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jueves, 20 de febrero de 2014

Tamaños de partidos

–Vente para acá Vladimir –apremió el comandante James a su colega ruso.

Se acercó flotando Vladimir Evtushenko a la escotilla por la que miraba el americano y él lo pudo ver también. Por fin pasaba algo en la estación espacial internacional, todo sea dicho. Los primeros días hace ilusión, la verdad, eso de la ingravidez, lo de tomarse una pastilla que aúna todas las propiedades de un perol de lentejas con chorizo y lo de hacer pis y caca en la dirección que sea, pero cuando llevas más de una semana la estación es un tostón de tamaño grande tirando a enorme. Los dos astronautas, el americano y el ruso, habían hecho buenas migas sin pensar en antiguas guerras frías ni templadas y se pasaban el día mirando por la escotilla, pendientes de cada giro en órbita de la estación o de la Tierra con la misma cara que ponen los niños en los caballitos cuando se acerca el momento de cada vuelta en que papá, mamá y los abuelos saludan efusivamente el paso del coche de bomberos en los que están montados.

– ¿Les decimos algo a los demás?

– ¡Quita, quita! A esos ni agua…

Los demás eran el jefe de la expedición, el coronel chino Tan Dao, al que ninguno tragaba por su afán de estar constantemente haciendo experimentos como el de juntar en condiciones de gravedad cero coca cola y Bayleys para ver si de verdad se hacía bola y por esa natural desconfianza del ser humano hacia el oriental que no lleva un delantal y habla bien un idioma que no es el suyo, y el ingeniero alemán Jurgen Masthuerzer, dedicado en cuerpo y alma realizar paseos espaciales en bañador de competición sin tener en cuenta la cercanía del sol ni las protecciones cincuentas lo que le otorgaba un aspecto de rojo pasión que no hubiera desentonado nada en una playa balear.

Siguieron mirando los dos con curiosidad, sin comprender el motivo de lo que estaba ocurriendo…


Supo el público de San Siro, el local y el muy numeroso visitante que viajó a tierras lombardas, que se trataba de un partido de tamaño grande tirando a enorme. Solo de esa manera pudieron todos ser capaces de rodear al encuentro del clima justo, del ambiente necesario para que flote en el ambiente esa atmósfera que lleva aparejada citas así. Lo notaron técnicos, jugadores, aficionados que estábamos en nuestras casas y hasta los carabinieri que velaban por la seguridad en el recinto. Salió el Atleti con todo lo que tenía y salió el Milán con una alineación con vocación de organización de reinserción social para jugadores en fase terminal de juego. Se hicieron pronto los nuestros con el balón y con el control pero no podían más que asomarse sin entrar del todo a los balcones en donde se hace daño a los rivales. Agazapado el adversario de entrada, empezó el equipo rossonero a crecer viendo ese sueño que para los extremos derechos es Insúa. Volvió loco por momentos un jugador con clase pero con demasiadas aes en su apellido al argentino y de ese lado partieron las oportunidades que equilibraron la contienda y metieron un poco de miedo en el cuerpo, todo sea dicho.

Pudo adelantarse el Milán y no lo hizo principalmente porque debajo de los palos del Atleti hay un portero que dejará un páramo cuando se marche a otras tierras. Un portero mayúsculo y en negrita. Un portero estratosférico. Un portero de los que gana puntos sin poner cara de intensidad forzada, sin cambiar el rictus de cualquier día en la oficina. Retrocedió el Atleti un tanto al ver que el rival podía hacer daño y de allí al descanso se pasó a otra fase, a una de estudio, de medición de fuerzas, de sacar una mano y volver a levantar la guardia para no encajar, que estos partidos no son propicios para la locura ni para cancerberos como Asenjo.




Salió el Atleti tras el descanso con otra pinta. Más confiado quizás. Tal vez fue necesario que Simeone recordara a los suyos de lo que son capaces y la de partidos de este tamaño XXL que llevan disputados juntos desde que sus caminos se juntaron para gloria de todos. Se hizo el Atleti con los mandos y el Milán pareció achicarse a lomos de las excentricidades de un delantero con más fama y leyenda que juego y números. Ensancharon hasta coger el tamaño justo para el partido todos los nuestros pero destacaron un Godín expeditivo, unos brillantes Mario, Koke y Gabi, siempre Gabi, y un Diego Costa que volvía a corroborar que cuando los partidos cogen tamaño de buey de arrastre, él siempre estará allí. Merecía el Atleti ponerse por delante pero no acababa de llegar la ocasión propicia. Hubo quien reclamó a voz en grito algún disparo desde fuera del área sabedor de que enfrente estaba Abbiati, el portero que más que tirarse se acuesta pero tuvo que ser, claro está, de nuevo el balón parado el que impartiera justicia en el marcador.

