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martes, 1 de marzo de 2016

Creer o no creer

Creer o no creer, esa es la cuestión. Costaba entender, aun sin mirar de reojo la clasificación, los muy diferentes estados de ánimo con el que los contendientes afrontaban el derby del pasado sábado. A un lado, un Atleti sumido en una depresión ficticia causada por tanto cero a cero. Al otro, un rival exultante, montado en la nube del efecto Zidane, nuevo becerro de oro nacido de la unión de un exceso de ruido mediático y de varios goles en fuera de juego. Medios, casas de apuestas y minuciosos analistas balompédicos de calva reluciente volvieron a equivocarse. Ningunearon el poder de creer.

La gran diferencia entre los dos equipos radica en la fe. En el vestuario rojiblanco no hay lugar para la disidencia. El grupo cree a pies juntillas en que Simeone podría abrir el Mar Rojo si se terciara. No extrañaría ver a los jugadores lanzándose por un acantilado con una sonrisa si el técnico lo pidiera. A orillas del Manzanares no cabe más fe que la verdadera: el Cholismo. Unos kilómetros más al norte, la fe anda agotada de tanto trasegar. Una nueva religión a abrazar surge cada cuarto de hora. La consecuencia es un conjunto en el que cada uno cree en sí mismo y a veces ni eso. Ya vendrá el flamante y efímero ídolo de las cuatro y media a sacarles del embrollo.



El partido se lo llevó el Atleti por creer en lo que hacía. Imposible plantear otros caminos hacia el triunfo que no pasen por la presión, la solidaridad, los dientes apretados. Si además Griezmann se reencuentra, la retaguardia agranda su leyenda de inexpugnable y el centro del campo y Torres se mueven como un único ente, la suerte está echada. Enfrente, la dispersa ofensiva local se diluía en guerras personales. La unidad de la plantilla fue descabellada definitivamente por Ronaldo, ese exfutbolista, proporcionando además carnaza y motivos para la matización que llenarán horas y líneas a lo largo de esta semana.


Fe ciega frente a agnosticismo individual. La fórmula para pelear los derbys que El Cholo trajo bajo el brazo sigue siendo perfectamente válida. Lejos quedan aquellos tiempos en los que los de rojo y blanco saltaban al césped vencidos de antemano, fuera cual fuera la dinámica de cada uno. Estos partidos, desde entonces, han mutado en batallas que suelen caer del lado del ejército que más cree en la posibilidad de victoria: el que viste a rayas. Tal vez Guti no anduviese tan desencaminado en el desatino que parió antes del encuentro. Probablemente ningún jugador del Atlético quisiera degradarse a ser titular en el equipo de las mocitas.  

lunes, 5 de octubre de 2015

Hay partidos

Hay partidos que nacen con rictus de moribundo. Partidos de los que se espera una barbaridad, como de ciertas relaciones, aun sabiendo que la mayoría de ellas no merecerían trascender más allá del primer beso. Hay batallas que prometen un nuevo desembarco de Normandía y acaban en una escaramuza saldada con un herido por esguince de tobillo al pisar una piel de platano. Hay encuentros a los que les sobran ochenta minutos. Choques llenos de respetos o, lo que es peor, de pizarras, que quedarían perfectamente resumidos con unos minutos de descuento. Hay días del calendario marcados en rojo que traicionan todas las expectativas formadas. Hay partidos, como el de ayer, a los que les ocurren todas estas cosas que les cuento juntas.

Hay partidos que se dejan atrapar por la vulgaridad más absoluta sin proponérselo. Partidos llenos de burocracia en los que el balón es tratado por uno de los contendientes como un formulario ante la mirada prevenida del rival, que queda apoyado en el quicio de la ventanilla rezando para que no falte un sello, una firma, para que la fotocopia aportada esté compulsada debidamente. Hay encuentros que se asemejan a un mal poema, estrofas que ni ese verso suelto que siempre es Correa es capaz de resucitar. Hay contiendas que hacen imposible destacar a alguien. Rácanas en héroes, plagadas de villanos. Hay ocasiones en las uno maldice que el destino, que a veces toma forma de fax tardío, haya puesto en nuestro camino a un portero que para los suyos fue como un embarazo no deseado, por mucho que ahora digan.


Hay partidos llenos de ausencias: la intensidad, la tensión, alguna trifulca que acelere los pulsos. Hay encuentros en los se echa y se echará de menos al navarro de la nariz curvada. Se equivocaba Arbeloa, el mejor del Atleti ayer, cuando en la previa hablaba de que los de rojo y blanco esperan todo el año este partido. Lo que realmente esperaban todos era su presencia. Carrasco, Jackson, Filipe, todos querían transitar por la autopista de la ineptitud que construye el susodicho cada vez que comparece. Hay historias en las que un jugador de buen gusto técnico pasa a la posteridad rematando con la canilla un balón que casi se le escapa fuera. Hay choques que dejan sabor a incompletos pese a haberse antojado insufriblemente tediosos durante todo su discurrir. Hay obras en las que el planteamiento y el nudo no sirven de mucho, pero cuyo desenlace le deja a uno sensación de orfandad. Hay partidos que merecerían una mucha mejor crónica que esta, crónicas llenas de adjetivos grandilocuentes, de palabras esdrújulas con las que llenar la boca. Este partido solo lleva como equipaje estas pobres líneas. Hay partidos que no merecen más. 

lunes, 13 de abril de 2015

Coplas de la eliminatoria que se nos viene


Aun sin nadie que lo pida
abro el zurrón de consejos.
Sea por diablos o viejos
tenemos la piel curtida
y se distingue de lejos,
ya nos enseñó la vida,
la humareda difundida
por sus lacayos tipejos.

