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miércoles, 7 de septiembre de 2016

El (mal) sueño de una noche de verano (tardío)

Les ruego sepan perdonar cualquier incorrección ortográfica o sintáctica que pudiera ocultarse a lo largo del artículo que ahora comienza. En mi defensa alegaré que lo estoy escribiendo sin apenas haber dormido. Rectifico, dormido sí, pero apenas sin haber descansado. He pasado la noche envuelto en una pesadilla horrenda. No creo que fuera el calor ni una cena excesivamente copiosa, debe ser cosa del subconsciente, siempre dispuesto a traicionarte en los peores momentos, como si fuera el talento de un mediapunta guadianesco.

Les cuento. La pesadilla comenzaba en los aledaños del Calderón. Iba yo, como otros muchos, acercándome al estadio y alrededor se oían conversaciones que identificaban cada temporada con un número de proyecto. Se escuchaban comentarios sobre entrenadores de quita y pon, sobre limpias en la plantilla e incorporaciones, muchas incorporaciones. Tras acceder al Templo rojiblanco, fui consciente de que no era un partido a lo que iba a asistir, sino a una presentación de trece o catorce fichajes de una tacada. Recuerdo ver la cara del Tren Valencia y la de Dobrovolski, algo congestionada por cierto. Recuerdo también a Richard Nuñez repartiendo besos a diestro y siniestro, al Pato Sosa cayéndose de culo, a Avi Nimni más perdido que un burro en un garaje y a Ibagaza ejecutando pases al hueco que se había formado en mi estómago. Recuerdo también a Maniche, Costinha y Seitaridis en unida fila, bailando una suerte de cancán a cámara lenta por tanta exigencia física. Un número, vamos. Lo que no fui capaz de atisbar fue quién era el entrenador que vigilaba la escena sin parecer querer formar parte del esperpento. Durante el sueño, el técnico estaba de espaldas y me fue imposible reconocerlo. Hubo momentos en los que pensé que era Maturana para al segundo siguiente creer que era Pastoriza y más tarde, Atkinson. Solo sé que su apariencia cambiaba casi a cada instante.


Tras un breve paréntesis onírico, se me reveló el siguiente pasaje de la pesadilla. De nuevo estaba sentado en el Calderón, aunque esta vez era presenciando un partido. El Atleti no jugaba a nada pero eso no sorprendía a la afición. Sobre el campo, deambulaba un equipo perdido y digno de lástima. Un conjunto roto, sin alma. Unos jugadores que llegaban siempre una décima tarde a cualquier balón dividido y que pifiaban pases aparentemente sencillos. Lo más curioso fue que nadie se removía en sus asientos excepto yo, e incluso algún aficionado, molesto por mi inocultable nerviosismo, me increpó pidiendo que me callara y apoyara al equipo, que la clasificación para la UEFA estaba todavía a tiro, siempre y cuando el Zaragoza o el Mallorca pincharan en sus próximos encuentros. Me senté por no armar más alboroto y ahí volví a sumergirme en el sueño, que se hizo más profundo.

Lo siguiente que recuerdo fue una pared de color azul llena de pegatinas de patrocinadores. Imagino que me encontraba en una sala de prensa. Frente al micrófono se sentaba un entrenador enjuto y atezado que repetía, sistemáticamente, la palabra sensaciones. Se veía satisfecho al técnico, tal vez por algún triunfo recién conseguido. Profetizaba, sin duda crecido, que pasarían muchos años antes de que el Atleti volviera a levantar un título y terminaba la frase alzando la voz para hacerse oír por encima del clamor que se escuchaba en el exterior pidiendo la convocatoria para la selección de Reyes. De repente, al lado suyo apareció un señor, al parecer también entrenador, que atendía al nombre de Goyo. Vestía ricos ropajes de seda oriental que combinaba desacertadamente con el color de las patillas de sus gafas. En un momento dado, comenzó a proferir sonoras carcajadas mientras levantaba tres dedos en cada una de sus manos. “No hay dos sin tres, no hay dos sin tres”, decía entre risotadas con un marcado acento jiennense.

