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jueves, 1 de diciembre de 2011

Fresca tarde de excusas y meriendas-cenas

“Pues sí que es mala suerte que a su hijo le haya sobrevenido un ataque de varicela galopante y tengamos que cerrar la tienda antes”

“O sea que no se va a quedar a la auditoría porque tiene una filtración en la general bajante y tiene dos palmos de agua en el cuarto de la plancha”

“Usted verá, Minglanilla, váyase si lo cree oportuno pero este pedido tiene que salir hoy por muy inquietante que sea que a su suegra haya habido que ingresarla por envenenamiento al morderse su propia lengua”


Estos horarios tan europeos hicieron que la tarde se llenara de excusas a lo largo de nuestra geografía. Tuvieron los atléticos que lanzarlas indiscriminadamente para llegar a casa a tiempo de ver a su equipo en Glasgow. La ocasión merecía la pena, por el rival, por el campo y por la historia que lleva prendida de la solapa este enfrentamiento desde aquella épica batalla del 74. Amén de las excusas, todos procuraron organizarse con celeridad. A los niños se les dio de merendar antes que de costumbre, a los perros se les brindó un paseo apocopado en el que casi no les dio tiempo más que a culminar los ciclos excretores de sus sistemas digestivos, a los manjares que se agolpan en las neveras se les comunicó que no saldrían porque esa noche tocaba comer de lata o llamar a la pizzería. Finalmente, los hinchas se sentaron delante de la tele, todavía con la corbata al cuello o las medias buenas puestas. Hasta hubo tiempo de ponerse un bolecito con patatas fritas, con cortezas o con aceitunas mancilladas por pepinillos sátiros. Por los pelos, pero llegaron a tiempo…

Manzano nos dio más excusas para torcer el morro con la alineación. Salían del equipo Domínguez y Assunçao, dos de los más destacados en esa otra batalla carnicera (o eso se siguen empeñando en decir los palmeros del ser superior) que se libró el fin de semana pasado y volvían a hacer dúo dos de las parejas que nos alteran más: Mario y Gabi y Godín y Miranda. Empezó el partido movidito: con Salvio demostrando que debe tener gol pero que no se acuerda de dónde lo ha dejado, con Courtois sacando dos balones a bocajarro que nos hubieran atragantado los aperitivos, con los mediocentros poniendo excusas peregrinas para no destacar ni en defensa ni en ataque. Parecía un partido de esos tan de ida y vuelta que suelen acabar para nosotros en vuelta con las orejas gachas cuando los dos por los que debe pasar todo empezaron a mirarse, se hicieron señas secretas que sólo los bajitos y culibajos conocen y se adueñaron del partido, hecho éste no muy difícil por la calidad del adversario. A Arda y Diego me refiero. Llevan estos dos algunos partidos a un más que aceptable nivel. Ambos dos, demuestran ganas y compromiso, algo raro de encontrar en bastantes de los que antes se ciñeron la rojiblanca viniendo con el cartel de artistas. A pesar del desafortunado cambio que el párroco Don Gregorio recetó al carioca en el combate sangriento del sábado, Diego sigue mostrando ganas y parece que no afronta tan acelerado los partidos. Aún así, todavía tenemos ganas de verle compartiendo mediocentro con Assunçao, los dos solitos, para ver cómo funciona el equipo. Arda es caso aparte. Desde su llegada se ha convertido en uno de nuestros ojitos derechos, siempre deja detalles de hechicero del balón y ayer abrió el camino del gol con la inestimable ayuda de un defensa que se agachó ante su disparo como antes lo hicieron otros jugadores precursores de la protometrosexualidad jugando contra la Yugoeslavia de Stojkovic en el mundial del 90.



Vayamos ahora con los dúos de los que les hablaba antes. Aprobado raspón para los centrales, que no consiguieron más nota por su tendencia a acularse, al patadón espinillero y por no dar sensación de tranquilidad a pesar de tener enfrente delanteros limitados. Les ayudó mucho Perea, ayer notable, demostrando que la cacería que se ha organizado con él como pieza protagonista no le afecta. En cuanto a los mediocentros, Gabi estuvo más entonado, sobre todo en las fases de ataque, Mario volvió a fallar. Vaya por delante que Mario gustó la temporada pasada en la mayoría de sus actuaciones. También a favor suyo juegan el hecho de ser de la casa y la personalidad que hay que tener para lucir ese peinado que homenajea al anidamiento de la grulla parda, pero está dejando pasar demasiadas oportunidades. Impreciso en el pase, lento en la transición y descolocado posicionalmente en defensa, se empiezan a acabar las excusas para mantenerle en el equipo con tal asiduidad. Ya se sabe que cada entrenador tiene sus filias y fobias y Suárez se cuenta entre los antojitos de Goyo, pero se echa de menos un mejor reparto de las oportunidades con Koke por ejemplo, al que se sospecha casi hastiado como lo estará Joel, como lo estará Pulido y como lo estarán muchos más que sumar a los Ibrahima, Keko, Cedric, Borja, etc., ante la cobardía de los últimos técnicos y su tendencia a ningunear la cantera (probablemente jaleados por una directiva que sabe que los canteranos, de comisiones, andan justos).

En definitiva, partido aseado ante un rival justito. Victoria fuera, lo que es noticia, y en un campo con mucha más historia que espectadores ayer. Un campo que fue regado hace años con el sudor y la sangre de unos melenudos atléticos que hicieron historia y en el que estos rojiblancos del futuro ganaron como no debía ser de otra manera. Hay ocasiones y rivales ante los que no valen excusas…Y siendo el Atleti, esas ocasiones y esos rivales deberían ser casi todos.

