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jueves, 21 de julio de 2016

La investidura del nueve

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160720/Deportes/7315/delantero-Atletico-de-Madrid-fichaje-Simeone-choilismo-Mendes.htm

Al asunto del nueve del Atleti se le está poniendo cara de terceras elecciones. De poco sirvieron aquellas palabras, líquidas y calientes, de Simeone con la final de Champions recién muerta. Casi dos meses después, no acaba de atisbarse qué candidato se presentará a la investidura. Mientras tanto El Cholo completa los circuitos físicos ideados por el Profe Ortega al mismo ritmo que sus pupilos, quien sabe si para que las agujetas silencien las voces que en su interior gritan que algo no cuadra. Correr para olvidar, o algo parecido.

Higuaín, Aubameyang, Gameiro, Cavani, Morata, Diego Costa…la flexibilidad de la lista es tan infinita como insuficientes los plazos que el técnico se va a ver obligado a manejar para que el elegido mame cholismo antes de que llegue la hora de la verdad. Tal vez habría que instar a Cerezo a reformular uno de los mantras de la casa: los jugadores juegan donde quieren, aunque a veces quieren jugar un poco más lejos ¿Dónde está el problema? Entendiendo como atrayente el proyecto deportivo que el subcampeón de Europa puede ofrecer a una figura de tronío solo queda sospechar del vil metal. Quizás todo el dinero que se prometía para fichar haya habido que desviarlo a la compra de cemento y hormigón: la Peineta manda. Malamente puede llenarse un estadio, por muy cinco estrellas que vaya a ser, sin goles.


Los más crédulos optan por no dejar que los nervios gobiernen. Recuerdan como ejemplo las llegadas tardías de Villa o de Falcao, pactos alcanzados con agosto bien avanzado. Los más reticentes, entre los que servidor de ustedes se incluye, temen el arribe de un punta con marchamo de desecho de tienta. Uno de esos atacantes que permanecen sentados en su butaca contemplando cómo todos los demás danzan ya sobre la pista. Es posible, incluso, que el nueve llegue de la mano de Mendes y transmute de fea del baile a deseado con solo una leve capa de maquillaje. Sería de esperar una presentación con banda de música arrancándose con pasodobles para celebrar la llegada del susodicho antes de que el presidente del pelo infinito pronuncie a trompicones el nombre del elegido. Un fichaje al que se aceptará en segunda vuelta, con la abstención de ceja alzada de varios grupos parlamentarios de lo rojiblanco. Dios y Jackson Martínez, puestos a pedir, nos cojan confesados.

Pudiera también darse el caso de que nada de lo anterior ocurriera. Pudiera presentarse la competición de un día para otro, sin avisar casi, y obligar a configurar un once sin demasiado gol. Un conjunto titular preñado de mediapuntas -¡ay!- con el que afrontar los retos. Siempre nos quedará el buen hacer de Torres, haciendo de delantero titular en funciones, y la ciega confianza en un Simeone al que se visualiza machacándose físicamente para estar preparado para correr, por si fuera preciso y hubiera unas cuartas elecciones de las que huir a la carrera.  

lunes, 3 de junio de 2013

Despedidas, transistores y no saber de relajaciones

Mientras la veía alejarse pensó en todo lo vivido a su lado. En las mañanas radiantes, las tardes de tregua y las noches demasiado cortas. Se sintió solo y muy chico sin el calor que notaba cuando ella estaba junto a él. Se sintió vacío, como si algo se le hubiera roto por dentro. Ella no se dio la vuelta ni tan siquiera una vez para mirarle. Siguió andando decididamente por el andén poniendo más distancia entre ellos con cada paso. Una distancia que dolía…


Jugaba el Atleti en Zaragoza pero era casi como si no jugara. Jugaban los nuestros pero con la tranquilidad del que tiene hace tiempo los deberes hechos y pasados a limpio y lo hacía contra el equipo local, un mal estudiante de esos que siempre saca los cursos en el último momento. De esos que se la juegan al cara o cruz final confiando en que su atropellada manera de llevar la asignatura tendrá siempre compensación. Jugaba el Atleti pero andábamos todos con los ojos y los oídos en otros campos. Campos de los que la temporada también se despedía enfilando un andén del que salen trenes para el infierno o para la gloria efímera. Era una noche de transistores, vamos.

Siempre son emocionantes las tardes o noches de transistores aunque a día de hoy hayan perdido ese halo que tenían antes, cuando éramos un poco más jóvenes de lo que somos ahora. Cuando estos días sabían a copita de Fundador o de Centenario y a por todas. Cuando dejaban el regusto de las boquillas Targard o la tranquilidad de los seguros Finisterre para no dejar cosas en el aire. Cuando con cada gol se hacía un repaso de quién bajaba y quién se mantenía, de quién compraba los billetes en el maldito tren y de quién se quedaba en la estación con el equipaje lleno de alivio. No siente uno lo mismo cuando puede ver en multipantalla cada gol en conexión con la ciudad interesada. No queda lo mismo ver un gráfico explicativo de las opciones de cada uno con una aplicación descargada en el smartphone ni escuchando los goles en un iPod shuffle con dolby surround. Llámenme carcamal, pero no es lo mismo.

Salió el Atleti a jugar en este escenario de héroes por un día y de villanos de última generación y salió serio, como es norma, pero sin querer hacer más daño del necesario. Salió con un equipo parcheado y gustó ver a Pulido, al que hemos visto demasiado poco para lo demasiado que hemos visto al Cata, al tímido Insúa y a varios de los no habituales. Salió Diego Costa, que no conoce de partidos relajados ni de trámites y todos se encontraron con un rival condenado y con los brazos caídos. Les decía que el Atleti no quería hacer sangre de manera gratuita y hasta cedió el balón y alguna oportunidad a los maños, pero Courtois tampoco sabe qué es eso de parar a medio gas, de parar con las manos blandas y de tirarse como un saco de patatas, que es algo que sí se vio en porteros que defendían arcos en otros campos.



Se hizo el Atleti con el control del partido casi sin querer. Con muy poquito. Con las caídas a banda de Diego Costa, con el exuberante estado de forma de Koke y con dos o tres cositas más, todas pequeñas. Pudieron marcar los nuestros en varias ocasiones pero parecían no querer. No era plan de arruinar esperanzas por mucho que ya no hubiera transistores en la grada y por mucho que los aficionados jubilados del Zaragoza se quejaran de que la poca cobertura 3G en La Romareda impedía seguir la jornada a través de las redes sociales. Discurría el partido con el Atleti avisando, como en el cuento del lobo, hasta que salieron al campo Arda y Óliver y ya no hubo manera de contenerse de la clase que derraman por el campo los dos. Marcó Turan tras eslalon pinturero y casi lo hace Torres en una jugada que hubiera obligado a los presentes a buscar en lo más hondo de los bolsillos un pañuelo que agitar, aunque fuera de celulosa y con aroma mentolado.

Empataron los locales casi sin querer ni merecerlo y fue entonces cuando de la mano de los artistas y de ese delantero brasileño que no sabe lo que es no poner toda la carne en el asador en todos los partidos, el Atleti selló el pasaporte de los maños para el viaje a ninguna parte con dos goles que, sabiendo que dolían, no se celebraron. Terminó el partido y uno reparaba en lo malo que debe ser para un equipo que se juega cosas como las que se jugaba el Zaragoza tener de rival a este Atleti de Simeone en la última jornada. Ya le pasó al Villarreal antes. No conoce éste Atleti de relajaciones, de partidos de trámite ni de situaciones que pudieran ser tomadas por alguien como deshonrosas. No sabe manchar la camiseta con dejadez o abulia, lo que se agradece en toda circunstancia.


