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lunes, 5 de marzo de 2012

Elogio de la fealdad

Basilio es feo. No feo con la subjetividad en la mano, no. De eso nada. A cualquiera que se le pregunte lo confirmará sin atisbo de error. No es que su cara muestre asimetrías relevantes, no es que tenga defectos apreciables, no es que la nariz no case con las orejas y con esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate, no. Es feo más allá de cualquier análisis minucioso, de cualquier comparación con algún pretendido criterio estético. Es feo como levantarle la voz a tu anciana abuela, es feo como no levantarse del asiento cuando entra en el vagón una embarazada de siete meses. Es feo con avaricia. Feo a jornada completa. Feo sumarísimo. Feo más allá de cualquier cualidad que pudiera adornar esa condición. Les digo yo que es muy feo, vamos…


A pesar de su hándicap, Basilio se acicala con mimo siempre que sale a la calle, aunque solo sea para bajar a por una barra de pan integral a la esquina. A pesar de todo, Basilio sigue preparándose durante más tiempo del razonable cuando sale algún viernes o algún sábado. Una vez el conjunto pasa el riguroso examen al que él mismo se somete con rigor, se deja abrazar por la noche y se siente guapo. Nunca mira las muecas que algunas e incluso algunos le dedican al pasar con la chaqueta de lino arremangada hasta los codos. Él, se siente arrebatador. Se acoda en la barra del local, pide un ron con cola y solicita siempre un chorrito de limón natural de manera caprichosa. Cuando el azar que trae la sed acerca a alguna sudorosa ninfa de rímel corrido y falda menguante a sus dominios, él pregunta con atrevimiento y sin circunloquios: “¿Te apetezco?”. Las más de las veces, ve cómo se dibujan gestos de prevención e incluso de asco. Otras tantas la interpelada estalla en una carcajada que no es capaz de minar la autoestima de Basilio. Pero, en ciertas ocasiones, pocas la verdad, surge algo que ustedes y yo no alcanzaríamos nunca a comprender. No diré lo de la chispa porque ser algo tan manoseado por el uso, pero es algo así. Ella se rinde, cae en la trampa de esa fealdad. Cuando sus amigas la rescatan en los tiempos muertos que ofrece una visita al baño o un cigarrillo helador, le preguntan si se ha vuelto loca o ciega. La presa dice siempre lo mismo: “Sí, es el hombre más feo que nunca vi, pero tiene algo” mientras ve venir a Basilio hacia ella paseando su fealdad con seguridad de guapo a rabiar.



Dijo Simeone durante la semana que lo de la posesión como alfa y omega en el fútbol era una milonga como la copa de un pino. Servidor está de acuerdo. Servidor piensa que no siempre el fútbol barroco y recargado, el taconcito pinturero y la pared estucada, es el único camino existente en este juego que tan locos nos vuelve. Frente a ese fútbol guapo y repeinado, existen muchos otros tipos de fútboles, algunos temerosos y esmirriados, otros arrogantes y hasta contrahechos. Hay otras maneras de llevarse el gato al agua, probablemente sean más feas, pero son maneras al fin y al cabo. Se jugaba el Atleti tres puntos importantes con un rival directo que en los últimos tiempos ha destacado por su fealdad y por su antipatía en el juego. Se los tenía que jugar en campo ajeno y plagado de feas bajas. Se planteaba como una obligación el ganar o pudiera ser el no perder, tras los últimos feos resultados, probablemente injustos, pero feos de solemnidad.


Sacó Simeone una alineación fea, desarreglada por lesiones y sanciones, pero con un algo que acababa gustando. Será por lo de que había más españoles que extranjeros o será por lo de que había varios canteranos, esa especie de jugadores tan fea a ojos de nuestros dirigentes, será por lo de las comisiones. El partido nació feo, como se esperaba. Lleno de balones divididos y de porfías. Lleno de revolcones y cabriolas de ese jugador que hasta hace poco vestía la camiseta de nuestro equipo pero nunca jugó para nadie que no fuera él mismo. Ese al que, a pesar de su fealdad innegable aderezada con un intelecto de filo de cuchilla roma, algunos querían alzar a altares de la atleticidad. En medio de tanta fealdad, surgió uno de los más feos de todos, Salvio, para poner por delante en el marcador a los nuestros con un buen cabezazo. A partir de ese momento, empezamos a ver que la fealdad del partido tenía algo, un no sé qué o un qué sé yo que lo hacía más atractivo a nuestros ojos. Fueron los minutos menos feos de los nuestros. Se vieron triangulaciones resultonas, se vio más Koke dejando de lado otras feas tareas. Se imponían con solvencia Mario y Gabi, los de más feo cometido, y se dejaba caer a banda un Adrián que no tuvo su mejor partido en Sevilla, probablemente por afrontar la tarea de ataque muy solo, cosa que siempre es muy fea. En ese periodo, podría haber sido la renta mayor si hubiera cuajado alguna de las oportunidades, casi todas a pies de Salvio, ése jugador feo y contrahecho al que tras el primer tiempo de Sevilla empezamos a ver más enderezado y gallardo.


Empezó la segunda parte muy fea, principalmente por un gol del Sevilla en una contra tras conducción exagerada de Salvio. Algunos dicen que probablemente lo hiciera como homenaje a su ex compañero Reyes, el hombre al que las autoridades se plantearon poner un tacógrafo para poner coto a sus abusos en la conducción. Ahí empezaron los momentos más feos para los nuestros cuando el Sevilla empezó a mirar a la banda de Navas en vez de a la otra, en donde Reyes solo ofrecía piscinazos de ejecución y dificultad apreciables. No se arrugaron los nuestros, capearon el temporal sin pararse en sutilezas. Si había que hacer falta aunque fuera fea, se hacía. Si se tenía que pegar un patadón o diecisiete en defensa, se pegaba. No estaba el partido para exquisiteces ni para lujos estéticos. Cholo miró al banquillo con la aprensión de tener una plantilla fea y corta y quitó a Tiago, quizá por tener la fea costumbre de reprender a sus compañeros cuando a él le fallan las piernas y los partidos le superan físicamente. Salió Pizzi, jugador del que no calificaré guapuras ni fealdades por ser demasiado obvio en planos balompédicos y estilísticos. Aguantó el Atleti hasta el final dejándonos con la fea sensación de que se pudo perder lo que en la primera parte se pudo ganar.


Nos queda un feo empate. Uno más de tantos feos resultados pero probablemente el más justo de la era Simeone junto con su primer partido de Málaga. Nos deja en posición fea en la tabla pero con la esperanza de un calendario menos feo del que acabamos de transitar. Nos deja la sensación de que, enganchando tres victorias seguidas se puede acceder a Champions por obra y gracia de esta liga fea y desigual llena de equipos feos que no interesan a nadie salvo cuando juegan con los dos equipos a los que todo el mundo adula por su pretendida belleza. Nos deja con nuestras feas esperanzas intactas y eso es algo que debemos de agradecer a Simeone, el habernos devuelto también estos partidos feos. Partidos llenos de oficio, de bigotes sin depilar y de pisotones que no ve el linier. Seguimos creyendo en Cholo a pesar de que sea feo y tenga la cara picada de viruelas, porque muchos guapos de cartel pasaron antes que él por esta plaza y nos dejaron otro tipo de fealdad. Fealdad de la que da vergüenza y ganas de mirar para otro lado silbando. No es eso lo que trae este Atleti. Este Atleti que podrá ser feo pero al que su técnico ha convencido de que no lo es tanto, mira de frente. En ocasiones le vemos algo más y nos rendimos a él, pero incluso en sus momentos de mayor fealdad tiene algo, no me pregunten el qué...o sí, háganlo... 

martes, 3 de enero de 2012

Tiempo de Reyes

Con un nuevo año triunfante,
se ve venir a los Magos.
Esos Reyes algo vagos,
aunque suene redundante.
No parezca malsonante.
Solo una noche completa,
no es sudar la camiseta.
Ser flojo es, y bastante.