Tipejos, sí, y no es por nada.
A nadie casi ya extraña,
ver iniciar la campaña,
ver tanta hiena alineada.
Morderán aún con más saña
tras las dos lides pasadas.
Brillantemente ganadas
ante tales alimañas

Fue tocar en el sorteo
la bolita colchonera,
y ya la Central Lechera
comenzó con el goteo.
La práctica, muy rastrera,
El proceder, siempre feo.
Complejo es todo, yo creo,
de ahí se explica tanta cera.

Dicen que el Ser Superior
arrugó irritado el ceño:
“Cuando lo hace Butragueño,
toca siempre uno menor”
Habrá puesto mucho empeño
en subsanar el error,
pondrá un árbitro deudor,
de esas prácticas es dueño.

A mí el rival, la verdad,
casi me es indiferente.
Lo mejor del continente,
tendrá la capacidad
Pareciera más prudente,
rogar, aún por caridad
no tanta continuidad
al cruzar con cierta gente.

Si nos ha tocado en suerte
no trae miedo, trae fatiga.
Como cigarra y hormiga.
Nuestra vida, vuestra muerte.
Pues miren, antes que siga,
diré que no me divierte,
harto estoy de conocerte,
de ganarte en Copa y Liga.


Desde entonces, habrán visto,
todos los nuestros en venta:
si no se va, se le tienta.
si se queda, poco listo.
El titular condimenta,
como si fuera de un pisto,
que interesa a todo cristo,
incluida a su parienta.

Mucho se hablará en el mes,
de lo de equipo violento,
de que Cholo en sí es un cuento,
del puto noventa y tres.
Y dirán que es un portento
entre grandes hincapiés
el niñato portugués,
el rey chusco del talento.

Si la ida se torciera,
saldrá de nuevo la ouija,
por si por esa rendija
se aparece algún cualquiera.
El fantasma que así elija,
si alguno lo conociera,
valdrá para que creyera,
mocitas, hijos e hijas.

Pasarán pronto esos días,
no se apuren, pasarán.
Y otras fechas nos vendrán
también con anomalías.
Sus artes nunca podrán,
dejar nuestras voces frías.
Más probable es que te rías,
cuando juega Arda Turan.

No consuman, hagan caso.
Den la espalda a tertulianos.
Si quieren llegar a ancianos,
no cometan error craso.
Comentarios cotidianos
vertidos por un payaso,
se condenan al fracaso
si caen en cerebros sanos.

Solo una cosa además.
Solo una, poco pido.
Vivan partido a partido.
No les escuchen jamás.
Pero si en algún descuido,
ustedes no pueden más,
mándenles dar por detrás.
De esta forma me despido…

martes, 10 de febrero de 2015

Los desaparecidos

Extractos de las declaraciones tomadas a los testigos de las desapariciones:


“No fue una desaparición como uno se la imagina por las películas. Nada de naves espaciales ni haces de luz que te absorben, no. Fue escuchar el pitido final del partido y nos dimos cuenta de que ya no estaba y eso que era difícil salir del bar porque estaba de bote en bote. Ya ve usted señor agente, él, que siempre se quedaba a masticar el postpartido tras cada encuentro, a analizar gestos, caras y mohines. Como comprenderá estamos muy preocupados, claro, sobre todo porque tuvimos que hacernos cargo a escote de todo lo que se había tomado para olvidar el mal trago…”

Menos de 72 horas han pasado y todavía el gobierno no ha tomado las riendas de la situación. Uno no sabe a qué esperan nuestros mandatarios para declarar el estado de excepción y solicitar a la ONU el envío de una misión de cascos azules para localizar a los desaparecidos, para encontrarlos y permitirles volver a sus felices rutinas de jornadas laborales, noticias rosadeportivas y recuerdos nostálgicos de descuentos larguísimos. Claro está que los causantes de todos son los de siempre, los violentos. Aunque cierto es que los violentos esta vez solo mostraron agresividad para con las redes defendidas por ese portero cuasi jubilado que chirría de la misma forma saliendo por alto que anunciando productos capilares, sí, pero eso no se hace y menos a unas horas en las que te arruina todo lo que resta de fin de semana. ¡Qué disgusto les han dado estos de rojo y blanco a tantos y tantos ejemplares ciudadanos que desde el sábado pasado se han desvanecido!

“A partir de las 11 de la mañana empezamos a preocuparnos porque ella era siempre de llegar a las 8 todos los lunes pero pensamos que a lo mejor la niña le había vuelto a dar una mala noche y lo dejamos pasar. Lo más extraño fue que cuando volvimos a nuestros sitios tras la parada del café todos los expedientes estaban tramitados en la bandeja de salida. Justo antes de comer vimos con sorpresa como de debajo de la mesa salía una mano que cogía el teléfono y al acercarnos a su sitio la vimos allí, agachada, con la mirada perdida y el pelo alborotado, musitando nosequé cancioncilla de las mocitas madrileñas…”



No crean ustedes que los medios se hacen eco tampoco de estas desapariciones en masa, de eso nada. Andan los medios hablando de saraos, de divisiones y de actitudes y, como tantas veces ocurre, a uno le extraña que no se hable de los abducidos de la misma forma que le sorprende que tampoco hablen de unidad, de compromiso y del juego celestial que el equipo supuestamente violento bordó. Sé que ustedes están acostumbrados al ninguneo diario pero, en ocasiones como estas, uno sigue poniendo a prueba los límites de su sorpresa ante que venda más buscar tiritas para el vencido que laureles para el vencedor. Desayunaremos, comeremos y cenaremos en los próximos días con pormenorizados análisis de las canciones que sonaron en un cumpleaños, con una comparativa de si los combinados fueron de primeras marcas nacionales o de importación y hasta de si el cantante de cumbias venido para la ocasión tuvo una caída de ojos desmayada con la alimaña balóndorada, que como está vulnerable últimamente todo podría ser. Nada se oirá de la pizarra que se merendó a la otra, de ganar la pelea en el medio del campo hasta borrar de la faz del terreno al adversario, de las gigantescas pequeñas victorias en cada balón dividido. No consuman, insiste de nuevo el artífice de todo.

