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jueves, 26 de enero de 2017

La sombra del Calderón

Ahora que se va haciendo más grande cada día en el horizonte la fecha en la que el Calderón bajará el telón, se hace necesario exponer lo que uno echará de menos cuando llegue esa maldita hora. Ante nosotros desfilarán todos los recuerdos: los goles celebrados, las lágrimas que la emoción hizo aflorar, los abrazos con desconocidos convertidos en hermanos, el eco del estadio cuando canta, el cosquilleo sentido en las plantas de los pies cuando vibra, su microclima preñado de esa humedad desaconsejada seriamente por los traumatólogos. Echaremos de menos incluso la solera del polvo que adorna sus asientos y esas excursiones a los baños en las que los allegados te despiden como si fueras a embarcarte en un Paris-Dakar mientras susurran una oración por tu alma y te ruegan que intentes aguantar hasta el final del partido. Sí, de todo eso nos acordaremos cuando al recinto de la ribera del Manzanares le echen el cierre pero, servidor de ustedes, principalmente echará de menos otra cosa. La sombra del Calderón.

La primera vez que fui consciente del poder de la sombra del Calderón fue a mediados de los ochenta. En cuanto te apeabas del 36 en la última parada del Paseo de Pontones, la mirada se desviaba inevitablemente hacia esa mole de hormigón que parecía querer tapar los rayos de sol que pretendían escapar de su marcaje. Durante cuatro años, todos y cada uno de los días lectivos mi vista se posó en el coliseo rojiblanco. Yo era un alumno recién llegado al instituto que se encuentra a la vera del estadio. El Gran Capitán. El tercer vértice de esa trinidad formada por la antigua fábrica de Mahou y, sobre todo, por el Vicente Calderón. Las horas pasaban entre clases de Lengua y Biología, entre travesuras y miradas tímidas a las chicas, pero siempre bajo la estricta vigilancia del aroma a lúpulo fermentado y de la imponente sombra del recinto proyectada sobre el patio del centro educativo. A la hora del recreo, los compañeros que éramos del Atleti nos escapábamos para ver entrenar al equipo. Sentados en los antiguos asientos corridos enfermos de aluminosis, dábamos cuenta de cuñas y palmeras de chocolate mientras Luis Aragonés paseaba, cigarrillo en mano, supervisando los ejercicios de los jugadores. A unos metros de nosotros, los miembros de la plantilla de nuestro equipo se ejercitaban y cuando un balón se escapaba hacia donde estábamos, peleábamos por ser quien se lo devolviera a Landáburu o a Quique Ramos. Hubo una vez, incluso, en la que Mejías nos abroncó por hacer demasiado ruido y nos fuimos a clase de Filosofía preocupadísimos por haber desconcentrado a nuestros héroes.


A lo largo de aquel tiempo loco y feliz, la sombra del Calderón vio cómo madurábamos. Cómo pasábamos de ser niños y niñas a los proyectos de hombres y mujeres que somos hoy. A través de ese camino, su sombra nos sirvió de alivio cuando en clase de gimnasia dábamos vueltas alrededor del estadio para completar un test físico ideado por algún sádico de apellido anglosajón. Su sombra fue compañera de nuestras primeras borracheras con esas litronas por las que te devolvían cinco duros si llevabas el envase de vuelta a la bodega. Oculto entre sus benditas penumbras besé por primera vez a una chica. A su sombra se detuvo el Porsche amarillo de Futre para firmarnos aquella camiseta que todavía hoy guardamos, deshilachada, en el altillo del armario. Su sombra fue capaz de arrancarle a Abel una sonrisa cuando compartió con nosotros un café con porras en aquel mesón de la calle San Alejandro. Su sombra nos reconfortaba ante los suspensos y celebraba con nosotros los aprobados raspados. La influencia de la sombra del Calderón no solo se circunscribía a los días de clase y rutina. Los días de partido se mostraba aún más resolutiva. Cuando el frío arreciaba, la sombra se apartaba, comprensiva, para dejar que nos acariciara el tímido sol que se colaba por el hueco del marcador del fondo sur. Cuando el calor mordía, ahí llegaba la sombra al rescate. Dispuesta a darnos un respiro y a poder descansar la mano con la que a modo de visera intentaba uno enterarse de lo que ocurría sobre el césped.