Unos Reyes que se vienen
y otro que se quiere ir.
Lo acaba el tío de decir.
Ni aunque quieran lo retienen.
“¡Yo me voy, ya llueva o truene!”,
dice el pensador de Utrera.
“Esto ya no es lo que era”,
con indignación sostiene.

Empezó la temporada,
viendo con preocupación,
que nos dejaba carbón,
o lo que es lo mismo, nada.
Se preguntaba la grada
qué le pasaba al muchacho.
Nunca logró el populacho
dar con respuesta aceptada.

“Si se queda es a sumar”,
dijo el Cholo aterrizado,
pobrecito, equivocado,
de lo que había de encontrar.
De sumar o de restar,
de cualquier operación
nunca supo el muy melón.
No destaca en el pensar.

Y es que nunca fue muy zorro,
el amigo “Ozantonio”.
y ha engordado patrimonio,
pasándonos por el forro.
Ahora opina que es engorro,
quedarse aquí, y lo respalda,
en nostalgia de Giralda.
No lo hubo más ceporro.

Tal vez su no laborar,
se justifique en la pena.
Más yo pienso que es ajena,
la causa de su llorar.
Si me piden aportar,
no diría yo añoranza.
El fin de la adivinanza,
nos hace a otro mirar.



Diría que falta vigor,
que no encuentra la alegría,
desde aquel bendito día,
que marchó su valedor.
Su más firme defensor,
sin él se encuentra muy triste,
sin él, el que calza y viste
ese jersey constrictor.

Sin darle tantos galones,
sin Flores que haya en el banco
parece que fuera manco,
no acaba las conducciones.
Las más de las ocasiones, 
terminan en cuerpo a tierra,
con Reyes solo, a su guerra,
y con varios lamparones.

Su historia con la afición,
de amores y desamores,
de malos y de peores,
con tintes de culebrón,
termina con división.
Los que le hayan alentado,
ahí llevan su negociado,
no me causa turbación.

Se va con la risa puesta.
Se va tras haber fingido,
fiebre y hasta sarpullido,
de manera deshonesta.
Si ustedes hacen encuesta,
los hay que quedan contritos,
y dedican pucheritos
a sus feos por respuesta.

Nos deja en fútil herencia,
su lance más celebrado,
el de esperar al driblado
en absurda reincidencia.
Tuvimos mucha paciencia,
con él, con su pierna izquierda,
y en no mandarle a la mierda, 
si permiten la licencia.

Adios Reyes, corazón.
Los Reyes nos proveerán.
Y a falta de tortas, pan,
nos traerán en el zurrón.
Tu presencia era carbón,
ve y que te aguante Del Nido.
Gracias por haber venido,
y hasta nunca, so….carbón

viernes, 30 de diciembre de 2011

Alguien tiene que hacerlo

Miren que no me gusta ser portador de malas noticias. Miren que me duele como al que más venir a contar que los Reyes son los padres. Miren que siento ser yo el que les diga que ese cuñado tan antipático les levantó treinta euros haciéndoles trampas en el cinquillo postcena de Nochebuena. Lo siento, de verdad. Me gustaría no ser un pájaro de mal agüero. Me gustaría hacer borrón y cuenta nueva sin mirar alrededor, sin detectar cómo la miseria se amontona en las orillas por las que discurre el cauce de nuestro equipo. Me encantaría sentir los efectos de la anestesia y gritar eso de “Ole, ole, ole…Cholo Simeone” pensando que se acabaron los problemas. Pagaría por ser capaz de mirar a los puestos Champions o de Europa League en vez de sentir en la nuca el gélido aliento de los puestos de descenso. Me seduciría la idea de dejar de leer artículos tan pesimistas. Dormiría infinitamente mejor si pensara que a partir de hoy, los jugadores saldrán a ganar en todos los campos y a correr como nunca antes han corrido. “¿De verdad era tan fácil? ¿Por qué no habrán traído al Cholo antes?”, se preguntan algunos que concluyen sin haber visto llaga donde meter el dedo.

Conste que pienso que el cambio de Manzano era absolutamente necesario y de que Simeone, a pesar de su condición de incógnita por despejar, aúna varias cualidades que le dotan de notables ventajas de antemano. Además, sabe transmitir el mensaje. Sabe decir lo que se quiere oír, conoce las teclas a tocar. Siempre lo ha sabido hacer. Igual cuando jugaba que ahora que sienta sus posaderas en sillas de oficina. Entiendo cierto grado de ilusión que trae el argentino debajo del brazo y a la que muchos necesitan agarrarse de manera desesperada en el recurrente ejercicio de supervivencia anual. Comprendo esa búsqueda de una identidad perdida, de ese orgullo que tenemos casi olvidado en algún bolsillo de un pantalón que hace tiempo no nos ponemos. Lo comprendo casi todo, en serio.



No comprendo, en cambio, la falta de memoria. No comprendo que los árboles recién plantados con el nuevo técnico impidan ver el pútrido bosque que se extiende en la periferia. No asumo nuevas ventas en invierno. No puedo compartir ese afán de reforzar a un rival, directo aunque nos pese, regalándole a un jugador que seguramente merezca salir pero no a cualquier precio y destino. No alcanzo a ver qué pasa con esa cantera que iba a ser piedra angular. No puedo dar consuelo a Koke, ni a Pulido, ni a Joel. No soy capaz de mirar a los ojos a los alevines tras su brillante victoria de ayer y asegurarles que tendrán un hueco en el equipo cuando se hagan unos hombres. No sabré explicar el por qué de que les cierre el paso en el futuro plantel un mozalbete portugués representado por un fondo de inversión. No tengo ni pajolera idea si para ir a la Peineta tendremos que sacarnos el abono transportes B1. No estoy convencido de que Fran Mérida no valga para el equipo. No sé si el contrato de Indy es sólo para las primeras partes, porque si se quedara después del descanso, habría que pagarle horas extras al precio estipulado en el convenio de mascotas de peluche. No sé qué parte de la anatomía de Falcao nos pertenece realmente ni si Pizzi se convertirá en calabaza a las doce de la noche del día 31, una vez acabe el plazo para su opción de compra. Echo en falta más voces críticas, aunque los batacazos recurrentes hayan hecho aflorar alguna que otra que hasta ahora guardaba un silencio investido de complicidad. No sabemos, sobre todo, por qué ellos siguen ahí. No salen ni por acción de la justicia, ni de hacienda, ni de la audiencia de Gran hermano. Y no hay manera de entenderlo. Bueno, ahora que lo pienso, sí. Eso es de las pocas cosas que comprendemos perfectamente. 

lunes, 5 de diciembre de 2011

La falsa comodidad del ex

En momentos de transición, de escasez o de relajación moral, el ser humano, tan dado a tropezar varias veces con la misma piedra, se vuelve a encontrar en el camino con un ex o una ex. En esos momentos de debilidad, y normalmente con las bebidas espirituosas como cómplices callados, el ser humano vuelve por donde solía sabiendo que es un garrafal error, sabiendo que la versión actual con la que se ha encontrado no es más que una actualización aumentada y empeorada, no corregida. Entonces, los individuos intentan buscar justificaciones peregrinas y poco creíbles para explicar lo inexplicable:

– Ha cambiado mucho. Y no solo en que ahora está totalmente calvo y pesa treinta kilos más. Le veo más asentado. En la semana que llevamos dándonos otra oportunidad, solo ha salido los días impares y los pares cuyo nombre contiene la letra s...

