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lunes, 19 de agosto de 2013

De ligas que empiezan, solvencias y fuegos artificiales

Empezó la liga y lo hizo casi sin que la afición estuviera preparada para ello. Empezó antes que nunca, antes de operaciones retornos, de vueltas al cole y mucho antes de que se vayan a tomar por donde amargan los pepinos las olas de calores saharianos. Empezó y lo hizo con horario de pregón en la plaza del pueblo, empezó pronto en la fecha y muy tarde en la hora, como si fuera una tanda de penaltis en una semifinal del trofeo Carranza. Empezó y varios tuvieron que elegir entre el fútbol a deshora o ir a ver los fuegos artificiales de fin de fiestas. Tú avísame cuando vaya a explotar la palmera y ya salgo yo del bar para decir ¡oooooooh!, que es lo que toca en semejantes circunstancias, dijeron algunos intentando justificar su ausencia en la explanada en la que todos los habitantes del pueblo, aborígenes y veraneantes putativos, se arriesgan a que el palo de un cohete les saque un ojo en honor a la Virgen de la Chancla Suelta.

Empezó y uno repara en que se ha atenuado notablemente ese hormigueo que hace unos años sentía en los mondongos cuando empezaba la competición doméstica, hecho que solo puede ser achacable a la igualdad que se espera de una competición en la que los dos primeros suelen sacar un mínimo de veinte puntos de ventaja al más brillante de sus adversarios. Empezó la Liga y uno no tenía ni puñetera idea de qué fichajes había hecho el conjunto rival, ni de qué equipo tipo se iban a encontrar los nuestros enfrente, aspecto éste que debe ser atribuido a la alergia urticante que le provoca a la mayoría de los mortales cualquier contacto con la información deportiva estival y más concretamente con la referida al mercado de fichajes, tema que merece un espacio de frecuencia semanal en el canal Sci-Fi o un monográfico en Cuarto Milenio. Empezó la Liga y ya desde muchos días antes de empezar y a pesar del espartano régimen de desinformación al que somete uno mismo para no oír tanto disparate, uno está hasta los mismísimos forros escrotales de reportajes sobre cómo se van a complementar Messi y su nuevo y estrafalario compañero, al que desde este blog se llamará Marimar a partir de este momento, o de qué día se aparecerá un jugador galés sobre el que servidor de ustedes escuchó un brillante elogio por parte de un filósofo de chiringuito con riñonera en la que, sin duda confuso por la emoción del advenimiento, el susodicho llamó al zagal “Bareh Gay”, cambiando de un plumazo las consonantes iniciales de su gracia y rodeándole de un halo que solo tienen los locales del madrileño barrio de Chueca.

Empezó la Liga y a una gran parte de los que siguen el fútbol de manera atenta no les constaba que empezaba. Empezó la Liga y muchos sentían algo de pereza por su comienzo. Todo esto que le cuento, la pereza, las pocas ganas y la poca preparación ante el choque inminente se disiparon en un segundo, justo lo que tardó el aficionado colchonero en ver salir por el túnel de vestuarios a once tipos vestidos de rojo y blanco, y con pantalón azul, claro…



Salió el Atleti al Sánchez Pizjuán vestido de manera ortodoxa, el Cholo de azabache y negro y el Mono Burgos con chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello pese a los rigores estivales hispalenses. Salió el Atleti con una alineación conocida, esperada. Dispuso Simeone a los mismos que se batieron no hace mucho en lides que serán recordadas con el solo cambio de Villa por Falcao, ese delantero centro con ambiciones de prejubilado que busca un retiro en la Costa Azul. Salió el Atleti y no costó reconocerlo, algo que no era norma en tantos años como proyectos disparatados se han sucedido. Salió el Atleti y parecía mayo siendo agosto. Salió sabiendo a qué atenerse y dejándonoslo claro a nosotros también. Defensa prieta, centro del campo obediente tácticamente y presión meritoria para las alturas a las que estamos. Salieron los nuestros y se vio bien en general a la defensa y a los mediocentros, se vio más Koke que Arda y mucho más Diego Costa que Villa.

Tras unos minutos de achuche local, se hizo el Atleti con el partido con más oficio que juego, recitando una lección sabida de tanto repasada. Se encomendaban los nuestros al derroche de Koke y Gabi y, sobre todo, a la movilidad de Diego Costa y ese desquiciamiento generalizado que provoca su presencia en jugadores y aficionados de equipos de paciencia escasa y poca cultura balompédica. Empezaban y acababan nuestros ataques en él, conocedor del ascenso en el escalafón que se ha ganado a pulso. Llegó su primer tanto tras varios avisos y algún que otro susto a la salida de un corner peinado por un Miranda que empieza el año con esa pátina de solvencia con la que terminó el curso pasado. Empató el Sevilla pronto y el Atleti no se descompuso pese a que los hispalenses quisieron encanallar el partido pero no demasiado, que no son estas fechas que inviten a embozarse en una capa y esperar en callejones oscuros y mal ventilados con la calor que cae.

Comenzó la segunda parte y el partido andaba perdido en naderías hasta que entró Óliver como primer cambio en lo que pudiera interpretarse como un ascenso también para él, pasando de recurso a solución, pasando de coleccionar de minutos a atesorarlos. Salió Óliver y empezó a mostrarse, a ofrecerse como hacen los que saben de qué va esto. Se hizo el Atleti con el balón de manera natural y con más intención y fue entonces cuando Koke vislumbró un hueco para lanzar un balón profundo y dañino a Diego, cuyo partido merecía más premio que solo un gol. Acompasó el de Lagarto su carrera a la del cuero para cruzar un balón que suponía victoria y refuerzo en lo que se hace. Quedaba tiempo todavía para que debutara Baptistao y para que el Cebolla desbordara y abusara de un individualismo que nos regaló un gol tardío, un gol de los que le gustan a él, siempre en constante idilio con los tercios últimos de los encuentros.


Empezó la Liga y volvimos a ver al Atleti solvente que el Cholismo nos regala. Empezó la Liga y, a pesar de las carencias que se antojan, especialmente en la zona ancha, sigue triunfando la idea por encima de condicionantes estéticos. Empezó la Liga y la pereza que daba la fecha y el horario se acabaron esfumando pese al trasnoche canicular. Empezó la Liga y mereció la pena perderse los fuegos artificiales para volver a este Atleti cumplidor que abrazamos pese a ese vicio con forma de poca brillantez en ciertos momentos. Empezó la Liga y los nuestros siguen siendo fiables, pese a horarios, rivales, ausencias y vacíos. Empezó la Liga y continuamos agarrados con fe a lo que dictan un señor que ayer vestía de azabache y negro y a otro que llevaba la chaqueta deportiva abrochada hasta el cuello a pesar de los rigores veraniegos… 

martes, 7 de mayo de 2013

Preocupaciones


Cuando no es por esto es por aquello, y cuando no, por lo de más allá. El hecho es que Angustias se pasa el día preocupada. Su marido dice que todo proviene de su nombre, nombre que debe a una tía abuela malencarada con sus iguales femeninas pero gentil en exceso con los miembros, con perdón, del sexo contrario. El caso es que Angustias nació unos años después de que acabara la guerra, justo al poco de que su tía abuela se tirara al monte o más bien a todo aquel que anduviese por el mismo, fuera éste maquis, bandolero o pastor trashumante, ya que tras su ligereza de cascos no subyacía motivo ideológico ninguno, sino más bien motivos que solo el corazón y los bajos vientres pudieran llegar a descifrar.