Se nos va la temporada. Se marcha y la vemos alejarse por el andén con paso decidido mientras nos quedamos vacíos por dentro. Se marcha y sabemos que volverá con otra cara, con otro peinado y con un vestido estampado de estreno a finales de agosto pero nos deja igual de apenados. Se aleja deprisa a pesar de tener que tirar de una maleta repleta de con las ilusiones y recuerdos que todos hemos puesto en ella. Sigue andando y en cada paso abre una distancia que es un abismo. El abismo de estos meses sin el Atleti en el campo. El abismo de los fines de semana sin esa cita fija. El abismo de las tropelías que se perpetrarán en despachos o restaurantes de varios tenedores. Se marcha y no se da la vuelta para mirarnos ni tan siquiera una vez. Se aleja y ya la echamos de menos por lo mucho que nos ha dado. Se marcha y sentimos miedo por lo que el verano nos puede quitar, que viendo los precedentes puede ser mucho. Se va y derramamos alguna lagrimita, no como las de Falcao, no, que de esas lagrimitas ya hablaremos más adelante, una lagrimita pequeña, muy sentida. Se marcha y no acabamos de asumir que lo haga, quisiéramos que temporadas así estuvieran siempre a nuestro lado. Ella sigue andando presurosamente, poniendo entre ella y nosotros una cada vez mayor distancia. Una distancia que duele.

lunes, 27 de mayo de 2013

Epidemia


CIRCULAR MS/SSP 2013/05/23

De: Ministerio de Sanidad/Subsecretaría de Salud Pública

A: Responsables de Áreas Sanitarias, Directores de Centros hospitalarios adscritos


Como continuación de las anteriores comunicaciones referentes a la avalancha de casos diagnosticados del ya conocido como síndrome de mayo, ésta subsecretaría ha bajado a nivel 2 la alerta estatal de criticidad epidemiológica. Aun así, se considera todavía prematuro e irresponsable poner en conocimiento de los medios y la opinión pública en general el gran número de afectados por la patología, evitando de esta manera malas prácticas como las que se produjeron en alertas de epidemia anteriores como la de la gripe aviar, en la que se puso en cuarentena a los pacientes canarios por lo que pudiera pasar.

Dentro de la política de transparencia y fluidez en la comunicación que siempre caracterizó a este departamento, se adjunta ensayo clínico de campo realizado por el eminentísimo internista Ataulfo Solozábal Molina en el que se desvelan algunas claves sobre la enfermedad a la que nos enfrentamos.

Sin otro particular, queden saludados atentamente.


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Anexo I: 23/5/2013 Apuntes del ensayo clínico con pacientes aquejados del conocido como Síndrome de Mayo dirigido por el Dr. Solozábal Molina adscrito al Servicio de Medicina Interna del Hospital Provincial Ignacio Urdangarín de Fuenteturbia de Abajo.


Desde la madrugada del pasado sábado 18 de mayo, el Servicio de Urgencias de éste centro recibe múltiples ingresos de pacientes que presentan cuadros de similares características: afonía que impide la emisión de ningún sonido, luxaciones de codo de diferentes grados, estado general de euforia con episodios de risa compulsiva y hematomas severos en parte interior de ambos brazos. Se deriva a los pacientes al traumatólogo de guardia que descarta causas endógenas en cuanto al tema del codo pero alerta de que los individuos, de todas las edades, sexos, clases sociales y color de ojos, deberían estar experimentando un dolor casi insufrible por el desplazamiento de la articulación y en cambio, se muestran eufóricos y no paran de sonreír. Ya por la mañana del día siguiente, se habilitan boxes de aislamiento para poner en cuarentena a los afectados y se pone en conocimiento del ministerio la sintomatología y el volumen de infectados, los cuales siguen en ese estado de permanente felicidad y hasta se funden unos con otros en sentidos abrazos que suelen terminar en sollozos y vertido de lagrimones de un tamaño que aconseja administrar suero en vena para evitar deshidratación. Poco a poco evoluciona favorablemente el tema de la afonía y los pacientes empiezan a articular palabras en voz muy queda, casi imperceptible. No obstante, la enfermera Ridruejo parece entender en varios de ellos fragmentos sueltos de conversación en los que se repite la frase: “¡Catorce años!”, lo que hace pensar a este equipo médico en un episodio regresivo preadolescente. A consecuencia de ello, se pide opinión a los servicios de Psiquiatría y Neurología, que descartan daño sobrevenido en el cortex cerebral y conductas esquizoides pero observan que, cuando algún auxiliar o celador que viste bata blanca se persona al lado de los infectados para vaciar la cuña, éstos estallan en carcajadas y señalan al interfecto con ánimo de guasa, no ocurriendo nada de esto cuando el profesional sanitario que los atiende viste bata de color verde, azul o berenjena tostada, que los hay muy procaces.

Pasadas las primeras horas la situación se estabiliza si bien siguen llegando pacientes con el mismo cuadro al servicio de urgencia. Al tercer día se firma el alta del paciente alfa, el primero que llegó a este centro, y mientras se abrazaba a modo de despedida con otros pacientes todavía en observación y saludaba a varios afectados que esperaban su turno para ser diagnosticados ocurre un hecho que pudiera ser relevante para la comprensión de la enfermedad que nos ocupa: el televisor de la sala de espera mostraba imágenes de la reciente final de Copa celebrada el fin de semana pasado y un paciente malencarado que se había desplazado como consecuencia de un ataque de acidez estomacal galopante comentó nosequé sobre el arbitraje, sobre la suerte y sobre los malditos postes. Justo entonces, todos los pacientes afectados por el síndrome de mayo presentes en la sala prorrumpieron en sonoros y continuos cortes de manga, algunos de ellos compulsivos, dedicados al paciente del ardor de estómago. Incluso los pacientes ya escayolados y a los que el hematoma se les estaba poniendo de color amarillo limón no dudan en brindar enérgicos y sentidos cortes de manga al interfecto que finalmente tiene que retirar sus afirmaciones tan cargadas de mal perder mientras todos los infectados por el síndrome carcajean a costa del susodicho, muy feo él, todo sea dicho.

Pasada una semana desde el estallido de la epidemia todos los pacientes en observación presentan evolución favorable. Muchos de ellos han solicitado al office de enfermería la posibilidad de obtener camisones a rayas rojas y blancas, atuendo éste que favorece la mejoría de los pacientes a ojos vista. Aún a día de hoy, éste equipo médico no encuentra más explicación a la epidemia que un origen vírico desconocido hasta ahora aunque existen artículos publicados en fecha similar del año 1992 en los que se describen síntomas parecidos a los de la enfermedad actual. Éste centro continúa haciendo seguimiento de los primeros pacientes a los que el mal se les presentó de manera ambulatoria, pero, a pesar de que la afonía inicial ha remitido en la mayoría de ellos, la emoción les impide explicar de manera racional el porqué de lo suyo. No obstante, a poco que uno les pinche, estos se levantan como resortes de la silla para alzar las manos al cielo y cantar a voz en grito, ¡Aleeeeeeeeti, Aleeeeeeeti, Atlético de Madriiiiiid!, lo que a ojos de este equipo médico pudiera tener relevancia a la hora de futuros desarrollos de fármacos. Todavía se observan episodios de cortes de manga furibundos y estallidos de risa dedicados a otros pacientes que andan con los hombros caídos y arrastrando los pies, pero parece que se puede dar por controlada la epidemia gracias al buen funcionamiento de los protocolos existentes para enfermedades de este pelaje.

Firmado: Dr. Ataulfo Solozábal Molina

Jefe de Medicina Interna del Hospital Provincial Ignacio Urdangarín



Saltó el Atleti al césped del Calderón y el Mallorca, como equipo buen educado que es, le estaba esperando formado para hacer pasillo a los gloriosos campeones de Copa. La grada, plagada de pacientes que durante los días anteriores al choque habían desarrollado y superado sin demasiadas consecuencias el síndrome de mayo, pedía con no poca guasa que tras el pasillo de los jugadores a los campeones, fuera Manzano el que le hiciera un pasillo al Cholo o incluso que los jugadores del Atleti le hicieran un pasillo a Manzano para coserle a collejas de manera conmemorativa por su buen hacer al frente de la nave rojiblanca. Manzano estuvo medio escondido todo el partido. Avergonzado, no podía ser de otra manera, al ver lo que es capaz de hacer un entrenador que sabe con una plantilla de calidad inferior a la que dispuso el jiennense de la patilla de gafa coloreada.

Empezó el Atleti el partido con los titulares de la final de Copa. Con los héroes cuyos nombres estarán hilvanados para la historia unos junto a los otros. Empezó con ellos y la afición se hartó de aplaudirles, a pesar de que muchos aficionados todavía andaban con los brazos en cabestrillo por lo de las luxaciones de codo. Salió el Atleti fluido, relajado pero sin ánimo de hacer daño a un equipo que bastante tiene con su situación y con lo que tiene en el banquillo. A pesar de que el partido tenía su punto de entretenido, el aficionado atlético dejaba discurrir los minutos comentando con el de al lado batallitas sanitarias, que es algo que siempre gusta contar a todo el mundo: cómo le habían tratado en los hospitales a los que habían acudido, cómo a pesar del reposo prescrito seguían repartiendo cortes de manga a aquellos que se hacían merecedores de los mismos y cómo todos se morían de la risa viendo la cara de estreñimiento que aquejaba desde una semana a vecinos y compañeros de trabajo de los que suelen ir por la vida con el pecho hinchado al más puro estilo de paloma torcaz.