– O sea, que ha salido todos los días…

– Hija, ¡qué negativa te veo! Cualquiera diría que no me apoyas…

¿Qué se busca en un ex? Una falsa sensación de comodidad. Una irreal sensación de conocimiento que tiende a olvidar lo malo, aunque fuera inadmisible. La pereza que da descubrir lo nuevo potencia el conformismo, concediendo más importancia a la certeza de que si presionas debidamente ese lunar cerca de la rabadilla caerá rendido o rendida a tus pies que ponerse a buscar puntos de incierta victoria en otras geografías anatómicas.

– ¿Has vuelto con ella? Pero si te puso los cuernos con medio pueblo…

– Bueno, tampoco el pueblo es Nueva York, ¿no?



Volvía el Atleti al horario matinal. Volvía la afición al campo con demasiado sueño o con demasiado poco. Volvía Asia a paralizarse ante el evento. Volvía Movilla al Calderón, un antiguo amor de ruptura traumática con el actual ocupante del banquillo. Volvía al once titular Reyes, actual protagonista de la historia de desamor con el anteriormente citado (con Movilla no, con Manzano…). Volvía Koke a disponer de minutos, pero pocos que lo nuevo siempre da pereza y es mucho mejor el olor de pies conocido que el aroma a limpito por descubrir. Volvían muchas cosas. Casi todas conocidas, rutinarias y prescindibles.

Han pasado bastantes partidos desde el anterior episodio matinal y la involución es clara. Cuando rindió visita Osasuna faltó gol pero se mostró la intención de jugar el balón, de no rifar pelotazos. Ayer con la visita del Rayo, se puso de manifiesto que volvemos a ser un equipo de saque y volea, tal vez empujados por la euforia nacional tenística reinante. Donde antes hubo jugadas de combinación ahora encontramos melonazos a las cabezas para buscar supuestas prolongaciones. Donde hubo esperanza ahora hay certeza de miseria. Manzano ha conseguido en un cuarto de liga ensamblar el equipo para no jugar a nada, hito éste que antecesores suyos conquistaron tras menos viajes. Volvemos a lo conocido, a fiar la victoria al talento aislado con el agravante de que el talento merma año tras año. Volvemos a quedarnos con hambre ante victorias que no llenan. Victorias que, como la de ayer, atesoran un exceso de maquillaje que no debe impedir ver los defectos conocidos.

Hemos vuelto por donde solíamos: a las sobreactuadas caídas boca arriba de un Reyes aclamado incomprensiblemente, a los mediocentros irrelevantes, a la defensa temblorosa e infartante, a fiar nuestra pírrica fortuna a tres o cuatro jugadores con algo de calidad y de vergüenza torera, a asumir el intercambio de golpes con naturalidad, a la falsa comodidad del erróneo guión tantas veces representado. Nada nuevo bajo el sol, o la luna, si el partido es nocturno.

Era algo de esperar, la verdad. Dejar la puerta abierta a un antiguo amor como Manzano conllevaba asumir este riesgo. El de volver a confiar en un entrenador cobarde y mediocre. A su vuelta nos intentaron convencer de que la ruptura con él no fue mala, que el desamor llegó solo por dos goles en los últimos minutos de un defensa paraguayo del Zaragoza. Pero no, la ruptura llegó porque tenía que llegar. Porque el equipo no jugaba nada y no ganaba fuera ni por equivocación. Algo que ya conocíamos, algo que no nos gustaba y que nos sigue sin gustar. Se ha vuelto con él porque muchos otros nos dieron calabazas. Se ha buscado esa falsa comodidad del ex. Otro ex más que acompañe con silencio cómplice a los que maltratan la institución. Por favor, no dejemos que alguien nos lo intente justificar porque es injustificable. Lo malo, aunque conocido, sigue siendo igual de malo. Aquí o en Nueva York.


– Nos hemos dado cuenta de que estamos hechos el uno para el otro. Se va a venir a vivir conmigo cuando encuentre piso de alquiler esa prima suya tan desvalida que ahora duerme en su sillón ¡Es que hasta para eso es generoso mi Honorio! No creas que habría muchos que acogerían a una prima tan lejana que viene a la capital a abrirse camino como bailarina de variedades…Si hasta le da friegas en los riñones cuando llega agotada por los ensayos en el teatro…¡cuanto vale!


viernes, 4 de noviembre de 2011

Italianizarse o no italianizarse (he ahí la cuestión)

– Básicamente, las cosas empezaron a torcerse desde el primer momento. Lo más normal es pasar el año malcomiendo, bebiendo como descosidos y conociendo a gente de diferentes culturas, credos y etnias en sentido más bien bíblico –expuso sin prestar demasiada atención a las caras de sus progenitores Toribia, la mayor de los hermanos mellizos al nacer tres minutos después–. Él, desde que llegó aquí empezó a desviar el presupuesto de la bebida a la compra de ropa de diseño. Solo vive para ir al mercado y traer diferentes variedades de mozzarella de búfala con denominación de origen o de salami especiado. Además está lo de los gestos con las manos.

– ¿Qué pasa con los gestos? –preguntaron al unísono los padres.

– Pues que abusa de ellos. Desde que llegamos parece que tiene un tic. No para de mover las manos. Es como un kárate kid acelerado. Lo exagera tanto que un día vamos a tener un disgusto. Con deciros que el lunes pasado le soltó sin querer una soberana ostia al cartero explicándole que a él el jamón ibérico no le llena, que donde esté el prosciutto…

Los padres se dieron cuenta de la gravedad de la situación. Lo que iba a ser un año de Erasmus en las distendidas condiciones que su hija acababa de describir más arriba había desembocado en un cambio tan profundo en su hijo el pequeño (por solo tres minutos de diferencia) que se habían visto obligados a personarse en el piso que ellos estaban sufragando en Milán para sus retoños con toda la urgencia posible.

– Si no me creéis, pasad…pasad a su cuarto

La realidad de lo que vieron les abofeteó con dureza. Discos desperdigados de Umberto Tozzi, de Nicola di Bari y de Sergio Dalma, ése napolitano de Sabadell. Cuadernos atestados con cantidades y proporciones con las que elaborar una pasta fresca que se pegue en el paladar durante dos segundos exactos, ni más ni menos. Un armario repleto de blazers cruzados, camisetas de rayas livianas y casuales y jerseys finitos en todos los colores pastel imaginables. Miraran donde miraran, la estancia destilaba una transalpinidad excesiva.

El sonido de la puerta les sacó de su enfrascamiento. Abandonaron el cuarto con sigilo y salieron al salón disimulando su procedencia.

– Ciao. Mamma, che cosa stai facendo qui? –exclamó Prudencio, al que ahora conocían por Enzo en su círculo.

