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lunes, 5 de octubre de 2015

Hay partidos

Hay partidos que nacen con rictus de moribundo. Partidos de los que se espera una barbaridad, como de ciertas relaciones, aun sabiendo que la mayoría de ellas no merecerían trascender más allá del primer beso. Hay batallas que prometen un nuevo desembarco de Normandía y acaban en una escaramuza saldada con un herido por esguince de tobillo al pisar una piel de platano. Hay encuentros a los que les sobran ochenta minutos. Choques llenos de respetos o, lo que es peor, de pizarras, que quedarían perfectamente resumidos con unos minutos de descuento. Hay días del calendario marcados en rojo que traicionan todas las expectativas formadas. Hay partidos, como el de ayer, a los que les ocurren todas estas cosas que les cuento juntas.

Hay partidos que se dejan atrapar por la vulgaridad más absoluta sin proponérselo. Partidos llenos de burocracia en los que el balón es tratado por uno de los contendientes como un formulario ante la mirada prevenida del rival, que queda apoyado en el quicio de la ventanilla rezando para que no falte un sello, una firma, para que la fotocopia aportada esté compulsada debidamente. Hay encuentros que se asemejan a un mal poema, estrofas que ni ese verso suelto que siempre es Correa es capaz de resucitar. Hay contiendas que hacen imposible destacar a alguien. Rácanas en héroes, plagadas de villanos. Hay ocasiones en las uno maldice que el destino, que a veces toma forma de fax tardío, haya puesto en nuestro camino a un portero que para los suyos fue como un embarazo no deseado, por mucho que ahora digan.


Hay partidos llenos de ausencias: la intensidad, la tensión, alguna trifulca que acelere los pulsos. Hay encuentros en los se echa y se echará de menos al navarro de la nariz curvada. Se equivocaba Arbeloa, el mejor del Atleti ayer, cuando en la previa hablaba de que los de rojo y blanco esperan todo el año este partido. Lo que realmente esperaban todos era su presencia. Carrasco, Jackson, Filipe, todos querían transitar por la autopista de la ineptitud que construye el susodicho cada vez que comparece. Hay historias en las que un jugador de buen gusto técnico pasa a la posteridad rematando con la canilla un balón que casi se le escapa fuera. Hay choques que dejan sabor a incompletos pese a haberse antojado insufriblemente tediosos durante todo su discurrir. Hay obras en las que el planteamiento y el nudo no sirven de mucho, pero cuyo desenlace le deja a uno sensación de orfandad. Hay partidos que merecerían una mucha mejor crónica que esta, crónicas llenas de adjetivos grandilocuentes, de palabras esdrújulas con las que llenar la boca. Este partido solo lleva como equipaje estas pobres líneas. Hay partidos que no merecen más. 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Depresiones y tristezas a la austrohúngara

Nada más tomar tierra en Viena el avión que transportaba a la expedición rojiblanca, los empleados del aeropuerto se dieron cuenta de que había algo raro en los recién llegados. Era cierto que todos los integrantes bajaban por la escalerilla ordenadamente con sus elegantes uniformes, pero se les notaba tristes, deprimidos, y eso es algo que no escapa a un austriaco por muy cargador de maletas que sea porque deben saber ustedes que los habitantes del país centroeuropeo son muy aficionados al psicoanálisis desde tiempos de Freud y a la tarta Sacher desde tiempos de Sissi Emperatriz, que todo sea dicho era una señora mucho más gorda de lo que nos enseñaron en las películas.


No crean que el estado depresivo se circunscribía solamente a los jugadores, técnicos y palmeros varios que viajaron a la ciudad vienesa, nada de eso. Cientos y aún diría miles de aficionados atléticos anduvieron a lo largo de todo el día como sin gracia, desganados, en un estado de astenia producida por la depresión que provoca el equipo en ellos. La mayoría de ellos anunciaron cuando la noche extendía su manto y se acercaba la hora del encuentro que no iban a cenar de lo desanimados que estaban y que como mucho se tomarían una leche con colacao antes de irse a la cama por el qué dirán. Muchos incluso, prefirieron no ver el partido por la tele por lo tristísimos que seguro que se iban a poner al verlo y cambiaron de cadena para ver al equipo transmesetario y la vez europeísta, que ese sí que es un equipo que da gusto ver y que alegra el alma con sus circulaciones de balón tan parecidas a las del balonmano antes de pitar pasivo. Para los que ayer el ánimo no les daba para fútbol, hoy les reserva el destino otro partido de los que llena de júbilo y gozo al espectador, nada más y nada menos que el mejor equipo de la galaxia y el universo conocido, ese en el que juega un jugador con peinado relamido que se quita la camiseta en cuanto tiene oportunidad sacando a relucir la corista que lleva dentro. Si a pesar de todo la moral sigue flaqueando, deben saber ustedes que no es de recibo hacer planes para el fin de semana, que los dos equipos que compiten con el único objetivo de poner el corazón contento y lleno de alegría a la totalidad de la humanidad se miden en irrepetible lid el sábado a la hora de sacar a los niños al parque, en lo que ya ha sido bautizado por los medios como el trigésimo octavo partido de lo que va de siglo. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi lánguido) y nosotros con esta tristeza y este mal fario encima…