Les contaba que Angustias navega por la vida en un constante sinvivir: unas veces por la situación económica, otras por motivos de salud y otras porque en el amor tampoco se encuentra llena del todo con el gruñido que su esposo le dedica a modo de buenos días cada mañana. Angustias sufre. Mucho. Siempre la mente llena de esas pequeñas preocupaciones que el resto de los mortales son capaces de aparcar como a un utilitario y que a ella le quitan el sueño. Ella se pasa el día cavilando y solo deja de darle vueltas a la cabeza en los intervalos de desazón y apuro que siguen a uno de los más de quince infartos diarios, de miocardio y cerebrales a partes casi iguales, que ella, muy convencida, alega sufrir ante la mirada atónita de su médico de cabecera. Angustias lleva últimamente unos días en los que casi no sale de casa. Se le ha metido en la pelota que está siendo acechada por una banda de sicarios que ejecutan secuestros express por encargo y sale del portal con mil ojos y a deshoras, lo que está siendo muy apreciado por los comerciantes orientales de su barriada, siempre dispuestos a expenderle cuarto y mitad de pan rallado y un sobre de sopa de ave con estrellitas a las tres de la mañana. “¡Secuestros express a mí!”, aclara cuando le pregunta la del segundo izquierda por sus extraños husos horarios. “A mí no me van a pillar”, aclara sin sospechar que a su vecina probablemente le extrañe menos lo de empanar al rayar el alba que lo del secuestro express, concepto que todavía se sigue asociando en ciertos círculos con el hecho de llevarse al descuido a una cafetera en contra de su voluntad.


Todo el día inmersa en preocupaciones, aunque sean nimias a ojos de muchos. Así pasa la vida de Angustias. De nada sirven los consejos desinteresados de los que la rodean. Ella no puede evitar preocuparse….



Debo confesarles que los últimos partidos me han instalado en un sinvivir. Cuando no es por esto es por aquello o tal vez por lo de más allá, pero el hecho es que me paso el día preocupado. Se acerca la final de Copa a velocidad de crucero y anda el Atleti soso, sin chispa y aún diría flojo. Uno intenta seguir el consejo de muchos de los que le rodean, consejos sabios que hablan de la desmotivación propia de aquel que ha conseguido casi matemáticamente el objetivo marcado al inicio de la temporada o de las cargas de entrenamiento minuciosamente programadas para que el día de autos salgan los nuestros como motos de abultada cilindrada y tubo de escape trucado pero aún así sigue preocupado. No crean que la preocupación se centra específicamente en alguna zona del campo, en una esquina retirada del área grande por ejemplo, no, la preocupación se reparte de manera equitativa por todos los rincones del equipo.


Preocupa de igual manera el estado de Juanfran y su indescifrable peinado que las maneras edulcoradas de un Mario al que no volvimos a ver como querríamos desde lo de Bucarest. Preocupa que últimamente Godín y Miranda vayan al cruce al trote y de puntillas, como si les apretaran los zapatos y no quisieran provocarse un uñero. Preocupa que Diego Costa ande más metido en esas luchas que dirime con todos y consigo mismo que en tirar aquellos desmarques que nos sorprendieron. Preocupa que Courtois se siga poniendo esos ternos amarillos que harían blasfemar castizamente a Luis Aragonés. Preocupa que Gabi no tenga varios pulmones de repuesto. Preocupa que Koke no haya más que uno. Preocupa que Óliver no se haya echado algún año, algún kilo y algún minuto de más a la espalda. Preocupa no saber dónde tienen la cabeza Falcao y Arda. Preocupa ver una sutil mejora en Adrián y no tener claro si todo es un problema de morriña  atenuado por jugar en Riazor. Preocupan las titularidades de Raúl García y las pocas suplencias del Cebolla. Preocupa que Filipe se pase o no llegue cerrando al segundo palo. Preocupa que, en lo que se pudiera considerar un efecto contrario al que Sansón sufrió en su día, el renacido tupé de Simeone tenga algo que ver en todo esto.


Así pasa uno los días, inmerso en preocupaciones que pudieran parecer nimias a ojos de otros. Ya uno no encuentra consuelo ni en las noticias que aparecen sobre la incorporación a la dirección deportiva de Andrea Berta, ojeador con nombre de actriz italiana de corpiño ajustadísimo que suponemos ojeará donde siempre se suele ojear cuando de fichajes se trata en ésta, nuestra casa. De nada sirven los consejos desinteresados de los que me rodean, no puedo evitar preocuparme….

lunes, 11 de marzo de 2013

El último pase


“¡Vamos Niño, mátalo ya!”, “¡Ea, que este está ya aviado!”, “¡Venga, listo de papeles”, “¡Bueno va, ahora que hable el acero!”….

Todo esto y muchas cosas más se oían en el callejón, en los burladeros y hasta en las localidades de barrera de la plaza en la que el estrafalario matador, autoproclamado como el primer torero 2.0 que la fiesta conocía, elaboraba la faena de su vida. Las frases que aconsejaban afrontar el momento supremo eran proferidas por apoderados de pelo ensortijado, familiares más o menos queridos y hasta novias de clavel reventón detrás de la oreja con vocación de folklóricas pero nada, él no hacía caso. Nuestro protagonista, conocido para la eternidad como El Niño del Gigabyte, torero de gran ascendente y número de seguidores en redes sociales y portales de contactos, no se había visto en una igual. El diestro apuraba las fuerzas de su adversario sin escuchar las voces que aconsejaban abreviar el trance, probablemente crecido ante el hecho de que hasta la fecha siempre había sido despedido a base de almohadillazos y hasta collejas de cada coso en el desplegaba su discutible pero vanguardista arte. El Niño del Gb, al que a partir de ahora nombraremos de tan apocopada manera aún a riesgo de que a alguno de los lectores le produzca atragantamiento, no había sido hasta la fecha capaz de dar un mal pase ni a una cabra con reúma por lo que quería disfrutar del momento dejándose llevar, no queriendo que el sueño finalizara. Quería demostrar que aquellos que glosaban su mal gusto en todas las suertes andaban equivocados, quería arrancar al destino un último pase más antes de llegar al momento álgido, tal vez sabedor de que gran número de aficionados le acusaban con maledicencia de entrar a matar sin arrimarse, casi por bluetooth.

