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viernes, 20 de abril de 2012

Hablemos de la camiseta...

Los alguaciles que guardaban la puerta del camino del Este pararon al viajero que se disponía a traspasar la muralla de la ciudad como tantos otros que iban a ofrecer sus mercaderías en días como ese y le miraron de arriba abajo como sólo sabían mirar los alguaciles en la antigüedad, lo que llevado a nuestros días sería la mirada propia de portero de discoteca cuando ve unos calcetines blancos con raquetas cruzadas.

– Maese…¿Émery? ¿De dónde proviene ese nombre? ¿Es vuesa merced normando? ¿Occitano? ¿De padres librepensadores y a la vez diletantes heráldicos? –inquirió uno de los guardianes con desconfianza.

– Pues no, querido amigo. Soy norteño pero vengo de Levante. Traigo a la ciudad mi repertorio de muecas y gestos desenfrenados. Me dedico a la venta itinerante de ilusiones y jugadas de estrategia, sé que suena pretencioso pero normalmente cumplo objetivos –respondió ufano el caminante mostrando una rapidez de manos propia de un extra de película de Bruce Lee.

– ¿Y qué le trae por estos pagos?

– Le cuento, a pesar de tener mi sede en Levante, allí mi arte anda bajo sospecha. No hay día que no me silben al pasar por la ribera del Turia, ni día que no me comparen por mis cambios con mi burro, aquí presente.

– Ya…Hablando del burro, y sin ánimo de establecer comparaciones équidas, ¿qué atesora usted en las alforjas del susodicho para que ande tan exigido físicamente?

– ¡Bah!, minucias…Fruslerías para vender de cara a llevar una escudilla de comida a la boca ¡Ah! Y también traigo telas, retales al peso de muy buen ver provenientes de los afamados telares de Valencia –confesó Maese Émery con franqueza.

– Pues nada, señor viajante ¡Ya se está usted dando la vuelta y retomando el camino hacia sus Levantes con viento fresco! Intentar colocar telas de Valencia con la bien sabida poca resistencia que tienen las mismas es de ser muy rufián. 

El repeinado buhonero dio media vuelta para volverse por donde vino. Quedaron los alguaciles comentando la poca vergüenza de aquellos que comercian con paños de Valencia:

– ¡Anda que..! Tiene tela el gachó…Mira que mentar la tela valenciana con la que está cayendo….Eso sí, ¡cómo movía las manos el tío!....



Venía el Valencia de Émery al Calderón y durante toda la semana no se ha hablado de otra cosa que no fuera de una camiseta. A unos les sigue escociendo el ultraje que supuso aquel agarrón que terminó en serbio destape de hace dos años. A otros, les extraña lo grabadas que quedan algunas imágenes en la memoria colectiva y lo volátiles que parecen otras como dos fueras de juego inexistentes pitados en contra en acciones de gol. Todos, desconfían desde entonces de la calidad de las zamarras fabricadas en el levante español hasta tal punto que prefieren comprar chinescas imitaciones de blazers malva de Zara para uniformar al equipo de la urbanización en el típico torneo canicular de veraneantes contra aborígenes que se celebra en cualquier pueblo de serranía. No se ha hablado casi nada de la irregularidad de los equipos, de lo que emociona meter un gol en campo contrario, ni de la importancia que la competición entre manos pudiera tener para tapar vergüenzas clasificatorias. De eso nada. Si hay que hablar de algo, hablemos de la camiseta.

Puestos a hablar camisetas, hablemos de la nuestra. Hablemos de ella, del peso que parece dejar sobre hombros no demasiado preparados para llevarla, de lo resistente que es para soportar el pisoteo que la gerencia perpetra contra ella, de lo sufrida que fue cuando la mancharon con publicidad de películas de palomita acaramelada. Hablemos de que muchas veces no reconocemos los valores que se presuponen en los que se la enfundan, pero hablemos también de otros días como ayer en los que sobre el campo parecía que hubiera muchas más de once. Hablemos de un entrenador que la respeta y sabe lo que significa. Hablemos de la especial sensación que debe suponer sudarla hasta la extenuación mientras la grada corea tu nombre. Hablemos, hablemos…

Puede que hiciera noche de camiseta sobre sudadera y también de camiseta interior para los que se acercaron al Calderón, pero sobre el campo sobraba todo lo que no fuera la zamarra rojiblanca. Salió el Atleti desatado, ávido. Vimos al Atleti como en muchos años no lo habíamos visto. Salió el Atleti sin publicidades cambiantes en la elástica. Fue a por el partido de cara y a tumba abierta. Se veía al equipo enchufado y Arda Turán más. Los primeros veinticinco minutos del equipo fueron maravillosos, pero lo del turco fue de órdago. Tras varias incursiones percutiendo por la izquierda, fabricó un gol que tuvo control malabar, autopase casi largo y pillería marca de la casa que Falcao cabeceó a las mallas con la eficiencia acostumbrada. No crean que los nuestros se fueron a guardar la renta a su área, no. Seguía el equipo desmelenado, ganando cada duelo y cada porfía ante un Valencia superado. Quiso el fútbol, tan injusto tantas veces, que los visitantes se llevaran un gol en el descuento de la única manera en la que parecían poder hacer algo de daño, a balón parado. Se vino el descanso encima con ese agridulce sabor del mal resultado pero del buen juego. Los aficionados se estiraron las mangas de las camisetas para engañar a la fresca noche, muchos niños empezaron a entender lo que significa esa camiseta que le ponen sus padres y Gabi echó a lavar la suya, llena de sudor por la inmensidad de kilómetros recorridos y de sangre por la intensidad de la batalla a codo limpio.

Salieron los equipos al campo tras el paréntesis y volvió el Atleti a morder. Volvió a ser la rojiblanca omnipresente. Se marcó un segundo casi en remate colectivo. Se marcó un tercero con esa pasmosa facilidad que tiene Adrián para hacer sencillo lo complicado y se marcó un cuarto que hubiera propiciado el lanzamiento de una cartilla de cupones para la adquisición de cuberterías y vajillas conmemorativas con la cara del ejecutor, si éste hubiera acaecido un poco más al norte de la ciudad. La afición se besaba el escudo de la camiseta y se persignaba teatralmente ante la transformación de los suyos. Los más viejos se permitieron sonreír abiertamente tras tantos lances de boca apretada y los más jóvenes empezaban a comprender por qué somos del Atleti a pesar de todo lo que ustedes ya saben. 

Imposible destacar a alguno por encima de los demás sin pecar de injusto: un descomunal Falcao, un brillante Adrián, un desconocido por su atrevimiento Filipe, un inconmensurable Gabi, un omnipresente aunque algo sobreactuado Diego, un internacional ya Juanfran, un Arda que enamora, un meritorio Miranda, un Domínguez que parece volver a ser lo que iba a ser, un Mario al que casi le perdonamos los pases a la nada por su lucha y los balones que robó y un Courtois al que se le está criticando por la helada jarra que nos cayó en lo alto cuando la fiesta tocaba a su fin. Podríamos discutir ustedes y yo sobre si en estos goles de ayer o en los de aquel otro día hubiera podido hacer más y a lo mejor hasta llegábamos a un entente cordial, pero puestos a discutir sobre porteros cedidos, mejor hablemos sobre la idoneidad de traer a becarios para otras empresas con derecho a minutada y dejemos tranquilo al belga.  

Nos dejó cara de tontos el desenlace del encuentro. Nos dejó bien pero mal. Los que tras el golazo de Falcao empezaron a buscar vuelos a Bucarest por internet, anularon la transacción cuando ya sólo les faltaba meter la fecha de expiración de la tarjeta de crédito. Habrá que ir a Mestalla sin esa suficiencia de saber que los deberes están hechos, pero habrá que ir agarrándose a la dinámica que pudiera dejar el partido de ayer. Tal vez se pasará mal o a lo mejor será una noche de relajo y disfrute. Lo que es seguro es que el jueves que viene nos volveremos a poner la camiseta con esos alegres colores rojo y blanco y lo haremos con el orgullo con el que siempre lo hacemos y con un poquito más por saber que hay días en los que esos a los que pagan por ponérsela entienden realmente lo que significa. 

lunes, 16 de abril de 2012

Fútbol de barrio (o el no saber quien es uno)

Como todos los domingos por la mañana, el grupo se reunió entre bostezos y desperezos varios. Se reunió como tantos otros grupos de amigos que pretenden engañar al tiempo jugando en ligas municipales de barrio.

– Buenas…Mirad, éste es Tiburcio, el compañero de trabajo del que os hablé. Es un futbolero empedernido y nos viene a echar una mano para que podamos tener un cambio.

– ¿Y con qué ficha va a jugar? –preguntó alguien tras los saludos de rigor.

– Con la de Edu, claro. Si él ya nunca viene desde que se ha echado esa novia con la que anda descubriendo en sentido totalmente bíblico las bonanzas del turismo rural. Fijaos, fijaos, si tuerce un poco la cara y abre la boca mucho, hasta tiene un aire a Edu – dijo el entusiasta cicerone mientras el resto del elenco miraba con desconfianza por no ver el parecido por ninguna parte.

– Bueno…Pues a partir de ahora tú eres Edu – pontificó el portero con esa autoridad que tienen los cancerberos con mucha barriga.