“Yo siempre le guardaba dos barras: una integral y una de picos, porque se le ve que le gusta mojar pan y su esposa cocina que da gusto, todo sea dicho. Después de tres días sin venir se acercó una vecina a mi local y me dijo que venía de parte de su suegra para decir que andaba como alma en pena por casa, hablando solo y haciendo bicicletas para regatear al paragüero, y que si por favor les podía vender pan aunque estuviera duro, porque se les habían acabado hasta las galletas después de untar el foiegras en ellas….”

Pasarán estos días de a mí el fútbol no me da de comer, estas fechas de yo no pude verlo por un compromiso ineludible y los desaparecidos volverán de manera tan traidora como se fueron. Con esa cobardía que siempre pintó sus caras en la derrota, volverán con el pecho henchido por alguna hazañita de andar por casa, lo mismo tres goles de penalti justito a un equipo con diez que lucha por el descenso. Se harán los encontradizos en las máquinas de café pasadas unas semanas para hablar de una goleada insustancial. ¿Pero usted no estaba desaparecido? , ¿Se ha encontrado ya?, preguntaremos con fingida ingenuidad mostrando una sonrisa socarrona y saboreando de nuevo los cuatro goles que propiciaron la desaparición en masa…

“A mí cuando me dijo que se iba a por tabaco me extrañó porque él nunca ha fumado, pero como cuando hay fútbol se pone muy tonto no le hice ni caso. Luego caí en que además de no fumar, los sábados por la tarde no abren los estancos y ya me llené de azar porque mi Eulogio es muy bueno, pero también muy rata para ponerse a comprar tabaco en el chino. ¡Ay mi Eulogio, que lo mismo está tirado en una cuneta con su camiseta blanca emirates y su gorro con forma de balón de oro! ¡Snif!...” 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Coincidencias

Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Parecía que iba a morir el encuentro firmando tablas y una estrella que vino de Oriente, como aquella que guio a los Magos, le dio una voltereta a un partido que pensaba ya en el restaurante al que iría a cenar tras ducharse y recoger a la novia y se llevó el Atleti de nuevo un derby, lo que empieza a ser costumbre y hasta asignatura de estudio en facultades de psicología bajo el epígrafe de teoría aplicada del Cholismo. Justo cuando salió Arda Turan al campo para apropiarse debidamente del encuentro, Doña Marcelina Desencuentros, de 78 años de edad y vecina de Asaltamontes del Arroyo, provincia de no me acuerdo dónde, se encendía un cigarrillo rubio sin boquilla, lo que provocó gran sorpresa entre sus hijos y nietos, convocados en el patio de su casa para degustar el acostumbrado arroz con langostinos de cada sábado.

Sorprendió Simeone de salida, algo que suele hacer cuando la cita es importante, y puso al mexicano confundido en sus amores sobre el tapete del estadio cuyas torres de las esquinas parecen atracciones de un parque acuático. Quedaban en el banquillo también Mario, lo que en partidos grandes reconforta un poco, no lo neguemos, y Arda, del que no se sabía si andaba todavía renqueante. Se vio también a Cerci y a Griezmann en el banco y uno pensó que si el partido se torcía pudiera haber argumentos para cambiarlo, sin duda tocado por un don profético que servidor atribuye a los gases que se acumularon tras excederse con las bebidas carbonatadas en la previa del choque. Nació el partido de manera esperable: aguantando el Atleti agazapado, prietas las filas, hurtando de nuevo al rival su alimento favorito, los espacios, y también de manera esperable se adelantaron los nuestros a balón parado. Fue Tiago quien remató esta vez también en el primer palo con la complicidad de su marcador y de un portero cuasijubilado que ya no está para ciertas lides ni para anunciar champús anticaspa.

Pecó el Atleti de conservador en los minutos que siguieron al tanto. Se aculó en demasía y ese paso atrás trajo bajo el brazo los momentos de mayor peligro para nuestra portería. Suerte de contar con Moyá, del que no solo se puede decir que le haya comido la tostada a Oblak en su pulso por la titularidad, sino que está consiguiendo la impensable hazaña de que la nostalgia por Courtois se diluya en los corazones rojiblancos. Empató el rival de manera también acostumbrada, por un penaltito evitable de Siqueira y la primera parte falleció envuelta en un dominio estéril de la escuadra diseñada para la venta de camisetas fucsias.

Comenzó el segundo tiempo siguiendo los mismos derroteros: el Atleti atrás, bien pertrechado pero desconectado de un Mandzukic que no parece casi ni croata cuando se aleja del área y de un Jiménez que rivalizaba con Arbeloa en el certamen local de malos y peores controles orientados. Amenazaban los de rojo y blanco en algún balón parado y tenía el balón el rival para no saber qué hacer con él.



Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Faltaba una media hora para que el choque certificara la cara de empate que llevaba puesta y la tablilla del cuarto árbitro se iluminó para anunciar que entraba el 10, que debutaba el turco en partido oficial y que lo haría sustituyendo a Gabi. Nada más entrar en el campo se puso a señalar y a hacer gestos ostensibles a sus compañeros para darles instrucciones: tú, Koke, ponte a hacer de Gabi; tú, Mandzukic, acércate más al área, hombre, que no muerde; tú, Tiago, sigue así, que estás hecho un coloso; tú, Jiménez, mira a ver si te vas a tomar por el mismísimo…Parecía que la salida de Arda sirviera para que cada uno supiera qué hacer, para que cada uno, excepción hecha del azteca desenamorado que fue pocos minutos más tarde sustituido por Griezmann, recordara cuál era el rol que le tocaba desempeñar. Fue salir Turan y se hizo dueño del partido y del balón, hecho que alegró sobremanera a un esférico mareado de tanta posesión sin enjundia y el balón se le agarró del brazo para jurarle amor eterno, se le cosió a la botas como si no hubiera conocido otras patadas en su vida que las que el otomano le propinó. Mientras tanto, Doña Marcelina aspiraba su pitillo con delectación e incluso hacía círculos de humo que se diluían con la brisa del anochecer.

En una ocasión previa pudo el balón corresponder al excelente trato con el que Arda le estaba obsequiando pero decidió salir rozando el poste ante la mirada consternada del portero-anuncio pero quiso el destino que fuera a la segunda cuando el turco rematara una jugada donde todos los que participaron lo hicieron de manera brillante, como si supieran que no podían agregar un control con la canilla a esa jugada, como si intuyeran que esa jugada pariría un gol que supondría una victoria en casa del amargo enemigo fucsia. Tanto Griezmann como Juanfran, tanto el amago de Raúl García como el remate de Turan resultaron medidos, perfectos. Justos y necesarios. Inapelables para un contrincante con más ambiciones textiles que futbolísticas. Dicen los que allí estuvieron, en el patio de Doña Marcelina digo, que fue rematar Arda con dirección a la red y la casi octogenaria señora se puso a toser como se tose cuando uno se echa un poco demasiado de nicotina para el bronquio, aspecto que provocó la alarma de su hija Eduvigis, que llevaba un tiempo sosteniendo que a mamá se le está marchando la cabeza.


Discurría el partido por los cauces esperados y, como si fuera una broma del destino, coincidieron en espacio y tiempo dos sucesos que explican el desenlace del mismo. Claro está que para ustedes y para mí, el suceso especialmente relevante para que el Atleti volviera a llevarse el gato al agua fue el primero. La imperial entrada de Arda Turan, tesoro bizantino de incuestionable calidad al que el equipo echa de menos como el comer cuando se ausenta. Aun así, incluso pareciendo sin discusión que la entrada del turco, y si me apuran, la de Griezmann, se muestran como los hechos diferenciales para el vuelco en el resultado del partido, uno, acostumbrado a que medios y analistas de camiseta fucsia justifiquen las victorias de nuestro equipo en base a las patadas que da, a la agresividad insana y a la villanía en general, no descarta que en esta ocasión no pudiendo agarrarse a la violencia haya alguien que señale a Doña Marcelina como causante de la derrota del emporio fucsia. Dirán que habrá sido porque la abuela fuma…

jueves, 6 de marzo de 2014

Mil perdones

Les ruego me perdonen. Pido perdón por no haber perpetrado crónica alguna del derby del pasado domingo. En mi descarga diré que no lo hice de manera consciente y premeditada, pero les pido disculpas por ello igualmente. El motivo de tal absentismo por parte del que suscribe viene a ocurrir porque uno, pidiendo perdón por delante, quería tomar distancia con respecto al partido. Verlo con perspectiva, dejándolo enfriar como si fuera la sopa castellana del restaurante de la esquina. Vayan mis disculpas de antemano, sí, pero uno no querría verter la amargura que ciertas cosas producen en el aficionado colchonero en ya demasiadas ocasiones y por eso ha dejado transcurrir los días sin comentar nada. Solo viendo y escuchando. Asimilando lo visto y mal digiriendo lo vivido. Por todo ello les pido perdón, claro.  

Pasadas ya un número de horas que éste que les habla considera suficientes, uno ha sacado la conclusión tras intensas reflexiones de que no queda otra que pedir perdón. Perdón por esto y por aquello. Mil perdones hay que pedir y quedarían cortos seguramente. Hay que pedir perdón por pretender asomar la cabeza a zonas nobles, a esas zonas vips diseñadas lujosamente para ser visitadas solo por dos. Perdón por incomodar, por querer saltarse el guión establecido. Perdón por no conformarnos, por soñar con los ojos abiertos. Perdón por querer vadear de un brinco la distancia que los presupuestos ensanchan cada temporada. Perdón por molestar y por no bajar la cabeza. Perdón por no sentir miedo. Perdón por rebelarse ante el maltrato de los señores de negro mandados por la patronal del esperpento balompédico patrio. Perdón por no asentir ante la injusticia y por levantar la voz cuando el libreto impondría silencio. Perdón por ser humildes y perdón por plantear las batallas partido a partido.





Perdón también, cómo no, pide uno por lo que pasa sobre el césped. Perdón por no bajar los brazos ante un gol tempranero. Perdón por apretar los dientes y los puños, por marcar las venas del cuello con la tensión del momento. Perdón por tener a un capitán con mayúsculas, un capitán que se comporta como un teniente coronel de estado mayor. Perdón por caernos en el área contraria cuando se nos zancadillea. Perdón por protestar airadamente cuando el juez con pinta de monitor de gimnasio de barrio mira para otro lado. Perdón por no decaer. Perdón por los caracoleos a la turca. Perdón por las diagonales que rasgan defensas poco prietas y por los disparos duros a ras de suelo que iluminan las tardes frescas preprimaverales. Perdón por querer más, por no conformarse. Perdón por ir a los balones divididos como si fueran los últimos balones existentes en el orbe. Perdón por no hacer más para que los que caen fulminados por un soplido puedan optar a un premio de interpretación. Perdón por no admitir como normal que un jugador con barba pelirroja, con la grima que da eso, se harte de medir las tibias de los contrarios sin castigo alguno. Perdón por no ceder. Perdón por achuchar y perdón, sobre todo, por creer que desde esa distancia se puede marcar un gol si se golpea al balón mitad con el empeine y mitad con el alma. Perdón por avivar debates internos sobre cancerberos que se tiran tarde y mal. Perdón por todo eso, que no es poco.