Esperaba el Atleti en el túnel de vestuarios del estadio vienés empapado de esa decadencia tan austrohúngara que se respira en la ciudad y salió detrás Simeone de negro, como es costumbre y como merecía la ocasión de tan negras como pintan las cosas para la causa. Puso El Cholo en liza a un equipo con algunos cambios, sin duda destinados a paliar la depresión reinante. Jugó Darth Vader de titular y mostró sangre fría y hasta buen trato al balón en algunos lances, lo que solo puede ser interpretado desde el hecho de que no se debe enterar mucho de lo que pasa por cuestiones idiomáticas y la depresión no ha calado en él de la misma forma que en los demás. Jugó también Raúl García acompañando al compungido Diego Costa como segunda punta, algo sobre lo que Villa y Adrián, la conexión sidrera del equipo, debería reflexionar y jugó Tiago, que ya casi es más titular que Mario Suárez. Empezó el Atleti dominando, sin duda sobreponiéndose a la procesión que iba por dentro, a un rival voluntarioso y poco más. Avisaron pronto los nuestros y golpearon poco después, tras un pase que Koke vislumbró entre los lagrimones que anegaban su rostro y que fue rematado casi sin gana por Raúl García tras cesión de un inapetente de cara al gol Filipe.




No crean que el gol mejoró el quebradizo ánimo de los nuestros, nada de eso, deambulaba el Atleti como alma en pena por el campo y fruto de ese deambular arrancó Diego Costa desde campo propio, encaró con esa potencia tan suya que nace del dolor y tras dejar a un rival sentado y con las piernas anudadas gordianamente batió por bajo al portero austriaco en lo que suponía un segundo gol que casi no se celebró por nuestros taciturnos jugadores. Solo tras el gol del de Lagarto pareció estirarse algo el rival y hasta dispuso de una oportunidad con tiro al larguero incluido lo que incrementó más si cabe el pesar rojiblanco ante la galopante crisis de juego y resultados. Cuentan los entendidos que Simeone tuvo que hacer de tripas corazón en el descanso e intentar dar consuelo a un plantel deshecho y cariacontecido ante la que estaba cayendo.


Tras el descanso quedó Filipe en la caseta debido a lo que se dijo que pudiera ser una contractura y desde estas líneas se achaca a una enfermedad psicosomática motivada por la tristeza y la desazón y salió Insúa en su lugar. De botas del argentino nació un centro que Diego Costa remachó apesadumbrado a la red en lo que suponía un segundo gol que no mermaba su pena. Poco más dio de sí el partido. Si acaso algún detallito de Arda, que ayer ni sonrió ni nada que se le pareciera y alguna arrancada del Cebolla, cuyo aroma, al de cebolla me refiero, impregnó el ambiente para hacer brotar el llanto en propios extraños y hasta en un señor de Salzburgo que se acercó a ver el partido para pasar un buen rato, craso error. Justo antes del partido final, llegaron noticias de que en otro campo, en la Alemania más profunda, Fernando Torres había metido otro par de goles para no ser menos que Diego Costa y que ambos hechos sumían más si cabe en un estado depresivo a la afición rojiblanca.



Termina la primera vuelta de la fase de grupos de la Champions con el equipo mostrando síntomas preocupantes: nueve puntos de nueve posibles. Segundo en liga a solo un punto del equipo del orfebre rococó y dos por encima del conjunto interestelar presidido por un señor que antes era constructor y ahora se cree Napoleón. Diego Costa como pichichi y Courtois como segundo en el trofeo Zamora. Simeone no parece hacerse con el control de una situación depresiva que amenaza la estabilidad interna del vestuario. Los servicios de emergencia de las principales localidades patrias han iniciado una campaña de vigilancia exhaustiva del aficionado atlético, pues dado como están las cosas no es descartable que alguno cometa alguna barbaridad llevado por la aflicción. ¡Ay!, (suspiro profundo, casi un hipido de plañidera), ¡qué pena más negra y qué tristeza tenemos encima!