– ¡Ay, hijo mío! ¡Qué alegría! –decía su madre mientras lo abrazaba zambulléndose en un exceso de varonil fragancia, fresca, pero cargante a la vez.

–Perché siete venuti? –siguió preguntando Prudencio-Enzo gesticulando sin parar mientras su madre le aplicaba una llave de judo al cuello para poder seguir besando las mejillas de su hijo con velocidad de metralleta.

Don Romualdo, el padre de familia, contempló la bucólica estampa de amor materno filial, recordó las actividades a las que su hija se confesaba entregada, sopesó el precio del metro cuadrado en el centro de la capital lombarda, calibró la cantidad de gomina que su hijo portaba en el pelo y calculó la posibilidad de reengancharse al ERE anticipado de su empresa al que había renunciado para poder costear la italianización de su familia a base de mandar a los niños allende los Apeninos. Fue un segundo solo de clarividencia. Un segundo que le hizo crecerse:

– Se acabaron las gilipolleces…Mañana, todos de vuelta a Albacete.



Se presentaba en el Calderón el más italianizado de los equipos italianos para disputar el liderato del grupo de la Europa League que nos ha tocado en suerte. Un equipo que en el partido de ida nos ganó a la manera de la tierra, sin acabar de merecerlo demasiado, pero tampoco demasiado poco. No sabíamos tampoco qué Atleti nos íbamos a encontrar, aunque el rival y la capacidad de mimetismo de los rojiblancos vaticinaban a ese Atleti itálico que aplaude el cerocerismo como un hito del buen hacer defensivo.

Lo que sí sabíamos es que nuestros dos últimos Erasmus no serían de la partida inicial. Me refiero a los dos estudiantes a los que mandamos a Portugal para que se hicieran unos hombretones: Salvio y Reyes. Ambos estudiantes de intercambio aprovecharon de manera desigual su estancia en tierras lusas: Uno, ha vuelto con una mayor lozanía, aspecto este atribuible al tratamiento que del bacalao se hace en esas tierras, pero con los mismos hombros cargados. Otro, conoció al primo de Rosariyo durante su periplo, con todo lo que ello conlleva. Uno, parece confirmar el diagnóstico de irrelevante que le colgamos desde que le vimos. Otro, confirma día a día la impresión de que en el fútbol, como en la vida, lo más importante es utilizar la cabeza para algo más que para peinar balones en el primer palo. Ésta vez Reyes se quedaba fuera por gripe. Tal vez por haberse resfriado al echar de menos la manta que le abrigaba la temporada pasada contra viento y marea. La manta (más bien, el manta) azul de cuello pico. Mala pinta tiene lo de Reyes, no por sus méritos, innegables en esta temporada para sacar entrada de preferencia en la grada, sino por la decisión que en algún momento habrá que tomar sobre su futuro.

Salió el Udinese al campo y, al contrario que el protagonista de nuestra historia, se desitalianizó de golpe. No queda claro si fue por la climatología, por la capacidad del Atleti o por la preocupación que últimamente sufre el ciudadano del país de la bota por la calificación de su deuda, pero el Udinese fue de todo menos un equipo aguerrido, con un medio del campo mordedor, defensas expeditivos y delantero luchador. Y digo bien lo de delantero, pues deben saber ustedes que el fútbol italiano es el inventor de nuestra queridísima figura: el mediapunta. Sí, sí, arqueólogos de reputación intachable han encontrado vestigios de la presencia de mediapuntas (o trescuartistas, como dicen allí) a lo largo de toda la península itálica. Hecho este que explica a las claras el por qué de la crisis del fútbol azzurro y la no afluencia de aficionados a los estadios ante tal derroche de arte balompédico.

Les decía yo que el equipo rival se desprendió de su patriotismo en el túnel de vestuarios y salió mal peinado y con la perilla y la barba de tres días (ésa que solo ellos saben lucir con tal gallardía) trasquiladas. Para acelerar el proceso de desnaturalización de los de Friuli, Adrián les recetó dos goles casi nada más empezar el encuentro. Curioso lo de Adrián, todos apuntábamos como su único defecto la falta de gol y nos está dejando en mal lugar a base de tantos. Parece que el asturiano ha venido para quedarse en el equipo titular y en el imaginario atlético. Lo del equipo, porque no creemos que Manzano pueda andar con probaturas ahora que su crédito anda escuchimizado. Lo del imaginario por seguir coleccionando partidos como el de ayer. La presencia de Adrián libera a Falcao, que ayer al fin pudo sacudirse la ansiedad a base de gol, ofrece a Diego y Turan un destinatario claro para sus pases y genera pausa, elemento que no sobra en un equipo en el que la imprecisión florece silvestremente. Ejemplo de esta pausa es el tercer gol de ayer. De los dos primeros podremos decir lo bien que aprovecha los espacios para aparecer y lo bien que los finalizó. Del tercero podemos decir mucho más. Podemos hablar sobre el desmarque que dibujó junto a Falcao, podemos glosar la quietud con la que dejó pasar al defensa y podemos y debemos valorar su generosidad al ceder el balón a Diego. Otra nueva demostración de inteligencia y de saber de qué va esto.

Después de saborear la pausa y la tranquilidad que deja, el partido discurrió por cauces calmados hasta el final. Desde esta relajada posición parece atisbarse un futuro sin tantos cambios rotativos en el equipo. Manzano probablemente tenga aspecto de dueño de filatelia pero no parece que en esta nueva etapa vaya a empecinarse en posiciones erróneas. Parece haber cambiado el rumbo en lo que al redundante trivote se refiere, tema éste que podría aún refinarse a juicio del que suscribe con alternativas que aportaran algo de diferencia con respecto a nuestros blanditos Gattusos y Ambrosinis (léanse Gabi y Mario). Parece haber calado a Reyes y Tiago, a los que habrá que intentar reinsertar sin perder la cabeza y al fin se ha dado cuenta de que Domínguez y Adrián son indiscutibles. El partido de ayer nos deja un sabor desconocido. Por un lado, el resultado nos debería hacer sacar pecho, por otro, el juego sigue siendo discontinuo. La sensación que se podría sacar es que ayer se tuvo más efectividad que la acostumbrada y que el contrario colaboró activamente como consecuencia de su desitalianización. Tal vez seamos nosotros los que ayer hicimos un partido a la italiana, con mucha más efectividad que efectismo. A lo mejor es una etapa intermedia necesaria para llegar a la meta del buen juego. Los primeros partidos nos dejaron un regusto de buen trato al balón al que no acompañaron los resultados. Tal vez deberíamos darnos una tregua y agarrarnos al resultadismo durante tres o cuatro partidos antes de emprender empresas mayores. Podría ser una solución. Podríamos italianizarnos por un tiempo. Sin mediapuntas, eso sí. Pero con ese estilo que solo ellos tienen, el del gol injusto con el trasero en el minuto 95. El estilo que tanto gustaba a Enzo…perdón Prudencio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cronicas de la Alhambra...con sus detalles y todo...