Se desarrollaba el partido como siempre: lleno de goles tontos, discusiones subidas de tono y golpeos de balón indignos. “Sal, Edu”, dijo alguien sin que el nuevo fichaje se diese casi por aludido. “¡Edu!”, llamaron de nuevo hasta que el suplantador de flamante ingreso entró al campo. Salió Tiburcio-Edu y no es que no cambiara el signo del partido, es que casi ni la tocó, lo que parecía lógico dado el poco acoplamiento de la plantilla con su nuevo compañero. Eso sí, de tanto oír “¡Edu, tapa!”, “¡Edu, aquí, solo!”, Tiburcio se sentía más Edu. Ya casi se había olvidado cómo se llamaba en realidad e incluso pidió jugar como delantero centro como hacía el Edu real. Tan Edu se sentía, que en un corner ensayado cuya estrategia evidentemente él no conocía, fue a rematar en plancha un balón al primer palo cuando debería haberlo dejado pasar. Edu-Tiburcio se golpeó con violencia contra el poste quedando conmocionado tras el brutal impacto.

– ¡Edu!...¿Estás bien Edu? –preguntaban compañeros y rivales arremolinados a su alrededor mientras le abofeteaban esperando una reacción.

Llegados a este punto y ante la gravedad de la situación, el defensa central del equipo contrario, desde la autoridad que le confería ser uno de los más veteranos de la tuna de medicina pese a seguir en el segundo curso a sus cincuenta y dos años, decidió lobotomizar al accidentado con un palo de chupa-chup que encontró al borde del terreno de juego para intentar mejorar la presión craneal de ese Edu impostor.

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La enfermera del turno de noche del pabellón de enfermos de larga duración vigilaba los valores que devolvían los aparatos. Tras un rápido reconocimiento del paciente, anotó el resultado de sus observaciones en la pizarra que colgaba a los pies de todas las camas del sanatorio:

“El paciente Eduardo Tamboril sigue sin responder a estímulos sencillos como el reconocimiento de su nombre. Se aconseja continuar con el tratamiento e incluso aumentar la dosis del mismo con una nueva vuelta de tuerca del palo de chupa-chup incrustado en su cráneo…..”



Tiene Vallecas algo que impregna los partidos que allí se juegan de aroma de futbol de barrio, de fútbol de tierra y rodillas llenas de costras. Será por ese muro que vigila una de las porterías o será por los vallecanos que se arraciman en las terrazas de los edificios colindantes, vayan ustedes a saber. Conscientes de la idiosincrasia de su feudo, los rayistas intentan arrimar el ascua a su sardina y convertir el partido en un duelo con tintes de regional preferente. No por la falta de calidad, que la hay por arrobas en tipos como Movilla, sino por plantear encuentros llenos de trampas y emboscadas. Contra estas legítimas armas que empuñan los franjirrojos, cabe esperar que los equipos contrarios opongan resistencia e incluso intenten imponer su idea balompédica. No fue el caso del Atleti en el partido de ayer.

Salió el Atleti al campo de la calle Payaso Fofó rotando. No es que saliera dando vueltas sobre su eje, no, es que salió sin Gabi, sin Arda y sin Godín, siendo la ausencia de este último menos achacable a la rotación y más a castigo sustitutivo de unas posibles orejas de burro y brazos en cruz por sus últimas actuaciones. Como más destacada novedad táctica, cabe reseñar que ahora Salvio es el que saca los fueras de banda con ánimo de darles profundidad de lanzamiento de catapulta. Dos saques recuerda servidor en el partido de ayer, uno regalado al contrario tras resbalón del cuero sobre los mitones del mediapunta con escoliosis, otro castigado con infantil falta por mala ejecución. Suponemos que se seguirá trabajando en ese aspecto táctico, claramente todavía en proceso de experimentación. Salió el Atleti y se dejó impregnar por el fútbol guerrillero de los de Vallecas. Volvían los balones a no rodar por el suelo, los pases al contrario y los controles imprecisos que acaban en la Avenida de la Albufera. Es curiosa la capacidad de nuestro equipo de mimetizarse con el entorno que le rodea, lo que no habla demasiado bien de la personalidad del mismo. Parece que el Atleti salga al campo y algún señor con barriga le diga: “Tú eres Edu”, y va el Atleti y se lo cree. Se cree que es otro equipo, que no tiene toda la historia que tiene detrás y que no está obligado a salir a mandar y a buscar el partido siempre y en todo lugar. No crean que este Atleti-Edu es fruto de esta temporada, no. De tanto llamarle Edu durante veinticinco años, se siente cómodo rondando la novena plaza y hasta piensa en ir a una fuente a celebrar un cuarto puesto cuando el auténtico Atleti y no éste Edu que nos ha tocado en suerte bajaría la mirada avergonzado ante ciertos partidos y posiciones en la tabla.

El partido de ayer tuvo todos los ingredientes que se suelen ver en campos de tierras compactadas: tuvo sus faltas reiteradas y sus piques; tuvo su árbitro maniático e incomprensible; tuvo su lateral correoso, Juanfran, que amarga la vida de los más habilidosos de los contrarios; tuvo a Movilla, ese veterano curtido en mil batallas; tuvo a Salvio, el típico compañero de equipo rarito que no se queda a tomar nada en el tercer tiempo; tuvo a un entrenador de campechanía marrullera que bloqueó un saque de banda como si fuera un orondo jugador de voleibol; tuvo a Tiago, ese jugador que se pasa el partido pidiendo a los demás que tapen porque él no acaba de llegar a hacerlo; tuvo a Mario todo el partido regalando balones al contrario; tuvo a Domínguez, lo que alegra; tuvo a una banda derecha del equipo rival poblada de jugadores con tan amateurs nombres como Piti y Tito; tuvo a Diego, que si bien tiene más clase que ninguno, a veces desespera por su tendencia a desempeñar el papel de chupón de categorías aficionadas; tuvo cositas de Adrián, aunque no demasiadas; seguro que tuvo también una caja de botellines en la banda aunque el que suscribe no lo pudo ver a través de la tele y solo faltó que saliera un niño espontaneo en mitad del partido para pedirle a un papá fuera de sí que no se peleara. Tuvo también un gol el partido. Un gol de buena ejecución por parte de Falcao y del portero del Rayo, que salió de manera atolondrada y precipitada como esos porteros de equipos de barrio que ante la falta de trabajo, dedican el tiempo a pegar la hebra con una rubia con mechas a la que han invitado a verles jugar en localidad cercana al poste derecho con ánimo de cultivar amistades o lo que surja, más bien lo que surja.

Poco queda de lo de ayer salvo el resultado. Si hablamos de fútbol, de ideas, de sensaciones incluso, nos vamos casi de vacío. Sabemos que la plantilla es corta, sí, mucho, pero muchas veces dan ganas de llamar a algún amigo y decirle que se venga a ayudar para poder hacer algún cambio más. Dan ganas de decirle a ese amigo que este equipo es el Atleti y que aproveche los momentos en los que el balón no está en juego para recordárselo a los que están en el campo con la rojiblanca o zamarra sustitutiva. Parece que los nuestros se hubieran golpeado en la cabeza y no recordaran ahora cuál es exactamente el nivel de exigencia mínimo de este club y debemos ser nosotros, ustedes y yo, los que se lo hagamos saber, ya que no podemos esperar que nadie de la zona noble lo haga. Andan en la zona noble muy ocupados con otras cosas: preparar las rebajas de verano, hablar de que los jugadores juegan donde quieren y hasta sellar una alianza estratégica con un club de barrio de Namibia. Insisto, debemos ser nosotros. Damas y caballeros, esto es el Atleti, el de toda la vida aunque la mayoría no veamos el parecido por ningún sitio salvo en ocasiones muy contadas, justo cuando tuerce un poco la cara y abre la boca mucho...

lunes, 26 de marzo de 2012

Lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto..

– ¡HAY QUE SER FLOJITO! ¡HE VISTO ABUELAS EN LA GIMNASIA DE MANTENIMIENTO DEL TURNO DE MAÑANA CON MÁS REDAÑOS QUE TÚ! ¡FLOJO! ¡TIERNO! ¡NENAZA!

Quien así habla no es ni mucho menos un veterano sargento de artillería dirigiéndose a un recluta recién venido de un pueblo recóndito de la estepa hispánica. Quien así habla es un hombre fibroso y atezado que desempeña el papel de entrenador personal de Leocadio, director de Recursos Humanos de una empresa muy principal, un alegre cuarentón que dista mucho de ser mileurista y que lidia día a día con más de tres mil empleados.

– ¡Uy, Curry no! Eso no es para ti. Con esos brazos de estibador que tienes y esas anchuras de caderas que la naturaleza te ha otorgado en clara venganza por algún desaire anterior, necesitas algo menos audaz. Algo que disimule ese porte de percherón de tiro que gastas.

Quien así habla se dirige con la seguridad que otorga su condición de personal shopper de la vizcondesa viuda del Lobanillo. Una de esas señoras elegantes que tiene en nómina a un chofer con gorra y toma el té todos los días acompañándolo de unos picatostes fritos en aceite de oliva virgen traído de su finquita en Badajoz.

