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jueves, 29 de septiembre de 2016

De recuerdos y memorias

Más de treinta años tuvieron que pasar para que el Atleti lograra vengarse del Bayern por aquello de Bruselas y en unos meses tres veces ha sido negado el equipo bávaro por los colchoneros. Imagino que los fieles adoradores de la posesión de balón deben estar compungidos ante tamaña atrocidad. Hablando de equipos alemanes, uno recuerda una previa de Champions contra el Schalke, equipo con gran tradición en el cuidado paliativo de jugadores terminales, en la que el Atleti se metió en la fase de grupos de la competición tras arrollar a los teutones. Fue un partido extraordinario. Una rara avis en aquel Atleti de entonces donde lo más extraordinario era que Maniche terminara los partidos sin sacarse un bocadillo de chorizo de Pamplona del dobladillo de la media para apagar el hambre.

Servidor de ustedes ese día incluso participó, no sin algo de vergüenza, de esa suerte propia de graderío conocida como hacer la ola. Nunca volví a caer en esa frivolidad, pese a asistir a encuentros que la merecían más holgadamente. Más allá de esta confesión que pudiera cambiar el altísimo concepto que alguno de los lectores pudiera tener, aun a estas alturas, del que suscribe, lo significativo del hecho es la capacidad que uno tiene para recordar los partidos extraordinarios de hace unos años, seguramente por ser escasos, y la falta de espacio en el disco duro craneal para recordar cada momento excepcional que nos ha dejado el Atleti de Simeone, de tantos que fueron. Hay noches, como la de ayer, en la que uno querría agarrar cada segundo y guardarlo en un cajón con llave para que nunca escapara. Dentro de algunos años los dejaremos salir, todavía frescos, con el ánimo de volverlos a vivir si la agujereada memoria que tendremos lo permite.


Cuando eso ocurra, rememoraremos la mano prodigiosa de Oblak sin la que pudo haber cambiado todo. Tendremos que describir las fantásticas conducciones en diagonal de Carrasco y esos latigazos con los que las finaliza. Volveremos a llenar de adjetivos grandilocuentes las hazañas de Filipe y Juanfran, capaces de anular a las estrellas adversarias y de provocarles dolores de cabeza en cada una de sus incorporaciones al ataque. Admitiremos que, pese a no estar del todo finos frente al marco contrario, Torres y Griezmann se marcaron un partidazo. Recordaremos el despliegue y poderío de dos centrocampistas totales: Koke y Saúl, por los que el Atleti es envidiado en todo el continente. Rendiremos de nuevo homenaje a Savic y Godín, capitanes inexpugnables de la guardia de la noche que custodia el muro defensivo del reino rojiblanco. Por último, evocaremos con emoción la nueva lección magistral de conocimiento del juego que Gabi impartió desde su cátedra en el mediocentro.

Lo grande de este Atleti no estriba tanto en lo que nos hace vivir, que es muchísimo, sino en lo que nos deja guardar para más adelante. Solo es de esperar que la memoria nos aguante, porque las gestas del equipo parecen tener cuerda para rato. Iremos devorando con avidez cada lance, cada imagen que el equipo nos regala para poder contarlo dentro de unos años. Entonces, sacaremos todo otra vez, todavía fresco, para contarlo de nuevo, si es posible a algún nieto vestido de rojo y blanco que se siente sobre nuestras rodillas.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Cuando muera

En mi declaración de últimas voluntades he dispuesto que, cuando muera, esparzan mis cenizas sobre algún partido como el de anteayer en Barcelona. A pesar de sus ratos de agobio y de sus fases de juego poco reluciente. No crean que no disfruto con las goleadas plácidas ni con los encuentros en los que el Atleti gana por agotamiento cuando a los rivales les llega el otoño a las piernas, pero es en este tipo de choques donde uno quiere reposar eternamente.

Es en ellos, cuando el barro llega a la cintura, cuando cada decisión del árbitro se protesta como si no hubiera mañana, donde me gustaría yacer. Saber que habitaré por siempre al lado de ese Atleti de dientes apretados, presión alta y latigazos traidores a la contra. El fútbol sería un pasatiempo para clases acomodadas sin estos encuentros de sobresaltos y latidos de corazón que se desacompasan. No encontraríamos razón ninguna para cuadrar las actividades del fin de semana con el horario del partido sin esos controles orientados de Correa sobre un campo de minas. Sin los viajes de Filipe por las carreteras secundarias de la banda izquierda y sin las mil artimañas de Koke para amansar la pelota estaríamos hablando de petanca.


Puestos a pedir, quisiera también, si no es molestia, nombrar a Savic, a Juanfran y a Godín albaceas de mi escasísima fortuna. Son tipos de honor. Gente de fiar. De esos que no abandonan a un compañero herido en la batalla. Como último capricho, quisiera que Gabi no se retirara jamás. Desearía verle siempre con la rojiblanca puesta, mostrando esa oblicua sonrisa llena de gravedad con la que entra en el bar apartando adversarios cuando los vasos ya han comenzado a volar.

Debo reconocer que a lo mejor pido mucho o tal vez poquísimo. Evaporarme mientras el Atleti, el de Simeone, se faja regando de sudor y sangre un tapete de césped infinito. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Volver de Milán

Dejémonos de elucubraciones y análisis apresurados. El Atleti, nuestro Atleti, el del Cholo y sus guerreros, el que fue capaz de enamorarnos de nuevo, no ha vuelto de Milán. Ahí radica todo el problema. El equipo no ha regresado aun de la capital lombarda y deambula, todavía, con la amarga medalla de subcampeón colgada al cuello por el césped del estadio donde se disputó la final.

Cierto es que el grupo se marchó de vacaciones, volvió al trabajo, viajó a Australia y se hizo fotos enternecedoras con crías de canguro, jugó el Carranza y alguna otra pachanga más, presentó fichajes y comenzó la liga, pero lo hizo todo a distancia. Fue como casarse por poderes. Lo hicieron, pero no. Están sin estar. Siguen en Milán del primero al último. Intentando digerir lo indigerible. Sintiendo incluso punzadas de dolor en la herida, más fresca de lo que pudiera parecer.

De nada sirve teorizar sobre sistemas, mediocentros, jugadas a balón parado buscando tratamientos de fertilidad, estados de forma, piernas cargadas, motivaciones y metas, viejas y nuevas caras, roles a desempeñar ni rumores mientras el Atleti siga varado en San Siro, enredado en las mallas que aquel maldito penalti no quiso besar.


Inútil se antoja cualquier debate sobre si Gameiro funcionará pese a ser el segundo o, más bien, el quinto plato. Sobre si Gaitán debiera tener guardado un sitio en la alineación de cara a ensanchar los campos con estrecheces o sobre si pronunciamos el nombre de Vrsaljko con un mínimo de dignidad: poco puede pedirse a los que acaban de llegar a un conjunto que hizo añicos el billete de vuelta a la vez que su mayor sueño.

No merece la pena tampoco personalizar ni señalar, que además queda muy feo. Koke no es Koke ni Saúl es Saúl. Oblak tampoco es el mismo y Juanfran suda lágrimas cada vez que sube por la banda. Ninguno ha vuelto. No aporta nada comparar estadísticas ni medir actuaciones. No hablamos de nombres ni se barajan alternativas. Tampoco se trata de una cuestión de estilos futbolísticos, no ahora. Hablamos de volver. De reponerse, aún maltrechos, y pasar página, aunque cueste.

Hablaba recientemente Simeone en una entrevista de muerte y de duelo a la hora de referirse a aquella noche de mayo. Quiso el técnico mostrar más entereza de la que realmente guarda y añadió que el luto había terminado, no siendo cierto. La nación rojiblanca va quemando las etapas del duelo más lentamente de lo deseado. Ya hemos pasado por la negación, por la ira y por la negociación pero queda un trecho para dejar atrás la depresión que desembocará en la aceptación de lo que ocurrió. De inoportunas, como mínimo, deberían calificarse las críticas, algunas muy descarnadas, que sobre jugadores y, especialmente, técnico se han vertido tras los dos primeros partidos de Liga. Venían a decir que los dos tropiezos nos alejaban del objetivo sin ser conscientes que el único y principal objetivo debe ser comprar un pasaje de vuelta. Volver de Milán. 

martes, 31 de mayo de 2016

Nadie esperando

Que no fuera Juanfran, deseábamos todos. Que no fuera nadie, claro, pero puestos a elegir que no fueran tampoco ni Fernando ni Gabi. Que ninguno de ellos tuviera que cargar con esa losa, aun sabiendo que ese lastre haría que les quisiéramos más si cabe. Juanfran es uno de ellos, de los que podemos contar apenas con los dedos de una mano. Hubiéramos pagado para que no fuera él. 

No queríamos que fuera Juanfran porque cuando llegó a nuestras vidas no había nadie esperándole. Uno le imagina frustrado al descubrir que la recepción está cerrada tras un largo viaje. Seguramente tuvo que recurrir a la gélida compañía de un timbre al que llamar fuera del horario de atención al futbolista que llega en el mercado de invierno con pocas expectativas. El alicantino fue capaz de superar un pasado para olvidar y Simeone, cambio de acento mediante, supo exorcizar al extremo que llevaba agarrado al alma. El reinventado Juanfrán aprendió a golpes el oficio de defensa. Estudiando los movimientos de cada delantero que le tomaba la espalda, acabó sacándose el título de carrilero con excelentes calificaciones en el turno de noche. Su sacrificio y entrega nos ha enamorado sobre el césped, pero es fuera del rectángulo donde se aprecia su dimensión como persona.


