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lunes, 20 de enero de 2014

Cocidos maragatos y penaltitos

Hoy empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de impotencia, sí, por qué no decirlo.


Asediaba el equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti, le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e innecesario, pero serlo lo fue…




Llegó el diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico. Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.


Todo lo referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa. No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.


Hay veces que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante, reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.

lunes, 19 de agosto de 2013

De ligas que empiezan, solvencias y fuegos artificiales

Empezó la liga y lo hizo casi sin que la afición estuviera preparada para ello. Empezó antes que nunca, antes de operaciones retornos, de vueltas al cole y mucho antes de que se vayan a tomar por donde amargan los pepinos las olas de calores saharianos. Empezó y lo hizo con horario de pregón en la plaza del pueblo, empezó pronto en la fecha y muy tarde en la hora, como si fuera una tanda de penaltis en una semifinal del trofeo Carranza. Empezó y varios tuvieron que elegir entre el fútbol a deshora o ir a ver los fuegos artificiales de fin de fiestas. Tú avísame cuando vaya a explotar la palmera y ya salgo yo del bar para decir ¡oooooooh!, que es lo que toca en semejantes circunstancias, dijeron algunos intentando justificar su ausencia en la explanada en la que todos los habitantes del pueblo, aborígenes y veraneantes putativos, se arriesgan a que el palo de un cohete les saque un ojo en honor a la Virgen de la Chancla Suelta.

Empezó y uno repara en que se ha atenuado notablemente ese hormigueo que hace unos años sentía en los mondongos cuando empezaba la competición doméstica, hecho que solo puede ser achacable a la igualdad que se espera de una competición en la que los dos primeros suelen sacar un mínimo de veinte puntos de ventaja al más brillante de sus adversarios. Empezó la Liga y uno no tenía ni puñetera idea de qué fichajes había hecho el conjunto rival, ni de qué equipo tipo se iban a encontrar los nuestros enfrente, aspecto éste que debe ser atribuido a la alergia urticante que le provoca a la mayoría de los mortales cualquier contacto con la información deportiva estival y más concretamente con la referida al mercado de fichajes, tema que merece un espacio de frecuencia semanal en el canal Sci-Fi o un monográfico en Cuarto Milenio. Empezó la Liga y ya desde muchos días antes de empezar y a pesar del espartano régimen de desinformación al que somete uno mismo para no oír tanto disparate, uno está hasta los mismísimos forros escrotales de reportajes sobre cómo se van a complementar Messi y su nuevo y estrafalario compañero, al que desde este blog se llamará Marimar a partir de este momento, o de qué día se aparecerá un jugador galés sobre el que servidor de ustedes escuchó un brillante elogio por parte de un filósofo de chiringuito con riñonera en la que, sin duda confuso por la emoción del advenimiento, el susodicho llamó al zagal “Bareh Gay”, cambiando de un plumazo las consonantes iniciales de su gracia y rodeándole de un halo que solo tienen los locales del madrileño barrio de Chueca.

Empezó la Liga y a una gran parte de los que siguen el fútbol de manera atenta no les constaba que empezaba. Empezó la Liga y muchos sentían algo de pereza por su comienzo. Todo esto que le cuento, la pereza, las pocas ganas y la poca preparación ante el choque inminente se disiparon en un segundo, justo lo que tardó el aficionado colchonero en ver salir por el túnel de vestuarios a once tipos vestidos de rojo y blanco, y con pantalón azul, claro…



Salió el Atleti al Sánchez Pizjuán vestido de manera ortodoxa, el Cholo de azabache y negro y el Mono Burgos con chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello pese a los rigores estivales hispalenses. Salió el Atleti con una alineación conocida, esperada. Dispuso Simeone a los mismos que se batieron no hace mucho en lides que serán recordadas con el solo cambio de Villa por Falcao, ese delantero centro con ambiciones de prejubilado que busca un retiro en la Costa Azul. Salió el Atleti y no costó reconocerlo, algo que no era norma en tantos años como proyectos disparatados se han sucedido. Salió el Atleti y parecía mayo siendo agosto. Salió sabiendo a qué atenerse y dejándonoslo claro a nosotros también. Defensa prieta, centro del campo obediente tácticamente y presión meritoria para las alturas a las que estamos. Salieron los nuestros y se vio bien en general a la defensa y a los mediocentros, se vio más Koke que Arda y mucho más Diego Costa que Villa.

