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jueves, 28 de enero de 2016

Chinitas en el zapato

Artículo publicado en ctxt.es: http://ctxt.es/es/20160127/Deportes/3928/Atletico-de-Madrid-Cerezo-horarios-Liga-Tebas-Real-Madrid-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Sabíamos que iba a ser difícil caminar con los zapatos llenos de chinitas. Ya tenemos experiencia en estas lides. Desde hace unos años –gracias, Cholo– volvemos a estar en primera línea de combate. Nuestra fuerza no reside en disponer del más moderno y caro armamento. Somos temibles como grupo por la fe que nuestros guerreros desbordan en el campo de batalla. El hasta no hace mucho desordenado ejército que a la primera salva de artillería se batía en retirada, se ha convertido en un rival molesto. Desafiantes, nuestros soldados miran a los ojos de los contrarios y éstos dudan. Ven avanzar a los rivales vestidos de rojiblanco y recuerdan historias y leyendas que hablan de aquel David que derribó al gigante con su honda, de aquel gol de Miranda que conquistó territorio enemigo o del cabezazo de Godín que abrió de nuevo las puertas del cielo. Todos esos episodios significaron lo mismo, la caída inesperada de Goliath, aunque las últimas fueran hace muchos menos años.

Desde entonces, las confrontaciones futbolísticas patrias no se quedan en un aburrido y manoseado cara a cara. La variable colchonera se hizo hueco en la ecuación para quedarse. Molestando, como decíamos antes. No a todos gusta que la fiesta haya pasado a tener otro invitado. El predecible bipartidismo y todo su aparato mediático ponen de manifiesto su contrariedad desde cualquier foro. Mal juego, violencia inusitada, sacar partido a ese otro fútbol del que tan amante era una de nuestras referencias, el Sabio de Hortaleza, todo ello se usa como arma arrojadiza para desacreditar al incómodo pasajero que tuvo la desfachatez de salir, en más de una ocasión ya, besando a la chica al final de la película saltándose todos los guiones.

Asumimos que no habrá nadie recibiéndonos con flores a nuestra llegada. Sabemos que será difícil encontrar objetividad y soportamos, no consumiendo, el ninguneo constante y bien orquestado. Vivimos independientemente. Respiramos por nosotros mismos y nos las ingeniamos para encontrar oasis recónditos donde no se nos maltrata. Conocemos también las reglas: las tradicionales ayudas arbitrales disfrazadas de errores humanos a nosotros no nos llegan o lo hacen en forma de migajas. Ok. Sabíamos a lo que veníamos, esto no es Bambi, como decía Torrente mientras apatrullaba la ciudad.




La última chinita en el zapato nos la pone el señor Tebas en forma de horarios. El impar chofer con poderes de la liga de fútbol profesional, muy aficionado por otra parte a hacerse fotos junto a sus churumbeles vistiendo camiseta paliducha bwin, programa los partidos del Atleti pegaditos a jornadas de Champions, no vayan a constiparse. Su habitual delicadeza a la hora de encajar las piezas de los partidos de Hernández y Fernández en el loco puzzle de los horarios semanales, se torna aspereza cuando se trata de darnos cita a nosotros. Tres partidos en seis días, sin listas de espera, no se quejen. Un genio, el tío. Es tal su disposición de agradar que programa el derby en horario sabatino madrugador, casi recién aterrizados los nuestros de Eindhoven, aduciendo intereses comerciales. El rival, bien descansado, gracias. Luego, si quieren, debatimos sobre campañas.  

Lo más sorprendente, dentro de todo este universo de huevos Kinder con olor a alcantarilla, es que en la LFP el Atleti ostenta una vicepresidencia en la figura de Clemente Villaverde y un puesto como vocal, asignado al club. Silencio sepulcral. Nadie protesta. Ni un comunicado ni una declaración institucional. Como mucho, de postre nos servirán un canutazo de esos que Cerezo, a modo de digestivo, se administra a la salida de un asador derrochando gracejo. Torpedeados desde dentro una vez más, nos miramos en el espejo y vemos la misma cara indignada que llevamos paseando por la vida desde que supimos –y ya sospechábamos– lo de poner el cazo prescritamente. Apuesto a que solo Simeone y los jugadores comentarán el tema. Se rasgarán las vestiduras blancas aquellos que afearon a nuestro técnico vaticinar lo de la liga peligrosamente preparada. Lo tenía claro.


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Los aficionados del Atleti llevamos ya un tiempo cómodos con el traje de moscas cojoneras. Nos sienta como un guante, a decir verdad. No esperamos regalos, no es el estilo. Habrá que sobreponerse a todas las chinitas que nos impidan avanzar a buen ritmo o al menos al ritmo al que los demás avanzan en su camino trufado de comodidades. Eso nos hará valorar más lo conseguido y lo que haya de llegar. Mientras tanto, el club seguirá agazapado. Connivente. Pasivo ante cualquier atropello. Demostrando una vez más que David, en el Atleti, corretea sobre el césped, se sienta en el banquillo o alienta desde la grada. Goliath, si existiera, solo es excusa y coartada para los del palco. Ese palco que desde hace tantos años nos llena el calzado de chinitas. 

viernes, 6 de marzo de 2015

Después de...

Después de todo lo que han visto nuestros ojos. Después de años y años de travesía por el desierto. Después de las temporadas que se escapaban por el sumidero cuando todavía el verano no se había marchado. Después de ver con qué ligereza se ponían la gloriosa camiseta tantos Patos Sosas, tantos Seitaridis y otras tantas medianías. Después de marcharse tantas veces para casa avergonzado. Después de comprender por qué Torres tuvo que irse aunque doliera. Después de echar de menos el sudor, la tensión y hasta a veces la dignidad. Después de que la exigencia se hubiera acogido a una excedencia que duró demasiado. Después de las intertotos y esas primera eliminatorias preveraniegas contra equipos con jugadores barrigones que son los carniceros del pueblo. Después de Ofis Cretas y Timisoaras. Después de preguntarnos a nosotros mismos si éramos un rival decente. Después de que cualquier equipo de medio pelo robase puntos en la tómbola que era nuestro estadio. Después de Manzanos, Ranieris y entrenadores que basaban sus planteamientos en las sensaciones. Después de equipos partidos. Después de esquemas incomprensibles. Después de fijar como objetivo quedar octavos. Después de infiernos y vueltas tardías. Después de pelucas, de narices torcidas; de negritos y saldos de Mendes. Después de todo eso, que no es poco, ¿de verdad cree alguien que el equipo actual puede sembrar alguna duda? ¿de verdad merece algún reproche aunque sea uno muy pequeño como el contenido del plato que le ponen a uno delante en un restaurante lleno de estrellas michelín?



Después de todo lo que han visto nuestros ojos. Después de estos últimos años de vino y rosas. Después de volver sentir el hormigueo en el estómago. Después de permitirnos volver a soñar. Después de pelear de igual a igual con los que tienen muchos más medios. Después de que los buenos jugadores quieran volver a venir. Después del gol de Miranda. Después de diecinueve años. Después del bendito cabezazo de Godín. Después de San Siro y Stamford Bridge. Después de aquel maldito descuento que se alargó en demasía. Después de que Torres vuelva sabiendo que era el momento de hacerlo. Después de no conocer la derrota en los partidos a los que antes íbamos derrotados. Después de los cuatro goles de hace tan pocas semanas. Después de que el Atleti gane muchas más veces de las que pierde. Después de la pizarra. Después del balón parado. Después de esa proverbial intensidad disfrazada de violencia por los que nos consideran una amenaza. Después de saber a qué se juega, se haga bien o mal. Después de que la Juventus celebre empatar con nosotros. Después de haber probado las delicias turcas. Después de pedir selección para Gabi aunque ahora muchos no se acuerden. Después de que al fin uno sepa que mirando al césped y al banquillo se siente representado. Después de que los niños vuelvan a ir al cole llenos de orgullo con sus camisetas. Después de saber que si se cree y se trabaja, se puede. Después de todo esto, que no es poco, ¿de verdad hay alguien que haya dejado de confiar en este grupo?, ¿de verdad hay alguien que se crea capacitado para criticar descarnadamente a Simeone aun cuando en ocasiones pudiera equivocarse?