En ese punto del sueño me desperté acongojado. Intenté desperezarme con el tembleque todavía metido en lo más profundo del cuerpo y, mientras me preparaba un café que borrara toda huella del mal sueño en el que había pasado sumido la noche, repasé en el móvil los comentarios que en las últimas horas se habían volcado en las redes sociales. Sorprendentemente se hablaba de ciclo acabado. También se criticaba el carácter eminentemente conservador del equipo colchonero y la poca vistosidad de su juego. Tuve tiempo incluso para leer una atropellada teoría apocalíptica sobre las consecuencias en el medio ambiente de alinear cuatro mediocentros de corte defensivo y una disertación de lo más ceniza sobre el vicio de coleccionar empates con recién ascendidos. No tuve más remedio que pellizcarme, para asegurarme de que la pesadilla había terminado. Pasadas varias horas sigo sin estar del todo seguro. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

De desguaces, coches y agarraderas


Una vez digerido el éxito del título de la Europa League e interiorizado el recurrente fracaso liguero, las huestes atléticas se dirigen a su taller de (des)confianza para realizar al vehículo la rutinaria revisión veraniega. Lo hacen precavidos y sin esperar demasiado, ya que es sabido que todos los años el coche que sale por el otro lado del túnel de lavado y mantenimiento canicular sufre mengua con respecto al que entró. Los clientes del taller recuerdan con nostalgia la berlina familiar tan espaciosa en la que cabían de manera holgada grandes jugadores e ilusiones desbordantes y cómo desde que los actuales dueños se hicieron cargo del negocio, nunca mejor dicho, cada año se nos entrega un coche plagado de evidentes mermas con respecto a versiones anteriores de la gama.

– Pues sí, mire le he revisado los niveles y las cláusulas de rescisión a la baja. Además le hemos tenido que extirpar los faros, porque ya se sabe que los faros alumbran donde quieren, pero no se preocupe porque le puedo poner unos faros que alumbran con opción a compra ventajosa, eso sí, todavía no puedo ponérselos, que estas cosas es mejor hacerlas justo antes de que se cierre el mercado de piezas de desguace –dice el encargado sin reprimir una sonrisilla de condescendencia muy celebrada por los aprendices que pululan por la nave pintada en rojo y blanco.

– ¿Y qué leches hago yo sin faros? –pregunta con desesperación el sufrido cliente colchonero.

– Conducir de día….

Somos conscientes de que quedarán en el camino piezas del coche actual como tantas otras quedaron tiradas en la sinuosa autovía de las comisiones. Sin airbag ni cinturones, elementos empeñados o malvendidos a fondos de inversión en anteriores revisiones, nos queda poco a lo que agarrarnos para volver a sentir ganas de sacar el coche de paseo. Bueno, no crean. Algo queda a lo que aferrarse: Simeone.



La llegada del Cholo a nuestras vidas supuso alivio porque cerraba el capítulo gris tirando a negro oscuro capitaneado por ese tuneador de patillas de gafas de pasta que es Gregorio Manzano. Dos cosas levantaban suspicacias con respecto a su aterrizaje: por una parte su bisoñez a la hora de conducir vehículos de la enjundia del nuestro, por otra, no saber qué parte de su fichaje respondía a su validez como conductor y qué parte a su condición de fornido escudo de gran ascendente en la grada para evitar hojas de reclamaciones de los clientes contra los ilegítimos dueños del taller y sus chanchullos. Finalizada la temporada y tras haber analizado el desempeño del argentino al volante, es de justicia reconocer que ha sorprendido gratamente. Cholo hizo arrancar a un coche desguazado tácticamente por su predecesor y lo ha hecho andar. Lo hizo sin aspavientos, sin tocar el claxon para llamar la atención sobre la cortedad de la plantilla y su mala distribución. Su esperada faceta de gran motivador se complementó con un conocimiento táctico que nos ganó con maniobras como la de poner a Arda en la derecha en aquella noche mágica del Calderón en la que la banda de Jordi Alba parecía una autopista de cinco carriles y arcén. Tal vez haya aspectos mejorables, sin duda, pero el técnico ha dotado al vehículo de una cierta dignidad, de una confianza en sus posibilidades que le hace creer que puede transgredir su previsible futuro de utilitario para ir a comprar el pan. Tras tantos cambios de pintura, la capa de color que Simeone propone nos gusta por ser reconocible y por no basarse en la queja como modo de reivindicación, modus operandi de aquel otro chófer de jersey estrecho y raíces folclóricas.