Seguía desoyendo borracho de triunfo las voces que aconsejaban pasaportar al morlaco cuando, al hacer un desplante con ese estilo tan suyo de pato mareado, se arrancó el burel buscándole la ingle. Hizo carne feamente, pareciendo conocer de antemano que El Niño del Gb cargaba a la izquierda de esa manera tan celebrada por sus amigas de Facebook y cayó el torero en la arena. Allí, todavía a merced del toro, viendo cómo el dolor y la sangre le ganaban el pulso a la efímera gloria vivida, se arrepintió de su fijación por el último pase…




Lo contrario, exactamente lo contrario que le sobró a El Niño del Gigabyte es lo que le faltó ayer y en alguna que otra ocasión últimamente a nuestro Atleti. Se plantaba la Real en el Calderón con marchamo de equipo difícil pero algo apocado ante la tendencia de los rojiblancos de despachar por la vía rápida a aquel que osa saltar a la arena del feudo local. Se acularon los donostiarras en tablas, no excesivamente, no crean, pero sí bien plantaditos y hasta reservones, nunca mansos. Sacó el Cholo al Cebolla de enganche y se llevó el uruguayo un buen revolcón del lance. Es curioso cómo el Cebolla ha ido perdiendo gas con los meses o con los minutos, vayan ustedes a saber, hasta llegar al punto de la existencia de teorías que encuentran paralelismos igualmente negativos entre poner a jugar al Cebolla de inicio y dar de comer a un Gremlin a partir de las doce de la noche.

Sacó el Cholo al resto de los titulares y puso, de nuevo por necesidad, a Koke en el mediocentro. La presencia de Koke en el doble pivote no desentona y pudiera ser una opción digna de tener en cuenta si no fuera por el hecho de que aleja del área a uno de los pocos sobresalientes que pueden facilitar el último pase, esa suerte tan esquiva en la Ribera del Manzanares. Otro debiera ser Arda, participativo aunque desquiciado por momentos en el día de ayer, y otro Adrián, del que no se tienen noticias desde sus salidas por la puerta grande del año pasado. Poco más hay para brindar ese último eslabón de la cadena del juego. Ese trincherazo o ese pase de pecho que deja solo al rematador ante el portero rival. Esa es la mayor carencia del equipo y ya se atisbaba desde principio de curso. Algo conocido, vamos.

Llegados a este punto y probablemente con el amargo sabor de la primera derrota liguera en casa todavía en el paladar, los hay que abogan, tal vez con razón, por dar la alternativa a esos novilleros que vienen empujando desde abajo: bien Saúl, devolviendo así a Koke a la zona de tres cuartos o bien Óliver, aquel que nos hizo enamorarnos de sus quites veraniegos hace ya demasiado tiempo. Otros en cambio, se acuerdan de Diego y los lances pintureros que nos dejó el año pasado y sacuden la cabeza por el esfuerzo no realizado en su fichaje. Incluso los hay que piensan que Insúa, el tímido y desaparecido fichaje invernal, pudiera cumplir esa función dando al conjunto un toque de espectáculo cómico taurino que siempre es de agradecer para aliviar tensiones.

Podríamos escudarnos en que el resultado de ayer debiera haber sido un cero a cero para ser más justos. Podríamos pensar que ese linier con maneras de picador malo no levantó el banderín cuando debía de manera premeditada. Podríamos argumentar que qué más da ser segundo que tercero siendo el premio el mismo y nos lo podrían refutar razonadamente o con los sentimientos en la mano. Podríamos incluso preocuparnos más de lo debido y mandar a los corrales al optimismo reinante hace solo unos días. Podríamos seguir dando vueltas a la cabeza, a la faena, a cómo se atragantan ciertos partidos con equipos como el Rubin Kazan de San Sebastián. Podríamos simplemente pensar que a hay veces en las que no acaba de salir ese último pase…

lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…

lunes, 21 de enero de 2013

Enamoradas reflexiones del Atleti-Levante


Seguramente ustedes, gente de orden y con notables facultades para la observación, se habrán preguntado el por qué del parón de las crónicas agónicas de un tiempo a esta parte. Los habrá que habrán pensado en una huelga salvaje y silenciosa por parte del que suscribe, sin duda reivindicando alguna causa eminentemente justa, como la de que los mediapuntas sean ajusticiados sumarísimamente, a ser posible antes del amanecer, sin derecho a defensa legal ni recursos posteriores. Los habrá que se habrán planteado si servidor no estará pidiendo a gritos un despido indemnizado por parte de los patronos del blog, algo muy de moda, pese a la crisis y los problemas de empleo, entre profesionales tan dispares como blogueros y entrenadores lusitanos de carácter agrio ¿Qué será? ¿Qué no será? Se pregunta la fiel e irresponsable feligresía agónica ante el absentismo del que perpetra estas tonterías coleccionables. El motivo es mucho menos terrenal que todos esos que ustedes barajan. Es, simple y llanamente, que servidor se ha enamorado.

Sí, sí, lo que yo les diga, me he enamorado. Pero hasta las trancas, oigan. Como un colegial, aunque dé algo de vergüenza reconocerlo a estas y otras edades ¿Que cómo sé que ando enamoriscado? Pues miren, uno tiene todos los síntomas: come poco y a deshoras, duerme de manera liviana y atribulada y suspira cansinamente a la menor ocasión que el día le brinda. Uno, que siempre ha tenido un sentido más bien prosaico de estas cosas, se ve ahora vagando como alma en pena, arrastrando los pies de tan enamorado como está y leería poemas de escritores románticos con los que comparte gusto por las ojeras si dispusiera de tiempo. No crean ustedes que este estado transitorio que me inunda ha impedido que este juntaletras haya dejado de ver los partidos de nuestro Atleti, que una cosa es estar colado por los huesos de alguien y otra coger los principios de uno y tirarlos a la papelera tras haberlos arrugado como una factura de Gas Natural, no. Servidor ha presenciado la insufrible vuelta de Copa en Getafe, la injustísima igualada en Mallorca, la académica victoria ante el Zaragoza y el ilusionante primer capítulo de los cuartos de la eliminatoria ante el Betis. Lo ha visto todo, vamos. Pero lo ha visto de otra manera. Es diferente esto de ver las cosas totalmente enamorado. Será porque ahora las ve junto al objeto de su amor, claro. Los ve con él al lado o en brazos, los ve mientras le da de comer o le saca los gases, actividad sorprendente por la extrañeza que produce alegrarse tanto de que te eructen en la cara. Será un poco por todo ello. Será porque ahora veo los partidos con un nuevo atlético de casi cuatro kilos que acaba de llegar en el mercado de invierno a mi casa. Seguro que es por eso…

