

Las mentiras, al igual que Romario o Agüero, tienen las patas muy cortas. Bastó acercar un micrófono a un Diego Costa recién aterrizado en la concentración de la selección para que el castillo de falsedades tejido cuidadosamente a lo largo del verano se derrumbara con un soplido. Quizá nadie contó con que las palabras del de Lagarto se desbocarían como sus carreras hacia el área contraria. Diego se explicó con claridad y reconoció que quiso volver, pero que no hubo manera. De un plumazo se desvanecía la tinta vertida interesadamente durante el periodo estival. Si Costa no volvió a recalar en el Atleti no fue por él. Por Simeone tampoco.

El hispano-brasileño era el elegido. El deseado. La petición expresa. La guinda para coronar un pastel con el que ahuyentar las dudas que pudieran albergar afición, técnico y compañeros. Con Diego, el equipo recuperaría un nueve de garantías y ese estilo algo pendenciero que se nos ajustaba como un guante. Un delantero letal con el que pasear por Europa, la gran asignatura pendiente, sin complejos. Aún antes de anunciar en caliente que quería reflexionar, Cholo pensaba en Costa y nunca tuvo ojos para ningún ariete más. Las cosas del amor, que a veces se explican desde un despecho anterior, como en este caso.


Una vez confirmado por el del Chelsea que su no fichaje no fue una cuestión de voluntades, como se había asegurado, solo queda pensar que fue el vil metal el que truncó la incorporación del atacante. No queda otra que exigir a los gestores atléticos explicaciones sobre la operación. Si el jugador quería y el banquillo otorgaba, ¿dónde radicó el problema? ¿tan seca andaba la caja para acometer su fichaje a pesar de las ventas, las cesiones y los premios recibidos en las competiciones de años anteriores? Ni ese ápice de utilidad vamos a poder arrancarle a Jackson Martínez. Ruego que nadie saque la calculadora, sabido es que la contabilidad atlética es una especie de agujero negro interplanetario en el que dos y dos no siempre suman cuatro.

Tal vez lo más grave de las declaraciones de Diego Costa no sea imaginar lo que pudo haber sido y no fue o constatar que las peticiones del técnico caen en un saco agujereado por la dirección. Lo peor habrá sido descubrir que el mantra que lleva lustros acompañando las ventas injustificadas y las bajadas de cláusula a la altura de los tobillos pierde vigencia. Es de esperar que nuestro rumboso presidente no vuelva a asegurar que los jugadores juegan donde quieren, no vayan a recordarle en el futuro este pequeño episodio canicular. Aunque llegados a tal nivel de descaro, lo mismo nos desayunamos pasado mañana con una variante de la consigna: los jugadores juegan donde quieren, pero menos. Todo en Cerezo es imprevisible, menos su peinado. 

jueves, 21 de julio de 2016

La investidura del nueve

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160720/Deportes/7315/delantero-Atletico-de-Madrid-fichaje-Simeone-choilismo-Mendes.htm

Al asunto del nueve del Atleti se le está poniendo cara de terceras elecciones. De poco sirvieron aquellas palabras, líquidas y calientes, de Simeone con la final de Champions recién muerta. Casi dos meses después, no acaba de atisbarse qué candidato se presentará a la investidura. Mientras tanto El Cholo completa los circuitos físicos ideados por el Profe Ortega al mismo ritmo que sus pupilos, quien sabe si para que las agujetas silencien las voces que en su interior gritan que algo no cuadra. Correr para olvidar, o algo parecido.

Higuaín, Aubameyang, Gameiro, Cavani, Morata, Diego Costa…la flexibilidad de la lista es tan infinita como insuficientes los plazos que el técnico se va a ver obligado a manejar para que el elegido mame cholismo antes de que llegue la hora de la verdad. Tal vez habría que instar a Cerezo a reformular uno de los mantras de la casa: los jugadores juegan donde quieren, aunque a veces quieren jugar un poco más lejos ¿Dónde está el problema? Entendiendo como atrayente el proyecto deportivo que el subcampeón de Europa puede ofrecer a una figura de tronío solo queda sospechar del vil metal. Quizás todo el dinero que se prometía para fichar haya habido que desviarlo a la compra de cemento y hormigón: la Peineta manda. Malamente puede llenarse un estadio, por muy cinco estrellas que vaya a ser, sin goles.


Los más crédulos optan por no dejar que los nervios gobiernen. Recuerdan como ejemplo las llegadas tardías de Villa o de Falcao, pactos alcanzados con agosto bien avanzado. Los más reticentes, entre los que servidor de ustedes se incluye, temen el arribe de un punta con marchamo de desecho de tienta. Uno de esos atacantes que permanecen sentados en su butaca contemplando cómo todos los demás danzan ya sobre la pista. Es posible, incluso, que el nueve llegue de la mano de Mendes y transmute de fea del baile a deseado con solo una leve capa de maquillaje. Sería de esperar una presentación con banda de música arrancándose con pasodobles para celebrar la llegada del susodicho antes de que el presidente del pelo infinito pronuncie a trompicones el nombre del elegido. Un fichaje al que se aceptará en segunda vuelta, con la abstención de ceja alzada de varios grupos parlamentarios de lo rojiblanco. Dios y Jackson Martínez, puestos a pedir, nos cojan confesados.

Pudiera también darse el caso de que nada de lo anterior ocurriera. Pudiera presentarse la competición de un día para otro, sin avisar casi, y obligar a configurar un once sin demasiado gol. Un conjunto titular preñado de mediapuntas -¡ay!- con el que afrontar los retos. Siempre nos quedará el buen hacer de Torres, haciendo de delantero titular en funciones, y la ciega confianza en un Simeone al que se visualiza machacándose físicamente para estar preparado para correr, por si fuera preciso y hubiera unas cuartas elecciones de las que huir a la carrera.  

jueves, 31 de marzo de 2016

Pronóstico reservado

Artículo publicado en CTXT:


“Pronóstico reservado”, musitó el galeno leyendo la tablilla que había descolgado de la barra a los pies de la cama del enfermo. También es mala pata, justo ahora que se nos viene la temporada encima, pensaron los más pesimistas. El paciente, vestido con un pijama rojiblanco, presentaba todos los síntomas del típico cuadro de estar en cuadro, valga la redundancia y el mal juego de palabras. Su dolencia provenía principalmente de la retaguardia. De la línea más fuerte precisamente, la que ha sido salvavidas al que agarrarse cuando el gol y la inspiración se acatarraban. Ingresó el paciente hace unos días, tras sucesivos pinchazos en los charrúas muslos de la pareja de centrales titulares. Empeoraba el panorama la anormalmente larga baja de Savic en los últimos choques. Por si todo esto fuera poco, los partidos de selecciones agravaron la crisis añadiendo dos nuevos quebraderos de cabeza: la espalda de Lucas y el tobillo de Saúl. Familiares y aficionados llegaron a temerse lo peor y preguntaban a los doctores antes de dejarse llevar por el desánimo. “Partido a partido”, recetaban los médicos antes de que algún administrador de extremaunciones apareciera en escena.

Pasaron los días con el enfermo en observación. Evolucionando más lentamente de lo que las ansias e impaciencias de sus allegados esperarían. Pese a todo, las nubes que a principio de semana parecían negrísimas apenas descargaron agua. Lo de Saúl y Lucas no era tan fiero como se pintaba y Savic recuperaba el alta coincidiendo con el fin de la operación retorno. Mientras tanto Godín, santo y seña de la defensa, capitán de la guardia de la noche que defiende el muro inexpugnable, trabajaba a destajo con la mirada puesta en el Camp Nou. El herido grave pasaba a leve en tan solo unas horas. No fue cosa de los antibióticos ni de ningún secreto revitalizante, simplemente hubo que esperar y no dejarse apresar por alarmismos ni informaciones desinformadas.



En cualquier caso, si la evolución del doliente finalmente no fuera la apropiada, convendría recordar un episodio de pánico parecido. Sucedió hace casi un par de años. Se jugaba el Atleti a dos partidos la matrícula de honor en una temporada que ya era de sobresaliente. El paciente mostraba también mal color a pocos días vista de las citas. Por entonces, las afecciones se concentraban en la vanguardia. Agoreros de aquí y allá se encomendaron a placentas de yegua y otras hechicerías. El campo del próximo rival en Champions quedó regado con las lágrimas dolientes de Diego Costa y de Arda Turan, el turco que prefirió ser animador desde el banquillo. Con un gol en contra y las filas maltrechas resurgió uno de los más grandes Atletis que se recuerdan, cabezazo de Godín mediante. Haría bien el rival y la parte más ceniza de la grada en no fiarse del diagnóstico y dejar a un lado ese pronóstico reservado. Quizás también convendría que apartaran las vendas con cuidado para tomarle la temperatura al enfermo. En momentos como los que se vienen, no hay mejor cura ante cualquier dolencia que la determinación de los de Simeone. Lo más prudente, en suma, debería ser mirar a los ojos del supuesto paciente y desconfiar. Desahuciar antes de tiempo a alguien con la mirada del color de las rayas de los colchones puede tornarse en suicidio. 

viernes, 18 de julio de 2014

Un premio muy repartido

Cuando uno lee ciertas noticias no puede evitar pensar en las imágenes que de manera recurrente se captan el día de la lotería de navidad. Ciudadanos en la puerta de administraciones de barrio sosteniendo improvisadas copas de una sidra El Gaitero medio tibia por recién comprada. La repetida imagen que todos tenemos en la retina ha sufrido pocos cambios desde que era uno un mozalbete, si acaso la inclusión en el bodegón del pintoresco señor de la administración de Sort al que ya le crece el bigote con vetas de oro gracias a la dorada bruja y su azarosa circunstancia. Lo que no ha cambiado son las coletillas que aderezan el momento: “Muy repartido” y “Entre gente trabajadora”. Dado que encontrar gente trabajadora o más bien gente que tenga un trabajo empieza a tomar tintes de búsqueda arqueológica, debe centrar uno su análisis en lo repartido que está siempre el premio. El premio y otras cosas, claro.