Agradecido, el de Crevillente no pierde ocasión para jurar amor al Atleti, desechando por el camino proposiciones que prometen muchos ceros pero menos calor. Probablemente nunca será el que más camisetas venda ni el que más crónicas inspire, pero siempre estará entre los más queridos. No hubo quien no se alegrara más de lo normal por su penal definitivo ante el PSV. No hubo nadie que no sintiera como una puñalada mortal su fallo en Milán.

Juanfran pidió disculpas sin que hubiera necesidad de ello. Lo hizo mezclando lágrimas, suyas y nuestras, y prometió volver, como hizo en Lisboa para cumplirlo hace unos días. Con todo lo anterior en la mente, comprendimos por qué deseábamos que no fuera Juanfran o a lo mejor nos sentimos aliviados porque hubiera sido él. Es uno de esos hombres que logra que parezca insuficiente todo lo bueno que le ocurre. Un tipo que llegó sin que hubiera nadie esperando para abrirle la puerta y que ha acabado abriendo las suyas de par en par para esperarnos a todos nosotros. 

lunes, 30 de mayo de 2016

Mis héroes

Mis héroes fallan penaltis, pero no por ello dejan de ser mis héroes. Mis héroes se acercan destrozados a pedir perdón cuando nunca exigieron agradecimiento. Mis héroes no poseen superpoderes, sino una infinita capacidad de sufrimiento. Mis héroes conocen las sombras oscuras de la derrota y, aun así, vuelven a intentar llevar la luz a esos rincones. Mis héroes lloran sobre un césped regado previamente con su sudor y con su esfuerzo y tú, roto por dentro, sacas fuerzas de donde no crees que las haya para hacerles saber que hoy y siempre estarás a su lado. Mis héroes son humanos. Mortales. Terrenales y divinos a la vez. No hay héroes como los míos.

Mis héroes son de Fuenlabrada, de Leganés o del barrio de Vallecas. Mis héroes son también de Crevillente y hasta hay alguno que decidió nacer más lejos, tal vez en Uruguay. Mis héroes son héroes más allá de un lanzamiento con más o menos fortuna, de unos primeros minutos en los que la tensión les superó o de no haber liquidado al rival cuando más tocado estaba. Mis héroes alimentan las vitrinas de valores más que de títulos. Mis héroes no se retuercen en el suelo haciendo creer que les falta la respiración tras un balonazo en el brazo. Mis héroes prefieren enseñar las cicatrices antes que los abdominales. Así son mis héroes.

Mis héroes se dejan la vida, la voz y la cartera en un viaje hacia un sueño. Mis héroes no se achantan ante diecinueve horas de carretera. Mis héroes lloran en una esquina de un bar o en la soledad imponente de sus casas. Mis héroes no son capaces de dormir y la dan vueltas una y otra vez a ciertos lances, creyendo que se puede cambiar lo inamovible con el poder de los deseos. Mis héroes tienen un vacío en el estómago difícil de describir. Mis héroes, pese a todo, se reponen y vuelven a lucir la camiseta rojiblanca al día siguiente, más orgullosos que nunca. Mis héroes salen a tomar el aperitivo, bajan al parque con los niños o se reúnen con la familia y los demás les miran con admiración. Mis héroes sangran a borbotones por una herida que tardará en curar, pero siguen viviendo. Mis héroes son ustedes.


Mis héroes visten de negro riguroso. Mis héroes nos han dado todo. Nos hicieron creer. Mis héroes resucitaron muertos que pedían un entierro digno y los hicieron campeones. Mis héroes parecen tocados, nunca hundidos. Mis héroes nos han enseñado que si se cree y se trabaja, se puede. Mis héroes conjugan el verbo fracasar desde la autoexigencia y en caliente. Mis héroes deben saber que no habría mayor derrota que su ausencia. Mis héroes no nos dejarían huérfanos y perdidos en medio de una tempestad. Mis héroes se han ganado el derecho de tomarse el tiempo que quieran para pensar. Mis héroes deben restañar las heridas y volver a tener fe. Mis héroes son de otra pasta. Tener a mis héroes al lado es una inmensa fortuna.


Mis héroes caen y se levantan inmediatamente. Mis héroes volverán. Mis héroes deben saber que lo importante es el camino y no la meta. Mis héroes no son los más guapos aunque lo sean. Mis héroes eran gruñones, tenían las patillas demasiado anchas y no tenían en cuenta las modas a la hora de cambiar la montura de unas gafas a través de las cuales miraba la vida en rojiblanco. Mis héroes tenían bigote y se sumaban al ataque sin ánimo de hacer prisioneros. Mis héroes cayeron en Bruselas, en Lisboa y en Milán pero no los cambiaría por nada del mundo. Creo firmemente en que no elegí a mis héroes, fueron mis héroes los que me eligieron a mí. Mis héroes visten una camiseta a rayas rojas y blancas. Más allá de cualquier resultado, de las victorias más dulces y las más amargas derrotas que pudieran darse, mis héroes son del Atleti. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Gracias

Artículo publicado en CTXT: 

http://ctxt.es/es/20160518/Deportes/6220/Emilio-Mu%C3%B1oz-Atleti-Gracias.htm

Gracias. Mejor decirlo al principio. Mejor que la primera palabra escrita sea gracias, que sea lo primero que alguien lea, no fuera a ser que pueda confundirse el objetivo de lo que viene a continuación. Vaya por delante que este ejercicio de agradecimiento quiere uno hacerlo hoy, con la gloria al alcance de la mano pero con la incertidumbre natural de citas tan grandes como la de Milán. Uno lo quiere hacer a unas horas del choque porque cree que es de justicia y porque no quiere que, borracho de triunfo o lamentando lo que pudo haber sido y no fue, algún despistado pudiera pensar que el sentimiento es otro. Lo que a uno le brota del interior es agradecimiento, más cosas también, pero sobre todo agradecimiento.

Gracias de nuevo para comenzar este párrafo. Gracias por los nervios que nos estáis haciendo pasar. Gracias por estos dedos en los que ya no quedan uñas. Gracias por hacer que el orgullo con el que uno pasea por su vida los colores rojo y blanco sea incluso un poco mayor. Gracias por hacernos gozar con lo que algunos califican de fútbol feo. Gracias por conseguir que a nuestros ojos sea arrebatador. Gracias por el fútbol directo y por el de orfebrería forjada al primer toque. Gracias por abrigarnos cuando el frío del invierno y la humedad del río aprietan. Gracias por no defraudar. Gracias por los planes que tuvimos que cancelar para estar a vuestro lado. Gracias por los fines de semana de emoción y los martes y miércoles de pasión. Gracias por el estallido de júbilo tras la tanda de penales que finiquitó Juanfran. Gracias por Barcelona y por Munich. Gracias por la trayectoria en Champions, en Liga y en Copa, aunque ésta última fuera breve. Gracias por los partidos en los que parecéis venir ganados de casa, por los partidos reñidos y hasta por las derrotas. Nunca agachasteis la cabeza ante ellas. Jamás dejasteis de merecer llevar la sagrada camiseta rojiblanca. Gracias por demostrar que un equipo pesa más que toneladas de individualidades dispersas. Gracias por todos estos años manteniendo al Atleti en el sitio que nunca debió dejar, ese sitio que es nuestro por historia y tradición.

Gracias una vez más. Gracias a Jan, por sus paradas imposibles y esa tranquilidad que es capaz de transmitir bajo el fuego enemigo. Gracias a Miguel Ángel, por asumir con impecable elegancia su situación. Gracias a Juanfran, por ser la persona que es y por las autopistas de ida y vuelta que dibuja en la banda derecha. Gracias a Filipe, por volver y hacer que su excelsa zurda nos hiciera olvidar cualquier paréntesis. Gracias a Stefan, por esa sobriedad que tan bien combina con esa cara de villano de película de James Bond. Gracias a Lucas, el hijo de Jean François, por todo el maravilloso presente con aroma de futuro que nos promete cada vez que salta al campo. Gracias Jose María, por jugarse la cara, la cabeza y el honor, si es necesario, para tapar un disparo a bocajarro. Gracias a Jesús, por no fallar cuando se le necesita. Gracias a Diego, por demostrar cada día que tiene metido este veneno muy dentro y por esas arrancadas, plenas de jerarquía, en las que juraríamos que le crece el bigote a medida que avanza metros hacia el campo contrario.