Se presentaba el Levante a jugar en el Calderón y lo hacía según las señas de identidad del equipo valenciano: no jugar demasiado y no dejar jugar aún más, lo que tiene su mérito por encima de criterios estéticos. Salió el Atleti a por el partido desde el minuto uno y salió de esa manera que nos ha enamorado más o menos a todos: con la intensidad por bandera, con la presión desbocada como aliada e intentando avasallar al rival, aunque este sea tan incómodo como una silla de diseño finlandesa. Se volcaba el Atleti por la izquierda enganchado a la profundidad de Filipe y a la verticalidad de un Cebolla que merecía titularidad. Poco a poco fue nivelándose la llegada por la otra banda gracias a la mejor noticia de la noche: Manquillo. Manquillo suplió ayer a Juanfran de manera soñada para un canterano. Javi estuvo intenso, entonado, comprometido, disciplinado cuando debía y sobre todo atrevido. Por encima de todo estuvo brillante y enamoró a todos, incluso a los de corazón más duro y ceño más fruncido. Manquillo ayer se adueñó de la banda derecha y, lo que es más importante, del futuro de esa banda en el equipo. Fue capaz de tirar un desmarque profundísimo y asistir de primeras a Adrián para que éste aseara un partido que era reválida para él ante el terreno que Diego Costa le ha ganado. Aprobó solo el asturiano, al que se le debe medir en más citas, aunque tal vez su partido, como el de los demás, se empequeñeció ante la irrupción del lateral derecho del filial por el que desde ayer bebemos los vientos.



Seguía el Atleti intentándolo. Presionando y achuchando siempre con Gabi y su generosidad en el esfuerzo a la cabeza. Con Koke mandando y con las bandas acompañando. Se encontraba el Levante, especialista en desactivar rivales, totalmente desactivado y en una de estas Falcao se rompió...

– ¡Ah!, ¿pero Falcao estuvo ayer sobre el campo? –se pregunta de manera impertinente.

Hombre, estar, lo que se dice estar, estuvo. Estuvo desconectado, sobre todo. No queda claro si echó de menos el trabajo que le hace Diego Costa, los balones de los que le surte Arda o si físicamente no estaba al cien por cien, pero el hecho es que estuvo pero poco, aunque se le espera. Con la lesión del Tigre todavía fresca, llegó un balón medio sueltecito, medio libre y mediopensionista a Koke. Resurrección vio por el rabillo del ojo al portero algo adelantado y clavó en la escuadra un balón que finiquitó el partido y terminó de enamorar a todo aquel que no acababa de caer rendido al canterano y su enorme temporada.

Ha comenzado una segunda vuelta a la que pedimos con ilusión y fe que sea tan buena como la primera. Éste Atleti ha enamorado durante la primera parte de la temporada, y aunque pudiera ser opinable si también ha enamorado su juego en todas las citas, lo que es indiscutible es que lo ha hecho por compromiso y seriedad, algo que muchos creíamos perdido en el abismo de la sociedad anónima deportiva. Incluso en los momentos de menor inspiración, este equipo deja unas mariposas en el estómago que hace muchos años uno no sentía. Más allá de connotaciones sentimentales y de aspectos subjetivos, uno cree justo el lugar que ocupa el equipo en la clasificación y aún piensa que probablemente haya merecido más en algunas plazas donde se dejó puntos. Además de todo eso, que no es poco, sobre el campo surgen como setas noticias buenas e incluso estupendas, como por ejemplo la recuperación de Costa, la irrupción de Manquillo, la confirmación de Koke o la jerarquía de Miranda. Será cuestión del amor, pero uno ve a los nuestros más altos, más listos y hasta más guapos. No apetece que el romance termine y para eso está el Cholo, el Cupido que disparó la flecha que ha acertado en todos los corazones rojiblancos, esos que antes se desangraban no reconociendo lo que tenían delante. Probablemente quede ñoño y demasiado meloso, pero no me digan ustedes que no es bonito sentirse así.

Permítanme terminar de manera tan tonta, que me toca ir a preparar un biberón. Es lo que tiene el amor...

domingo, 4 de noviembre de 2012

Crónica entre protestas del Valencia-Atleti


Tiene Valencia no pocos argumentos que justifican una visita: su clima, sus gentes, disfrutar de sus arroces justos de punto mirando a la Malvarrosa, sus ruinas de la Copa América y de un circuito imposible de fórmula 1 como testigos de lo que fue la civilización del pelotazo, sus kioscos decorados con azulejo labrado, sus costas y sus adentros, su albufera, sus mosquitos de tamaño familiar, sus talleres falleros, sus jovenzuelos de pelo pincho que se saltan los semáforos por principios, sus delfines del Oceanográfico que ejecutan coreografías con un toque arrevistado y sus camareros que no se sonrojan al presentar una cuenta de diez euros por dos horchatas de brik a temperatura ambiente.

Tiene Valencia algo más para Gervasia. Algo que justifica sus visitas más allá de disfrutar de las bondades que la ciudad ofrece: Merencio. Habían pasado ya casi dos años desde que se conocieron en una convención de gerentes comerciales de empresas eléctricas. Como no podía ser de otra manera, la chispa surgió enseguida y empezaron también enseguida los fines de semana de reencuentro, las citas cibernéticas y las llamadas que tan difíciles son de terminar. Era Merencio hombre mesurado en todas sus facetas: siempre responsable pero con un toque de desenfado que a ella le encantaba. Hablaba cuando debía y callaba para escuchar cuando tocaba. Formal y espontáneo a la vez. Todas esas virtudes y alguna que otra más, justificaban las idas y vueltas en AVE y las tristes despedidas dominicales y servían de cimiento para esos planes a medio plazo donde ella se veía mudándose a Valencia para estar juntos. Esta vez además irían al fútbol juntos por primera vez robando un par de horas a ese tiempo siempre insuficiente. Merencio la llevaría a Mestalla para ver a su Atleti, ese Atleti que probablemente fuera lo que más echara de menos ella si un día decidía dar el paso de irse del Manzanares para el Turia.

Fue traspasar los tornos de Mestalla y Gervasia empezó a notar comportamientos raros en Merencio. Se mostraba nervioso con solo transitar por los pasillos del estadio y protestó más de la cuenta cuando ella eligió el asiento de la izquierda argumentando que ese era al que él había echado el ojo de antemano. Decidieron tomar un par de cervezas y Merencio se indignó ante el discutible hecho de que la suya tenía menos espuma que la de ella e incluso la acusó de ocupar más espacio del debido solicitando casi burocráticamente que no invadiera su sitio. Entonces empezó el partido….