Tras unos minutos de achuche local, se hizo el Atleti con el partido con más oficio que juego, recitando una lección sabida de tanto repasada. Se encomendaban los nuestros al derroche de Koke y Gabi y, sobre todo, a la movilidad de Diego Costa y ese desquiciamiento generalizado que provoca su presencia en jugadores y aficionados de equipos de paciencia escasa y poca cultura balompédica. Empezaban y acababan nuestros ataques en él, conocedor del ascenso en el escalafón que se ha ganado a pulso. Llegó su primer tanto tras varios avisos y algún que otro susto a la salida de un corner peinado por un Miranda que empieza el año con esa pátina de solvencia con la que terminó el curso pasado. Empató el Sevilla pronto y el Atleti no se descompuso pese a que los hispalenses quisieron encanallar el partido pero no demasiado, que no son estas fechas que inviten a embozarse en una capa y esperar en callejones oscuros y mal ventilados con la calor que cae.

Comenzó la segunda parte y el partido andaba perdido en naderías hasta que entró Óliver como primer cambio en lo que pudiera interpretarse como un ascenso también para él, pasando de recurso a solución, pasando de coleccionar de minutos a atesorarlos. Salió Óliver y empezó a mostrarse, a ofrecerse como hacen los que saben de qué va esto. Se hizo el Atleti con el balón de manera natural y con más intención y fue entonces cuando Koke vislumbró un hueco para lanzar un balón profundo y dañino a Diego, cuyo partido merecía más premio que solo un gol. Acompasó el de Lagarto su carrera a la del cuero para cruzar un balón que suponía victoria y refuerzo en lo que se hace. Quedaba tiempo todavía para que debutara Baptistao y para que el Cebolla desbordara y abusara de un individualismo que nos regaló un gol tardío, un gol de los que le gustan a él, siempre en constante idilio con los tercios últimos de los encuentros.


Empezó la Liga y volvimos a ver al Atleti solvente que el Cholismo nos regala. Empezó la Liga y, a pesar de las carencias que se antojan, especialmente en la zona ancha, sigue triunfando la idea por encima de condicionantes estéticos. Empezó la Liga y la pereza que daba la fecha y el horario se acabaron esfumando pese al trasnoche canicular. Empezó la Liga y mereció la pena perderse los fuegos artificiales para volver a este Atleti cumplidor que abrazamos pese a ese vicio con forma de poca brillantez en ciertos momentos. Empezó la Liga y los nuestros siguen siendo fiables, pese a horarios, rivales, ausencias y vacíos. Empezó la Liga y continuamos agarrados con fe a lo que dictan un señor que ayer vestía de azabache y negro y a otro que llevaba la chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello a pesar de los rigores veraniegos… 

jueves, 28 de febrero de 2013

Ensayo sobre los sueños


Soñaba el rival con enjugar una renta que parecía insuficiente. Soñaba y se envolvió para materializar su sueño en un manto de sobreexcitación. Soñaba con el campo a rebosar, soñaba que podía hacerse pero en el fondo era un sueño inquieto, el mismo que se vive tras atreverse a cenar callos o manitas de cerdo y mojar mucho pan. Soñaba que a base de empuje podría hacer achicarse al Atleti y el sueño le duró cinco minutos o tal vez seis, el tiempo que necesitó Diego Costa para domar un balón alocado y mandarlo a soñar a las mallas del equipo sevillista. Despertó de su sueño el equipo contrario empapado por el jarro de agua fría administrado por Diego, jugador para el que ya no encontramos en ningún bolsillo adjetivos que puedan calificar su grandiosa temporada.

Despertaron los nervionenses y empezaron a soñar los nuestros. Primero fueron los más pequeños los que cayeron rendidos por lo tardía de la hora, cayeron pronto pero soñaron con un día de primavera. Soñaron con ver un autobús que recorre las calles de la capital con destino Neptuno. Soñaron con ponerse la rojiblanca de nuevo para ir al colegio y que esa señorita de cara avinagrada que se tiene por mocita madrileña les vuelva a mirar con cara rara. Después de los más pequeños el sueño venció a los más veteranos, fue justo después de que tras otra cabalgada de Diego Costa, Falcao se adelantara a la defensa rival y despertara a base de bofetada goleadora a aquellos aficionados locales que todavía no lo habían hecho del todo. Los más mayores soñaron con las finales de los años 60. Soñaron con Collar y con Peiró. Con el rival de siempre, el mayor, el único, postrado a nuestros pies. Soñaron en blanco y negro y soñaron como ese blanco y negro pasaba paulatinamente a un sepia descolorido y más tarde a un color de gran definición. Soñaron con ponerse la bufanda al cuello y acercarse andando a donde se vaya a jugar la final. Soñaron que llevaban de la mano a sus nietos para que estos recibieran su bautismo rojiblanco en tan noble cita.