Gracias ante todo. Gracias a Tiago, por sus lecciones del primer tercio de temporada, por su sacrificio en el dolor y por retornar a tiempo. Gracias a Jorge, por ser el más reputado arqueólogo de los últimos pases y ser capaz de mezclar a la perfección la potencia de un panzer alemán con la sutilidad de un artesano latino. Gracias a Matías, por su paciencia y humildad a la hora de aprender. Gracias a Thomas, por llenar encuentros desesperanzados de ilusión y frescura. Gracias a Óliver, por poner el objetivo común por encima de todo en un año complicado. Gracias a Augusto, por parecer que lleva trienios a nuestro lado. Gracias a Saúl, por su despliegue, su potencia y por un gol que recordaremos hasta el día en que nos vayamos al otro barrio. Gracias a Gabriel, por la infinita capacidad de sus pulmones, por los kilómetros recorridos y porque a la hora de representarnos no se puede pedir más a un capitán. Gracias a Yannick, por sus gambeteos y esa sensación de invencibilidad que transmite a campo abierto. Gracias a Luciano, por aquel tanto con la espinilla. Gracias a Ángel, por revolucionar los partidos que exigen un levantamiento y por esos controles orientados de otro planeta. Gracias a Antoine, por su capacidad de convertir en gol cualquier traza de oportunidad y por hacernos dudar de si hay jugadores que corren con el botón de turbo de la consola apretado. Gracias a Fernando, por lo de ahora pero especialmente por lo de aquellos años. Gracias por dejarnos ser testigos de tu renacimiento, por ser uno de nosotros y por conducirte por la vida como te conduces.

Gracias a Germán, por su pizarra, su cronómetro al cuello y su conocimiento del juego, aunque no nos acabe de convencer que abandonase el chándal. Gracias al Profe, por exprimirles y pensar que siempre se puede dar más en cada ejercicio. Gracias al resto del equipo técnico, por facilitar la vida de los que nos hacen soñar sobre el césped. Gracias Diego Pablo, por existir. Gracias por enseñarnos y devolvernos tanto. Gracias por tus palabras y por tus silencios, por enseñarnos a vivir partido a partido. Gracias por demostrarnos que si se cree y se trabaja, se puede. Gracias infinitas.

Gracias a todos en suma por lo que estamos viviendo y por el camino que nos ha traído hasta este punto. Gracias por las noches en las que los niños y niñas del Atleti se han ido a la cama más contentos. Gracias por ayudarnos a soñar más fuerte junto a vosotros. Gracias por regar de sudor los campos del continente. Gracias por permitirnos mirar de igual a igual a los que por presupuesto deberían mirarnos por encima del hombro. Gracias por la simpatía perdida de los otros y por matar bien muerta la leyenda del Pupas. Gracias por esa media sonrisa que se adivina en la cara de Neptuno. Gracias por evidenciar que derrochar coraje y corazón no es solo una estrofa del himno. Gracias por los parques llenos de camisetas del Atleti. Gracias por enseñarnos que nunca hay que dejar de creer. Gracias en nombre de los que fueron, somos y serán. Gracias por ser los protagonistas de una bellísima historia que empezó a escribirse en agosto. Gracias por hacer que, llegados a este punto, nuestro agradecimiento se mantenga más allá de cualquier resultado. Esto solo podría acabar de una manera posible: Gracias.

miércoles, 27 de abril de 2016

Etiquetas

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/etiquetas/

Si hay algo que en este país gusta más que una caña de cerveza con su correspondiente tapa es etiquetar. Colgar sambenitos y echarse a descansar, que encasillar cansa una barbaridad. Detrás de las etiquetas se esconde principalmente la envidia, el ánimo de echar basura al que se atrevió a ser diferente. Al que decidió saltarse libretos e improvisar soñando con saltar las barreras. Con la silla apoyada en el quicio de la puerta, los etiquetadores pasan revista a los que transitan por la calle Mayor vomitando amargura: la guapa que se arregla es puta; el tipo de buena planta que cuida su apariencia es un chulo o, directamente, maricón; el Atleti es violento y juega al fútbol que da pena.  

Lo triste de las etiquetas no es que haya alguien con tanto tiempo libre y vileza para repartirlas, lo realmente desolador es comprobar cómo calan en la opinión de los demás. Despachadores de horarios, colegiados y analistas de ceño fruncido niegan verse influidos por ellas, pero las llevan cosidas en el refajo de su criterio. La gran mayoría asegurará, en ocasiones sin haberse llevado más de cuatro partidos de los de rojo y blanco a la boca, que la violencia desplegada por el Atleti es obscena y que habría que tomar medidas como calificar sus encuentros con dos rombos y sacarlos a empujones del horario infantil. Como ejemplo, valga el de un segundo entrenador con poco pasado y ningún presente que la otra tarde se quejaba amargamente de los cortes en el juego que los colchoneros propiciaban. Hace un tiempo fue capaz de glosar en alejandrinos las gestas de Xabi Alonso como paladín de la falta táctica. Se contrapone violencia versus conocimiento del juego mientras la grada se pone en pie para jalear una patada a toro pasado de Isco, el hombre llamado a acabar con el hambre en el mundo. El ojo hinchado de Godín y las agresiones sin balón a Juanfran, tres veces negadas a la manera de San Pedro, se soslayan o se explican donde la letra pequeña para no incomodar a las etiquetas, que son muy particulares.


Tampoco se libra el equipo colchonero de la letra escarlata del mal juego. Los repartidores de papeles se aburren, ¡qué desdicha!, sin saber el flaco favor que se hacen a sí mismos. El Atleti da a luz partidos en los que juega bien, muy bien y hasta regular tirando a mal, y en estos últimos es cuando más ternura inspira. Es en esos, y no en otros más pintureros, cuando se valora la dificultad de la empresa. Es en esos, y no en los de abultada diferencia, donde el sudor riega la ciega convicción de sus aficionados. Con la clasificación en un pañuelo a falta de un suspiro, cabría preguntarse bajo qué oscuro sortilegio camina la Liga para que los de Simeone se codeen con la élite ¿Cómo es posible que jugando de manera tan deficiente el Atleti mire de igual a igual a esos otros dos equipos que cada vez que saltan al campo hacen estallar la primavera? ¿Tanto dan de sí los límites del reglamento –otra etiqueta interesada– para poner al mismo nivel luces y sombras? Asegurar que en la Ribera del Manzanares habita el tedio señala a los que se están jugando los títulos con los rojiblancos. Mucho tendrían que reflexionar los guardianes de la belleza y los adalides del temperamento pretendidamente señorial sobre sus propias etiquetas antes de entretenerse analizando las del de enfrente.

A modo de conclusión, tal vez lo mejor sea perpetuar el disparate. Ha llegado la hora de reducir toda la temporada a un torpe balón lanzado desde los aledaños de un banquillo. Ahí se resume todo. Ahí, y en etiquetar a cualquiera que se salga del camino marcado como puta, como maricón o, aún peor, como del Atleti.

jueves, 17 de marzo de 2016

En este lado de la vida

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160316/Deportes/4826/Atletico-de-Madrid-Champions-League-eliminatoria-PSV-penaltis-fe-Juanfran-La-Colchoner%C3%ADa.htm

En este lado de la vida se sabe que lo sencillo suele estar hermanado con la vulgaridad e incluso con la injusticia. Las guerras ganadas de antemano no alimentan recuerdos ni los favoritos contemplan los campos de batalla con la voz tomada y el corazón acelerado. El destino, del que se sospecha vestimenta rojiblanca, engalana los corazones con las muescas de noches como la de ayer a la ribera del Manzanares. Noches imperfectas, llenas de escaramuzas, sustos y momentos solo explicables desde las entrañas. Benditas noches.

No fue el mejor partido que se recuerda ni falta que hizo. Fueron ciento veinte minutos intensos con la propina de una tanda ya grabada en la memoria colectiva. En el libro de las grandes citas quedarán las emociones desbordadas, las imágenes de un Calderón que lucía dolorosamente guapo, los inicios titubeantes, los niños hechos hombres, las hombres que siguen siendo lo suficientemente niños para inyectar litros de ilusión, la estampa de un rival más fiero de lo que pintaron y la divina humanidad que se hizo carne en el pinchazo del muslo de un central uruguayo.



Los penaltis, suerte suprema ajena a estadísticas y predicciones, premia al que lleva la determinación prendida en la mirada. “Nunca dejes de creer”, rezaba el visionario mensaje que la grada remitió a sus jugadores. No flaqueó la fe. Incluso los lanzamientos con más suspense fueron empujados a la red por la fuerza de tantas almas creyendo al mismo compás. No puede calificarse de capricho que fuera Juanfran, el hombre que comprendió lo que otros no pueden entender, el último protagonista de la celebración.

En esta orilla de la existencia, se valoran de otra manera las hazañas y las decepciones. Victorias y derrotas se alían, confundiéndose, para dejar paso a lo fundamental. Un año más el Atleti se encuentra situado en la línea de salida de la maravillosa carrera hacia los sueños. Las más de las veces, alcanzar lo soñado pasa por noches en las que es imposible pegar ojo, como la de ayer. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Lo simple y lo grandioso

No hay nada más desmoralizante que unas patatas bravas que no son bravas, la verdad. Sepan ustedes que el verdadero nivel de un establecimiento hostelero no lo marcan las ensaladas tibias de brotes tiernos sobre lecho de milhojas de rodaballo trufado a los tres vinagres y medio, de eso nada. El verdadero nivel de un bar, de una casa de comidas o de un colmado con aspiraciones de restaurant, lo marcan las cosas más simples y a la vez más grandiosas, como las patatas bravas.