Poco dio de sí el partido más allá del ambiente festivo e incluso festivalero. A lo mejor se pudiera hablar de la ansiedad de un Falcao que quería dejar como testamento un golito de esos suyos, a lo mejor se pudiera hablar de la manía que tienen los equipos con eso de tocarle las narices a Diego Costa. Tal vez pudiéramos hablar de los buenos minutos de Óliver y de que Arda parece otro con el pelo a lo marine. Pudiéramos hablar del insultante estado de forma de Courtois y hasta de lo aparatoso golpe que el pobre Filipe se llevó sin comerlo ni beberlo. Podríamos hablar del Cata, del que se acordó un sector de la grada de manera justa, afeándole la conducta y deseando su salida con deshonor tras ese encontronazo con una aficionada con la que se empleó con mucha más dureza que con los delanteros rivales con los que se cruzó por los caminos. No hubo manera, la afición estaba para otras cosas. Para recordar principalmente. Para fijar más si es posible las imágenes de lo vivido hace algo más de una semana en esos recovecos en los que el cerebro guarda las cosas inolvidables. Las cosas de las que uno tira en los momentos malos. La afición sigue enferma de felicidad, sigue con una euforia casi patológica ¡Bendito síndrome de mayo!

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 8 de abril de 2013

Empacho de torrijas y soserías


Ya de entrada se vio que la cosa pintaba sosa. La parroquia andaba todavía sacudiéndose el recuerdo ya casi lejano del empacho de torrijas, de las procesiones en las zonas peatonales del casco viejo de la ciudad y de las procesiones en la A-3 desde Chinchilla, sentido Madrid. La gente rumiaba el recuerdo de las vacaciones pasadas por una manta de agua y fue ayer salir un rayito de sol, aunque fuera pequeño y enclenque y se echó a las calles y parques sin gana ninguna de ver fútbol. Si a todo eso le suman ustedes que la representación se estrenaba en ese estadio tan desangelado del sur de  Madrid con nombre de jugador con maneras de veleta a la hora de repartir sus amores entre esos dos equipos que empachan más que las torrijas bien empapadas, verán que la cosa no podía ser de otra manera que sosa. Muy sosa.

Aparecieron los contendientes en el campo y al ponerse de cara al palco para el besamanos prepartido, repararon en la curiosa circunstancia de que los mandatarios de ambos conjuntos, presidiendo para la ocasión muy juntitos, se consideran simpatizantes abierta o soterradamente de otro equipo de Madrid que ayer no jugaba en Getafe y que no es el Rayo Vallecano, lo que tal vez pudiera haber echado un poco de sal al asunto, soso ya de por sí, pero nada, ni por esas. Salió el Atleti mejor y parecía que la cosa iba a ser un coser y cantar de esos a los que nos hemos acostumbrado desde que Cholo llegó a nuestras vidas. No es que la cosa fuera brillante, no. Los nuestros demostraban superioridad pero una superioridad algo insípida. Le faltaba al guiso una pizquita de algo. Aún así llegaban los nuestros con claridad y solamente la sosería en el remate de ese hermano gemelo de Falcao separado minutos después de nacer que lleva jugando con la rojiblanca en los últimos partidos nos privó de coger ventaja.  

Pintaba la cosa tan sosa que, siguiendo esa moda que de tan rabiosa actualidad se ha puesto en todos los campos de España, la afición en pleno del Getafe, cuarenta y nueve personas para ser exactos, la tomó con Diego Costa más que nada para animarse un poco. Para echar la tarde, que es un término que gusta mucho al que suscribe, porque los días salen y se pasan pero las tardes se echan. Dominaba el Atleti de manera anodina, dominaba pero poco, dominaba casi sin ganas, dominaba sin querer molestar. Dominaba pero pase usted primero que va cargado y además le sujeto la puerta que pesa un quintal ¿Qué tal el mayor? Estudiando agrónomos ya. Nos hacen viejos, ¿eh? ¡No lo sabe usted bien! ¡Y más con este tiempo que tengo el reuma que me está matando! Calle, calle, que arrastro yo un empacho de torrijas desde la semana pasada….



Así, entre fruslerías y conversaciones de ascensor sosas se llegó al descanso y comparecieron de nuevo los protagonistas para seguir con su puesta en escena insulsa. Enseguida se dio cuenta Simeone de que la contienda seguía por los mismos insustanciales cauces y sacó a Óliver al campo quitando a Koke, lo que a opinión del abajo firmante no debería haber ocurrido estando en el campo Adrián, que lleva un año con una sosería en todo lo alto que dan ganas de ponerle un cartel de transferible con letras gordas. La presencia de Óliver animó algo pero no venció la batalla a la sosería reinante y fue justo en este punto, harto posiblemente de tan poco y tan soso, cuando el trencilla de turno, en coalición con Miranda, Godín y sus despejes vagos en ocasiones, decidió echar sal a la cazuela pitando fuera del área un penalti que no fue y expulsando a Mario Suárez tras ver dos tarjetas muy de las que suele ver él. Tarjetas ni fu ni fa. Tarjetas de amarillo pálido. Tarjetas con color de espárragos de lata.

No hubo manera. Ni con ese toque picante que el estamento arbitral, esos orfebres del error del bulto, quiso aportar la cosa dejó de mostrarse sosa. Finalizó el partido con la sensación de que se habían perdido puntos. Deja el partido una sensación de ni frío ni calor que no acaba de gustar. Pareciera que se tratara de un partido primaveral de esos, ya con horario de verano, en los que tradicionalmente en Atleti no acaba de jugarse nada más allá de cuestiones menores. No es lo mismo ni de lejos, no jugarse nada por tener todo perdido, que por tener los deberes casi hechos, pero preocupa algo, la verdad. Preocupa por la sosería saboreada. Preocupa porque habrá habido algunos que tras ver el partido renegaron de la decisión de verlo cuando podían haber echado la tarde en el parque tomándose un Aquarius de naranja, que cosas más fuertes no se pueden tomar tras el empacho de torrijas que se arrastra como una condena desde hace unos días.

jueves, 28 de febrero de 2013

Ensayo sobre los sueños


Soñaba el rival con enjugar una renta que parecía insuficiente. Soñaba y se envolvió para materializar su sueño en un manto de sobreexcitación. Soñaba con el campo a rebosar, soñaba que podía hacerse pero en el fondo era un sueño inquieto, el mismo que se vive tras atreverse a cenar callos o manitas de cerdo y mojar mucho pan. Soñaba que a base de empuje podría hacer achicarse al Atleti y el sueño le duró cinco minutos o tal vez seis, el tiempo que necesitó Diego Costa para domar un balón alocado y mandarlo a soñar a las mallas del equipo sevillista. Despertó de su sueño el equipo contrario empapado por el jarro de agua fría administrado por Diego, jugador para el que ya no encontramos en ningún bolsillo adjetivos que puedan calificar su grandiosa temporada.

Despertaron los nervionenses y empezaron a soñar los nuestros. Primero fueron los más pequeños los que cayeron rendidos por lo tardía de la hora, cayeron pronto pero soñaron con un día de primavera. Soñaron con ver un autobús que recorre las calles de la capital con destino Neptuno. Soñaron con ponerse la rojiblanca de nuevo para ir al colegio y que esa señorita de cara avinagrada que se tiene por mocita madrileña les vuelva a mirar con cara rara. Después de los más pequeños el sueño venció a los más veteranos, fue justo después de que tras otra cabalgada de Diego Costa, Falcao se adelantara a la defensa rival y despertara a base de bofetada goleadora a aquellos aficionados locales que todavía no lo habían hecho del todo. Los más mayores soñaron con las finales de los años 60. Soñaron con Collar y con Peiró. Con el rival de siempre, el mayor, el único, postrado a nuestros pies. Soñaron en blanco y negro y soñaron como ese blanco y negro pasaba paulatinamente a un sepia descolorido y más tarde a un color de gran definición. Soñaron con ponerse la bufanda al cuello y acercarse andando a donde se vaya a jugar la final. Soñaron que llevaban de la mano a sus nietos para que estos recibieran su bautismo rojiblanco en tan noble cita.




