Mostrando entradas con la etiqueta Godín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Godín. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de febrero de 2017

La canción que silbó Torres

Cabalgaba el partido por el yermo terreno de la desesperanza cuando Torres hizo acto de presencia sobre el césped. Quien más y quien menos calibraba el tamaño del boquete que el rival pudiera hacer y si la herida afectaría a órganos vitales de aquí al final de la temporada. El Atleti, cautivo durante cuarenta y cinco minutos, no alcanzaba a ver el horizonte tras el muro coronado de alambre de espino que rodeaba el campo de internamiento en el que el adversario le confinó arrebatándole el balón y la moral. El descanso descubrió a las ilusiones rojiblancas asustadas en un rincón. Hacinadas en insalubres barracones que las ocultaban de sus captores. Ellos parecían más altos, más guapos, mucho mejor armados. Parecía no existir más opción que la rendición. Y entonces salió Fernando.

Ciertamente Torres ya no es el de Viena. Tampoco es probable que nos vaya a regalar goles imperiales como aquel del Villamarín ni arrancadas llenas de potencia de las que poblaron de pesadillas los sueños de un buen número de centrales en la última década. A veces se deja el balón atrás. En ocasiones se nota que la cabeza le funciona mucho más ágilmente que las piernas. Tal vez no sea el nueve titular con el que el Atleti pueda afrontar según qué batallas. Todo eso es verdad. También lo es que él nació para este tipo de partidos. Los lleva jugando desde que era un adolescente. Saltó al campo apartando el desánimo de compañeros y grada y entonces ocurrió.


Peleó un par de balones que parecían perdidos. Aguantó una pelota hasta que los centrocampistas se sumaron al ataque. Forzó un córner. Presionó. Se atrevió a mirar a los ojos a los captores. Se plantó ante el potente fuego rival sin miedo y comenzó a silbar bajito una melodía que todos conocíamos. Seguidamente se sumó Gabi. Godín volvió a ganar todos los balones por alto en ambas áreas. Filipe redescubrió la banda izquierda y Griezmann comprendió que no era imposible. Hasta Carrasco, inmerso en otro partido merecedor de patada a una botella de agua, pareció renacer.

Lo que empezó con un silbido se había convertido en un rugido atronador. Miles de voces cantando a coro la canción que Fernando había comenzado. Una canción que habla de no resignarse. De creer. De nunca bajar los brazos. De saber que siempre hay esperanza cuando en la camiseta las rayas son rojiblancas. Una canción nacida de las entrañas. Una canción escrita por el Calderón en noches como la de ayer. Una canción cuya letra, por encima de todo, habla de dignidad. Una canción que explica al Atleti, más allá de cualquier resultado. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Cuando muera

En mi declaración de últimas voluntades he dispuesto que, cuando muera, esparzan mis cenizas sobre algún partido como el de anteayer en Barcelona. A pesar de sus ratos de agobio y de sus fases de juego poco reluciente. No crean que no disfruto con las goleadas plácidas ni con los encuentros en los que el Atleti gana por agotamiento cuando a los rivales les llega el otoño a las piernas, pero es en este tipo de choques donde uno quiere reposar eternamente.

Es en ellos, cuando el barro llega a la cintura, cuando cada decisión del árbitro se protesta como si no hubiera mañana, donde me gustaría yacer. Saber que habitaré por siempre al lado de ese Atleti de dientes apretados, presión alta y latigazos traidores a la contra. El fútbol sería un pasatiempo para clases acomodadas sin estos encuentros de sobresaltos y latidos de corazón que se desacompasan. No encontraríamos razón ninguna para cuadrar las actividades del fin de semana con el horario del partido sin esos controles orientados de Correa sobre un campo de minas. Sin los viajes de Filipe por las carreteras secundarias de la banda izquierda y sin las mil artimañas de Koke para amansar la pelota estaríamos hablando de petanca.


Puestos a pedir, quisiera también, si no es molestia, nombrar a Savic, a Juanfran y a Godín albaceas de mi escasísima fortuna. Son tipos de honor. Gente de fiar. De esos que no abandonan a un compañero herido en la batalla. Como último capricho, quisiera que Gabi no se retirara jamás. Desearía verle siempre con la rojiblanca puesta, mostrando esa oblicua sonrisa llena de gravedad con la que entra en el bar apartando adversarios cuando los vasos ya han comenzado a volar.

Debo reconocer que a lo mejor pido mucho o tal vez poquísimo. Evaporarme mientras el Atleti, el de Simeone, se faja regando de sudor y sangre un tapete de césped infinito. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Pronóstico reservado

Artículo publicado en CTXT:


“Pronóstico reservado”, musitó el galeno leyendo la tablilla que había descolgado de la barra a los pies de la cama del enfermo. También es mala pata, justo ahora que se nos viene la temporada encima, pensaron los más pesimistas. El paciente, vestido con un pijama rojiblanco, presentaba todos los síntomas del típico cuadro de estar en cuadro, valga la redundancia y el mal juego de palabras. Su dolencia provenía principalmente de la retaguardia. De la línea más fuerte precisamente, la que ha sido salvavidas al que agarrarse cuando el gol y la inspiración se acatarraban. Ingresó el paciente hace unos días, tras sucesivos pinchazos en los charrúas muslos de la pareja de centrales titulares. Empeoraba el panorama la anormalmente larga baja de Savic en los últimos choques. Por si todo esto fuera poco, los partidos de selecciones agravaron la crisis añadiendo dos nuevos quebraderos de cabeza: la espalda de Lucas y el tobillo de Saúl. Familiares y aficionados llegaron a temerse lo peor y preguntaban a los doctores antes de dejarse llevar por el desánimo. “Partido a partido”, recetaban los médicos antes de que algún administrador de extremaunciones apareciera en escena.

Pasaron los días con el enfermo en observación. Evolucionando más lentamente de lo que las ansias e impaciencias de sus allegados esperarían. Pese a todo, las nubes que a principio de semana parecían negrísimas apenas descargaron agua. Lo de Saúl y Lucas no era tan fiero como se pintaba y Savic recuperaba el alta coincidiendo con el fin de la operación retorno. Mientras tanto Godín, santo y seña de la defensa, capitán de la guardia de la noche que defiende el muro inexpugnable, trabajaba a destajo con la mirada puesta en el Camp Nou. El herido grave pasaba a leve en tan solo unas horas. No fue cosa de los antibióticos ni de ningún secreto revitalizante, simplemente hubo que esperar y no dejarse apresar por alarmismos ni informaciones desinformadas.



En cualquier caso, si la evolución del doliente finalmente no fuera la apropiada, convendría recordar un episodio de pánico parecido. Sucedió hace casi un par de años. Se jugaba el Atleti a dos partidos la matrícula de honor en una temporada que ya era de sobresaliente. El paciente mostraba también mal color a pocos días vista de las citas. Por entonces, las afecciones se concentraban en la vanguardia. Agoreros de aquí y allá se encomendaron a placentas de yegua y otras hechicerías. El campo del próximo rival en Champions quedó regado con las lágrimas dolientes de Diego Costa y de Arda Turan, el turco que prefirió ser animador desde el banquillo. Con un gol en contra y las filas maltrechas resurgió uno de los más grandes Atletis que se recuerdan, cabezazo de Godín mediante. Haría bien el rival y la parte más ceniza de la grada en no fiarse del diagnóstico y dejar a un lado ese pronóstico reservado. Quizás también convendría que apartaran las vendas con cuidado para tomarle la temperatura al enfermo. En momentos como los que se vienen, no hay mejor cura ante cualquier dolencia que la determinación de los de Simeone. Lo más prudente, en suma, debería ser mirar a los ojos del supuesto paciente y desconfiar. Desahuciar antes de tiempo a alguien con la mirada del color de las rayas de los colchones puede tornarse en suicidio. 

jueves, 17 de marzo de 2016

En este lado de la vida

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160316/Deportes/4826/Atletico-de-Madrid-Champions-League-eliminatoria-PSV-penaltis-fe-Juanfran-La-Colchoner%C3%ADa.htm

En este lado de la vida se sabe que lo sencillo suele estar hermanado con la vulgaridad e incluso con la injusticia. Las guerras ganadas de antemano no alimentan recuerdos ni los favoritos contemplan los campos de batalla con la voz tomada y el corazón acelerado. El destino, del que se sospecha vestimenta rojiblanca, engalana los corazones con las muescas de noches como la de ayer a la ribera del Manzanares. Noches imperfectas, llenas de escaramuzas, sustos y momentos solo explicables desde las entrañas. Benditas noches.