No hay nada peor en la vida que intentar vestir a ese tétrico gato con la forma alargada de las patatas congeladas que se ahogan en una indescriptible mezcla de tabasco y tomate frito Orlando para que parezca la grácil liebre que es esa patata cocinada con esmero en dos fases, primero a fuego suave y luego a brasa viva. Esa patata de corazón esponjoso y armadura crujiente que nada a braza en la célebre salsa que deja en la boca retazos de cuando iba usted los domingos al Rastro o de cuando quedó con Julia para ir a tomar algo a la salida de la academia y los nervios se le escaparon corriendo calle Toledo arriba. Más dramático incluso que el caso de las bravas perpetradas a base de kétchup, de tomate natural pelado o de cualquier atrocidad parecida es el de aquellos lugares que pretenden reinventarlas con dudosísimo gusto. No, mire, las bravas no necesitan ser deconstruidas de ninguna de las maneras. Deconstrúyase usted esa barba tan moderna que se ha dejado para acentuar su imagen de creador, que nos ha sacado los segundos llenos de pelos, muy hipsters, eso sí, pero pelos al fin y al cabo.

Por desgracia, no se suele valorar la simpleza, craso error, pero sigan mi consejo, antes de decidirse a acercarse a comer a cualquier sitio o ahora que se acercan estas fechas de caza y captura de restaurantes con salones espaciosos para salir con los compañeros de celebración, acódense en la barra de cualquiera de esos establecimientos y pidan una de bravas para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.



Prácticamente se llenó el Calderón para recibir al Olimpiakos y si no lo hizo en mayor medida fue por esa necesidad de dejar vacía toda la grada situada debajo de la zona en la que se sitúan los aficionados visitantes en nuestro estadio. En esta ocasión fue un acierto no por seguridad si no porque cualquier que se hubiera sentado en las filas bajas no hubiera podido disfrutar del espectáculo dado que los seguidores rivales tendieron varias pancartas con tamaño de sábana bajera que llegaban casi hasta el césped para hacer sentir a los suyos como en casa. Comentó algún abonado de los de solera que lo mismo en el Corte Griego o como se llame el gran almacén más famoso de El Pireo, ya debe ser la semana fantástica y blancolor a la vez. Además de la ropa de cama con cortinas a juego, traía varios alicientes el rival bajo su heleno brazo: un hombre de la casa como Roberto, poco afortunado ayer, en la portería, varios viejos conocidos del fútbol español como Abidal y, sobre todo, un entrenador de lo más ocurrente en el banquillo.

Vaya por delante que las declaraciones previas al encuentro y el comportamiento saliendo al campo del humorista metido a entrenador rival tras el pitido final para saludar a los nuestros muestran un respeto hacia el equipo y en particular hacia el trabajo de Simeone que es de reconocer, pero vaya por detrás que este chistoso es el mismo que le hizo aquello a Pizo, el mismo que tanto se reía a pesar de ser atlético de cuna y tradición, lo que luego lleva a los que cambian a la agria acera de enfrente a besar con más fruición ese escudo con forma de despertador, el mismo que gritaba “me lo merezco” en un arrebato de humildad tras meter un gol y el mismo que siempre ha tenido mucha más leyenda que números por ser salao y bien parecido. La afición del Calderón, poco desmemoriada, recordó en varios tramos del partido su afición por las partes pudendas de rivales melenudos, lo que parece ser que al graciosísimo entrenador no le acabó de parecer jocoso, miren por dónde.

Se puso el Atleti a la faena tras el pitido inicial y lo hizo homenajeando a la grandiosidad de la simpleza. A hacer lo que sabe hacer sin ningún otro aditamento, sin más pretensiones que las altísimas que este equipo nos ha regalado, sin más alharacas que las justas y necesarias. Fue uno de esos partidos grandes por simples. Arrolladores por aplastamiento de un rival que ayudó, todo sea dicho, contagiado de la futilidad que emana de su banquillo. Fluía todo desde el primer minuto como se espera, como debe de ser. Con un Arda omnipresente encontrando esos huecos que derrumban defensas, con Raúl García de la mano del gol, su gran compañero, con un Juanfran desatado en ataque, con Gabi volviendo a ser el Gabi de siempre, con Tiago ayudando y con Mario cuando le sustituyó menos esponjoso que de costumbre, con Ansaldi ganando ventaja en el duelo con Siqueira, Con Giménez haciéndose mayor al lado de un Godín que es como un superhéroe de la Marvel pero con más poderes, con Koke para un roto y un descosido, con Moyá de oyente y con la cabeza de Mandzukic mostrando precisión de cirujano del cabeceo.


Dicen algunas crónicas que hubo poco partido y uno no está de acuerdo porque hubo mucho. Mucho por parte de los nuestros, casi incomparecencia por inferioridad en el rival. Lo grande de este Atleti que con el paso de las jornadas va cogiendo poso de equipo para recordar como lo fue el de la temporada pasada, es su grandiosa simpleza. Sus mejores momentos se dan en los partidos como el de ayer. Cuando la presión asfixia al rival, cuando tanto cuerpo a tierra como en combate aéreo demuestra su solvencia. Huyan ustedes de los que quieren vestir el gato futbolístico de demasiados toques, de adjetivos grandilocuentes que pretenden explicar carencias, de pensar que lo mejor es lo más enrevesado. Este equipo nuestro se engrandece con esa simpleza llena de matices. Este grupo cocinado con esmero por las pizarras de Simeone y Burgos en dos fases, la de la defensa solidaria en la que el primer atacante muerde como el que más y el ataque del bloque sin desdeñar el balón parado demuestra en cada choque la belleza de la simpleza, de que si se trabaja y se cree, se puede. Sigan mi consejo, antes de acercarse a ver cualquier partido de fútbol, antes de dejarse embaucar por cantos de sirena que glosan el fútbol de estos o aquellos y comparan churras con merinas repetidamente, vénganse para el Calderón y degusten un partido del Atleti para probar. Recuerden que normalmente lo grandioso está en lo más simple.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

De suecos, suecas y landismo

Cuando uno viaja a tierras escandinavas ya sabe lo que espera: calles limpias, gente educada con tendencia a quedarse en casa, frío y rubias y rubios que exacerban el espíritu del recordado Alfredo Landa que todas y todos llevamos muy dentro. Nada de eso se encontró el Atleti en su visita a Malmoe a excepción de las calles limpias, que dicen los que allí estuvieron que en ellas se podía tomar sopa de cocido sin ningún reparo de lo pulquérrimas que lucían. Fue sonar el silbato de un colegiado que se saltó la lección de Barrio Sésamo en la que Coco analizaba razonadamente la diferencia entre amarillo y naranja pálido, casi pomelo enfermizo, y el rival dejó claro que durante noventa minutos y sus correspondientes descuentos se iba a pasar los tópicos que de los nórdicos se tienen por el forro de sus blancuzcas entrepiernas. Nada de educación, nada de rubios de mirada azul cielo y sonrisa límpida. Nada de quedarse en casa, lo que cuando de balompié hablamos equivale a lanzarse al ataque y no quedarse en los alrededores del área propia. Presionaban los locales y el Atleti esperaba veterano, conocedor ya de casi todos los códigos en los que se mueven los partidos. Rompían los suecos con su proverbial costumbre de mirar para otro lado y hacerse los idems, mordiendo buscando el bulto en cada balón dividido lo que sirvió también para constatar de nuevo la de encuentros en los que nuestro equipo recibe tarascadas hasta en el cielo de la boca, aspecto este que no se sabe muy bien como liga con la costumbre ya elevada a tradición de que ciertos medios españoles atribuyan al Atleti una desmedida violencia.

Fue entonces, solo un poco antes de que Juanfran rasgara la defensa local para que Koke finalizara casi artísticamente en boca de gol, cuando uno reparó en lo que pasaba. El Malmoe, como casi todos los equipos con los que nos hemos cruzado en Europa últimamente, respeta y teme al Atleti. Lo considera un grande. Un espejo en el que mirarse. Un David que ha salido victorioso contra todo pronóstico en su lucha contra los Goliaths señalados. Fue en ese momento y durante la primera media hora de la segunda parte en la que el Atleti anduvo medio apurado cuando uno reconoció el mérito del equipo escandinavo, querer luchar con sus armas, bastante limitadas por cierto, con un equipo superior física y técnicamente. Uno entendió todo y valoró en su justa medida la presión de los suecos y hasta las malas maneras que mostraron en ciertos lances. Uno supo qué era lo que había detrás y le pareció admirable su entrega y su fe. Su nadar para morir en la orilla cuando Raúl García fusiló al atardecer a su zancudo portero.



Ya con todo entendido e incluso asimilado y digerido, ya con la lección de lo que había ocurrido aprendida, uno entendió menos la falta de respeto a la que se somete de manera recurrente a nuestro equipo en casa, en nuestro país. Cierto es que queda poco sitio en espacios televisivos, carruseles radiofónicos y columnas de opinión para hablar del Atleti dado el número y la grandilocuencia de los adjetivos que se vierten cuando de glosar a otros clubes se trata, pero de justicia sería que se habilitara. Sigue sorprendiendo oír hablar de violencia, de límites del reglamento, de propuesta poco estética y no de solidaridad, de méritos, de equipo con mayúsculas más allá de cualquier resultado puntual. Siguen indignando las flores para un lado y las espinas para el otro, el ninguneo al vigente campeón de liga, los premios teledirigidos desde el despacho del Ser supuestamente superior y el abismo que parece abrirse en un punto de diferencia. Un punto que debería sonrojar al nuevo guardián de la excelencia por exiguo, por raquítico dada la diferencia monetaria entre los contendientes. Lejos de ello, ese punto flacucho y anémico aúpa a los palmeros a un éxtasis pluscuamteresiano y hace juntar los muslos a sus desdentadas mocitas madrileñas. Cosas veremos aunque no tengamos ganas de verlas.