Los libros de historia, al igual que los periódicos deportivos, son proclives al titular fácil y a omitir detalles que pudieran tener trascendencia. Un ejemplo de ello es la famosa frase de “Roma no paga a traidores”, pronunciada por algún tribuno senatorial remiso a pagar su deuda con los asesinos de Viriato. Lo que no dicen los libros de historia es que el tribuno añadió, en un alarde de empatía, “…pero id a preguntar al Manchester City, que paga cláusulas sin mirar si es a traidores o no”. Tampoco los historiadores se hacen eco de las palabras de la señora esposa de Arquímedes al ver cómo el empuje del cuerpo de éste desalojaba agua de la bañera por toda la estancia mientras gritaba ¡Eureka!: “Arquímedes, que el baño está recién fregado”. Como ven, pequeños pero importantes detalles.

Otro ejemplo de estas citas célebres en las que se difumina el contexto es la que la madre de Boabdil acuñó cuando su hijo hacía pucheros mirando con nostalgia el perfil de la Alhambra: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Lo que los libros no dicen es que Boabdil, sultán de Granada, se llamaba Boabdil Gregorio, poco queda escrito sobre su algo artificial tez olivácea ni sobre cómo gustaba de vestir elegantemente, cambiando de turbante o de patilla de gafas con profusión. No se menciona tampoco que las duras palabras de la madre que le parió fueron consecuencia de la cobarde estrategia que planteó a la hora de defender la ciudad nazarí ante el acoso del ejército cristiano. Más detalles, tal vez pequeños, pero relevantes.

Boabdil Gregorio, al que se conocía como Goyo con afán de economizar palabras en aquellos tiempos, también de recortes presupuestarios, dispuso una defensa de la ciudad basada en el trivote. Una línea de soldados delante de la retaguardia que, en anteriores batallas, fue recibida con buenos ojos ante el historial de descontrol que poblaba el curriculum en lucha de los sitiados. Pasadas ya varias jornadas desde las primeras escaramuzas, el trivote de capitanes moriscos se antoja redundante, espeso y hasta urticante a la hora de entrar en combate. No crean ustedes que el sultán Goyo fuera un iluminado por plantear las contiendas de esa manera, ni mucho menos. El doble o hasta el triple pivote de contención era una práctica adoptada a la moda de tierras florentinas y genovesas desde hace tiempo. Se trata de un recurso reservón y algo cagueta del que hacían uso con ligereza adalides de poco arrojo. Si además, como en el caso que nos ocupa, dos de ellos, los de cabello más largo y ensortijado, mostraban blandura de ánimo y abulia en la carrera, para qué queremos más.

A pesar de lo bien armadas que creía Boabdil Goyo a sus mesnadas, solo la desorganización del animoso pero bastante inofensivo ejército cristiano que sitiaba la explanada de los Cármenes no hizo que la derrota cayera sobre los hombres de Goyo en los primeros episodios de la batalla. Especial mención hacen las crónicas de la época de las dificultades que sufrió el responsable del flanco derecho, un mozárabe de Crevillente reconvertido a lateral por obra y gracia de las tácticas avanzadas del jefe musulmán y de la mala planificación a la hora de confeccionar la tropa. Por el lado izquierdo no crean que la cosa fue mejor, no. Por allí no atacó tanto el enemigo, pero en ese lado tomaba posiciones desde hace tiempo un soldado de frágil carácter, Filipe. Un artillero del que se tenían las mejores referencias cuando luchó en las guerras de tierras celtas pero, que desde su llegada a las filas de los sitiados, no acaba de mostrar esa maestría con el arcabuz que se le suponía. Les hablaba de las dos alas y sus dificultades pero no sería justo olvidarnos del centro de la retaguardia, tal vez la parte más entonada de la soldadesca mora. El dúo defensor junto al cancerbero y guardián del puente levadizo fueron tal vez de las pocas buenas noticias que acaecieron.



¿Delante? Delante la cosa no mejoró mucho. Desconectados de la guardia del triple pivote y desesperados. Desesperado el emir Diego, en quien debía recaer la labor de creación a la hora del combate, su falta de munición en forma de balón a la hora de dar el último pase hizo que acabara bajando a ayudar a los de la línea conservadora descuidando su importante tarea. Desesperado también el bereber Falcao, sin flechas con las que cargar su certera ballesta, buscaba sitios en los que ayudar a sus compañeros a pesar de su torpeza cuando no empuña un arma en sus manos. Desesperante, que no desesperada, fue la actuación en batalla del soldado de Utrera, aquel al que llamaban Reyes, probablemente porque su concurso en la contienda fue decisiva a la hora de decantarla hacia el bando de los Católicos, los Reyes, se entiende. El de Utrera, con los oídos llenos de de cantos y romances que ciertos juglares glosaban sobre su grandeza y su necesaria convocatoria para la selección de mejores soldados de Castilla y Aragón, volvió a escenificar lo que desde tiempos inmemoriales se califica como hacer la guerra por su cuenta. Pensaba el aga Reyes que su calidad en la contienda era muy superior al del resto de sus camaradas, pensaba también que cualquiera que fuera el cristiano que cruzara aceros con él, siempre saldría vencedor. Tal era su obcecación y suficiencia insuficiente que varios de sus colegas pensaron seriamente en acabar con su participación a base de alfanje que le hiciera perder la cabeza. No lo hicieron aunque lo pensaron, a lo mejor porque el aga Reyes, sin cabeza, seguramente combatiría de igual manera. 

Ya a punto de entregar la plaza, Boabdil Goyo, en un movimiento casi desesperado ordenó a la tropa ponerse a las órdenes de tres soldados venidos de Orán como refuerzo. En solo unos minutos, demostraron que uno de ellos, Paulo, podría haber llevado el peso defensivo de la contienda como había hecho en muchas otras, antes de que cayera en desgracia sin saber muy bien por qué. Otro, astur él y superviviente de las guerras con Don Pelayo, confirmó que debía siempre estar en la unidad de gala del equipo, por ser el que mejor visualizaba los espacios donde las batallas se ganan, por ser el que mejor se entendía con los de la vanguardia. Uno más, un herrero de Lusitania al que nadie había puesto una daga en las manos hasta ese momento, desequilibró y pudo desnivelar el curso de los acontecimientos de haber sido protagonista desde el principio. Detalles, en fin. Que no deben ser omitidos por relevantes.

Así lo refieren las crónicas de esos tiempos. Un ejército infiel derrotado, aunque no del todo. Todavía los hubo que justificaron la pérdida de Granada y buscaron señales positivas en el hecho de mantener porterías a cero. El ejército enfiló el camino a las Alpujarras frío, desmoralizado, sin tener claro hacia dónde les llevarían futuras batallas a lo largo de otros reinos. Boabdil Goyo arrastró durante largo tiempo fama merecida de acongojado. Los sitiados erraron sin rumbo fijo, arrastrando los pies y lamiendo heridas por las que se escapaban hemorragias de puntos de los que más tarde se acordarían. Llegarían futuras escaramuzas, algunas ganadas, otras perdidas. Todas ellas escribieron la historia del ejército que luchó en la ciudad de la Alhambra. Una historia que será revelada en futuras entregas. Una historia en la que los detalles, por pequeños que estos fueran, deberían haber sido tenidos en cuenta. 

lunes, 3 de octubre de 2011

Pronóstico reservado

– Diga treinta y tres –dijo asépticamente la doctora recién licenciada que regentaba el servicio de urgencia.

– Treinta y tres –repitió Arsenio con obediencia y sin tener muy claro el por qué de utilizar siempre ese número ¿Será que el treinta y tres da tos? ¿Será que provoca silbidos bronquiales? ¿El treinta y cuatro conlleva mejoría?