Discurría el partido por cauces soñados aunque algo bruscos y el sueño nos acabó ganando la partida a nosotros, los de mediana edad. Los que probablemente mirábamos con más reticencia el partido de ayer sin reparar en que, más allá de lo que los nuestros propongan en el campo, nunca hay que dudar del efecto revitalizante que la alineación de Reyes provoca en los equipos contrarios. Empezamos a soñar y lo hicimos con una sonrisa dibujada en la boca. Soñamos con una falta que Schuster dibujó con precisión de arquitecto y con un Futre desmelenado perforando la escuadra de la portería enemiga. Soñamos con cuando nos pusimos cascos de obra y nos escapamos de casa para celebrarlo a pesar de que en dos días teníamos la selectividad. Soñamos con volver a vivir una noche de aquellas y poder llegar a veteranos para contarlo a los más pequeños.

Hemos soñado todos y ni el siempre madrugador despertador ha conseguido que despertemos del todo. Mecánicamente, hemos ido repitiendo las liturgias de cada mañana pero teníamos el sueño todavía presente en nuestras cabezas. Pasaban imágenes de lo que fue, de lo queremos que sea y de lo que será. Hemos soñado con la final soñada. Hemos soñado con el sueño que el Cholo lleva tiempo propiciando. Hemos soñado sin querer despertar ¡Chissst! Les ruego no hagan demasiado ruido al salir, seguimos soñando…

viernes, 1 de febrero de 2013

Eliminatorias que no importan, manos y gente de criterio


Tal vez ustedes no lo supieran pero ayer había eliminatoria de copa, bueno, ustedes sí que lo sabían, que por eso en su mayoría son gente de criterio, gente que si cobra es en nómina y no en sobre color manila y ve la vida de color rojo y blanco. Daba la sensación de que salvo a ustedes y a mí, y también probablemente a los aficionados del Sevilla, a nadie más le importaba la otra semifinal de copa, la de ayer. Seguían los medios en las horas previas desglosando las bondades del enésimo encuentro del siglo, desmenuzando cada cara, cada gesto. Analizando hasta la saciedad más estomagante si aquel mediapunta que se metió el dedo en la nariz antes de sacar un corner no estaría con ese gesto pergeñando una jugada de estrategia innovadora parida en las pizarras de grandes pensadores de los que calientan el trasero en cómodos asientos Recaro. Fuera de eso, todo lo demás da igual. La masa ya ha obtenido su ración recurrente de alimento y ahora se sienta en el sillón a digerir su hartura con la sal de frutas de los comentarios que se vierten en las tertulias deportivas. Los asistentes al banquete mediático siguen maldiciendo a aquel sorteo caprichoso e insensible que quiso con sus azares que del partido de siempre, esa comilona que tanto repite, salga solo un puesto en la final y que el otro puesto salga de una especie de pedrea para pobres. De un partido que no llena páginas de diarios, fíjense ustedes qué injusticia más grande. Ante tal dislate, se oyen voces, algunas de pito, que hasta recogen firmas para que no solo el título de Copa, sino el de Liga, el de Supercopa, el de Champions y hasta el de los premios Limón y Naranja que reparten las peñas periodísticas se diriman única y exclusivamente entre los dos contendientes de costumbre. Prestigiosos consultores de corbata almidonada y calcetines de rayas de colores que buscan dar una falsa impresión de desenfado han realizado estudios de mercado que aseguran que la celebración de treinta y cinco clásicos al año en modalidad de playoff sería lo justo. Esta competición, al mejor de dieciocho partidos, sería lo que realmente necesita el balompié patrio, dejando así de lado partidos intrascendentes que solo sirven para cansar al espectador y para que los dos niños de los ojos de todos coleccionen goles de todas las facturas que luego son inmortalizados en serigrafías sobre tazas de café. A la espera de que las más altas instancias deportivas tomen cartas en el asunto e institucionalicen el interminable duelo, nosotros, raros que somos, preferimos hablar de lo que vimos ayer.