Sacó Gabi un córner con vocación de quedarse corto y un defensor despejó alto, muy alto, tanto que el balón debió andar cerca de pegar contra algún satélite en órbita o contra la mismísima estación espacial internacional. Bajó el balón sin prisas. Llovido y medio flojo, casi ingrávido. Esperaban en el segundo palo Diego Costa y Miranda y hubiéramos pensado que vaya casualidad que fueran ellos dos, los de los goles en ocasiones espaciales, los que estuvieran allí si este Atleti de El Cholo diera lugar a pensar en casualidades en vez de en movimientos estudiados y medidos. Cabeceó Costa casi de parado, extrayendo del cuello toda la fuerza que el balón con ínfulas de astronauta no traía consigo y Abbiati, fiel a sus principios, hizo que se tiraba cuando en realidad se acostaba para contemplar como entraba en la portería ese balón que pareció soso en sus comienzos.

Queda la vuelta, sí, y habrá que tratarla como merece. Será un partido también de tamaño apreciable. Probablemente no de tamaño tan grande como el de ayer, por el resultado y por la moral con la acudirán los milanistas al Calderón, pero será de buena talla. Seguro que será un partido como todos los partidos grandes, con fases bien diferenciadas y seguro que el público sabrá fabricar el ambiente que estas citas requieren. Seguro también que los nuestros se pondrán el traje apropiado para la ocasión. Un traje que valga para asistir a la fiesta de los cuartos de final, una fiesta a la que el Atleti parece invitado por méritos propios.  




Miraban los dos, el ruso y el americano, por la escotilla en dirección a la Tierra y reparaban en que a cada vuelta parecía coger mayor tamaño la mancha que se estaba extendiendo por todo el continente europeo. La mancha, de dos colores, rojo y blanco, había surgido en la parte norte de la península itálica y ya dominaba casi en su totalidad el territorio del viejo continente. 

miércoles, 12 de febrero de 2014

De creencias y dolores

No nos engañemos, nadie creía. Usted y yo no creíamos y aquel matrimonio de mediana edad que ayer por la tarde anunciaba a bombo y platillo que sí, que creían, lo hacían de puertas afuera, pero en su interior no creían o si creían un poquito lo mismo era por los gintonics que se habían colocado con mimo entre pecho y espalda, que eso es algo que siempre ayuda a la hora de fortalecer la fe. Tampoco creía El Cholo aunque su discurso fuera el totalmente opuesto y así lo demostró con lo que puso en liza, y uno comprende al técnico a la hora de no pretender abusar, de no querer dar más de sí el milagro que estamos viviendo esta temporada aunque esa comprensión se lleve mal con lo que dictan los corazones, los de ustedes y el mío, pero uno encuentra lógica y conveniencia en lo que Simeone planeó. Como les decía antes, él no creía tampoco, pero cree en otras cosas, sueña con otras metas más ambiciosas aún y no puede permitirse que los de su alrededor flaqueen en su creencia.

De lo de ayer solo se podía recolectar miseria: miseria física, como la que nos heló el alma con la traidora caída de Manquillo, pero sobre todo miseria espiritual. Cierto es que nuestro técnico podría haber alineado a los mejores disponibles, forzado a los tocados que llegaban justos al choque y lanzado consignas de esas que inflaman el ánimo de la tropa para morir en la orilla con la moral quebrada y rota, con dudas revoloteando sobre las cabezas y con lo que resta de temporada bajo amenaza. Simeone prefirió no poner demasiada carne en el asador para no comprometerse. Si hubiera salido bien, el golpe en la mesa, el espaldarazo al fondo de armario hubiera inyectado adrenalina en las venas de los nuestros con una final bajo el brazo, un farol que arruina la partida del adversario. Saliendo como salió no queda comprometido el camino ni torpedeado el buque y uno lo entiende, aunque le duela, pero lo entiende.




Poco se puede comentar de un partido que ingresó moribundo y al que los familiares/laterales se empeñaron en desenchufar de los respiradores a los pocos minutos de presentarse en urgencias. El contador de penaltis en contra crece a ritmo sostenido para acallar a los que miraban las estadísticas sin ver más allá. Demasiado impulsivo estuvo Manquillo en el primero, trastabillando a la plañidera del balón dorado para que ésta cayera como caen las señoras que se rompen las caderas al caer al suelo o que caen al suelo tras romperse la cadera, que no es lo mismo ni mucho menos y es algo sobre lo que se discute encarnizadamente en las salas de espera de las consultas de traumatología sin que se llegue a consenso posible. Torpe estuvo Insúa en el segundo, torpe sin atenuantes.