En la misma semana en la que Diego Costa posa en la web del Chelsea con cara de púber dispuesto a tomar la comunión de manos del Padre Yosé, en la que Adrián se marcha al Oporto con nocturnidad y en la que Filipe Luis I, el parco en palabras, anuncia su marcha al mismo club que el delantero de Lagarto por cosas que no tienen que ver con el vil metal ni tan siquiera, o ni tan Siqueira vayan a saber, colateralmente, a uno le vienen casi sin querer esas imágenes de las que les hablaba antes. Las del muy repartido como mantra y las de la muchachada enfervorecida. Les contaré el por qué: resulta que el coste de la operación de Costa asciende a 38 millones como 38 soles (uno se entera de esto porque los ingleses son unos indiscretos de aúpa, que si fuera por nuestro club pareciera que lo hemos cambiado por una quincena en una multipropiedad en la costa, valga la redundancia), Adrián se marcha del todo tras trocear sus derechos futbolísticos como el lomo de una ternera retinta en capítulos anteriores y parece que 20 millones han hecho que Filipe se mude a Londres gracias a un episodio de clausulitis menguante, un mal que aqueja a nuestra gerencia cada verano cuando oye tintinear la saca del negociador contrario entre sus refajos. 



Tomando como ejemplo la transacción en la que se ha visto envuelto el punta hispanobrasileño, dicen los que saben a pesar de que no interese que se sepa que el montante se despieza con precisión de matarife y obtienen su parte del pastel fondos de inversión, representantes de traje almidonado, el Valladolid, el Celta, el Braga y un viajante de fajas de Albacete que pasaba por allí y compró una participación del fichaje porque ya es una tradición en su familia comprar participaciones en cada sitio en el que para a tomarse un sol y sombra. Lo que les decía yo, muy repartido.  

Reflexiona uno sobre las peregrinas razones por las que las operaciones financieras que se producen con el Atleti de fondo se vuelven nebulosas y se pregunta por qué los números tienden a no cuadrar como aconsejarían el sentido común y la propiedad conmutativa de la suma, lección que ya aprenden los niños de ocho años en sus primeras clases de matemáticas pero parece ajena a veterinarios no ejercientes y productores con pelucón. Servidor de ustedes lleva unos cuantos años sin obtener respuesta pero eso sí, es llegar el verano, los rumores de fichajes y los brotes esquizoides de Manoletes y otras hierbas y a uno se le forma casi sin querer aquella manida imagen de los agraciados con ese premio tan repartido. Repartido y punto, claro. La gente trabajadora no tiene absolutamente nada que ver con estos pájaros. 

martes, 27 de mayo de 2014

Lo divino. Lo humano


Se pone uno a escribir esto y sigue notando el nudo que desde última hora del sábado se instaló en ese hueco entre los pulmones y el estómago en el que se hacen fuertes estas cosas cuando nos sorprenden. Se nota más atenuado, eso sí, pero solo por el paso del tiempo, esa universal medicina que cura todo menos la idiotez…

Lo divino

Maravillosamente divino es lo que este equipo ha conseguido. Ganar la liga de manera brillante y plantar cara hasta el último instante en la final de Champions a un rival, al rival. Le queda a uno el regusto amargo de la última batalla y gustaría que se produjera un último homenaje. Tal vez de manera más íntima. Una visita no institucional a Neptuno, solo ellos y nosotros. Sin pasarelas. Sin la animación de Carlos Jean. Sin ponerle una bufanda al rey de los mares, a ese dios barbudo y rojiblanco al que obligamos a tener siempre la casa recogida de la de veces que vamos a visitarle últimamente. A uno le consta que ellos lo saben, pero le encantaría ese último brindis. Ese último baile de reconocimiento. Esa ovación cerrada que merecen por un año inolvidable, por una temporada en la que se han hecho sitio en la leyenda.

Milagrosamente divino es lo que Simeone ha creado. Fue entrar El Cholo en la sala de prensa y los allí congregados estallaron en aplausos. No era para menos. Al verle tocado pero nunca hundido fue más Simeone que nunca. Más nuestro. Ordenó y no aconsejó, porque lo que dice nuestro entrenador son órdenes para nosotros, no derramar una lágrima por este equipo y tenía razón una vez más. Este equipo merece reconocimiento, celebración y hasta ponerle un piso de tres dormitorios y plaza de garaje para coche y moto de pequeña cilindrada pero nunca pena. Se fija uno en este Simeone del sábado y le ve más animado en la derrota que lo que parece en la victoria y a uno le encanta. Recuerda uno que este mismo equipo, salvo Villa y algún otro que no servía en aquel momento, coqueteaba con el descenso en manos del grisáceo Manzano y no puede dar crédito a lo que lleva viviendo en estos últimos tiempos. Gracias Cholo.  

Divina, como es costumbre, se mostró la afición antes y después de la cita. Antes, desplazándose en masa a Lisboa sin pararse a pensar en el nimio detalle de tener entrada o no para el evento. Iba la afición a Lisboa para ver el partido pero también para estar con los suyos, con sus iguales. Los que quedaron en casa sacaron en el prólogo y epílogo del partido esas camisetas del Atleti que no se había quitado nadie desde la celebración de la semana pasada. Es curioso como el aficionado atlético siempre sabe medir cuándo ponerse la camiseta, poniéndola de igual manera en la victoria y en la derrota, midiendo los momentos en los que se luce, lo que le diferencia sustancialmente de aficionados de otro equipo que solo se enfundan su sosa camiseta cuando se gana. Después, volviendo con la tristeza instalada en el pecho pero orgullosos. Sabiendo valorar en su justa medida la gesta realizada. Cansados y con el ánimo algo magullado, nunca derrotado.



Pasadas unas horas, uno se da cuenta de que detrás del nudo hay algo más, algo que ocupa incluso más espacio que el nudo del que ya casi no queda rastro. La inmediatez del momento nos había hecho reparar solo en el nudo y en nada más, pero allí hay algo mucho mayor y más importante que cualquier nudo. Se trata de orgullo…

Lo humano

De manera comprensiblemente humana se comportó el equipo en los últimos minutos del tiempo reglamentario y en la prórroga. Pese a haberse comportado como dioses, detrás hay hombres. Hombres acalambrados, hombres exhaustos por demasiados partido a partido, demasiadas finales para una plantilla más corta de lo que su inmensidad esconde. Humano es Diego Costa y humana es su pierna, por más placenta que se añada al guiso. Tal vez eso les haga más grandes, su humanidad. Su capacidad para parecer inmortales cuando son como nosotros.

Ya se sabe lo que es una final. La cara y la cruz. El ying y el yang. Risas y llanto concentrados en un estadio. De todo tuvo esta final y todo estuvo dentro del guión que suelen seguir esta serie de citas salvo algunos aspectos miserables y repugnantemente humanos. Por ponerles un ejemplo, el de un ex presidente de gobierno que, para más inri, ejerce de relaxing alcaldesso consorte de la ciudad a la que pertenecen los dos contendientes en la final, saltando como una quinceañera ante los goles de uno de ellos, cosa que a uno no le parece normal ni elegante y que ha empujado a varios indecisos o abstinentes de voto a los colegios electorales en la jornada posterior al encuentro. De infrahumana vileza puede calificarse también la celebración de un gol superfluo y la posterior ejecución de bicicletas de la plañidera lusitana, siempre dispuesto a engordar su leyenda de inutilidad en partidos importantes, en partidos de hombres. Dispuesto a ser idolatrado más si cabe por los del mal perder y peor ganar demostró una vez más su catadura moral, su osadía por la espalda y su cobardía cara a cara. Nada que nos extrañe.

Veleidosamente humana parece ser esta copa que se echa de menos, y no por falta de méritos, en nuestras vitrinas. Van ya dos veces que nos deja plantados en el altar, a punto de pronunciar el sí quiero que nos una para siempre. Tiene esta copa curriculum de veleta y de ello pueden dar testimonio Benfica, Milán y Bayern, por poner un ejemplo, pero con ninguno ha mostrado un comportamiento de calientabraguetas como con nosotros. Osó en su día a plantar a Luis y ahora ha osado a plantar a Simeone, dos grandes de nuestra historia. Seguro que nos volvemos a encontrar en el camino cualquiera año de estos. Ella, melosa como siempre, se enganchará de nuestro brazo con salero y esta vez será para quedarse a nuestra vera.