“Claro, no te comes las verduras porque te has puesto de panchitos y de aceitunas violadas como el tenazas…Siempre la excusa del fútbol”

viernes, 16 de septiembre de 2011

Otros tiempos. Buenos tiempos

Olía a gran partido. Olía a partido histórico. Se aderezaba además con una cuenta pendiente abierta durante treinta y siete años. Desde que desarrollamos un discutible uso de razón, nuestros mayores nos han puesto al día hablando de ésta y otras mil batallas. Tal vez de ésta, más veces. Contiendas que las aficiones guardan en un código genético común que comparten varias generaciones. Los que en esa época andábamos más preocupados por inquietarnos si se retrasaba el batido de frutas, hemos asumido como nuestra la actitud heroica y la defensa numantina que ocho valientes tuvieron que hacer cuando tres de los suyos cayeron abatidos por las balas rojas y amarillas que disparaba un árbitro turco con nombre de gigante y leyenda negra de igual tamaño para nosotros. Algo más que un encuentro y que un resultado. Una contienda étnica entre los melenudos morenos y los pelirrojos desdentados. Historias de otros tiempos. Buenos tiempos.



Tiempos en los que se acudía al estadio de traje. Tiempos en los que podías acceder con banderas de mástil de madera, con bota de vino y hasta con tapones de refresco, ese elemento tan peligroso para la seguridad pública que se requisa sistemáticamente provocando escenas en las que aficionados se beben casi de un tirón dos litros de bebidas carbonatadas en la puerta con un guardia jurado de testigo mudo, como el barman de un club de entreguerras con sucursal al lado de un torno. Tiempos en los que las camisetas no eran ligeras, tiempos en los que el sudor se exhibía como una medalla en ellas. Tiempos de escudos hilvanados sobre las mismas. Eso sí era sentir el peso del escudo físicamente. Peso y roce. Costuras de un escudo que pellizcaban corazones con su roce. Tiempos de pantalones estrechos. Tiempos en los que los protagonistas no eran tan guapos ni tan ricos, pero no eran tan tontos ni tan arrogantes, ni mucho menos. Cosas de otros tiempos. Buenos tiempos.

Durante la semana, desde las islas se ha recordado la eliminatoria de hace ya años con ese respeto por las tradiciones que los británicos atesoran. Hablando de tradiciones, se dice incluso, posiblemente exagerando, que cualquier jugador que ficha por uno de los históricamente grandes equipos del lugar debe pasar una mañana con una vieja gloria que se sienta con él para explicarle qué significa esa camiseta, ese estadio, qué ha pasado allí y cómo debe comportarse. Decía yo lo de exagerando porque no parece fácil imaginarse a Reyes a su llegada a Highbury asimilando lecciones de historia gunner de la mano de un veterano y sacando nota en un control sorpresa. Como les decía la prensa británica, en su vertiente amarillo limón, desempolvó historias de otros tiempos en la previa del partido, aportando testimonios que tildaban de escoria a las huestes rojiblancas. Por su parte, la prensa española deportiva, siempre más pendiente de un nuevo tatuaje en la nalga izquierda de alguien que se cree envidiado que de aspectos técnicos, contraatacaba con estadísticas de esas que se han puesto de moda en las retransmisiones para hacer más accesible el entendimiento del juego: “Es normal que vayamos perdiendo cero a cuatro, porque se han sacado menor número de corners a pierna cambiada y de empeine exterior que el contrario”, dicen algunos analistas de barra de bar influidos por la tendencia de inundar con datos el juego. Y es que el fútbol ya no es lo que era. Algo se ha quedado en el camino. Aromas de otros tiempos. Buenos tiempos.

Muchos nos enfrentábamos al partido con una expectación conocida aunque pocas veces vivida. Un cosquilleo transmitido hace años y dormido normalmente. El caso es que no fue para tanto. Tal vez porque el contrario se presentara vestido de Borussia Dortmund en vez de con la camiseta compartida con el antigua Sporting de Lisboa, ahora Sporting de Portugal por obra y gracia de los tiempos modernos. Tal vez porque sea difícil que los contendientes lleven ese cosquilleo en sus entrañas habiendo nacido en Corea, en Colombia o en Constantinopla. Fue un partido más. No fue malo, no crean. Un partido en el que cada uno siguió el papel marcado a rajatabla: el goleador estrenó una cuenta que esperamos fructífera, el cerebro descerebrado se ofreció, creó y templó, el gambeteador gambeteó y conquistó líneas de fondo para regalar goles con lacito, el portero de flequillo parabólico se volvió a mostrar seguro para mayor gloria del magnate ruso del gas conducido y el equipo asumió las rotaciones con una solvencia inesperada. Pero faltó algo. No sé. No les podría decir qué. A lo mejor alguien acalambrado que sale medio cojo para rematar un gol. Puede que una venda de esas que se pone en la cabeza para tapar hemorragias con un toque baturro. Ya les digo, no lo tengo claro. Solo sé que me dejó una sensación de añoranza. Algo extraño para los que no hemos tenido la suerte de vivir tantas noches con ese cosquilleo alojado en las tripas. Habrá que acostumbrarse, porque esas parecen sensaciones de complicado rescate. Sensaciones de otros tiempos. Buenos tiempos.