Curioso, ¿no? De un tiempo a esta parte han proliferado profesiones y actividades que se basan en cantarle las verdades a quien pueda pagarlas. Entrenadores personales, personal shoppers, coachs que asesoran sobre lo mal que hace todo la parte contratante previo pago de una morterada a la hora. Pagar porque a uno le insulten y hagan foco en sus limitaciones. Comprar sinceridad con su IVA correspondiente. Sorprendentemente, los paganinis terminan contentos y satisfechos con su ración de egolatría socavada y piensan en la utilidad del dinero empleado. Vuelven a su casa felices pero con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

– Vamos a tomar un arrocito con bogavante para compartir –decidió Inocencio mirando al camarero cuando vio cómo el dietista personal que compartía mesa y mantel con él y su acompañante ponía los ojos en blanco, sin duda escandalizado por el nuevo abuso de hidratos de carbono que se iba a regalar su patrón –. No, mejor, un par de ensaladas de planta forrajera sin aliñar –rectificó inmediatamente buscando la aprobación del nutricionista que normalmente comparaba sus hechuras con las de una ternera retinta.



Jugaba el Atleti en Zaragoza en horario de churros con chocolate, que no de vermú, cosas de unos horarios asiáticos más asiáticos que nunca por obra y gracia del cambio de hora padecido. Se enfrentaban dos equipos que tienen en nómina a sus propios gerentes golfos personales. Los unos y los otros padecen la gestión de unos mandatarios que buscan su beneficio personal muy por encima del beneficio del club que les paga. La diferencia entre ambos equipos y sus situaciones está marcado por el muy diferente trato que los medios dedican a ambos administradores: los unos son señalados sin pudor mientras que a los otros se les trata con pleitesía cortesana; a unos se les dedican programas monográficos en los que se da voz a la oposición mientras que en el caso de los otros se silencian los atropellos dejando por el camino un aroma de sospecha sobre los que se oponen a su choricero régimen. A la vez que todo esto ocurre, los que pagan, es decir abonados, socios y simpatizantes de ambos clubes, ven cómo su dinero sirve para comprar medianías y propagar medias verdades y salen insatisfechos, con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

Salió el Atleti legañoso y sin desperezar al campo. Algunos pensaron si no creerían que la primera parte se trataba de un calentamiento dado el cambio horario y la pesadez que en el estómago seguían produciendo las magdalenas algo aceitosas tomadas en el desayuno. Salió el Atleti algo reservón, de esa manera a la que Simeone nos ha acostumbrado durante su mandato, a no perder en los primeros minutos y a intentar ganar cuando ya parece algo tarde. Puso en liza el Cholo a Koke en el mediocentro, algo que muchos esperaban vistas las prestaciones de otros mediocentros que llevan la irrelevancia por bandera, y lo puso al lado de Assunçao, jugador honrado pero que se contagió de la irrelevancia propia de la posición en el partido de ayer. No estuvo mal Koke un poco más atrás, aunque tal vez cabría decir que mejora sus prestaciones cuanto más centrado está sobre el tapete. Intentó poner pausa cuando el balón tenía a bien caer cerca de él haciendo escala técnica en su viaje por aire de la defensa al ataque con velocidad de patadón, pero se le acabó la gasolina rápido. Después de la novedosa pareja de mediocentros, tengo reservado un hueco para hablar de Arda, inicio y fin de todo el poco fútbol de los nuestros en el partido de ayer. De sus botas salió la única pero doble oportunidad del equipo en todo el encuentro. De sus botas se prende el mísero balance de juego en la mayoría de los partidos que salen con esta pinta. Me guardo también unas líneas para Perea, impecable en defensa pero desaparecido en el combate del ataque, como era de esperar por otra parte. Hasta aquí, y solo hasta aquí, lo poco positivo del partido, y eso que ando hoy bastante benevolente.

En la parte negativa debemos poner hoy a los delanteros, exhaustos durante la segunda parte y supersticiosos a la hora de tocar ambos madera en la susodicha doble y única oportunidad. Debemos añadir también a Godín por un inocente y burdo penalti que borró del recuerdo solventes actuaciones anteriores y esas arrancadas desde la defensa en las que parece emular a un Beckenbauer cargado de hombros. Entra dentro de esta categoría por los pelos Filipe, por no saber culminar con buenos centros al área jugadas de mérito como hizo ayer. Entran aquí también Mérida y Diego por estar faltos de forma y entra Domínguez por convertir en timidez el desparpajo con el que irrumpió en el equipo hace un par de años ¿Qué dónde meto a Salvio? La duda ofende, damas y caballeros. A esta parte negativa la podríamos denominar el grupo Salvio, para que se hagan ustedes una idea de dónde colocar a nuestro puñal de banda, ese que apuñala sin remedio a nuestra paciencia en cada actuación.

Pasado el efecto burbujeante de la llegada del Cholo, la situación se ha estabilizado y queda lo que hay, poco más. Una plantilla corta, sin fondo de armario y que no combina con casi ningún color. Un plantel del que se pueden sacar pocos levantamientos de pesa más por mucho que el entrenador personal lo intente a base de motivación y buenas palabras. Los resultados, erigidos en nutricionistas que escupen realidades a la cara, han diseñado una dieta aburrida de aquí a final de temporada. Nos queda buscar la satisfacción culinaria que se pueda sacar del periplo europeo pero cualquier aspiración en liga se aleja como un plato de panceta churruscada del menú de los que tienen colesterol. Lejos quedan las cuentas para ir a Champions y resta solo la esperanza de entrar en la Europa League por la gatera, como suele ser costumbre de la casa. Algunos empiezan a ejercitar los músculos de los brazos para señalar a Simeone como responsable del desaguisado siguiendo el guión previsto pero la sensación que queda es que al Cholo se le podría acusar tal vez de falta de ambición en momentos puntuales pero no de haber aconsejado la adquisición de un vestido que se descose a poco que se usa con regularidad. Mientras tanto, a muchos de nosotros se nos queda un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

martes, 31 de enero de 2012

Fumando ya no espero

Sé que no es bueno. Sé que todos ustedes esgrimirían una casi interminable lista de ventajas por no hacerlo. Sé que todos tenemos conocidos que enfermaron por culpa de tan canalla hábito. Lo sé todo. Llevo además cargada a la espalda una hipocondría apreciable que me obliga a observarme con asiduidad buscando peregrinos síntomas de enfermedades de futuro padecimiento. Y aún así fumo. Y a veces casi disfruto con ello. Aún sabiéndolo. Fíjense ustedes qué tonto se puede llegar a ser.

Uno recuerda sus inicios en el feo vicio, eran días de querer crecer más deprisa de lo aconsejable. Eran días de comerse el mundo equivocadamente. Eran días de toses arrancadas a una garganta casi virgen e inmaculada. Eran días de galopadas de Futre y de voleas de Alemao a la escuadra. Eran los últimos días de Arteche en el equipo. Eran días de echar mano al bolsillo de la trenca buscando la admitida ración de veneno. Eran días de fugas de calores desde el trasero hacia los corridos asientos de cemento del Calderón. Puede incluso que esos calores concentrados que todos dejamos allí provocaran aquella aluminosis que tanto se cacareó. Vayan ustedes a saber.

Desde aquellos días, uno ha seguido suicidándose en pequeños episodios. Ha tenido intentos de dejarlo, todos fracasados antes o después. Ha tenido épocas de fumar negro, de fumar rubio y de fumar sin tantas consideraciones raciales. Ha llenado ceniceros de boites y de salas de espera. Ha fumado en Moncloa mientras esperaba el último metro simulando desenvoltura. Ha cambiado de voz con el paso de los años y ya no puede imitar a Joselito cantando “La Campanera”. Uno sigue fumando más de lo que debiera e intenta hacer memoria del tiempo que lleva matándose a sorbitos. Uno recuerda un eufórico suelo lleno de colillas en el estadio del rival tras ganar una Copa. Uno recuerda ceniceros llenos en un bar tras un partido en Sevilla en el que nuestro actual entrenador firmó una permanencia. Uno recuerda recipientes repletos de cenizas y lágrimas tras un encuentro en Oviedo. Uno recuerda el primer puro que se fumó, subido en una nube con destino Neptuno tras un partido contra el Albacete. Uno recuerda cómo rebosaban los restos del tabaco, más caro pero igual de dañino, tras una prórroga en Hamburgo. Uno recuerda los pulsos acelerados, la tos que se ha convertido en una compañera, la carraspera sembrada por los ronquidos nocturnos. Uno recuerda muchas citas. A muchas de ellas ha dejado de acudir hace tiempo. Uno ya no deja su sucia herencia con filtro a la puerta de casi ningún discopub, por edad o por pereza. A uno sólo le queda seguir maltratándose con los partidos de su Atleti. Ese por el que tanto hemos gritado para empeorar nuestra maltrecha laringe de fumador. Pero, qué les voy a contar yo a ustedes que no sepan…




Desde que Simeone se hizo cargo del banquillo de nuestro equipo, he notado un descenso en el consumo de tabaco durante los partidos. No tanto en Málaga, pero sí definitivamente contra Villarreal y Real Sociedad. Ayer, servidor se acomodó delante del televisor con el paquete de cigarrillos a mano, casi haciendo guardia. Ayer, uno encaraba la noche con el firme propósito de reducir la adquisición de papeletas para el enfisema. De entrada no pudo ser: tanto la suplencia de Domínguez como el estilismo colchonero, camiseta azul marino, pantalón azul reglamentario que parecía descolorido y medias rojas, me obligaron a encenderme el primero de la noche. Este Atleti que parecía homenajear en la indumentaria al payaso del anuncio de Micolor salió feo. Salió menos entonado que en los dos últimos lances. Viendo las prestaciones ofensivas de Tiago y Mario y elucubrando sobre posibles mediocentros que mejoraran el producto, me eché mecánicamente un pitillo a la boca. Buscaba el mechero para inaugurar el nuevo castigo a los bronquios cuando empezó a aparecer Koke, cuyo partido de ayer, sin ser brillante, reclama minutos y titularidades. Empezó también a aparecer Arda, pero más que en la creación, en esa suerte tan suya que es la de lanzarse al piso para rebañar el balón al contrario con habilidad de carterista de tranvía de Estambul. Se vino el descanso tras un gol atropellado de Godín. Se vino casi sin avisar y casi sin haber fumado demasiado. Tal vez uno no fuma viendo a este Atleti que ha abrazado como religión el “Cholismo Sacrificado” porque le da reparo que los jugadores hagan tales excesos pulmonares mientras se ensucia los propios. Y si no es eso, díganme ustedes alguna otra razón más convincente.