Discurría el partido por cauces soñados aunque algo bruscos y el sueño nos acabó ganando la partida a nosotros, los de mediana edad. Los que probablemente mirábamos con más reticencia el partido de ayer sin reparar en que, más allá de lo que los nuestros propongan en el campo, nunca hay que dudar del efecto revitalizante que la alineación de Reyes provoca en los equipos contrarios. Empezamos a soñar y lo hicimos con una sonrisa dibujada en la boca. Soñamos con una falta que Schuster dibujó con precisión de arquitecto y con un Futre desmelenado perforando la escuadra de la portería enemiga. Soñamos con cuando nos pusimos cascos de obra y nos escapamos de casa para celebrarlo a pesar de que en dos días teníamos la selectividad. Soñamos con volver a vivir una noche de aquellas y poder llegar a veteranos para contarlo a los más pequeños.

Hemos soñado todos y ni el siempre madrugador despertador ha conseguido que despertemos del todo. Mecánicamente, hemos ido repitiendo las liturgias de cada mañana pero teníamos el sueño todavía presente en nuestras cabezas. Pasaban imágenes de lo que fue, de lo queremos que sea y de lo que será. Hemos soñado con la final soñada. Hemos soñado con el sueño que el Cholo lleva tiempo propiciando. Hemos soñado sin querer despertar ¡Chissst! Les ruego no hagan demasiado ruido al salir, seguimos soñando…

lunes, 25 de febrero de 2013

El bueno, el feo y el malo.


El bueno

Miren que si hubiera que calificarle sin conocerlo demasiado la mayoría votaríamos por proclamarle el feo de la película. Su corpachón, sus maneras torpes y esa cara que nunca querrías encontrarte en un callejón siniestro a las horas en que los gatos migran a pardos así lo aconsejarían. También los hay a los que el cuerpo les pediría otorgarle el título del malo. El malo por sus subidas de tensión (menos cada vez) y esa tendencia a meterse en líos que de vez en cuando manchan su labor sobre el campo. El malo por sus ya pretéritos coqueteos con las salidas nocturnas llenas de excesos que nos contaban nuestros conocidos en las ciudades en las que jugó como cedido. El malo por llegar hermoso y lleno de lustre en la baja lorza tras vacaciones degustando los guisos de una mamá a la que uno imagina con la misma cara que su churumbel, aspecto éste que no debe ser minusvalorado a la hora de dejarse algo en el plato. También pensaba que era el malo Manzano, ese gran estratega del color de las patillas de las gafas, al menos más malo que Salvio, al que prefirió antes que a él demostrando gran conocimiento balompédico e incluso estético. Equivocados andaríamos si eligiéramos así. Él es indiscutiblemente el bueno de la película.

Sabido es que en la producción de este año de nuestro Atleti el papel de bueno estaba asignado a un actor de culebrón con el nueve a la espalda, claro. Así se asumía con naturalidad hasta que un secundario que comenzó la temporada casi sin frase ha pasado a llevar sobre sus hombros el peso de la trama ahora que el film se encamina al desenlace. El bueno complementa al colombiano y ofrece un sinfín de posibilidades a sus compañeros. Despliega un catálogo de desmarques a cual más valioso, enloquece a unas defensas rivales que se visten de impotencia cuando se topan con él y provoca faltas, penalties y desahogo en sus compañeros. Si los críticos tuvieran criterio, algo escaso tanto en el fútbol como en el cinematógrafo, ya habría alcanzado una cota de protagonismo similar a actores de otras productoras a los que nuestro intérprete no debe envidiar nada en cuanto a preponderancia e importancia en su equipo, que es el segundo de la liga, no lo olvidemos. Las últimas escenas de los partidos terminan todas igual, allí está él, cabalgando hacia el horizonte después de haber descosido al rival con la rapidez de su revólver y nosotros en pie y con lágrimas en los ojos por tan emocionante final.




El feo.

El feo de la película lo es por méritos propios. Por más que intente alisarse el pelo a la japonesa y vestir chaquetas llenas de colores y de malos gustos, no es fácil engañar al ojo del que mira y ve ese culo tan bajo y esos brazos tan cortos enmarcando un pecho demasiado estrecho. Es feo, sí, pero es gracioso. El feo de la película nos tenía conquistados desde hace tiempo, probablemente porque amén de feo es el que más talento interpretativo posee de todos los que aparecen en el largometraje. Él, poseedor de esa pinta de ser el amigo que siempre se apunta a la última sea ésta donde sea, siempre ha sido un actor algo discontinuo pero brillante cuando aparece en escena. Sus taconcitos, sus caños y sus sonrisas de oreja a oreja le hacen a menudo aparecer en las quinielas para llevarse un galardón al mejor actor secundario con maneras de principal. Él, ha desempeñado a la perfección durante la mayor parte de la película el papel del que da el pie de frase para que el protagonista se luzca, lo que en términos del séptimo arte se conoce como el último pase. Aún así, últimamente se le ve raro, con poca chispa. Dicen las malas lenguas que quiere cambiar de aires aunque lo desmintiera, dicen otros que la exigencia física que el director impone durante el rodaje no puede ser soportada de forma sostenida por alguien más dado al arte que al sudor. Dicen muchas cosas pero esperamos que no sean del todo ciertas, porque lo cierto es que necesitamos al feo. Necesitamos que vuelva su sonrisa y sus lances pintureros. La película sin él no es lo mismo, puede que sea más intensa, pero pudiera que algo más aburrida.

El malo.

El malo, como buen malo que se precie, visitó de nuevo la escena de sus crímenes y lo hizo subido en una ola de popularidad. El malo, al que sufrimos en su momento, ha demostrado en innumerables ocasiones que sufre vértigo en cuanto sus equipos alcanzan ciertas cotas en las clasificaciones y muestra a las claras que no es actor para empresas demasiado ambiciosas. En la película de ayer, sus primeras frases fueron destinadas a no dejar hacer su papel al actor de enfrente en vez de centrarse en sus intervenciones, algo de lo que suele pecar. Más tarde, cuando las cosas parecían ponerse de cara, introdujo un cambio que hizo que los suyos se partieran, algo muy del gusto del malo, celebrado creador de ese método interpretativo conocido como Manichismo partido en dos, en el que cuatro actores se colocan en primer plano, cuatro actores en un segundo plano fundido con el paisaje y un extra, si es posible gordito y alocado, corre de un grupo al otro con un balón en los pies sin demasiado criterio convirtiendo la película en un bodrio infumable pero pretendidamente sesudo. Vino bien que apareciera el malo en escena porque repuntó el film tras la depresión que pudiera haberse producido tras el guiño amargo que la trama trajo de Europa durante la semana. Vino bien porque sale la película reforzada, algo esencial dado lo que el guión deparará en tres días. No nos está quedando mal la peli de este año, no señor….

lunes, 18 de febrero de 2013

Los que vuelven, los que tienen que estar y un señor muy listo

Decía ya hace algún tiempo un señor muy listo llamado Rochefoucault que nunca somos tan felices, ni tan infelices como pensamos. Ésta máxima, aún con las comprensibles reticencias que pueden aplicarse a algo que sale de la boca de un señor que por muy sabio que sea se pronuncia tan raro, pudiera aplicarse a la etapa que atraviesa nuestro Atleti en las últimas semanas. Somos conscientes, aunque a veces nos esforcemos en negarlo, de que el Atleti tiene algo de montaña rusa, de sube y baja descontrolado y eso es bueno, no crean. Si lo que ustedes y yo sentimos al ver a once jóvenes trotando en pantalón corto con una camiseta rojiblanca no tuviera algo de inexplicable, de tremendamente irracional, no engancharía tanto. Si los disgustos no nos dejaran sin cenar y las alegrías no empujaran a repartir besos de tornillo entre tus iguales esta bendita locura no sería lo mismo. Aún así, es de justicia apartarse un poco de vez en cuando. Tomar distancia aunque no sea mucha. Mirar a la clasificación y ver dónde se está y con qué mimbres. Mirar el cuadro de una competición por eliminatorias y reparar en que solo queda un paso para llegar a disputar el partido más bonito de cuantos se pueden disputar en nuestro país. Cierto es que si nos da por mirar el cuadro de otra competición, más internacional ella, uno pudiera llegar a deprimirse viendo el resultado de la ida y analizando fríamente el desempeño de esa figura recientemente redescubierta tras años de olvido en un cajón donde se guardan las cosas de cuando uno jugaba al balón en la calle: el portero-delantero.