Salió el Atleti a Mestalla con la defensa habitual, la delantera del año pasado y con un medio del campo inédito: sacó el Cholo a Emre con Gabi, con Arda y con Tiago, ese asceta del esfuerzo físico. Salieron los nuestros a dominar el partido y salió el Valencia a defender el resultado, sin tener claro al cierre de estas líneas qué resultado pretendían defender. Empujaba el Atleti aunque sin demasiada profundidad y Mestalla se encendía en protestas por cada fuera de banda, por cada falta indiscutible y por cada rachita de viento que se levantaba. Buscaba jugar el Atleti y no jugar el contrario. Buscaba el equipo ché coartadas para enfangar el partido y las encontró en el árbitro. No tuvo a bien el señor colegiado sancionar debidamente las continuas interrupciones de los locales, tampoco tuvo a bien pitar nada en los reiterados abrazos, algunos dentro del área, a los que fue sometido Falcao por parte de unos defensas excesivamente cariñosos. Tuvo Falcao una noche difícil, a los sentidos abrazos de los centrales rivales hay que sumar la escasez de balones recibidos en condiciones y la brecha de recuerdo que Soldado, con esa involuntariedad que a los que son como él les viene de la cuna de su formación, le dejó en herencia. Si alguien merecía más, ese era el Atleti, sin poner demasiado en liza, no crean, pero con casi nada el Valencia se puso por delante tras excelente gol del repartidor de involuntarias coces en frentes ajenas. Acusó el Atleti el golpe y anduvo unos minutos perdido en la selva de las pocas ganas de jugar de los valencianos. Tiene el Valencia no pocos argumentos que justificarían otra manera de jugar: su historia, su plantilla y algunos jugadores de talento. Tiene otros que tal vez justifiquen esta otra elección de estilo: defensas de la cuadra lusitana de la protesta y el pescozón, el consabido delantero antipático y jugadores con talento para la autosatisfacción, el autoatropello y la incineración de coches de gama alta.

Llegó el partido al descanso y Gervasia no salía de su asombro ante el comportamiento de su amado Merencio. Protestaba por esto, por aquello y por lo de más allá. Protestaba ante la, a su juicio, desigualdad de rajas de chorizo entre los bocadillos de ambos. Protestaba ante lo lejos que caían los aseos y por el pasodoble que la banda de música típica de aquellos lares interpretó con discutible acierto. Andaba Gervasia inquieta, no tanto por el desempeño del Atleti, como por el resultado y el talante de su acompañante cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por el inicio de la segunda parte.

Salió el Atleti tras el descanso y se vieron ganas de darle vuelta a la situación. Salió también el Valencia y se vieron las mismas ganas, sino mayores, de que se jugara poco. Empezó a aparecer Arda y empezó a llegar el Atleti con más frecuencia. Sacó el Cholo al Cebolla, a Raúl García y a Mario Suárez y contraatacaba el Valencia con marrullería. Protestaba la afición en Mestalla por las tarjetas mostradas, por los recortes en sanidad y por el incremento del precio del mejillón criado en cautividad. Atacaba el Atleti con corazón. Dando la cara. Más por la izquierda que por la derecha, donde Juanfran lleva unos partidos mostrando señales inquietantes. Se volcó el Atleti sin premio, fue premiado el Valencia sin volcarse y los equipos fueron despedidos entre las consabidas protestas y gritos de burro dirigidos hacia un árbitro que merecería por parte de la afición valenciana un mayor reconocimiento por la permisividad mostrada. Salió el Atleti derrotado. Sabíamos que tendría que llegar tarde o temprano. Probablemente llega esta primera derrota de manera injusta, probablemente no fuera el mejor partido de los nuestros pero fastidia un poco la manera de producirse y ante el rival que ha sido. Queda el equipo en pie, o eso esperamos. Queda una temporada larga en la que no parece que vayan a sucederse accidentes como éste si sigue el equipo en el mismo nivel. Puede que no venga mal este tropiezo para ganar perspectiva y para conocer los límites del equipo. No es malo conocerlos.  

De camino a los vomitorios, protestaba Merencio por la lentitud en el desalojo del recinto, por el frío que había pasado por culpa de la previsión meteorológica previa que hablaba de noche primaveral y por las migas del bocadillo que seguía encontrando en la geografía de su chaqueta. Abandonó la pareja el estadio cogidos del brazo y notó Gervasia una metamorfosis en su partenaire, volvía a ser aquel Merencio atento y amable a medida que se alejaba del coliseo de la avenida de Suecia. Él propuso ir a un restaurante romántico que a ella le había gustado especialmente tras cenar en una de sus primeras escapadas. Ella fingió el supuesto olvido de un pañuelo para volver tras sus pasos y encaminarse de nuevo al estadio. Fue solo acercarse un poco y Merencio empezó a protestar por el tráfico, por el olor a sobaco que suelen desprender las masas de gente y por cómo se está extendiendo la reprobable práctica de ponerse los albornoces como batas, lo que se comprende. “¡Uy!, qué tonta, si lo tengo aquí”, mintió Gervasia cambiando de dirección. Enseguida volvió Merencio a ser aquel del que se había enamorado. Todo el mundo tiene sus cosas, unos no toleran bien la bebida, otros no pueden comer más allá de las doce de la noche y otros no deberían acercarse a un campo de fútbol para no protestar por todo. Solo hay que conocer los límites de cada uno. No es malo conocerlos. 

lunes, 15 de octubre de 2012

El monasterio


El sol de la tarde recortaba la imponente silueta del monasterio que se erguía intentando alcanzar el cielo sobre la cordillera. Ya desde varios kilómetros antes, el caminante lo podía ver a lo lejos cuando se detenía a recuperar el resuello tras el esfuerzo de afrontar las rampas que conducían a esa atalaya que tan de moda se había puesto. Lo primero que impactaba al llegar a sus puertas era la sensación de paz que impregnaba el alma y un silencio que solo osaba romper el río que corría al lado de la sede de la congregación. Una vez se traspasaba el umbral, un grupo de lamas, todos ataviados con sus túnicas rojas y blancas, se movía industriosamente por el patio. Resultaba curioso como realizaban sus tareas domésticas de manera tan sincronizada: los de la parte de atrás se adelantaban al unísono para achicar el patio y los de la parte delantera rodeaban a un yak intentándolo llevar a un flanco, allí donde la presión es más efectiva. Flotaba en el ambiente un aroma a felicidad y a armonía que no había visto en ningún sitio.



– El señor Coladores, supongo. Soy el hermano Filipe, su guía aquí en el monasterio –agregó adelantándose y haciendo una pequeña reverencia uno de los miembros de la orden–. ¿Le gusta lo que ve?

– Eh…Sí, sí, claro. Es un lugar diferente. ¿Lleva usted mucho tiempo aquí?

– Llegué hace casi tres años procedente de otro monasterio en el noroeste de las montañas, una congregación dedicada a la pesca y al marisqueo. Estaba perdido cuando lo hice, pero aquí he encontrado mi sitio, sobre todo desde que el maestro vino a nosotros, hace ya casi un año. Él me ha cambiado la vida.

– Ya…y, ¿cuándo podré ver al maestro para la entrevista?