Empezó la segunda parte y ahí me tuve que encender otro. Casi sin querer, no crean. La cosa estaba tranquila pero Adrián y Falcao perdonaron dos ocasiones de esas de las que uno se acuerda en la misma medida que de la suegra o de ese inspector de hacienda que te mira por encima de las gafas mientras pones cara de beato. Siguió el partido con el Atleti peleón y casi solvente a ratos. No tuvo mayores problemas Courtois salvo en el último arreón de Osasuna. Sacó tres manos muy buenas tras muchos minutos de absentismo sobrevenido y con cada una de ellas me encendí un cigarrillo. Será porque soy débil y no acabo de asumir que los tiempos hayan cambiado de esta manera. No acabo de creerme la firmeza defensiva, la contundencia en los balones divididos y los calambres que asoman por las pantorrillas de jugadores que tenía por estilistas. Me tengo que pellizcar para asimilar que ante cualquier imprevisto en forma de lesión, antes nos íbamos con un gol encajado de más y ahora el fisioterapeuta sale a cortar la jugada con maneras de líbero. Acabó el partido con más sufrimiento del debido, con el mortal amigo agazapado entre mis dedos índice y corazón. Poblando de humo el final de un partido que mereció ser de más sosiego.

Llevo unos días levantándome de mejor humor. No sé si serán por las tres victorias seguidas, por los cero goles encajados o por la menor absorción de nicotina durante los partidos. Ahora, cada mañana vacío en la basura el contenido de un cenicero famélico, despoblado. Él me mira con cara de hambriento y pide en silencio más ceniza que llevarse al coleto. Dice mi mujer que hasta me atrevo a cantar en la ducha. No con la voz de Jimmy Sommerville, que la cosa no da para eso, pero sí visitando registros vocales más allá de Tom Waits. Me encuentro mejor la verdad y hasta debo confesar que ahora los paquetes de Ducados me duran casi dos días. Fíjense que esta mañana me he permitido la frivolidad de correr tras el autobús que se escapaba sabiéndolo perdido. Solo por hacer ejercicio. Por parecer más sano. Igual de sano que este Atleti se está mostrando en lo deportivo ¿En lo institucional? Miren, si vamos a hablar de lo institucional, denme fuego antes, se lo suplico. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Recuerdos de Albacete

Desde tiempos inmemoriales ha sido Albacete estación de paso camino de otros menesteres y travesías. Un paréntesis obligado por ubicación y hospitalidad que se aliña con bocadillos kilométricos y vinos de la tierra. La localidad manchega ha sido también muy socorrida a la hora de adquirir esos recuerdos vacacionales que se olvidaron en el fragor del chiringuito playero:

 – ¡Uy!....y además del de lomo con queso y el de jamón, mira a ver si encuentras unos cuchillos para mi madre, que no le llevamos nada. O unos Miguelitos, que siempre se agradecen…

Amén de por sus megalómanas ventas de carretera, tan propicias para la adquisición del recuerdo fugaz, Albacete se posicionó en el mapa futbolístico hace ya algunos años. De esa añorada época atesoramos los aficionados al fútbol recuerdos de Coco y de Conejo, de corners sacados por Catali que enganchaba Zalazar en singular volea al borde del área, de un billete a la gloria comprado por Molina y Santi, de psicólogos de borceguí y de entrenadores con gafitas de relojero precursores de la presión sobre saque de banda y el palabrerío fútil.

Si además ustedes se tildan de atléticos, esos recuerdos quedan presentes pero empequeñecidos por otro. El de un mozalbete rubiejo y pecoso que nos regaló su primer gol y una victoria cuando andábamos liados en infiernos e intervenciones judiciales. Albacete. Tierra de paso. Tierra de recuerdos. Tierra donde Fernando Torres metió su primer gol con la rojiblanca.


El Atleti volvió a Albacete con la coartada de la Copa, competición a la que, desde el inicio de temporada, se ha marcado como piedra angular del enésimo proyecto junto a la Europa League. Uno, que es muy desconfiado y lleva ya demasiados años oyendo mensajes corporativos, piensa que eso quiere decir que no esperemos demasiado de la Liga, pero ya saben, será que uno es un amargado. Los prebostes del fútbol español condenan a la Copa a un sistema cobarde de doble partido que anega calendarios y desmoraliza al modesto, pero ya sabemos que en el fútbol español, en vez de igualdad y emoción, se busca resumir las temporadas en dos o tres partidos con los mismos contendientes, con circos de tres pistas en las ruedas de prensa y con tertulianos al borde del ictus casi todas las noches.

Éste cobarde sistema copero favoreció anoche a los nuestros inmerecidamente. Y conste que digo favoreció porque esperamos reacción en la vuelta, que a lo mejor ni eso. La existencia de esa injusta segunda oportunidad aconsejó a Manzano dejar en Madrid a varios de sus más destacados peones y a no ponerse traje para el partido, considerando que era partido a ganar en chándal. Salió condescendiente el Atleti, sin querer mancharse la camiseta con contrarios de tan baja alcurnia.

–Fíjate qué pintoresco…El lateral izquierdo se llama Zurdo… ¿cómo va a sorprender desdoblando a su interior si pregona su facultad en la camiseta con semejante redundancia posicional? –murmuraban en los primeros compases del encuentro algunos de los miembros de la pléyade de mediapuntas (..con perdón) que pueblan nuestra plantilla.



Goyo, ese técnico que tan bien nada en los mares embravecidos de la valentía, dispuso solo un punta ante la entidad del adversario y tres mediapuntas (de nuevo perdonen…) por detrás. Los tres mosqueteros del último pase se desplegaban como sigue: Juanfran, jugador de banda derecha jugaba por la izquierda, Pizzi, al que hemos visto detallitos desbordando por la siniestra, en el centro y Salvio, crack de youtube e ídolo de masas en Lusitania, por la derecha. Ante tamaña declaración de intenciones, algunos, de nuevo llevados por la desconfianza, conjeturamos sobre una posible posesión de un espíritu de entrenador con gafitas y verbo fácil sufrida por el señor Manzano, porque en otro caso, no se entiende. Sacó también una defensa de canteranos, lo que gustó más a la parroquia, en donde se revelaron las dos mejores noticias de la noche: Manquillo y Pulido. Ambos cumplieron. Ambos, junto a un Domínguez ayer no muy afortunado y un Koke al que se le vieron cositas en la posición que algunos pedimos para él, dejaron claro que puestos a buscar según qué soluciones, mejor mirar al Cerro del Espino que hacia Sao Paulo o Lisboa.

Poco más les contaré del partido porque no lo merece. Encuentro perfectamente olvidable, uno de tantos que hemos sufrido en este camino hacia ninguna parte. Ningún nuevo recuerdo a añadirse a los que traíamos en la maleta. Una nueva muestra del crecimiento innegable de la sociedad, menor que la presentación de la maqueta de la Peineta, que eso sí que es crecer desmesuradamente, pero crecimiento al fin y al cabo. Un nuevo episodio en el que se escenifica que los resultados y la historia son minucias, que lo importante son los accesos y las zonas comerciales que tendrá el nuevo estadio. Y si a ustedes no les gusta, ¡ajo y agua! Que son ustedes unos amargados que solo viven de sus recuerdos. Aunque los hayan comprado en un bar de carretera. En un bar de Albacete, estación de paso…

jueves, 1 de diciembre de 2011

Fresca tarde de excusas y meriendas-cenas

“Pues sí que es mala suerte que a su hijo le haya sobrevenido un ataque de varicela galopante y tengamos que cerrar la tienda antes”

“O sea que no se va a quedar a la auditoría porque tiene una filtración en la general bajante y tiene dos palmos de agua en el cuarto de la plancha”

“Usted verá, Minglanilla, váyase si lo cree oportuno pero este pedido tiene que salir hoy por muy inquietante que sea que a su suegra haya habido que ingresarla por envenenamiento al morderse su propia lengua”