Dos grandes retos debe enfrentar el entrenador a partir de este momento: uno, el de confeccionar una plantilla a su modo y manera. Tras demostrar que tiene manos para conducir, ahora debe ajustar los espejos a su altura, poner ese respaldo de bolas que tanto éxito tiene en los asientos de los agremiados del taxi y tunear a su gusto la máquina. Les hablaba de dos retos, el segundo es no tragar con los accesorios horteras que le quieran poner los otros, los del taller, y luchar porque no se vendan las piezas que harán el coche mínimamente competitivo. Servidor de ustedes cree que este segundo reto será más complicado de afrontar pero tiene fe en Simeone. Las primeras señales así lo indican: “Falcao vino con el equipo séptimo”, dice Cholo con razón mientras los encargados ponen cara de poker por ver peligrar el negocio de desguace. Tendrá que mancharse las manos con la grasa pegajosa y maloliente que rezuma todo lo que tiene que ver con la manera de gestionar el garaje y, por su bien, no tragar. En ese no tragar depositamos todos nuestras esperanzas como si fueran esos asideros que tienen los coches encima de las ventanillas, esos a los que se aferran las tías solteronas cuando se acercan curvas. 

martes, 3 de enero de 2012

Tiempo de Reyes

Con un nuevo año triunfante,
se ve venir a los Magos.
Esos Reyes algo vagos,
aunque suene redundante.
No parezca malsonante.
Solo una noche completa,
no es sudar la camiseta.
Ser flojo es, y bastante.

Unos Reyes que se vienen
y otro que se quiere ir.
Lo acaba el tío de decir.
Ni aunque quieran lo retienen.
“¡Yo me voy, ya llueva o truene!”,
dice el pensador de Utrera.
“Esto ya no es lo que era”,
con indignación sostiene.

Empezó la temporada,
viendo con preocupación,
que nos dejaba carbón,
o lo que es lo mismo, nada.
Se preguntaba la grada
qué le pasaba al muchacho.
Nunca logró el populacho
dar con respuesta aceptada.

“Si se queda es a sumar”,
dijo el Cholo aterrizado,
pobrecito, equivocado,
de lo que había de encontrar.
De sumar o de restar,
de cualquier operación
nunca supo el muy melón.
No destaca en el pensar.

Y es que nunca fue muy zorro,
el amigo “Ozantonio”.
y ha engordado patrimonio,
pasándonos por el forro.
Ahora opina que es engorro,
quedarse aquí, y lo respalda,
en nostalgia de Giralda.
No lo hubo más ceporro.

Tal vez su no laborar,
se justifique en la pena.
Más yo pienso que es ajena,
la causa de su llorar.
Si me piden aportar,
no diría yo añoranza.
El fin de la adivinanza,
nos hace a otro mirar.



Diría que falta vigor,
que no encuentra la alegría,
desde aquel bendito día,
que marchó su valedor.
Su más firme defensor,
sin él se encuentra muy triste,
sin él, el que calza y viste
ese jersey constrictor.

Sin darle tantos galones,
sin Flores que haya en el banco
parece que fuera manco,
no acaba las conducciones.
Las más de las ocasiones, 
terminan en cuerpo a tierra,
con Reyes solo, a su guerra,
y con varios lamparones.