En el aula de la escuela que el domingo hacía las veces de colegio electoral, uno esperaba su turno con la camiseta rojiblanca puesta. Notaba uno sin hacer ningún caso como las miradas se posaban en él y oía murmullos. Comentarios condescendientes vertidos por lo bajinis de los que ese día y solo es día se habían puesto la camiseta descolorida remetida bajo la cinta de la riñonera. Abarrotado estaba el recinto de números sietes, de reconocimientos a la ruindad y la villanía cuando a la cola que se estaba formando frente a la mesa de al lado llegó un niño de unos seis años de la mano de su madre. Se me quedó mirando unos segundos y sonrió señalándose el escudo de la camiseta rojiblanca que también él vestía. Ponía Gabi en la espalda.

miércoles, 2 de abril de 2014

Plañideras y otras hierbas

No acababa todavía de pitar el árbitro el final del partido con la alevosía del que pretende ahorrar sustos y malos ratos indebidos al titular de la plaza cuando la legión de plañideras habituales empezó a extender su cenizo manto por la geografía patria: Ahora ya sí que no, sin Costa no va a haber manera de meterles mano a estos en la vuelta ¿Y la Liga? Lo de la Liga va a ser una pena, tanto nadar para morir cuando ya se ve la orilla en lontananza. La legión de plañideras y otras lloronas augura derrotas en todos y cada uno de los partidos que el Atleti afrontará de aquí a final de temporada y echa cuentas con una calculadora científica Casio de si se podrá conservar en el menos malo de los casos la tercera plaza, que si tenemos que ir a la Champions del año que viene vía fase previa, nos echa seguro un equipo esloveno de corte defensivo pero alegre en el despliegue gracias al talento de un mediapunta con el nombre lleno de consonantes que solo conocen Maldini, Axel Torres y el niño de la del quinto, que va por mal camino en la vida.

Yendo al meollo del asunto, al del partido me refiero, las plañideras, entre hipidos, apagaron los televisores cuando vieron al de Lagarto echarse mano al alto muslo y se fueron a la cama sin tomar postre, para castigarse más. Otros en cambio, preferimos trasladar el mantra del partido a partido a un entorno más local e impaciente para vivir el encuentro de ayer minuto a minuto, detalle a detalle. La lectura pesimista, esa lectura que parece sin motivo haber estado aparejada a la historia rojiblanca a pesar de ganar mucho más de lo que se perdió y de sonreír mucho más de lo que sufrió, mostraría que el Atleti no jugó demasiado, que se limitó a cerrarse de manera ordenada despreciando el balón la mayoría de las veces. Otras lecturas, las de servidor por ejemplo, resaltan con admiración la fortaleza mental de un equipo al que un tirón inoportuno y traidor derrumba el plan diseñado para abordar el castillo ajeno. El pinchazo en el muslo de Diego tiró por tierra la estrategia del balón largo y el ir a buscar al rival a sus terrenos y el equipo asumió el golpe con naturalidad, buscando otro camino, como siempre hizo cuando encontró una senda obstruida. Decidió El Cholo entonces esperar, ejecutar esa coreografía de líneas juntas que el equipo baila con tanta perfección y sincronía. Decidió Simeone cambiar de plan, dejar de ir a presionar a un portero con alma de corista de varietés, alejar un poco más a Villa de la portería que tan cerca estuvo de perforar cuando el partido recién nacía y uno está convencido de que si hubiera elegido otro plan, el C o el plan H, también hubiera acertado, como suele hacer siempre.   



Dirían las plañideras que tras los primeros minutos no se vio al Atleti y de nuevo estarían erradas. Se vio a un Atleti rocoso, denso, un Atleti que no lo pasó mal salvo en los cinco minutos posteriores al gol de Marimar aunque estuviera enfrente el equipo de la pretendida excelencia, el equipo de la delicadeza, de los entrantes servidos en cucharilla para descubrir mejor las diferentes texturas, ese equipo que tantas veces aburre y al que dan ganas de pitar pasivo sin necesidad de ponerse el traje de árbitro de balonmano. Dijo Simeone en la rueda de prensa de la víspera que el equipo competiría y de nuevo lo hizo, con sus armas, no con las de otros que pretenden pensar que solo hay un camino para llegar a Roma o a Lisboa.

Argumentarían las plañideras que el portero sacó un par de manos estratosféricas y uno coincide en eso y bendice el día en que Thibaut entró en nuestras vidas con su acné, su nariz de presidente de república francesa y su flequillo de estudiante de BUP, a la vez que maldice el día en que Londres le llame a filas de regreso sin que haya más que resistencia pacífica desde Madrid. Añadirían pañuelo en mano las plañideras que como el gol de Diego sale uno de un millón y otros pensamos que qué fortuna la nuestra de que haya salido en tan noble circunstancia. Es curioso que Diego, al que servidor aún le sigue viendo como accesorio, fuera el que dejara de lado su inclinación hacia el barroquismo y el control orientado algo exagerado para plasmar en tamaño zapatazo las enseñanzas absorbidas en la Bundesliga, competición en la que se venera el tiro a trallón.


Con el partido todavía caliente las plañideras se llevaban las manos a la cabeza pensando en las ausencias que habrá en la vuelta, en las cortedades de plantillas, en los ya te decía yo que estos no iban a aguantar, en los bastante lejos han llegado con la carita de hambre que traían y otras paparruchas semejantes. Basándose en tan aberrantes conclusiones asegurarán también comprender el porqué de jugar al límite del reglamento y otras atrocidades que los tertulianos de camiseta Zanussi perpetran pero habrá otros, y uno espera que sean muchos, que disfrutan de lo lindo de la temporada que nos ha tocado vivir. De los matices que uno encuentra en cada partido, de aquella nueva jugada de pizarra ensayada, de los planes B, C o H, de los titanes hispanobrasileños que se llevan la mano a donde el trasero empieza a perder la batalla de la gravedad y de los guardametas que se ponen más nerviosos en un examen de recuperación que ante un penalti.  Hace tantísimo tiempo que uno no veía la botella tan llena que le parece que todavía podría albergar un poco más de ese líquido que nos da la vida…y olvídense de las plañideras, leches… 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Elogio de la belleza

Pese a lo que se había dicho durante la semana era imposible desconfiar. El estadio estaba de un bonito que dolía y con ese ambiente no hay lugar para dudas ni miedos. Cierto es que el Milán traía prendida de su camiseta, aunque fuera de la suplente en tonos sidra El Gaitero, toda la historia que lleva a sus espaldas. No menos cierto es que el Atleti tiene también bastante historia en las suyas, y más presente también, no nos engañemos. Salieron los jugadores al terreno de juego y se quedaron atónitos ante cómo se había arreglado el Calderón. Estaba nuestro estadio guapo de verdad, maquillado para la ocasión para potenciar sus puntos fuertes y minimizar el descuido al que la gerencia le condena. Parecía el Calderón recién inaugurado y lo notaba la afición añadiéndole un toque festivo y cercano. Estuvo la afición también guapa, como siempre suele estar pero quizás un poco más. Les contaba que el Calderón estaba arrebatador y seductor, que estaba que daban ganas de ponerle un piso exterior con dos baños completos y presentarle a tus padres si se tercia y uno volvía a pensar en qué demonios se nos habrá perdido a nosotros en un campo a las afueras de las afueras, pero ese pensamiento junto con todos los pensamientos amargos que pudieran asaltar al aficionado ayer se diluyeron ante la belleza del campo, de la afición y de los siempre bellos colores rojo y blanco que inundaban la noche. Así no hay lugar para la desconfianza, toma, claro…

Decretó el colegiado delgaducho y despeinado el inicio del encuentro y se fue el Atleti para arriba. A matar por si alguien osara pensar que pudiera morir. Adelantó las líneas y asfixió con las presiones y casi todavía estábamos admirando lo precioso que estaba todo cuando Gabi le cedió el balón a Koke tras cortar el primero de los innumerables balones que corta en esta y tantas noches. Resurrección puso el balón en el área templadito pero quizás algo largo, en esos terrenos donde no llegan los delanteros chaparros o cuellicortos. Apareció Costa cuando parecía imposible y se marcó un remate con reminiscencias de capoeira que terminó en culazo, como suelen terminar todos los remates imposibles y bellísimos de Diego Costa y Abbiati, deslumbrado por la belleza del remate y del centro, por la guapura que Gabi otorga a la presión en banda y por la exquisita divinidad del ambiente a orillas del Manzanares, solo pudo acostarse como es norma de la casa ante cualquier remate que no vaya a dirigido a su barriga.