– Todas las cosas llegan, no se impaciente. La piedra es piedra aunque acabe en canto rodao. Fíjese en los hermanos. Todos han sabido esperar su momento. Por ejemplo, ese de allí, el de la nariz grande, es navarro y llevaba una vida desdichada en el mediocentro, el maestro alineó su espíritu quince metros más adelantado y ahora es feliz y se siente útil. Mire también a ese otro hermano que está en el huerto, ha adoptado el nombre de la humilde cebolla y se ha hecho vegetariano tras haber llegado a nosotros rayando la obesidad tras una existencia llena de excesos. Todo gracias al maestro.

– Eso, eso. Vayamos a ver al maestro. No le hagamos esperar más…

– El pájaro que tiene prisa e intenta volar con el ala mojada se espanzurra, el pájaro sosegado despega sin problemas. Antes de eso tiene que verle el hermano Mario. Él es el que distribuye los tiempos de nuestros movimientos e inicia la secuencia de meditación con balón. Otro caso impresionante el del hermano Mario. Era un pusilánime y un sin sangre que pretendía reafirmar su personalidad a base de peinados afro. Ahora es la mano derecha del maestro. Hermano Mario –saludó el hermano Filipe–, le presento al señor Coladores, es el periodista que viene de la ciudad.

– Largo camino ese –dijo el monje que desempeñaba las funciones de ayudante del maestro–. El hombre hace su camino por largo que sea, pero mejor ponerse filis en los zapatos….

– Eh…Ya, ya…¿Puedo ver ya al maestro?

– Ahora pasamos, pero recuerde que el agua nunca viaja más rápido que la corriente, aunque de la mineral prefiero no hablar…

Flanqueado por los dos cicerones, se adentró en una habitación oscura y austera. Llegaban a sus oídos los mantras que un grupo de ayudantes recitaban extasiados en una estancia cercana cuando una figura vestida de negro se acercó a él prácticamente levitando. Estaba claro que el hombre que tenía enfrente tenía algo especial, algo que le hacía diferente a tantos otros a los que había entrevistado. Sin llegar a hablar siquiera, llegaba a comprender el por qué de que todos los que se acercaban a él, creyeran ciegamente en su persona. Había llegado a escuchar incluso que fieles de muchas otras religiones, musulmanes turcos o colombianos de sólidas creencias católicas, habían abandonado su fe para abrazar la suya en cuanto le conocieron. No era de extrañar…

– Maestro…Un placer conocerle….–dijo el columnista visiblemente nervioso.

– No me llame maestro, se lo ruego. Llámeme Diego Pablo….

lunes, 8 de octubre de 2012

Mucha gente, esa gente, nuestra gente...


Esperábamos los atléticos con ilusión el partido de ayer noche y se notaba en el ambiente que mucha gente, esa gente, nos miraba raro.

– ¿Cómo? Querrá usted decir que esperaba con ansiedad y desazón el partido de la tarde, ¿no?

Mucha gente, esa gente, no se explicaba cómo podía ser posible que algunos no se mostraran concentrados ante semejante acontecimiento planetario e incluso universal y se fijaban en nosotros con desconfianza para ver si dejábamos el mondadientes en el cubilete tras haberlo utilizado para desalojar a ese trozo del magro de la paella dominical que se había hecho fuerte entre en colmillo y el premolar. Mucha gente, esa gente, no acaba de entender que alguien viva el fútbol más allá de Guatemala y Guatepeor, más allá de choques con hedor a referéndum, más allá de tertulias monotemáticas, más allá de los partidos del siglo que se celebran casi cada semana, más allá de estas dos Españas con forma de rueda de molino con las quieren hacernos comulgar. Hay vida más allá de estos partidos. Sí, solo son partidos, como cualesquiera otros. Por más que se los vista de faralaes, de chulapa o tocados con barretina independentista. Tampoco tienen nada de clásico, por más que se repita esa fórmula entre mucha gente, esa gente. Clásico se le puede llamar a comprar churros antes de acostarse, a que esa chica por la que bebes los vientos te diga que te ve como un gran amigo o a un ciclo de cine protagonizado por Pajares y Esteso. Eso otro son partidos como los demás. Tres puntos. Nada más. Por mucho que duela a tanta gente, esa gente.

Rendía visita al Calderón un Málaga que ha empezado la temporada bordeando la brillantez. No se tenía demasiada esperanza en el equipo malacitano tras el convulso verano vivido y aún así se ha rehecho. Algo tendrá que ver Pellegrini, entrenador que debe saber lo que se hace a pesar de su pinta de mayordomo de película de cine mudo. Contó Simeone para la ocasión con la defensa y los mediocentros titulares, sacó a Emre para hacer de Koke y a Adrián para ver si hacía del Adrián del año pasado. Comenzó el Atleti avasallador y andaba todavía gran parte de la parroquia rebuscando en los bolsillos los tapones de refresco traídos de casa para sustituir los que tan amablemente son incautados a la entrada del estadio por la empresa de seguridad del Calderón cuando Falcao culminó con ese instinto tan suyo cuando transita áreas rivales un centro de Emre lleno de mala idea.

– Laureano, ¡que nos ponemos líderes!

– Mujer, no me empujes que no encuentro el maldito tapón y se me ha caído ya más de la mitad de la bebida carbonatada y refrescante…



Seguía el Atleti achuchando, que es gerundio, y no se tenían demasiadas noticias del Málaga. Funcionaba la conexión turca a la hora de alimentar a los de arriba, funcionaban los laterales llegando a la línea de fondo, funcionaban los mediocentros (quién los ha visto y quién los ve) en la recuperación y la distribución, funcionaba Falcao y funcionaba Adrián, lo que era una de las mejores noticias de la noche. Llegado a este punto del encuentro, tan bien funcionaba el Atleti y tan poco se había visto del rival que el señor Pérez Lasa, digno miembro del autóctono colectivo arbitral, decidió atribuirse la potestad de acabar con esa desigualdad en el juego a base de sacar de quicio a los nuestros. Ya saben ustedes que los trencillas son muy de luchar contra las desigualdades, de ir con el más débil y de pitar penaltis con desenvoltura en las áreas de los rivales de los equipos de la zona baja de la tabla. Son básicamente como la madre Teresa de Calcuta solo que un poco más repeinados y cambiando el hábito blanco por camiseta entallada negra, gris codificada o rosa mariposil. Continuaba el Atleti con el asedio a pesar de la lucha contra el desfavorecido que abanderaba el colegiado y uno de sus linieres, hasta que alrededor del minuto treinta de la primera parte empezó el partido a aturullarse y el Málaga a dar señales de recuperación, lo que llenó de orgullo y satisfacción a Pérez Lasa, sin duda pensando en merecidas futuras candidaturas a premios de la cooperación y la concordia para su persona. Fruto de esa mejora empató el Málaga en jugada que premiaba de manera excesiva su desempeño y que dejaba dudas sobre si Godín y Courtois pudieran haber hecho más.