Recibía el Atleti al Sevilla con la final de Copa en un horizonte bastante cercano. Si el partido se hubiera celebrado hace unas semanas, justo antes de que el equipo hispalense destituyera de su banquillo a ese entrenador tan gracioso y tan reguapo que es leyenda en la acera oscura, hubiéramos apostado con los ojos cerrados a que el Atleti pasaba la eliminatoria sin demasiado esfuerzo. Como el partido se celebró anoche a deshora y como a los de Nervión ha llegado ese entrenador cuyo movimiento de brazos solo puede ser comparado con el de expertos en artes marciales, vendedores  de coches usados o vendedores de coches usados con cinturón negro de kung fu, la parroquia no andaba muy por la labor de apuestas ni de arriesgar. Influía, cómo no, el hecho de que el pueblo todavía digería el partido de la noche anterior para que se esperara un partido ligero. Un partido digestivo. Un aperitivo balompédico. Nada de eso ocurrió finalmente. Será porque somos raros y los nuestros también se vuelven así cuando se ponen la sagrada camiseta rojiblanca, será porque los contrarios también sufrieron episodios de enajenación mental transitoria, pero lo cierto es que salió un partido eléctrico. Intensidad pura. Con bastantes imprecisiones. Con errores de bulto y con notables desaciertos. Y con manos. Con muchas manos.

Discurría el partido por los primeros minutos de la segunda parte. Atacaba en oleadas un Atleti que hubiera merecido mejor suerte en el marcador durante un primer asalto frenético, cuando, presionado por Diego Costa, Spahic decidió expulsarse al tirarse de cabeza a por el balón y abrazarlo con singular cariño. Ejecutó Costa la pena con esa finura con la parece tocado en los últimos tiempos. Se prometía muy feliz el partido ante diez y por delante en el luminoso cuando en un desajuste llegó la segunda mano. Fue Godín, que puso una mano blanda, floja. Una mano tal vez algo innecesaria a la altura del trasero que igualó la contienda en número y marcador. Siguió el Atleti arriba y no se arrugó el Sevilla tampoco. Repartían golpes los contendientes sin saber que el destino guardaba una tercera mano, la que supuso el segundo de los nuestros transformado por Diego Costa en similar ubicación al primero. Hubo más manos, no crean, pero no fueron tan relevantes por no vistas o no queridas ver. Sobre todo hubo manos que aplaudieron a rabiar y se agarrotaron por la emoción. Manos enguantadas y a la intemperie que poblaban la grada del Calderón. Manos de gente rara. Gente que gusta de nadar contracorriente y esperar al postre porque el proclamado plato principal les deja fríos. Gente que busca la pedrea, el partido de los pobres. Gente que espera la vuelta con la ilusión del que sabe que las espadas siguen en alto aunque sobre partidos como éste o como el que vendrá no se emitirán ediciones limitadas de edredones con la cara de los protagonistas. Esa gente es la que sabía que ayer había una eliminatoria de Copa en toda su extensión. Gente de criterio….

lunes, 5 de marzo de 2012

Elogio de la fealdad

Basilio es feo. No feo con la subjetividad en la mano, no. De eso nada. A cualquiera que se le pregunte lo confirmará sin atisbo de error. No es que su cara muestre asimetrías relevantes, no es que tenga defectos apreciables, no es que la nariz no case con las orejas y con esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate, no. Es feo más allá de cualquier análisis minucioso, de cualquier comparación con algún pretendido criterio estético. Es feo como levantarle la voz a tu anciana abuela, es feo como no levantarse del asiento cuando entra en el vagón una embarazada de siete meses. Es feo con avaricia. Feo a jornada completa. Feo sumarísimo. Feo más allá de cualquier cualidad que pudiera adornar esa condición. Les digo yo que es muy feo, vamos…


A pesar de su hándicap, Basilio se acicala con mimo siempre que sale a la calle, aunque solo sea para bajar a por una barra de pan integral a la esquina. A pesar de todo, Basilio sigue preparándose durante más tiempo del razonable cuando sale algún viernes o algún sábado. Una vez el conjunto pasa el riguroso examen al que él mismo se somete con rigor, se deja abrazar por la noche y se siente guapo. Nunca mira las muecas que algunas e incluso algunos le dedican al pasar con la chaqueta de lino arremangada hasta los codos. Él, se siente arrebatador. Se acoda en la barra del local, pide un ron con cola y solicita siempre un chorrito de limón natural de manera caprichosa. Cuando el azar que trae la sed acerca a alguna sudorosa ninfa de rímel corrido y falda menguante a sus dominios, él pregunta con atrevimiento y sin circunloquios: “¿Te apetezco?”. Las más de las veces, ve cómo se dibujan gestos de prevención e incluso de asco. Otras tantas la interpelada estalla en una carcajada que no es capaz de minar la autoestima de Basilio. Pero, en ciertas ocasiones, pocas la verdad, surge algo que ustedes y yo no alcanzaríamos nunca a comprender. No diré lo de la chispa porque ser algo tan manoseado por el uso, pero es algo así. Ella se rinde, cae en la trampa de esa fealdad. Cuando sus amigas la rescatan en los tiempos muertos que ofrece una visita al baño o un cigarrillo helador, le preguntan si se ha vuelto loca o ciega. La presa dice siempre lo mismo: “Sí, es el hombre más feo que nunca vi, pero tiene algo” mientras ve venir a Basilio hacia ella paseando su fealdad con seguridad de guapo a rabiar.



