Decía ya
hace algún tiempo un señor muy listo llamado Rochefoucault que nunca somos tan
felices, ni tan infelices como pensamos. Ésta máxima, aún con las comprensibles
reticencias que pueden aplicarse a algo que sale de la boca de un señor que por
muy sabio que sea se pronuncia tan raro, pudiera aplicarse a la etapa que
atraviesa nuestro Atleti en las últimas semanas. Somos conscientes, aunque a
veces nos esforcemos en negarlo, de que el Atleti tiene algo de montaña rusa, de
sube y baja descontrolado y eso es bueno, no crean. Si lo que ustedes y yo
sentimos al ver a once jóvenes trotando en pantalón corto con una camiseta
rojiblanca no tuviera algo de inexplicable, de tremendamente irracional, no
engancharía tanto. Si los disgustos no nos dejaran sin cenar y las alegrías no
empujaran a repartir besos de tornillo entre tus iguales esta bendita locura no
sería lo mismo. Aún así, es de justicia apartarse un poco de vez en cuando.
Tomar distancia aunque no sea mucha. Mirar a la clasificación y ver dónde se
está y con qué mimbres. Mirar el cuadro de una competición por eliminatorias y
reparar en que solo queda un paso para llegar a disputar el partido más bonito
de cuantos se pueden disputar en nuestro país. Cierto es que si nos da por
mirar el cuadro de otra competición, más internacional ella, uno pudiera llegar
a deprimirse viendo el resultado de la ida y analizando fríamente el desempeño
de esa figura recientemente redescubierta tras años de olvido en un cajón donde
se guardan las cosas de cuando uno jugaba al balón en la calle: el
portero-delantero.
Con todas
estas premisas, con aquella felicidad ya casi olvidada en el último mes y la
depresión amenazando con instalarse en el cuarto de invitados, se presentaba el
Atleti en Valladolid. Sacó el Cholo el teórico equipo de las grandes ocasiones, los que tienen que estar, y sacó también a Tiago, sin quedar claro al cierre de éstas líneas si el
portugués está para estas ocasiones o para otras mucho más pequeñas. Volvían a
la titularidad Diego Costa, al que se esperaba como al hijo pródigo dado su
estado de forma, y Gabi, tras esa rotación que mostró que él probablemente sea el
único no rotable del equipo. Salió el portero larguirucho, la defensa de gala,
salieron Koke y Arda, claro, y salió Falcao o alguien que se le parece mucho. Salió enfrente el
Valladolid, ese equipo cuyos jugadores navegan entre la conceptualidad y los
siete enanitos: Bueno, Rubio, Sereno, Valiente…, y lo hizo fiel a su identidad,
gusto por el balón, buen toque y blandura a arrobas. Posiblemente no hubiera
habido mejor campo para retomar la senda del triunfo fuera de casa que Zorrilla
viendo cómo los nuestros, solamente con oficio y una línea de presión
adelantada embotellaron a los pucelanos.
Llegó el
gol relativamente pronto tras remate de Godín con el interior del hueso del
tobillo y remache del doble de Falcao, al que por lo menos se le valora la
buena colocación, y tras él el partido, que no nació guapo, se volvió más feo
si cabe. Cuando los partidos se ponen difíciles de ver crecen las figuras de
Gabi y Diego Costa, los que volvían. Presión, desmarques al hueco, batalla y
tropezones. Sangre y poca sutileza. Sudor y alma. Montado en ellos dos llegó el
segundo gol, obra del brasileño y hasta un tercero del Cebolla tras pase de
Gabi y educada cantada de un lateral blanquivioleta que puso fin a la
contienda.
Volvió el
Atleti a ganar fuera de casa rompiendo la racha de la que tanto se ha hablado
al igual que se quebró la racha de inexpugnabilidad en el Calderón. Estas cosas
suceden. Ganó el Atleti con solvencia y dejándose de experimentos. Con los que
deben estar sobre el campo y también con Tiago. Vuelve a casa con mucha más fe
de la que se llevó a Valladolid y muchos de los nuestros reflexionaron sobre la
infelicidad, sobre la felicidad y lo que oscila la aguja de los sentimientos
colchoneros entre ambas. Ya lo decía Rochefoucault, que para algo era tan listo
por mucho que tenga un nombre que se tenga que pronunciar con boquita de piñón.