Salió el Atleti tras el descanso dispuesto a sobreponerse al empate y a la cruzada arbitral por el fin de la injusticia balompédica. Seguían atacando los nuestros como en la primera parte o quizás con un punto más de fe, con cierta sensación de morir o matar. Apretaba el equipo, apretaba la grada y apretaba también mucho el Cholo desde la banda. No es Simeone entrenador que guste de firmar armisticios y esa condición ha empapado a los suyos. Entraron en el campo el Cebolla, para ver si repetía Cebollazo o similar, y Raúl García. Llegaba el Atleti con cierta claridad y dos veces sacó Monreal centros desde la izquierda con olor a liderato. Asediaban los nuestros el área rival con pases de todas clases: desde la derecha, desde la izquierda, cruzados, rasos, y a todos iba un Falcao que parecía haber caído de pequeño en la marmita de la creencia en lo que se hace que Simeone reparte entre los suyos antes de cada partido. Llegó al final el premio, frisando de igual manera el descuento y la épica, esa épica que parece haber anidado confortablemente en la Ribera del Manzanares. Seguro que hoy leen y escuchan que el gol fue en propia puerta aunque el gol realmente fuera en gran parte de Falcao y en gran parte de todos los que allí estuvieron con el mismo fin: afición, banquillo y jugadores.

Han pasado siete jornadas y por más que duela a mucha gente, esa gente, ahí están los de rojo y blanco, en lo más alto de la clasificación. Nosotros sabemos que es pronto para hablar de empresas mayores, pero sabemos que siempre que se llegó a esas empresas, se hizo empezando de esta manera. Seis partidos ganados y uno empatado ¡Ahí es nada! Los ha habido rellenos de buen juego y los ha habido con más oficio que lírica. Los han jugado los teóricos titulares, los teóricos suplentes y teóricas permutaciones de ambos conjuntos, siempre con resultado meritorio. Son solo siete partidos, bueno, no, también ha habido un par de ellos en Europa y una Supercopa de las buenas, que no es poco. Hoy, cuando vayan ustedes al trabajo, a la compra o a la cola del paro, tienen permiso más que justificado para sentir que son suficientes para que mucha gente, nuestra gente, se permita el lujo de soñar.  

martes, 28 de agosto de 2012

De veranos azules y también algo rojiblancos


– ¡No te olvides de mí! ¡Escribe cuando llegues! –gritaba contrito el atezado muchacho mientras perseguía al coche familiar cargado hasta los topes que iniciaba el periplo de regreso a la rutina tras las vacaciones playeras.

– ¡Uy!, Bea hija, ¡pues sí que has dejado huella en este zagal! ¡Qué despedida tan emotiva y visceral a la vez! ¿Y cómo dices que se llama?

– Ni idea mamá. ¡Como si diera tiempo a conocer a nadie en dos noches de media pensión que hemos estado en la costa!

Terminada esta bonita estampa, el cabeza de familia puso en el cassette del coche la cinta del Dúo Dinámico para que sonase “El final del verano”, tonada que siempre viene bien para ambientar despedidas estivales y enardecer depresiones postvacacionales….


Terminado ya casi agosto, uno se da cuenta de que los veranos actuales distan sobremanera de ser considerados azules. Cuesta pensar que a un grupo de mozalbetes les dé tiempo a intimar con estos asuetos express a los que nos vemos abocados. Cuesta pensar en que se atrevan a atrincherarse en la barca, situada en tierra, de un pescador barbudo que atiende al nombre de Chanquete sin que los antidisturbios aceleren el desahucio y se lleven preso al anciano por fundadas sospechas de pederastia. Cuesta pensar, en fin, en una jovial excursión canicular de muchachos y muchachas en bicicleta, silbando despreocupadamente por esas carreteras comarcales de Dios ajenos a que probablemente una Ford Transit sin seguro se los lleve por delante a la vuelta de la siguiente curva con visibilidad reducida.

No son tampoco las cosas como antes si de los veranos rojiblancos, pero también azules de pantalón, hablamos. Pasaron los años de los proyectos megalómanos para dejar paso a los tiempos de los proyectos minimalistas. Atrás quedaron aquellos días de fichajes caros o directamente inflados, véase por ejemplo lo que se pagaba por los indirectos protagonistas del caso Negritos, símbolos del mestizaje solidario y trincón. Lejos quedan aquellas fotos de nuevas incorporaciones que podían formar una alineación, lejos las presentaciones más o menos multitudinarias y con caídas de culo incluidas. Ahora las presentaciones se hacen aprovechando una oferta tres por uno, y cuando digo uno me refiero a millones de euros. Están las cosas mal, o más bien se suponen. Todo lo que tiene que ver con aspectos contables en nuestro club entra en el terreno de la suposición y de las conjeturas pero siempre con una verdad inexorable de fondo, aquella que ya se dictó en forma de sentencia.

Con este panorama, andan las ilusiones frente al nuevo curso algo anestesiadas. Ya nadie osaría a poner una pancarta como aquella que aparecía en estas fechas al lado de un córner, “Este año sí”. Les diré más, no solo estas fechas vienen magras de ilusión sino que se preñan de canguelo. Mira el aficionado cada día el periódico temiendo la acostumbrada venta de última hora y espera como agua de mayo a que lleguen las cero horas del día uno de septiembre en una revisión del clásico, ¡Virgencita, que me quede como estoy! Aún así, algo queda. Quedamos todos nosotros, que no es poco, queda alguien que sabe de qué va esto en el banquillo, que es algo no tan habitual y quedan clavos a los que agarrarse en el campo, que ya es algo más.



Preparado para salir andaba el Atleti en la bocana de vestuarios mientras en la grada la afición se encontraba comparando todavía tonos cetrinos de piel. Los más y los menos presumían de esa palidez amarillenta que tan bien potencia la luz de los focos del Calderón sin que hubiera noticia, como en anteriores años, de que algún presuntuoso hubiera dado muestra de querer enseñar las fotos de una excursión optativa nadando entra manatíes. Solo aquella dama que se apoya en la barandilla de la primera fila de tribuna, rompía la uniformidad al mostrar un aspecto tostado y saludable ofreciendo un rayo de esperanza a sus vecinos de sector que más tarde se disipó al aclarar ésta que el tono corresponde a haber estado sembrando patatas en la parcela del pueblo por lo que pueda pasar. Rendía visita el Athletic y apareció en el campo también pálido ante la falta de muchos de sus anteriores puntales, declarados en rebeldía tal vez por las maneras de Marcelo Bielsa, ese entrenador con modos de tía solterona que vive rodeada de gatos.