No fue el mejor partido que se recuerda ni falta que hizo. Fueron ciento veinte minutos intensos con la propina de una tanda ya grabada en la memoria colectiva. En el libro de las grandes citas quedarán las emociones desbordadas, las imágenes de un Calderón que lucía dolorosamente guapo, los inicios titubeantes, los niños hechos hombres, las hombres que siguen siendo lo suficientemente niños para inyectar litros de ilusión, la estampa de un rival más fiero de lo que pintaron y la divina humanidad que se hizo carne en el pinchazo del muslo de un central uruguayo.



Los penaltis, suerte suprema ajena a estadísticas y predicciones, premia al que lleva la determinación prendida en la mirada. “Nunca dejes de creer”, rezaba el visionario mensaje que la grada remitió a sus jugadores. No flaqueó la fe. Incluso los lanzamientos con más suspense fueron empujados a la red por la fuerza de tantas almas creyendo al mismo compás. No puede calificarse de capricho que fuera Juanfran, el hombre que comprendió lo que otros no pueden entender, el último protagonista de la celebración.

En esta orilla de la existencia, se valoran de otra manera las hazañas y las decepciones. Victorias y derrotas se alían, confundiéndose, para dejar paso a lo fundamental. Un año más el Atleti se encuentra situado en la línea de salida de la maravillosa carrera hacia los sueños. Las más de las veces, alcanzar lo soñado pasa por noches en las que es imposible pegar ojo, como la de ayer. 

jueves, 28 de enero de 2016

Chinitas en el zapato

Artículo publicado en ctxt.es: http://ctxt.es/es/20160127/Deportes/3928/Atletico-de-Madrid-Cerezo-horarios-Liga-Tebas-Real-Madrid-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Sabíamos que iba a ser difícil caminar con los zapatos llenos de chinitas. Ya tenemos experiencia en estas lides. Desde hace unos años –gracias, Cholo– volvemos a estar en primera línea de combate. Nuestra fuerza no reside en disponer del más moderno y caro armamento. Somos temibles como grupo por la fe que nuestros guerreros desbordan en el campo de batalla. El hasta no hace mucho desordenado ejército que a la primera salva de artillería se batía en retirada, se ha convertido en un rival molesto. Desafiantes, nuestros soldados miran a los ojos de los contrarios y éstos dudan. Ven avanzar a los rivales vestidos de rojiblanco y recuerdan historias y leyendas que hablan de aquel David que derribó al gigante con su honda, de aquel gol de Miranda que conquistó territorio enemigo o del cabezazo de Godín que abrió de nuevo las puertas del cielo. Todos esos episodios significaron lo mismo, la caída inesperada de Goliath, aunque las últimas fueran hace muchos menos años.

Desde entonces, las confrontaciones futbolísticas patrias no se quedan en un aburrido y manoseado cara a cara. La variable colchonera se hizo hueco en la ecuación para quedarse. Molestando, como decíamos antes. No a todos gusta que la fiesta haya pasado a tener otro invitado. El predecible bipartidismo y todo su aparato mediático ponen de manifiesto su contrariedad desde cualquier foro. Mal juego, violencia inusitada, sacar partido a ese otro fútbol del que tan amante era una de nuestras referencias, el Sabio de Hortaleza, todo ello se usa como arma arrojadiza para desacreditar al incómodo pasajero que tuvo la desfachatez de salir, en más de una ocasión ya, besando a la chica al final de la película saltándose todos los guiones.

Asumimos que no habrá nadie recibiéndonos con flores a nuestra llegada. Sabemos que será difícil encontrar objetividad y soportamos, no consumiendo, el ninguneo constante y bien orquestado. Vivimos independientemente. Respiramos por nosotros mismos y nos las ingeniamos para encontrar oasis recónditos donde no se nos maltrata. Conocemos también las reglas: las tradicionales ayudas arbitrales disfrazadas de errores humanos a nosotros no nos llegan o lo hacen en forma de migajas. Ok. Sabíamos a lo que veníamos, esto no es Bambi, como decía Torrente mientras apatrullaba la ciudad.




La última chinita en el zapato nos la pone el señor Tebas en forma de horarios. El impar chofer con poderes de la liga de fútbol profesional, muy aficionado por otra parte a hacerse fotos junto a sus churumbeles vistiendo camiseta paliducha bwin, programa los partidos del Atleti pegaditos a jornadas de Champions, no vayan a constiparse. Su habitual delicadeza a la hora de encajar las piezas de los partidos de Hernández y Fernández en el loco puzzle de los horarios semanales, se torna aspereza cuando se trata de darnos cita a nosotros. Tres partidos en seis días, sin listas de espera, no se quejen. Un genio, el tío. Es tal su disposición de agradar que programa el derby en horario sabatino madrugador, casi recién aterrizados los nuestros de Eindhoven, aduciendo intereses comerciales. El rival, bien descansado, gracias. Luego, si quieren, debatimos sobre campañas.  

Lo más sorprendente, dentro de todo este universo de huevos Kinder con olor a alcantarilla, es que en la LFP el Atleti ostenta una vicepresidencia en la figura de Clemente Villaverde y un puesto como vocal, asignado al club. Silencio sepulcral. Nadie protesta. Ni un comunicado ni una declaración institucional. Como mucho, de postre nos servirán un canutazo de esos que Cerezo, a modo de digestivo, se administra a la salida de un asador derrochando gracejo. Torpedeados desde dentro una vez más, nos miramos en el espejo y vemos la misma cara indignada que llevamos paseando por la vida desde que supimos –y ya sospechábamos– lo de poner el cazo prescritamente. Apuesto a que solo Simeone y los jugadores comentarán el tema. Se rasgarán las vestiduras blancas aquellos que afearon a nuestro técnico vaticinar lo de la liga peligrosamente preparada. Lo tenía claro.


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Los aficionados del Atleti llevamos ya un tiempo cómodos con el traje de moscas cojoneras. Nos sienta como un guante, a decir verdad. No esperamos regalos, no es el estilo. Habrá que sobreponerse a todas las chinitas que nos impidan avanzar a buen ritmo o al menos al ritmo al que los demás avanzan en su camino trufado de comodidades. Eso nos hará valorar más lo conseguido y lo que haya de llegar. Mientras tanto, el club seguirá agazapado. Connivente. Pasivo ante cualquier atropello. Demostrando una vez más que David, en el Atleti, corretea sobre el césped, se sienta en el banquillo o alienta desde la grada. Goliath, si existiera, solo es excusa y coartada para los del palco. Ese palco que desde hace tantos años nos llena el calzado de chinitas. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Viejos amigos

Reencontrarse con viejos amigos produce una sensación difícilmente comparable a cualquier otra. Una sonrisa, un abrazo. Las palabras sobran casi siempre. No es necesario ponerse al día con las nimiedades que uno vierte cuando el azar hace que te cruces con un conocido o un compañero de trabajo, por ponerles un ejemplo. Las vivencias en común, las andanzas que contaremos a nuestros nietos son las que permiten que uno se desnude de toda convención social. Así, totalmente pelados, mostrando solo carne y corazón, uno empieza a comportarse de manera natural, como si no hubieran pasado años desde la última vez. Muchas veces basta una mirada para saberlo todo. Probablemente vuelva a pasar demasiado tiempo hasta el próximo encuentro pero en esa futura ocasión ocurrirá lo mismo: no hará falta manchar el momento con ninguna palabra que pueda sobrar.

No había sacado todavía el Atleti de centro y ya era dueño del partido. No era necesario analizar nada más, no hacía ninguna falta acordarse de las dudas que entre algunos sembraron partidos anteriores. Los primeros compases sirvieron para abrazar en silencio a nuestro viejo amigo, el que nunca falla y viste de rojo y blanco. Volvió el Atleti que recordamos, el de los goles que brotan de una voraz presión. Volvió el equipo que no recula, que no teme. Sonreímos al volver a reconocer a Filipe, a Koke, a Gabi e incluso a Griezmann, aunque estuviera fallón en los últimos metros. Disfrutamos sin querer verbalizar los desmarques de Torres. Recuperamos la certeza de que Godín es indestructible y constatamos de nuevo que nuestra tranquilidad está íntimamente ligada a la presencia de Oblak bajo los palos. Si a todo lo anterior le suman ustedes que Tiago y Carrasco mantuvieron el altísimo nivel de pasados partidos, podrán imaginar de lo que les hablo. Hubo tiempo incluso de acordarse menos silenciosamente pero de manera muy sentida de la señora madre del colegiado, viejo enemigo con tradicional fijación por perjudicar a los nuestros.