Convertido ya en un adulto, no hay un día de los que me acerco al estadio que no quede maravillado por el influjo de su sombra. Allí sigue, impertérrita. La sombra del Calderón sigue cumpliendo con su cometido de manera admirable a pesar de tener que escuchar que no es la sombra de un estadio moderno. Que si seguimos aferrados a ella el equipo no crecerá. La dejadez con la que los encargados de cuidar el templo rojiblanco se han conducido con él no ha mermado el compromiso de su sombra para con todos nosotros. Nos cuentan que la sombra del futuro no se proyecta sobre el Paseo de los Melancólicos ni sobre Virgen del Puerto. Nos cuentan que para encontrar el último grito en sombras hay que mudarse a los confines de la ciudad. Pobre sombra, ninguneada después de tantos años de dedicación.

Hace unos días paseaba cerca de lo que será, si el diablo no lo remedia, el futuro estadio del Atleti. Con ánimo divulgativo calculé la trayectoria solar, los ángulos de refracción y la opacidad de los materiales utilizados en la obra y reparé en que La Peineta, también conocido como el estadio de los tres nombres, no tiene sombra. Podría decirse que será un estadio vampiro que tal vez tampoco se refleje en los espejos. Quizás a eso se refieran cuando evangelizan sobre la modernidad. Solo sé que la sombra del Calderón seguirá existiendo eternamente, aunque lo derriben para construir un centro comercial o una tienda de muebles sueca. Dentro de ella quedarán atrapados los recuerdos y las vivencias. Las risas y los llantos. El sonido de los aplausos y el retumbar de los goles. Pasarán los años y, al apearme de nuevo en la última parada del 36 en el Paseo de Pontones, la mirada se me desviará inevitablemente hacia el estadio que ya no estará, pero podré maravillarme de nuevo con su sombra, que permanecerá para siempre. 

martes, 13 de septiembre de 2016

Posesión irresponsable

No hay mayor acto de irresponsabilidad por parte de un rival que arrebatarle el balón al Atleti. Varios años de observación minuciosa me hacen enunciar este nuevo teorema, que como todos solo busca provocar para que lo refuten. Las cunetas del balompié están llenas de cadáveres de equipos que pensaron quitarse de en medio al Atleti manejando el cuero empalagosamente, adorando sin reparo al falaz becerro de oro del fútbol mundial, la posesión de balón. Es entonces, mientras el contrario amasa el balón, lo arropa y lo acuna con mimo como si fuera un recién nacido, cuando el conjunto de Simeone se muestra más puro y salvaje. Es entonces cuando más cómodo se encuentra, frente a los que maleducan el esférico. 

Suele suceder que los equipos que tratan la pelota como un neonato hayan interiorizado tanto su rol protagonista para con el balón que cuando éste cae en las botas de alguien que viste de rojiblanco, la desconfianza les hace perder el duelo. El Atleti se convierte para los jugadores rivales en una canguro que se presenta en casa con el pelo teñido de azul y piercings en todos los lugares imaginables para hacerse cargo del balón mientras te vas de cena. Los contrincantes a veces conceden, con todo el dolor de su corazón, un saque de banda sin mayor peligro y contienen el impulso de quitarle de las manos el cuero a Juanfran o Filipe antes de ponerlo en juego, exasperados al creer que no está siendo tratado como merece. Normalmente, los enemigos acaban desquiciados de tanto mirar el móvil, esperando ansiosamente que el Atleti llame para decir que al balón le ha subido la fiebre o que se ha declarado un incendio en su habitación mientras ellos estaban fuera.


Como les decía, es exactamente ahí, cuando el adversario se muestra más sobreprotector con la bola, cuando el Atleti se destapa. En esos terrenos aparece el mejor Griezmann, menos apretujado que con equipos de líneas abigarradas. Allí se puede ver a Koke descolgándose y llegando al área para hacer pupa. Saúl y Carrasco se sienten más libres para explotar sus potencias y velocidades respectivas. Los laterales pueden llegar por sorpresa y hasta Godín capitanea embestidas que comienzan en una arrancada que deja regusto a centrales de otras épocas. Siempre fue el Atleti un equipo de agazaparse y esperar el contraataque. Lo lleva en el ADN, como las rayas de los colchones. Así lo comprendieron el sabio Luis y el aplicado Ivic. Así lo supo ver Antic, pese a otorgar una mayor importancia a la pelota. Así lo adaptaron muchos y otros muchos, desgraciadamente, no supieron entender que el Atleti es mucho más Atleti a campo abierto.