Con todas estas premisas, con aquella felicidad ya casi olvidada en el último mes y la depresión amenazando con instalarse en el cuarto de invitados, se presentaba el Atleti en Valladolid. Sacó el Cholo el teórico equipo de las grandes ocasiones, los que tienen que estar, y sacó también a Tiago, sin quedar claro al cierre de éstas líneas si el portugués está para estas ocasiones o para otras mucho más pequeñas. Volvían a la titularidad Diego Costa, al que se esperaba como al hijo pródigo dado su estado de forma, y Gabi, tras esa rotación que mostró que él probablemente sea el único no rotable del equipo. Salió el portero larguirucho, la defensa de gala, salieron Koke y Arda, claro, y salió Falcao o alguien que se le parece mucho. Salió enfrente el Valladolid, ese equipo cuyos jugadores navegan entre la conceptualidad y los siete enanitos: Bueno, Rubio, Sereno, Valiente…, y lo hizo fiel a su identidad, gusto por el balón, buen toque y blandura a arrobas. Posiblemente no hubiera habido mejor campo para retomar la senda del triunfo fuera de casa que Zorrilla viendo cómo los nuestros, solamente con oficio y una línea de presión adelantada embotellaron a los pucelanos.



Llegó el gol relativamente pronto tras remate de Godín con el interior del hueso del tobillo y remache del doble de Falcao, al que por lo menos se le valora la buena colocación, y tras él el partido, que no nació guapo, se volvió más feo si cabe. Cuando los partidos se ponen difíciles de ver crecen las figuras de Gabi y Diego Costa, los que volvían. Presión, desmarques al hueco, batalla y tropezones. Sangre y poca sutileza. Sudor y alma. Montado en ellos dos llegó el segundo gol, obra del brasileño y hasta un tercero del Cebolla tras pase de Gabi y educada cantada de un lateral blanquivioleta que puso fin a la contienda.

Volvió el Atleti a ganar fuera de casa rompiendo la racha de la que tanto se ha hablado al igual que se quebró la racha de inexpugnabilidad en el Calderón. Estas cosas suceden. Ganó el Atleti con solvencia y dejándose de experimentos. Con los que deben estar sobre el campo y también con Tiago. Vuelve a casa con mucha más fe de la que se llevó a Valladolid y muchos de los nuestros reflexionaron sobre la infelicidad, sobre la felicidad y lo que oscila la aguja de los sentimientos colchoneros entre ambas. Ya lo decía Rochefoucault, que para algo era tan listo por mucho que tenga un nombre que se tenga que pronunciar con boquita de piñón. 

lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…

lunes, 4 de febrero de 2013

...Y justo entonces....


“…y justo entonces, cuando ya resonaban en la escalera los decididos pasos de los policías locales abriendo paso a un cerrajero muy mal encarado y el secretario judicial desenfundaba el capuchón de su boli Bic para levantar acta de lo que ocurriera a la hora de ejecutar el desahucio, apareció él y consiguió paralizarlo. Consiguió incluso que los que venían a echarme de casa hicieran una colecta en la que se recaudó el importe de tres mensualidades y el capuchón del boli Bic del secretario, que ahora es utilizado por mi niña la mediana de pasador de pelo como vívido recuerdo de lo que nos tocó lidiar…”


“…y justo entonces, cuando el ánimo empezaba a flaquear entre algunos miembros de la grada rojiblanca. Cuando ni las arrancadas de Juanfran, ni el pundonor de Koke, cuando ni la pelea, menos proverbial que de costumbre eso sí, de Falcao, cuando ni la presencia de un Adrián con la misma mala idea de un peluche de color lila cuando pisa el área contraria parecían bastar para doblegar al rival, apareció él y consiguió invertir la situación. Ya antes del gol se vio que la cosa había cambiado con su sola aparición en el campo. Un par de arrancadas llenas de potencia devolvieron la esperanza en llevarse la victoria en un partido con mucho más empuje que juego. Entonces vino el corner y el portero rival, impecable aunque poco exigido hasta el momento, decidió brindar un sentido homenaje a las denominaciones de origen de La Mancha y La Rioja Alavesa y a sus vendimiadores saliendo a por uvas. Pero uvas gordas, no crean. Aún así, uno prefiere pensar que más que homenajear a los esforzados agricultores que doblan la raspa en aras de recolectar racimos de la variedad Tempranillo, el portero rival dejó pasar el balón cegado por la admiración, influenciado por esa cara de malo de película de narcotraficantes, por los rebotes que le suelen favorecer y hasta por su terrenal debilidad, mostrada también ayer en lances de los que debería huir como de la peste para no quedar encasillado como jugador polémico, problemático y candidato constante a la expulsión fulminante…”




“…y justo entonces, cuando pensábamos que empezaba otra semana anodina en la que volveríamos a comer pasta y arroz para intentar estirar al máximo el magro sueldo, apareció él con un jamón de recebo bajo el brazo, casi sin decir nada lo colocó sobre el jamonero aquel que llevaba años huérfano de uso y se puso a cortar lonchas con la misma finura del pelo del ya ausente Emre. Dispuso las lonchas en un plato creando un abanico de colores rojo y blanco. Blanco de grasa en el exterior, un rojo casi granate en el interior y terminó su obra colocando en el centro dos lascas que girando sobre sí mismas formaban un número diecinueve, su número. Los niños aplaudían a rabiar ante la pericia en el corte y cayeron rendidos al poco rato tras hartarse de comer algo que no fueran macarrones. Solo entonces él se marchó, casi sin despedirse, pero con esa serenidad en la mirada que solo poseen los héroes como él, los que siempre llegan cuando un rescate se necesita…”  

lunes, 17 de diciembre de 2012

De nombres, sueños y pesadillas


Los nombres marcan. Normalmente para mal, todo sea dicho. Piensen ustedes en el momento en el que se le otorga un nombre a alguien. Una decisión tan importante en la vida de un ser humano se toma sin reflexionar, sin medir el momento debidamente. Pudiera ser que estando en el vientre de su señora madre, que no hay más que una, alguien decidiera que usted se iba a llamar Salustiano. Sí, ya sé que el nombre fue elegido por un trasnochado continuismo de la tradición familiar que remonta la existencia de Salustianos en su estirpe casi al medievo, pero, ¿y si usted sale enclenque y amante de la poesía asonante en los versos pares?, ¿cree que Salustiano es un nombre adecuado para usted? Salustiano es nombre de señor recio, de señor con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos con el que normalmente no se puede bromear so pena de que te deje marcados esos proverbiales dedos en los mofletes de una bofetada. Pudiera ser que, dejándose llevar por la emoción del momento, sus progenitores decidieran que su gracia iba a ser Genoveva con ánimo de apocoparla para llamarla coloquialmente Veva, que es un diminutivo muy pinturero. Usted se pregunta a día de hoy qué narices hará llamándose Veva mientras cuenta el número exacto de sardinas que debe llevar cada lata que pasa por delante de sus ojos en la cadena de montaje de la conservera y decide, con buen criterio, que Veva es un nombre más adecuado para una señora que toma el té en un café con muchos espejos. “Veva es un amor. Es ideal”, dicen sus compañeras de bridge haciéndose heridas en el labio inferior al pronunciar Veva como solo saben pronunciarlo las que han tenido servicio desde su más tierna infancia. Los nombres deberían tener una revisión. Probablemente deberían renovar su vigencia a partir de los once años más o menos. Para entonces, uno ya tiene que tener claro si el nombre le pega o no y podría cambiar a otro que se ajustase más a su idiosincrasia. Ya sé que este alegato no será tomado debidamente en cuenta por las autoridades ni por los padres y madres del futuro, pero ya saben, está en su mano poder cambiar el destino de sus púberes, porque usted, sí, sí, usted, el del paraguas verde, ha marcado sin saberlo el futuro de sus gemelos llamándolos Fabio y Aldo, ya que, salvo que se dediquen en cuerpo y no tanto en alma al cine porno, no llevarán unos nombres adecuados para pasearse por la vida.