Habría que pedir perdón también por acorralar al rival, por subirse a los lomos del compromiso y la intensidad, que no de la violencia, y merecer más. Perdón por ello. Perdón por llegar a los límites de las fuerzas, por no tener banquillos llenos de jugadores que cobran cantidades obscenas de dinero por comer pipas bien resguardaditos. Perdón porque un segundo entrenador con trazas de campeón de los pesos crucero no admita la provocación reiterada. Perdón por tener un médico tan liviano como para salir despedido varios metros al ir a pararle. Perdón por todo, por no admitir lo inadmisible. Por no cruzarse de brazos y hasta por tener un mediocentro melifluo que regala balones al contrario que duelen como puñaladas. Perdón por asumir el empate como una derrota no siendo ese el destino escrito en los órdenes del día. Perdón por la ovación de una afición entregada a la causa. Perdón por las ruedas de prensa modélicas y perdón por no querer contestar a los técnicos que buscan excusas baratas. Perdón por no protagonizar tertulias nocturnas y por no gritar por encima de las voces del otro. Perdón hincando las rodillas pedimos todos.


Perdón, en suma, por ser como somos. Por no tragar, por preferir evitar inmortalizar la comunión con ruedas de molino en un recordatorio del evento. Perdón por osar siquiera a contestar al poder preestablecido. Perdón por estar tan cerca en la tabla. Perdón por tener ganado el golaveraje y por salir victorioso en caso de empate a puntos. Perdón por estar ahí a estas alturas. Perdón por colarnos en la fiesta sin invitación pero por méritos propios. Perdón por lo orgullosos que nos hacen sentir a todos estos jugadores y este técnico. Perdón por lo poco orgullosos que nos sentimos de los indebidos ocupantes del palco. Perdón por los porteros con acné juvenil, por los laterales profundos y por los centrales de jerarquía. Perdón por los grandes capitanes, por las delicias turcas y por Koke, que es muchísimo Koke. Perdón por los llegadores con gol y por los guajes. Perdón porque el delantero más en forma de la competición haya querido jugar con la selección de este cainita país. Perdón por mirar hacia delante y por nunca bajar la cabeza. Perdón por seguir creyendo, por ser testigos diariamente de este milagro. Perdón, nos arrepentimos por todo y valgan estas líneas como compromiso de que se volverá a repetir siempre que se pueda. No podía ser de otra manera.  Mil perdones….

jueves, 12 de abril de 2012

Cuando éramos mucho más jóvenes...

Cuando muchos de ustedes y yo mismo éramos mucho más jóvenes de lo que somos ahora, uno vivía partidos como este de una manera especial y diferente. Éramos tan insultantemente jóvenes, que los resultados y los puntos que se ponían en juego no se convertían en factores a los que aplicando un logaritmo neperiano y varios paréntesis que multiplicados por un número indeterminado de carambolas favorables en los marcadores de rivales que en ese tiempo no lo eran, nos pudieran otorgar un “siga usted buscando” en el rasca y gana del acostumbrado cuento de la lechera que supone una clasificación europea esmirriada y alevosa. Antes, el Atleti ganaba casi todos los encuentros y, en los que no estaba tan clara la victoria, como en partidos como éste, el resultado era de todo menos predecible. Les contaba lo de la insultante juventud porque en aquellos tiempos, encuentros así traían cola durante toda la semana, pero no en platós y estudios de tertulias de bufanda y vena hinchada, no. Antes la previa de los derbis se jugaba en los patios de los colegios.

Ya desde una semana antes, los recreos andaban convulsos con la ritual danza que se ejecutaba un par de veces al año. A un lado, esa mayoría de niños que simpatizaban con los colores asidos al señorío desde la victoria pero en raras ocasiones desde la derrota. Al otro lado, los niños del Atleti, que en ese tiempo no éramos tan pocos como lo son ahora y estábamos mucho más convencidos de nuestra condición. Bien es verdad que para este tipo de encuentros siempre se necesitaba rellenar la plantilla colchonera con ese compañero rarito que era del equipo exomesetario porque a su madre le gustaba el pelo de Neeskens y con el que era del Burgos porque sus padres acababan de llegar como quien dice a la capital siguiendo los flujos migratorios de la Transición española, ya que no en vano el ser atlético siempre ha tenido un toque de distinción especial y exclusivo que nunca ha estado al alcance de las masas.

Comenzaban las hostilidades con los mozalbetes dejándose la piel en cada lance, como hacían sus mayores en ocasiones así. Con porteros que se lanzaban a atrapar el balón en singular palomita sin tener en cuenta una nueva rotura de ese pantalón con tantas cicatrices como rodilleras cosidas de manera superpuesta para tapar agujeros y dar aspecto de piloto de MotoGp. Con volantes que seguían presionando entre bocado y bocado del gomoso bocadillo de mortadela. Con delanteros habilidosos y hasta algo chupones y con defensas en los que parecía nacer el bigote a pesar de tener apenas diez años. Defensas que colocaban a su equipo a golpe de voz atiplada de preadolescente. Todos fuimos Mejías, Pedraza y Rubio. Nuestro compañero de banco tiraba las faltas como Landáburu, el delegado bajito era un Marina resabiado y el gafitas de la clase corría la banda con la velocidad de Quique Ramos. Muchas veces perdimos y muchas otras ganamos esos partidos sin más descuento que el que otorgaba el timbre de vuelta a las clases. Casi nunca fueron capaces los profesionales de coincidir con nosotros en nuestros abultados resultados. Muchas veces se perdieron los partidos de los grandes, muchas otras se ganaron. Eso sí, en ese Atleti de mayores había también un defensa con bigote que tiraba la línea a golpe de vozarrón, miren por dónde.