Tras el gol se mostró el Atleti exuberante. Desatado. Poseído por la belleza que flotaba en el ambiente. Parecía haber muchísimos Diegos Costa sobre el terreno, Gabi y Koke parecían también multiplicados y faltaban metros en la banda para que la corriera Juanfran una y otra vez. Cuentan algunos aficionados de esos que no miran al juego sino a otras cosas mientras se desarrolla la acción que en esos minutos Courtois jugaba a los chinos con el árbitro de área que el azar y la UEFA le había deparado para poder entretenerse. Parecieron los nuestros verlo tan bonito, tan fácil por momentos que se relajaron y dieron un pasito atrás. Un pasito corto de los que no lleva a ningún sitio, pero un pasito que sirvió para darle aire al rival.




Los argumentos ofensivos del rival se resumen en la bipolaridad de Balotelli, en el habilidoso Taarabt, que se pasó la noche desaparecido y abrumado por la ausencia de Insúa y por Kaká, ese jugador que precisamente ayer quiso reencontrar la tilde perdida de su apellido en dos remates de cabeza que inquietaron pero nunca hicieron dudar ni minar la confianza. En esos minutos de transición, de nudo del argumento planteado con la ventaja rojiblanca, murió el Milán si en algún momento llegó a estar vivo del todo en la eliminatoria. Reaccionó el Atleti y fue como suele ser en los partidos grandes. Como lo fue en el derby pasado y en alguna que otra final de las que tenemos plasmadas en la retina. Con intensidad y con el turco.

Escribió ayer el evangelio ardaturanista una nueva página más allá de sus diabluras y de lo que presiona, que es mucho. Creó Turan un nuevo prodigio en forma de disparo rebotado que cogió trayectoria tan traidora que pensábase que fuera estudiada. Los niños que estudien este hecho en el futuro dentro del catecismo de alabanza al turco lo conocerán por la parábola de Arda. ¡Aleluya y a la caseta!

Nunca creyó el Milán achampanado en nada tras el descanso, y si lo hizo fue por poco tiempo, de nuevo arrollado por la ola de belleza en la que estaba subido el Atleti. Pudo marcar un Gabi desatado y finalmente marcó Raúl García de cabeza en su habitual cita con el gol. Pudo haberlo hecho antes tras haber esbozado una chilena de las que quitan el sambenito de llegador para otorgar el título de delantero con todas las letras y se desató una fiesta solo interrumpida por el epílogo que Diego Costa escribió para hacerse conocer más si cabe en Europa entera, si es que hubiera quedado alguien en Europa que no conociera las andanzas del de Lagarto a estas alturas.   


Nunca hubo motivo para desconfiar ni para mostrar temor. La historia sola gana muchos menos partidos que los árbitros con entradas que dejan jugar, por ponerles un ejemplo. La historia está para respetarla y para escribirla. Para escribirla en noches en las que el Calderón se pone de un guapo que enamora y la afición luce su mejor sonrisa sabedora de que la imagen de ese día pasará a la posteridad. Estaba el Calderón esplendoroso y todos lo que allí se dieron cita estuvieron a la altura de la belleza del entorno. Estaba el Calderón tan bonito que daban muchas ganas de soñar despierto. Hemos llegado hasta aquí traídos por un sueño, a partir de aquí hay un sueño mucho más grande. Uno muy bello.  

jueves, 6 de marzo de 2014

Mil perdones

Les ruego me perdonen. Pido perdón por no haber perpetrado crónica alguna del derby del pasado domingo. En mi descarga diré que no lo hice de manera consciente y premeditada, pero les pido disculpas por ello igualmente. El motivo de tal absentismo por parte del que suscribe viene a ocurrir porque uno, pidiendo perdón por delante, quería tomar distancia con respecto al partido. Verlo con perspectiva, dejándolo enfriar como si fuera la sopa castellana del restaurante de la esquina. Vayan mis disculpas de antemano, sí, pero uno no querría verter la amargura que ciertas cosas producen en el aficionado colchonero en ya demasiadas ocasiones y por eso ha dejado transcurrir los días sin comentar nada. Solo viendo y escuchando. Asimilando lo visto y mal digiriendo lo vivido. Por todo ello les pido perdón, claro.  

Pasadas ya un número de horas que éste que les habla considera suficientes, uno ha sacado la conclusión tras intensas reflexiones de que no queda otra que pedir perdón. Perdón por esto y por aquello. Mil perdones hay que pedir y quedarían cortos seguramente. Hay que pedir perdón por pretender asomar la cabeza a zonas nobles, a esas zonas vips diseñadas lujosamente para ser visitadas solo por dos. Perdón por incomodar, por querer saltarse el guión establecido. Perdón por no conformarnos, por soñar con los ojos abiertos. Perdón por querer vadear de un brinco la distancia que los presupuestos ensanchan cada temporada. Perdón por molestar y por no bajar la cabeza. Perdón por no sentir miedo. Perdón por rebelarse ante el maltrato de los señores de negro mandados por la patronal del esperpento balompédico patrio. Perdón por no asentir ante la injusticia y por levantar la voz cuando el libreto impondría silencio. Perdón por ser humildes y perdón por plantear las batallas partido a partido.





Perdón también, cómo no, pide uno por lo que pasa sobre el césped. Perdón por no bajar los brazos ante un gol tempranero. Perdón por apretar los dientes y los puños, por marcar las venas del cuello con la tensión del momento. Perdón por tener a un capitán con mayúsculas, un capitán que se comporta como un teniente coronel de estado mayor. Perdón por caernos en el área contraria cuando se nos zancadillea. Perdón por protestar airadamente cuando el juez con pinta de monitor de gimnasio de barrio mira para otro lado. Perdón por no decaer. Perdón por los caracoleos a la turca. Perdón por las diagonales que rasgan defensas poco prietas y por los disparos duros a ras de suelo que iluminan las tardes frescas preprimaverales. Perdón por querer más, por no conformarse. Perdón por ir a los balones divididos como si fueran los últimos balones existentes en el orbe. Perdón por no hacer más para que los que caen fulminados por un soplido puedan optar a un premio de interpretación. Perdón por no admitir como normal que un jugador con barba pelirroja, con la grima que da eso, se harte de medir las tibias de los contrarios sin castigo alguno. Perdón por no ceder. Perdón por achuchar y perdón, sobre todo, por creer que desde esa distancia se puede marcar un gol si se golpea al balón mitad con el empeine y mitad con el alma. Perdón por avivar debates internos sobre cancerberos que se tiran tarde y mal. Perdón por todo eso, que no es poco.


Habría que pedir perdón también por acorralar al rival, por subirse a los lomos del compromiso y la intensidad, que no de la violencia, y merecer más. Perdón por ello. Perdón por llegar a los límites de las fuerzas, por no tener banquillos llenos de jugadores que cobran cantidades obscenas de dinero por comer pipas bien resguardaditos. Perdón porque un segundo entrenador con trazas de campeón de los pesos crucero no admita la provocación reiterada. Perdón por tener un médico tan liviano como para salir despedido varios metros al ir a pararle. Perdón por todo, por no admitir lo inadmisible. Por no cruzarse de brazos y hasta por tener un mediocentro melifluo que regala balones al contrario que duelen como puñaladas. Perdón por asumir el empate como una derrota no siendo ese el destino escrito en los órdenes del día. Perdón por la ovación de una afición entregada a la causa. Perdón por las ruedas de prensa modélicas y perdón por no querer contestar a los técnicos que buscan excusas baratas. Perdón por no protagonizar tertulias nocturnas y por no gritar por encima de las voces del otro. Perdón hincando las rodillas pedimos todos.


Perdón, en suma, por ser como somos. Por no tragar, por preferir evitar inmortalizar la comunión con ruedas de molino en un recordatorio del evento. Perdón por osar siquiera a contestar al poder preestablecido. Perdón por estar tan cerca en la tabla. Perdón por tener ganado el golaveraje y por salir victorioso en caso de empate a puntos. Perdón por estar ahí a estas alturas. Perdón por colarnos en la fiesta sin invitación pero por méritos propios. Perdón por lo orgullosos que nos hacen sentir a todos estos jugadores y este técnico. Perdón por lo poco orgullosos que nos sentimos de los indebidos ocupantes del palco. Perdón por los porteros con acné juvenil, por los laterales profundos y por los centrales de jerarquía. Perdón por los grandes capitanes, por las delicias turcas y por Koke, que es muchísimo Koke. Perdón por los llegadores con gol y por los guajes. Perdón porque el delantero más en forma de la competición haya querido jugar con la selección de este cainita país. Perdón por mirar hacia delante y por nunca bajar la cabeza. Perdón por seguir creyendo, por ser testigos diariamente de este milagro. Perdón, nos arrepentimos por todo y valgan estas líneas como compromiso de que se volverá a repetir siempre que se pueda. No podía ser de otra manera.  Mil perdones….

jueves, 20 de febrero de 2014

Tamaños de partidos

–Vente para acá Vladimir –apremió el comandante James a su colega ruso.