Bienaventurados sean los equipos sobones con el balón, ganarán el efímero reino de los que triunfaron en la posesión de partidos que perdieron. Cuentan que en el vestuario rojiblanco se esperan con ansia las fechas en las que el calendario empareja a los nuestros con equipos de toque acaramelado. Mientras se afilan las uñas, los pupilos de Simeone se relamen pensando en la llamada que harán al móvil de los rivales avisando de que el balón no ha cenado nada de nada o de que les han metido tres o cuatro goles a la carrera, por poner un ejemplo. 

jueves, 21 de abril de 2016

Acostumbrarse a los milagros

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160420/Deportes/5515/Atletico-de-Madrid-Liga-candidato-La-Colchoner%C3%ADa-La-agon%C3%ADa-del-mediapunta.htm

Treinta y tres partidos no son nada, como diría el bolero si decidiera dejar los años aparcados. Tres equipos en un punto y un puñado de goles que desharían los posibles empates. Solo quedan cinco jornadas. La mitad de las que el de Hortaleza, que por algo era un sabio, afirmaba como decisivas en cualquier campeonato. La liga, tras casi encamarse en azulgrana, vuelve a posar su mirada en los demás, veleidosa. Esperarían días de transistor si hubiera alguno que hubiera sobrevivido a estos tiempos de redes sociales, podcasts y partidos a deshora. A los dos sospechosos habituales para los que cada año se prepara el baile se les vuelve a unir el Atleti, una vez más sin invitación. Escribió Chesterton que lo más increíble de los milagros es que ocurren. Tenía razón, pero desde el prisma del Manzanares admitiría rectificación. Lo más increíble de los milagros es llegar a acostumbrarse a ellos.

A la temporada de los rojiblancos le restan ocho enfrentamientos en el mejor de los casos. Como hace un par de años, soñar no es un lujo para los de Simeone. Llegados a este punto, diferencias presupuestarias y confianzas menguan como una camiseta de Primark lavada con agua caliente. El Atleti vuelve a mostrarse como la única y principal amenaza al poder establecido. Su milagro es el trabajo. No hay más. Quien se pregunte aun por el secreto escondido en poder codearse con la rancia nobleza continental de lo balompédico, que mire al señor vestido de negro riguroso que se encierra, sin éxito, en la jaula de las áreas técnicas anexas a los banquillos. Su discurso no se mueve: ahora toca conquistar el Nuevo San Mamés. Ya se sacará al locuaz Rummenigge de la alacena, ya se hablará de matemáticas una vez se haya disipado el humo que se expende como genérico remedio para quien quiera engañarse. El camino hacia la gloria solo puede imaginarse partido a partido.


Siete u ocho choques a afrontar con la fe en máximos históricos. El aficionado atlético mira al césped y encuentra un portero con hechuras de póliza de seguros a todo riesgo, laterales con filo de puñal, centrales a los que solo les falta el bigote para poblar las pesadillas del delantero más audaz, centrocampistas que compaginan toque y sudor y atacantes a los que el gol, otrora esquivo, vuelve a sonreír. No es posible imaginar mejor compañía ni mejor actitud para encarar la batalla. Toda la plantilla está preparada. El asalto a los cielos es más un estado de ánimo que una obligación.

Las niñas ya no quieren ser princesas, ahora quieren ser del Atleti y dejarse enamorar por cada desmarque de Fernando. Los niños tildan de frivolidad lo de soñar en convertirse en astronautas o bomberos y aspiran a imitar las arrancadas de Diego desde la cueva. Los más mayores morimos con las diabluras de Antoine, con la jerarquía de Saúl y con Gabriel haciendo de todos los personajes de la obra. Se vienen las fechas que lo decidirán todo y Koke se ha vuelto a poner su mejor traje. Los dados giran en el aire y, lejos de ser superado por la bisoñez, Lucas muestra serenidad de cincuentón imberbe. La magia habita en la varita de Ángel y no hay galgo que cace a Yannick en campo abierto. La meta se adivina en el horizonte y el conjunto rojiblanco se acerca a ella latido a latido, convencido de que si se cree y se trabaja, se puede.   