Después de que hayan digerido lo evidenciado en los dos primeros párrafos de este artículo, permítanme recomendar a los que ladran desde otras aceras que se metan en sus asuntos, que para eso tienen las parrillas televisivas llenas de minutos y segundos dedicados a sus superpoderosos superequipos. Después de eso, permítanme calificar de desmemoriados y hasta de blasfemos a los que señalan desde nuestra orilla del río. Les aviso de que, después de todo lo dicho que no es poco, si alguno pretende apostar en contra de este equipo que no cuente con el que suscribe. Después de todo lo que han visto nuestros ojos, es lo mínimo.  

lunes, 15 de diciembre de 2014

Catálogo de caras (o señalar está muy feo)

Tenía ya el partido mala cara sin haber empezado. Tenía pinta de haber salido esa noche y no haber descansado lo suficiente. Tenía el rictus avinagrado y daba un poco igual que enfrente estuviera el Villareal, equipo que tradicionalmente trata al balón de manera obsequiosa, o un equipo en el que se juntan solteros y casados. Lo mismo es que la tarde, el día, el fin de semana e incluso el tiempo transcurrido desde que unos cuantos se citaron para matar o morir coincidiendo de casualidad con aquella mañana en la que visitaba el Calderón el Depor tenían también mala cara. Cara como de nausea. Cara de aquí hay algo que huele mal y no está uno seguro que sea lo que todo el mundo señala como causante del mal olor.

Además de las malas caras, también el señalar, como les decía en el párrafo anterior, se ha puesto muy de moda. Cualquier aficionado al fútbol se siente señalado en los últimos tiempos por opiniones en las que parece que solo por acudir a un estadio estamos ante una persona muy violenta. Si además de ello, uno lleva una bufanda del Atleti o una camiseta rojiblanca, lleve ésta o no publicidad de Azerbaijan, Land of Fire serigrafiada, hablamos entonces  de un asesino en serie que deja a Jack el Destripador o a Hannibal Lecter a la altura de Ned Flanders o Mary Poppins. A este lamentable y zafio atropello que sufre el aficionado rojiblanco de a pie en las últimas fechas, hay que sumar la torpe manera de gestionar cualquier asunto por la gerencia del club, como es costumbre por otra parte en todo lo que no sea poner el cazo. Uno ya no sabe si la culpa es de todos, de solo algunos, de los que cantan o de los que callan. Uno no sabe si se va a expulsar a los pocos violentos que se camuflan en la masa o simplemente no se les va a dejar exhibir su parafernalia. Uno no sabe si van a pagar justos por pecadores o no va a pagar absolutamente nadie, que es algo muy de este país nuestro, y lo que uno detecta es que la masa social anda un poco confundida no sabiendo dónde está el enemigo, si uno mismo es bueno o malo o si a partir de ahora habrá que ir al fútbol como se va a la ópera y si no se van a poder comer Triskis en los descansos porque hacen mucho ruido y pudiera la comisión de antiviolencia acústica tomar cartas en el asunto.

Muchos creemos que si la pareja que se sienta tan acurrucada en cada partido del Atleti o ese señor del puro que lleva tantos años manchándose los pantalones con la mugre de su asiento en el primer anfiteatro no aciertan a saberse señalados o señaladores y no tienen una opinión clara sobre si habría que vaciar un fondo del Calderón o solamente echar a los delincuentes, palco incluido, del estadio, malamente puede saber cuál es la mejor solución para el tema un señor que no aparece por el estadio desde que tenía granos en la cara y se refugiaba tras el rotundo físico del padre que le puso al mando de la nave de manera fraudulenta. Es más, uno cree, malpensado que es, que las aparentemente fulminantes medidas tomadas por el veterinario no practicante además de chapuceras e insuficientes tienen por objetivo el señalamiento, sí, de todo aquel que le recuerde ahora o en el futuro su condición de apropiador indebido. Son los violentos a los que me enfrenté, dirá desde la barrera mientras da vueltas y más vueltas a la M-30 con el pecho henchido. El problema que todos tenemos es que parece haberse trazado una raya imaginaria pero muy presente entre nosotros. Una parte culpa a la otra de que a la hora del café un indocumentado le haya tildado de asesino por ser del Atleti y la otra parte acusa a aquellos de generalizar, de meter en el mismo saco a todo un fondo. Todos tienen su parte de razón y también su pizca de culpa, miren por donde, y uno solo espera que el tiempo haga decrecer estas aguas que ahora bajan crecidas y malencaradas.



Con estos antecedentes y con la climatología como mala aliada, no es de extrañar que el partido naciera con cara de circunstancias. La cara del partido tenía de todo, eso sí, pero era una cara poco armónica, una cara rara tirando a desagradable. Para ser más exactos, la cara del partido recordó a la cara de otros partidos de otros tiempos que casi no queremos recordar aunque debe valer de excusa que el equipo tenía cara de cansado por lo sucedido entre semana en Turín. Lo intentaba el Atleti con su rostro ojeroso, falto de descanso, y fiaba su suerte el Villareal al talento de Vietto y la omnipresencia de Bruno. Pudo el Atleti ponerse por delante y no se nos hubiera quedado demasiada cara de sorpresa: algún balón parado, alguna meritoria parada de Asenjo, ese portero con más pinta de monitor de gimnasio lowcost que de ir bien por alto y algunas malas elecciones en los últimos metros. Estuvo el equipo algo menos inspirado, tal vez contagiado por el ambiente y a medida que fueron pasando los minutos fue mutando la cara de abandonado por las musas a una cara de ansiedad, de paciente que espera los resultados de una prueba en urgencias.  Se partió el partido y hubo muchos que al mirar la cara de Miranda echaron de menos la de Giménez, también los hubo que decidieron no querer ver más la cara de Cerci e incluso hubo algunos que se alegraron de que apareciera la carita dulce de Mario Suárez en escena para intentar equilibrar la cosa. Llegó el gol del conjunto visitante cuando aún se reflejaba en nuestras caras que no se había perdido del todo la esperanza, justo después de que Moyá sacara a una mano un disparo con cara de gol incontestable, y dejó al Atleti con cara de incredulidad, con cara de esto no puede estar pasándome a mí después de tantos partidos inmaculado en casa.


Tal vez no haya más análisis que realizar del partido de ayer que el de mirar las caras de los nuestros y ver todavía marcada la huella que el intensísimo partido de Turín dejó en ellas. Tal vez solo fuera un accidente, cruzarse por azar con un partido con cara de pocos amigos. Lo más seguro es que sea así pero también estamos seguros de que las vacaciones de Navidad le van a venir bien al equipo, a la grada y a los ánimos. Ya verán ustedes como cuando nos volvamos a ver tenemos todos mejor cara…

miércoles, 23 de abril de 2014

Los nuestros y los suyos

Fue terminar el encuentro y todas las miradas se posaron de nuevo en él. Mientras los rivales, que son los nuestros y los suyos, agradecían el apoyo a la afición y marchaban hacia los vestuarios con el sabor áspero que el partido dejaba en los paladares, él se acercó con sus compañeros para saludar a los aficionados que habían viajado desde Inglaterra para tan magna ocasión y después, en vez de ganar el túnel de vestuarios con premura, se demoró, quiso hacerse el remolón para ser el último de los protagonistas en abandonar el campo. Recorría con su mirada el estadio, una vez más guapo a rabiar, y degustaba el momento mientras los aficionados rivales, que son los nuestros y los suyos, le ovacionaban con los corazones en la garganta. Quiso Fernando regalarse este momento y quisimos todos que fuera perfecto, que la primera parte de la película acabara con el bueno cabalgando hacia la puesta de sol. Dentro de ese homenaje que la grada ofreció a uno de los suyos estaba también el reconocimiento hacia el único de los rivales que no se escondió, al único que, con tintes de náufrago, se atrevió a discutir el aburrido guión planteado desde su caseta. A uno de los pocos delanteros que en los últimos años hemos visto hacer perder su proverbial tranquilidad  a Miranda. A un grande, vamos.  