Estos horarios tan europeos hicieron que la tarde se llenara de excusas a lo largo de nuestra geografía. Tuvieron los atléticos que lanzarlas indiscriminadamente para llegar a casa a tiempo de ver a su equipo en Glasgow. La ocasión merecía la pena, por el rival, por el campo y por la historia que lleva prendida de la solapa este enfrentamiento desde aquella épica batalla del 74. Amén de las excusas, todos procuraron organizarse con celeridad. A los niños se les dio de merendar antes que de costumbre, a los perros se les brindó un paseo apocopado en el que casi no les dio tiempo más que a culminar los ciclos excretores de sus sistemas digestivos, a los manjares que se agolpan en las neveras se les comunicó que no saldrían porque esa noche tocaba comer de lata o llamar a la pizzería. Finalmente, los hinchas se sentaron delante de la tele, todavía con la corbata al cuello o las medias buenas puestas. Hasta hubo tiempo de ponerse un bolecito con patatas fritas, con cortezas o con aceitunas mancilladas por pepinillos sátiros. Por los pelos, pero llegaron a tiempo…

Manzano nos dio más excusas para torcer el morro con la alineación. Salían del equipo Domínguez y Assunçao, dos de los más destacados en esa otra batalla carnicera (o eso se siguen empeñando en decir los palmeros del ser superior) que se libró el fin de semana pasado y volvían a hacer dúo dos de las parejas que nos alteran más: Mario y Gabi y Godín y Miranda. Empezó el partido movidito: con Salvio demostrando que debe tener gol pero que no se acuerda de dónde lo ha dejado, con Courtois sacando dos balones a bocajarro que nos hubieran atragantado los aperitivos, con los mediocentros poniendo excusas peregrinas para no destacar ni en defensa ni en ataque. Parecía un partido de esos tan de ida y vuelta que suelen acabar para nosotros en vuelta con las orejas gachas cuando los dos por los que debe pasar todo empezaron a mirarse, se hicieron señas secretas que sólo los bajitos y culibajos conocen y se adueñaron del partido, hecho éste no muy difícil por la calidad del adversario. A Arda y Diego me refiero. Llevan estos dos algunos partidos a un más que aceptable nivel. Ambos dos, demuestran ganas y compromiso, algo raro de encontrar en bastantes de los que antes se ciñeron la rojiblanca viniendo con el cartel de artistas. A pesar del desafortunado cambio que el párroco Don Gregorio recetó al carioca en el combate sangriento del sábado, Diego sigue mostrando ganas y parece que no afronta tan acelerado los partidos. Aún así, todavía tenemos ganas de verle compartiendo mediocentro con Assunçao, los dos solitos, para ver cómo funciona el equipo. Arda es caso aparte. Desde su llegada se ha convertido en uno de nuestros ojitos derechos, siempre deja detalles de hechicero del balón y ayer abrió el camino del gol con la inestimable ayuda de un defensa que se agachó ante su disparo como antes lo hicieron otros jugadores precursores de la protometrosexualidad jugando contra la Yugoeslavia de Stojkovic en el mundial del 90.



Vayamos ahora con los dúos de los que les hablaba antes. Aprobado raspón para los centrales, que no consiguieron más nota por su tendencia a acularse, al patadón espinillero y por no dar sensación de tranquilidad a pesar de tener enfrente delanteros limitados. Les ayudó mucho Perea, ayer notable, demostrando que la cacería que se ha organizado con él como pieza protagonista no le afecta. En cuanto a los mediocentros, Gabi estuvo más entonado, sobre todo en las fases de ataque, Mario volvió a fallar. Vaya por delante que Mario gustó la temporada pasada en la mayoría de sus actuaciones. También a favor suyo juegan el hecho de ser de la casa y la personalidad que hay que tener para lucir ese peinado que homenajea al anidamiento de la grulla parda, pero está dejando pasar demasiadas oportunidades. Impreciso en el pase, lento en la transición y descolocado posicionalmente en defensa, se empiezan a acabar las excusas para mantenerle en el equipo con tal asiduidad. Ya se sabe que cada entrenador tiene sus filias y fobias y Suárez se cuenta entre los antojitos de Goyo, pero se echa de menos un mejor reparto de las oportunidades con Koke por ejemplo, al que se sospecha casi hastiado como lo estará Joel, como lo estará Pulido y como lo estarán muchos más que sumar a los Ibrahima, Keko, Cedric, Borja, etc., ante la cobardía de los últimos técnicos y su tendencia a ningunear la cantera (probablemente jaleados por una directiva que sabe que los canteranos, de comisiones, andan justos).

En definitiva, partido aseado ante un rival justito. Victoria fuera, lo que es noticia, y en un campo con mucha más historia que espectadores ayer. Un campo que fue regado hace años con el sudor y la sangre de unos melenudos atléticos que hicieron historia y en el que estos rojiblancos del futuro ganaron como no debía ser de otra manera. Hay ocasiones y rivales ante los que no valen excusas…Y siendo el Atleti, esas ocasiones y esos rivales deberían ser casi todos.

“Claro, no te comes las verduras porque te has puesto de panchitos y de aceitunas violadas como el tenazas…Siempre la excusa del fútbol”

domingo, 27 de noviembre de 2011

La mochila

Vamos los colchoneros por la vida con una mochila siempre a la espalda. Una pesada carga que llevamos a los hombros desde hace demasiado tiempo y que castiga nuestras vértebras lumbares y cervicales. El tamaño de la mochila y su peso es directamente proporcional a los años que llevamos siguiendo a nuestro equipo, siendo éstos pesos menos llevaderos si el veneno rojiblanco se metió en nuestro torrente sanguíneo hace ya décadas ¿Qué llevamos en esa mochila? Allí guardamos piedras, unas más pesadas y otras no tanto, pero con todas debemos cargar. Hay piedras muy difíciles de arrastrar, piedras destinadas a cimentar apropiaciones indebidas, cooperaciones necesarias, veinticuatro años de proyectos donde lo deportivo es secundario, gerencias ostentadas por representantes, vueltas rápidas alrededor de la M-30 y traslados figurados a la Peineta, por ponerles varios ejemplos. Las otras piedras, aunque de menor volumen, también son molestas, encontrándose entre ellas entrenadores de perfil bajo o de entreplanta, ventas incomprensibles, compras sonrojantes, el bigotito de Cléber Santana, la caída de culo del Pato Sosa y la reconversión industrial en fábrica de jugadores para otras marcas, blancas o no. Así pasamos los días, siempre con nuestra mochila al hombro, siempre con el esfuerzo de acarrear ese lastre dibujado en nuestras caras.

Solo en algunas ocasiones, cuatro o cinco veces al año a lo sumo, nos permitimos dejar la mochila a un lado. Siempre cerca, eso sí. Colocada cuidadosamente en un taburete o en el suelo al lado nuestro, pero nunca demasiado lejos para poder tocarla con la punta del zapato y saber que sigue ahí. Nos permitimos ese lujo sólo durante noventa minutos, con su correspondiente descanso y su descuento si lo hubiera. Durante ese tiempo, intentamos dejar a un lado la pesada carga y nos empapamos de esa ligereza fingida y antinatural. Llegamos a pensar incluso, envalentonados por dejar la mochila a un lado, que podremos mirar de igual a igual a aquellos a los que desde hace tiempo no miramos a los ojos. Queremos creer que veremos algo que nos hará olvidar momentáneamente la acostumbrada carga. Entonces, aparcamos la razón y nos lanzamos de cabeza a una piscina rebosante de ilusiones que brotan del corazón, nos zambullimos en una realidad irreal en la que no llevamos peso. Durante esos minúsculos lapsos de tiempo, nos traen sin cuidado los sistemas y hasta casi los nombres. Nos dan igual los partidos broncos, limpios, bien jugados, obtusos, escalenos o de poder a poder. Sólo buscamos asideros para agarrar allí a nuestro maltrecho orgullo. No nos acordamos de derechos televisivos conniventes que ahondan diferencias ni de la presión en banda. Solamente nos sentamos a sentir sin analizar demasiado.



Ayer era un día de esos. Un día en el que la mochila descansaba a nuestro lado, siempre presente, pero temporalmente aparcada. Durante un tiempo, nos llegamos a olvidar de ella casi del todo. Lo hicieron posible Assunçao, Perea, Domínguez, Adrián, Arda…, lo hicieron posible todos durante casi una hora. Dando la cara, soportando dignamente el peso del escudo, algo que debería presuponerse en todas las ocasiones pero que no siempre se cumple por obra y gracia de esa carga miserable. Lo hicieron a pesar de los mensajes que se recibían desde el banquillo, ayer muy por debajo de los jugadores, empeñado e insistente en recordarnos la inferioridad que la mochila nos otorga. Nos duró poco. A algunos tal vez les valga, menos concientes de la rémora que encorva nuestras figuras. A otros no nos vale, a lo mejor porque recordamos tiempos pretéritos en los que íbamos por la vida livianos, con la espalda recta y el pecho henchido de orgullo.