Apenas quedan unas pocas citas y el equipo que no jugaba a nada, el que aburría y el que recurría a la violencia como modo de vida –todo eso decían, dicen– alcanza en puntos a plantillas que parecieran sembrar de laureles cada comparecencia sobre el pasto ¡Quién lo iba a decir! El milagro sobre el que el Atleti lleva cabalgando los últimos años ya ha ocurrido. Desde este punto hasta el final solo puede hacerse más grande. Que los que vivimos en colchonero nos hayamos acostumbrado solo lo convierte en más extraordinario. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Los ídolos del Atleti

Artículo publicado en Ctxt.es: http://ctxt.es/es/20160210/Deportes/4141/Fernando-Torres-gol-cien-idolo-aficion-Atletico-de-Madrid-La-Colchonería.htm


Los ídolos, en el Atleti, no lo son porque hayan marcado cien, noventa y nueve o cinco goles a lo largo de sus carreras. Los ídolos del Atleti no cuentan los goles que han metido sino lo que significaron. Los ídolos, en el Atleti, no piensan en cómo van a celebrar esos goles de antemano, simplemente expresan su alegría como les sale de dentro, sea haciendo una especie de salto de la rana en blanco y negro o sea postrándose para besar el césped del Calderón, que es un césped con un aroma inigualable. Los ídolos, en el Atleti, tampoco son los más guapos, aunque a nosotros nos lo parezcan. Los ídolos del Atleti no necesitan señalarse el escudo a la mínima de cambio porque el escudo lo llevan por dentro, justo al lado del corazón, que es rojiblanco, por cierto. Los ídolos del Atleti no acaparan portadas, no marcan tendencia a la hora de elegir peinado y no tienen cuentas en las redes sociales desde las que elevar a suceso cualquier minucia de su rutina diaria. Los ídolos, en el Atleti, si se van no se van del todo y a la más mínima oportunidad lo demuestran. Los ídolos del Atleti no se quitan la camiseta por narcisismo y si lo hacen, siempre hay una buena razón que los justifique, porque a los ídolos, en el Atleti, les duele desprenderse de la camiseta. Los ídolos del Atleti no son cualquier cosa.



Los ídolos, en el Atleti, se cargan a un equipo en derribo sobre sus escuálidos hombros de adolescente. Los ídolos del Atleti le afean a un cuarto árbitro que pise el escudo del equipo de sus amores. Los ídolos, en el Atleti, guían a sus compañeros hacia una remontada con el menisco roto y se retiran en camilla doloridos, pero llenos de orgullo por el trabajo cumplido. Los ídolos del Atleti son humildes, restan importancia a las cosas que realmente no son importantes y se sonrojan cuando se les sienta enfrente alguien que glosa justamente sus hazañas. Los ídolos, en el Atleti, se paran pacientemente para firmar autógrafos a los niños que ahora están en la posición en la que antes estuvieron ellos. Los ídolos del Atleti, son pecosos o tienen bigote. Los ídolos, en el Atleti, no atienden a modas y se dejan las patillas más anchas, casi de hacha, y no cambian de montura de gafas a no ser que se rompan. Los ídolos del Atleti saben que el esfuerzo no se negocia y por ello, cuando les entrevistan tras un partido, están empapados en sudor, despeinados, con el rostro desencajado por el sacrificio. Los ídolos, en el Atleti, no se enfurruñan pese a no ser tratados por los medios como merecerían. Los ídolos del Atleti nunca se fueron. Los ídolos, en el Atleti, consiguen en cuarto de hora sobre el campo que una afición rejuvenezca quince años de golpe a base de encarar a los rivales y de exhibir, nunca perdida, esa potencia atisbada en aquella tarde de Albacete que nos sirvió de única tabla de salvación durante tanto tiempo. Los ídolos del Atleti se quitan la camiseta, con dolor, para acordarse del que les brindó su primera oportunidad. Los ídolos, en el Atleti, se eligen mejor que en cualquier otro sitio. A ser ídolo del Atleti no se llega de casualidad. Nunca un cualquiera pudiera ser ídolo en el Atleti. 