Tras la sudorosa y agotadora previa, llegaba el día del partido. Uno se comía el arroz rápido y casi sin masticar para estar ya desde antes de las cinco pegado al transistor que moraba en el cuarto de estar. Allí, uno imaginaba cada jugada que se producía, se mordía las uñas, saltaba con las oportunidades e incluso con los anuncios de Boquillas Targard. Dependiendo del resultado nuestros padres, en un alarde de irresponsabilidad, nos dejaban trasnochar para ver los goles en Estudio Estadio y así poder sentar cátedra en el debate de la mañana siguiente sobre si Votava chutó o centró en aquel balón que se envenenó. Eso sí, los debates duraban hasta la hora del recreo. A un lado, los otros. Al otro, los del Atleti, reafirmados en sus creencias fuera cual fuera el resultado del día anterior. La rueda volvía a girar, esta vez para jugar el postpartido. Muchas veces ganamos y muchas otras veces perdimos….



Puso Simeone prácticamente todo lo que tenía en liza. De entrada parecía lo más razonable ir a por el partido sin pensar en utilizar tácticas más edulcoradas. Se aferraron los nuestros a la presión y también algo a la imprecisión en los primeros minutos. Salió un partido algo bronco. Espeso. Balón dividido y pugna viril. Casi sin darnos cuenta, se fue el Atleti asentando y, si alguien nos hubiera preguntado en ese momento, la emoción nos hubiera llevado a decir que no solo estaba dando la cara sino que incluso merecía. No crean que fuera aquello una hemorragia de oportunidades y de juego total, no, pero era algo. Toda una generación de atléticos se permitió creer un poquito a base de embestidas poco profundas, desde el que vivía su primer partido consciente con el chupete todavía en la boca hasta la que a sus trece años recién cumplidos vuelve a casa los viernes algo achispada y discute con sus progenitores por casi cada cosa. Ninguno de ellos vio nunca ganar al Atleti un partido contra este rival. Se dice pronto.  

Todas esas creencias que eran una sola se difuminaron a raíz de un gol típico de patio de colegio: cañonazo desde lejos que se traga un portero barbilampiño después de que el balón siguiera una trayectoria parecida a la que tomaban los esféricos de goma con logotipo de España 82 cuando eran golpeados con la uña del gordo. Baño helado de realidad. La pegada dicen algunos mientras otros maldecimos por lo raros que siempre nos parecen los goles que encajamos contra el equipo del parque temático petrolífero. Aún así, se levantó el Atleti, no de golpe, que eso siempre marea un poco, pero se levantó. Siguieron los nuestros intentándolo con más corazón que cabeza, con más esfuerzo que claridad. Se nos vino el descanso encima y muchos padres, en un alarde de responsabilidad horaria, mandaron a la cama a esos atléticos bajitos que creen sin haber visto. Fue lo mejor que pudieron hacer.

Fue lo mejor porque aunque se perdieron el gol que insufló una esperanza efímera, lo oyeron desde sus dormitorios justo antes de caer en los brazos de Morfeo y pudieron soñar con romper la dolorosa racha. Durmieron con la felicidad que da la ignorancia de no haber visto esos últimos minutos de sangría. De acularse en tablas, de penaltis atropellados e innecesarios, de televisores apagados entre imprecaciones y de gente pidiendo la cuenta en el bar veinte minutos antes del final. De impotencia y de asunción de que solo es posible la pelea montados en el caballo de una sobreexcitación que acaba acalambrando muslos y gemelos. De lo vacío que está el banquillo y lo llenos de apuntes que están los balances en el apartado del debe. Sí, fue lo mejor.

Puede que esta mañana esa generación de atléticos que han dormido como troncos no hayan caído en preguntar a sus mayores por el resultado final. Puede que no lo hayan hecho viendo las ojeras que el dormir atormentado ha dejado en los rostros de sus progenitores. Irán al colegio y evitarán hablar de fútbol centrándose en los ejercicios de fracciones y en cómo simplificar numerador y denominador con salero. A la hora del recreo se acercarán a sus compañeros con la inercia de cada día y se planteará el partido acostumbrado, no cómo un epílogo de lo de ayer, sino como un eterno prólogo del único partido que en estos tiempos importa. A un lado, esos que idolatran a la recua de lusitanos que celebran los goles de manera malencarada. Al otro, esos que simpatizan con el equipo del barroco ilustrado: azul mediterráneo y grana de falsa humildad transmesetaria. Se le unirán los niños del Atleti, esos de los que cada vez hay menos, para rellenar el partido. Se les añadirá también ese niño apocado que es del Burgos aunque ya nadie recuerde casi en qué categoría anda metido el Burgos. Jugarán el reñido partido con una certeza: de un tiempo a esta parte muchas veces perdimos, ya nunca ganamos. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