Dijo Simeone durante la semana que lo de la posesión como alfa y omega en el fútbol era una milonga como la copa de un pino. Servidor está de acuerdo. Servidor piensa que no siempre el fútbol barroco y recargado, el taconcito pinturero y la pared estucada, es el único camino existente en este juego que tan locos nos vuelve. Frente a ese fútbol guapo y repeinado, existen muchos otros tipos de fútboles, algunos temerosos y esmirriados, otros arrogantes y hasta contrahechos. Hay otras maneras de llevarse el gato al agua, probablemente sean más feas, pero son maneras al fin y al cabo. Se jugaba el Atleti tres puntos importantes con un rival directo que en los últimos tiempos ha destacado por su fealdad y por su antipatía en el juego. Se los tenía que jugar en campo ajeno y plagado de feas bajas. Se planteaba como una obligación el ganar o pudiera ser el no perder, tras los últimos feos resultados, probablemente injustos, pero feos de solemnidad.


Sacó Simeone una alineación fea, desarreglada por lesiones y sanciones, pero con un algo que acababa gustando. Será por lo de que había más españoles que extranjeros o será por lo de que había varios canteranos, esa especie de jugadores tan fea a ojos de nuestros dirigentes, será por lo de las comisiones. El partido nació feo, como se esperaba. Lleno de balones divididos y de porfías. Lleno de revolcones y cabriolas de ese jugador que hasta hace poco vestía la camiseta de nuestro equipo pero nunca jugó para nadie que no fuera él mismo. Ese al que, a pesar de su fealdad innegable aderezada con un intelecto de filo de cuchilla roma, algunos querían alzar a altares de la atleticidad. En medio de tanta fealdad, surgió uno de los más feos de todos, Salvio, para poner por delante en el marcador a los nuestros con un buen cabezazo. A partir de ese momento, empezamos a ver que la fealdad del partido tenía algo, un no sé qué o un qué sé yo que lo hacía más atractivo a nuestros ojos. Fueron los minutos menos feos de los nuestros. Se vieron triangulaciones resultonas, se vio más Koke dejando de lado otras feas tareas. Se imponían con solvencia Mario y Gabi, los de más feo cometido, y se dejaba caer a banda un Adrián que no tuvo su mejor partido en Sevilla, probablemente por afrontar la tarea de ataque muy solo, cosa que siempre es muy fea. En ese periodo, podría haber sido la renta mayor si hubiera cuajado alguna de las oportunidades, casi todas a pies de Salvio, ése jugador feo y contrahecho al que tras el primer tiempo de Sevilla empezamos a ver más enderezado y gallardo.


Empezó la segunda parte muy fea, principalmente por un gol del Sevilla en una contra tras conducción exagerada de Salvio. Algunos dicen que probablemente lo hiciera como homenaje a su ex compañero Reyes, el hombre al que las autoridades se plantearon poner un tacógrafo para poner coto a sus abusos en la conducción. Ahí empezaron los momentos más feos para los nuestros cuando el Sevilla empezó a mirar a la banda de Navas en vez de a la otra, en donde Reyes solo ofrecía piscinazos de ejecución y dificultad apreciables. No se arrugaron los nuestros, capearon el temporal sin pararse en sutilezas. Si había que hacer falta aunque fuera fea, se hacía. Si se tenía que pegar un patadón o diecisiete en defensa, se pegaba. No estaba el partido para exquisiteces ni para lujos estéticos. Cholo miró al banquillo con la aprensión de tener una plantilla fea y corta y quitó a Tiago, quizá por tener la fea costumbre de reprender a sus compañeros cuando a él le fallan las piernas y los partidos le superan físicamente. Salió Pizzi, jugador del que no calificaré guapuras ni fealdades por ser demasiado obvio en planos balompédicos y estilísticos. Aguantó el Atleti hasta el final dejándonos con la fea sensación de que se pudo perder lo que en la primera parte se pudo ganar.