Llevaba uno tiempo con ganas de hacer una crónica como ésta pero no acababa de encontrar un hueco para sentarse a parirla como es debido. Quería uno de nuevo predicar en el desierto, alzar la voz sabiéndose rodeado del clamor reinante. Quería uno sacar pecho aun teniendo en la retina un partido como el de ayer, con sus altos, con sus bajos, con su fealdad y su tímida belleza, con su árbitro cegato o al menos daltónico y con un rival que supo valorar en su justa medida al equipo con letras mayúsculas y negrita que tenía enfrente. A la postre, a uno pide el cuerpo acordarse de nuevo del genial Alfredo Landa para decir que en vez de “Vente a Alemania, Pepe” la película debería cambiar a “Vente a Europa, Atleti” 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Elogio de la belleza

Pese a lo que se había dicho durante la semana era imposible desconfiar. El estadio estaba de un bonito que dolía y con ese ambiente no hay lugar para dudas ni miedos. Cierto es que el Milán traía prendida de su camiseta, aunque fuera de la suplente en tonos sidra El Gaitero, toda la historia que lleva a sus espaldas. No menos cierto es que el Atleti tiene también bastante historia en las suyas, y más presente también, no nos engañemos. Salieron los jugadores al terreno de juego y se quedaron atónitos ante cómo se había arreglado el Calderón. Estaba nuestro estadio guapo de verdad, maquillado para la ocasión para potenciar sus puntos fuertes y minimizar el descuido al que la gerencia le condena. Parecía el Calderón recién inaugurado y lo notaba la afición añadiéndole un toque festivo y cercano. Estuvo la afición también guapa, como siempre suele estar pero quizás un poco más. Les contaba que el Calderón estaba arrebatador y seductor, que estaba que daban ganas de ponerle un piso exterior con dos baños completos y presentarle a tus padres si se tercia y uno volvía a pensar en qué demonios se nos habrá perdido a nosotros en un campo a las afueras de las afueras, pero ese pensamiento junto con todos los pensamientos amargos que pudieran asaltar al aficionado ayer se diluyeron ante la belleza del campo, de la afición y de los siempre bellos colores rojo y blanco que inundaban la noche. Así no hay lugar para la desconfianza, toma, claro…

Decretó el colegiado delgaducho y despeinado el inicio del encuentro y se fue el Atleti para arriba. A matar por si alguien osara pensar que pudiera morir. Adelantó las líneas y asfixió con las presiones y casi todavía estábamos admirando lo precioso que estaba todo cuando Gabi le cedió el balón a Koke tras cortar el primero de los innumerables balones que corta en esta y tantas noches. Resurrección puso el balón en el área templadito pero quizás algo largo, en esos terrenos donde no llegan los delanteros chaparros o cuellicortos. Apareció Costa cuando parecía imposible y se marcó un remate con reminiscencias de capoeira que terminó en culazo, como suelen terminar todos los remates imposibles y bellísimos de Diego Costa y Abbiati, deslumbrado por la belleza del remate y del centro, por la guapura que Gabi otorga a la presión en banda y por la exquisita divinidad del ambiente a orillas del Manzanares, solo pudo acostarse como es norma de la casa ante cualquier remate que no vaya a dirigido a su barriga.

Tras el gol se mostró el Atleti exuberante. Desatado. Poseído por la belleza que flotaba en el ambiente. Parecía haber muchísimos Diegos Costa sobre el terreno, Gabi y Koke parecían también multiplicados y faltaban metros en la banda para que la corriera Juanfran una y otra vez. Cuentan algunos aficionados de esos que no miran al juego sino a otras cosas mientras se desarrolla la acción que en esos minutos Courtois jugaba a los chinos con el árbitro de área que el azar y la UEFA le había deparado para poder entretenerse. Parecieron los nuestros verlo tan bonito, tan fácil por momentos que se relajaron y dieron un pasito atrás. Un pasito corto de los que no lleva a ningún sitio, pero un pasito que sirvió para darle aire al rival.




Los argumentos ofensivos del rival se resumen en la bipolaridad de Balotelli, en el habilidoso Taarabt, que se pasó la noche desaparecido y abrumado por la ausencia de Insúa y por Kaká, ese jugador que precisamente ayer quiso reencontrar la tilde perdida de su apellido en dos remates de cabeza que inquietaron pero nunca hicieron dudar ni minar la confianza. En esos minutos de transición, de nudo del argumento planteado con la ventaja rojiblanca, murió el Milán si en algún momento llegó a estar vivo del todo en la eliminatoria. Reaccionó el Atleti y fue como suele ser en los partidos grandes. Como lo fue en el derby pasado y en alguna que otra final de las que tenemos plasmadas en la retina. Con intensidad y con el turco.

Escribió ayer el evangelio ardaturanista una nueva página más allá de sus diabluras y de lo que presiona, que es mucho. Creó Turan un nuevo prodigio en forma de disparo rebotado que cogió trayectoria tan traidora que pensábase que fuera estudiada. Los niños que estudien este hecho en el futuro dentro del catecismo de alabanza al turco lo conocerán por la parábola de Arda. ¡Aleluya y a la caseta!

Nunca creyó el Milán achampanado en nada tras el descanso, y si lo hizo fue por poco tiempo, de nuevo arrollado por la ola de belleza en la que estaba subido el Atleti. Pudo marcar un Gabi desatado y finalmente marcó Raúl García de cabeza en su habitual cita con el gol. Pudo haberlo hecho antes tras haber esbozado una chilena de las que quitan el sambenito de llegador para otorgar el título de delantero con todas las letras y se desató una fiesta solo interrumpida por el epílogo que Diego Costa escribió para hacerse conocer más si cabe en Europa entera, si es que hubiera quedado alguien en Europa que no conociera las andanzas del de Lagarto a estas alturas.   


Nunca hubo motivo para desconfiar ni para mostrar temor. La historia sola gana muchos menos partidos que los árbitros con entradas que dejan jugar, por ponerles un ejemplo. La historia está para respetarla y para escribirla. Para escribirla en noches en las que el Calderón se pone de un guapo que enamora y la afición luce su mejor sonrisa sabedora de que la imagen de ese día pasará a la posteridad. Estaba el Calderón esplendoroso y todos lo que allí se dieron cita estuvieron a la altura de la belleza del entorno. Estaba el Calderón tan bonito que daban muchas ganas de soñar despierto. Hemos llegado hasta aquí traídos por un sueño, a partir de aquí hay un sueño mucho más grande. Uno muy bello.  

lunes, 4 de noviembre de 2013

Teoría aplicada de grandes superficies (o Terror en el Hipermercado, según prefieran)

Ni playa ni montaña, ni tan siquiera sumido en un atasco, servidor de ustedes comenzó el puente metido en una gran superficie, echado pa’lante que es uno. Quizás tuviera que ver el hecho de que al abrir la nevera se le cayera a uno el alma a los pies. Solamente un limón seco con varios trienios de antigüedad guardaba el fuerte, no quedaba ni siquiera un mal sobre de ketchup de los que dan en las hamburgueserías o un árbitro que se haya comido un penalti en jornada previa. Todo vacío. La nada absoluta. El que suscribe llenó su carrito de artículos inútiles y de alguno necesario, claro está, pero siempre manteniendo la férrea disciplina táctica que la dueña de mi casa había esbozado en forma de lista. Una lista de esas que acaban manoseadas y arrugadas de tan consultadas, una lista plagada de ambigüedades, una lista en la que no se aclara al sufrido comprador por poderes si los yogures de fresa hay que comprarlos con trozos, edulcorados o bajos en grasa. En fin, que les voy a contar que ustedes no sepan.

Se acercaba el momento de mayor estrés para el visitante a la gran superficie: el de sacar todo del carro para pagar. El momento supremo, el momento que pone el corazón a doscientas pulsaciones incluso a los opositores a bombero. Uno, tras recoger el testigo de plástico que otorga el honor de poner cosas en la cinta de caja como cliente siguiente, fue sacando las cosas de forma ordenada según dictan los cánones del comprador profesional: primero lo congelado, luego lo fresco, un poco después las cajas de leche y los packs de bebidas en lata, en medio todo lo que no es ni fresco, congelado, ni está en caja o pack y por último los artículos de droguería. Quedan fuera de esta regla los huevos y el pan Bimbo, que por delicados pueden ponerse tanto al principio como al final, pero nunca mezclados con los otros recios productos. El caso es que ya andaba uno desplegando esas bolsas de rafia que hoy en día anegan los maleteros del sufrido ciudadano, esas invasoras de diseño de largas asas, esas usurpadoras del sitio que antes disfrutaban los balones en las partes de atrás de los coches, esas bolsas que impiden el partido espontáneo y hasta el gol regañao en cualquier porción de césped mínimamente practicable, esas que sirven para lavar conciencias medioambientales del comercio en general cuando, de improviso, aparece un señor de mediana edad que, primero colocándose en línea como si fuera un delantero burlando el fuera de juego y segundos después adelantándose unos pasitos, pretendía sacar ventaja en el noble arte de colarse. Ya casi veía uno la parte de atrás de su brillante chándal oscuro cuando éste que les habla decidió poner claras las cosas al espabilado caballero:

- ¡Uy!, no le había visto -aquí uno tiene que poner cara de que sí, de que seguro que no me ha visto, a pesar de los dos metros de altura y de la altura, valga la redundancia, que alcanza lo almacenado en el carro, víveres con los que se podría sobrevivir varios años en una isla desierta-. De todas formas, mire solo llevo estas dos minucias. Un par de productos que ni necesito ni utilizo de manera regular, pero que se me han antojado ahora que se inicia el puente ¿Me dejaría usted pasar?