La mochila

Vamos los colchoneros por la vida con una mochila siempre a la espalda. Una pesada carga que llevamos a los hombros desde hace demasiado tiempo y que castiga nuestras vértebras lumbares y cervicales. El tamaño de la mochila y su peso es directamente proporcional a los años que llevamos siguiendo a nuestro equipo, siendo éstos pesos menos llevaderos si el veneno rojiblanco se metió en nuestro torrente sanguíneo hace ya décadas ¿Qué llevamos en esa mochila? Allí guardamos piedras, unas más pesadas y otras no tanto, pero con todas debemos cargar. Hay piedras muy difíciles de arrastrar, piedras destinadas a cimentar apropiaciones indebidas, cooperaciones necesarias, veinticuatro años de proyectos donde lo deportivo es secundario, gerencias ostentadas por representantes, vueltas rápidas alrededor de la M-30 y traslados figurados a la Peineta, por ponerles varios ejemplos. Las otras piedras, aunque de menor volumen, también son molestas, encontrándose entre ellas entrenadores de perfil bajo o de entreplanta, ventas incomprensibles, compras sonrojantes, el bigotito de Cléber Santana, la caída de culo del Pato Sosa y la reconversión industrial en fábrica de jugadores para otras marcas, blancas o no. Así pasamos los días, siempre con nuestra mochila al hombro, siempre con el esfuerzo de acarrear ese lastre dibujado en nuestras caras.

Solo en algunas ocasiones, cuatro o cinco veces al año a lo sumo, nos permitimos dejar la mochila a un lado. Siempre cerca, eso sí. Colocada cuidadosamente en un taburete o en el suelo al lado nuestro, pero nunca demasiado lejos para poder tocarla con la punta del zapato y saber que sigue ahí. Nos permitimos ese lujo sólo durante noventa minutos, con su correspondiente descanso y su descuento si lo hubiera. Durante ese tiempo, intentamos dejar a un lado la pesada carga y nos empapamos de esa ligereza fingida y antinatural. Llegamos a pensar incluso, envalentonados por dejar la mochila a un lado, que podremos mirar de igual a igual a aquellos a los que desde hace tiempo no miramos a los ojos. Queremos creer que veremos algo que nos hará olvidar momentáneamente la acostumbrada carga. Entonces, aparcamos la razón y nos lanzamos de cabeza a una piscina rebosante de ilusiones que brotan del corazón, nos zambullimos en una realidad irreal en la que no llevamos peso. Durante esos minúsculos lapsos de tiempo, nos traen sin cuidado los sistemas y hasta casi los nombres. Nos dan igual los partidos broncos, limpios, bien jugados, obtusos, escalenos o de poder a poder. Sólo buscamos asideros para agarrar allí a nuestro maltrecho orgullo. No nos acordamos de derechos televisivos conniventes que ahondan diferencias ni de la presión en banda. Solamente nos sentamos a sentir sin analizar demasiado.



Ayer era un día de esos. Un día en el que la mochila descansaba a nuestro lado, siempre presente, pero temporalmente aparcada. Durante un tiempo, nos llegamos a olvidar de ella casi del todo. Lo hicieron posible Assunçao, Perea, Domínguez, Adrián, Arda…, lo hicieron posible todos durante casi una hora. Dando la cara, soportando dignamente el peso del escudo, algo que debería presuponerse en todas las ocasiones pero que no siempre se cumple por obra y gracia de esa carga miserable. Lo hicieron a pesar de los mensajes que se recibían desde el banquillo, ayer muy por debajo de los jugadores, empeñado e insistente en recordarnos la inferioridad que la mochila nos otorga. Nos duró poco. A algunos tal vez les valga, menos concientes de la rémora que encorva nuestras figuras. A otros no nos vale, a lo mejor porque recordamos tiempos pretéritos en los que íbamos por la vida livianos, con la espalda recta y el pecho henchido de orgullo.

Terminó el partido y, los que no se la habían echado al hombro en los primeros minutos de la segunda parte, se cargaron la mochila a la espalda. Todos se encaminaron a casa con paso cansado e irregular, probablemente por encontrar la carga aún más pesada que en el camino de ida. Se echaron en la cama buscando la posición más cómoda posible pero siempre cargando con ese lastre. Pasarán el domingo de mejor o peor manera y volverán el lunes a su rutina tirando de su rutinaria mochila. Se pondrán maquinalmente a ejecutar sus labores diarias sin casi notar que el peso ha aumentado. Seguirán viviendo. Pasarán las semanas y la mochila cada vez pesará algo más, siempre creciendo, nunca menguando. Nos permitiremos cada vez menos lujos en forma de aparcar la mochila a un ladito porque no tendremos ni ganas de quitárnosla para que no se vean las marcas del moreno de las vacaciones. Ni siquiera en esos partidos que acabaremos dejando de ver. A no ser que no sólo una minoría sea capaz de rebelarse contra ese peso castrante. Ese es el camino. Ningún otro es posible a estas alturas para solucionar la escoliosis que sufrimos. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Plan alternativo

–¡Que alegría me das! –exclamó el marido al conocer la predisposición de su consorte a hacer algo el sábado por la tarde

–Ya ves…–añadió ella con desgana mientras hojeaba una de las revistas de interiorismo salvaje a la que él estaba suscrito.

–Pues me ha comentado Piotr que en la sala experimental de teatro de la que te hablé, estrenan un montaje que versa sobre la influencia de las digestiones pesadas en la actual interpretación del mito de Ofelia.

–¿Ofelia la gorda de Mortadelo?