Cualquier conocido, especialmente si es de esos tan molestos con tendencia a moverse entre cielo e infierno tres veces en el mismo día, buscará hoy motivos para la preocupación en la cortedad del resultado o en la incertidumbre final de un partido que debería haber fallecido por goleada. Háganse el favor y sáquenselos de encima con las convenciones sociales usadas en casos parecidos. No permitan bajo ningún concepto que nada ensombrezca el recuerdo de los noventa minutos vividos ayer. Esos en los que nos volvimos a abrazar con nuestro viejo amigo el Atleti sin pronunciar palabra alguna por si pudiera ensuciar el momento. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Dejarse ganar

Dejarse ganar. Es tal la amargura, la antinaturalidad del concepto que ya solo retrata al que lo insinúa. Renunciar a todo eso con lo que uno nace: querer vencer siempre, competir, no dar tu brazo a torcer, luchar como hermanos defendiendo tus colores, derroches de coraje y corazón... Prescindir de todo ello como si fuera el postre tras una comilona, una copa de más, un segundo beso de despedida a la suegra camino de la estación. Uno, que peinaría ya canas si la invasión de la alopecia hubiera dejado alguna plaza sin tomar, recuerda aquél otro día, uno de los más negros de la historia reciente, en el que el mismo rival que rendirá visita al Calderón en breve goleó a los nuestros ante al alborozo de un sector de neoatléticos de boquilla que durante la semana habían tenido la desfachatez de proponer lo de dejarse ganar. Aquel día, del que pueden recordar mal y tardío epitafio aquí, se nos marchó Torres y una buena porción de dignidad. Costó recuperar a ambos con el paso de los años y la llegada de Simeone y quiere el destino repetir la jugada. Emparejar de nuevo al Atleti con el mismo contendiente en parecidas circunstancias: deberes casi hechos, el coche al ralentí esperando, cargado con el equipaje de un veraneo que comienza merecido y prematuro.

Han pasado los años pero uno oye sin querer oír voces parecidas a las de entonces. Poco aprendió en el camino el que entendiera que este equipo de Godines y Kokes, de Gabis y de Ardas, de Juanfran y de, sobre todo, Simeone pudiera recrear la pantomima de aquel otro de Maniches y Fabianos, de Jurados y Luccines, de Ze Castros y, claro está, de Aguirre. Fernando, factor común en ambos sumandos, volvió hace nada seguro de la certificada muerte de aquel Atleti de pandereta y esperpento recurrente con el que se nos fue la juventud a borbotones. No nos hará lo mismo este Atleti al que se le ha puesto cara de señor respetable. Este equipo bigotudo y de ceño fruncido. Este grupo áspero que nos hizo en más de una ocasión bajar al kiosko a comprar tras una gran gesta cinco o seis periódicos del mismo día para guardarlos como tesoros.




Como atenuante, los aplaudidores de la derrota, redactores jefes incluidos,  esgrimen el afilado axioma del consuelo del tonto. Joder al rival. No se han parado a pensar si acaso el rival respeta y teme a este Atleti por cómo se ha comportado en las últimas batallas. El enemigo al que se pretende fastidiar se mofaba de aquel otro Atleti por inofensivo y mostraba pancartas que llegaban a escocer pero le tiene miedo al actual. Cuando uno invoca ciertos fantasmas debe estar preparado para que se aparezcan y apechugar con las consecuencias. Cuidado con desear un Atleti que no compita, que lo mismo a alguien se le ocurre volver a traer a Manzano, único técnico al que sus planteamientos en chino suenan a chino a los mismísimos chinos.  

No me malinterpreten, servidor de ustedes quiere que el equipo de los que beben Ballantine’s pierda todos los partidos, el avión, el oremus y hasta el virgo en cualquier asiento trasero de un coche de segunda mano, pero hay precios que no debemos estar dispuestos a pagar. El de dejarse ganar es uno de ellos. Solo insinuarlo debería estar penado con un abono con acceso desde la calle Concha Espina.

viernes, 6 de marzo de 2015

Después de...

Después de todo lo que han visto nuestros ojos. Después de años y años de travesía por el desierto. Después de las temporadas que se escapaban por el sumidero cuando todavía el verano no se había marchado. Después de ver con qué ligereza se ponían la gloriosa camiseta tantos Patos Sosas, tantos Seitaridis y otras tantas medianías. Después de marcharse tantas veces para casa avergonzado. Después de comprender por qué Torres tuvo que irse aunque doliera. Después de echar de menos el sudor, la tensión y hasta a veces la dignidad. Después de que la exigencia se hubiera acogido a una excedencia que duró demasiado. Después de las intertotos y esas primera eliminatorias preveraniegas contra equipos con jugadores barrigones que son los carniceros del pueblo. Después de Ofis Cretas y Timisoaras. Después de preguntarnos a nosotros mismos si éramos un rival decente. Después de que cualquier equipo de medio pelo robase puntos en la tómbola que era nuestro estadio. Después de Manzanos, Ranieris y entrenadores que basaban sus planteamientos en las sensaciones. Después de equipos partidos. Después de esquemas incomprensibles. Después de fijar como objetivo quedar octavos. Después de infiernos y vueltas tardías. Después de pelucas, de narices torcidas; de negritos y saldos de Mendes. Después de todo eso, que no es poco, ¿de verdad cree alguien que el equipo actual puede sembrar alguna duda? ¿de verdad merece algún reproche aunque sea uno muy pequeño como el contenido del plato que le ponen a uno delante en un restaurante lleno de estrellas michelín?



Después de todo lo que han visto nuestros ojos. Después de estos últimos años de vino y rosas. Después de volver sentir el hormigueo en el estómago. Después de permitirnos volver a soñar. Después de pelear de igual a igual con los que tienen muchos más medios. Después de que los buenos jugadores quieran volver a venir. Después del gol de Miranda. Después de diecinueve años. Después del bendito cabezazo de Godín. Después de San Siro y Stamford Bridge. Después de aquel maldito descuento que se alargó en demasía. Después de que Torres vuelva sabiendo que era el momento de hacerlo. Después de no conocer la derrota en los partidos a los que antes íbamos derrotados. Después de los cuatro goles de hace tan pocas semanas. Después de que el Atleti gane muchas más veces de las que pierde. Después de la pizarra. Después del balón parado. Después de esa proverbial intensidad disfrazada de violencia por los que nos consideran una amenaza. Después de saber a qué se juega, se haga bien o mal. Después de que la Juventus celebre empatar con nosotros. Después de haber probado las delicias turcas. Después de pedir selección para Gabi aunque ahora muchos no se acuerden. Después de que al fin uno sepa que mirando al césped y al banquillo se siente representado. Después de que los niños vuelvan a ir al cole llenos de orgullo con sus camisetas. Después de saber que si se cree y se trabaja, se puede. Después de todo esto, que no es poco, ¿de verdad hay alguien que haya dejado de confiar en este grupo?, ¿de verdad hay alguien que se crea capacitado para criticar descarnadamente a Simeone aun cuando en ocasiones pudiera equivocarse?


Después de que hayan digerido lo evidenciado en los dos primeros párrafos de este artículo, permítanme recomendar a los que ladran desde otras aceras que se metan en sus asuntos, que para eso tienen las parrillas televisivas llenas de minutos y segundos dedicados a sus superpoderosos superequipos. Después de eso, permítanme calificar de desmemoriados y hasta de blasfemos a los que señalan desde nuestra orilla del río. Les aviso de que, después de todo lo dicho que no es poco, si alguno pretende apostar en contra de este equipo que no cuente con el que suscribe. Después de todo lo que han visto nuestros ojos, es lo mínimo.  

lunes, 19 de mayo de 2014

Hace unos años....

Pisa (Italia), un día cualquiera del año 1.187, año más o año menos, que después de tanto tiempo casi lo mismo da.

- Pues ustedes dirán lo que quieran, pero me da a mí que esta torre acabará cayendo

- Vayamos partido a partido.