Una vez que había recolectado todas las imágenes, todos los aromas que guardará para siempre en el cajón de los buenos recuerdos, arrancó a correr hacia el túnel de vestuarios como si quisiera fijar en la película de su memoria este pasaje y borrar los que se vivieron antes. Los de un partido planteado con tanta racanería por una de las dos partes. Los de un choque sin demasiadas oportunidades, con esfuerzos medidos al milímetro. Los de una contienda y por extensión una eliminatoria que se decidirá por un detalle nimio tal vez: una ausencia, una tarjeta sacada a destiempo, un rebote en el trasero que cambia la trayectoria de un disparo flojucho o la lesión de un cancerbero del que las malas lenguas piensan si no fingiría para evitar verse envuelto en la odiosa comparación con el que será su sucesor. Pocos episodios del partido de ayer se escribirán en los libros de historia del arte balompédico y, si se escribieran, debería ser para glosar que los de rojo y blanco fueron los que expusieron y lo intentaron y que su técnico se fue medio disgustado con el resultado mientras el entrenador rival lucía una sonrisa de oreja a oreja camino a la caseta escoltado por la troupe de ayudantes pendencieros venidos de Lusitania.

Muchas veces, a lo largo de los caminos que todos transitamos hacia nuestros sueños, nos encontramos con personajes grises que desempeñan a la perfección su papel en el teatro de la vida. El papel del entorpecedor, de la piedra en el camino, del funcionario que ni se digna a levantar la vista del periódico para decir que falta el formulario B235 compulsado por triplicado, del empleado del banco que anuncia que el crédito no fluye, de los Gregorios Manzanos y de los Texeira Vitienes, del vuelva usted mañana o del yo también tengo prisa qué se ha creído. Esos pequeños obstáculos existen para ser sorteados y casi nadie se vuelve a acordar de ellos una vez superados. Este Chelsea o más bien la manera a la que se obliga a jugar a este Chelsea es el obstáculo a salvar de cara a vivir el sueño. Ese sueño que es nuestro y es suyo, ese sueño que aunque parezca mentira también lo comparte el aislado delantero centro del equipo rival. Ese al que a punto de abandonar el césped con la mochila llena de emociones tuvo tiempo de hacer feliz a un aficionado lanzándole su camiseta, esa que, vaya donde él vaya, siempre será también la nuestra. 

jueves, 20 de febrero de 2014

Tamaños de partidos

–Vente para acá Vladimir –apremió el comandante James a su colega ruso.

Se acercó flotando Vladimir Evtushenko a la escotilla por la que miraba el americano y él lo pudo ver también. Por fin pasaba algo en la estación espacial internacional, todo sea dicho. Los primeros días hace ilusión, la verdad, eso de la ingravidez, lo de tomarse una pastilla que aúna todas las propiedades de un perol de lentejas con chorizo y lo de hacer pis y caca en la dirección que sea, pero cuando llevas más de una semana la estación es un tostón de tamaño grande tirando a enorme. Los dos astronautas, el americano y el ruso, habían hecho buenas migas sin pensar en antiguas guerras frías ni templadas y se pasaban el día mirando por la escotilla, pendientes de cada giro en órbita de la estación o de la Tierra con la misma cara que ponen los niños en los caballitos cuando se acerca el momento de cada vuelta en que papá, mamá y los abuelos saludan efusivamente el paso del coche de bomberos en los que están montados.

– ¿Les decimos algo a los demás?

– ¡Quita, quita! A esos ni agua…

Los demás eran el jefe de la expedición, el coronel chino Tan Dao, al que ninguno tragaba por su afán de estar constantemente haciendo experimentos como el de juntar en condiciones de gravedad cero coca cola y Bayleys para ver si de verdad se hacía bola y por esa natural desconfianza del ser humano hacia el oriental que no lleva un delantal y habla bien un idioma que no es el suyo, y el ingeniero alemán Jurgen Masthuerzer, dedicado en cuerpo y alma realizar paseos espaciales en bañador de competición sin tener en cuenta la cercanía del sol ni las protecciones cincuentas lo que le otorgaba un aspecto de rojo pasión que no hubiera desentonado nada en una playa balear.

Siguieron mirando los dos con curiosidad, sin comprender el motivo de lo que estaba ocurriendo…


Supo el público de San Siro, el local y el muy numeroso visitante que viajó a tierras lombardas, que se trataba de un partido de tamaño grande tirando a enorme. Solo de esa manera pudieron todos ser capaces de rodear al encuentro del clima justo, del ambiente necesario para que flote en el ambiente esa atmósfera que lleva aparejada citas así. Lo notaron técnicos, jugadores, aficionados que estábamos en nuestras casas y hasta los carabinieri que velaban por la seguridad en el recinto. Salió el Atleti con todo lo que tenía y salió el Milán con una alineación con vocación de organización de reinserción social para jugadores en fase terminal de juego. Se hicieron pronto los nuestros con el balón y con el control pero no podían más que asomarse sin entrar del todo a los balcones en donde se hace daño a los rivales. Agazapado el adversario de entrada, empezó el equipo rossonero a crecer viendo ese sueño que para los extremos derechos es Insúa. Volvió loco por momentos un jugador con clase pero con demasiadas aes en su apellido al argentino y de ese lado partieron las oportunidades que equilibraron la contienda y metieron un poco de miedo en el cuerpo, todo sea dicho.

Pudo adelantarse el Milán y no lo hizo principalmente porque debajo de los palos del Atleti hay un portero que dejará un páramo cuando se marche a otras tierras. Un portero mayúsculo y en negrita. Un portero estratosférico. Un portero de los que gana puntos sin poner cara de intensidad forzada, sin cambiar el rictus de cualquier día en la oficina. Retrocedió el Atleti un tanto al ver que el rival podía hacer daño y de allí al descanso se pasó a otra fase, a una de estudio, de medición de fuerzas, de sacar una mano y volver a levantar la guardia para no encajar, que estos partidos no son propicios para la locura ni para cancerberos como Asenjo.




Salió el Atleti tras el descanso con otra pinta. Más confiado quizás. Tal vez fue necesario que Simeone recordara a los suyos de lo que son capaces y la de partidos de este tamaño XXL que llevan disputados juntos desde que sus caminos se juntaron para gloria de todos. Se hizo el Atleti con los mandos y el Milán pareció achicarse a lomos de las excentricidades de un delantero con más fama y leyenda que juego y números. Ensancharon hasta coger el tamaño justo para el partido todos los nuestros pero destacaron un Godín expeditivo, unos brillantes Mario, Koke y Gabi, siempre Gabi, y un Diego Costa que volvía a corroborar que cuando los partidos cogen tamaño de buey de arrastre, él siempre estará allí. Merecía el Atleti ponerse por delante pero no acababa de llegar la ocasión propicia. Hubo quien reclamó a voz en grito algún disparo desde fuera del área sabedor de que enfrente estaba Abbiati, el portero que más que tirarse se acuesta pero tuvo que ser, claro está, de nuevo el balón parado el que impartiera justicia en el marcador.

Sacó Gabi un córner con vocación de quedarse corto y un defensor despejó alto, muy alto, tanto que el balón debió andar cerca de pegar contra algún satélite en órbita o contra la mismísima estación espacial internacional. Bajó el balón sin prisas. Llovido y medio flojo, casi ingrávido. Esperaban en el segundo palo Diego Costa y Miranda y hubiéramos pensado que vaya casualidad que fueran ellos dos, los de los goles en ocasiones espaciales, los que estuvieran allí si este Atleti de El Cholo diera lugar a pensar en casualidades en vez de en movimientos estudiados y medidos. Cabeceó Costa casi de parado, extrayendo del cuello toda la fuerza que el balón con ínfulas de astronauta no traía consigo y Abbiati, fiel a sus principios, hizo que se tiraba cuando en realidad se acostaba para contemplar como entraba en la portería ese balón que pareció soso en sus comienzos.

Queda la vuelta, sí, y habrá que tratarla como merece. Será un partido también de tamaño apreciable. Probablemente no de tamaño tan grande como el de ayer, por el resultado y por la moral con la acudirán los milanistas al Calderón, pero será de buena talla. Seguro que será un partido como todos los partidos grandes, con fases bien diferenciadas y seguro que el público sabrá fabricar el ambiente que estas citas requieren. Seguro también que los nuestros se pondrán el traje apropiado para la ocasión. Un traje que valga para asistir a la fiesta de los cuartos de final, una fiesta a la que el Atleti parece invitado por méritos propios.  