Lo intentó el Atleti pero pareció por momentos que lo intentó poco aunque tal vez fuera justo lo que se debía haber intentado con el paisaje que tenía el asunto. Lo intentó poco y se entiende aunque duela. También entiende uno a los que ayer hablaban de exponer algo más, de morir o matar sin pensar en el mañana aunque desde la frialdad de las horas que han transcurrido no lo llegue a compartir. Incluso esos, los que se fueron algo más descontentos a casa porque querían exigir más al equipo no creían. Tampoco creía Simeone ni los jugadores. Nunca creímos ustedes y yo ni aquel matrimonio de mediana edad, por mucho que dijeran lo contrario. 

jueves, 6 de febrero de 2014

Los merodeadores

Fíjense ustedes qué cosa más curiosa, ha sido llegar uno a la oficina y mientras todavía bostezaba sin parar mirando muy fijamente la pantalla que anunciaba que Windows se estaba iniciando, ha aparecido el primero de ellos. De los merodeadores, vamos. El primer merodeador ha surgido así, como de la nada, y parecía distinto a todos los que uno se ha cruzado durante los últimos meses. Iba como crecido, muy seguro de sí mismo y andaba como si le hubieran dado cuerda, moviendo pies y brazos de manera alterna y acruasanada. Nada que ver con esos merodeadores que durante los últimos tiempos repetían tanto que el fútbol a ellos no les da de comer o que no, que no habían podido ver el partido porque la trama de Águila Roja llegaba a un punto culminante. Este merodeador que ha brotado hoy tiene un toque familiar, cercano. Este merodeador hablaba y hablaba y todas sus frases terminaban con la misma coletilla con la que las acaba el presidente de su equipo, ese señor con megalomanía acusada y con aspecto de empleado de funeraria: “los mejores del mundo”. Que si tienen los mejores jugadores del mundo, que si el mejor estadio del mundo, que si el peinado del portugués relamido es el mejor del mundo, que si los árbitros que les pitan son los mejores del mundo. En fin, ya saben ustedes de lo que hablo.

Llegados a este punto, delante de mi mesa se había convocado ya una convención de merodeadores sin que todavía uno hubiera podido introducir la contraseña en el ordenador y peroraban a voz en grito sobre los mejores goles de rebote del mundo, sobre los mejores pisotones alevosos del mundo y sobre si las repetidas faltas de un jugador de Tolosa al que nunca se amonesta son las mejores del mundo. Uno, que conoce desde hace tiempo la idiosincrasia del merodeador, sabe que en estos casos no queda otra que dejarles hacer, dejar que acabe el discurso en el que se glosa lo más mejor del mundo en todas sus facetas y esperar. Esperar a que cualquier revés en forma de resultado haga renacer de nuevo ese desdén por los partidos, ese no he podido ver el partido porque a la mayor de mi hermana le pusieron ayer los brackets en una clínica Vitaldent y la han dejado que parece un Transformer. Ellos, los merodeadores, no son como nosotros. Ustedes y yo nunca nos borramos. Nunca despreciamos a los nuestros por mucho que en tantas ocasiones nos hayan hecho sonrojar. Nosotros mostramos euforia y enfado de manera mayúscula cuando toca, como debe de ser, pero ellos no son así. Ellos brotan como los níscalos tras lluvia otoñal en ciertas ocasiones pero en otras no se les puede encontrar ni alegando motivos laborales. Hablando de temas laborales, se alejaba el último de los merodeadores de mis dominios cuando servidor requirió un informe de proveedores del año 2013, uno que ya había pedido cuatro o cinco veces en las últimas semanas. Anunció el merodeador a voces que lo tendría esta mañana mismo, que él hacía los mejores informes anuales de proveedores del mundo…



Viendo la alineación que Simeone dispuso ayer uno entendió que la apuesta inicial era ambiciosa. Koke de mediocentro, Diego y Arda juntos y Raúl acompañando a Costa. Salía el Atleti como un grande y tal vez esa fuera su condena. No estuvo cómodo en ningún momento el Atleti sobre el césped de ese estadio con hechuras de prisión de mínima seguridad y fue el rival el que pareció empaparse de la filosofía que a los nuestros ha llevado a las cotas alcanzadas: presión, anticipación, agresividad y asfixia al contrario. Poco enfrentaba el Atleti ante esa apuesta, si acaso un remate picado y lleno de malicia de Arda que quedó en un espejismo. Cierto es que dos de los goles rivales llegaron tras rebotes, pero dio la sensación de que los rebotes y por extensión el azar, siempre tan caprichoso, se puso de lado de aquel que con mayor ansia intentó vencer.