Jugaba el Atleti en Barcelona y se esperaba un duelo acorde a la prestancia de los dos equipos que comandan la clasificación de esta liga nuestra con más nombre que emoción. La prensa esperaba el partido agazapada, sin esas alharacas que acompañan ciertos otros partidos en los que uno de los contendientes era nuestro rival de ayer, y nosotros esperábamos esperanzados a que este Atleti que tanto nos hace recordar otros tiempos lo corroborara poniendo su nombre tan alto como siempre estuvo. Salió el Atleti de gala y salió el rival con uno de esos tres o cuatro trajes de ceremonia que tiene para poder lucir en ocasiones como estas, cosas de la igualdad de la competición. Se plantaron bien los nuestros. Con las líneas juntitas y mucha mala idea en la mirada. Mareaba la perdiz, como es menester, el equipo rival y salían los nuestros con presteza al contraataque. Se veía cómodo al Atleti y algo atascado al equipo que dicen es más que un club, incapaz de conectar con su gente de arriba. Un palo y un control algo largo preludiaron el gol rojiblanco. Salió Falcao como una flecha tras meritorio robo de Diego Costa y se plantó en el área para definir con esa maestría suya que aparece siempre que huele sangre o red rival. Jugaba el Atleti, inquietaba e intimidaba y uno se frotaba los ojos ante el repaso que los de rojo y blanco estaban recetando al equipo plebiscitario por excelencia. Los hubo incluso que, de tan bien como veían al Atleti, se olvidaron de salvar las distancias existentes y creyeron ver en una jugada en banda un regate descomunal y pocas veces repetido de nuestro director deportivo al tío de Rafa Nadal. Los hubo que recordaron cuatro goles como cuatro soles de Pantic y los hubo que rememoraron una cabalgada de un niño con pecas que burlaba en su salida al meta rival. Treinta minutos con el nombre en todo lo alto. Treinta minutos para soñar.



Andábamos todos soñando a la vez, degustando de nuevo imágenes con sabor a victoria de solera, cuando un cubo de agua fría desde fuera del área nos despertó de mala manera. Tras ver varias repeticiones, uno no acaba de saber si la culpa del gol se la debe de echar a los de la banda izquierda, a un portero quizás algo adelantado o simplemente debe asumir que a veces los hados, los astros o la puta que los parió decide que un balón vaya donde casi nunca va. Justo en ese momento, tras el gol, el Atleti, que había salido a afrontar el partido con un nombre sonoro y rimbombante, decidió ponerle un diminutivo a su nombre. Decidió empequeñecerse y echar quince metros para atrás las líneas que se habían mostrado prietas hasta ese lance, probablemente considerando el empate como un resultado suficiente. El Atleti, que salió polisílabico y contundente, se quedó en un apodo terminado en "in", como si fuera más chico de lo que es.

Volvió el Atleti de los tumultos en área propia mal resueltos, volvió el Atleti que perseguía rivales sin convicción. Decidió el equipo cambiar su nombre a mitad del partido y lo cambió para mal. Todos los que habían dejado volar la imaginación para recordar gloriosas lides pasadas despertaron sin saber muy bien cómo llamar al Atleti de los últimos sesenta minutos, lo que probablemente no sea más que un necesario ejercicio de realismo. Sesenta minutos con el nombre equivocado. Sesenta minutos de pesadilla. De esas pesadillas de las que uno despierta empapado en sudor y dolorido, justo como si hubiera recibido una bofetada de alguien con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos. Una bofetada de Salustiano, vamos…

lunes, 10 de diciembre de 2012

Atascada crónica del Atleti-Depor


De nada había valido el haber salido justo después de comer. Ahí estaban de nuevo. Primera, freno, punto muerto. Atrapados. Parados en el kilómetro cincuenta y siete con doscientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles. La radio hablaba de niveles amarillos en la circulación, sin duda refiriéndose al tono de tez que se extendía entre los conductores ante tal atasco. Es lo que tienen los puentes. Si no tuvieran estos finales y aquellos principios, tal vez serían demasiado perfectos para ser de verdad. Aquilino dormía profundamente. Cosas de las digestiones subsiguientes a un plato colmado de judiones de la Granja con su correspondiente repetición, un cuarto de cochinillo ronchón y unas cucharadas de ponche segoviano, “No me lo como todo, no vaya a ser mucho”, había dicho él pretendiendo parecer comedido, manda güevos. Así, con g, que es más gráfico. Los niños empezaban a impacientarse tras la cuarta proyección de la película de Disney y lanzaban al aire las preguntas malditas: “¿Cuánto queda, mamá?, ¿Cuándo llegamos?”. Ella intentaba contestar sin dejar de concentrarse en el embotellado tráfico. Primera, freno, punto muerto. La radio repite que Tráfico recomienda el regreso escalonado ¿Cómo se escalona el regreso? ¿Quedo con el vecino y volvemos por turnos? ¿Se vuelve en orden de la fecha de nacimiento? ¿De la primera letra del apellido? ¿Del signo zodiacal? Eso estaría bien. Alivia saber que todos los conductores viven su enclaustramiento bajo la influencia del signo de Leo con ascendente Acuario. Primera, freno, punto muerto. Ya quedaba menos. Solamente cincuenta y seis kilómetros y setecientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles.

Jugaba el Atleti más o menos a la hora en la que el puente se podía dar oficialmente por finalizado. Seguramente muchos todavía no habrían vuelto, atrapados en la consabida caravana por no saber escalonarse los muy ignorantes. Jugaban los nuestros ante el Depor al final de un puente que empezó ahondando en Europa la depresión postderby. Si en vez de puente, llega a ser viaducto, algún aficionado de poca personalidad se hubiera tirado ante las lecturas vertidas sobre el estado del equipo. Si hace cuatro meses, mes arriba o mes abajo, alguien nos hubiera dicho que estaríamos vivos en Copa y en Europa y segundos en Liga, con una ventaja de cinco puntos sobre el autoproclamado mejor equipo del mundo, la galaxia y constelaciones sin vida inteligente, hubiéramos invitado a ese profético alguien a una semana en un hotelito con encanto de Torrevieja en régimen de media pensión por lo menos. Nos ha hecho subir el nivel de exigencia este Atleti de esta temporada, lo que es bueno. No nos debería hacer perder la perspectiva, lo que sería malo.

Salió el Atleti algo atascado, no sabiendo escalonarse en el trayecto hacia la portería de Aranzubía. Pretendía llegar al destino prendido de Diego Costa y sus desmarques, lo que a efectos circulatorios se traduciría en un camino lleno de tirones, choques por alcance y usos excesivos del embrague. Sin ánimo de ser poco optimista, parece claro que el equipo ha perdido frescura en la presión y se muestra más prudente a la hora de exceder la velocidad del balón, seguramente sumido en un valle físico de esos que los preparadores miden con la precisión que da el cronómetro colgado al cuello. Amagó el rival más no llegó a inquietar seriamente, dejando aromas de equipo que pasará serios problemas. Decían los agudos comentaristas de gafa de pasta que el Depor echaba de menos en la creación a Pizzi, ausente ayer como consecuencia de la cláusula “arrieritos somos”, que tan de moda sigue estando entre los cedidos. Mal le irá al equipo gallego si debe encomendarse a ese mediapunta de mirada huidiza al que tanto valora, a pesar de las crisis y las estrechuras, nuestro equipo gerente.



Metió Costa, demostrando que su cabeza sirve para algo más que para sopesar durezas de frentes contrarias, un gol casi regalado por un portero que no salió y unos centrales que no encimaron y el partido cambió. Cambió como un embotellamiento cuando se abre un carril adicional, como cuando la Benemérita deja circular por los arcenes, que es algo que siempre hace mucha ilusión al que conduce. Más que por la fluidez de los nuestros, el partido se convirtió en una autopista de incontables carriles por cómo se averió el equipo herculino, muy flojo de moral y de argumentos futbolísticos. Llegó entonces el turno de Falcao, hambriento como urbanita que se desplaza a la típica casa rural. Se atracó el tío, vamos. Le hincó el diente con la misma voracidad al primer plato a pase de Koke, a un segundo de volea pinturera tras meritoria asistencia de un recogepelotas al que deberían ascender en el cadete en el que jugara, a un tercero de penalti autogestionado, a un cuarto en el que se jugó el físico y casi el químico y a un quinto de glotón redomado. No tuvo la falsa intención de dejarlo para otro momento, de decir que si eso dejaba algún gol para alguien más necesitado y hambriento, como Adrián por ejemplo, por si eran muchos cinco goles. Queda la hartura de goles para la historia y entra el colombiano en ella en plena digestión de tanto tanto, frase muy tonta y redundante pero que a servidor hace mucha gracia utilizar en una crónica, la misma que si usara, ¿usted no nada nada?, o, es que no traje traje.