Miraban los dos, el ruso y el americano, por la escotilla en dirección a la Tierra y reparaban en que a cada vuelta parecía coger mayor tamaño la mancha que se estaba extendiendo por todo el continente europeo. La mancha, de dos colores, rojo y blanco, había surgido en la parte norte de la península itálica y ya dominaba casi en su totalidad el territorio del viejo continente. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Lo de menos y lo de más

Se acercaba la afición al campo y daba la sensación de que, cosas de la vida, el partido y el fútbol por extensión era lo de menos pero a la vez era lo de más. Se acercaba la afición al estadio y se respiraba un silencio espeso, pesado, lleno hasta rebosar de respeto, un silencio que se había instalado muy dentro de todos desde que el sábado por la mañana el café y el alma se quedaron helados al oír la trágica noticia. Se acercaba la afición al recinto y quien más quien menos notaba presente la abrumadora ausencia, la certeza de la falta, el vacío tan complicado de describir del que se suele hablar en casos como este. Se acercaba la afición al Manzanares y todos se sentían huérfanos, los más grandes huérfanos de padre y los más pequeños huérfanos de abuelo. Miraba uno al escudo y detectaba que el oso también se sentía huérfano ahora que la vida le había privado de aquel que nunca permitía que fuera pisado aunque fuera sin querer. Notaban todos muy dentro esa orfandad mordiéndoles pero también sentían orgullo, orgullo de haberle conocido, de haberle abrazado como referencia, de haber sabido hablar de él a otros y de haber sabido escuchar sobre él. Se acercaba la afición al Paseo de los Melancólicos y se echaban de menos las patillas gruesas y las gafas que cambiaban de montura mucho después de lo que las modas aconsejaban. Se echaba de menos el chándal de aquellas épocas y el de otras más recientes. Se echaban de menos las faltas dirigidas con precisión a la escuadra y los pies que aguardaban en el interior de los míticos zapatones. Se echaba de menos su voz resonando en los vestuarios, esa voz que hablaba de ganar, ganar y luego ganar, esa voz que sabía tocar la fibra sensible del que escuchaba. Se echaban de menos los malos modos, la alergia a las medias tintas, el culo pelado, la socarronería y se echaba de más a aquellos que le negaron el pan y la sal, a los que le pretendieron licenciar con deshonor por no casarse con nadie y por arrancar de los vestuarios patrios malas hierbas con el siete a la espalda. Se acercaba la afición al Vicente Calderón y a cada pocos pasos surgía otro que contaba una anécdota sobre él, una de esas que a pesar de tan escuchada, toma forma nueva cada vez que se relata. Terminaban las historias con una media sonrisa, mitad triste y mitad alegre y con un suspiro hondo con vocación de punto y aparte.


Ocupó la afición de manera ordenada su localidad y recorrían con la vista el estadio que es su casa y siempre será la de él ya desde antes de aquel lejano pero recordado día en el que, cómo no, la inauguró con un gol. Andaba la afición con un escalofrío metido en la espalda, un escalofrío que hacía asomar lágrimas en unos y necesidad de homenajear al ídolo en todos. Saltaron al campo varios veteranos portando la camiseta con el ocho y el silencio volvió a imponer su ley para dejarse vencer a continuación por las voces entrecortadas. Comenzó el partido que era lo de menos pero seguramente lo de más y se puso por delante el Atleti casi llegando al descanso a pesar de no estar mostrando una cara brillante. Fue Villa el que convirtió en esos terrenos en los que los goleadores pisan con paso firme y alzó los brazos al cielo, recordando y volviendo para luego lesionarse, esperemos que levemente. Achuchó el rival, que estaba aunque casi nadie había reparado en él y Diego Costa y Miranda despacharon el partido por si hubiera alguna duda de que un partido así, con todo lo que lo envolvía nunca podría haberse escapado. Aún hubo tiempo para que redebutara el indeciso Diego y pareció que año y medio no es nada redondeando un partido que sabe a liderato en solitario a pesar de ser lo de menos o a lo mejor lo de más.




Marchaba la afición hacia sus casas tras haberse demorado algo más de la cuenta en el estadio, tal vez intentando aprehender un trocito de la noche vivida y guardarlo en un baúl de tesoros de valor incalculable. Flotaba de nuevo un silencio reinante y despótico que parecía dirigir los pasos de los aficionados y uno se paró a mirar a sus iguales. Miraba uno a los ojos de la afición y veía agrandarse una leyenda, una enorme y de varios colores pero principalmente de color rojo y blanco. Veía uno también calor, emoción y esa bendita sensación de pertenencia que solo ustedes y yo tenemos el placer de sentir. Se detectaban más cosas en aquellas miradas: nostalgia acompañada del dolor frío del que no se lo espera, reconocimiento a esa irrepetible figura y sobre todo agradecimiento. Sí, todos los ojos gritaban diciendo gracias. Gracias por lo que dejó en el campo y en el banquillo. Gracias por estar cuando nadie quería y no estar cuando no tocaba. Gracias por aquella alegría infinita pero efímera truncada por un alemán de nombre impronunciable. Gracias por saber hacer ver a los jugadores que detrás de ellos había varios miles que tocaron el cielo en noches como aquella. Gracias por vencer al dragón de los cuartos de final. Gracias por existir y haber sido de los nuestros. 

lunes, 27 de enero de 2014

Arte, facilidades y otro penaltito...

Quedó la tarde agradable aunque algo ventosa y el aficionado aprovechó la tregua meteorológica para acercarse al fútbol, que si bien este era un partido fuera de casa es un fuera de casa pero como si habláramos del rellano, que no está en casa pero casi. Notó el aficionado que muchos otros como él se acercaban a Vallecas y reparó que tanto hinchas locales como visitantes mostraban un carácter alegre y optimista. Todo el mundo sonreía y dejaba salir antes de entrar en los bares y hasta se minimizaron las típicas discusiones prepartido sobre si esta ronda debe ser pagada por el que suscribe o por usted, que pagó la anterior con gran éxito de crítica y público. La razón de este ambiente jovial y armonioso debe buscarse en la penúltima medida del gobierno, que por fin le ofrece al pueblo llano algo de esperanza que echarse al zurrón tras tanto recorte. Se notaba en el ambiente el alborozo que provoca en la ciudadanía la bajada del IVA para las obras de arte, algo sobre lo que el españolito medio o incluso el españolito pegado a banda andaba seriamente preocupado. Escuchaba el aficionado las conversaciones que tenían lugar en los aledaños del estadio situado en la calle Payaso Fofó y no se hablaba más que de la escultura que mañana le traían a casa al mediodía o de si sería mejor adquirir oleo o acuarela dada la sequedad del clima madrileño y el común abuso de la calefacción en comunidades de vecinos de cierta edad. Con una sonrisa se dirigieron todos los espectadores a sus asientos en el coliseo franjirrojo y casi todos pensaban en que tras pasar tanto tiempo contritos y con el culo apretado pensando en menudencias como llegar a fin de mes o pagar un recibo de la luz que bate el record del mundo de altura de recibos en pista cubierta cada vez que llega, ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora….


Salió el Atleti con Sosa en un lado y Koke en el mediocentro a pesar de que a Resurrección le tenía preparado Simeone un día de descanso. Tiago se resintió de lo que se resintiera en el calentamiento y el todocampista que últimamente ha mostrado síntomas de fatiga tuvo que ser de la partida. Salió también Manquillo sustituyendo a Juanfran y cumplió como suele hacerlo aunque le pitaran un penaltito tan tonto y minúsculo como el de la semana pasada, esperemos que no sea una moda dictada a implantarse. Salió el Atleti dispuesto a resolver el partido rápido, a matar sin hacer sufrir, a pintar el cuadro del partido a la carrera. Arte conceptual. Presión y compromiso en tonos pastel. El Rayo, equipo que apuesta por un arte kamikaze e inconsciente, regaló, como suele hacer normalmente, un balón a Villa y Diego Costa nada más comenzar el encuentro. Cedió el de Lagarto el balón al asturiano para que definiera arriba en lo que iba a ser el inicio de la tónica de la noche: variaciones en el arte de la asistencia generosa. Pudo el Rayo empatar enseguida por obra y gracia del penaltito del que les hablaba antes pero allí estaba ese nuevo valor del arte belga, ese que pinta estiradas imposibles, ese al que habría que inmortalizar en busto o incluso en escultura de cuerpo entero destinada a decorar algún rincón coquetón de la casa rojiblanca.