¡Qué gusto ser del Atleti y tener los ídolos que tenemos!

jueves, 28 de enero de 2016

Chinitas en el zapato

Artículo publicado en ctxt.es: http://ctxt.es/es/20160127/Deportes/3928/Atletico-de-Madrid-Cerezo-horarios-Liga-Tebas-Real-Madrid-La-Colchoner%C3%ADa.htm


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Sabíamos que iba a ser difícil caminar con los zapatos llenos de chinitas. Ya tenemos experiencia en estas lides. Desde hace unos años –gracias, Cholo– volvemos a estar en primera línea de combate. Nuestra fuerza no reside en disponer del más moderno y caro armamento. Somos temibles como grupo por la fe que nuestros guerreros desbordan en el campo de batalla. El hasta no hace mucho desordenado ejército que a la primera salva de artillería se batía en retirada, se ha convertido en un rival molesto. Desafiantes, nuestros soldados miran a los ojos de los contrarios y éstos dudan. Ven avanzar a los rivales vestidos de rojiblanco y recuerdan historias y leyendas que hablan de aquel David que derribó al gigante con su honda, de aquel gol de Miranda que conquistó territorio enemigo o del cabezazo de Godín que abrió de nuevo las puertas del cielo. Todos esos episodios significaron lo mismo, la caída inesperada de Goliath, aunque las últimas fueran hace muchos menos años.

Desde entonces, las confrontaciones futbolísticas patrias no se quedan en un aburrido y manoseado cara a cara. La variable colchonera se hizo hueco en la ecuación para quedarse. Molestando, como decíamos antes. No a todos gusta que la fiesta haya pasado a tener otro invitado. El predecible bipartidismo y todo su aparato mediático ponen de manifiesto su contrariedad desde cualquier foro. Mal juego, violencia inusitada, sacar partido a ese otro fútbol del que tan amante era una de nuestras referencias, el Sabio de Hortaleza, todo ello se usa como arma arrojadiza para desacreditar al incómodo pasajero que tuvo la desfachatez de salir, en más de una ocasión ya, besando a la chica al final de la película saltándose todos los guiones.

Asumimos que no habrá nadie recibiéndonos con flores a nuestra llegada. Sabemos que será difícil encontrar objetividad y soportamos, no consumiendo, el ninguneo constante y bien orquestado. Vivimos independientemente. Respiramos por nosotros mismos y nos las ingeniamos para encontrar oasis recónditos donde no se nos maltrata. Conocemos también las reglas: las tradicionales ayudas arbitrales disfrazadas de errores humanos a nosotros no nos llegan o lo hacen en forma de migajas. Ok. Sabíamos a lo que veníamos, esto no es Bambi, como decía Torrente mientras apatrullaba la ciudad.




La última chinita en el zapato nos la pone el señor Tebas en forma de horarios. El impar chofer con poderes de la liga de fútbol profesional, muy aficionado por otra parte a hacerse fotos junto a sus churumbeles vistiendo camiseta paliducha bwin, programa los partidos del Atleti pegaditos a jornadas de Champions, no vayan a constiparse. Su habitual delicadeza a la hora de encajar las piezas de los partidos de Hernández y Fernández en el loco puzzle de los horarios semanales, se torna aspereza cuando se trata de darnos cita a nosotros. Tres partidos en seis días, sin listas de espera, no se quejen. Un genio, el tío. Es tal su disposición de agradar que programa el derby en horario sabatino madrugador, casi recién aterrizados los nuestros de Eindhoven, aduciendo intereses comerciales. El rival, bien descansado, gracias. Luego, si quieren, debatimos sobre campañas.  