Se acercó flotando Vladimir Evtushenko a la escotilla por la que miraba el americano y él lo pudo ver también. Por fin pasaba algo en la estación espacial internacional, todo sea dicho. Los primeros días hace ilusión, la verdad, eso de la ingravidez, lo de tomarse una pastilla que aúna todas las propiedades de un perol de lentejas con chorizo y lo de hacer pis y caca en la dirección que sea, pero cuando llevas más de una semana la estación es un tostón de tamaño grande tirando a enorme. Los dos astronautas, el americano y el ruso, habían hecho buenas migas sin pensar en antiguas guerras frías ni templadas y se pasaban el día mirando por la escotilla, pendientes de cada giro en órbita de la estación o de la Tierra con la misma cara que ponen los niños en los caballitos cuando se acerca el momento de cada vuelta en que papá, mamá y los abuelos saludan efusivamente el paso del coche de bomberos en los que están montados.

– ¿Les decimos algo a los demás?

– ¡Quita, quita! A esos ni agua…

Los demás eran el jefe de la expedición, el coronel chino Tan Dao, al que ninguno tragaba por su afán de estar constantemente haciendo experimentos como el de juntar en condiciones de gravedad cero coca cola y Bayleys para ver si de verdad se hacía bola y por esa natural desconfianza del ser humano hacia el oriental que no lleva un delantal y habla bien un idioma que no es el suyo, y el ingeniero alemán Jurgen Masthuerzer, dedicado en cuerpo y alma realizar paseos espaciales en bañador de competición sin tener en cuenta la cercanía del sol ni las protecciones cincuentas lo que le otorgaba un aspecto de rojo pasión que no hubiera desentonado nada en una playa balear.

Siguieron mirando los dos con curiosidad, sin comprender el motivo de lo que estaba ocurriendo…


Supo el público de San Siro, el local y el muy numeroso visitante que viajó a tierras lombardas, que se trataba de un partido de tamaño grande tirando a enorme. Solo de esa manera pudieron todos ser capaces de rodear al encuentro del clima justo, del ambiente necesario para que flote en el ambiente esa atmósfera que lleva aparejada citas así. Lo notaron técnicos, jugadores, aficionados que estábamos en nuestras casas y hasta los carabinieri que velaban por la seguridad en el recinto. Salió el Atleti con todo lo que tenía y salió el Milán con una alineación con vocación de organización de reinserción social para jugadores en fase terminal de juego. Se hicieron pronto los nuestros con el balón y con el control pero no podían más que asomarse sin entrar del todo a los balcones en donde se hace daño a los rivales. Agazapado el adversario de entrada, empezó el equipo rossonero a crecer viendo ese sueño que para los extremos derechos es Insúa. Volvió loco por momentos un jugador con clase pero con demasiadas aes en su apellido al argentino y de ese lado partieron las oportunidades que equilibraron la contienda y metieron un poco de miedo en el cuerpo, todo sea dicho.

Pudo adelantarse el Milán y no lo hizo principalmente porque debajo de los palos del Atleti hay un portero que dejará un páramo cuando se marche a otras tierras. Un portero mayúsculo y en negrita. Un portero estratosférico. Un portero de los que gana puntos sin poner cara de intensidad forzada, sin cambiar el rictus de cualquier día en la oficina. Retrocedió el Atleti un tanto al ver que el rival podía hacer daño y de allí al descanso se pasó a otra fase, a una de estudio, de medición de fuerzas, de sacar una mano y volver a levantar la guardia para no encajar, que estos partidos no son propicios para la locura ni para cancerberos como Asenjo.




Salió el Atleti tras el descanso con otra pinta. Más confiado quizás. Tal vez fue necesario que Simeone recordara a los suyos de lo que son capaces y la de partidos de este tamaño XXL que llevan disputados juntos desde que sus caminos se juntaron para gloria de todos. Se hizo el Atleti con los mandos y el Milán pareció achicarse a lomos de las excentricidades de un delantero con más fama y leyenda que juego y números. Ensancharon hasta coger el tamaño justo para el partido todos los nuestros pero destacaron un Godín expeditivo, unos brillantes Mario, Koke y Gabi, siempre Gabi, y un Diego Costa que volvía a corroborar que cuando los partidos cogen tamaño de buey de arrastre, él siempre estará allí. Merecía el Atleti ponerse por delante pero no acababa de llegar la ocasión propicia. Hubo quien reclamó a voz en grito algún disparo desde fuera del área sabedor de que enfrente estaba Abbiati, el portero que más que tirarse se acuesta pero tuvo que ser, claro está, de nuevo el balón parado el que impartiera justicia en el marcador.

Sacó Gabi un córner con vocación de quedarse corto y un defensor despejó alto, muy alto, tanto que el balón debió andar cerca de pegar contra algún satélite en órbita o contra la mismísima estación espacial internacional. Bajó el balón sin prisas. Llovido y medio flojo, casi ingrávido. Esperaban en el segundo palo Diego Costa y Miranda y hubiéramos pensado que vaya casualidad que fueran ellos dos, los de los goles en ocasiones espaciales, los que estuvieran allí si este Atleti de El Cholo diera lugar a pensar en casualidades en vez de en movimientos estudiados y medidos. Cabeceó Costa casi de parado, extrayendo del cuello toda la fuerza que el balón con ínfulas de astronauta no traía consigo y Abbiati, fiel a sus principios, hizo que se tiraba cuando en realidad se acostaba para contemplar como entraba en la portería ese balón que pareció soso en sus comienzos.

Queda la vuelta, sí, y habrá que tratarla como merece. Será un partido también de tamaño apreciable. Probablemente no de tamaño tan grande como el de ayer, por el resultado y por la moral con la acudirán los milanistas al Calderón, pero será de buena talla. Seguro que será un partido como todos los partidos grandes, con fases bien diferenciadas y seguro que el público sabrá fabricar el ambiente que estas citas requieren. Seguro también que los nuestros se pondrán el traje apropiado para la ocasión. Un traje que valga para asistir a la fiesta de los cuartos de final, una fiesta a la que el Atleti parece invitado por méritos propios.  




Miraban los dos, el ruso y el americano, por la escotilla en dirección a la Tierra y reparaban en que a cada vuelta parecía coger mayor tamaño la mancha que se estaba extendiendo por todo el continente europeo. La mancha, de dos colores, rojo y blanco, había surgido en la parte norte de la península itálica y ya dominaba casi en su totalidad el territorio del viejo continente. 

jueves, 6 de febrero de 2014

Los merodeadores

Fíjense ustedes qué cosa más curiosa, ha sido llegar uno a la oficina y mientras todavía bostezaba sin parar mirando muy fijamente la pantalla que anunciaba que Windows se estaba iniciando, ha aparecido el primero de ellos. De los merodeadores, vamos. El primer merodeador ha surgido así, como de la nada, y parecía distinto a todos los que uno se ha cruzado durante los últimos meses. Iba como crecido, muy seguro de sí mismo y andaba como si le hubieran dado cuerda, moviendo pies y brazos de manera alterna y acruasanada. Nada que ver con esos merodeadores que durante los últimos tiempos repetían tanto que el fútbol a ellos no les da de comer o que no, que no habían podido ver el partido porque la trama de Águila Roja llegaba a un punto culminante. Este merodeador que ha brotado hoy tiene un toque familiar, cercano. Este merodeador hablaba y hablaba y todas sus frases terminaban con la misma coletilla con la que las acaba el presidente de su equipo, ese señor con megalomanía acusada y con aspecto de empleado de funeraria: “los mejores del mundo”. Que si tienen los mejores jugadores del mundo, que si el mejor estadio del mundo, que si el peinado del portugués relamido es el mejor del mundo, que si los árbitros que les pitan son los mejores del mundo. En fin, ya saben ustedes de lo que hablo.

Llegados a este punto, delante de mi mesa se había convocado ya una convención de merodeadores sin que todavía uno hubiera podido introducir la contraseña en el ordenador y peroraban a voz en grito sobre los mejores goles de rebote del mundo, sobre los mejores pisotones alevosos del mundo y sobre si las repetidas faltas de un jugador de Tolosa al que nunca se amonesta son las mejores del mundo. Uno, que conoce desde hace tiempo la idiosincrasia del merodeador, sabe que en estos casos no queda otra que dejarles hacer, dejar que acabe el discurso en el que se glosa lo más mejor del mundo en todas sus facetas y esperar. Esperar a que cualquier revés en forma de resultado haga renacer de nuevo ese desdén por los partidos, ese no he podido ver el partido porque a la mayor de mi hermana le pusieron ayer los brackets en una clínica Vitaldent y la han dejado que parece un Transformer. Ellos, los merodeadores, no son como nosotros. Ustedes y yo nunca nos borramos. Nunca despreciamos a los nuestros por mucho que en tantas ocasiones nos hayan hecho sonrojar. Nosotros mostramos euforia y enfado de manera mayúscula cuando toca, como debe de ser, pero ellos no son así. Ellos brotan como los níscalos tras lluvia otoñal en ciertas ocasiones pero en otras no se les puede encontrar ni alegando motivos laborales. Hablando de temas laborales, se alejaba el último de los merodeadores de mis dominios cuando servidor requirió un informe de proveedores del año 2013, uno que ya había pedido cuatro o cinco veces en las últimas semanas. Anunció el merodeador a voces que lo tendría esta mañana mismo, que él hacía los mejores informes anuales de proveedores del mundo…



Viendo la alineación que Simeone dispuso ayer uno entendió que la apuesta inicial era ambiciosa. Koke de mediocentro, Diego y Arda juntos y Raúl acompañando a Costa. Salía el Atleti como un grande y tal vez esa fuera su condena. No estuvo cómodo en ningún momento el Atleti sobre el césped de ese estadio con hechuras de prisión de mínima seguridad y fue el rival el que pareció empaparse de la filosofía que a los nuestros ha llevado a las cotas alcanzadas: presión, anticipación, agresividad y asfixia al contrario. Poco enfrentaba el Atleti ante esa apuesta, si acaso un remate picado y lleno de malicia de Arda que quedó en un espejismo. Cierto es que dos de los goles rivales llegaron tras rebotes, pero dio la sensación de que los rebotes y por extensión el azar, siempre tan caprichoso, se puso de lado de aquel que con mayor ansia intentó vencer.