Uno, que normalmente intentan conducirse por la vida de manera comprensiva y empática, le hubiera dejado pasar para verle alejarse con sus minucias rumbo al parking, pero hubo algo que le impulsó a decir que no, que de eso nada, que se mantuviera atrás que ese era el sitio que le correspondía. El individuo, claro está, se amohinó, sin duda poco acostumbrado a estar detrás, a esperar su turno y protestaba por lo bajinis lleno de soberbia. Ya les digo que todavía no sé si fue el ciclo lunar, el inicio del puente o qué fue lo que me empujó a no dejarle pasar bajo ningún concepto. Aunque ahora que lo pienso, lo mismo fue ese escudo en forma de despertador que lucía el gachó en el pecho del chándal, vayan ustedes a saber.



Solo con dar una vuelta por los alrededores del Calderón, se adivinaba que andaba la gente con ganas de fútbol. Invitaba a ello el rival, el horario y hasta una pequeña tregua climática antes de que lleguen los fríos siberianos que azotan nuestro estadio con regularidad. Dispuso el Cholo a los habituales en los partidos de casa, esto es, Tiago por Mario, y tuvo a bien además otorgar una nueva oportunidad a Adrián para sustituir al renqueante Arda. Salió el Atleti dubitativo y el Athletic con un uniforme que parecía un pijama de entretiempo y pareció durante los primeros minutos que el fútbol andaba todavía inmerso en la operación retorno del puente. Minutos de imprecisiones, de batalla estéril y de protagonismo para el árbitro, empeñado en sacar tarjeta amarilla a todo aquel que osara saltar en balón dividido por alto con Adúriz, que debe ser un futbolista que cae bien al gremio arbitral. Poco a poco se sacudieron los nuestros el buñuelo, por no decir la torrija, que es más de otros puentes, y fue principalmente de la mano de Koke, imperial de nuevo ayer encontrando huecos a la espalda de la zaga rival allá donde los hubiera, y de Villa, lo que es noticia y buena.

Fue el asturiano el que abrió la lata rival tras centro meritorio de Juanfran con un remate en escorzo invertido, o lo que es lo mismo un remate raro y medio mordido que además rebotó en un defensa antes de alojarse en la portería rival. Sirvió el gol para darle confianza al asturiano y para asentar a los nuestros. Si poco se había visto del equipo vasco hasta entonces, quejas en cada salto aparte, menos se vio a partir de ese momento. Solo quedó sobre el campo el Atleti, este Atleti reconocible e insaciable que nos ha tocado disfrutar. Se desdoblaban Juanfran y Adrián haciendo suya la banda derecha, se sumaba Filipe por la izquierda, Tiago se entonaba y Gabi demostraba una vez más que a pulmones no hay nadie que le gane. Encontraba el equipo a Villa con asiduidad, hecho que pudiera atribuirse a que el asturiano se mostró menos estático y más caído a banda izquierda y todo el ataque giraba en torno a Koke, siempre Koke.

Faltaba por sumarse a la fiesta Diego Costa y lo hizo culminando de manera brillante una arrancada suya de esas que rebosan velocidad, una jugada de esas que parece que va a perderse en el limbo de las jugadas olvidadas  por descontrolada pero que el de Lagarto controla de forma medida. Se quitó del medio a dos rivales con un cambio de pierna y fusiló por bajo dejando la moral rival y el partido finiquitados. Dicen las malas lenguas que, tras ver en los resúmenes de la noche, tarde en hora local, la finalización de Diego Costa en el gol, Scolari salió corriendo de su apartamento con vistas a la playa de Copacabana rumbo al consulado español más cercano, para ver si podría acreditar un abuelo extremeño que le hiciera tener bajo sus órdenes a un delantero como el que nos ocupa y no a Fred y otras extravagancias cariocas, Marimar incluido.  

Más de lo mismo en la reanudación: un Atleti desatado y unos leones con peligro de gatitos siameses. Toda la fiereza perdida de los bilbaínos militaba del lado de los madrileños, todos los balones divididos tenían color rojiblanco y los que no estaban divididos, también. Pudo el Atleti ensanchar la herida y pareció que no quisiera. Pudo Villa cabecear a la red tras otra subida del efervescente Juanfran y encontró carne de portero. Pudo Koke volver a sentar cátedra y pudieron varios meter un gol que se difuminó generosamente entre los participantes en la jugada. Pudo ser más si hay lugar para que se pueda pedir más a este equipo y ya les digo por adelantado que pedirles más parece caprichoso.


Suma y sigue este equipo que de manera permanente nos dibuja una sonrisa y nos mantiene el pecho el posición de henchido orgulloso. Sea con oficio o con juego, sea en las buenas o en las menos buenas. Falten o no algunos pilares. Aún abrazando como un dogma de fe la filosofía del partido a partido, empieza uno a pensar que será difícil descabalgar a este grupo de la ola a la que les ha subido Simeone. Deberán andar con ojo los que andan delante con exigua ventaja y deberán seguir detrás los que andan amohinados por estarlo. Los que están poco acostumbrados a ver nuestra gloriosa retaguardia y protestan por lo bajinis siempre tan llenos de esa soberbia tan suya. No intenten colarse, leñe, y menos con ese chándal tan feo con ese escudo-despertador ahí puesto. 

lunes, 7 de octubre de 2013

¿Hay alguien ahí?

“¿Hay alguien ahí?”, pregunta con voz trémula la rubia de bote (con todas sus consecuencias) asomándose a la oscura habitación de la que parecía salir el ruido. Uno diría que la rubia, que casi no cabe en ese jersey de tantas tallas menos, espera que el asesino psicópata responda diciendo que sí que está él pero que como ha preguntado de esa forma tan educada desde el quicio de la puerta ya no la va a descuartizar como ha hecho con el resto de sus compañeros de curso.

–Hágase cargo usted –añadiría el presunto homicida dejando a un lado la sierra eléctrica o el cuchillo jamonero adquirido en la teletienda–, de que uno no asesina por vicio, sino que es la coyuntura macroeconómica la que le hace a uno desfogarse de esta sangrienta manera, aspecto que, a juicio de servidor y del terapeuta del seguro que me trata con desigual fortuna, no es ni más ni menos preocupante que la actitud de las adolescentes que acampan durante varias noches para ver en primera fila un concierto de una banda juvenil de acné furioso.

Pero como el mundo es de otra manera y el cine de terror, o el terror de cine que para el caso es lo mismo, respeta sus tradiciones de manera celosa, la rubia acaba como acaba tras la absurda pregunta, poniendo todo perdido de sangre, de vísceras y de las fibras que suelta ese jersey tan ajustado, fibras de esas que se agarran a las tapicerías de los coches y no hay manera de sacar ni aún con aspirador de mano, lo que de por sí ya merecería una muerte lenta como poco…

Da igual que el horario sea nocturno, como lo fue en ocasiones anteriores, u horario de vermú como lo fue ésta vez. Uno viene observando desde que la temporada nació que los equipos rivales saltan al Calderón con miedo, con la misma prevención con la que la rubia lanza su pregunta a la oscuridad del sótano, sabiendo sin querer saber que allí, agazapado, hay algo amenazante. Nada más y nada menos que un equipo, claro.



Puso El Cholo en liza a los sospechosos habituales con la única entrada de Mario por Tiago con respecto a las últimas citas y puso Luis Enrique, triatleta a tiempo parcial y entrenador sobrevalorado a tiempo completo, a un equipo con diez rubias (muchas de bote, con todo lo que ello conlleva) ataviadas con jersey celeste ajustado y a un portero del que se esperaba poco por su manga corta y su camiseta de surfero, blanca para más inri. Salió el Atleti arrollador, exuberante. Asestaban los nuestros puñaladas en la defensa viguesa con los laterales como principales cómplices. Gran partido de Juanfran y Filipe, lo que viene siendo costumbre y gran acompañamiento del resto de líneas, destacando Diego Costa, serial killer de cabecera del equipo y todo el centro del campo. No veía el Celta resquicio por el que escapar de la avalancha rojiblanca y solo el portero con alma de skater mantenía vivos a los gallegos. Se vivieron grandes minutos de los que firma este Atleti, juego directo, combinaciones veloces, finalizaciones de Costa y méritos del portero. Pudo el Atleti adelantarse de penalti pero, como buena película del género, el portero con hechuras de graffitero impidió que el partido muriera prematuramente, que ya se sabe que las muertes si duran y son muy sangrientas, visten más en la gran pantalla. No obstante, se fue de manera justa aunque corta el Atleti con ventaja al descanso, fue en un remate tras pase de la muerte de Filipe que resume lo que es este equipo: gol estilo Fuenteovejuna, todos a una. El colectivo frente a la individualidad hasta a la hora de empujar un pase con aroma de medio gol.