Recordó el Atleti a un Atleti de tiempos pretéritos, a un Atleti tembloroso y desquiciado por momentos. A un Atleti que se dejaba atrapar en las mismas trampas de hace tiempo, que se dejaba enredar en la provocación. Hubo incluso algunos que miraron al banquillo para ver si el que estaba allí era Simeone o era Manzano de lo poco que se pareció este Atleti al Atleti que nos tiene encandilados. Se vio a un equipo con dudas en zonas donde siempre suele haber certezas, en la portería y en la defensa y se vio también a Insúa, del que tal vez sea injusto aunque merecido hacer crítica feroz. Superado y desconectado el medio campo e inmerso Costa en batallas estudiadas y medidas por el rival de las que solo se podía salir derrotado, tampoco los cambios añadieron nada, si acaso añadieron adeptos a la causa de que Adrián no es el Adrián que vimos hace un par de años ni se le parece.


Se escapa la Copa en un primer envite en el que el rival pareció el Atleti y el Atleti no se sabe muy bien qué pareció. Estudiosos de la tertulia balompédica a deshoras opinan con seriedad que no le viene mal al equipo dejar de defender uno de los tantos frentes abiertos y servidor discrepa a la mayor. A falta de dos partidos para plantarse en una final no es momento para pensar en dosificación y prioridades y de hecho El Cholo no lo hizo, si no que se encontró con que a veces las cosas no salen. Hay veces que uno sale a jugar como un grande y el pequeño se lo come. Hay veces, como ayer, que el supuestamente grande juega como un pequeño y es celebrado con grandes alharacas por su hinchada. Hay veces en las que entrenadores presentados como buscadores de la excelencia futbolística encuentran el consenso poniéndose el chándal de Caparrós o de Clemente y sus aficionados/merodeadores se agarran a ello jurando sobre libros sagrados que esa manera de proceder es la mejor manera del mundo. Hay veces en las que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Ayer fue una de ellas…

miércoles, 23 de octubre de 2013

Depresiones y tristezas a la austrohúngara

Nada más tomar tierra en Viena el avión que transportaba a la expedición rojiblanca, los empleados del aeropuerto se dieron cuenta de que había algo raro en los recién llegados. Era cierto que todos los integrantes bajaban por la escalerilla ordenadamente con sus elegantes uniformes, pero se les notaba tristes, deprimidos, y eso es algo que no escapa a un austriaco por muy cargador de maletas que sea porque deben saber ustedes que los habitantes del país centroeuropeo son muy aficionados al psicoanálisis desde tiempos de Freud y a la tarta Sacher desde tiempos de Sissi Emperatriz, que todo sea dicho era una señora mucho más gorda de lo que nos enseñaron en las películas.


No crean que el estado depresivo se circunscribía solamente a los jugadores, técnicos y palmeros varios que viajaron a la ciudad vienesa, nada de eso. Cientos y aún diría miles de aficionados atléticos anduvieron a lo largo de todo el día como sin gracia, desganados, en un estado de astenia producida por la depresión que provoca el equipo en ellos. La mayoría de ellos anunciaron cuando la noche extendía su manto y se acercaba la hora del encuentro que no iban a cenar de lo desanimados que estaban y que como mucho se tomarían una leche con colacao antes de irse a la cama por el qué dirán. Muchos incluso, prefirieron no ver el partido por la tele por lo tristísimos que seguro que se iban a poner al verlo y cambiaron de cadena para ver al equipo transmesetario y la vez europeísta, que ese sí que es un equipo que da gusto ver y que alegra el alma con sus circulaciones de balón tan parecidas a las del balonmano antes de pitar pasivo. Para los que ayer el ánimo no les daba para fútbol, hoy les reserva el destino otro partido de los que llena de júbilo y gozo al espectador, nada más y nada menos que el mejor equipo de la galaxia y el universo conocido, ese en el que juega un jugador con peinado relamido que se quita la camiseta en cuanto tiene oportunidad sacando a relucir la corista que lleva dentro. Si a pesar de todo la moral sigue flaqueando, deben saber ustedes que no es de recibo hacer planes para el fin de semana, que los dos equipos que compiten con el único objetivo de poner el corazón contento y lleno de alegría a la totalidad de la humanidad se miden en irrepetible lid el sábado a la hora de sacar a los niños al parque, en lo que ya ha sido bautizado por los medios como el trigésimo octavo partido de lo que va de siglo. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi lánguido) y nosotros con esta tristeza y este mal fario encima…