– Puede usted bajarse la camiseta –dijo ella zanjando a la vez el reconocimiento y un nuevo episodio de esa bisoña incomodidad que sentía ante las desnudeces decadentes y algo indignas de la mayoría de los pacientes que visitaba–. Pues creo que ha cogido usted un virus.

– ¿Un virus? ¿Como el virus FIFA?–inquirió el paciente buscando algo más de definición en los metros finales del diagnóstico.

– Sí, sí, lo que yo le diga. Anda el ambiente plagado de virus. No sé si será por esto de que no llueva o por lo de la crisis, que la crisis tiene la culpa de casi todo. Fíjese que hay teorías aceptadas casi sin reservas que dicen que en estos tiempos de estrecheces hay muchos más virus en el ambiente. Por lo visto, andan alocados buscando organismos rollizos y bien alimentados y, claro, eso ahora es difícil.

–Ya. Y…entonces, ¿lo de tos?

– Se trata de un cuadro claro de tos improductiva. Es decir, toser por toser. Usted tose porque está en casa encerrado sin hacer nada. Si sale al cine o a pasar la tarde a un merendero no tosería ¿Tenía usted algo previsto para hacer antes de encontrarse postrado en el lecho del dolor?

–Bueno…yo, supongo que ir al fútbol. Al Calderón, vamos.

– ¡Vaya, vaya! Le vendrá bien. Lo dicho, airéese, tome muchos líquidos y quedamos a la espera de ver cómo evoluciona–dijo mientras Arsenio salía de la consulta con la duda de si los botellines prepartido favorecerían esas evoluciones. Líquidos eran, desde luego.

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Acudía a consulta nuestro equipo en la tarde dominical para ver si los síntomas mostrados en los dos últimos partidos merecían tratamiento. Algunos preguntaban si no sería por falta de reposo, a lo que daban ganas de contestar que a ver si ahora vamos a pensar que la plantilla es corta cuando hace dos semanitas se bendecían las rotaciones y las profundidades de banquillo. Salió el enfermo con el camisón hospitalario de gala, o al menos uno de los camisones que pensamos que le sienta mejor, pero sin trivote, un hábito que fue recibido a principio de temporada como saludable pero que, después de pocos partidos se ha convertido en un vicio que enlentece considerablemente la circulación. La del balón, principalmente. La presencia de tres elementos del mismo corte en el sistema circulatorio provoca varices en la creación y prurito en la continuidad del juego.

El partido resultó tan improductivo como la tos diagnosticada. Juego a ráfagas, oleadas de dolores de cabeza para unos porteros que se sobrepusieron con entereza a las migrañas atacantes. Rachas de fútbol demasiado horizontal, casi postrado. Golpes, fases de muchos golpes. Fases trabadas que dejan olor a réflex y moretones en las tibias y, tal vez, en las convicciones de un equipo no sobrado de autoestima. El enfermo pudo llevarse el partido, sin duda, solo con que las arritmias sufridas en el remate de aquellos que deberían hacer latir las redes con fuerza se hubieran estabilizado. Aún así, nos quedamos mirando al yacente y no acertamos a saber si tiene un color estupendo o se pone amarillo por momentos. No sabemos si darle el alta o llevarle a cuidados intensivos. Seis años de carrera, tres de residencia y dos de especialidad para llegar a estas no conclusiones. Vaya…



Los primeros análisis no han resultado concluyentes: parece que este año los triglicéridos defensivos están más altos, sí, pero parece que los niveles de la glucosa goleadora tienen altibajos. Picos contra equipos de menor exigencia y valles contra los que deben luchar con nosotros por la curación que ofrecen las zonas nobles de la clasificación. Aún así, hay indicadores que ofrecen una lectura clara: el lateral derecho se rehabilita a ojos vista cuando Silvio es quien lo ocupa, especialmente en ataque; Mario Suárez lleva unos partidos segregando mucosidades y demasiados balones comprometidos hacia los contrarios, hecho que merece recetarle banquillo como medida higiénica; Falcao pierde eficacia como remedio contra la astenia goleadora cuanto más alejado se encuentra del área contraria; Arda aparece y desaparece como un eczema al que se rasca compulsivamente, alternando mejorías con recaídas; Reyes…, ¡ay Reyes!, Reyes se ha convertido en el placebo de este equipo, su presencia como excipiente parece necesaria pero no acaba de serlo, su efecto disminuye con los días de administración y dan ganas de dejar de medicarse con él, sobre todo si espaciar su toma pudiera traer consigo la titularidad del genérico asturiano Adrián, medicamento éste que alivia el malestar general a base de desmarques y visión de juego colectivo.

El partido de hoy y por extensión la temporada del equipo pudiera declararse como de pronóstico reservado. Al no tener claro el mal, si es que lo hubiera, que nos aqueja, dan ganas de decir que hemos cogido un virus. Sí, sí, un virus que es lo que suelen decir los médicos cuando no tienen ni repajolera idea de lo que le pasa al paciente. Mirando las cosas con filosofía, pudiera ser que lo hayamos incubado tras las dos primeras goleadas en casa y que a partir de ahora empezaremos a enderezar la espalda tras el inoportuno ataque de ciática de estos tres resultados. Mirándolo de manera negativa, se podría pensar que realmente estuvimos bajo sus efectos en los partidos contra Racing y Sporting y que, pasados los momentos febriles de buen juego, ahora es cuando estamos en nuestro estado natural ¿Qué nos queda? Seguir vigilando la evolución del paciente (¿o deberíamos decir que los pacientes somos nosotros?). Mirarle fijamente las pupilas, dar con la dosis justa de medicina e incluso golpear si es necesario con un martillo en la rodilla para ver si los reflejos repuntan. Eso sí, sin estridencias, que solo faltaba que además de esta tos tan improductiva pero tan cabrona, se nos rompiera también el ligamento cruzado.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El fin del onanismo (balompédico, no sean malpensados)


– Mariano, por más que yo sea tan fan de Carmen Machi, vamos a tener que dejar de comprar Activia. Desde que el niño ha entrado en la adolescencia se le ha cambiado el metabolismo y, aún siendo de naturaleza estreñida como toda mi familia, ahora está casi siempre suelto y se encierra en el baño más que de costumbre –dijo la madre con esa preocupación desconocedora que gastan algunas madres con respecto a sus retoños.

– Será eso....Seguro que sí –añadió el padre sin quitar la vista del autodefinido del dominical.
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Pues parece que podemos dar por finalizada de manera oficial la etapa del onanismo futbolístico en nuestro Atleti. Sí, sí, de momento solo eso. Dejémonos de hablar de exhibiciones, de tiqui tacas y hasta de candidaturas precipitadas a nada. Separemos la paja (precisamente...) del grano y quedémonos con el pájaro que tenemos en la mano (¡vaya!….) que los ciento que vuelan ya llegarán si tienen que hacerlo. El camino que se ha tomado no parece malo, desde luego.