Acusó el Rayo los dos golpes de cincel a su maltrecha moral y fue entonces cuando el Atleti empezó a gustarse. Fabricaba el Atleti peligro principalmente por banda izquierda y mezclaba con gusto gamas de colores en los que pisaba Arda, centraba con intención Filipe para que Villa dejara despacito a Costa y Sosa de cara a rematar pudiendo sentenciar. En otra de esas obras de arte en las que nuestro equipo mezcla lo mundano y lo celestial llegó el segundo. Balón al espacio a Costa que utiliza el cuerpo como nadie, pase generoso a Sosa que, presa de una mayor generosidad si cabe, deja balón franco para que Arda trace empujando el balón la última pincelada de tan brillante combinación.


Notaba el Atleti que la empresa iba a ser fácil y se relajó un tanto en defensa, cosa rara. Se vio en Vallecas a una retaguardia más despistada, menos segura de sí misma y así llegó el 1-2, con rebote artístico y burlón incluido. Tuvo tiempo el primer tiempo de dejarnos un segundo gol de Arda lleno de pillería y un susto apreciable al ver a Diego Costa en el suelo echándose mano un poquito más arriba de la rodilla. Hubo aficionados que, a pesar del comprensible alborozo que la medida gubernamental provocó en ellos, pasaron un susto morrocotudo al ver caer al delantero centro e incluso vieron pasar ante sus ojos su vida y la temporada entera en diapositivas.

Poco se puede decir de la segunda parte. Quedó casi todo el arte concentrado en el primer acto y este segundo envite perdió fuelle entre las facilidades con las que el equipo vallecano agasaja a sus rivales y la suficiencia del deber cumplido de los nuestros. Dos goles más hubo, sí. Uno de Costa y de Saúl al alimón tras otra obra cumbre de la asistencia de Filipe y uno para los locales de Larrivey, jugador con nombre de coñac peleón y pelos desgreñados, tras defensa flojita de los nuestros.

Vuelta a la senda de la victoria tras dos empates que dejaron muy diferentes sabores. Al cierre de estas líneas, el que suscribe no tiene claro si tomar el partido de ayer como vara de medir de nada debido a la inocencia del rival, un rival que huele e incluso apesta a lo mismito a lo que huele el Betis, para entendernos. Cierto es que se vio mejor juego y no pareció acusarse esa fatiga que asomaba en segundas partes y sprints exigentes pero ni ahora ni antes deberían sacarse demasiadas conclusiones. La tan cacareada rotación en Copa pareció sentar bien a Villa, otro buen partido del asturiano, y al goleador Arda y menos bien a Miranda, por ejemplo, pero la no rotación entre semana pareció no afectar a Diego Costa ni tampoco a Filipe y Godín. Parece que Sosa empieza a meterse en la dinámica y parece que el hombro de Óliver nos va a privar de verle por un tiempo. Courtois es un seguro de vida y habría que cuidar a Koke, pero no sería de recibo ponerse a buscar brotes verdes donde siempre los hubo, en este pasto de césped bien cuidado que está siendo la temporada de los nuestros, pero tampoco perder el espíritu crítico ni no apreciar el cansancio que a veces aparece. Mientras tanto seguiremos disfrutando de este Atleti con alma de artista encaramado a la cima de la clasificación y nos iremos a una galería de las que están en el centro de la ciudad con las gafas de pasta y patilla gruesa puestas. Allí, nos gastaremos de manera gustosa lo que no tenemos en un orinal deconstruido con brochazos color lila en los bordes tras haberlo observado desde todos los ángulos posibles durante un buen rato sin poder asegurar si eso es arte o una mamarrachada pero nos iremos para casa felices y contentos porque ya era hora de que se diera una buena noticia, ya era hora…

lunes, 20 de enero de 2014

Cocidos maragatos y penaltitos

Hoy empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de impotencia, sí, por qué no decirlo.


Asediaba el equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti, le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e innecesario, pero serlo lo fue…




Llegó el diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico. Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.


Todo lo referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa. No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.


Hay veces que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante, reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reflexiones que quedan cortas sobre el derby

Justo antes de la hora de la cena, que es cuando los expertos dicen que es mejor hacer estas cosas, el hombre que vestía de negro riguroso se sentó en el borde y puso el tapón en el desagüe. Seguidamente abrió el grifo para que se fuera llenando la bañera y puso la palanca del monomando al medio pero un poco a la izquierda, con rumbo suroeste, vamos, que así se evitan chorros inesperados de agua gélida de los que acechan en la posición central. Mientras subía el nivel del agua, nuestro elegante protagonista medía cuidadosamente la temperatura con un termómetro encastrado en una tortuga de ojos saltones y colores vivos. Treinta y siete grados, lo justo. Aprovechó el tiempo que le sobraba para preparar una toalla con capucha y motivos de ositos, el body milk y hasta un patito de goma amarillo que sirviera de entretenimiento durante el proceso. Fue entonces, cuando todo quedó dispuesto de manera precisa, cuando el hombre de negro se acercó al banquillo de al lado para coger amorosamente a su colega, de nombre Carlo y de apariencia muy similar a la de Alec Baldwin, y se dispuso a darle un baño de madre y muy señor mío….

Se nos acaban los adjetivos, damas y caballeros. En recientes convenciones de blogueros, columnistas y lanzadores de bulos especializados en este Atlético de Madrid al que no se le atisba techo, los asistentes se quejaron de la cortedad de las palabras y la escasez de las hipérboles para calificar el crecimiento de este equipo y su desempeño en todas las ocasiones, en grandes y pequeñas citas. Se dice incluso que existe un mercado negro de adjetivos en el que adquirir algunos nuevos con los que glosar las hazañas de Simeone y los suyos, pero aun así ninguno es capaz de hacer justicia a lo vivido. Poco les podría yo añadir a todo lo que habrán visto y leído. Si acaso podría hablarles de ese pellizco de orgullo localizado en un lugar indeterminado entre el pecho y el estómago que últimamente sentimos todos. Tal vez les pudiera hablar de lo fácilmente reconocibles que somos ahora los seguidores colchoneros por ir andando por la calle con una sonrisa de oreja a oreja. De todas formas, y aun sabiendo la justeza de lo que yo pudiera aportar, aun sabiendo que lo que aquí lean les va a quedar como un jersey de algodón lavado con agua caliente, aquí se lanza el que suscribe.

Corto quedará todo lo que les diga sobre el partido. Corto lo que se añada sobre la presión asfixiante o sobre el jugar el balón con criterio, aspecto que no en todas las ocasiones se puede destacar. Corto y raquítico lo que les dijera sobre la firmeza de la defensa, sobre dos centrales que están tomando tintes titánicos y sobre un portero que nunca falla, y si falla y a punto está de liarla parda, tiene la suerte de su lado. Corto y de segunda mano sería todo lo que podría servidor pudiera expresar sobre los laterales. Uno, el izquierdo, brillante en el ataque y en la presión fruto de la cual llegó el gol del encuentro. Otro, el derecho, más sacrificado porque así tocaba, más pendiente de bailar con la más fea, aunque ella se crea guapa y relamida, más comprometido con vigilar a ese jugador que se suele reivindicar metiendo goles de dos en dos o de tres en tres a equipos que coquetean con el descenso. Corto y encogido sería lo que pudiera contarles sobre la jerarquía de Gabi y cómo siempre se encuentra donde se le espera. Ayudando, ofreciéndose o haciendo faltitas tácticas cuando se tercia. Pocas veces un brazalete le ha sentado a un jugador como le sienta a él, llegando a un punto de que uno no sabe si el brazalete no se pudiera sacar de su brazo y se ha fundido con su piel más allá de los terrenos de juego. Corto y escaso sería todo lo que se declarara sobre el partido de este Tiago renacido que ha dejado atrás, milagros Simeone mediante, toda esa abulia con la que aderezaba sus actuaciones. Hace poco tiempo, no demasiado, la jugada más representativa del portugués era el señalar a sus compañeros hacia dónde debían ir sin ir él nunca hacia ningún sitio, hoy, es él el que acude con disposición a donde toca y también a donde no toca, y si a eso le sumamos el buen trato hacia el balón que siempre mostró, para qué queremos más. Corto y extremadamente conciso sería lo que les mencionara sobre el partido de Villa. El asturiano ha asumido su rol, menos dado al escaparate que lo esperado y lo ha hecho silenciosamente y con buena cara. Cierto es que vive ahora más alejado del gol y sus circunstancias, pero ayuda al equipo a desplegar un juego de más combinación. Amén de para meter goles, que lo hará, para jugar este tipo de partidos vino y hasta el momento, sin enamorar, no ha defraudado.