Dejaba el Cholo para la ocasión a Adrián en el banco para salir con el esquema que a él realmente le gusta: un delantero y una segunda línea con tres. Volvían Filipe y Juanfran a los costados y volvía Mario, mucho más seguro, como de costumbre, a la hora de realizar un cambio de estilismo capilar que a la hora de realizar un cambio de juego. Se hicieron con el mando los nuestros casi sin querer ante un equipo tocado y casi hundido. Aparecía el peligro siempre prendido de las acciones de Arda, ese jugador capaz de realizar regates en un baldosín de piscina municipal, y con Falcao en uno de esos días en los que tiene hambre. No desentonaba el resto: bien plantada la defensa aunque con menos vocación ofensiva de los laterales; solvente un medio del campo poco exigido, con Gabi ejerciendo de pulmón, con Koke llegando al área con asiduidad y con el Cebolla haciendo honor a su nombre, meritorio como base de sofritos y salsas pero insuficiente a todas luces como plato principal. Por encima de todos, como les decía antes, el turco y el colombiano.

Llegó el primero de la noche en una pillería de Radamel adornada por la pasividad del central marcador. Llegaba el segundo tras posible posición dudosa de Godín pero indudable e inapelable remate del nueve rojiblanco. Llegaron más oportunidades que se encontraron con Iraizoz y llegó el descanso dejando sensaciones de partido mucho más plácido que brillante por mucho que a los comentaristas televisivos les guste abusar del epíteto.
Comenzó la segunda por donde se marchó la primera, con el Atleti llegando y con los bilbaínos prácticamente noqueados. Poco ayudaron a los vizcaínos los cambios de Bielsa, al que debería reconocérsele su aportación a la comodidad de las últimas victorias madrileñas en choques directos. Lo mismo que puso a Javi Martínez de lateral en el choque del curso pasado, ayer se sacó de la manga a Iturraspe como central, consiguiendo con ese genial movimiento un doble efecto, dejar el centro de la defensa temblando como flan al baño maría y extinguir cualquier intento de salida de balón con criterio. Ante tanta facilidad, redondeó Falcao su cruzada devoradora de redes contrarias y hasta Tiago, siempre tan tacaño en el disparo, sorprendió anunciando de zapatazo que la cuarta ronda la pagaba él tras genuina jugada, por atropellada, de Diego Costa.

Se nos va casi agosto  y con él esta segunda jornada. Deja el partido de ayer aroma a equipo trabajado. Se ha hartado el Cholo de decir en sus comparecencias que habrá que suplir la falta de individualidades con el bloque y eso mismo se reflejó ayer. Un bloque en el que asoman dos o a lo sumo tres jugadores algo desequilibrantes. Aún así, el partido más que aromas deja tufo de que el rival no estuvo nunca a la altura. No estuvo el Atleti especialmente inspirado en el juego, no presionó de manera feroz, tuvo más errores que aciertos en la definición y, con eso, fueron cuatro, aunque no hubiera extrañado que fueran ocho. Queda todavía, antes de que termine el mes un partido festivo y conmemorativo. Por lo conseguido el año pasado en Europa y por ver a uno de los nuestros en el equipo contrario. Será en Mónaco, cuna de grandes premios, princesas díscolas y colchones de viscolástica. Una cita para celebrar. Una cita que en la victoria te deja henchido y que en la derrota casi te deja tan pancho….


– ¿Pancho? –dijo Bea intentando recordar el nombre del mozalbete que corría todavía junto al coche a pesar de ya estar en la autovía –. Pues sí, creo que se llama Pancho –concluyó admirada por la velocidad casi jamaicana que exhibía su enamorado antes de chocar con un poste de SOS. 

jueves, 19 de julio de 2012

¡Ay, el verano!


¡Ay, el verano! Con sus playas, con sus piscinas de agua sospechosamente caliente, con sus faldas menguantes, con sus camisetas imperio, con sus avisos de nivel naranja por altas temperaturas en el Valle del Guadalquivir, con sus señores que calzan sandalias de diseño imposible, con sus reposiciones de series, con sus vecinos indignados por la falta de medios aéreos para la extinción del incendio que ellos mismos han provocado asando diecisiete kilos de panceta, con sus bandas sonoras surgidas de aparatos de aire acondicionado, con sus jornadas intensivas, con sus carabelas portuguesas y otras medusas del gremio picando sin ton ni son, con sus siestas kilométricas, con sus sobremesas en el Tourmalet, con sus noches locas, con sus medias pensiones, con sus apartamentos a pie de playa situados en la provincia de Albacete, con sus sardinas en espeto, con sus suelos de gres llenos de arena hurtada a las orillas, con sus sandías puestas a refrescar, con sus salidas escalonadas, con sus regresos interminables, con sus socorristas de buen ver, con sus indignados funcionarios en pie de guerra, con sus filetes empanados al aroma de plástico de tupperware, con sus factores de protección cincuenta, con sus digestiones de tres horas antes de bañarse, con sus robos en domicilios, con sus pandillas de chavales hablando debajo de la ventana hasta altas horas de la noche, con sus alquileres por quincenas de minutos, con sus Rodríguez, con sus segundas residencias, con sus abuelos esperando en gasolineras, con sus calores de varios tipos, con sus Manolo no le des a la avispa con el trapo que se va a cabrear, con sus diez euros por dos cervezas rozando la tibieza, con sus fiestas de pueblo, con sus ciudades cada año menos desiertas, con sus cerrados por vacaciones, con sus abiertos hasta que aguanten los cuerpos, en fin, con sus cosas….




¡Ay, el verano! Con sus culebrones, con sus operaciones salidas que cuajan un día antes de que se cierre el mercado, con sus canteranos de moda a los que se olvidará en dos semanas, con sus excesos de mediocentros de contención, con sus sesiones de trabajo dobles o triples, con sus ejercicios sin balón, con sus brasileños que llegan tres días más tarde de lo debido, con sus antes de fichar hay que vender, con sus todavía nadie se ha puesto en contacto con nosotros, con sus representantes repeinados, con sus podemos aspirar a todo, con sus expertos en el mercado de fichajes que algún día acertarán, con sus nuevas equipaciones, con sus descartes que entrenan aparte, con sus cartas de libertades, con sus tests de resistencia, con sus vine para crecer como futbolista, con sus apuestas seguras, con sus demasiados extracomunitarios, con sus prioridades en un enganche y en un delantero sustituto de garantías, con sus renovaciones de la columna vertebral, con sus listas de espera para obtener un abono, con sus amores y desamores, con sus nosotros habíamos aceptado la oferta por Jurado, debe ser que prefieren a Diego, con sus señores de Wolfsburgo mosqueados, con sus partidos contra la Segoviana, con sus Torres, apellido de garantías, con sus he vuelto con algún kilo de más, con sus he vuelto como un tiro, con sus Cebollas Rodríguez, con sus cuentas bancarias llenas de telarañas, con sus cesiones por desgaste, con sus turcos a pares, con sus ganas de que esto empiece, con sus dirigentes hablando por hablar, con sus entrenadores que llenan de esperanza, con sus mediapuntas sin llegada, en fin, con sus cosas…