Recordó el Atleti a un Atleti de tiempos pretéritos, a un Atleti tembloroso y desquiciado por momentos. A un Atleti que se dejaba atrapar en las mismas trampas de hace tiempo, que se dejaba enredar en la provocación. Hubo incluso algunos que miraron al banquillo para ver si el que estaba allí era Simeone o era Manzano de lo poco que se pareció este Atleti al Atleti que nos tiene encandilados. Se vio a un equipo con dudas en zonas donde siempre suele haber certezas, en la portería y en la defensa y se vio también a Insúa, del que tal vez sea injusto aunque merecido hacer crítica feroz. Superado y desconectado el medio campo e inmerso Costa en batallas estudiadas y medidas por el rival de las que solo se podía salir derrotado, tampoco los cambios añadieron nada, si acaso añadieron adeptos a la causa de que Adrián no es el Adrián que vimos hace un par de años ni se le parece.


Se escapa la Copa en un primer envite en el que el rival pareció el Atleti y el Atleti no se sabe muy bien qué pareció. Estudiosos de la tertulia balompédica a deshoras opinan con seriedad que no le viene mal al equipo dejar de defender uno de los tantos frentes abiertos y servidor discrepa a la mayor. A falta de dos partidos para plantarse en una final no es momento para pensar en dosificación y prioridades y de hecho El Cholo no lo hizo, si no que se encontró con que a veces las cosas no salen. Hay veces que uno sale a jugar como un grande y el pequeño se lo come. Hay veces, como ayer, que el supuestamente grande juega como un pequeño y es celebrado con grandes alharacas por su hinchada. Hay veces en las que entrenadores presentados como buscadores de la excelencia futbolística encuentran el consenso poniéndose el chándal de Caparrós o de Clemente y sus aficionados/merodeadores se agarran a ello jurando sobre libros sagrados que esa manera de proceder es la mejor manera del mundo. Hay veces en las que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Ayer fue una de ellas…

lunes, 3 de febrero de 2014

Lo de menos y lo de más

Se acercaba la afición al campo y daba la sensación de que, cosas de la vida, el partido y el fútbol por extensión era lo de menos pero a la vez era lo de más. Se acercaba la afición al estadio y se respiraba un silencio espeso, pesado, lleno hasta rebosar de respeto, un silencio que se había instalado muy dentro de todos desde que el sábado por la mañana el café y el alma se quedaron helados al oír la trágica noticia. Se acercaba la afición al recinto y quien más quien menos notaba presente la abrumadora ausencia, la certeza de la falta, el vacío tan complicado de describir del que se suele hablar en casos como este. Se acercaba la afición al Manzanares y todos se sentían huérfanos, los más grandes huérfanos de padre y los más pequeños huérfanos de abuelo. Miraba uno al escudo y detectaba que el oso también se sentía huérfano ahora que la vida le había privado de aquel que nunca permitía que fuera pisado aunque fuera sin querer. Notaban todos muy dentro esa orfandad mordiéndoles pero también sentían orgullo, orgullo de haberle conocido, de haberle abrazado como referencia, de haber sabido hablar de él a otros y de haber sabido escuchar sobre él. Se acercaba la afición al Paseo de los Melancólicos y se echaban de menos las patillas gruesas y las gafas que cambiaban de montura mucho después de lo que las modas aconsejaban. Se echaba de menos el chándal de aquellas épocas y el de otras más recientes. Se echaban de menos las faltas dirigidas con precisión a la escuadra y los pies que aguardaban en el interior de los míticos zapatones. Se echaba de menos su voz resonando en los vestuarios, esa voz que hablaba de ganar, ganar y luego ganar, esa voz que sabía tocar la fibra sensible del que escuchaba. Se echaban de menos los malos modos, la alergia a las medias tintas, el culo pelado, la socarronería y se echaba de más a aquellos que le negaron el pan y la sal, a los que le pretendieron licenciar con deshonor por no casarse con nadie y por arrancar de los vestuarios patrios malas hierbas con el siete a la espalda. Se acercaba la afición al Vicente Calderón y a cada pocos pasos surgía otro que contaba una anécdota sobre él, una de esas que a pesar de tan escuchada, toma forma nueva cada vez que se relata. Terminaban las historias con una media sonrisa, mitad triste y mitad alegre y con un suspiro hondo con vocación de punto y aparte.


Ocupó la afición de manera ordenada su localidad y recorrían con la vista el estadio que es su casa y siempre será la de él ya desde antes de aquel lejano pero recordado día en el que, cómo no, la inauguró con un gol. Andaba la afición con un escalofrío metido en la espalda, un escalofrío que hacía asomar lágrimas en unos y necesidad de homenajear al ídolo en todos. Saltaron al campo varios veteranos portando la camiseta con el ocho y el silencio volvió a imponer su ley para dejarse vencer a continuación por las voces entrecortadas. Comenzó el partido que era lo de menos pero seguramente lo de más y se puso por delante el Atleti casi llegando al descanso a pesar de no estar mostrando una cara brillante. Fue Villa el que convirtió en esos terrenos en los que los goleadores pisan con paso firme y alzó los brazos al cielo, recordando y volviendo para luego lesionarse, esperemos que levemente. Achuchó el rival, que estaba aunque casi nadie había reparado en él y Diego Costa y Miranda despacharon el partido por si hubiera alguna duda de que un partido así, con todo lo que lo envolvía nunca podría haberse escapado. Aún hubo tiempo para que redebutara el indeciso Diego y pareció que año y medio no es nada redondeando un partido que sabe a liderato en solitario a pesar de ser lo de menos o a lo mejor lo de más.




Marchaba la afición hacia sus casas tras haberse demorado algo más de la cuenta en el estadio, tal vez intentando aprehender un trocito de la noche vivida y guardarlo en un baúl de tesoros de valor incalculable. Flotaba de nuevo un silencio reinante y despótico que parecía dirigir los pasos de los aficionados y uno se paró a mirar a sus iguales. Miraba uno a los ojos de la afición y veía agrandarse una leyenda, una enorme y de varios colores pero principalmente de color rojo y blanco. Veía uno también calor, emoción y esa bendita sensación de pertenencia que solo ustedes y yo tenemos el placer de sentir. Se detectaban más cosas en aquellas miradas: nostalgia acompañada del dolor frío del que no se lo espera, reconocimiento a esa irrepetible figura y sobre todo agradecimiento. Sí, todos los ojos gritaban diciendo gracias. Gracias por lo que dejó en el campo y en el banquillo. Gracias por estar cuando nadie quería y no estar cuando no tocaba. Gracias por aquella alegría infinita pero efímera truncada por un alemán de nombre impronunciable. Gracias por saber hacer ver a los jugadores que detrás de ellos había varios miles que tocaron el cielo en noches como aquella. Gracias por vencer al dragón de los cuartos de final. Gracias por existir y haber sido de los nuestros. 

lunes, 27 de enero de 2014

Arte, facilidades y otro penaltito...

Quedó la tarde agradable aunque algo ventosa y el aficionado aprovechó la tregua meteorológica para acercarse al fútbol, que si bien este era un partido fuera de casa es un fuera de casa pero como si habláramos del rellano, que no está en casa pero casi. Notó el aficionado que muchos otros como él se acercaban a Vallecas y reparó que tanto hinchas locales como visitantes mostraban un carácter alegre y optimista. Todo el mundo sonreía y dejaba salir antes de entrar en los bares y hasta se minimizaron las típicas discusiones prepartido sobre si esta ronda debe ser pagada por el que suscribe o por usted, que pagó la anterior con gran éxito de crítica y público. La razón de este ambiente jovial y armonioso debe buscarse en la penúltima medida del gobierno, que por fin le ofrece al pueblo llano algo de esperanza que echarse al zurrón tras tanto recorte. Se notaba en el ambiente el alborozo que provoca en la ciudadanía la bajada del IVA para las obras de arte, algo sobre lo que el españolito medio o incluso el españolito pegado a banda andaba seriamente preocupado. Escuchaba el aficionado las conversaciones que tenían lugar en los aledaños del estadio situado en la calle Payaso Fofó y no se hablaba más que de la escultura que mañana le traían a casa al mediodía o de si sería mejor adquirir oleo o acuarela dada la sequedad del clima madrileño y el común abuso de la calefacción en comunidades de vecinos de cierta edad. Con una sonrisa se dirigieron todos los espectadores a sus asientos en el coliseo franjirrojo y casi todos pensaban en que tras pasar tanto tiempo contritos y con el culo apretado pensando en menudencias como llegar a fin de mes o pagar un recibo de la luz que bate el record del mundo de altura de recibos en pista cubierta cada vez que llega, ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora….