¿Que a qué viene lo del onanismo? Pues básicamente a que, desde tiempos recordados con añoranza, hemos pasado una travesía caracterizada por tácticas basadas en el principio futbolístico de Juan Palomo, eso sí con matices: Nadie lo guisa y yo me lo como. Lo sufrió principalmente Torres. Lo sufrieron Forlán y ese otro del que ya no queremos ni acordarnos, ese que tiene que llevar al psicólogo a un hijo traumatizado por la carencia afectiva que le ha dejado la separación de Indy, su amigo mapache de ropa raída con quien se fotografiaba un día sí y al otro también. Lo sufrimos todos al fin y al cabo. La estrategia era sencilla, patadón arriba y que el bueno haga lo que pueda rodeado de contrarios, muchas veces en clara inferioridad, hasta de cinco contra uno (¡ay, ay, ay!...). Amor propio en estado puro. Un torpe descubrimiento de los amores por más que señores tan graciosos como Woody Allen digan que la masturbación es hacer el amor a la persona a la que más quieres.

Pero las cosas han cambiado, damas y caballeros. El inicio de esta temporada nos ha traído un Atleti que se echa colonia y se pone su mejor camisa para salir a buscar al buen juego como pareja de baile. Por fin hemos comprendido que estas cosas cuando se hacen en compañía tienen más gracia. Quedó atrás ese tiempo de individualismo (recordemos a Banega y su afición por las webcams) y hemos pasado a tener un equipo ligón. Un equipo que pretende sentar sus bases sobre el cariño al balón. El conjunto ha crecido innegablemente, el pretérito acné y el pelo grasiento con el que el triunfo era una casualidad ha dejado paso a una circulación de pelota atractiva y de mirada interesante. Y es que este nuevo corte de pelo nos sienta bien, francamente bien. Parece descuidado pero está milimétricamente medido, con sus laterales profundos y sus centrocampistas participativos y dinámicos a la altura de las patillas.

No por ello, debemos omitir que, cuando de temas amatorios se trata, el equipo anda algo verde dentro de la buena intención general. En estos temas es necesario medir tiempos, dar importancia a los preliminares con los que se inicia cualquier jugada. Nada que la experiencia que traerá el paso de los partidos no pueda solucionar. Contamos con grandes ventajas de antemano. Un galán del área, el amante ideal del remate. Con ese toque que tienen los protagonistas de telenovela para llevarse del brazo al balón al huerto de las redes con sólo una caída de ojos. Tenemos a un brasileño que trata al cuero como se merece, siempre tiene un plan para él y le saca de paseo de banda a banda o por el interior para que éste no se aburra. Tenemos también a un turco, que sin ser una belleza, conquista a la pelota con sonrisa de pillín y contando chistes subidos de tono. Tenemos a un veterano como Perea al que las canas han atenuado los nervios que mostraba en sus anteriores escarceos para jugar el balón. Tenemos un centro del campo que acaricia la pelota en su medida justa y no pretende ir demasiado rápido con ella. Tenemos ganas de que llegue la siguiente cita. Tenemos ganas de más.

Nos faltan algunas cosas también, no crean, que porque andemos empezando la relación no por ello debemos dejar de ver la viga en el ojo propio ni la paja (¡anda que!...) en el ajeno. Algo de constancia a la hora de mantener la chispa a lo largo de todo el partido. Falta también que Reyes comprenda que no debe entorpecer el idilio interrumpiendo la conversación, como ese amigo que te viene a preguntar sobre la hora a la que os vais a marchar cuando ya andas acortando distancias con tu partenaire. Ya les digo, habrá que limar detalles y trabajar cada día para que estas mariposas en el estómago que se empiezan a sentir se instalen y cuajen en algo que podamos recordar con una media sonrisa ¡Qué cosas tiene el corazón! La primera vez que vimos al equipo nos pareció medio feucho y esmirriado, y a medida que pasan los días, nos empieza a hacer tilín.

¿Será que nos estamos enamorando?

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El sexo es hermoso entre dos personas. Entre cinco es fantástico

Woody Allen.

(…y entre once no les cuento…)

viernes, 16 de septiembre de 2011

Otros tiempos. Buenos tiempos

Olía a gran partido. Olía a partido histórico. Se aderezaba además con una cuenta pendiente abierta durante treinta y siete años. Desde que desarrollamos un discutible uso de razón, nuestros mayores nos han puesto al día hablando de ésta y otras mil batallas. Tal vez de ésta, más veces. Contiendas que las aficiones guardan en un código genético común que comparten varias generaciones. Los que en esa época andábamos más preocupados por inquietarnos si se retrasaba el batido de frutas, hemos asumido como nuestra la actitud heroica y la defensa numantina que ocho valientes tuvieron que hacer cuando tres de los suyos cayeron abatidos por las balas rojas y amarillas que disparaba un árbitro turco con nombre de gigante y leyenda negra de igual tamaño para nosotros. Algo más que un encuentro y que un resultado. Una contienda étnica entre los melenudos morenos y los pelirrojos desdentados. Historias de otros tiempos. Buenos tiempos.



Tiempos en los que se acudía al estadio de traje. Tiempos en los que podías acceder con banderas de mástil de madera, con bota de vino y hasta con tapones de refresco, ese elemento tan peligroso para la seguridad pública que se requisa sistemáticamente provocando escenas en las que aficionados se beben casi de un tirón dos litros de bebidas carbonatadas en la puerta con un guardia jurado de testigo mudo, como el barman de un club de entreguerras con sucursal al lado de un torno. Tiempos en los que las camisetas no eran ligeras, tiempos en los que el sudor se exhibía como una medalla en ellas. Tiempos de escudos hilvanados sobre las mismas. Eso sí era sentir el peso del escudo físicamente. Peso y roce. Costuras de un escudo que pellizcaban corazones con su roce. Tiempos de pantalones estrechos. Tiempos en los que los protagonistas no eran tan guapos ni tan ricos, pero no eran tan tontos ni tan arrogantes, ni mucho menos. Cosas de otros tiempos. Buenos tiempos.

Durante la semana, desde las islas se ha recordado la eliminatoria de hace ya años con ese respeto por las tradiciones que los británicos atesoran. Hablando de tradiciones, se dice incluso, posiblemente exagerando, que cualquier jugador que ficha por uno de los históricamente grandes equipos del lugar debe pasar una mañana con una vieja gloria que se sienta con él para explicarle qué significa esa camiseta, ese estadio, qué ha pasado allí y cómo debe comportarse. Decía yo lo de exagerando porque no parece fácil imaginarse a Reyes a su llegada a Highbury asimilando lecciones de historia gunner de la mano de un veterano y sacando nota en un control sorpresa. Como les decía la prensa británica, en su vertiente amarillo limón, desempolvó historias de otros tiempos en la previa del partido, aportando testimonios que tildaban de escoria a las huestes rojiblancas. Por su parte, la prensa española deportiva, siempre más pendiente de un nuevo tatuaje en la nalga izquierda de alguien que se cree envidiado que de aspectos técnicos, contraatacaba con estadísticas de esas que se han puesto de moda en las retransmisiones para hacer más accesible el entendimiento del juego: “Es normal que vayamos perdiendo cero a cuatro, porque se han sacado menor número de corners a pierna cambiada y de empeine exterior que el contrario”, dicen algunos analistas de barra de bar influidos por la tendencia de inundar con datos el juego. Y es que el fútbol ya no es lo que era. Algo se ha quedado en el camino. Aromas de otros tiempos. Buenos tiempos.