Su historia con la afición,
de amores y desamores,
de malos y de peores,
con tintes de culebrón,
termina con división.
Los que le hayan alentado,
ahí llevan su negociado,
no me causa turbación.

Se va con la risa puesta.
Se va tras haber fingido,
fiebre y hasta sarpullido,
de manera deshonesta.
Si ustedes hacen encuesta,
los hay que quedan contritos,
y dedican pucheritos
a sus feos por respuesta.

Nos deja en fútil herencia,
su lance más celebrado,
el de esperar al driblado
en absurda reincidencia.
Tuvimos mucha paciencia,
con él, con su pierna izquierda,
y en no mandarle a la mierda, 
si permiten la licencia.

Adios Reyes, corazón.
Los Reyes nos proveerán.
Y a falta de tortas, pan,
nos traerán en el zurrón.
Tu presencia era carbón,
ve y que te aguante Del Nido.
Gracias por haber venido,
y hasta nunca, so….carbón

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La herencia florista

Hace unos cuantos días tuvimos el dudoso placer de volver a tener noticias de nuestro antiguo entrenador. Con nocturnidad, alevosía y su desahogo usual, repasó la actualidad atlética e hizo balance de su travesía al frente de la nave rojiblanca en un nuevo episodio de discurso en el que abundan tanto las oraciones subordinadas como las medias verdades. Pasado ya un tiempo prudencial desde su sobreactuada despedida, el caballero de la ojera perpetua vuelve al inicio del curso como si de una colección por fascículos que nunca llegan a finalizarse se tratara, haciendo gala también de una coherencia que solo puede pagarse en moneda propia de estas épocas, el cortycole.

Diseccionaba el impar sobrino del creador de la rumba catalana su paso por el Atleti con esa capacidad tan suya de pontificar sobre lo que se tiene que hacer sin hacerlo. Reconoció que debió haberse marchado en dos ocasiones, coincidiendo con las salidas de Jurado y Simao, en un ataque de dignidad que bien pudo haber tenido en su momento. Explicó que tal vez el equipo se había creído mejor de lo que era sin argumentar cuán bueno se puede creer un equipo que cosecha un noveno y un séptimo puesto en sus dos años como técnico. Dijo que se quedaba con el Forlán de la primera temporada cuando él fue el que puso a los pies de los caballos al charrúa y volvió a mostrarse tibio al hablar del dúo prescrito y su relación con ellos.



Reconociendo de antemano el trabajo del tío segundo de Elena Furiase cuando arribó a un equipo desnortado y autogestionado y agradeciendo de igual manera títulos y finales vividas, uno piensa que su influencia sobre los resultados tiene menos peso que la tuvo Forlán, por alusiones al charrúa. Uno también piensa que, tácticamente, no ofreció ninguna innovación con respecto a la propuesta futbolística de Aguirre, por poner otro ejemplo, y que en contraposición, sí se puede atisbar la mano del nuevo técnico en los cuatro partidos vistos hasta ahora, por muy gris y muy poco dado a los aspavientos verbales que el jiennense sea.

Otra cosa por la que el primo de la intérprete de Sarandonga será recordado será por la herencia que ha dejado en varios de nuestros jugadores: el otrora idolatrado uruguayo, cubre ya sus trabajados abdominales con ropa diseñada en Milán; el tan denostado y castigado Domínguez es llamado a la selección tras un notable inicio de temporada en el que no parece evidenciar esa cabeza en otro sitio en la que se escudaba el estratega del verbo florido; Fran Mérida busca rehabilitación en Braga para salir de un ostracismo al que le condenó el señor de las perífrasis; varios otros jugadores han necesitado de terapia, grupal e individual, ante esa tendencia del anterior calentador del asiento Recaro de plantear los partidos y elaborar las alineaciones en base a señales atisbadas en los posos del café, aunque éste fuera soluble.  