Continúo el encuentro por los mismos derroteros tras el descanso y pudo Villa matar el partido casi definitivamente antes de lesionarse, marró el asturiano como antes había errado otras oportunidades y quedó en el ambiente cierta preocupación, no tanto por su lesión, de pronóstico leve según parece, sino por esas desconexiones que sufre que pudieran ser propiciadas por el brutal tono físico de sus compañeros. No debe ser fácil, tomen ustedes a los nuevos fichajes como ejemplo, subirse a un tren que circula a la velocidad que exige Simeone a este convoy y el Guaje lo nota, más de lo debido tal vez. Fue Costa el que ensanchó la herida celeste en otra típica jugada de las suyas, balón largo al espacio carrera imparable plena de potencia y disparo seco abajo. La frialdad de ese asesino con una cara de asesino que no puede con ella parecía cerrar el partido y aupar a nuestro exterminador al olimpo del pichichi.  

Si hay algo típico del cine de terror y de sustos gordos son los finales. Suele ser costumbre que, cuando ya casi todo el elenco actoral anda criando malvas desde hace rato, pareciera que el psicópata flaquease. Acaban los gritos y el señor de la capa negra y la careta con la boca muy abierta parece vencido, desfondado tras la agotadora tarea de liquidar adolescentes. Algo así ocurrió ayer sobre el césped del Calderón. Fue echándose el Celta para arriba cada vez más y los nuestros se dejaron querer, sin duda presos del cansancio, de la exigencia física de las últimas citas. Recortó el Celta tras gol bien finalizado de un jugador con pinta de torero purista y empezó el Atleti, el asesino de nuestros amores a mostrar síntomas de extenuación. Miraba el respetable a los relojes y pasaban los segundos con una lentitud que daban ganas de estrangularlos para que espabilaran. Sirvieron estos minutos para acordarse de las ocasiones perdidas del inicio, para pasar algún que otro sobresalto y para que debutara Guilavogui (o Sí ya lo vi, como se le conoce en ciertos mentideros) sin mostrar más que buena planta.


Ya conocerán ustedes el final de la película. Finalmente resurgió el asesino y continuó acrecentando la racha de víctimas de la temporada. La rubia que llevaba ese indefendible jersey celeste acabó muriendo a sus pies dejando todo perdido de sangre, de vísceras y de esas fibras que se agarran a las tapicerías de los coches como un ministro a una poltrona. Ocho equipos pasaron por las manos de éste equipo nuestro con alma de ejecutor y los ocho quedaron desmadejados en el camino. Muchas muertes ya a la espalda de este equipo obsesionado enfermizamente por la presión y el compromiso, por no dejar testigos que puedan levantarse y siquiera gritar. Parece que nuestro depredador empieza a mostrar sentimientos, tal vez algo de debilidad achacable a la falta de frescura de piernas que habrá que seguir vigilando. Debo de confesarles que siempre que veo una película del género, servidor espera que todos mueran, todos menos el asesino, claro y más si este viste de rojo y blanco….

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reflexiones que quedan cortas sobre el derby

Justo antes de la hora de la cena, que es cuando los expertos dicen que es mejor hacer estas cosas, el hombre que vestía de negro riguroso se sentó en el borde y puso el tapón en el desagüe. Seguidamente abrió el grifo para que se fuera llenando la bañera y puso la palanca del monomando al medio pero un poco a la izquierda, con rumbo suroeste, vamos, que así se evitan chorros inesperados de agua gélida de los que acechan en la posición central. Mientras subía el nivel del agua, nuestro elegante protagonista medía cuidadosamente la temperatura con un termómetro encastrado en una tortuga de ojos saltones y colores vivos. Treinta y siete grados, lo justo. Aprovechó el tiempo que le sobraba para preparar una toalla con capucha y motivos de ositos, el body milk y hasta un patito de goma amarillo que sirviera de entretenimiento durante el proceso. Fue entonces, cuando todo quedó dispuesto de manera precisa, cuando el hombre de negro se acercó al banquillo de al lado para coger amorosamente a su colega, de nombre Carlo y de apariencia muy similar a la de Alec Baldwin, y se dispuso a darle un baño de madre y muy señor mío….

Se nos acaban los adjetivos, damas y caballeros. En recientes convenciones de blogueros, columnistas y lanzadores de bulos especializados en este Atlético de Madrid al que no se le atisba techo, los asistentes se quejaron de la cortedad de las palabras y la escasez de las hipérboles para calificar el crecimiento de este equipo y su desempeño en todas las ocasiones, en grandes y pequeñas citas. Se dice incluso que existe un mercado negro de adjetivos en el que adquirir algunos nuevos con los que glosar las hazañas de Simeone y los suyos, pero aun así ninguno es capaz de hacer justicia a lo vivido. Poco les podría yo añadir a todo lo que habrán visto y leído. Si acaso podría hablarles de ese pellizco de orgullo localizado en un lugar indeterminado entre el pecho y el estómago que últimamente sentimos todos. Tal vez les pudiera hablar de lo fácilmente reconocibles que somos ahora los seguidores colchoneros por ir andando por la calle con una sonrisa de oreja a oreja. De todas formas, y aun sabiendo la justeza de lo que yo pudiera aportar, aun sabiendo que lo que aquí lean les va a quedar como un jersey de algodón lavado con agua caliente, aquí se lanza el que suscribe.

Corto quedará todo lo que les diga sobre el partido. Corto lo que se añada sobre la presión asfixiante o sobre el jugar el balón con criterio, aspecto que no en todas las ocasiones se puede destacar. Corto y raquítico lo que les dijera sobre la firmeza de la defensa, sobre dos centrales que están tomando tintes titánicos y sobre un portero que nunca falla, y si falla y a punto está de liarla parda, tiene la suerte de su lado. Corto y de segunda mano sería todo lo que podría servidor pudiera expresar sobre los laterales. Uno, el izquierdo, brillante en el ataque y en la presión fruto de la cual llegó el gol del encuentro. Otro, el derecho, más sacrificado porque así tocaba, más pendiente de bailar con la más fea, aunque ella se crea guapa y relamida, más comprometido con vigilar a ese jugador que se suele reivindicar metiendo goles de dos en dos o de tres en tres a equipos que coquetean con el descenso. Corto y encogido sería lo que pudiera contarles sobre la jerarquía de Gabi y cómo siempre se encuentra donde se le espera. Ayudando, ofreciéndose o haciendo faltitas tácticas cuando se tercia. Pocas veces un brazalete le ha sentado a un jugador como le sienta a él, llegando a un punto de que uno no sabe si el brazalete no se pudiera sacar de su brazo y se ha fundido con su piel más allá de los terrenos de juego. Corto y escaso sería todo lo que se declarara sobre el partido de este Tiago renacido que ha dejado atrás, milagros Simeone mediante, toda esa abulia con la que aderezaba sus actuaciones. Hace poco tiempo, no demasiado, la jugada más representativa del portugués era el señalar a sus compañeros hacia dónde debían ir sin ir él nunca hacia ningún sitio, hoy, es él el que acude con disposición a donde toca y también a donde no toca, y si a eso le sumamos el buen trato hacia el balón que siempre mostró, para qué queremos más. Corto y extremadamente conciso sería lo que les mencionara sobre el partido de Villa. El asturiano ha asumido su rol, menos dado al escaparate que lo esperado y lo ha hecho silenciosamente y con buena cara. Cierto es que vive ahora más alejado del gol y sus circunstancias, pero ayuda al equipo a desplegar un juego de más combinación. Amén de para meter goles, que lo hará, para jugar este tipo de partidos vino y hasta el momento, sin enamorar, no ha defraudado.



Si de cortedad hablamos, lo corto se vuelve diminuto cuando de glosar los minutos, los partidos y la temporada que llevan los tres titulares que faltan por mencionar. Corto de sisa todo lo que se expusiera sobre Don Jorge Resurrección, que de don merece ser tratado. Koke está cogiendo hechuras de jugador de época, de centrocampista total, de medio con pulmones fabricados en Alemania e imaginación salida de una orfebrería latina, de visionario que encuentra los resquicios que los demás no aciertan a ver a la espalda de los contrarios, de crack con cláusula de rescisión demasiado baja sea ésta todo lo alta que pueda ser. Corto e insuficiente todo lo que se explique sobre Arda Turan. A su ya consabido duende, a esa clase que destila en cada lance, ha añadido un compromiso impensable para un jugador de sus características. No solo brota poesía de sus botas cuando el balón tiene a bien pasar un rato con él, además deja detalles de los que se fijan en las retinas del hecho diferencial rojiblanco. Como ejemplos, podríamos citar esa bronca a Diego Costa poniendo la misma cara que Leónidas y sus 300 guerreros en las Termópilas, el blocaje que sirvió de reflexión al árbitro unos segundos antes cuando, a juicio de servidor, el de Lagarto estaba ya expulsado o una carrera de casi cien metros tras corner mal sacado persiguiendo sin ceder un metro de ventaja a esa nueva estrella que, a pesar de sus esfuerzos por parecer un deportista de diseño, atesora cara de tonto del pueblo. Corto y exiguo sería lo que pudiera uno aportar sobre el estado de forma de Diego Costa, sobre esa sangre fría, sin duda producto de su lugar de procedencia, Lagarto, que exhibe para finalizar a los palos largos, sobre el constante combate, sobre tener que salir del partido exhausto como única posibilidad, sobre el no rehuir el choque.


