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miércoles, 5 de noviembre de 2014

De suecos, suecas y landismo

Cuando uno viaja a tierras escandinavas ya sabe lo que espera: calles limpias, gente educada con tendencia a quedarse en casa, frío y rubias y rubios que exacerban el espíritu del recordado Alfredo Landa que todas y todos llevamos muy dentro. Nada de eso se encontró el Atleti en su visita a Malmoe a excepción de las calles limpias, que dicen los que allí estuvieron que en ellas se podía tomar sopa de cocido sin ningún reparo de lo pulquérrimas que lucían. Fue sonar el silbato de un colegiado que se saltó la lección de Barrio Sésamo en la que Coco analizaba razonadamente la diferencia entre amarillo y naranja pálido, casi pomelo enfermizo, y el rival dejó claro que durante noventa minutos y sus correspondientes descuentos se iba a pasar los tópicos que de los nórdicos se tienen por el forro de sus blancuzcas entrepiernas. Nada de educación, nada de rubios de mirada azul cielo y sonrisa límpida. Nada de quedarse en casa, lo que cuando de balompié hablamos equivale a lanzarse al ataque y no quedarse en los alrededores del área propia. Presionaban los locales y el Atleti esperaba veterano, conocedor ya de casi todos los códigos en los que se mueven los partidos. Rompían los suecos con su proverbial costumbre de mirar para otro lado y hacerse los idems, mordiendo buscando el bulto en cada balón dividido lo que sirvió también para constatar de nuevo la de encuentros en los que nuestro equipo recibe tarascadas hasta en el cielo de la boca, aspecto este que no se sabe muy bien como liga con la costumbre ya elevada a tradición de que ciertos medios españoles atribuyan al Atleti una desmedida violencia.

Fue entonces, solo un poco antes de que Juanfran rasgara la defensa local para que Koke finalizara casi artísticamente en boca de gol, cuando uno reparó en lo que pasaba. El Malmoe, como casi todos los equipos con los que nos hemos cruzado en Europa últimamente, respeta y teme al Atleti. Lo considera un grande. Un espejo en el que mirarse. Un David que ha salido victorioso contra todo pronóstico en su lucha contra los Goliaths señalados. Fue en ese momento y durante la primera media hora de la segunda parte en la que el Atleti anduvo medio apurado cuando uno reconoció el mérito del equipo escandinavo, querer luchar con sus armas, bastante limitadas por cierto, con un equipo superior física y técnicamente. Uno entendió todo y valoró en su justa medida la presión de los suecos y hasta las malas maneras que mostraron en ciertos lances. Uno supo qué era lo que había detrás y le pareció admirable su entrega y su fe. Su nadar para morir en la orilla cuando Raúl García fusiló al atardecer a su zancudo portero.



Ya con todo entendido e incluso asimilado y digerido, ya con la lección de lo que había ocurrido aprendida, uno entendió menos la falta de respeto a la que se somete de manera recurrente a nuestro equipo en casa, en nuestro país. Cierto es que queda poco sitio en espacios televisivos, carruseles radiofónicos y columnas de opinión para hablar del Atleti dado el número y la grandilocuencia de los adjetivos que se vierten cuando de glosar a otros clubes se trata, pero de justicia sería que se habilitara. Sigue sorprendiendo oír hablar de violencia, de límites del reglamento, de propuesta poco estética y no de solidaridad, de méritos, de equipo con mayúsculas más allá de cualquier resultado puntual. Siguen indignando las flores para un lado y las espinas para el otro, el ninguneo al vigente campeón de liga, los premios teledirigidos desde el despacho del Ser supuestamente superior y el abismo que parece abrirse en un punto de diferencia. Un punto que debería sonrojar al nuevo guardián de la excelencia por exiguo, por raquítico dada la diferencia monetaria entre los contendientes. Lejos de ello, ese punto flacucho y anémico aúpa a los palmeros a un éxtasis pluscuamteresiano y hace juntar los muslos a sus desdentadas mocitas madrileñas. Cosas veremos aunque no tengamos ganas de verlas.

Llevaba uno tiempo con ganas de hacer una crónica como ésta pero no acababa de encontrar un hueco para sentarse a parirla como es debido. Quería uno de nuevo predicar en el desierto, alzar la voz sabiéndose rodeado del clamor reinante. Quería uno sacar pecho aun teniendo en la retina un partido como el de ayer, con sus altos, con sus bajos, con su fealdad y su tímida belleza, con su árbitro cegato o al menos daltónico y con un rival que supo valorar en su justa medida al equipo con letras mayúsculas y negrita que tenía enfrente. A la postre, a uno pide el cuerpo acordarse de nuevo del genial Alfredo Landa para decir que en vez de “Vente a Alemania, Pepe” la película debería cambiar a “Vente a Europa, Atleti”