Hace unos años, demasiados a juicio del que suscribe, tras el pitido final de un partido celebrado en una tarde calurosa y gloriosa en la que nuestro actual entrenador abrió la puerta de la victoria y Narváez Machón, de nombre Francisco Miguel, la agrandó para que cupiera el éxtasis de toda la parroquia rojiblanca, servidor de ustedes salió del estadio abrazándose a cualquiera que se encontrara transitando las calles aledañas al Calderón y se encaminó a Neptuno con una bandera rojiblanca anudada a la cintura y una bufanda en la frente a la manera baturra, aspecto éste que sirvió para que muchos de los que se cruzaron en el camino no acertaran a decidir si era éste un gesto de homenaje a Luís dado su apellido, un guiño al primer título del doblete histórico conseguido en la ciudad maña o una gilipollez de tamaño apreciable dado el calor que hacía. Más allá de condicionantes estéticos, uno se bebió una noche que descansaba rendida a los pies de la causa colchonera, una noche que cayó presa del equipo que había fabricado Antic para plantar cara a unos rivales que contaban con muchos más medios y más soberbia también. Aquella noche de hace unos años, demasiados seguramente, fue una de esas que se alarga por antojarse cortísima, una de esas que uno recuerda con más cariño pese a que el tiempo haya difuminado muchos detalles. Eso sí, uno recuerda que fue el amanecer quien aconsejó tocar retirada con la voz rota pero el ánimo inquebrantable, y con la bufanda puesta en la frente a la manera baturra, claro…




Poco puede uno añadir a todo lo que se ha dicho del partido del sábado. Tal vez podríamos hablar del deseo de conseguir algo que mostraron un grupo de jugadores por los que nadie hubiera dado un duro hace unos meses, ya caerán decían los profetas adscritos al régimen establecido, y la aliviada decepción que produjo en el espectador la actitud de un rival superado y entregado, de un rival en claro estado de descomposición al que parecía valerle el empate que valía a los nuestros en muchas fases del encuentro. Sería injusto hablar de uno más que de otro, aunque ese uno fuera Godín, autor del gol y por tanto protagonista del recuerdo que tendrán los atléticos del futuro cuando muchos otros detalles se hayan difuminado por el paso del tiempo. No se podría analizar el partido sin las lesiones de Costa y Arda, sin esos sollozos entre los que ambos se fueron al banquillo, sin esas lágrimas que se convirtieron en la gasolina que impulsaba a sus compañeros cuando los depósitos habían agotado la reserva de largo. Muchos de los que vieron el partido del sábado pero no han visto la mayoría de los partidos de este Atleti esta temporada quedaron admirados de la lucha, de la entrega de unos jugadores que han dejado a los habitantes de Fuenteovejuna en una panda de egoístas que van cada uno a la suya. Decía Simeone ayer que esto no es solo fútbol, que cuando alguien cree y trabaja para ello, se puede y probablemente esa sea la mejor enseñanza que uno puede sacar de todo esto. A ustedes y a mí, que hemos visto todos los partidos salvo aquel que no pudimos porque se casaba el primo Nicomedes con su novio de toda la vida en lo que era la primera boda gay del pueblo, evento que como comprenderán uno no iba a perderse, nos parece igual de admirable el equipo que en las otras 37 jornadas. Se pasó mal, eso sí. Se pasó mal por la cortedad de un resultado rácano con los méritos mostrados por los nuestros durante el partido y a lo largo del campeonato y por la emoción y trascendencia del momento, pero uno sabía que nada malo podía pasar. Llámenlo confianza en la justicia divina, llámenlo creer en el destino, llámenlo pensar que está escrito en los astros, llámenlo como quieran pero esta liga tenía que ser del Atleti, no podía ser de otra manera.


Hace un día, y les aseguro que parece mucho más, tras el pitido final de un partido celebrado en Barcelona en el que el Atleti conquistó con justicia su décima liga, uno se fue a abrazar a su hijo y pensó que era una pena que el pequeño no fuera un poco más mayor para poder comprender qué estaba pasando, para saber porque su padre tenía los ojos anegados en lágrimas. Deambulaba uno por la casa sin saber a qué habitación ir, sin saber si gritar o saltar, sin saber qué hacer con unos nervios que habían alcanzado dimensiones de buey de arrastre. Decidió uno salir a la calle y celebrar el título con sus iguales. Bajó y volvió a subir varias veces, comió excesivamente y bebió más de la cuenta y hasta tuvo tiempo para afear la condescendencia de aquellos que tienen la desfachatez de decir que se alegraban por nosotros cuando nuestros triunfos les reconcomen desde tiempos inmemoriales. Dejó pasar las horas soltando la adrenalina que se empeñaba en acuartelarse en tripas y corazón y de vez en cuando se pellizcaba en el antebrazo sin retorcer demasiado. Ya con la noche ganada y la familia en la cama, uno, al que los nervios tamaño familiar le impedían plantear una armisticio con el sueño, vio el partido de nuevo, cambiaba de canal compulsivamente buscando imágenes de la vuelta de los héroes y contaba las horas para poder salir con el alba para comprar los periódicos que glosaran la gesta rojiblanca, la de todo un año, la de un equipo fabricado a imagen y semejanza de Simeone con el que se ha sido capaz de hacer frente a los rivales, siempre, tanto ayer como hoy, tan soberbios. Fue entonces cuando servidor de ustedes decidió cerrar un círculo que se empezó a trazar hace unos años, tal vez demasiados, y, como homenaje a Luis y su apellido, se puso una bufanda en la frente a la manera baturra, claro…

jueves, 20 de febrero de 2014

Tamaños de partidos

–Vente para acá Vladimir –apremió el comandante James a su colega ruso.

Se acercó flotando Vladimir Evtushenko a la escotilla por la que miraba el americano y él lo pudo ver también. Por fin pasaba algo en la estación espacial internacional, todo sea dicho. Los primeros días hace ilusión, la verdad, eso de la ingravidez, lo de tomarse una pastilla que aúna todas las propiedades de un perol de lentejas con chorizo y lo de hacer pis y caca en la dirección que sea, pero cuando llevas más de una semana la estación es un tostón de tamaño grande tirando a enorme. Los dos astronautas, el americano y el ruso, habían hecho buenas migas sin pensar en antiguas guerras frías ni templadas y se pasaban el día mirando por la escotilla, pendientes de cada giro en órbita de la estación o de la Tierra con la misma cara que ponen los niños en los caballitos cuando se acerca el momento de cada vuelta en que papá, mamá y los abuelos saludan efusivamente el paso del coche de bomberos en los que están montados.

– ¿Les decimos algo a los demás?

– ¡Quita, quita! A esos ni agua…

Los demás eran el jefe de la expedición, el coronel chino Tan Dao, al que ninguno tragaba por su afán de estar constantemente haciendo experimentos como el de juntar en condiciones de gravedad cero coca cola y Bayleys para ver si de verdad se hacía bola y por esa natural desconfianza del ser humano hacia el oriental que no lleva un delantal y habla bien un idioma que no es el suyo, y el ingeniero alemán Jurgen Masthuerzer, dedicado en cuerpo y alma realizar paseos espaciales en bañador de competición sin tener en cuenta la cercanía del sol ni las protecciones cincuentas lo que le otorgaba un aspecto de rojo pasión que no hubiera desentonado nada en una playa balear.

Siguieron mirando los dos con curiosidad, sin comprender el motivo de lo que estaba ocurriendo…


Supo el público de San Siro, el local y el muy numeroso visitante que viajó a tierras lombardas, que se trataba de un partido de tamaño grande tirando a enorme. Solo de esa manera pudieron todos ser capaces de rodear al encuentro del clima justo, del ambiente necesario para que flote en el ambiente esa atmósfera que lleva aparejada citas así. Lo notaron técnicos, jugadores, aficionados que estábamos en nuestras casas y hasta los carabinieri que velaban por la seguridad en el recinto. Salió el Atleti con todo lo que tenía y salió el Milán con una alineación con vocación de organización de reinserción social para jugadores en fase terminal de juego. Se hicieron pronto los nuestros con el balón y con el control pero no podían más que asomarse sin entrar del todo a los balcones en donde se hace daño a los rivales. Agazapado el adversario de entrada, empezó el equipo rossonero a crecer viendo ese sueño que para los extremos derechos es Insúa. Volvió loco por momentos un jugador con clase pero con demasiadas aes en su apellido al argentino y de ese lado partieron las oportunidades que equilibraron la contienda y metieron un poco de miedo en el cuerpo, todo sea dicho.

Pudo adelantarse el Milán y no lo hizo principalmente porque debajo de los palos del Atleti hay un portero que dejará un páramo cuando se marche a otras tierras. Un portero mayúsculo y en negrita. Un portero estratosférico. Un portero de los que gana puntos sin poner cara de intensidad forzada, sin cambiar el rictus de cualquier día en la oficina. Retrocedió el Atleti un tanto al ver que el rival podía hacer daño y de allí al descanso se pasó a otra fase, a una de estudio, de medición de fuerzas, de sacar una mano y volver a levantar la guardia para no encajar, que estos partidos no son propicios para la locura ni para cancerberos como Asenjo.