Si de cortedad hablamos, lo corto se vuelve diminuto cuando de glosar los minutos, los partidos y la temporada que llevan los tres titulares que faltan por mencionar. Corto de sisa todo lo que se expusiera sobre Don Jorge Resurrección, que de don merece ser tratado. Koke está cogiendo hechuras de jugador de época, de centrocampista total, de medio con pulmones fabricados en Alemania e imaginación salida de una orfebrería latina, de visionario que encuentra los resquicios que los demás no aciertan a ver a la espalda de los contrarios, de crack con cláusula de rescisión demasiado baja sea ésta todo lo alta que pueda ser. Corto e insuficiente todo lo que se explique sobre Arda Turan. A su ya consabido duende, a esa clase que destila en cada lance, ha añadido un compromiso impensable para un jugador de sus características. No solo brota poesía de sus botas cuando el balón tiene a bien pasar un rato con él, además deja detalles de los que se fijan en las retinas del hecho diferencial rojiblanco. Como ejemplos, podríamos citar esa bronca a Diego Costa poniendo la misma cara que Leónidas y sus 300 guerreros en las Termópilas, el blocaje que sirvió de reflexión al árbitro unos segundos antes cuando, a juicio de servidor, el de Lagarto estaba ya expulsado o una carrera de casi cien metros tras corner mal sacado persiguiendo sin ceder un metro de ventaja a esa nueva estrella que, a pesar de sus esfuerzos por parecer un deportista de diseño, atesora cara de tonto del pueblo. Corto y exiguo sería lo que pudiera uno aportar sobre el estado de forma de Diego Costa, sobre esa sangre fría, sin duda producto de su lugar de procedencia, Lagarto, que exhibe para finalizar a los palos largos, sobre el constante combate, sobre tener que salir del partido exhausto como única posibilidad, sobre el no rehuir el choque.


Corto y esmirriado quedaría todo lo que les diría y corto y esmirriado fue también el resultado que pudo ser de los que quedan para la historia. Cortas y malogradas aquellas oportunidades perdidas: el cabezazo de Tiago, el sutil lanzamiento de Koke a la escuadra y el mano a mano que Costa no le venció al agotamiento. Corto como de costumbre el argumento del rival cuando alguien se salta el guión, cuando la banca no gana en la ruleta: la protesta, el encanallamiento del prepotente, la impotencia del supuestamente omnipotente, la mueca de las mocitas con acné purulento, la rabieta del niño consentido, el codazo de un lateral con alma de cono y el saltarse la medicación de los que no controlan la ira. Quedó todo corto y poco más les podría decir yo porque todo quedaría con la longitud de un pantalón pesquero o de una manga francesa. Bueno, tal vez les podría hablar sin parar del hombre de negro y del agradecimiento infinito que todos debemos profesarle por devolvernos lo que los despachos se empecinan en arrebatarnos. Si corto parece lo que se enuncia sobre todo lo anterior, corto y diminuto sería lo que las palabras permitirían dibujar para hablar sobre él. No será el que suscribe el que añada más cortedad a toda su grandeza, a su saber y a cómo lo pone al servicio de la causa rojiblanca. Además, no quisiera servidor entretenerle con cortedades y minucias, todavía tiene que secar a su colega tras el baño…  

jueves, 19 de septiembre de 2013

Las señoras enfadadas

Si ustedes tienen a bien darse un garbeo por San Petersburgo, cosa que les recomiendo, la imagen que les quedará de la ciudad más allá de la afrancesada monumentalidad, del Hermitage, del tráfico infernal o de las aspirantes a modelo de piernas infinitas que se cuelgan del brazo de señores con cuello de toro cinqueño será la de las señoras enfadadas. No existe salón de museo, taquilla de atracción turística o puesto de cobro del metro en el que no se haya habilitado una silla sobre la que descansa las posaderas una señora con gesto avinagrado. Ellas están ahí para afearle a usted cualquier actitud que se le ocurra adoptar: que si no se pueden tirar fotos, que si no queden atrás del grupo, que si no se adelanten al grupo, que qué es eso de tener ganas de hacer pis, sigan, sigan, dicen maldiciendo en cirílico. Casi no hay que proporcionar motivo para recibir una bronca de esas damas de falda desgastada, de esas herederas de la más rancia tradición soviética del ceño fruncido que hasta se permiten el lujo de propinar un pescozón a un viajante de embutidos de Vitoria que solicita amablemente si podría tirarle una foto con la parienta delante de un icono. ¿Que qué tiene que ver esto con el partido de ayer? Pues más allá de la procedencia del rival, no mucho la verdad, pero ahí lo dejo por lo que pueda pasar.


Saltaron los equipos al campo y una vez alineados para el besamanos comenzó a atronar por la megafonía el himno de la Champions. Quien más y quien menos sintió en la boca del estómago ese cosquilleo peculiar de las grandes ocasiones y lo atribuyó no tanto a la grandeza del rival o de la competición si no a la musiquilla esa que se te mete por el espinazo. Fueron muchos los que, sin duda llevados por la emoción del momento, proclamaron que el himno de la Champions es al fútbol lo que Paquito Chocolatero a las fiestas de pueblo, afirmación que desde la gerencia de este blog se eleva a rango de teorema.

Puso Simeone en liza al equipo de gala habitual y puso a Adrián, el añorado, para suplir a Diego Costa. Dispuso el entrenador del Zenit a su equipo en el campo con planteamiento rácano de inicio, lo que unido a la equipación de los rusos planteó dudas sobre si era el Zenit de San Petersburgo o el Poli Ejido. No quería el rival ir a buscar nada y el Atleti lo buscaba atenazado o más bien precavido, que ya se sabe que en cumpleaños de cuñados y torneos cortos como este los traspiés se pagan caros. Llegaba el Atleti poco y si lo hacía era aprovechando los balones parados, en los que Koke está empezando a opositar para cátedra. Fruto de uno de ellos se adelantó el Atleti tras remate de Miranda en el primer palo. Un remate que nos recordó a aquel otro de hace unos meses que tan felices nos hizo.



Tras el descanso, se puso el partido arisco, enfadado como las taquilleras del metro de San Petersburgo. Los rusos adelantaron líneas y ni las paradas de Courtois ni el larguero pudieron evitar el empate de Hulk, jugador con pinta de cantante de bachatas con pasión por los anabolizantes. Enfadada pintaba la cosa y daba la sensación de que aquel equipo timorato de los primeros cuarenta y cinco minutos podría llegar a atreverse a echar un jarro de agua gélida sobre las ilusiones rojiblancas. Sacaba el Zenit su cara de señora enfadada y se mostraba el Atleti tímido, temeroso de decir que quería ir al servicio a pesar de tener ya las rodillas juntas para evitar desalojar la vejiga.

Tuvo que ser él. El que no entiende de enfados ni de caracteres avinagrados. Ese que se parece a ese amigo que todos tenemos al que nuestra mujer le tiene algo de manía por ser gracioso y hacernos olvidar las obligaciones propias de un consorte. El turco de la barba. El adalid y mesías del ardaturanismo. El que peleó un balón que deseaba entrar en la portería pero se resistió a ello. El que metió un gol de rebote que los más fieles a la causa califican como un milagro con aroma otomano. Fue él el que con el gol devolvió la tranquilidad a la parroquia, la condición de inofensivo al equipo ruso y hasta le sacó a regañadientes una sonrisa forzada a todas las señoras enfadadas que pueblan las atracciones turísticas de San Petersburgo.

Quiso Baptistao sumarse a la fiesta con un tanto de jugador que lleva más dentro de lo que hasta la fecha ha enseñado y se llevó el Atleti los puntos en su partido menos inspirado desde que ha comenzado la temporada. A pesar de las bajas, de lo que pesan ciertas competiciones y su himno y de los partidos que se ponen con cara de señora enfadada se sobrepuso este Atleti de fuertes convicciones. Desde ayer, dicen las guías turísticas de San Petersburgo que hay salas de museos en los que alguna señora de falda desgastada se permite el lujo de esbozar una sonrisita de vez en cuando, que es algo que más allá de la procedencia del rival del partido de ayer no tiene mucho que ver, pero ahí lo dejo por lo que pueda pasar.  

lunes, 16 de septiembre de 2013

Relaxing crónica del Atleti-Almería (o de cómo la Agonía se pasa al bilingüismo de andar por casa...)