Nos queda un feo empate. Uno más de tantos feos resultados pero probablemente el más justo de la era Simeone junto con su primer partido de Málaga. Nos deja en posición fea en la tabla pero con la esperanza de un calendario menos feo del que acabamos de transitar. Nos deja la sensación de que, enganchando tres victorias seguidas se puede acceder a Champions por obra y gracia de esta liga fea y desigual llena de equipos feos que no interesan a nadie salvo cuando juegan con los dos equipos a los que todo el mundo adula por su pretendida belleza. Nos deja con nuestras feas esperanzas intactas y eso es algo que debemos de agradecer a Simeone, el habernos devuelto también estos partidos feos. Partidos llenos de oficio, de bigotes sin depilar y de pisotones que no ve el linier. Seguimos creyendo en Cholo a pesar de que sea feo y tenga la cara picada de viruelas, porque muchos guapos de cartel pasaron antes que él por esta plaza y nos dejaron otro tipo de fealdad. Fealdad de la que da vergüenza y ganas de mirar para otro lado silbando. No es eso lo que trae este Atleti. Este Atleti que podrá ser feo pero al que su técnico ha convencido de que no lo es tanto, mira de frente. En ocasiones le vemos algo más y nos rendimos a él, pero incluso en sus momentos de mayor fealdad tiene algo, no me pregunten el qué...o sí, háganlo... 

lunes, 3 de octubre de 2011

Pronóstico reservado

– Diga treinta y tres –dijo asépticamente la doctora recién licenciada que regentaba el servicio de urgencia.

– Treinta y tres –repitió Arsenio con obediencia y sin tener muy claro el por qué de utilizar siempre ese número ¿Será que el treinta y tres da tos? ¿Será que provoca silbidos bronquiales? ¿El treinta y cuatro conlleva mejoría?

– Puede usted bajarse la camiseta –dijo ella zanjando a la vez el reconocimiento y un nuevo episodio de esa bisoña incomodidad que sentía ante las desnudeces decadentes y algo indignas de la mayoría de los pacientes que visitaba–. Pues creo que ha cogido usted un virus.

– ¿Un virus? ¿Como el virus FIFA?–inquirió el paciente buscando algo más de definición en los metros finales del diagnóstico.

– Sí, sí, lo que yo le diga. Anda el ambiente plagado de virus. No sé si será por esto de que no llueva o por lo de la crisis, que la crisis tiene la culpa de casi todo. Fíjese que hay teorías aceptadas casi sin reservas que dicen que en estos tiempos de estrecheces hay muchos más virus en el ambiente. Por lo visto, andan alocados buscando organismos rollizos y bien alimentados y, claro, eso ahora es difícil.

–Ya. Y…entonces, ¿lo de tos?

– Se trata de un cuadro claro de tos improductiva. Es decir, toser por toser. Usted tose porque está en casa encerrado sin hacer nada. Si sale al cine o a pasar la tarde a un merendero no tosería ¿Tenía usted algo previsto para hacer antes de encontrarse postrado en el lecho del dolor?

–Bueno…yo, supongo que ir al fútbol. Al Calderón, vamos.

– ¡Vaya, vaya! Le vendrá bien. Lo dicho, airéese, tome muchos líquidos y quedamos a la espera de ver cómo evoluciona–dijo mientras Arsenio salía de la consulta con la duda de si los botellines prepartido favorecerían esas evoluciones. Líquidos eran, desde luego.

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Acudía a consulta nuestro equipo en la tarde dominical para ver si los síntomas mostrados en los dos últimos partidos merecían tratamiento. Algunos preguntaban si no sería por falta de reposo, a lo que daban ganas de contestar que a ver si ahora vamos a pensar que la plantilla es corta cuando hace dos semanitas se bendecían las rotaciones y las profundidades de banquillo. Salió el enfermo con el camisón hospitalario de gala, o al menos uno de los camisones que pensamos que le sienta mejor, pero sin trivote, un hábito que fue recibido a principio de temporada como saludable pero que, después de pocos partidos se ha convertido en un vicio que enlentece considerablemente la circulación. La del balón, principalmente. La presencia de tres elementos del mismo corte en el sistema circulatorio provoca varices en la creación y prurito en la continuidad del juego.