Salió el Atleti tras el descanso con otra pinta. Más confiado quizás. Tal vez fue necesario que Simeone recordara a los suyos de lo que son capaces y la de partidos de este tamaño XXL que llevan disputados juntos desde que sus caminos se juntaron para gloria de todos. Se hizo el Atleti con los mandos y el Milán pareció achicarse a lomos de las excentricidades de un delantero con más fama y leyenda que juego y números. Ensancharon hasta coger el tamaño justo para el partido todos los nuestros pero destacaron un Godín expeditivo, unos brillantes Mario, Koke y Gabi, siempre Gabi, y un Diego Costa que volvía a corroborar que cuando los partidos cogen tamaño de buey de arrastre, él siempre estará allí. Merecía el Atleti ponerse por delante pero no acababa de llegar la ocasión propicia. Hubo quien reclamó a voz en grito algún disparo desde fuera del área sabedor de que enfrente estaba Abbiati, el portero que más que tirarse se acuesta pero tuvo que ser, claro está, de nuevo el balón parado el que impartiera justicia en el marcador.

Sacó Gabi un córner con vocación de quedarse corto y un defensor despejó alto, muy alto, tanto que el balón debió andar cerca de pegar contra algún satélite en órbita o contra la mismísima estación espacial internacional. Bajó el balón sin prisas. Llovido y medio flojo, casi ingrávido. Esperaban en el segundo palo Diego Costa y Miranda y hubiéramos pensado que vaya casualidad que fueran ellos dos, los de los goles en ocasiones espaciales, los que estuvieran allí si este Atleti de El Cholo diera lugar a pensar en casualidades en vez de en movimientos estudiados y medidos. Cabeceó Costa casi de parado, extrayendo del cuello toda la fuerza que el balón con ínfulas de astronauta no traía consigo y Abbiati, fiel a sus principios, hizo que se tiraba cuando en realidad se acostaba para contemplar como entraba en la portería ese balón que pareció soso en sus comienzos.

Queda la vuelta, sí, y habrá que tratarla como merece. Será un partido también de tamaño apreciable. Probablemente no de tamaño tan grande como el de ayer, por el resultado y por la moral con la acudirán los milanistas al Calderón, pero será de buena talla. Seguro que será un partido como todos los partidos grandes, con fases bien diferenciadas y seguro que el público sabrá fabricar el ambiente que estas citas requieren. Seguro también que los nuestros se pondrán el traje apropiado para la ocasión. Un traje que valga para asistir a la fiesta de los cuartos de final, una fiesta a la que el Atleti parece invitado por méritos propios.  




Miraban los dos, el ruso y el americano, por la escotilla en dirección a la Tierra y reparaban en que a cada vuelta parecía coger mayor tamaño la mancha que se estaba extendiendo por todo el continente europeo. La mancha, de dos colores, rojo y blanco, había surgido en la parte norte de la península itálica y ya dominaba casi en su totalidad el territorio del viejo continente. 

lunes, 27 de enero de 2014

Arte, facilidades y otro penaltito...

Quedó la tarde agradable aunque algo ventosa y el aficionado aprovechó la tregua meteorológica para acercarse al fútbol, que si bien este era un partido fuera de casa es un fuera de casa pero como si habláramos del rellano, que no está en casa pero casi. Notó el aficionado que muchos otros como él se acercaban a Vallecas y reparó que tanto hinchas locales como visitantes mostraban un carácter alegre y optimista. Todo el mundo sonreía y dejaba salir antes de entrar en los bares y hasta se minimizaron las típicas discusiones prepartido sobre si esta ronda debe ser pagada por el que suscribe o por usted, que pagó la anterior con gran éxito de crítica y público. La razón de este ambiente jovial y armonioso debe buscarse en la penúltima medida del gobierno, que por fin le ofrece al pueblo llano algo de esperanza que echarse al zurrón tras tanto recorte. Se notaba en el ambiente el alborozo que provoca en la ciudadanía la bajada del IVA para las obras de arte, algo sobre lo que el españolito medio o incluso el españolito pegado a banda andaba seriamente preocupado. Escuchaba el aficionado las conversaciones que tenían lugar en los aledaños del estadio situado en la calle Payaso Fofó y no se hablaba más que de la escultura que mañana le traían a casa al mediodía o de si sería mejor adquirir oleo o acuarela dada la sequedad del clima madrileño y el común abuso de la calefacción en comunidades de vecinos de cierta edad. Con una sonrisa se dirigieron todos los espectadores a sus asientos en el coliseo franjirrojo y casi todos pensaban en que tras pasar tanto tiempo contritos y con el culo apretado pensando en menudencias como llegar a fin de mes o pagar un recibo de la luz que bate el record del mundo de altura de recibos en pista cubierta cada vez que llega, ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora….


Salió el Atleti con Sosa en un lado y Koke en el mediocentro a pesar de que a Resurrección le tenía preparado Simeone un día de descanso. Tiago se resintió de lo que se resintiera en el calentamiento y el todocampista que últimamente ha mostrado síntomas de fatiga tuvo que ser de la partida. Salió también Manquillo sustituyendo a Juanfran y cumplió como suele hacerlo aunque le pitaran un penaltito tan tonto y minúsculo como el de la semana pasada, esperemos que no sea una moda dictada a implantarse. Salió el Atleti dispuesto a resolver el partido rápido, a matar sin hacer sufrir, a pintar el cuadro del partido a la carrera. Arte conceptual. Presión y compromiso en tonos pastel. El Rayo, equipo que apuesta por un arte kamikaze e inconsciente, regaló, como suele hacer normalmente, un balón a Villa y Diego Costa nada más comenzar el encuentro. Cedió el de Lagarto el balón al asturiano para que definiera arriba en lo que iba a ser el inicio de la tónica de la noche: variaciones en el arte de la asistencia generosa. Pudo el Rayo empatar enseguida por obra y gracia del penaltito del que les hablaba antes pero allí estaba ese nuevo valor del arte belga, ese que pinta estiradas imposibles, ese al que habría que inmortalizar en busto o incluso en escultura de cuerpo entero destinada a decorar algún rincón coquetón de la casa rojiblanca.



Acusó el Rayo los dos golpes de cincel a su maltrecha moral y fue entonces cuando el Atleti empezó a gustarse. Fabricaba el Atleti peligro principalmente por banda izquierda y mezclaba con gusto gamas de colores en los que pisaba Arda, centraba con intención Filipe para que Villa dejara despacito a Costa y Sosa de cara a rematar pudiendo sentenciar. En otra de esas obras de arte en las que nuestro equipo mezcla lo mundano y lo celestial llegó el segundo. Balón al espacio a Costa que utiliza el cuerpo como nadie, pase generoso a Sosa que, presa de una mayor generosidad si cabe, deja balón franco para que Arda trace empujando el balón la última pincelada de tan brillante combinación.


Notaba el Atleti que la empresa iba a ser fácil y se relajó un tanto en defensa, cosa rara. Se vio en Vallecas a una retaguardia más despistada, menos segura de sí misma y así llegó el 1-2, con rebote artístico y burlón incluido. Tuvo tiempo el primer tiempo de dejarnos un segundo gol de Arda lleno de pillería y un susto apreciable al ver a Diego Costa en el suelo echándose mano un poquito más arriba de la rodilla. Hubo aficionados que, a pesar del comprensible alborozo que la medida gubernamental provocó en ellos, pasaron un susto morrocotudo al ver caer al delantero centro e incluso vieron pasar ante sus ojos su vida y la temporada entera en diapositivas.

Poco se puede decir de la segunda parte. Quedó casi todo el arte concentrado en el primer acto y este segundo envite perdió fuelle entre las facilidades con las que el equipo vallecano agasaja a sus rivales y la suficiencia del deber cumplido de los nuestros. Dos goles más hubo, sí. Uno de Costa y de Saúl al alimón tras otra obra cumbre de la asistencia de Filipe y uno para los locales de Larrivey, jugador con nombre de coñac peleón y pelos desgreñados, tras defensa flojita de los nuestros.