Muchos nos enfrentábamos al partido con una expectación conocida aunque pocas veces vivida. Un cosquilleo transmitido hace años y dormido normalmente. El caso es que no fue para tanto. Tal vez porque el contrario se presentara vestido de Borussia Dortmund en vez de con la camiseta compartida con el antigua Sporting de Lisboa, ahora Sporting de Portugal por obra y gracia de los tiempos modernos. Tal vez porque sea difícil que los contendientes lleven ese cosquilleo en sus entrañas habiendo nacido en Corea, en Colombia o en Constantinopla. Fue un partido más. No fue malo, no crean. Un partido en el que cada uno siguió el papel marcado a rajatabla: el goleador estrenó una cuenta que esperamos fructífera, el cerebro descerebrado se ofreció, creó y templó, el gambeteador gambeteó y conquistó líneas de fondo para regalar goles con lacito, el portero de flequillo parabólico se volvió a mostrar seguro para mayor gloria del magnate ruso del gas conducido y el equipo asumió las rotaciones con una solvencia inesperada. Pero faltó algo. No sé. No les podría decir qué. A lo mejor alguien acalambrado que sale medio cojo para rematar un gol. Puede que una venda de esas que se pone en la cabeza para tapar hemorragias con un toque baturro. Ya les digo, no lo tengo claro. Solo sé que me dejó una sensación de añoranza. Algo extraño para los que no hemos tenido la suerte de vivir tantas noches con ese cosquilleo alojado en las tripas. Habrá que acostumbrarse, porque esas parecen sensaciones de complicado rescate. Sensaciones de otros tiempos. Buenos tiempos.

martes, 13 de septiembre de 2011

Búsquedas, hallazgos y algún que otro pálpito

Herminio y Pancracio, los dos encargados por la gerencia para organizar la batida de búsqueda, peinaban la zona sin dejar siquiera un resquicio entre baldosas sin mirar. Llevaban ya demasiado tiempo liados con el asunto. Ambos estaban al frente de un equipo de más de veinte profesionales cualificados cuyo objetivo era encontrar lo que desapareció de manera incomprensible. También formaban la partida cinco perros sabuesos que no estaban llegando a ser lo decisivos que se pensaba en un principio por estar especializados en levantamiento de tórtolas y perdices pardillas, especies éstas que poco tenían que ver con el objeto de la búsqueda.

El desánimo empezaba a cundir en el equipo ante la falta de resultados. Habían encontrado de todo: antiguas equipaciones Puma olvidadas en una taquilla descolorida, fotos comprometedoras de algún antiguo delantero rompedor de pantalón prieto, quintales de pelusas y hasta el curriculum de un estudiante de derecho que en su momento se postuló para entrar en la sociedad como becario y que ahora andará pensando en planes de pensiones, pero lo que buscaban no había aparecido. Nada. Ni un rastro. Ni una pista que seguir.

Siguiendo un pálpito inexplicable, Pancracio se dirigió a una de las salas ya revisadas en anteriores jornadas y empezó a tantear las paredes con las manos.

– Está aquí Herminio. Siento su presencia –dijo muy serio.

– ¿Cómo lo puedes saber?

– Lo sé –dijo Pancracio con el convencimiento de quién tiene un don, como su bisabuelo paterno el zahorí, aquel que tuvo que emigrar a Cuba por encontrar con igual facilidad aguas subterráneas e insatisfacciones en mujeres casadas.  

Al golpear con los nudillos recibió como confirmación un sonido hueco. Agarró lo que más a mano tenía (el trofeo conmemorativo de la primera y última edición del trofeo Spiderman) y derribó un buen trozo de pared. Metió más de medio cuerpo en el agujero y salió triunfante sujetando en la mano lo que tanto habían estado buscando. No fue lo único que encontró, también halló una carpeta azul de gomas con antiguas ofertas hechas a mediapuntas y un cassette recopilatorio de chistes de gangosos interpretados por Arévalo.

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El subsecretario segundo de protocolo y papeleo entró como un vendaval en el despacho del mandamás (o más bien mandamenos, no nos engañemos):

– Don Enrique, ha aparecido.

– ¿Qué ha aparecido qué? –preguntó el presidente con la cabeza en otra cosa, tal vez en revoluciones a costa de los derechos televisivos.

– El transfer. El transfer de Falcao –aclaró el empleado con impaciencia.

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La parroquia andaba expectante ante el debut del equipo en Valencia.

¿Debut?, se preguntarán ustedes, gente de neurona inquieta.

Pues sí, debut. Algo sorprendente y único en la historia del fútbol. Un equipo que ha debutado tantas veces como partidos ha jugado esta temporada. Un equipo que debutará alguna que otra vez más a lo largo del próximo mes. Y es que el elenco titular esperado para este ejercicio no ha podido coincidir en el campo todavía por obra y gracia de los papeles que no llegan, por las operaciones que tardan más de lo debido o por esa excusa tan nuestra para cualquier situación: ésa que echa la culpa de casi todo a que la abuela fume.

Al igual que los protagonistas de la historieta previa, nuestro equipo anda sumido en un constante estado de búsqueda: búsqueda de un estilo, de un equipo tipo, de objetivos claros y alcanzables, del gol. Sobre todo del gol, esquivo en estos dos primeros partidos de liga. Y eso que apareció Falcao, gracias al buen hacer de Pancracio y sus pálpitos. Lo intentó y tal vez no tuvo mucha ayuda, por lo que deberemos esperar algunas jornadas más antes de formarnos una opinión que servidor reconoce que todavía no tiene. En cuanto al estilo, nos quedó mejor cuerpo al terminar el primer partido de liga, aunque a lo mejor el estilo es ajustable a la exigencia del rival como las mallas talla universal que venden en el Decathlon.

Como el que busca halla, o eso dicen al menos, ésta búsqueda en la que nos movemos nos ha llevado a encontrar cositas, así, con la boca pequeña, cositas que puede que disparen ilusiones o que alimenten escepticismos dependiendo de quién sea el que las perciba. Una presión final que debió tener más premio, algún gambeteo traído de Constantinopla, paradas de mérito, cositas, vamos. Alguna malas incluso, la no convocatoria de Koke, la constante baja forma de Tiago y los partidos que Reyes nos ha regalado desde que lleva el diez, un número que pesa demasiado en según qué hombros y que debe ser administrado con cabeza. Fíjense, cabeza y Reyes, agua y aceite.

Les hablaba yo de lo de la búsqueda. Y encontramos algo más. Llegado un momento, Manzano tuvo el pálpito de que necesitaba buscar calidad. Miró al banquillo y la agregó al campo, algo tarde a lo mejor. En esos minutos, nos llegó lo mejor de la noche. No fue una oportunidad, ni una volea de las que rozan escuadras, ni una combinación brillante siquiera. Ocurrió lejos de donde ocurren las cosas importantes en los terrenos de juego, lejos de las áreas. Fue en una banda, al lado de las zonas técnicas que ocupan los entrenadores, esas porciones de césped delimitadas por líneas discontinuas que invitan a salir de ellas o a ser invadidas por otros conductores con intenciones tan aviesas como la de meterte un dedo en el ojo, por poner un ejemplo. Allí, Diego Ribas pisó el balón con el talón y lo dejó correr suavemente para salir de la presión de los contrarios. Pudiera parecer algo accesorio, pero no lo fue. Puede que hayamos encontrado algo a lo que agarrarnos o puede que nos conformemos con poco desde hace tiempo. Vayan ustedes a saber. Tal vez el equipo de esta temporada requiera esa paciencia que hay que dedicar a un “rasca y gana”, tal vez tengamos que seguir buscando.