Como pueden ver, deja un campo florido y sembrado de buenos recuerdos, aunque…, no debo ser injusto. No se merece eso. Hay algo que sí debemos recordar como una herencia perdurable. Toda una pléyade de seguidores que, influidos por su imagen, se lanzaron de igual manera a grandes superficies y comercios de barrio para adquirir la prenda que identifica y define al primo del arreglista de “No dudaría”. Un jersey de estrecheces. De estrecheces de mangas, de talle y de miras a partes iguales. Un jersey desaconsejado tras dispendios veraniegos o navideños para evitar comparaciones con morcillas de Burgos. Un jersey que esperemos haya quedado aparcado en armarios y cómodas hasta otra ocasión. No nos queda bien, la verdad. Pero no me negarán que a él, al muy “jodio”, el jersey le quedaba muy bien. Las cosas como son, oigan.


domingo, 22 de mayo de 2011

Primas y primos


A medida que mayo envejece, y hasta que nos quitamos el sayo cuando muere al cumplir cuarenta días, vamos asistiendo al progresivo cambio que se adueña de las calles. Jerséis que comienzan su hibernación en cajones con olor a naftalina, mangas que migran de largas a cortas, faldas que achican espacios de tela colocando la línea de presión muy por encima de las rodillas, noches durmiendo al raso de la indignación, ya saben, lo típico. También mayo nos trae días de celebraciones. Días que conmemoran amores de menor o mayor duración y futuro, días en los que los niños se visten de marineros y hasta de guardias civiles, días de vestidos de tul. Días, al fin y al cabo, como el de ayer, con aroma a reencuentros familiares. Días en los que las protagonistas son las primas.

Todos miraban a las primas en el día de ayer. No por llevar ese vestido que dejaba poco a la imaginación. No por aparecer del brazo de un mozalbete no muy recomendable al que presentaba formalmente. No, ayer se erigieron en protagonistas por estar flotando en el ambiente allá donde miráramos. De La Coruña a Valencia, de San Sebastián a Palma. Primas guardadas en maletines de piel buena o en bolsas de deporte con el logotipo de Montreal 76. Primas que se ofrecen a escondidas, primas de las que se habla con boca chica, primas que son como las meigas, nadie las ha visto, pero haberlas, haylas. Primas gallegas que se han pasado la noche llorando. Primas de otros cinco sitios que festejan. Primas cercanas. Primas venidas a más que pertenecen a ramas enfrentadas de la familia. Unas dicen que las otras fingen y son favorecidas, otras que las unas son agresivas y poco dadas a pasar la segadora en el jardín. Primas lejanas, demasiado lejanas para nosotros. Primas del que se despide, esas primas folclóricas que cantan “Sarandonga” o “Mi gato”. Primas hermanas. Primas de la mujer de nuestra estrella, a las que ponemos velas por su condición de sobrinas de Dios para que intercedan evitando su marcha.



Nosotros, los atléticos, nos acordamos de igual manera de los primos. De la cara de primos que se nos queda otra temporada. Primos séptimos, no hermanos ni segundos. De lo primos que son los que siguen creyendo en proyectos. Primos crédulos. De lo primos que debemos ser para pagar más, aunque sea en comisiones, por jugadores que no lo valen. Engañados como primos. De lo primos que fuimos por dejarnos puntos en los partidos contra Almería y Hércules. Primos a los que decimos hasta luego. De ser tan primos como para confiar en que el año que viene algo cambiará. De comportarnos como primos al creer que giras asiáticas o americanas son tan importantes. De ser tan primos como para aguantar que vendan a los mejores. Un día al primo pecoso de Fuenlabrada, mañana al primo de Toledo de pelo encrespado. Pasado al primo Koke o al primo Domínguez.