Esperaba el Atleti en el túnel de vestuarios del estadio vienés empapado de esa decadencia tan austrohúngara que se respira en la ciudad y salió detrás Simeone de negro, como es costumbre y como merecía la ocasión de tan negras como pintan las cosas para la causa. Puso El Cholo en liza a un equipo con algunos cambios, sin duda destinados a paliar la depresión reinante. Jugó Darth Vader de titular y mostró sangre fría y hasta buen trato al balón en algunos lances, lo que solo puede ser interpretado desde el hecho de que no se debe enterar mucho de lo que pasa por cuestiones idiomáticas y la depresión no ha calado en él de la misma forma que en los demás. Jugó también Raúl García acompañando al compungido Diego Costa como segunda punta, algo sobre lo que Villa y Adrián, la conexión sidrera del equipo, debería reflexionar y jugó Tiago, que ya casi es más titular que Mario Suárez. Empezó el Atleti dominando, sin duda sobreponiéndose a la procesión que iba por dentro, a un rival voluntarioso y poco más. Avisaron pronto los nuestros y golpearon poco después, tras un pase que Koke vislumbró entre los lagrimones que anegaban su rostro y que fue rematado casi sin gana por Raúl García tras cesión de un inapetente de cara al gol Filipe.




No crean que el gol mejoró el quebradizo ánimo de los nuestros, nada de eso, deambulaba el Atleti como alma en pena por el campo y fruto de ese deambular arrancó Diego Costa desde campo propio, encaró con esa potencia tan suya que nace del dolor y tras dejar a un rival sentado y con las piernas anudadas gordianamente batió por bajo al portero austriaco en lo que suponía un segundo gol que casi no se celebró por nuestros taciturnos jugadores. Solo tras el gol del de Lagarto pareció estirarse algo el rival y hasta dispuso de una oportunidad con tiro al larguero incluido lo que incrementó más si cabe el pesar rojiblanco ante la galopante crisis de juego y resultados. Cuentan los entendidos que Simeone tuvo que hacer de tripas corazón en el descanso e intentar dar consuelo a un plantel deshecho y cariacontecido ante la que estaba cayendo.


Tras el descanso quedó Filipe en la caseta debido a lo que se dijo que pudiera ser una contractura y desde estas líneas se achaca a una enfermedad psicosomática motivada por la tristeza y la desazón y salió Insúa en su lugar. De botas del argentino nació un centro que Diego Costa remachó apesadumbrado a la red en lo que suponía un segundo gol que no mermaba su pena. Poco más dio de sí el partido. Si acaso algún detallito de Arda, que ayer ni sonrió ni nada que se le pareciera y alguna arrancada del Cebolla, cuyo aroma, al de cebolla me refiero, impregnó el ambiente para hacer brotar el llanto en propios extraños y hasta en un señor de Salzburgo que se acercó a ver el partido para pasar un buen rato, craso error. Justo antes del partido final, llegaron noticias de que en otro campo, en la Alemania más profunda, Fernando Torres había metido otro par de goles para no ser menos que Diego Costa y que ambos hechos sumían más si cabe en un estado depresivo a la afición rojiblanca.



Termina la primera vuelta de la fase de grupos de la Champions con el equipo mostrando síntomas preocupantes: nueve puntos de nueve posibles. Segundo en liga a solo un punto del equipo del orfebre rococó y dos por encima del conjunto interestelar presidido por un señor que antes era constructor y ahora se cree Napoleón. Diego Costa como pichichi y Courtois como segundo en el trofeo Zamora. Simeone no parece hacerse con el control de una situación depresiva que amenaza la estabilidad interna del vestuario. Los servicios de emergencia de las principales localidades patrias han iniciado una campaña de vigilancia exhaustiva del aficionado atlético, pues dado como están las cosas no es descartable que alguno cometa alguna barbaridad llevado por la aflicción. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi un hipido de plañidera), ¡qué pena más negra y qué tristeza tenemos encima!