Tras el partido queda regusto a goleada con mucha más pegada que juego pero alegra la llegada de un resultado de esta holgura para ahuyentar las dudas que pudieran haber asaltado a la parroquia. Uno, al que como antes les decía, este Atleti ha devuelto la exigencia que nunca debió perder, considera el resultado una vuelta al buen camino aún con ese bajón físico que se detecta, bajón en ciertos momentos preocupante en jugadores como Juanfran, al que sus amistades en la selección no parecen sentarle del todo bien. Termina el puente de mejor manera que empezó, lo que no era difícil y afrontamos la operación retorno con el estómago lleno de goles. Ojalá los hayamos poder digerido para lo que esta semana ofrecerá, que no es poco.

“¡Uy!, me he quedado algo traspuesto”, tuvo Aquilino la desfachatez  de decir tras dos horas y media de rebuznos en los brazos de Morfeo. “¡Qué tarde!, ¿Ha terminado ya el Atleti?”, preguntó. “Seis ha metido. Seis”, respondió ella estirando la espalda. Terminaba bien el puente. Primera, freno, punto muerto. Ya quedaba menos. Solamente treinta y tres kilómetros y cuatrocientos metros, sentido entrada y metro arriba o metro abajo, para quien quiera más detalles. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

¡Al abordaje!


Se viene. Así lo dirían los nativos de las Indias Occidentales y de las tierras de Fuego. Lo tenemos encima. Así lo dirían los nuestros con la cara de expectación que debía pintarte esos momentos previos a abordar la nave que se acercaba por estribor. Se huele el combate. Salen los cuchillos de las fundas para acomodarse en los dientes. Aquí, nuestra tropa. Preparada para el combate. Cada uno en su puesto correspondiente. Todo el paño metido. La madera crujiendo. Las sogas gimiendo por la tensión. Los artilleros saboreando ya el regusto de la pólvora. Esta flota casi no conoció derrota desde que levó anclas en agosto. No hubo lid en la que no ofreciera bravura y honor, siempre honrando el pabellón rojiblanco. Siempre con la humildad como compañera. Muchas victorias, no hay memoria para las derrotas, por nimias. Así, de tan buena forma y con los vientos a favor, se presenta al duelo.

Enfrente, el enemigo. El de siempre. El único. Ese gobernador que rige el virreinato con la misma mano soberbia de siempre. Destaca la nave capitana, ataviada con la bandera blanca del que no está acostumbrado a mancharse nunca. A bordo, mercenarios traídos principalmente de Portugal, duchos en pasarse por el arco genital el tratado de Tordesillas y el de la urbanidad y las buenas maneras. Siempre el oro de su parte. Siempre intentando disfrazar de señorío la piratería. Siempre en la queja cuando los vientos no empujan de popa. Siempre enfrente. Nunca al lado, ni ganas de tenerlos. 



Justo antes del encuentro con la escuadra enemiga, ya con el rumbo fijado, el Almirante reúne a la marinería y alienta desde el puente de mando. Mira el pasaje con veneración al almirante Don Diego Simeone. Éste habla con voz pausada, queda. Les hace creer en ellos mismos. Les habla de tesoros escondidos en el vientre de la nao rival. Para quitar presión, les intenta convencer de que la lucha será como cualquier otra. Tres puntos solo. Ellos saben que no es así, que las tortugas que nadan en sus estómagos son del tamaño de las que avistaron cerca de La Española y tienen que ver con las grandes ocasiones. Con las batallas que llenan los libros. Con las historias engrandecidas por la leyenda que se contarán dentro de algún tiempo al calor de una hoguera.

Pasea el Almirante la vista entre los suyos y ve más allá de ellos. Ve cerca de él al fiel contramaestre, Don Germán Burgos, como siempre al tanto de todo, mirando de reojo timón y sextante. Ve Don Diego la línea de cañoneros y allí a aquel al que llaman el Tigre, el de mejor puntería, nacido ya en el Nuevo Mundo. Al asturiano Adrián y a Costa, el que tropieza constantemente por cubierta. Más allá están Arda el de Constantinopla, ese que le tiene  puesto nombre a cada ola del Mediterráneo de tanto que las conoce, y Jorge Resurrección, el más joven de todos. También ve a Mario y Gabriel, los encargados de la intendencia a bordo. Quedan en la retaguardia el osado Juanfran, el incisivo Filipe y los bravos Joao y Diego, ambos también del Nuevo Mundo. Hasta el grumete venido de Flandes, un larguirucho de flequillo indomable, se asoma para vivir el momento con todos. Todos juntos. Con la camisa roja y blanca abierta para ofrecer el pecho como primer parapeto. No hay lugar para achicarse ni para buscar el abrigo de cálida ensenada. No hay lugar para virar, para no ofrecer combate. No existen rendiciones ni capitulación. Hay lugar para entrar en la eternidad o para que varias onzas de plomo te manden a descansar al fondo de la mar. Se huele el combate. Se acerca. Lo tenemos encima…¡Al abordaje!

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los episodios anodinos


Qué sería del mundo sin sus capítulos grises, sin sus episodios anodinos. Sin esos señores de traje desgastado que compulsan fotocopias y revisan que cada formulario tenga pegada una póliza de diez pesetas para asegurar que ninguno de sus bordes toca la frontera de la línea de puntos que la limita. Sin esa ventanilla que se cierra inexorablemente cuando llegan las dos en punto, anunciando a los cuatro vientos que mejor vuelva usted mañana. Sin el pescado hervido y las patatas cocidas a las que alguien olvidó echar sal. Sin los besos llenos de rutina. Sin el abrir el buzón con el desapasionamiento que deja el encontrar solo facturas. Sin las cenas en casa de un viejo amigo para ver el vídeo de su boda. Sin las películas basadas en hechos reales que se ven entre sueños, esas que además del alma en vilo te dejan el cuello contracturado. Ya saben, ese tipo de cosas….

Qué sería de los partidos de nuestro Atleti sin sus capítulos grises, sin sus episodios anodinos. Sin esos preámbulos cuyos primeros veinte minutos son para tirar a la basura. Sin esas ocasiones en las que merecería ser titular Koke, vista la justeza de calidad del centro del campo. Sin el abuso de los balones en largo. Sin la proverbial lucha de Falcao. Sin la victoria del músculo sobre el talento. Sin los laterales, menos largos que de costumbre. Sin la llegada del llegador. Sin un rival que justifique cualquier tipo de desazón. Sin casi ni un tiro a puerta en contra. Sin la, hace un año impensable, dependencia de Mario Suárez. Sin ese gol de Adrián al segundo remate y casi pidiendo perdón por haber picado el balón con mala idea en el primero. Sin una segunda parte tan para olvidar como la de Matrix o como la de cualquier otra película salvo El Padrino. Sin esas dos horas que no guardan casi atisbo de brillantez. Sin esas citas en las que la victoria cobra una mayor importancia por las dos derrotas previas. Sin tres puntos y poco más. Ya saben, ese tipo de cosas….



Aún así, por más anodino que sea el episodio, nunca hay que perder la esperanza de que ocurra algo especial. Algo diferente. Una luz que vence a las sombras. Un rayo de sol que se salta el guión pergeñado por las nubes. Colocar uno de los formularios en lo alto de la pila porque la solicitante recuerda a un antiguo amor de verano. Dejar la ventanilla abierta cinco minutos más allá de la hora. Ese pescado espartanamente hervido pero en su punto. Los besos que dejan sabores que duran años. Abrir el buzón y encontrar la postal esperada. Pasar un rato con viejos amigos como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez. Coger postura en el sillón con la película basada en hechos reales y dejar que la siesta se vaya de las manos. Ya saben, ese tipo de cosas….