Debemos ser primos, pero de otra manera. Primos como los números. Primos para no dejarnos dividir por cualquiera, da igual que sean entrenadores o delanteros uruguayos. Si nos mantenemos indivisibles, caerá por su peso que hay algo que no funciona. Que, tal vez, debamos juntarnos todos en cualquier plaza para pasar la noche al raso de la indignación. Para expresar nuestra oposición a que las dos primas de la que anteriormente les hablé sean tan lejanas porque nunca lo fueron. ¡Seamos primos! En otro caso, nos dividirán y volveremos a salir perdiendo porque ni el cociente ni el resto serán suficientes. Porque hay dos primos sueltos a los que no les importa ni les duele lo mismo que a ustedes y que a mi.  


Sonó el teléfono. Felipa se dirigió a cogerlo masticando el último bocado de la tostada del desayuno.

– Hola Felipa ¿Te he despertado? –dijo Sebastiana, la prima con la que mejor se llevaba. La prima con la que compartía vacaciones en la playa desde hace tantos años.

– No, no, estaba desayunando. Queremos ir a votar pronto para irnos con los niños a comer fuera.

– Es que quería preguntarte si habría posibilidades de cambiar las vacaciones. A nosotros nos vendría mejor la primera quincena de julio.

– Pero Sebastiana…si ya tenemos el piso de Santa Pola alquilado. Además, siempre vamos en la segunda de julio –dijo Felipa contrariada.

– Ya…, pero es que este año no podemos en la segunda. Andaremos enfrascados en una previa –confesó la prima.


domingo, 12 de diciembre de 2010

¡Esto es un infierno!