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cinco minutos

Ignacia no confiaba demasiado en estas modernidades, la verdad, pero allí estaba ella con el mejor de sus vestidos. Y todo por hacerle caso a su nieto el pequeño, el de su hija la que vive en la capital. Speed dating. Citas rápidas. La idea era sentarse delante de un desconocido y charlar durante cinco minutos para ver si merece la pena plantearse con él amistad o lo que surja. Ella, que todavía lucía hermosa a pesar de sus años, tenía claro que muchos de los que ocuparan la silla de enfrente buscarían más un lo que surja que una amistad o algo más serio, pero ella se había decidido a acudir allí sin pensar demasiado. Ya habían pasado muchos años desde que a su Basilio se lo llevara una peritonitis galopante sobrevenida por la coz de una mula traidora en el bajo vientre y ella se sentía sola. Decía su nieto que así era como los de la ciudad encontraban a alguien con quien espantar esas soledades llenas de recuerdos que dolían. No es que no hubiera tenido proposiciones a lo largo de estos años, nada de eso, las hubo hasta aderezadas por los pretendientes con varias hectáreas de tierras de labor, cabezas de ganado y hasta un puesto vitalicio de panadera consorte en una tahona del pueblo de al lado. A todos dijo que no con agradecimiento porque no se sentía preparada. Tal vez hoy las cosas fueran a ser diferentes. Ojalá fuera así.

Uno, que lleva ya algunos años viendo caso todos los partidos del Atleti, había llegado a perfeccionar una técnica casi infalible de predicción sobre el desempeño de los nuestros en el partido a jugar. Bastaban con cinco minutos, solo cinco, lo que dura una cita rápida, para saber si el Atleti que ese día saltaba al césped iba a dejar buen sabor de boca o un cabreo de mil demonios. No me pregunten por los indicadores que uno consultaba para llegar a tal conclusión, no se trataba de hechos aislados si no de un conjunto de detalles y gestos que conformaban el mapa colchonero para ese día. Unas veces era una carrerita desganada de Forlán la que se sumaba a las medias descolocadas de Agüero para presagiar un petardazo de partido, otras veces un primer control orientado de Caminero y un guiño de Kiko para vaticinar que a continuación seríamos testigos de noventa minutos que quedarían en el recuerdo. A veces Schuster se plantaba en el mismísimo centro geométrico del campo y desde allí hacía volar a lo largo de treinta metros un balón que aterrizaba mansamente a los pies de un portugués de nombre Paulo que había avisado con anterioridad de que ese día estaba por la labor con una sacudida de su melena. Otras, bastaba casi con consultar la alineación, ver que salía de inicio Richard Nuñez o Ibagaza y prepararse para lo peor. Ya les digo, solo cinco minutos o incluso menos para hacerse una idea general que raramente fallaba.

De un tiempo a esta parte, uno, a pesar de que con la edad empieza a tener cada día más manías, ha dejado de preocuparse por esos pequeños hechos significativos, por esos cinco primeros minutos de los partidos y el aroma que desprenden. Para ser exactos, cuando les digo de un tiempo a esta parte debería decir desde que Simeone está en el banquillo. Desde su llegada uno sabe lo que se va a encontrar y, por ello, da casi hasta un poco igual el resultado y hasta si se juega mejor o peor, si para llegar al objetivo marcado el camino es de rosas o de espinas. Hace un tiempo, viendo el inicio del partido de Valladolid o el de ayer mismo, uno se temería algo malo, un partido de esos que duelen y que se instalan en el compartimento de los recuerdos a olvidar sin poder hacerlo nunca, pero eso ya no pasa. Uno sabe que, ante cualquier síntoma de decaimiento en cualquiera de los que salen al campo, allí estará él. Aplaudiendo o echando una bronca como se deben echar las broncas, como las echaríamos ustedes y yo, invocando a la camiseta que portan y a la gente que se ha reunido para acompañar al equipo dejando sus vidas aparcadas por noventa minutos. Uno espera que Simeone esté muchos años con nosotros porque él ha sabido espantar esas soledades que muchos sentíamos a pesar de estar rodeados de nuestros iguales. Ojalá sea así.



Puso El Cholo en liza a un equipo en el que tenían cabida las rotaciones pero lo hizo con medida, mesuradamente como suele hacer él las cosas. Un toquecito allí y otro allá: Villa y Gabi para dotar al banquillo de veteranía, Filipe también para que se pudiera ver a Insúa, ese jugador con el que durante bastante tiempo teníamos dudas de si era real y salieron del equipo Raúl y Manquillo, volviendo al plantel Arda y Juanfran. Simeone rota pero sin volverse loco, dando a cada partido la importancia que tiene, que ya se sabe que las rotaciones pueden traer más de un disgusto y si no que le pregunten a Galileo. Ya a los cinco minutos, lo que dura una cita rápida, quedaron dos cosas claras: una, que los fabricantes de camisetas o los responsables de marketing e imagen de los equipos no tienen vergüenza por vestir al Osasuna como si fuera el Borussia de Dortmund en versión low cost y dos, que iba a costar sacar adelante el partido.