Terminó el partido y, los que no se la habían echado al hombro en los primeros minutos de la segunda parte, se cargaron la mochila a la espalda. Todos se encaminaron a casa con paso cansado e irregular, probablemente por encontrar la carga aún más pesada que en el camino de ida. Se echaron en la cama buscando la posición más cómoda posible pero siempre cargando con ese lastre. Pasarán el domingo de mejor o peor manera y volverán el lunes a su rutina tirando de su rutinaria mochila. Se pondrán maquinalmente a ejecutar sus labores diarias sin casi notar que el peso ha aumentado. Seguirán viviendo. Pasarán las semanas y la mochila cada vez pesará algo más, siempre creciendo, nunca menguando. Nos permitiremos cada vez menos lujos en forma de aparcar la mochila a un ladito porque no tendremos ni ganas de quitárnosla para que no se vean las marcas del moreno de las vacaciones. Ni siquiera en esos partidos que acabaremos dejando de ver. A no ser que no sólo una minoría sea capaz de rebelarse contra ese peso castrante. Ese es el camino. Ningún otro es posible a estas alturas para solucionar la escoliosis que sufrimos. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Canteras, dificultades y comisiones

Virgilio es un pequeño gran jugador de los que habitan en la cantera del Club Atlético de Madrid Sociedad Anónima Deportiva. Él no sabe de apropiaciones indebidas ni de cooperaciones necesarias, él solo sabe de gambetear por la banda derecha y de dejarse literalmente la piel del trasero y del alto muslo en los campos de tierra o de césped artificial en los que disputa sus partidos el Cadete E rojiblanco.

Desde ya hace algunos años, acude a entrenar con disposición tres veces por semana para alimentar el sueño que tiene desde que casi no levantaba un palmo del suelo. Ha ido escalando peldaño a peldaño una escarpada montaña de sueños en la que sus compañeros también son sus competidores por ganarse el puesto, seguir formándose en la cantera colchonera y, quién sabe, a lo mejor algún día llegar al primer equipo y sentir cómo debe ser eso tan especial de que un estadio entregado coree tu nombre.



A medida que se va haciendo mayor, también repara en la dificultad añadida que tienen los chavales de la cantera para llegar al fin que les relataba más arriba. Sigue manteniendo intacta la ilusión, por supuesto, pero ya no le parece tan pesado eso de tener que estudiar para sacar buenas notas, que nunca se sabe. Virgilio no acaba de entender cómo se pudo vender a De Gea, cómo es que Joel ha visto cerrado su paso por un portero muy bueno pero que se encuentra aquí de paso. Tampoco llega a comprender qué pasó con Keko y su no renovación a pesar de ser una de las promesas más firmes de la cantera española. Le cuesta asumir el rol de Koke en el equipo, cada vez más secundario a pesar de que nunca defraudó las expectativas depositadas y se pregunta por qué hubo algunos que dudaron y siguen dudando de Domínguez. Se pregunta muchas cosas, tal vez demasiadas. Tal vez solo sea un adolescente lleno de dudas como los demás.

Lo que no sabe Virgilio es que nosotros tenemos las mismas dudas que él a pesar de que ya casi no nos acordamos de cuando éramos adolescentes. Tenemos también la duda de si Virgilio tendría más oportunidades si en vez de ser de Madrid fuera de Cascais o si en vez de que fuera su padre el que le acerca a los entrenamientos se buscara un representante de traje impecable y moral relajada. Uno mira a esos campos de entrenamiento donde habita el fútbol puro y le parece encomiable la entrega de los chavales sabiendo lo difícil que lo tienen. Uno piensa que no lo deberían tener tanto. Cuidando a los Virgilios de hoy tendremos un equipo identificado e identificable mañana. Claro que a lo mejor no queremos gente que se deje el trasero al lanzarse a la hierba para tapar un disparo rival, a lo mejor lo que queremos es jugadores que dejen unos euros limpios a base de comisiones. Vayan ustedes a saber.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Italianizarse o no italianizarse (he ahí la cuestión)

– Básicamente, las cosas empezaron a torcerse desde el primer momento. Lo más normal es pasar el año malcomiendo, bebiendo como descosidos y conociendo a gente de diferentes culturas, credos y etnias en sentido más bien bíblico –expuso sin prestar demasiada atención a las caras de sus progenitores Toribia, la mayor de los hermanos mellizos al nacer tres minutos después–. Él, desde que llegó aquí empezó a desviar el presupuesto de la bebida a la compra de ropa de diseño. Solo vive para ir al mercado y traer diferentes variedades de mozzarella de búfala con denominación de origen o de salami especiado. Además está lo de los gestos con las manos.

– ¿Qué pasa con los gestos? –preguntaron al unísono los padres.

– Pues que abusa de ellos. Desde que llegamos parece que tiene un tic. No para de mover las manos. Es como un kárate kid acelerado. Lo exagera tanto que un día vamos a tener un disgusto. Con deciros que el lunes pasado le soltó sin querer una soberana ostia al cartero explicándole que a él el jamón ibérico no le llena, que donde esté el prosciutto…

Los padres se dieron cuenta de la gravedad de la situación. Lo que iba a ser un año de Erasmus en las distendidas condiciones que su hija acababa de describir más arriba había desembocado en un cambio tan profundo en su hijo el pequeño (por solo tres minutos de diferencia) que se habían visto obligados a personarse en el piso que ellos estaban sufragando en Milán para sus retoños con toda la urgencia posible.

– Si no me creéis, pasad…pasad a su cuarto

La realidad de lo que vieron les abofeteó con dureza. Discos desperdigados de Umberto Tozzi, de Nicola di Bari y de Sergio Dalma, ése napolitano de Sabadell. Cuadernos atestados con cantidades y proporciones con las que elaborar una pasta fresca que se pegue en el paladar durante dos segundos exactos, ni más ni menos. Un armario repleto de blazers cruzados, camisetas de rayas livianas y casuales y jerseys finitos en todos los colores pastel imaginables. Miraran donde miraran, la estancia destilaba una transalpinidad excesiva.

El sonido de la puerta les sacó de su enfrascamiento. Abandonaron el cuarto con sigilo y salieron al salón disimulando su procedencia.

– Ciao. Mamma, che cosa stai facendo qui? –exclamó Prudencio, al que ahora conocían por Enzo en su círculo.

– ¡Ay, hijo mío! ¡Qué alegría! –decía su madre mientras lo abrazaba zambulléndose en un exceso de varonil fragancia, fresca, pero cargante a la vez.

–Perché siete venuti? –siguió preguntando Prudencio-Enzo gesticulando sin parar mientras su madre le aplicaba una llave de judo al cuello para poder seguir besando las mejillas de su hijo con velocidad de metralleta.

Don Romualdo, el padre de familia, contempló la bucólica estampa de amor materno filial, recordó las actividades a las que su hija se confesaba entregada, sopesó el precio del metro cuadrado en el centro de la capital lombarda, calibró la cantidad de gomina que su hijo portaba en el pelo y calculó la posibilidad de reengancharse al ERE anticipado de su empresa al que había renunciado para poder costear la italianización de su familia a base de mandar a los niños allende los Apeninos. Fue un segundo solo de clarividencia. Un segundo que le hizo crecerse:

– Se acabaron las gilipolleces…Mañana, todos de vuelta a Albacete.



Se presentaba en el Calderón el más italianizado de los equipos italianos para disputar el liderato del grupo de la Europa League que nos ha tocado en suerte. Un equipo que en el partido de ida nos ganó a la manera de la tierra, sin acabar de merecerlo demasiado, pero tampoco demasiado poco. No sabíamos tampoco qué Atleti nos íbamos a encontrar, aunque el rival y la capacidad de mimetismo de los rojiblancos vaticinaban a ese Atleti itálico que aplaude el cerocerismo como un hito del buen hacer defensivo.

Lo que sí sabíamos es que nuestros dos últimos Erasmus no serían de la partida inicial. Me refiero a los dos estudiantes a los que mandamos a Portugal para que se hicieran unos hombretones: Salvio y Reyes. Ambos estudiantes de intercambio aprovecharon de manera desigual su estancia en tierras lusas: Uno, ha vuelto con una mayor lozanía, aspecto este atribuible al tratamiento que del bacalao se hace en esas tierras, pero con los mismos hombros cargados. Otro, conoció al primo de Rosariyo durante su periplo, con todo lo que ello conlleva. Uno, parece confirmar el diagnóstico de irrelevante que le colgamos desde que le vimos. Otro, confirma día a día la impresión de que en el fútbol, como en la vida, lo más importante es utilizar la cabeza para algo más que para peinar balones en el primer palo. Ésta vez Reyes se quedaba fuera por gripe. Tal vez por haberse resfriado al echar de menos la manta que le abrigaba la temporada pasada contra viento y marea. La manta (más bien, el manta) azul de cuello pico. Mala pinta tiene lo de Reyes, no por sus méritos, innegables en esta temporada para sacar entrada de preferencia en la grada, sino por la decisión que en algún momento habrá que tomar sobre su futuro.

Salió el Udinese al campo y, al contrario que el protagonista de nuestra historia, se desitalianizó de golpe. No queda claro si fue por la climatología, por la capacidad del Atleti o por la preocupación que últimamente sufre el ciudadano del país de la bota por la calificación de su deuda, pero el Udinese fue de todo menos un equipo aguerrido, con un medio del campo mordedor, defensas expeditivos y delantero luchador. Y digo bien lo de delantero, pues deben saber ustedes que el fútbol italiano es el inventor de nuestra queridísima figura: el mediapunta. Sí, sí, arqueólogos de reputación intachable han encontrado vestigios de la presencia de mediapuntas (o trescuartistas, como dicen allí) a lo largo de toda la península itálica. Hecho este que explica a las claras el por qué de la crisis del fútbol azzurro y la no afluencia de aficionados a los estadios ante tal derroche de arte balompédico.