Vuelta a la senda de la victoria tras dos empates que dejaron muy diferentes sabores. Al cierre de estas líneas, el que suscribe no tiene claro si tomar el partido de ayer como vara de medir de nada debido a la inocencia del rival, un rival que huele e incluso apesta a lo mismito a lo que huele el Betis, para entendernos. Cierto es que se vio mejor juego y no pareció acusarse esa fatiga que asomaba en segundas partes y sprints exigentes pero ni ahora ni antes deberían sacarse demasiadas conclusiones. La tan cacareada rotación en Copa pareció sentar bien a Villa, otro buen partido del asturiano, y al goleador Arda y menos bien a Miranda, por ejemplo, pero la no rotación entre semana pareció no afectar a Diego Costa ni tampoco a Filipe y Godín. Parece que Sosa empieza a meterse en la dinámica y parece que el hombro de Óliver nos va a privar de verle por un tiempo. Courtois es un seguro de vida y habría que cuidar a Koke, pero no sería de recibo ponerse a buscar brotes verdes donde siempre los hubo, en este pasto de césped bien cuidado que está siendo la temporada de los nuestros, pero tampoco perder el espíritu crítico ni no apreciar el cansancio que a veces aparece. Mientras tanto seguiremos disfrutando de este Atleti con alma de artista encaramado a la cima de la clasificación y nos iremos a una galería de las que están en el centro de la ciudad con las gafas de pasta y patilla gruesa puestas. Allí, nos gastaremos de manera gustosa lo que no tenemos en un orinal deconstruido con brochazos color lila en los bordes tras haberlo observado desde todos los ángulos posibles durante un buen rato sin poder asegurar si eso es arte o una mamarrachada pero nos iremos para casa felices y contentos porque ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora…

miércoles, 15 de enero de 2014

Solapas de raso y trajes carmesí

Jugaba el Atleti la vuelta de los octavos de final de Copa y lo hacía tras sacar adelante en pocos días un incómodo partido en Málaga, una ida de eliminatoria en Valencia y tras jugarse en casa el campeonato de invierno tuteando con descaro y a veces con despotismo al equipo que guarda entre las rayas azules y granas de su camiseta (la camiseta de verdad, no ese esperpento con trazas de polo de cítricos con el que se presentó a jugar) el misterio de la estética en el fútbol. Jugaba tarde para ser un día entre semana pero seguro que muchos no se enteraron. Jugaban dos equipos con el espinazo doblado por la historia que sus escudos llevan a las espaldas y los medios se hacían eco del tema para rellenar páginas o minutos, dedicándole al evento un recuadro nimio y escuchimizado al lado de los resultados de la quiniela hípica o del campeonato castellano-leonés de hockey sobre patines. Se entiende el descuido, o pudiéramos decir desprecio tal vez, porque los medios andaban todavía epatados por las cuitas, dimes y diretes de lo que se vivió un día antes en una gala en la que se entrega un premio amañado, previsible y sobre el que se ha montado una campaña que ríanse ustedes de la electoral para acceder a la presidencia de cualquier país. Más allá de la inmensa alegría que el ciudadano medio español sintió en sus carnes al ver como le daban el premio a un portugués de Madeira bastante peliculero y de que en calles y plazas el pueblo saliera a celebrarlo de manera espontánea, jugándose incluso la neumonía bañándose casi en cueros en cualquier fuente, llama la atención lo que da de sí una gala de esta naturaleza tanto antes como después de su celebración, llama la atención lo que se puede llegar a analizar sobre solapas de raso y trajes carmesí, sobre los gestos, mohines o alzamientos de cejas de cada protagonista y lo poco que importan otras cosas. Conocido es que la Copa es una competición maltratada desde sus adentros por los prebostes del fútbol patrio, garantes de la gestión cortoplacista o más bien de tirar como un burro con anteojeras sin pensar nada más pero a uno estas cosas le hacen reflexionar y le ponen triste y contento a la vez.


Volviendo a la dichosa gala, no solo se centra la misma en darle el dorado esférico a un niñato repeinado, de eso nada. También se elije el mejor once de 2013, el mejor entrenador y algún que otro galardón con vocación de pedrea balompédica. Ganó Heynckes el de entrenador y pareció justo por la temporada del Bayern pero sorprende la ausencia entre los nominados de Simeone, el único entrenador que ha sido capaz de resucitar a un muerto y hacerlo campeón. En cuanto al once ideal, aparecen los mismos nombres de los mismos equipos de manera recurrente y a uno le extraña solo ver a Falcao y a un muy escondido Diego Costa entre los que han obtenido votos. No aparece entre los nominados ni un pelo del flequillo de Courtois, ni la tranquilidad de Miranda ni un Filipe Luis al que no se le pueden comparar demasiados laterales izquierdos del orbe. Tampoco aparece Arda, y aunque eso pudiera llegar a ser más comprensible, a nosotros, ardaturanistas de pro, nos deja escamados. Les decía antes que pensar sobre estas cosas deja a uno triste pero a la vez contento y es cierto, entristece ver un circo montado para unos pocos, los de siempre, y que se premie la campaña mediática o la costumbre más que el mérito pero pone contento ser uno de los que conoce y valora la grandeza de lo que está haciendo este Atleti aunque no se pondere de manera justa a nivel mayoritario. Cualquier día de estos, el calendario o un bombo hará cruzar los destinos de un equipo plagado de galardones, de laterales premiados y de entrenadores reconocidos con este Atleti silencioso pero inapelable y entonces, más de uno empezará a conocer quién es ese turco patizambo que enamora al balón con caricias sutiles.





Puso Simeone en liza al equipo de gala y rotó a Koke, tal vez algo cansado en los últimos lances, y a Villa, desaparecido en combate como Chuck Norris, para dar entrada a Raúl García y Sosa. Conocido aunque redescubierto el navarro, el respetable empezó a fijarse en lo que hacía el nuevo fichaje y en los minutos que estuvo no dejó muy claro lo que esperar de él. Sosa mostró anatomía tatuada, pecho de palomo y más errores que aciertos aunque eso no le arrugó. Sacó los balones parados malamente y con flojedad pero puso un par de centros aprovechables aunque demasiado lejos de línea de fondo. Habrá que seguir vigilando al argentino para formarse una opinión sobre él. Entre pormenorizados análisis de los aficionados sobre Sosa se fue marchando una primera parte en la que tuvo el Valencia algún detalle y tuvo el Atleti oficio y también algo de relajación, lo que puede parecer lógico tras la paliza del sábado. Tuvo tiempo Courtois de sacar una mano a disparo de Bernat que completó más tarde con un par de intervenciones más que le hicieron valedor del título de hombre de la eliminatoria. A lo largo de los dos partidos, el equipo ché ha visto al belga enorme, inexpugnable y dio la sensación de no tirar a puerta o hacerlo desviado por no tener que toparse con un portero en tal estado de gracia.

El partido, que pudiera haber fallecido por causas naturales con el cero a cero inicial sin mayores sobresaltos, quiso regalar dos goles en forma de balón parado. Dos goles salidos de esa infinita pizarra que el Mono Burgos tiene en la pared de su despacho, esa que uno imagina llena de fórmulas y de raíces cúbicas que calculen con dos decimales de exactitud el momento en el que la cabeza del rematador impactará con el balón puesto al área. Fue primero Godín, tras salida de Guaita a por uvas, el que marcó. Ya en la recta final volvió a mostrar su idilio con el gol Raúl García en un remate de esos que solo sabe hacer él con partes de la cabeza no aptas para el remate en el resto de los mortales y centrodelanteros.

Poco más pudo hacer un Valencia de moral frágil ante un equipo con tan sólidas convicciones. Pasa el Atleti de ronda mostrando poco pero tal vez no habiendo repartido minutos y esfuerzos de manera más igualitaria. Dice El Cholo que los profes aseguran que el equipo no se va a caer físicamente pero es de esperar un lógico bajón, habrá que gestionarlo cuando aparezca como es menester. De manera tranquila. Pausada. Como se está gestionando todo gracias a un entrenador que no aparece en las ternas de los mejores cuando lo es y a unos jugadores que a cada partido agrandan el hueco que se están reservando para acceder a la historia a pesar de ser invisibles al resto del mundo, al menos a ese mundo que solo vive pendiente de los de siempre, pendiente de gestos, mohines y alzamientos de cejas, pendiente de solapas de raso y de trajes carmesí 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Las muertes indecisas


- Lo que le estaba contando doctor, en mi familia somos muy de morirnos lento, de morirnos a plazos. No crea que morimos de forma agónica, nada de eso, nos morimos de manera indecisa, diferida. Por ponerle un ejemplo, mi abuelo estaba con el sudario puesto y hasta el párroco había pasado por casa para darle la extremaunción. Mi abuela Federica, que en gloria esté, era muy previsora y la había encargado un ataúd revestido de zinc con acabados en nogal, una cucada, vamos, pues bien, mi abuelo decidió que no era su hora y estuvo durante los siguientes diez años que si me muero que si no y claro, se acostaba en el ataúd por darle uso. Con decirle que se le enderezó la espalda a él, que siempre había sido algo cargado de hombros. Y luego está lo de mi tío, Quintín el del molino, le llamaban. Mi tío Quintín volvió a casa de la guerra desahuciado por un balazo en el trasero que derivó en fístula de 38 milímetros parabellum y allí estuvo postrado quince años sin saber si se moría o no hasta que llegó al pueblo una compañía de cómicos con la que venía mi tía y se levantó de la cama para fugarse con ella a Argentina. Cuando le preguntaron dijo que no había dicho que se encontraba muy bien para no disgustar a nadie y porque mi tío siempre ha sido bastante flojo, no nos engañemos…


Jugaba el Atleti en Oporto, un campo que tradicionalmente no se le ha dado bien, y sacó Simeone una alineación que daba algo de aprensión. A la obligada baja de Diego Costa por aquel jugar a tope tope con un defensa eslavo se añadía la decisión técnica de prescindir de Koke de inicio. Ahí es nada, se plantaban los nuestros sin los dos jugadores más en forma para enfrentarse al rival más fuerte del grupo y fueron muchos los aficionados que volvieron a fumar después de varios años sin catarlo o de hincharse de bollos rellenos de crema a pesar de las horas de sudores pasadas en el gimnasio haciendo spinning u otras aberraciones de similar calado.