El partido resultó tan improductivo como la tos diagnosticada. Juego a ráfagas, oleadas de dolores de cabeza para unos porteros que se sobrepusieron con entereza a las migrañas atacantes. Rachas de fútbol demasiado horizontal, casi postrado. Golpes, fases de muchos golpes. Fases trabadas que dejan olor a réflex y moretones en las tibias y, tal vez, en las convicciones de un equipo no sobrado de autoestima. El enfermo pudo llevarse el partido, sin duda, solo con que las arritmias sufridas en el remate de aquellos que deberían hacer latir las redes con fuerza se hubieran estabilizado. Aún así, nos quedamos mirando al yacente y no acertamos a saber si tiene un color estupendo o se pone amarillo por momentos. No sabemos si darle el alta o llevarle a cuidados intensivos. Seis años de carrera, tres de residencia y dos de especialidad para llegar a estas no conclusiones. Vaya…



Los primeros análisis no han resultado concluyentes: parece que este año los triglicéridos defensivos están más altos, sí, pero parece que los niveles de la glucosa goleadora tienen altibajos. Picos contra equipos de menor exigencia y valles contra los que deben luchar con nosotros por la curación que ofrecen las zonas nobles de la clasificación. Aún así, hay indicadores que ofrecen una lectura clara: el lateral derecho se rehabilita a ojos vista cuando Silvio es quien lo ocupa, especialmente en ataque; Mario Suárez lleva unos partidos segregando mucosidades y demasiados balones comprometidos hacia los contrarios, hecho que merece recetarle banquillo como medida higiénica; Falcao pierde eficacia como remedio contra la astenia goleadora cuanto más alejado se encuentra del área contraria; Arda aparece y desaparece como un eczema al que se rasca compulsivamente, alternando mejorías con recaídas; Reyes…, ¡ay Reyes!, Reyes se ha convertido en el placebo de este equipo, su presencia como excipiente parece necesaria pero no acaba de serlo, su efecto disminuye con los días de administración y dan ganas de dejar de medicarse con él, sobre todo si espaciar su toma pudiera traer consigo la titularidad del genérico asturiano Adrián, medicamento éste que alivia el malestar general a base de desmarques y visión de juego colectivo.

El partido de hoy y por extensión la temporada del equipo pudiera declararse como de pronóstico reservado. Al no tener claro el mal, si es que lo hubiera, que nos aqueja, dan ganas de decir que hemos cogido un virus. Sí, sí, un virus que es lo que suelen decir los médicos cuando no tienen ni repajolera idea de lo que le pasa al paciente. Mirando las cosas con filosofía, pudiera ser que lo hayamos incubado tras las dos primeras goleadas en casa y que a partir de ahora empezaremos a enderezar la espalda tras el inoportuno ataque de ciática de estos tres resultados. Mirándolo de manera negativa, se podría pensar que realmente estuvimos bajo sus efectos en los partidos contra Racing y Sporting y que, pasados los momentos febriles de buen juego, ahora es cuando estamos en nuestro estado natural ¿Qué nos queda? Seguir vigilando la evolución del paciente (¿o deberíamos decir que los pacientes somos nosotros?). Mirarle fijamente las pupilas, dar con la dosis justa de medicina e incluso golpear si es necesario con un martillo en la rodilla para ver si los reflejos repuntan. Eso sí, sin estridencias, que solo faltaba que además de esta tos tan improductiva pero tan cabrona, se nos rompiera también el ligamento cruzado.

domingo, 27 de febrero de 2011

Cualquier tiempo pasado

Petronila miraba por la ventana. Miraba sin mirar. Vamos, que no reparaba en que el niño del quinto se estaba fumando su primer cigarro en el parque de enfrente. Su mente estaba mucho más allá del parque. Estaba viajando hacia su vida de hace unos años, en cuando estaba con Aurelio, su novio desde casi el parvulario. Acababa de verlo pasar por la calle. Iba con una bufanda verde y oro, de esas que llevan ahora los atléticos que luchan por un Atleti mejor. También llevaba la camiseta enfundada, pero ya no era esa que ella le regaló, esa con el nueve a la espalda y el nombre de Torres. Ahora era otra, pero con la chaqueta no vio el nombre ni el número. Hacía tiempo que le había dejado. Después de quince años de novios. Le había dicho que se había cansado de lo de siempre. De la rutina. De los caracoles en Cascorro y las bravas y la jarra de sangría en la Latina los domingos a mediodía. Del paseo hacia el estadio bajando por Pontones en días primaverales como hoy. De los achuchones en el vagón del metro atestado en Pirámides. De los torpes besos en el portal. De las despedidas hasta el día siguiente.
La verdad es que no se había cansado. La verdad es que se cruzó Vicente. El comercial que se incorporó por esas fechas a su empresa. El que llevaba un traje barato pero que le quedaba impecable. El que hablaba tan bien. El que hablaba de objetivos de ventas, de objetivos de ingresos, de objetivos subjetivos y hasta de objetivos Birmania. El que la sedujo con su palabrería. El que le habló de un piso en un barrio en construcción cerca de la carretera de Burgos. El que le habló de niños rubios vestidos de manera idéntica. El que le prometió viajes a sitios exóticos. El que le habló de restaurantes con platos deconstruidos. El que había echado barriga. El que la había llevado a Andorra como destino más exótico para ganarse un dinero con tabaco de contrabando. El que esta tarde cancelaría su cita excusándose en un repentino dolor de muelas.
Pensaba Petronila en lo tonta que había sido. En que se había dejado embaucar por las palabras de Vicente. En que aún hoy cuando ella le echaba en cara sus embustes, él seguía hablando de burbujas inmobiliarias, de sinergias, de oportunidades hipotecarias, pero al final nada. Es lo que tienen las palabras. Que si no están acompañadas de hechos, cansan. Engañan. Tapan miserias. Pensaba también en cómo le gustaría volver a la rutina. A los domingos de tapas y raciones. Y sabía que estos horarios a los que somete la Liga de Fútbol en connivencia con las televisiones no permiten tomar bravas la mayoría de las veces. Ya casi no había domingos a las cinco. Pero bueno, podría haber sábados de café y pastas y domingos de bocadillo de mortadela. Le daba igual. Sólo quería volver a las antiguas costumbres.

