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sábado, 4 de diciembre de 2010

Hoy no me puedo levantar


El sol de mediodía que se filtraba por la persiana del ventanal de su loft con vistas al Retiro despertó a José Julio. Todavía persistía el dolor de cabeza que le produjo mezclar tres copas de Grand Cuveé Dom Perignon con dos gintonics de Beefeater 24. Además, el incompetente del concesionario le amargó la tarde al anunciar que no tenía stock en color Sahara del nuevo Cayenne por lo que tendría que aguantar al menos dos meses más con el viejo, que ya empezaba a sufrir los achaques de cualquier coche de dos años.
Aún algo desorientado y tambaleándose se acercó a la meseta de la cocina y mordisqueó una de las tortitas de harina tamizada que le había dejado preparada Edgarda.
-Demasiada nuez moscada –dijo con repugnancia -. Luego se quejan del paro pero no hay nadie que sepa hacer blinis con un mínimo de fiabilidad. ¡Cómo está el servicio! –se quejó, mientras tomaba nota mental de llamar a la agencia para que le mandaran a otra persona.
Lo único que le alegró fue que al consultar el calendario de la nevera domótica constató que, con el de hoy, sólo le restaban 4 días de trabajo antes de las vacaciones de navidad. Tenía planeado pasar los 20 días decorando el apartamentito de Avoriaz recién comprado con el dinero de las horas extras, aunque de pasar dos días en el pueblo con sus padres, su hermana y los pesados de sus sobrinos no le libraba nadie. A sus progenitores debía un nombre con el que se sentía incómodo, a su madre por admirar a Julio Iglesias tanto como para pensar en poner a su hijo el mismo nombre que al primer varón del artista y a su padre por una dislexia no diagnosticada (o distracción, vayan ustedes a saber) que hizo cambiar el orden de su nombre a la hora de registrarlo. José Julio. Aunque realmente así sólo lo conocían en el trabajo, sus amigos de verdad le llamaban JJ (léase anglosajonamente, Yei Yei. Pero no, así no, peguen un poco más la lengua en los incisivos…así, así sí).
La verdad es que se encontraba raro, cada vez tenía peor cuerpo y se sentó en su salita de cine pensando en coger el iPhone para llamar a su terapeuta, pero al final recapacitó y marcó el número del trabajo.
-Barajas. Torre de Control 2. ¿Dígame?
-Manoli, soy José Julio, me encuentro mal, hoy no voy a ir a trabajar.
Debido a la pandemia sufrida por José Julio y sus compañeros, el Atleti se vio obligado a viajar a Valencia en autobús. Ya a la altura de Tarancón los integrantes de la expedición empezaron a notar síntomas extraños: dolor de cabeza, malestar general, mareos, etc…, a los que el Dr. Villalón no dio mayor importancia por atribuirlos al bus-lag. Más tarde, y ya sobre el estadio Ciudad de Valencia, los síntomas empeoraron drásticamente;  lo que anteriormente parecían mareos se convirtieron en episodios graves de desorientación, los dolores de cabeza desembocaron en migrañas generalizadas que impedían la capacidad de pensar con claridad. Otro de los síntomas más inquietantes fue el de la irritabilidad: varios de los pacientes mostraron la variedad “si no me la tiras al pie me enfado”, que tantas víctimas ha dejado en temporadas anteriores. También es de destacar la opresión de pecho que empezó a producirse ya desde los primeros minutos, sobrevenida ante la imposibilidad de aguantar el peso del escudo de la camiseta por parte de los sujetos sometidos a vigilancia.
Mientras tanto, el galeno jefe del equipo médico habitual, a la sazón tío segundo de Elena Furiase, estudiaba los historiales con incredulidad, las medidas tomadas no estaban dando resultado, se decía.  Pero si estaban bien, pensaba, pero si todos tenían buena cara durante la semana. Bueno, todos no, Domínguez no está bien, está bloqueado, pero él ha cumplido debidamente con su deber poniéndole en cuarentena. Los millones de familiares de los pacientes no nos explicamos qué les ha pasado y no entendemos por qué no mejoran, sufrimos al verlos empeorar por momentos y empezamos a señalar al jefe médico como el responsable de ello, a pesar de ser conscientes de que los enfermos no hacen demasiado por mejorar. Es cosa de la actitud, dicen los entendidos. Será eso, decimos sin tener ni puta idea de triglicéridos ni niveles de bilirrubina en sangre, pero empezamos a estar hartos.
Tal vez sea hora de pedir una segunda opinión, no hace falta que venga House a tratar al enfermo, pero este médico receta aspirinas cuando te duele la tripa, prescribe anticoagulantes para cerrar heridas inciso-contusas  y, en el caso de que te encuentres fuerte como un roble, te empieza a tratar sin necesitarlo (como al bloqueado, por ejemplo).
Con razón estamos en estado de alarma, ¡qué menos!