Comenzó el partido con los nuestros agazapados y algo indecisos. Poco cariño tenía el balón a los nuestros, tal vez por el maltrato que se le dispensaba y el rival, que no iba vestido de Oporto si no de Getafe con brillos, se hizo con el partido casi sin querer. La indecisión del Atleti se veía en la defensa, en un medio del campo sobre el que el balón pasaba volando y sobre unos delanteros desconectados. Se adelantaron los locales tras jugada de estrategia defendida de aquella manera y, por lo que se estaba viendo, daba la sensación de que allí, a orillas del Duero, en esa capital coqueta pero algo decadente, moriría la racha triunfal de los nuestros. Se sacudió algo el Atleti el dominio del adversario pasado el ecuador de la primera parte y hasta pudo empatar sin merecerlo demasiado en un remate de Raúl García que se estrelló contra el larguero tras haber contado con la inestimable colaboración del portero rival, firme seguidor de la añeja tradición de porteros con pantalón largo que esconden dentro a un tenor frustrado.



Ya en la segunda parte, y tras la correspondiente Simeonina salpicada con gritos del descanso, salió otro Atleti. No un Atleti brillante, que ayer para brillos ya estaba la camiseta de los dragones, pero un Atleti diferente, un Atleti menos indeciso con respecto a dejar morir la racha victoriosa. Un Atleti que tira de oficio cuando la inspiración le da calabazas. Empató Godín resarciéndose del fallo de marcaje en el gol enemigo, de nuevo con la venia del portero con mallas de gimnasia rítmica, y se vio que no era para tanto el rival, que más allá de la historia, la plantilla actual del equipo luso es apañada y poco más. Resucitó el Atleti y se hizo con los mandos prescindiendo de los delanteros, poco afortunados ayer. Salieron Koke y Oliver y aquello era otra cosa, no una para tirar cohetes, pero otra definitivamente. Fue entonces, cuando unos y otros empezaban a asumir que el empate no era malo para nadie, cuando en una falta al borde del área Gabi miró a Simeone y éste le hizo una seña. Una seña que pudiera ser interpretada por alguien que no entrena con el equipo como que El Cholo avisaba a Gabi de que iba a envidar a grande, a chica y a pares si los lleváis. Gabi, obediente, amagó con disparar mientras Arda se descolgaba de la barrera para fusilar al portero-cantautor a bocajarro en lo que suponía el enésimo gol atribuible a la pizarra de los que este año se han marcado.

Ganó el Atleti en un campo en el que hasta la fecha no había conseguido siquiera marcar un gol. Ganó el Atleti y lo hizo con oficio, zafándose de la mortaja de juego a la que parecía abocado en el inicio del partido. Ganó el Atleti más allá de rotaciones y de ausencias, más allá de nombres que no sean el de Diego Pablo y el de Germán. Llegarán otros días en los que la racha creerá que está a punto de expirar, pero le habrá cogido gusto a estar con los nuestros y no se querrá ir con facilidad para no desairar a nadie. No bajará este Atleti los brazos para dejarse ir, para que venga la parca de las rachas y los triunfos y merme sin esfuerzo esta fe inquebrantable que muestra. Esto es fútbol y algún día pasará, está claro, pero de momento a este Atleti y a su racha les queda cuerda por delante…

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reflexiones que quedan cortas sobre el derby

Justo antes de la hora de la cena, que es cuando los expertos dicen que es mejor hacer estas cosas, el hombre que vestía de negro riguroso se sentó en el borde y puso el tapón en el desagüe. Seguidamente abrió el grifo para que se fuera llenando la bañera y puso la palanca del monomando al medio pero un poco a la izquierda, con rumbo suroeste, vamos, que así se evitan chorros inesperados de agua gélida de los que acechan en la posición central. Mientras subía el nivel del agua, nuestro elegante protagonista medía cuidadosamente la temperatura con un termómetro encastrado en una tortuga de ojos saltones y colores vivos. Treinta y siete grados, lo justo. Aprovechó el tiempo que le sobraba para preparar una toalla con capucha y motivos de ositos, el body milk y hasta un patito de goma amarillo que sirviera de entretenimiento durante el proceso. Fue entonces, cuando todo quedó dispuesto de manera precisa, cuando el hombre de negro se acercó al banquillo de al lado para coger amorosamente a su colega, de nombre Carlo y de apariencia muy similar a la de Alec Baldwin, y se dispuso a darle un baño de madre y muy señor mío….

Se nos acaban los adjetivos, damas y caballeros. En recientes convenciones de blogueros, columnistas y lanzadores de bulos especializados en este Atlético de Madrid al que no se le atisba techo, los asistentes se quejaron de la cortedad de las palabras y la escasez de las hipérboles para calificar el crecimiento de este equipo y su desempeño en todas las ocasiones, en grandes y pequeñas citas. Se dice incluso que existe un mercado negro de adjetivos en el que adquirir algunos nuevos con los que glosar las hazañas de Simeone y los suyos, pero aun así ninguno es capaz de hacer justicia a lo vivido. Poco les podría yo añadir a todo lo que habrán visto y leído. Si acaso podría hablarles de ese pellizco de orgullo localizado en un lugar indeterminado entre el pecho y el estómago que últimamente sentimos todos. Tal vez les pudiera hablar de lo fácilmente reconocibles que somos ahora los seguidores colchoneros por ir andando por la calle con una sonrisa de oreja a oreja. De todas formas, y aun sabiendo la justeza de lo que yo pudiera aportar, aun sabiendo que lo que aquí lean les va a quedar como un jersey de algodón lavado con agua caliente, aquí se lanza el que suscribe.

Corto quedará todo lo que les diga sobre el partido. Corto lo que se añada sobre la presión asfixiante o sobre el jugar el balón con criterio, aspecto que no en todas las ocasiones se puede destacar. Corto y raquítico lo que les dijera sobre la firmeza de la defensa, sobre dos centrales que están tomando tintes titánicos y sobre un portero que nunca falla, y si falla y a punto está de liarla parda, tiene la suerte de su lado. Corto y de segunda mano sería todo lo que podría servidor pudiera expresar sobre los laterales. Uno, el izquierdo, brillante en el ataque y en la presión fruto de la cual llegó el gol del encuentro. Otro, el derecho, más sacrificado porque así tocaba, más pendiente de bailar con la más fea, aunque ella se crea guapa y relamida, más comprometido con vigilar a ese jugador que se suele reivindicar metiendo goles de dos en dos o de tres en tres a equipos que coquetean con el descenso. Corto y encogido sería lo que pudiera contarles sobre la jerarquía de Gabi y cómo siempre se encuentra donde se le espera. Ayudando, ofreciéndose o haciendo faltitas tácticas cuando se tercia. Pocas veces un brazalete le ha sentado a un jugador como le sienta a él, llegando a un punto de que uno no sabe si el brazalete no se pudiera sacar de su brazo y se ha fundido con su piel más allá de los terrenos de juego. Corto y escaso sería todo lo que se declarara sobre el partido de este Tiago renacido que ha dejado atrás, milagros Simeone mediante, toda esa abulia con la que aderezaba sus actuaciones. Hace poco tiempo, no demasiado, la jugada más representativa del portugués era el señalar a sus compañeros hacia dónde debían ir sin ir él nunca hacia ningún sitio, hoy, es él el que acude con disposición a donde toca y también a donde no toca, y si a eso le sumamos el buen trato hacia el balón que siempre mostró, para qué queremos más. Corto y extremadamente conciso sería lo que les mencionara sobre el partido de Villa. El asturiano ha asumido su rol, menos dado al escaparate que lo esperado y lo ha hecho silenciosamente y con buena cara. Cierto es que vive ahora más alejado del gol y sus circunstancias, pero ayuda al equipo a desplegar un juego de más combinación. Amén de para meter goles, que lo hará, para jugar este tipo de partidos vino y hasta el momento, sin enamorar, no ha defraudado.