Corto y esmirriado quedaría todo lo que les diría y corto y esmirriado fue también el resultado que pudo ser de los que quedan para la historia. Cortas y malogradas aquellas oportunidades perdidas: el cabezazo de Tiago, el sutil lanzamiento de Koke a la escuadra y el mano a mano que Costa no le venció al agotamiento. Corto como de costumbre el argumento del rival cuando alguien se salta el guión, cuando la banca no gana en la ruleta: la protesta, el encanallamiento del prepotente, la impotencia del supuestamente omnipotente, la mueca de las mocitas con acné purulento, la rabieta del niño consentido, el codazo de un lateral con alma de cono y el saltarse la medicación de los que no controlan la ira. Quedó todo corto y poco más les podría decir yo porque todo quedaría con la longitud de un pantalón pesquero o de una manga francesa. Bueno, tal vez les podría hablar sin parar del hombre de negro y del agradecimiento infinito que todos debemos profesarle por devolvernos lo que los despachos se empecinan en arrebatarnos. Si corto parece lo que se enuncia sobre todo lo anterior, corto y diminuto sería lo que las palabras permitirían dibujar para hablar sobre él. No será el que suscribe el que añada más cortedad a toda su grandeza, a su saber y a cómo lo pone al servicio de la causa rojiblanca. Además, no quisiera servidor entretenerle con cortedades y minucias, todavía tiene que secar a su colega tras el baño…  

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cinco minutos

Ignacia no confiaba demasiado en estas modernidades, la verdad, pero allí estaba ella con el mejor de sus vestidos. Y todo por hacerle caso a su nieto el pequeño, el de su hija la que vive en la capital. Speed dating. Citas rápidas. La idea era sentarse delante de un desconocido y charlar durante cinco minutos para ver si merece la pena plantearse con él amistad o lo que surja. Ella, que todavía lucía hermosa a pesar de sus años, tenía claro que muchos de los que ocuparan la silla de enfrente buscarían más un lo que surja que una amistad o algo más serio, pero ella se había decidido a acudir allí sin pensar demasiado. Ya habían pasado muchos años desde que a su Basilio se lo llevara una peritonitis galopante sobrevenida por la coz de una mula traidora en el bajo vientre y ella se sentía sola. Decía su nieto que así era como los de la ciudad encontraban a alguien con quien espantar esas soledades llenas de recuerdos que dolían. No es que no hubiera tenido proposiciones a lo largo de estos años, nada de eso, las hubo hasta aderezadas por los pretendientes con varias hectáreas de tierras de labor, cabezas de ganado y hasta un puesto vitalicio de panadera consorte en una tahona del pueblo de al lado. A todos dijo que no con agradecimiento porque no se sentía preparada. Tal vez hoy las cosas fueran a ser diferentes. Ojalá fuera así.

Uno, que lleva ya algunos años viendo caso todos los partidos del Atleti, había llegado a perfeccionar una técnica casi infalible de predicción sobre el desempeño de los nuestros en el partido a jugar. Bastaban con cinco minutos, solo cinco, lo que dura una cita rápida, para saber si el Atleti que ese día saltaba al césped iba a dejar buen sabor de boca o un cabreo de mil demonios. No me pregunten por los indicadores que uno consultaba para llegar a tal conclusión, no se trataba de hechos aislados si no de un conjunto de detalles y gestos que conformaban el mapa colchonero para ese día. Unas veces era una carrerita desganada de Forlán la que se sumaba a las medias descolocadas de Agüero para presagiar un petardazo de partido, otras veces un primer control orientado de Caminero y un guiño de Kiko para vaticinar que a continuación seríamos testigos de noventa minutos que quedarían en el recuerdo. A veces Schuster se plantaba en el mismísimo centro geométrico del campo y desde allí hacía volar a lo largo de treinta metros un balón que aterrizaba mansamente a los pies de un portugués de nombre Paulo que había avisado con anterioridad de que ese día estaba por la labor con una sacudida de su melena. Otras, bastaba casi con consultar la alineación, ver que salía de inicio Richard Nuñez o Ibagaza y prepararse para lo peor. Ya les digo, solo cinco minutos o incluso menos para hacerse una idea general que raramente fallaba.

De un tiempo a esta parte, uno, a pesar de que con la edad empieza a tener cada día más manías, ha dejado de preocuparse por esos pequeños hechos significativos, por esos cinco primeros minutos de los partidos y el aroma que desprenden. Para ser exactos, cuando les digo de un tiempo a esta parte debería decir desde que Simeone está en el banquillo. Desde su llegada uno sabe lo que se va a encontrar y, por ello, da casi hasta un poco igual el resultado y hasta si se juega mejor o peor, si para llegar al objetivo marcado el camino es de rosas o de espinas. Hace un tiempo, viendo el inicio del partido de Valladolid o el de ayer mismo, uno se temería algo malo, un partido de esos que duelen y que se instalan en el compartimento de los recuerdos a olvidar sin poder hacerlo nunca, pero eso ya no pasa. Uno sabe que, ante cualquier síntoma de decaimiento en cualquiera de los que salen al campo, allí estará él. Aplaudiendo o echando una bronca como se deben echar las broncas, como las echaríamos ustedes y yo, invocando a la camiseta que portan y a la gente que se ha reunido para acompañar al equipo dejando sus vidas aparcadas por noventa minutos. Uno espera que Simeone esté muchos años con nosotros porque él ha sabido espantar esas soledades que muchos sentíamos a pesar de estar rodeados de nuestros iguales. Ojalá sea así.



Puso El Cholo en liza a un equipo en el que tenían cabida las rotaciones pero lo hizo con medida, mesuradamente como suele hacer él las cosas. Un toquecito allí y otro allá: Villa y Gabi para dotar al banquillo de veteranía, Filipe también para que se pudiera ver a Insúa, ese jugador con el que durante bastante tiempo teníamos dudas de si era real y salieron del equipo Raúl y Manquillo, volviendo al plantel Arda y Juanfran. Simeone rota pero sin volverse loco, dando a cada partido la importancia que tiene, que ya se sabe que las rotaciones pueden traer más de un disgusto y si no que le pregunten a Galileo. Ya a los cinco minutos, lo que dura una cita rápida, quedaron dos cosas claras: una, que los fabricantes de camisetas o los responsables de marketing e imagen de los equipos no tienen vergüenza por vestir al Osasuna como si fuera el Borussia de Dortmund en versión low cost y dos, que iba a costar sacar adelante el partido.

También en cinco minutos, cinco solo, lo que dura una cita rápida, Diego Costa le puso al partido el sello de casi finiquitado tras dos centros que llegaron de la derecha. Uno de Juanfran que remató con oportunismo y otro de Koke, otra vez Koke, que el de Lagarto cabeceó con maestría. Comentan en los mentideros federativos que el Sr. Marqués se está pensando convocar a Diego Costa para que juegue con la selección y uno, que no quiere malpensar, no puede creer que no le haya llamado ya sin poner en duda un criterio futbolístico más dado a llamar a canteranos de otro equipo de Madrid o poner a Koke de lateral derecho desaprovechando su capacidad como asistente. No se había llegado al ecuador de la primera parte y se volvía a mostrar ese Atleti que hemos visto crecer en los últimos tiempos. Rocoso y casi inaccesible, puede que poco brillante en ocasiones pero letal y con las ideas claras en muchas otras. Dos lunares tuvo el partido, dos, y los dos se concentraron en cinco minutos, lo que dura una cita rápida: el golpe en la rodilla que obligó a retirarse a Mario Suárez, del que en los últimos partidos se ha visto la versión buena, y el gol del rival tras centro al  área que al cierre de estas líneas no sabría definir si como bien sacado o como mal defendido.


Fue la segunda parte rara. Una segunda parte de esas que se tienen que jugar cuando casi ninguno quiere hacerlo. Pensaba el Atleti en citas futuras, citas del fin de semana, citas que no deberían ser rápidas y pensaba el Osasuna que no podría meter mano a los rojiblancos ni aunque el segundo tiempo durara una eternidad. A pesar del corto margen, no recorrían el estadio ni runrunes ni temores infundados, hasta eso han sido capaces de conseguir Simeone y los suyos. Si acaso, flotaba en el ambiente algo de preocupación por lo tarde que se estaba haciendo y lo tirano que es el despertador cada mañana, pero no quedaba resquicio para esos miedos, algunos autoimpuestos y otros institucionalizados de tanto repetidos: el sufrimiento, la leyenda del Pupas, los goles de jugadores con flequillo rebelde en el tiempo de descuento. Murió el partido y se dieron la mano los contendientes comentando que el próximo partido lo deberían disputar en dos tiempos de cinco minutos con un descanso de un minuto para beber agua o bebidas carbonatadas, que muchas veces cinco minutos bastan para muchas cosas en la vida y se marchó Simeone para el túnel de vestuarios a buen paso para poder reflexionar durante cinco minutos, lo que dura una cita rápida, en lo que iba a decir a los suyos…