Maldita humedad y malditos mosquitos, pensaba el teniente Flowers mientras avanzaba por el arrozal. Todavía resonaban en su cabeza las palabras del coronel Cherry antes de salir a tomar la colina:
         -¡Flowers, quiero esa colina y la quiero ya!
-Señor, es un suicidio, mi pelotón no está preparado para otra misión después de lo de Lebh Anté.
-Parece que no me he explicado bien Flowers, el general Crookednose quiere una cabeza y no va a ser la mía. O mañana toma usted la colina o le sirvo la suya en bandeja al general para la cena –espetó el coronel a escasos dos centímetros de la cara de Henry lo que le hizo reflexionar sobre las halitosis propias de las misiones bélicas.
-Señor, sí señor –respondió poco convencido el teniente.
El teniente Henry S. Flowers tenía sangre de navajo por parte de madre y se había hecho cargo del pelotón hace ya un año, sin prestar atención a los rumores que lo calificaban como la escoria de la compañía. De hecho, bajo su mando habían recibido dos condecoraciones importantes por el valor demostrado, pero eso era agua pasada, las cosas habían cambiado. Ahora detectaba desgana y sonrisitas maliciosas cuando pedía a los de la vanguardia que se adelantaran para explorar, y todo por la influencia del Rubio.
El Rubio (del que nadie quería recordar su nombre real) era el mejor tirador del pelotón, uno de esos hombres que primero disparaba y luego preguntaba. Había ido como mercenario a muchas guerras y todos sabían que hoy luchaba contigo y mañana contra ti, para él no existían los sentimientos. Su otro gran problema se llamaba Simon Tasty, un veterano a punto de licenciarse de antepasados portugueses que junto al Rubio estaba volviendo al pelotón en su contra.
Se retrasó unos metros para ver la disposición de avance de los muchachos, primero los de la vanguardia: el Rubio, Simon, el soldado Kings (buen soldado pero con poco cerebro) y el soldado de más talento, el cabo Kuntz (de quién se decía estaba casado con la hija de una leyenda de los marines, vamos como si fuera un dios). Después los de la retaguardia, Goodin, Perea, Thomas (de la zona eslava de Pittsburgh), Philip Lewis y el recluta nuevo, el  chicano Domínguez, al que el teniente Flowers gustaba mandar a limpiar letrinas sin motivo para que espabilara. 
Así le gustaba a él avanzar, con la tropa distribuida en cabeza y a la espalda. Algunos estudiosos del arte de la guerra cuyo culo olía a West Point pensaban que todo pelotón debe desplegarse con efectivos en medio, pero a él le parecía mierda de teoría burocrática. ¡Que le dieran por donde sea a quién opinaba que su pelotón se partía en cuanto empezaban las escaramuzas! Él, como mucho, accedía a llevar en medio al sanitario Paul Assumption, hombre de su confianza que corría de posición en posición para intentar ayudar a la tropa con vendas o munición cuando los combates se recrudecían.
Ocultos por la maleza, avistaron a menos de un kilómetro a los vietnamitas que defendían la colina bajo el mando del capitán Loth Inah.
-Sólo os pido este último esfuerzo muchachos –susurró Flowers -. Si salimos con vida de esta, os prometo una semana de permiso en Saigón y vales del economato para canjearlos por licor de arroz y tabaco de liar.
-El que se juega el culo aquí es usted teniente. No nos cuente historias –sentenció el rubio entre murmullos de aprobación de la tropa.
-Soldado, ¿se está usted amotinando? ¿Me están haciendo la cama? –inquirió Flowers acariciando instintivamente el seguro del fusil de asalto.
-No mi teniente, le habrá usted entendido mal. Lleva unos días muy sensible –terció Simon entre las risitas del resto -. Además sabe usted que camas en los marines no gastamos, somos más de catres o literas con colchón de muelles, lo que unido al peso del petate evidencia que al Tío Sam se la toca bastante nuestra salud lumbar.
Finalmente, la tropa se desplegó aliándose con los sonidos de la noche y la neblina que por la proximidad del río empezaba a caer. Los “charlies” parecían bien organizados, cinco amarillos en la parte de atrás de la colina vigilando las provisiones, cuatro en el medio haciendo guardia para evitar ataques hostiles y sólo una posición de ametralladora más adelantada para hacer daño cuando el enemigo osara descuidar sus líneas.
Aprovechando la hora de la cena de los vietcongs (consistente en pulpo con cachelos y empanada de zamburiñas), se desataron las hostilidades como de costumbre, con Kuntz y Kings disparando a pecho descubierto y con el Rubio y Simon viéndolas venir. Enseguida se demostró que ese no iba a ser un mal día para los chicos de Flowers, tanto por la valentía de sus dos soldados principales y la extraña solidez de la retaguardia, como por lo blando que se mostraba el pelotón norvietnamita (tal vez preocupado por recibir un balazo en plena digestión, cosa que todo el mundo reconoce como muy perjudicial para la salud).
Ya en el helicóptero de vuelta a la base, el teniente se intentaba autoconvencer de que las cosas no estaban tan mal, de que tal vez todos se licenciarían con honor y volverían a Wisconsin, a Arkansas o a Carolina del Norte a continuar con sus vidas pero entonces cruzó su mirada con la del Rubio, que estaba sentado en la parte de atrás. Y entonces lo supo, él volvería a casa en una caja marcada con su número de servicio y alguien le entregaría sus chapas de identificación a su mujer. Sintió un frío raro que le recorría la columna vertebral y notó que no sentía las piernas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Hoy no me puedo levantar