El despertador de Casiano suena pronto, tan pronto como cantaría un gallo si hubiera algún gallo cerca del feo bloque de pisos en el que vive desde que se casó. Todas las mañanas sale de casa hacia el trabajo, ese bien tan preciado en estos días, y recorre el trayecto abstraído, pensando en sus cosas. Nada más llegar al sitio donde desarrolla su actividad se pone el mono de faena y comienza a realizar mecánicamente las tareas que él mismo se impone. Le da igual eso de ser el único que desde hace mucho tiempo aparece por la obra. Él, cumplidor como es, prepara la mezcla, la extiende sobre el muro que está levantando y apila ladrillos con la máxima precisión aun sabiendo que no habrá capataces ni aparejadores que revisen lo que hace, que nadie se pasará a ver cómo va una obra a la que los tiempos y las circunstancias están dejando morir de inanición. Cierto es que de cada seis meses más o menos aparece por allí una cuadrilla de obreros de diseño. Obreros con el mono inmaculado y con la manicura recién hecha que no se paran siquiera a saludar a Casiano. Justo esos días aparecen también muchos periodistas que tiran fotos a los peones repeinados mientras cogen un ladrillo y lo llevan de un lado a otro enseñando una sonrisa que acompañará a las noticias sobre lo adelantado que va todo. Casiano sabe que ni esas representaciones ni los acontecimientos de la semana pasada cambiarán el hecho de seguir trabajando en soledad, de no tener siquiera un compañero al que comentar el frío que hace o si ha dormido mal, pero continúa con sus quehaceres pese a todo. Manda a Casiano para allá, dijo el arquitecto sabedor de la fama de responsable que se ha ganado nuestro protagonista en la constructora. Allí sigue él. Solo él. No abandonará su puesto pese a parecerle extrañísimo que solo un obrero esté trabajando en un estadio con vanas aspiraciones de olímpico. Él seguirá yendo pase lo que pase y apenas se permitirá acercarse a media mañana a un bar de Canillejas para tomar una relaxing cup de café con leche, que es cosa typical de Madrid…


Jugaba el Atleti contra el Almería en horario de relaxing café, copa y puro y la gente se acercó al Calderón happy y contenta, con ganas de ver fútbol. Había ganas de disfrutar one more time del equipo tras el siempre inoportuno parón de national teams y la gente comentaba de camino al estadio que visto lo visto seguirá siendo nuestra home por muchos years, sobre la de time que ha debido pasar desde que three jugadores del Atleti jugaran de titulares con la Red. Realizó El Cholo some cambios con respecto al equipo de costumbre y dejó en el banquillo a Mario, Arda y Miranda. Salieron por ellos el renacido Tiago, el musculoso y llegador Raúl García y el debutante Giménez, que mostró criterio during the match a la hora de sacar el balón y dudas a la hora de ir al corte, incluido el de pelo. La no presencia de Arda otorga al Atleti un talante more industrial, more de maquinaria pesada. Una escuadra que apuesta por el heavy metal sobre cualquier otro posible estilo. Lidera a la voz Diego Costa, esa pesadilla para cualquier central de estos times, se apunta al bajo Villa y a la percusión de la moral del adversario Gabi.  



Resistió poco el Almería, la verdad, y no es cuestión de minusvalorar el trabajo of the rival cuando enfrente se planta esa cadena de montaje futbolística en la que se ha convertido el Atleti. Primero Villa tras mostrar dotes adivinatorias sobre para dónde iba a salir un rechace and then Costa de penalti pusieron a los nuestros en advantage. Antes del descanso acortó el contrario tras jugada atropellada y de blandura defensiva pero fue un espejismo, palabra que servidor no sabe cómo se dice in english y por eso no la traduce y mucho menos la pronuncia.

After the break, siguió el Atleti a lo suyo. With esa actitud machacona, with esa hambre, with esa máxima de no hacer prisioneros. Avisó Koke haciendo temblar the larguero y, más tarde, sentenció Tiago tras asistencia de Simeone con la pizarra. Quedó tiempo para poco más, si acaso para ahorrar esfuerzos de cara al compromiso Champions y para que Raúl García y Koke consiguieran el cuarto al alimón antes de que el rival maquillara el resultado o como se dice en la lengua de Shakespeare, making up the result.


Sigue el Atleti a lo suyo y lo hace encaramado on the top de la clasificación. Cuatro de cuatro. Sigue el Atleti ahí y, lo más importante es que llega al objetivo siguiendo distintas ways, todas ellas válidas. Cuidando más o menos la estética la cosa funciona y cada match que pasa la afición se contagia de optimismo sin atisbar límites. ¡Que pase el siguiente!, o el next, que se diría, reclama el personal mientras degusta un relaxing café con leche, que es cosa typical de Madrid…

lunes, 19 de agosto de 2013

De ligas que empiezan, solvencias y fuegos artificiales

Empezó la liga y lo hizo casi sin que la afición estuviera preparada para ello. Empezó antes que nunca, antes de operaciones retornos, de vueltas al cole y mucho antes de que se vayan a tomar por donde amargan los pepinos las olas de calores saharianos. Empezó y lo hizo con horario de pregón en la plaza del pueblo, empezó pronto en la fecha y muy tarde en la hora, como si fuera una tanda de penaltis en una semifinal del trofeo Carranza. Empezó y varios tuvieron que elegir entre el fútbol a deshora o ir a ver los fuegos artificiales de fin de fiestas. Tú avísame cuando vaya a explotar la palmera y ya salgo yo del bar para decir ¡oooooooh!, que es lo que toca en semejantes circunstancias, dijeron algunos intentando justificar su ausencia en la explanada en la que todos los habitantes del pueblo, aborígenes y veraneantes putativos, se arriesgan a que el palo de un cohete les saque un ojo en honor a la Virgen de la Chancla Suelta.

Empezó y uno repara en que se ha atenuado notablemente ese hormigueo que hace unos años sentía en los mondongos cuando empezaba la competición doméstica, hecho que solo puede ser achacable a la igualdad que se espera de una competición en la que los dos primeros suelen sacar un mínimo de veinte puntos de ventaja al más brillante de sus adversarios. Empezó la Liga y uno no tenía ni puñetera idea de qué fichajes había hecho el conjunto rival, ni de qué equipo tipo se iban a encontrar los nuestros enfrente, aspecto éste que debe ser atribuido a la alergia urticante que le provoca a la mayoría de los mortales cualquier contacto con la información deportiva estival y más concretamente con la referida al mercado de fichajes, tema que merece un espacio de frecuencia semanal en el canal Sci-Fi o un monográfico en Cuarto Milenio. Empezó la Liga y ya desde muchos días antes de empezar y a pesar del espartano régimen de desinformación al que somete uno mismo para no oír tanto disparate, uno está hasta los mismísimos forros escrotales de reportajes sobre cómo se van a complementar Messi y su nuevo y estrafalario compañero, al que desde este blog se llamará Marimar a partir de este momento, o de qué día se aparecerá un jugador galés sobre el que servidor de ustedes escuchó un brillante elogio por parte de un filósofo de chiringuito con riñonera en la que, sin duda confuso por la emoción del advenimiento, el susodicho llamó al zagal “Bareh Gay”, cambiando de un plumazo las consonantes iniciales de su gracia y rodeándole de un halo que solo tienen los locales del madrileño barrio de Chueca.