Les decía yo que el equipo rival se desprendió de su patriotismo en el túnel de vestuarios y salió mal peinado y con la perilla y la barba de tres días (ésa que solo ellos saben lucir con tal gallardía) trasquiladas. Para acelerar el proceso de desnaturalización de los de Friuli, Adrián les recetó dos goles casi nada más empezar el encuentro. Curioso lo de Adrián, todos apuntábamos como su único defecto la falta de gol y nos está dejando en mal lugar a base de tantos. Parece que el asturiano ha venido para quedarse en el equipo titular y en el imaginario atlético. Lo del equipo, porque no creemos que Manzano pueda andar con probaturas ahora que su crédito anda escuchimizado. Lo del imaginario por seguir coleccionando partidos como el de ayer. La presencia de Adrián libera a Falcao, que ayer al fin pudo sacudirse la ansiedad a base de gol, ofrece a Diego y Turan un destinatario claro para sus pases y genera pausa, elemento que no sobra en un equipo en el que la imprecisión florece silvestremente. Ejemplo de esta pausa es el tercer gol de ayer. De los dos primeros podremos decir lo bien que aprovecha los espacios para aparecer y lo bien que los finalizó. Del tercero podemos decir mucho más. Podemos hablar sobre el desmarque que dibujó junto a Falcao, podemos glosar la quietud con la que dejó pasar al defensa y podemos y debemos valorar su generosidad al ceder el balón a Diego. Otra nueva demostración de inteligencia y de saber de qué va esto.

Después de saborear la pausa y la tranquilidad que deja, el partido discurrió por cauces calmados hasta el final. Desde esta relajada posición parece atisbarse un futuro sin tantos cambios rotativos en el equipo. Manzano probablemente tenga aspecto de dueño de filatelia pero no parece que en esta nueva etapa vaya a empecinarse en posiciones erróneas. Parece haber cambiado el rumbo en lo que al redundante trivote se refiere, tema éste que podría aún refinarse a juicio del que suscribe con alternativas que aportaran algo de diferencia con respecto a nuestros blanditos Gattusos y Ambrosinis (léanse Gabi y Mario). Parece haber calado a Reyes y Tiago, a los que habrá que intentar reinsertar sin perder la cabeza y al fin se ha dado cuenta de que Domínguez y Adrián son indiscutibles. El partido de ayer nos deja un sabor desconocido. Por un lado, el resultado nos debería hacer sacar pecho, por otro, el juego sigue siendo discontinuo. La sensación que se podría sacar es que ayer se tuvo más efectividad que la acostumbrada y que el contrario colaboró activamente como consecuencia de su desitalianización. Tal vez seamos nosotros los que ayer hicimos un partido a la italiana, con mucha más efectividad que efectismo. A lo mejor es una etapa intermedia necesaria para llegar a la meta del buen juego. Los primeros partidos nos dejaron un regusto de buen trato al balón al que no acompañaron los resultados. Tal vez deberíamos darnos una tregua y agarrarnos al resultadismo durante tres o cuatro partidos antes de emprender empresas mayores. Podría ser una solución. Podríamos italianizarnos por un tiempo. Sin mediapuntas, eso sí. Pero con ese estilo que solo ellos tienen, el del gol injusto con el trasero en el minuto 95. El estilo que tanto gustaba a Enzo…perdón Prudencio.

lunes, 17 de octubre de 2011

Cronicas de la Alhambra...con sus detalles y todo...

Los libros de historia, al igual que los periódicos deportivos, son proclives al titular fácil y a omitir detalles que pudieran tener trascendencia. Un ejemplo de ello es la famosa frase de “Roma no paga a traidores”, pronunciada por algún tribuno senatorial remiso a pagar su deuda con los asesinos de Viriato. Lo que no dicen los libros de historia es que el tribuno añadió, en un alarde de empatía, “…pero id a preguntar al Manchester City, que paga cláusulas sin mirar si es a traidores o no”. Tampoco los historiadores se hacen eco de las palabras de la señora esposa de Arquímedes al ver cómo el empuje del cuerpo de éste desalojaba agua de la bañera por toda la estancia mientras gritaba ¡Eureka!: “Arquímedes, que el baño está recién fregado”. Como ven, pequeños pero importantes detalles.

Otro ejemplo de estas citas célebres en las que se difumina el contexto es la que la madre de Boabdil acuñó cuando su hijo hacía pucheros mirando con nostalgia el perfil de la Alhambra: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Lo que los libros no dicen es que Boabdil, sultán de Granada, se llamaba Boabdil Gregorio, poco queda escrito sobre su algo artificial tez olivácea ni sobre cómo gustaba de vestir elegantemente, cambiando de turbante o de patilla de gafas con profusión. No se menciona tampoco que las duras palabras de la madre que le parió fueron consecuencia de la cobarde estrategia que planteó a la hora de defender la ciudad nazarí ante el acoso del ejército cristiano. Más detalles, tal vez pequeños, pero relevantes.

Boabdil Gregorio, al que se conocía como Goyo con afán de economizar palabras en aquellos tiempos, también de recortes presupuestarios, dispuso una defensa de la ciudad basada en el trivote. Una línea de soldados delante de la retaguardia que, en anteriores batallas, fue recibida con buenos ojos ante el historial de descontrol que poblaba el curriculum en lucha de los sitiados. Pasadas ya varias jornadas desde las primeras escaramuzas, el trivote de capitanes moriscos se antoja redundante, espeso y hasta urticante a la hora de entrar en combate. No crean ustedes que el sultán Goyo fuera un iluminado por plantear las contiendas de esa manera, ni mucho menos. El doble o hasta el triple pivote de contención era una práctica adoptada a la moda de tierras florentinas y genovesas desde hace tiempo. Se trata de un recurso reservón y algo cagueta del que hacían uso con ligereza adalides de poco arrojo. Si además, como en el caso que nos ocupa, dos de ellos, los de cabello más largo y ensortijado, mostraban blandura de ánimo y abulia en la carrera, para qué queremos más.

A pesar de lo bien armadas que creía Boabdil Goyo a sus mesnadas, solo la desorganización del animoso pero bastante inofensivo ejército cristiano que sitiaba la explanada de los Cármenes no hizo que la derrota cayera sobre los hombres de Goyo en los primeros episodios de la batalla. Especial mención hacen las crónicas de la época de las dificultades que sufrió el responsable del flanco derecho, un mozárabe de Crevillente reconvertido a lateral por obra y gracia de las tácticas avanzadas del jefe musulmán y de la mala planificación a la hora de confeccionar la tropa. Por el lado izquierdo no crean que la cosa fue mejor, no. Por allí no atacó tanto el enemigo, pero en ese lado tomaba posiciones desde hace tiempo un soldado de frágil carácter, Filipe. Un artillero del que se tenían las mejores referencias cuando luchó en las guerras de tierras celtas pero, que desde su llegada a las filas de los sitiados, no acaba de mostrar esa maestría con el arcabuz que se le suponía. Les hablaba de las dos alas y sus dificultades pero no sería justo olvidarnos del centro de la retaguardia, tal vez la parte más entonada de la soldadesca mora. El dúo defensor junto al cancerbero y guardián del puente levadizo fueron tal vez de las pocas buenas noticias que acaecieron.



¿Delante? Delante la cosa no mejoró mucho. Desconectados de la guardia del triple pivote y desesperados. Desesperado el emir Diego, en quien debía recaer la labor de creación a la hora del combate, su falta de munición en forma de balón a la hora de dar el último pase hizo que acabara bajando a ayudar a los de la línea conservadora descuidando su importante tarea. Desesperado también el bereber Falcao, sin flechas con las que cargar su certera ballesta, buscaba sitios en los que ayudar a sus compañeros a pesar de su torpeza cuando no empuña un arma en sus manos. Desesperante, que no desesperada, fue la actuación en batalla del soldado de Utrera, aquel al que llamaban Reyes, probablemente porque su concurso en la contienda fue decisiva a la hora de decantarla hacia el bando de los Católicos, los Reyes, se entiende. El de Utrera, con los oídos llenos de de cantos y romances que ciertos juglares glosaban sobre su grandeza y su necesaria convocatoria para la selección de mejores soldados de Castilla y Aragón, volvió a escenificar lo que desde tiempos inmemoriales se califica como hacer la guerra por su cuenta. Pensaba el aga Reyes que su calidad en la contienda era muy superior al del resto de sus camaradas, pensaba también que cualquiera que fuera el cristiano que cruzara aceros con él, siempre saldría vencedor. Tal era su obcecación y suficiencia insuficiente que varios de sus colegas pensaron seriamente en acabar con su participación a base de alfanje que le hiciera perder la cabeza. No lo hicieron aunque lo pensaron, a lo mejor porque el aga Reyes, sin cabeza, seguramente combatiría de igual manera. 