Salió el Atleti con Sosa en un lado y Koke en el mediocentro a pesar de que a Resurrección le tenía preparado Simeone un día de descanso. Tiago se resintió de lo que se resintiera en el calentamiento y el todocampista que últimamente ha mostrado síntomas de fatiga tuvo que ser de la partida. Salió también Manquillo sustituyendo a Juanfran y cumplió como suele hacerlo aunque le pitaran un penaltito tan tonto y minúsculo como el de la semana pasada, esperemos que no sea una moda dictada a implantarse. Salió el Atleti dispuesto a resolver el partido rápido, a matar sin hacer sufrir, a pintar el cuadro del partido a la carrera. Arte conceptual. Presión y compromiso en tonos pastel. El Rayo, equipo que apuesta por un arte kamikaze e inconsciente, regaló, como suele hacer normalmente, un balón a Villa y Diego Costa nada más comenzar el encuentro. Cedió el de Lagarto el balón al asturiano para que definiera arriba en lo que iba a ser el inicio de la tónica de la noche: variaciones en el arte de la asistencia generosa. Pudo el Rayo empatar enseguida por obra y gracia del penaltito del que les hablaba antes pero allí estaba ese nuevo valor del arte belga, ese que pinta estiradas imposibles, ese al que habría que inmortalizar en busto o incluso en escultura de cuerpo entero destinada a decorar algún rincón coquetón de la casa rojiblanca.



Acusó el Rayo los dos golpes de cincel a su maltrecha moral y fue entonces cuando el Atleti empezó a gustarse. Fabricaba el Atleti peligro principalmente por banda izquierda y mezclaba con gusto gamas de colores en los que pisaba Arda, centraba con intención Filipe para que Villa dejara despacito a Costa y Sosa de cara a rematar pudiendo sentenciar. En otra de esas obras de arte en las que nuestro equipo mezcla lo mundano y lo celestial llegó el segundo. Balón al espacio a Costa que utiliza el cuerpo como nadie, pase generoso a Sosa que, presa de una mayor generosidad si cabe, deja balón franco para que Arda trace empujando el balón la última pincelada de tan brillante combinación.


Notaba el Atleti que la empresa iba a ser fácil y se relajó un tanto en defensa, cosa rara. Se vio en Vallecas a una retaguardia más despistada, menos segura de sí misma y así llegó el 1-2, con rebote artístico y burlón incluido. Tuvo tiempo el primer tiempo de dejarnos un segundo gol de Arda lleno de pillería y un susto apreciable al ver a Diego Costa en el suelo echándose mano un poquito más arriba de la rodilla. Hubo aficionados que, a pesar del comprensible alborozo que la medida gubernamental provocó en ellos, pasaron un susto morrocotudo al ver caer al delantero centro e incluso vieron pasar ante sus ojos su vida y la temporada entera en diapositivas.

Poco se puede decir de la segunda parte. Quedó casi todo el arte concentrado en el primer acto y este segundo envite perdió fuelle entre las facilidades con las que el equipo vallecano agasaja a sus rivales y la suficiencia del deber cumplido de los nuestros. Dos goles más hubo, sí. Uno de Costa y de Saúl al alimón tras otra obra cumbre de la asistencia de Filipe y uno para los locales de Larrivey, jugador con nombre de coñac peleón y pelos desgreñados, tras defensa flojita de los nuestros.

Vuelta a la senda de la victoria tras dos empates que dejaron muy diferentes sabores. Al cierre de estas líneas, el que suscribe no tiene claro si tomar el partido de ayer como vara de medir de nada debido a la inocencia del rival, un rival que huele e incluso apesta a lo mismito a lo que huele el Betis, para entendernos. Cierto es que se vio mejor juego y no pareció acusarse esa fatiga que asomaba en segundas partes y sprints exigentes pero ni ahora ni antes deberían sacarse demasiadas conclusiones. La tan cacareada rotación en Copa pareció sentar bien a Villa, otro buen partido del asturiano, y al goleador Arda y menos bien a Miranda, por ejemplo, pero la no rotación entre semana pareció no afectar a Diego Costa ni tampoco a Filipe y Godín. Parece que Sosa empieza a meterse en la dinámica y parece que el hombro de Óliver nos va a privar de verle por un tiempo. Courtois es un seguro de vida y habría que cuidar a Koke, pero no sería de recibo ponerse a buscar brotes verdes donde siempre los hubo, en este pasto de césped bien cuidado que está siendo la temporada de los nuestros, pero tampoco perder el espíritu crítico ni no apreciar el cansancio que a veces aparece. Mientras tanto seguiremos disfrutando de este Atleti con alma de artista encaramado a la cima de la clasificación y nos iremos a una galería de las que están en el centro de la ciudad con las gafas de pasta y patilla gruesa puestas. Allí, nos gastaremos de manera gustosa lo que no tenemos en un orinal deconstruido con brochazos color lila en los bordes tras haberlo observado desde todos los ángulos posibles durante un buen rato sin poder asegurar si eso es arte o una mamarrachada pero nos iremos para casa felices y contentos porque ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora…

lunes, 20 de enero de 2014

Cocidos maragatos y penaltitos

Hoy empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de impotencia, sí, por qué no decirlo.


Asediaba el equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti, le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e innecesario, pero serlo lo fue…




Llegó el diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico. Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.


Todo lo referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa. No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.


Hay veces que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante, reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Parece mentira

Sentado en su sillón de orejas, Amadeo seguía pensando que parecía mentira. Cierto es que lo acababa de presenciar y que los periódicos que descansaban sobre la mesa baja del salón no podían mentir. Aun así, no acababa de creerlo. Parecía mentira.

Amadeo había despertado hace un par de días de lo que los médicos llamaban una ausencia prolongada. Un paréntesis en su vida de casi dos años. Un periodo de inconsciencia que los especialistas no acababan de explicarse. Desde aquel día de antes de las navidades de 2011 en el que en medio de una comida familiar Amadeo se ausentó sin motivo. Algunos opinaban que el episodio fue provocado por una indigestión de cigalas con los ojos más saltones que un mediapunta alemán, otros, que tal vez fuera la lógica consecuencia de una sobredosis de chistes malos lanzados al aire por su cuñado el que trabajaba en el ministerio. Su mujer incluso le acusó en los primeros momentos de no saber qué hacer para dinamitar una reunión con su familia, la muy malpensada. El caso es que Amadeo había pasado los dos últimos años estando pero sin estar. Ausente hasta que a principios de semana despertó de manera súbita. Parecía mentira.

Tras la sorpresa inicial de los suyos y el reconocimiento médico para ver que todo volvía a estar en orden, su familia le puso al día de todo: la niña se ha tenido que ir a Alemania porque estaba harta de poner en práctica las dos carreras y los idiomas como cajera de un supermercado. La crisis sigue y Urdangarín está pero como si no estuviera, tal vez también ausente pero con el riñón forrado en platino. Madrid no será olímpico por mucho relaxing café con leche que le añadamos al asunto y se ha muerto Manolo Escobar lo que da bastante pena. “¿Y el Atleti?”, preguntó Amadeo con ese ansia que todos los que somos como ustedes y como yo sentimos cuando llevamos tiempo sin noticias de los nuestros. “El Atleti fenomenal”, le dijeron sonriendo. “Mañana mismo juega un partido de Champions”. “¿Champions?”, inquirió Amadeo ilusionado pero extrañado. Su último recuerdo del Atleti fue un esperpéntico partido de Copa en el que el Albacete, al que nunca podremos agradecer suficientemente haber precipitado el despido de Manzano, doblegó a los nuestros. Sospechaba nuestro protagonista de lo que sus allegados le referían y pensaba que tal vez no quisieran contarle la verdad por si fuera demasiado cruda estando todavía convaleciente. Pidió a su cuñado el del ministerio que le comprara varios diarios y allí pudo ver que el Atleti no solo estaba en Champions sino que ya era primero de grupo sobrando varios partidos. Asimismo, certificó que el equipo colideraba la tabla clasificatoria liguera y que había despachado por la vía rápida la primera eliminatoria de esta Copa del Rey tan anacrónica en su afán del doble partido. Era cierto todo lo que le habían contado. Parecía mentira.