El sol de mediodía que se filtraba por la persiana del ventanal de su loft con vistas al Retiro despertó a José Julio. Todavía persistía el dolor de cabeza que le produjo mezclar tres copas de Grand Cuveé Dom Perignon con dos gintonics de Beefeater 24. Además, el incompetente del concesionario le amargó la tarde al anunciar que no tenía stock en color Sahara del nuevo Cayenne por lo que tendría que aguantar al menos dos meses más con el viejo, que ya empezaba a sufrir los achaques de cualquier coche de dos años.
Aún algo desorientado y tambaleándose se acercó a la meseta de la cocina y mordisqueó una de las tortitas de harina tamizada que le había dejado preparada Edgarda.
-Demasiada nuez moscada –dijo con repugnancia -. Luego se quejan del paro pero no hay nadie que sepa hacer blinis con un mínimo de fiabilidad. ¡Cómo está el servicio! –se quejó, mientras tomaba nota mental de llamar a la agencia para que le mandaran a otra persona.
Lo único que le alegró fue que al consultar el calendario de la nevera domótica constató que, con el de hoy, sólo le restaban 4 días de trabajo antes de las vacaciones de navidad. Tenía planeado pasar los 20 días decorando el apartamentito de Avoriaz recién comprado con el dinero de las horas extras, aunque de pasar dos días en el pueblo con sus padres, su hermana y los pesados de sus sobrinos no le libraba nadie. A sus progenitores debía un nombre con el que se sentía incómodo, a su madre por admirar a Julio Iglesias tanto como para pensar en poner a su hijo el mismo nombre que al primer varón del artista y a su padre por una dislexia no diagnosticada (o distracción, vayan ustedes a saber) que hizo cambiar el orden de su nombre a la hora de registrarlo. José Julio. Aunque realmente así sólo lo conocían en el trabajo, sus amigos de verdad le llamaban JJ (léase anglosajonamente, Yei Yei. Pero no, así no, peguen un poco más la lengua en los incisivos…así, así sí).
La verdad es que se encontraba raro, cada vez tenía peor cuerpo y se sentó en su salita de cine pensando en coger el iPhone para llamar a su terapeuta, pero al final recapacitó y marcó el número del trabajo.
-Barajas. Torre de Control 2. ¿Dígame?
-Manoli, soy José Julio, me encuentro mal, hoy no voy a ir a trabajar.
Debido a la pandemia sufrida por José Julio y sus compañeros, el Atleti se vio obligado a viajar a Valencia en autobús. Ya a la altura de Tarancón los integrantes de la expedición empezaron a notar síntomas extraños: dolor de cabeza, malestar general, mareos, etc…, a los que el Dr. Villalón no dio mayor importancia por atribuirlos al bus-lag. Más tarde, y ya sobre el estadio Ciudad de Valencia, los síntomas empeoraron drásticamente;  lo que anteriormente parecían mareos se convirtieron en episodios graves de desorientación, los dolores de cabeza desembocaron en migrañas generalizadas que impedían la capacidad de pensar con claridad. Otro de los síntomas más inquietantes fue el de la irritabilidad: varios de los pacientes mostraron la variedad “si no me la tiras al pie me enfado”, que tantas víctimas ha dejado en temporadas anteriores. También es de destacar la opresión de pecho que empezó a producirse ya desde los primeros minutos, sobrevenida ante la imposibilidad de aguantar el peso del escudo de la camiseta por parte de los sujetos sometidos a vigilancia.
Mientras tanto, el galeno jefe del equipo médico habitual, a la sazón tío segundo de Elena Furiase, estudiaba los historiales con incredulidad, las medidas tomadas no estaban dando resultado, se decía.  Pero si estaban bien, pensaba, pero si todos tenían buena cara durante la semana. Bueno, todos no, Domínguez no está bien, está bloqueado, pero él ha cumplido debidamente con su deber poniéndole en cuarentena. Los millones de familiares de los pacientes no nos explicamos qué les ha pasado y no entendemos por qué no mejoran, sufrimos al verlos empeorar por momentos y empezamos a señalar al jefe médico como el responsable de ello, a pesar de ser conscientes de que los enfermos no hacen demasiado por mejorar. Es cosa de la actitud, dicen los entendidos. Será eso, decimos sin tener ni puta idea de triglicéridos ni niveles de bilirrubina en sangre, pero empezamos a estar hartos.
Tal vez sea hora de pedir una segunda opinión, no hace falta que venga House a tratar al enfermo, pero este médico receta aspirinas cuando te duele la tripa, prescribe anticoagulantes para cerrar heridas inciso-contusas  y, en el caso de que te encuentres fuerte como un roble, te empieza a tratar sin necesitarlo (como al bloqueado, por ejemplo).
Con razón estamos en estado de alarma, ¡qué menos!