Aún así, por más anodino que sea el episodio, nunca hay que perder la esperanza de que ocurra algo especial. Algo diferente. Una luz que vence a las sombras. Un rayo de sol que se salta el guión pergeñado por las nubes. Aunque eso especial venga precedido de una mano que ayudó al control. Plantarse delante del portero. Levantar la cabeza. Realizar una sutil finta simulando el pase al compañero. Acostar al portero con un regate de trasero, que es como regatean ciertos iniciados. Acariciar al balón para que viaje a la red sin miedo. Sonreír de oreja a oreja. Ya saben, ese tipo de cosas que tiene Arda Turan….

domingo, 4 de noviembre de 2012

Crónica entre protestas del Valencia-Atleti


Tiene Valencia no pocos argumentos que justifican una visita: su clima, sus gentes, disfrutar de sus arroces justos de punto mirando a la Malvarrosa, sus ruinas de la Copa América y de un circuito imposible de fórmula 1 como testigos de lo que fue la civilización del pelotazo, sus kioscos decorados con azulejo labrado, sus costas y sus adentros, su albufera, sus mosquitos de tamaño familiar, sus talleres falleros, sus jovenzuelos de pelo pincho que se saltan los semáforos por principios, sus delfines del Oceanográfico que ejecutan coreografías con un toque arrevistado y sus camareros que no se sonrojan al presentar una cuenta de diez euros por dos horchatas de brik a temperatura ambiente.

Tiene Valencia algo más para Gervasia. Algo que justifica sus visitas más allá de disfrutar de las bondades que la ciudad ofrece: Merencio. Habían pasado ya casi dos años desde que se conocieron en una convención de gerentes comerciales de empresas eléctricas. Como no podía ser de otra manera, la chispa surgió enseguida y empezaron también enseguida los fines de semana de reencuentro, las citas cibernéticas y las llamadas que tan difíciles son de terminar. Era Merencio hombre mesurado en todas sus facetas: siempre responsable pero con un toque de desenfado que a ella le encantaba. Hablaba cuando debía y callaba para escuchar cuando tocaba. Formal y espontáneo a la vez. Todas esas virtudes y alguna que otra más, justificaban las idas y vueltas en AVE y las tristes despedidas dominicales y servían de cimiento para esos planes a medio plazo donde ella se veía mudándose a Valencia para estar juntos. Esta vez además irían al fútbol juntos por primera vez robando un par de horas a ese tiempo siempre insuficiente. Merencio la llevaría a Mestalla para ver a su Atleti, ese Atleti que probablemente fuera lo que más echara de menos ella si un día decidía dar el paso de irse del Manzanares para el Turia.

Fue traspasar los tornos de Mestalla y Gervasia empezó a notar comportamientos raros en Merencio. Se mostraba nervioso con solo transitar por los pasillos del estadio y protestó más de la cuenta cuando ella eligió el asiento de la izquierda argumentando que ese era al que él había echado el ojo de antemano. Decidieron tomar un par de cervezas y Merencio se indignó ante el discutible hecho de que la suya tenía menos espuma que la de ella e incluso la acusó de ocupar más espacio del debido solicitando casi burocráticamente que no invadiera su sitio. Entonces empezó el partido….



Salió el Atleti a Mestalla con la defensa habitual, la delantera del año pasado y con un medio del campo inédito: sacó el Cholo a Emre con Gabi, con Arda y con Tiago, ese asceta del esfuerzo físico. Salieron los nuestros a dominar el partido y salió el Valencia a defender el resultado, sin tener claro al cierre de estas líneas qué resultado pretendían defender. Empujaba el Atleti aunque sin demasiada profundidad y Mestalla se encendía en protestas por cada fuera de banda, por cada falta indiscutible y por cada rachita de viento que se levantaba. Buscaba jugar el Atleti y no jugar el contrario. Buscaba el equipo ché coartadas para enfangar el partido y las encontró en el árbitro. No tuvo a bien el señor colegiado sancionar debidamente las continuas interrupciones de los locales, tampoco tuvo a bien pitar nada en los reiterados abrazos, algunos dentro del área, a los que fue sometido Falcao por parte de unos defensas excesivamente cariñosos. Tuvo Falcao una noche difícil, a los sentidos abrazos de los centrales rivales hay que sumar la escasez de balones recibidos en condiciones y la brecha de recuerdo que Soldado, con esa involuntariedad que a los que son como él les viene de la cuna de su formación, le dejó en herencia. Si alguien merecía más, ese era el Atleti, sin poner demasiado en liza, no crean, pero con casi nada el Valencia se puso por delante tras excelente gol del repartidor de involuntarias coces en frentes ajenas. Acusó el Atleti el golpe y anduvo unos minutos perdido en la selva de las pocas ganas de jugar de los valencianos. Tiene el Valencia no pocos argumentos que justificarían otra manera de jugar: su historia, su plantilla y algunos jugadores de talento. Tiene otros que tal vez justifiquen esta otra elección de estilo: defensas de la cuadra lusitana de la protesta y el pescozón, el consabido delantero antipático y jugadores con talento para la autosatisfacción, el autoatropello y la incineración de coches de gama alta.

Llegó el partido al descanso y Gervasia no salía de su asombro ante el comportamiento de su amado Merencio. Protestaba por esto, por aquello y por lo de más allá. Protestaba ante la, a su juicio, desigualdad de rajas de chorizo entre los bocadillos de ambos. Protestaba ante lo lejos que caían los aseos y por el pasodoble que la banda de música típica de aquellos lares interpretó con discutible acierto. Andaba Gervasia inquieta, no tanto por el desempeño del Atleti, como por el resultado y el talante de su acompañante cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por el inicio de la segunda parte.

Salió el Atleti tras el descanso y se vieron ganas de darle vuelta a la situación. Salió también el Valencia y se vieron las mismas ganas, sino mayores, de que se jugara poco. Empezó a aparecer Arda y empezó a llegar el Atleti con más frecuencia. Sacó el Cholo al Cebolla, a Raúl García y a Mario Suárez y contraatacaba el Valencia con marrullería. Protestaba la afición en Mestalla por las tarjetas mostradas, por los recortes en sanidad y por el incremento del precio del mejillón criado en cautividad. Atacaba el Atleti con corazón. Dando la cara. Más por la izquierda que por la derecha, donde Juanfran lleva unos partidos mostrando señales inquietantes. Se volcó el Atleti sin premio, fue premiado el Valencia sin volcarse y los equipos fueron despedidos entre las consabidas protestas y gritos de burro dirigidos hacia un árbitro que merecería por parte de la afición valenciana un mayor reconocimiento por la permisividad mostrada. Salió el Atleti derrotado. Sabíamos que tendría que llegar tarde o temprano. Probablemente llega esta primera derrota de manera injusta, probablemente no fuera el mejor partido de los nuestros pero fastidia un poco la manera de producirse y ante el rival que ha sido. Queda el equipo en pie, o eso esperamos. Queda una temporada larga en la que no parece que vayan a sucederse accidentes como éste si sigue el equipo en el mismo nivel. Puede que no venga mal este tropiezo para ganar perspectiva y para conocer los límites del equipo. No es malo conocerlos.  

De camino a los vomitorios, protestaba Merencio por la lentitud en el desalojo del recinto, por el frío que había pasado por culpa de la previsión meteorológica previa que hablaba de noche primaveral y por las migas del bocadillo que seguía encontrando en la geografía de su chaqueta. Abandonó la pareja el estadio cogidos del brazo y notó Gervasia una metamorfosis en su partenaire, volvía a ser aquel Merencio atento y amable a medida que se alejaba del coliseo de la avenida de Suecia. Él propuso ir a un restaurante romántico que a ella le había gustado especialmente tras cenar en una de sus primeras escapadas. Ella fingió el supuesto olvido de un pañuelo para volver tras sus pasos y encaminarse de nuevo al estadio. Fue solo acercarse un poco y Merencio empezó a protestar por el tráfico, por el olor a sobaco que suelen desprender las masas de gente y por cómo se está extendiendo la reprobable práctica de ponerse los albornoces como batas, lo que se comprende. “¡Uy!, qué tonta, si lo tengo aquí”, mintió Gervasia cambiando de dirección. Enseguida volvió Merencio a ser aquel del que se había enamorado. Todo el mundo tiene sus cosas, unos no toleran bien la bebida, otros no pueden comer más allá de las doce de la noche y otros no deberían acercarse a un campo de fútbol para no protestar por todo. Solo hay que conocer los límites de cada uno. No es malo conocerlos.