Si de cortedad hablamos, lo corto se vuelve diminuto cuando de glosar los minutos, los partidos y la temporada que llevan los tres titulares que faltan por mencionar. Corto de sisa todo lo que se expusiera sobre Don Jorge Resurrección, que de don merece ser tratado. Koke está cogiendo hechuras de jugador de época, de centrocampista total, de medio con pulmones fabricados en Alemania e imaginación salida de una orfebrería latina, de visionario que encuentra los resquicios que los demás no aciertan a ver a la espalda de los contrarios, de crack con cláusula de rescisión demasiado baja sea ésta todo lo alta que pueda ser. Corto e insuficiente todo lo que se explique sobre Arda Turan. A su ya consabido duende, a esa clase que destila en cada lance, ha añadido un compromiso impensable para un jugador de sus características. No solo brota poesía de sus botas cuando el balón tiene a bien pasar un rato con él, además deja detalles de los que se fijan en las retinas del hecho diferencial rojiblanco. Como ejemplos, podríamos citar esa bronca a Diego Costa poniendo la misma cara que Leónidas y sus 300 guerreros en las Termópilas, el blocaje que sirvió de reflexión al árbitro unos segundos antes cuando, a juicio de servidor, el de Lagarto estaba ya expulsado o una carrera de casi cien metros tras corner mal sacado persiguiendo sin ceder un metro de ventaja a esa nueva estrella que, a pesar de sus esfuerzos por parecer un deportista de diseño, atesora cara de tonto del pueblo. Corto y exiguo sería lo que pudiera uno aportar sobre el estado de forma de Diego Costa, sobre esa sangre fría, sin duda producto de su lugar de procedencia, Lagarto, que exhibe para finalizar a los palos largos, sobre el constante combate, sobre tener que salir del partido exhausto como única posibilidad, sobre el no rehuir el choque.


Corto y esmirriado quedaría todo lo que les diría y corto y esmirriado fue también el resultado que pudo ser de los que quedan para la historia. Cortas y malogradas aquellas oportunidades perdidas: el cabezazo de Tiago, el sutil lanzamiento de Koke a la escuadra y el mano a mano que Costa no le venció al agotamiento. Corto como de costumbre el argumento del rival cuando alguien se salta el guión, cuando la banca no gana en la ruleta: la protesta, el encanallamiento del prepotente, la impotencia del supuestamente omnipotente, la mueca de las mocitas con acné purulento, la rabieta del niño consentido, el codazo de un lateral con alma de cono y el saltarse la medicación de los que no controlan la ira. Quedó todo corto y poco más les podría decir yo porque todo quedaría con la longitud de un pantalón pesquero o de una manga francesa. Bueno, tal vez les podría hablar sin parar del hombre de negro y del agradecimiento infinito que todos debemos profesarle por devolvernos lo que los despachos se empecinan en arrebatarnos. Si corto parece lo que se enuncia sobre todo lo anterior, corto y diminuto sería lo que las palabras permitirían dibujar para hablar sobre él. No será el que suscribe el que añada más cortedad a toda su grandeza, a su saber y a cómo lo pone al servicio de la causa rojiblanca. Además, no quisiera servidor entretenerle con cortedades y minucias, todavía tiene que secar a su colega tras el baño…  

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 8 de abril de 2013

Empacho de torrijas y soserías


Ya de entrada se vio que la cosa pintaba sosa. La parroquia andaba todavía sacudiéndose el recuerdo ya casi lejano del empacho de torrijas, de las procesiones en las zonas peatonales del casco viejo de la ciudad y de las procesiones en la A-3 desde Chinchilla, sentido Madrid. La gente rumiaba el recuerdo de las vacaciones pasadas por una manta de agua y fue ayer salir un rayito de sol, aunque fuera pequeño y enclenque y se echó a las calles y parques sin gana ninguna de ver fútbol. Si a todo eso le suman ustedes que la representación se estrenaba en ese estadio tan desangelado del sur de  Madrid con nombre de jugador con maneras de veleta a la hora de repartir sus amores entre esos dos equipos que empachan más que las torrijas bien empapadas, verán que la cosa no podía ser de otra manera que sosa. Muy sosa.

Aparecieron los contendientes en el campo y al ponerse de cara al palco para el besamanos prepartido, repararon en la curiosa circunstancia de que los mandatarios de ambos conjuntos, presidiendo para la ocasión muy juntitos, se consideran simpatizantes abierta o soterradamente de otro equipo de Madrid que ayer no jugaba en Getafe y que no es el Rayo Vallecano, lo que tal vez pudiera haber echado un poco de sal al asunto, soso ya de por sí, pero nada, ni por esas. Salió el Atleti mejor y parecía que la cosa iba a ser un coser y cantar de esos a los que nos hemos acostumbrado desde que Cholo llegó a nuestras vidas. No es que la cosa fuera brillante, no. Los nuestros demostraban superioridad pero una superioridad algo insípida. Le faltaba al guiso una pizquita de algo. Aún así llegaban los nuestros con claridad y solamente la sosería en el remate de ese hermano gemelo de Falcao separado minutos después de nacer que lleva jugando con la rojiblanca en los últimos partidos nos privó de coger ventaja.  

Pintaba la cosa tan sosa que, siguiendo esa moda que de tan rabiosa actualidad se ha puesto en todos los campos de España, la afición en pleno del Getafe, cuarenta y nueve personas para ser exactos, la tomó con Diego Costa más que nada para animarse un poco. Para echar la tarde, que es un término que gusta mucho al que suscribe, porque los días salen y se pasan pero las tardes se echan. Dominaba el Atleti de manera anodina, dominaba pero poco, dominaba casi sin ganas, dominaba sin querer molestar. Dominaba pero pase usted primero que va cargado y además le sujeto la puerta que pesa un quintal ¿Qué tal el mayor? Estudiando agrónomos ya. Nos hacen viejos, ¿eh? ¡No lo sabe usted bien! ¡Y más con este tiempo que tengo el reuma que me está matando! Calle, calle, que arrastro yo un empacho de torrijas desde la semana pasada….



Así, entre fruslerías y conversaciones de ascensor sosas se llegó al descanso y comparecieron de nuevo los protagonistas para seguir con su puesta en escena insulsa. Enseguida se dio cuenta Simeone de que la contienda seguía por los mismos insustanciales cauces y sacó a Óliver al campo quitando a Koke, lo que a opinión del abajo firmante no debería haber ocurrido estando en el campo Adrián, que lleva un año con una sosería en todo lo alto que dan ganas de ponerle un cartel de transferible con letras gordas. La presencia de Óliver animó algo pero no venció la batalla a la sosería reinante y fue justo en este punto, harto posiblemente de tan poco y tan soso, cuando el trencilla de turno, en coalición con Miranda, Godín y sus despejes vagos en ocasiones, decidió echar sal a la cazuela pitando fuera del área un penalti que no fue y expulsando a Mario Suárez tras ver dos tarjetas muy de las que suele ver él. Tarjetas ni fu ni fa. Tarjetas de amarillo pálido. Tarjetas con color de espárragos de lata.

No hubo manera. Ni con ese toque picante que el estamento arbitral, esos orfebres del error del bulto, quiso aportar la cosa dejó de mostrarse sosa. Finalizó el partido con la sensación de que se habían perdido puntos. Deja el partido una sensación de ni frío ni calor que no acaba de gustar. Pareciera que se tratara de un partido primaveral de esos, ya con horario de verano, en los que tradicionalmente en Atleti no acaba de jugarse nada más allá de cuestiones menores. No es lo mismo ni de lejos, no jugarse nada por tener todo perdido, que por tener los deberes casi hechos, pero preocupa algo, la verdad. Preocupa por la sosería saboreada. Preocupa porque habrá habido algunos que tras ver el partido renegaron de la decisión de verlo cuando podían haber echado la tarde en el parque tomándose un Aquarius de naranja, que cosas más fuertes no se pueden tomar tras el empacho de torrijas que se arrastra como una condena desde hace unos días.