Se encontraban en el Calderón dos equipos llamados a luchar por objetivos mayores que se encuentran en plena lucha por objetivos subjetivos. No crean, para el común de los mortales es de una tremenda objetividad decir que no tienen objetivos. Que se han dejado todos por el camino. Algunos pocos, entre los que se encuentra nuestro técnico, opinan con el entendimiento lleno de subjetividad que todavía hay objetivos, aunque sean birmanos. Que todo esto no es más que un trance para afianzar la gestión del cambio que toda sociedad anónima o sociedad apropiada indebidamente debe afrontar. Que lo importante es buscar sensaciones que refuercen a la psique para generar respuestas de carácter positivo. Entonces nos miramos unos a otros y ponemos la misma cara de poker que utilizamos cuando un consultor repeinado y con la raya del pantalón planchada según el meridiano de Greenwich nos dice que no hacemos bien nuestro trabajo porque lo pone el powerpoint. Y que todo lo que dice el powerpoint es sagrado. Y que para eso ellos son expertos en adquisiciones, fusiones y aligeramiento de cargas. Y nosotros les intentamos excusar pensando que lo que les pasa es que sufren traumas de infancia, de ese tiempo en que un padre con gafas ahumadas les obligaba a ver La Clave los viernes por la noche, mientras la mayoría veíamos a la Bombi y a Bigote Arrocet en el Un, dos, tres. Pero siguen hablando de procesos de aclimatación de gestión de la demanda. Aunque la mayoría pensemos que es palabrería. Aunque canse. Aunque engañe. Aunque tape miserias. Aunque eche barriga.
Muchos vemos los partidos pensando en tiempos pasados. Mirando sin mirar, con nostalgia de regates vistos y de juego al primer toque. De un equipo dominador. De jugadores internacionales. De volver en el vagón atestado del metro achuchados pero contentos. No como ahora que ni fu ni fa. Y el equipo también tiene nostalgia, aunque sea de tiempos no demasiado lejanos. De los tiempos en los que se partía. De los tiempos en que cada llegada del contrario era una moneda al aire. De los tiempos en que cinco atacan y cinco defienden. Y lo vuelve a hacer a ratos. Y en esos ratos por lo menos carga el partido de emociones. Y también echa de menos la sangría y la vive en partidos como ayer por la banda izquierda de nuestra defensa. Aunque hay cositas que de vez en cuando encienden algo las ilusiones: la buena pinta de Koke y su intención de asociarse y tocar rápido; la solidez de Domínguez; la garra de Ujfalusi; la pelea del Kun aún cuando no juega un partido con las dosis de genialidad acostumbradas.
Pero esas ilusiones mueren un poco por ejemplo cuando ves que en el equipo contrario hay un jugador que no es una maravilla pero que ha elegido jugar en el rival en vez de en nuestro equipo. En que tal vez nuestro director deportivo se muestra absentista a la hora de convencer a jugadores que no habitan en zonas tropicales. En que los fichajes muchas veces no se logran porque tienen el mismo problema que las piscinas comunitarias: las filtraciones. Y luego miras al palco y mueren del todo. Y miras alrededor y ves que tus iguales prefieren tomarla con un jugador antes que con los verdaderos culpables. Y tienes ganas de que vuelvan aquellos domingos. Los de los caracoles en Cascorro y las bravas con jarra de sangría en la Latina. Los del paseo hacia el estadio bajando por Pontones. Para volver contentos. Con nuestro antiguo novio. Ése que derrochaba coraje y corazón.