Empezó la Liga y a una gran parte de los que siguen el fútbol de manera atenta no les constaba que empezaba. Empezó la Liga y muchos sentían algo de pereza por su comienzo. Todo esto que le cuento, la pereza, las pocas ganas y la poca preparación ante el choque inminente se disiparon en un segundo, justo lo que tardó el aficionado colchonero en ver salir por el túnel de vestuarios a once tipos vestidos de rojo y blanco, y con pantalón azul, claro…



Salió el Atleti al Sánchez Pizjuán vestido de manera ortodoxa, el Cholo de azabache y negro y el Mono Burgos con chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello pese a los rigores estivales hispalenses. Salió el Atleti con una alineación conocida, esperada. Dispuso Simeone a los mismos que se batieron no hace mucho en lides que serán recordadas con el solo cambio de Villa por Falcao, ese delantero centro con ambiciones de prejubilado que busca un retiro en la Costa Azul. Salió el Atleti y no costó reconocerlo, algo que no era norma en tantos años como proyectos disparatados se han sucedido. Salió el Atleti y parecía mayo siendo agosto. Salió sabiendo a qué atenerse y dejándonoslo claro a nosotros también. Defensa prieta, centro del campo obediente tácticamente y presión meritoria para las alturas a las que estamos. Salieron los nuestros y se vio bien en general a la defensa y a los mediocentros, se vio más Koke que Arda y mucho más Diego Costa que Villa.

Tras unos minutos de achuche local, se hizo el Atleti con el partido con más oficio que juego, recitando una lección sabida de tanto repasada. Se encomendaban los nuestros al derroche de Koke y Gabi y, sobre todo, a la movilidad de Diego Costa y ese desquiciamiento generalizado que provoca su presencia en jugadores y aficionados de equipos de paciencia escasa y poca cultura balompédica. Empezaban y acababan nuestros ataques en él, conocedor del ascenso en el escalafón que se ha ganado a pulso. Llegó su primer tanto tras varios avisos y algún que otro susto a la salida de un corner peinado por un Miranda que empieza el año con esa pátina de solvencia con la que terminó el curso pasado. Empató el Sevilla pronto y el Atleti no se descompuso pese a que los hispalenses quisieron encanallar el partido pero no demasiado, que no son estas fechas que inviten a embozarse en una capa y esperar en callejones oscuros y mal ventilados con la calor que cae.

Comenzó la segunda parte y el partido andaba perdido en naderías hasta que entró Óliver como primer cambio en lo que pudiera interpretarse como un ascenso también para él, pasando de recurso a solución, pasando de coleccionar de minutos a atesorarlos. Salió Óliver y empezó a mostrarse, a ofrecerse como hacen los que saben de qué va esto. Se hizo el Atleti con el balón de manera natural y con más intención y fue entonces cuando Koke vislumbró un hueco para lanzar un balón profundo y dañino a Diego, cuyo partido merecía más premio que solo un gol. Acompasó el de Lagarto su carrera a la del cuero para cruzar un balón que suponía victoria y refuerzo en lo que se hace. Quedaba tiempo todavía para que debutara Baptistao y para que el Cebolla desbordara y abusara de un individualismo que nos regaló un gol tardío, un gol de los que le gustan a él, siempre en constante idilio con los tercios últimos de los encuentros.


Empezó la Liga y volvimos a ver al Atleti solvente que el Cholismo nos regala. Empezó la Liga y, a pesar de las carencias que se antojan, especialmente en la zona ancha, sigue triunfando la idea por encima de condicionantes estéticos. Empezó la Liga y la pereza que daba la fecha y el horario se acabaron esfumando pese al trasnoche canicular. Empezó la Liga y mereció la pena perderse los fuegos artificiales para volver a este Atleti cumplidor que abrazamos pese a ese vicio con forma de poca brillantez en ciertos momentos. Empezó la Liga y los nuestros siguen siendo fiables, pese a horarios, rivales, ausencias y vacíos. Empezó la Liga y continuamos agarrados con fe a lo que dictan un señor que ayer vestía de azabache y negro y a otro que llevaba la chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello a pesar de los rigores veraniegos… 

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 8 de abril de 2013

Empacho de torrijas y soserías


Ya de entrada se vio que la cosa pintaba sosa. La parroquia andaba todavía sacudiéndose el recuerdo ya casi lejano del empacho de torrijas, de las procesiones en las zonas peatonales del casco viejo de la ciudad y de las procesiones en la A-3 desde Chinchilla, sentido Madrid. La gente rumiaba el recuerdo de las vacaciones pasadas por una manta de agua y fue ayer salir un rayito de sol, aunque fuera pequeño y enclenque y se echó a las calles y parques sin gana ninguna de ver fútbol. Si a todo eso le suman ustedes que la representación se estrenaba en ese estadio tan desangelado del sur de  Madrid con nombre de jugador con maneras de veleta a la hora de repartir sus amores entre esos dos equipos que empachan más que las torrijas bien empapadas, verán que la cosa no podía ser de otra manera que sosa. Muy sosa.

Aparecieron los contendientes en el campo y al ponerse de cara al palco para el besamanos prepartido, repararon en la curiosa circunstancia de que los mandatarios de ambos conjuntos, presidiendo para la ocasión muy juntitos, se consideran simpatizantes abierta o soterradamente de otro equipo de Madrid que ayer no jugaba en Getafe y que no es el Rayo Vallecano, lo que tal vez pudiera haber echado un poco de sal al asunto, soso ya de por sí, pero nada, ni por esas. Salió el Atleti mejor y parecía que la cosa iba a ser un coser y cantar de esos a los que nos hemos acostumbrado desde que Cholo llegó a nuestras vidas. No es que la cosa fuera brillante, no. Los nuestros demostraban superioridad pero una superioridad algo insípida. Le faltaba al guiso una pizquita de algo. Aún así llegaban los nuestros con claridad y solamente la sosería en el remate de ese hermano gemelo de Falcao separado minutos después de nacer que lleva jugando con la rojiblanca en los últimos partidos nos privó de coger ventaja.  

Pintaba la cosa tan sosa que, siguiendo esa moda que de tan rabiosa actualidad se ha puesto en todos los campos de España, la afición en pleno del Getafe, cuarenta y nueve personas para ser exactos, la tomó con Diego Costa más que nada para animarse un poco. Para echar la tarde, que es un término que gusta mucho al que suscribe, porque los días salen y se pasan pero las tardes se echan. Dominaba el Atleti de manera anodina, dominaba pero poco, dominaba casi sin ganas, dominaba sin querer molestar. Dominaba pero pase usted primero que va cargado y además le sujeto la puerta que pesa un quintal ¿Qué tal el mayor? Estudiando agrónomos ya. Nos hacen viejos, ¿eh? ¡No lo sabe usted bien! ¡Y más con este tiempo que tengo el reuma que me está matando! Calle, calle, que arrastro yo un empacho de torrijas desde la semana pasada….



Así, entre fruslerías y conversaciones de ascensor sosas se llegó al descanso y comparecieron de nuevo los protagonistas para seguir con su puesta en escena insulsa. Enseguida se dio cuenta Simeone de que la contienda seguía por los mismos insustanciales cauces y sacó a Óliver al campo quitando a Koke, lo que a opinión del abajo firmante no debería haber ocurrido estando en el campo Adrián, que lleva un año con una sosería en todo lo alto que dan ganas de ponerle un cartel de transferible con letras gordas. La presencia de Óliver animó algo pero no venció la batalla a la sosería reinante y fue justo en este punto, harto posiblemente de tan poco y tan soso, cuando el trencilla de turno, en coalición con Miranda, Godín y sus despejes vagos en ocasiones, decidió echar sal a la cazuela pitando fuera del área un penalti que no fue y expulsando a Mario Suárez tras ver dos tarjetas muy de las que suele ver él. Tarjetas ni fu ni fa. Tarjetas de amarillo pálido. Tarjetas con color de espárragos de lata.

No hubo manera. Ni con ese toque picante que el estamento arbitral, esos orfebres del error del bulto, quiso aportar la cosa dejó de mostrarse sosa. Finalizó el partido con la sensación de que se habían perdido puntos. Deja el partido una sensación de ni frío ni calor que no acaba de gustar. Pareciera que se tratara de un partido primaveral de esos, ya con horario de verano, en los que tradicionalmente en Atleti no acaba de jugarse nada más allá de cuestiones menores. No es lo mismo ni de lejos, no jugarse nada por tener todo perdido, que por tener los deberes casi hechos, pero preocupa algo, la verdad. Preocupa por la sosería saboreada. Preocupa porque habrá habido algunos que tras ver el partido renegaron de la decisión de verlo cuando podían haber echado la tarde en el parque tomándose un Aquarius de naranja, que cosas más fuertes no se pueden tomar tras el empacho de torrijas que se arrastra como una condena desde hace unos días.