Ya a punto de entregar la plaza, Boabdil Goyo, en un movimiento casi desesperado ordenó a la tropa ponerse a las órdenes de tres soldados venidos de Orán como refuerzo. En solo unos minutos, demostraron que uno de ellos, Paulo, podría haber llevado el peso defensivo de la contienda como había hecho en muchas otras, antes de que cayera en desgracia sin saber muy bien por qué. Otro, astur él y superviviente de las guerras con Don Pelayo, confirmó que debía siempre estar en la unidad de gala del equipo, por ser el que mejor visualizaba los espacios donde las batallas se ganan, por ser el que mejor se entendía con los de la vanguardia. Uno más, un herrero de Lusitania al que nadie había puesto una daga en las manos hasta ese momento, desequilibró y pudo desnivelar el curso de los acontecimientos de haber sido protagonista desde el principio. Detalles, en fin. Que no deben ser omitidos por relevantes.

Así lo refieren las crónicas de esos tiempos. Un ejército infiel derrotado, aunque no del todo. Todavía los hubo que justificaron la pérdida de Granada y buscaron señales positivas en el hecho de mantener porterías a cero. El ejército enfiló el camino a las Alpujarras frío, desmoralizado, sin tener claro hacia dónde les llevarían futuras batallas a lo largo de otros reinos. Boabdil Goyo arrastró durante largo tiempo fama merecida de acongojado. Los sitiados erraron sin rumbo fijo, arrastrando los pies y lamiendo heridas por las que se escapaban hemorragias de puntos de los que más tarde se acordarían. Llegarían futuras escaramuzas, algunas ganadas, otras perdidas. Todas ellas escribieron la historia del ejército que luchó en la ciudad de la Alhambra. Una historia que será revelada en futuras entregas. Una historia en la que los detalles, por pequeños que estos fueran, deberían haber sido tenidos en cuenta. 

jueves, 6 de octubre de 2011

"Ligus interruptus"

No me gustan estos parones auspiciados por la FIFA en medio de las competiciones domésticas. Me parecen incluso peores además cuando se producen recién empezadas ligas, copas y competiciones europeas. No son fechas para estos partidos de selecciones. Ahora son tiempos de pensar en si la tarjeta amarilla que te acaban de sacar te impedirá jugar el próximo domingo, no dos semanas después cuando el cardenal de la patada donada graciosamente ya ha desaparecido de la canilla del atacante. Me parecen el injerto de un peral en una mata de fresas. Me parecen una llamada a la hora de la siesta del domingo. Me parecen una interrupción impertinente. Un “ligus interruptus”, vamos.

Ahora que estamos así, en confianza y ya con el traje y el tacón quitado, les diré bajito que a mí estos partidos no me motivan. Me llaman más la atención, por irme a un extremo, las pachangas veraniegas del Atleti, ¿qué quieren que les diga? Y miren que los veranos para los que soñamos en rojo y blanco son casi de todo menos ilusionantes desde hace casi un cuarto de siglo, desde el secuestro que sufrimos por parte de apropiadores y cooperadores. Pues, aún así, me provocan un mayor cosquilleo esos partidos con olor a aftersun que los clasificatorios de la Roja. Y si el partido de nuestro equipo es de competición oficial, no les cuento. Llámenme poco patriota, llámenme nacionalista colchonero, llámenme al móvil por las mañanas y al fijo por las tardes, que atenderé debidamente. Pero es así, no puedo remediarlo.

No crean que no me alegro de los éxitos de la selección, ni mucho menos. El que suscribe fue el primero en salir a la terraza de un hotel del extranjero a sacudir a gritos la piel de gallina que le puso el gol de Iniesta hace un año y pico. Con tintes de pasodoble, no les digo más ¡Qué bien saben ciertas cosas fuera de España! Pero no me pidan que compare porque, para mí no es lo mismo. Si hubiera sido el gol de Torres, hubiera estado más cerca, por sentirlo como algo un poco más nuestro tal vez. Pero los goles que se le marcan a Armenia no los acabo de interiorizar de la misma manera que uno de Koke, aunque sea en semifallo y en flagrante fuera de juego. Son cosas que pasan.



Dejaré pasar estos días poniendo el punto muerto en la marcha que ya tenía engranada: la de hablar de rotaciones, de sistema más o menos simétricos, de si prefiero a Miranda o a Godín para acompañar a Domínguez o de si Turán y Adrián son estrechos de pecho o es que les han dado camisetas de la talla S. Me dedicaré a otras cosas. Asuntos que, en comparación, me parecen más interesantes a día de hoy. A mi juicio, quede claro. Pero es que a mí, hablando de comparaciones de gritos y sus decibelios, no hay gritos como los que proferí cuando marcaron Forlán o Pantic. Salieron de muy hondo. Es lo que hay.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Extracto del diario de sesiones

Acta de la tercera sesión ordinaria del periodo 2011-2012 celebrada por el Senado Atlético representativo y autóctono del Bar Casa Maxi.


18:00 horas: Se inicia la sesión del senado atlético dos horas antes del comienzo del partido a requerimiento de los horarios que tan bien reparte la Liga de Fútbol Profesional. Preside la misma el actual arrendatario del local, Don Maximiliano Autillos, y modera y administra Don Santos Tenderete por su condición de parroquiano más veterano al ocupar el mismo taburete en el local desde hace veintitrés años, sin importar que el local haya pasado por las denominaciones de El Rincón Alcarreño, Bar Asunfer y Sauna Delfos (hecho éste que provocó más de un malentendido con clientela puntual del establecimiento con respecto a la identidad sexual del señor Tenderete).

Asistentes:

Don Maximiliano Autillos
Don Santos Tenderete
Doña Adelaida Minucias
Don Epifanio López de Pantorrillas y Rocamora
Don Arístides Ventolera

Orden del día:

1) Estado del equipo prepartido:

Los asistentes no son capaces de llegar a un acuerdo total al respecto. Tras dura controversia se acepta utilizar como símil de la situación del equipo el de la botella medio vacía o medio llena según quien la mire. Consta en acta la enérgica protesta del presidente y gerente del bar ante la figura buscada para comparar, dadas las voces maledicentes que le acusan de rellenar las botellas de vino y agua mineral con agua del grifo sin hacer distinciones. Los próceres del senado atlético opinan que el equipo no anda mal, pero que es pronto para lanzar las campanas al vuelo y aportan como prueba duras caídas ocurridas en nuestra reciente historia. 

Unánimemente acuerdan calificar rotaciones de ciertos jugadores como peligrosas y se decide destinar un presupuesto de 100 euros, recaudados en base a las cuotas de consumo en el bar, a poner velas al santo que más milagroso se haya mostrado en el último trienio para que Falcao no se lesione.
Sin más asuntos que tratar, la sesión se levanta, como de costumbre, cuarto de hora antes del inicio del partido, estimándose un receso de dos horas menos cinco minutos, por los cambios, más que nada.




22:00 horas: Se vuelve a levantar la sesión alcanzado un quórum mínimo y disculpando al señor Ventolera, ya que, fruto de un avenate tan propio de él como acorde a su apellido, anunció que se iba para Neptuno con el objeto de ir guardando sitio ante futuras celebraciones que habrán de llegar.

2) Estado del equipo postpartido

Por primera vez desde que se constituyó ésta asamblea el acuerdo ha sido unánime, por lo que serán de inmediata vigencia las siguientes disposiciones:

·         La botella no es que esté medio llena, es que rebosa a ojos vista.

·         En cuanto a la defensa, se estudiará la posibilidad de incluir a Miranda y Domínguez en el listado de centrales míticos. Los laterales pasarán directamente a denominarse puñales hasta nuevo aviso. En futuras sesiones, y de continuar la dinámica existente, se postularán calificaciones análogas para otras líneas del campo.

·         El senado se pondrá en contacto con el departamento de prensa de Don Gregorio Manzano para hacerle llegar un escrito pidiendo disculpas por la falta de ilusión y hasta el fastidio con el que fue acogido su nombramiento como técnico. Se adopta también la decisión de declarar las rotaciones como "bien de interés colchonero".

·         Por aclamación, se ha aprobado el arriado del jamón que llevaba desde la apertura del negocio hostelero (y posiblemente más, según confirma un epatado Sr. Tenderete) colgado del ventilador. Se decide ponerlo a remojo y ver su evolución tras la imposibilidad de ser cortado aún con la sierra de calar que la Sra. Minucias guarda en el maletero de su utilitario para ocasiones señaladas.

·         Se propone la apertura de la peña Falcao con sede social en el local. Se emitirá petición de hermanamiento con el colmado colombiano de la acera de enfrente de cara a próximos acuerdos de colaboración. El Sr. López de Pantorrillas y Rocamora anuncia incluso que, de ser un varón el bebé que espera su hija la mediana, propondrá convencido el poner al niño de nombre Radamel, aunque ello rompa una tradición familiar que se remonta a varias generaciones.

Se levanta la sesión entre vivas varios a Colombia, a la madre que los parió y algún que otro recuerdo de menor calado sentimental a la familia del señor árbitro que dirigió el encuentro. Se acuerda también la instauración del estado de euforia algo menos comedida, al menos hasta el próximo fin de semana. 
  
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Damas y caballeros. Queridos todos, intentemos mantener los pies en el suelo pero, disfrutemos mientras podamos y atrevámonos a decir sin temor a equivocarnos que Falcao es un delantero de escándalo.