Recibía el Atleti al Oporto en el partido que cerraba la fase de grupos de la Champions y parecía mentira. Parecía mentira la relajación con la que ustedes, yo y nuestro querido Amadeo afrontamos un partido de este calado. Si después del sorteo de los grupos alguien nos hubiera dicho que este partido iba a ser intranscendente para nosotros para bien, que no iba a ser la fecha señalada, el todo o nada, el ser o no ser continental hubiéramos pensado que nos mentía descaradamente. Si no supiéramos nada sobre los anteriores encuentros la alineación que presentó el Cholo nos hubiera parecido mentira de las rotaciones que llevaba prendidas. Si ustedes y yo no lo hubiéramos visto nos parecería mentira cómo saltan acobardados al Calderón equipos con buenas hechuras. Parece mentira que en citas así los palos y la suerte, que es lo mismo casi siempre, se pongan del lado de los nuestros como en aquella bendita noche en tierra enemiga en la que Gabi alzó al cielo un trofeo de Copa. Parece mentira que Raúl García, otrora maltratado por pizarras e impacientes halle goles de todos los colores posibles. Parece mentira que Koke se haya convertido en este Koke total. Parece mentira que Diego Costa tenga el hambre que tiene, siempre dispuesto a convertir defensas de empaque en azucarillos disueltos en su poderío. Parece mentira que la grada disfrute con todos los modelos posibles de este Atleti parido a la semejanza del Cholo y parece mentira que a éste le sienten tan bien los trajes oscuros. Parece mentira que hasta los centrales de nombre impronunciable y peinado incomprensible cumplan y arranquen ovaciones merecidas. Parece mentira que los porteros suplentes se rediman parando penas máximas tras haberla liado un poco parda. Parece mentira que un chaval de diecinueve años recién cumplidos pueda atesorar tanto talento en su menudo cuerpo. Parece mentira.

Imaginen que por cosas de la vida o del destino ustedes hubieran pasado los dos últimos años ausentes. Imaginen que despiertan súbitamente y se encuentran este Atleti que gana llevando la manija o dejando la posesión para el que la quiera. Imaginen que abren los ojos de pronto y se topan con este Atleti que empequeñece al más espigado, que desespera a cualquiera desde los cimientos de la seguridad en lo que se hace. Imaginen por un momento que vuelven de donde estuvieran y reconocen a este Atleti al que las alturas no le dan miedo. Imaginen al resto de equipos del continente cruzando los dedos espasmódicamente por no encontrarse en el camino de este Atleti que tenemos hoy. Seguro que les pasaría como al bueno de Amadeo. Seguro que les parecería mentira.


lunes, 25 de noviembre de 2013

De monos, fríos y Calippos

Si el sábado por la noche ustedes tuvieron a bien darse un garbeo por los alrededores del Calderón o por boites y otros lugares de alterne en los que el aficionado rojiblanco gusta de ver los partidos de su equipo, inmediatamente detectarían un par de detalles: uno, que hacía un frío que pelaba, un frío muy adecuado para poner un partido a las diez de la noche, un frío de los que llenan las urgencias de gente tosiendo y las farmacias de guardia de ciudadanos con la nariz roja y la voz de Marlon Brando y dos, que todos los seguidores colchoneros iban acompañados a donde fueran de un mono. Sí, sí, de un mono. Como Marco, pero a la rojiblanca, que siempre tiene más gracia.


La consecuencia más llamativa de estos parones de selecciones tan antinaturales, tan a desmano, es la aparición de un mono al lado de cada aficionado. No ocurre esto con los hinchas de todos los equipos, no. Los hay a los que les da igual eso de estar quince días sin ver a los suyos sobre el campo, los hay que se alimentan de tertulias llenas de gritos y venas del cuello a punto de explotar. Los hay que se nutren de portadas de diarios deportivos que parecen editados en Lisboa o Braganza, por lo lusitanos que se vuelven en ocasiones así, y más en ésta. Los hay a los que les basta con mendigar balones dorados para jugadores con tendencia a la cabriola argumentando que al susodicho le hace mucha ilusión tener un balón de ese material para hacer juego con las dentaduras de varios de sus familiares. Hay gente pa’ tó, como decía aquel. No es así en cambio el aficionado a nuestro Atleti. El seguidor rojiblanco echa de menos al equipo de la misma manera que hace unos años, aquellos oscuros años antes del advenimiento de Simeone, le echaba de más y necesita su doble ración semanal. Su dosis en vena de emoción, de presión asfixiante y de intensidad. Su chute de evasión que le transporta a un mundo de esfuerzo, de sudor derramado y de brillantez e inspiración, que de eso también hay mucho aunque se diga menos. Por todo lo anterior, el hincha del Atleti nota brotar de su interior un mono que dependiendo de la circunstancias puede llegar al tamaño de un gorila de lomo plateado. Sin más remedio que aguantar los devaneos del calendario el fiel seguidor asume su condición de padre putativo del mono y le saca de casa, le apunta a clases de inglés después del colegio y si sale a tomar algo a media tarde le pide un trinaranjus del tiempo, que estos fríos para los simios de climas tropicales son proclives a la faringitis. No era raro en los últimos días presenciar el encuentro de dos vecinos de abono en cualquier calle y comparar los tamaños de los monos que el parón les había otorgado: “Pues el suyo ya está muy crecido”, decía un contable con asiento en tribuna baja comparando su mono con el de un abonado de tres filas más abajo que lo llevaba de la mano mientras el macaco lamía un chupachups con fruición.


Si ustedes le cuentan esto a otros, e incluso si osan contarle esto a uno de esos otros que ustedes saben, no les creerán y les mirarán como solo esos otros suelen mirar, siempre por encima del hombro, pero ya saben que, como en tantas otras cosas, ellos se lo pierden. Ellos no saben disfrutar de esas pequeñas cosas como la emoción de asistir a la función navideña del mono disfrazado de pastorcillo…




Saltó el Atleti al campo y el público y los monos acompañantes que se atrevieron a desafiar al frío aplaudieron a rabiar. Saltó también el Getafe y se presentó para la ocasión vestido de Calippo lo que de por sí es un punto negativo en un equipo que al que suscribe le cae medio mal por su presidente y por dar asilo político a una pléyade de mediapuntas. Puso el Cholo en liza a los habituales salvo Godín, al que suplió Darth Vader con solvencia y torería, y Diego Costa, que fue dejado por precaución en la banca siendo su lugar ocupado por Raúl García. Comenzó el partido a temperaturas ambientes, es decir frío y algo desangelado. Miraba la concurrencia a su derecha y a su izquierda y allí seguían los monos, comiendo pipas sin pelar, lo que es de agradecer dada la basura que se acumula en el estadio. Tras el calentamiento inicial, fue Arda en connivencia con los laterales, espléndidos de nuevos en despliegue y profundidad, el que templó el partido a base de aparecer por todas las zonas ofreciendo sus gotas de arte bizantina. Se ha echado de menos al turco en su ausencia, puede seguir funcionando el equipo, pero de un modo menos especial.


Achuchaba el Atleti a balón parado y fue de esa manera como el titular de la cátedra de jugadas de estrategia Don Jorge Resurrección puso el primer gol en la cabeza del titular de la cátedra de llegadas y goles abrelatas, Don Raúl García I de Navarra. Continuaba el asedio al marco de un equipo Calippo que ya mostraba claros síntomas de derretimiento cuando, casi sin querer, llegó el segundo en forma de autogol tontuelo. Tontuela fue también la expulsión de Valera, ese supuesto lateral que se nos vendió en su día como el carrilero del futuro y que, a pesar de dejar de lado su pelo ochentero, demostró que debajo sigue sin haber demasiado.


Arrancó la segunda parte con el Calippo prácticamente licuado y golpearon otra vez Villa en boca de gol y Raúl García cabeceando de nuevo. Justo en ese momento, la afición ya entrada en calor reparó en que habían desaparecido los monos con los que habían accedido al estadio, al haber cumplido estos la función que se les encomienda, la de acompañar al hincha lleno de morriña por no poder ver a los suyos en el campo. No crean que algún aficionado no se alarmó ante la ausencia de los simios, los hubo incluso que se acercaron a un puesto de control pretendiendo que desde megafonía llamaran a un mono pequeño con forma de tití que vestía plumífero azul marino y pantalón de pana gorda. Terminó la desazón de golpe cuando el estadio presenció la obra de arte que Diego Costa tenía guardada para los pocos minutos de los que disfrutó. El de Lagarto se hizo sitio y giró el cuerpo para enganchar una chilena que de ser ejecutada por otro jugador hubiera acarreado la emisión urgente de varias cartillas de cupones para tazas de café y edredones con la foto del lance inmortalizado para la posteridad.



Moría el partido y todavía hubo tiempo para que la conexión astur, esto es Villa y Adrián, redondeasen la cuenta ante el alborozo de una afición que ya no se acordaba del mono de los últimos días ni de los parones que apetecen como acompañar a la suegra al callista. Marchaba el respetable feliz a sus casas y había olvidado el frío, la hora y el aburrimiento de la última semana pero guardaba en sus retinas la nueva exhibición de los suyos. Guardaba un gol de bandera y un partido completísimo ante un rival con sabor lima-limón. Comentaban los aficionados los distintos lances vividos de camino a sus vidas y algún despistado preguntó a otro porqué llevaba una cazadora pequeña y una bufanda rojiblanca tamaño infantil en la mano y éste no supo contestar. Recordaba lejanamente que acudió al partido de la mano de alguien, de un mono tal vez, pero no fue capaz de hacer más memoria. Estos chutes de fútbol que el Atleti proporciona dejan estos maravillosos efectos secundarios.