También en cinco minutos, cinco solo, lo que dura una cita rápida, Diego Costa le puso al partido el sello de casi finiquitado tras dos centros que llegaron de la derecha. Uno de Juanfran que remató con oportunismo y otro de Koke, otra vez Koke, que el de Lagarto cabeceó con maestría. Comentan en los mentideros federativos que el Sr. Marqués se está pensando convocar a Diego Costa para que juegue con la selección y uno, que no quiere malpensar, no puede creer que no le haya llamado ya sin poner en duda un criterio futbolístico más dado a llamar a canteranos de otro equipo de Madrid o poner a Koke de lateral derecho desaprovechando su capacidad como asistente. No se había llegado al ecuador de la primera parte y se volvía a mostrar ese Atleti que hemos visto crecer en los últimos tiempos. Rocoso y casi inaccesible, puede que poco brillante en ocasiones pero letal y con las ideas claras en muchas otras. Dos lunares tuvo el partido, dos, y los dos se concentraron en cinco minutos, lo que dura una cita rápida: el golpe en la rodilla que obligó a retirarse a Mario Suárez, del que en los últimos partidos se ha visto la versión buena, y el gol del rival tras centro al  área que al cierre de estas líneas no sabría definir si como bien sacado o como mal defendido.


Fue la segunda parte rara. Una segunda parte de esas que se tienen que jugar cuando casi ninguno quiere hacerlo. Pensaba el Atleti en citas futuras, citas del fin de semana, citas que no deberían ser rápidas y pensaba el Osasuna que no podría meter mano a los rojiblancos ni aunque el segundo tiempo durara una eternidad. A pesar del corto margen, no recorrían el estadio ni runrunes ni temores infundados, hasta eso han sido capaces de conseguir Simeone y los suyos. Si acaso, flotaba en el ambiente algo de preocupación por lo tarde que se estaba haciendo y lo tirano que es el despertador cada mañana, pero no quedaba resquicio para esos miedos, algunos autoimpuestos y otros institucionalizados de tanto repetidos: el sufrimiento, la leyenda del Pupas, los goles de jugadores con flequillo rebelde en el tiempo de descuento. Murió el partido y se dieron la mano los contendientes comentando que el próximo partido lo deberían disputar en dos tiempos de cinco minutos con un descanso de un minuto para beber agua o bebidas carbonatadas, que muchas veces cinco minutos bastan para muchas cosas en la vida y se marchó Simeone para el túnel de vestuarios a buen paso para poder reflexionar durante cinco minutos, lo que dura una cita rápida, en lo que iba a decir a los suyos…

lunes, 3 de junio de 2013

Despedidas, transistores y no saber de relajaciones

Mientras la veía alejarse pensó en todo lo vivido a su lado. En las mañanas radiantes, las tardes de tregua y las noches demasiado cortas. Se sintió solo y muy chico sin el calor que notaba cuando ella estaba junto a él. Se sintió vacío, como si algo se le hubiera roto por dentro. Ella no se dio la vuelta ni tan siquiera una vez para mirarle. Siguió andando decididamente por el andén poniendo más distancia entre ellos con cada paso. Una distancia que dolía…


Jugaba el Atleti en Zaragoza pero era casi como si no jugara. Jugaban los nuestros pero con la tranquilidad del que tiene hace tiempo los deberes hechos y pasados a limpio y lo hacía contra el equipo local, un mal estudiante de esos que siempre saca los cursos en el último momento. De esos que se la juegan al cara o cruz final confiando en que su atropellada manera de llevar la asignatura tendrá siempre compensación. Jugaba el Atleti pero andábamos todos con los ojos y los oídos en otros campos. Campos de los que la temporada también se despedía enfilando un andén del que salen trenes para el infierno o para la gloria efímera. Era una noche de transistores, vamos.