–¡No!...Ofelia la de William –respondió él con desesperación y con una familiaridad que solo se gana tras muchas noches de cine iraní con subtítulos en finés del norte, casi lapón–. Y para rematar podríamos ir al nuevo restaurante que ha abierto la pareja abierta, valga la redundancia, de Marco. Dicen las críticas que es como estar en la mismísima Anatolia. Auténtico sabor turco en el centro de la ciudad…

Al oír la palabra turco, algo se encendió dentro de ella. Fue como un brillante rayo de esperanza en el nublado panorama de sus ilusiones. Era la primera vez que conscientemente se iba a perder un derby desde que tenía uso de razón. Recordó a Marina, a Hasselbaink, a Torres, a Futre y Schuster y hasta a Rodax. Imaginó lo que sería cambiar la pintura roja y blanca en la cara que se ponía en ocasiones como esa por una base discreta en tonos arenas del Gobi ¿Y si ésta vez era una de las buenas y se lo perdía? ¿Y si después de todos estos años en los que la pequeña distancia que separaba a ambos equipos se había convertido en insondable grieta auspiciada por gestores de baja catadura moral se llevaban una alegría? Hay cosas que se llevan muy dentro, sentimientos y actitudes que se guardan en recovecos del alma y a las que no se puede dejar de hacer caso cuando deciden aflorar. Oía sin escuchar a su marido mientras peroraba sobre actores que se despojaban de cualquier atadura impuesta por la ropa que les constreñía y volvió del paseo por su mente a tiempo contestar a la pregunta planteada sobre con qué tarjeta pagar la reserva online de las dos butacas de patio que ya tenía seleccionadas en el portal para mentes y culos inquietos “tengounadeocioquenosequéhacerconél” punto com.



–Mejor no reserves de momento. Llevo unos días con un malestar general que no sé yo si vamos a poder salir el sábado. A lo mejor tenemos que buscar un plan alternativo, pero descuida, que puede que tengamos sabor turco –explicó ella sin hacer demasiado caso del mohín forzado que él dibujó en ese rostro al que la cuidada perilla quedaba tan bien. 

viernes, 21 de enero de 2011

La plataforma (o la entrada poco dada al vodevil, aviso a navegantes)

Para: Zacarías Cebollero Minglanilla
Plataforma petrolífera Neptuno 2
Atlántico Norte. Según pasas Groenlandia, a la derecha mirando a Terranova.
De: Saturnina Minglanilla Covachas

Querido hijo, espero que a la llegada de la presente te encuentres bien, que desde pequeño siempre has sido un poco enquencle y con tendencia a la anemia. Prométeme que comerás bien, aunque te pongan pescado.
Hace ya tiempo de tu última misiva y te escribo preocupada por no tener más noticias tuyas. Has de saber que aquí estamos todos bien salvo pequeñas cosas, a tu padre le ha vuelto a subir el ácido úrico y yo sigo con mis achaques.  El que está algo más delicado es tu abuelo, que dice el doctor Burgos que tiene una enfermedad alemana de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que le hace pasearse en calzoncillos por casa y hablar solo, dice él que con Luís Aragonés.
Tu hermana también bien, se ha casado en terceras nupcias con un subsecretario de la Federación española de Fútbol que ha metido a la mayor a trabajar con él de becaria. El pequeño, del que casi no te acordarás porque te fuiste cuando era un bebé, anda ennoviado con Anabel, la nieta de los del quinto derecha.
Nos alegramos de que te lleves bien con tus compañeros de la perforadora y de que varios de ellos sean del Atleti como tú. Me sorprende que haya algunos que lleven casi un cuarto de siglo allí destinados, pero sus motivos tendrán. Supongo que no todos estarán allí por esa cabezonería tuya, pero estas cosas es mejor llevarlas en compañía.
Ya le he puesto varias velas a San Apapucio para que este jueves ganemos por fin a los otros. Pero, por si acaso, no estaría de más que reconsideraras tu postura. Ya sé que dijiste que no volverías a tierra firme hasta que ganásemos un derby, pero es que ya van muchos años desde que no te vemos.  Estas tozudeces son muy de los Cebollero, que me conozco yo muy bien estas cosas después de aguantarlas cuarenta y tres años.
Nada más, cariño. Escribe pronto y no olvides tomar mucha leche.
Tu madre que te quiere,

Zacarías padre enfiló los últimos metros de la larga caminata desde el estadio hasta su casa. Las únicas almas que compartían la calle con él eran algunos taxistas que fumaban en la puerta del bar de Paco muy concienciados con la nueva ley. Ya era muy tarde y tenía congeladas las extremidades a pesar de los calcetines de lana y los guantes de goretex que le regaló su nieta la mayor en los últimos Reyes. Nostálgico recordó cuántas y cuántas veces había recorrido junto a su hijo ese mismo camino de vuelta. Recordaba cómo comentaban las jugadas del partido, cómo el niño regateaba eufórico farolas y papeleras utilizando como balón cualquier lata vacía diciéndole: “¡Papá, mira! Como Futre”. También recordaba que cuando la niñez y la adolescencia quedaron atrás, cada vez fueron más los días en los que los dos subieron la cuesta en silencio, no se sabe bien si enfadados o hastiados.  
Una vez ganó el refugio del portal, intentó subir despacito los seis escalones hasta la entreplanta para no hacer ruido. Giró la llave con suavidad y se desvistió en el salón para no tener que encender luces. De puntillas entró en la habitación y levantó la colcha para meterse en la cama cuando Saturnina levantó la cabeza:
- ¿Qué? ¿Otra vez?
- Sí cariño, trata de dormirte de nuevo.
Saturnina tardó bastante en dormirse, frustrada y a la vez enfadada con San Apapucio.
Mientras tanto en la plataforma petrolífera Neptuno 2, el gerente de suministros miró extrañado a Zacarías Cebollero.
- O sea, que anulamos tu petición para salir mañana en el primer helicóptero.
- Sí Julio, me reengancho otra vez. No sé por cuánto tiempo pero me reengancho.