Siempre son emocionantes las tardes o noches de transistores aunque a día de hoy hayan perdido ese halo que tenían antes, cuando éramos un poco más jóvenes de lo que somos ahora. Cuando estos días sabían a copita de Fundador o de Centenario y a por todas. Cuando dejaban el regusto de las boquillas Targard o la tranquilidad de los seguros Finisterre para no dejar cosas en el aire. Cuando con cada gol se hacía un repaso de quién bajaba y quién se mantenía, de quién compraba los billetes en el maldito tren y de quién se quedaba en la estación con el equipaje lleno de alivio. No siente uno lo mismo cuando puede ver en multipantalla cada gol en conexión con la ciudad interesada. No queda lo mismo ver un gráfico explicativo de las opciones de cada uno con una aplicación descargada en el smartphone ni escuchando los goles en un iPod shuffle con dolby surround. Llámenme carcamal, pero no es lo mismo.

Salió el Atleti a jugar en este escenario de héroes por un día y de villanos de última generación y salió serio, como es norma, pero sin querer hacer más daño del necesario. Salió con un equipo parcheado y gustó ver a Pulido, al que hemos visto demasiado poco para lo demasiado que hemos visto al Cata, al tímido Insúa y a varios de los no habituales. Salió Diego Costa, que no conoce de partidos relajados ni de trámites y todos se encontraron con un rival condenado y con los brazos caídos. Les decía que el Atleti no quería hacer sangre de manera gratuita y hasta cedió el balón y alguna oportunidad a los maños, pero Courtois tampoco sabe qué es eso de parar a medio gas, de parar con las manos blandas y de tirarse como un saco de patatas, que es algo que sí se vio en porteros que defendían arcos en otros campos.



Se hizo el Atleti con el control del partido casi sin querer. Con muy poquito. Con las caídas a banda de Diego Costa, con el exuberante estado de forma de Koke y con dos o tres cositas más, todas pequeñas. Pudieron marcar los nuestros en varias ocasiones pero parecían no querer. No era plan de arruinar esperanzas por mucho que ya no hubiera transistores en la grada y por mucho que los aficionados jubilados del Zaragoza se quejaran de que la poca cobertura 3G en La Romareda impedía seguir la jornada a través de las redes sociales. Discurría el partido con el Atleti avisando, como en el cuento del lobo, hasta que salieron al campo Arda y Óliver y ya no hubo manera de contenerse de la clase que derraman por el campo los dos. Marcó Turan tras eslalon pinturero y casi lo hace Torres en una jugada que hubiera obligado a los presentes a buscar en lo más hondo de los bolsillos un pañuelo que agitar, aunque fuera de celulosa y con aroma mentolado.

Empataron los locales casi sin querer ni merecerlo y fue entonces cuando de la mano de los artistas y de ese delantero brasileño que no sabe lo que es no poner toda la carne en el asador en todos los partidos, el Atleti selló el pasaporte de los maños para el viaje a ninguna parte con dos goles que, sabiendo que dolían, no se celebraron. Terminó el partido y uno reparaba en lo malo que debe ser para un equipo que se juega cosas como las que se jugaba el Zaragoza tener de rival a este Atleti de Simeone en la última jornada. Ya le pasó al Villarreal antes. No conoce éste Atleti de relajaciones, de partidos de trámite ni de situaciones que pudieran ser tomadas por alguien como deshonrosas. No sabe manchar la camiseta con dejadez o abulia, lo que se agradece en toda circunstancia.


Se nos va la temporada. Se marcha y la vemos alejarse por el andén con paso decidido mientras nos quedamos vacíos por dentro. Se marcha y sabemos que volverá con otra cara, con otro peinado y con un vestido estampado de estreno a finales de agosto pero nos deja igual de apenados. Se aleja deprisa a pesar de tener que tirar de una maleta repleta de con las ilusiones y recuerdos que todos hemos puesto en ella. Sigue andando y en cada paso abre una distancia que es un abismo. El abismo de estos meses sin el Atleti en el campo. El abismo de los fines de semana sin esa cita fija. El abismo de las tropelías que se perpetrarán en despachos o restaurantes de varios tenedores. Se marcha y no se da la vuelta para mirarnos ni tan siquiera una vez. Se aleja y ya la echamos de menos por lo mucho que nos ha dado. Se marcha y sentimos miedo por lo que el verano nos puede quitar, que viendo los precedentes puede ser mucho. Se va y derramamos alguna lagrimita, no como las de Falcao, no, que de esas lagrimitas ya hablaremos más adelante, una lagrimita pequeña, muy sentida. Se marcha y no acabamos de asumir que lo haga, quisiéramos que temporadas así estuvieran siempre a nuestro lado. Ella sigue andando presurosamente, poniendo entre ella y nosotros una cada vez mayor distancia. Una distancia que duele.