Lo más sorprendente, dentro de todo este universo de huevos Kinder con olor a alcantarilla, es que en la LFP el Atleti ostenta una vicepresidencia en la figura de Clemente Villaverde y un puesto como vocal, asignado al club. Silencio sepulcral. Nadie protesta. Ni un comunicado ni una declaración institucional. Como mucho, de postre nos servirán un canutazo de esos que Cerezo, a modo de digestivo, se administra a la salida de un asador derrochando gracejo. Torpedeados desde dentro una vez más, nos miramos en el espejo y vemos la misma cara indignada que llevamos paseando por la vida desde que supimos –y ya sospechábamos– lo de poner el cazo prescritamente. Apuesto a que solo Simeone y los jugadores comentarán el tema. Se rasgarán las vestiduras blancas aquellos que afearon a nuestro técnico vaticinar lo de la liga peligrosamente preparada. Lo tenía claro.


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Los aficionados del Atleti llevamos ya un tiempo cómodos con el traje de moscas cojoneras. Nos sienta como un guante, a decir verdad. No esperamos regalos, no es el estilo. Habrá que sobreponerse a todas las chinitas que nos impidan avanzar a buen ritmo o al menos al ritmo al que los demás avanzan en su camino trufado de comodidades. Eso nos hará valorar más lo conseguido y lo que haya de llegar. Mientras tanto, el club seguirá agazapado. Connivente. Pasivo ante cualquier atropello. Demostrando una vez más que David, en el Atleti, corretea sobre el césped, se sienta en el banquillo o alienta desde la grada. Goliath, si existiera, solo es excusa y coartada para los del palco. Ese palco que desde hace tantos años nos llena el calzado de chinitas. 

martes, 27 de mayo de 2014

Lo divino. Lo humano


Se pone uno a escribir esto y sigue notando el nudo que desde última hora del sábado se instaló en ese hueco entre los pulmones y el estómago en el que se hacen fuertes estas cosas cuando nos sorprenden. Se nota más atenuado, eso sí, pero solo por el paso del tiempo, esa universal medicina que cura todo menos la idiotez…

Lo divino

Maravillosamente divino es lo que este equipo ha conseguido. Ganar la liga de manera brillante y plantar cara hasta el último instante en la final de Champions a un rival, al rival. Le queda a uno el regusto amargo de la última batalla y gustaría que se produjera un último homenaje. Tal vez de manera más íntima. Una visita no institucional a Neptuno, solo ellos y nosotros. Sin pasarelas. Sin la animación de Carlos Jean. Sin ponerle una bufanda al rey de los mares, a ese dios barbudo y rojiblanco al que obligamos a tener siempre la casa recogida de la de veces que vamos a visitarle últimamente. A uno le consta que ellos lo saben, pero le encantaría ese último brindis. Ese último baile de reconocimiento. Esa ovación cerrada que merecen por un año inolvidable, por una temporada en la que se han hecho sitio en la leyenda.

Milagrosamente divino es lo que Simeone ha creado. Fue entrar El Cholo en la sala de prensa y los allí congregados estallaron en aplausos. No era para menos. Al verle tocado pero nunca hundido fue más Simeone que nunca. Más nuestro. Ordenó y no aconsejó, porque lo que dice nuestro entrenador son órdenes para nosotros, no derramar una lágrima por este equipo y tenía razón una vez más. Este equipo merece reconocimiento, celebración y hasta ponerle un piso de tres dormitorios y plaza de garaje para coche y moto de pequeña cilindrada pero nunca pena. Se fija uno en este Simeone del sábado y le ve más animado en la derrota que lo que parece en la victoria y a uno le encanta. Recuerda uno que este mismo equipo, salvo Villa y algún otro que no servía en aquel momento, coqueteaba con el descenso en manos del grisáceo Manzano y no puede dar crédito a lo que lleva viviendo en estos últimos tiempos. Gracias Cholo.  

Divina, como es costumbre, se mostró la afición antes y después de la cita. Antes, desplazándose en masa a Lisboa sin pararse a pensar en el nimio detalle de tener entrada o no para el evento. Iba la afición a Lisboa para ver el partido pero también para estar con los suyos, con sus iguales. Los que quedaron en casa sacaron en el prólogo y epílogo del partido esas camisetas del Atleti que no se había quitado nadie desde la celebración de la semana pasada. Es curioso como el aficionado atlético siempre sabe medir cuándo ponerse la camiseta, poniéndola de igual manera en la victoria y en la derrota, midiendo los momentos en los que se luce, lo que le diferencia sustancialmente de aficionados de otro equipo que solo se enfundan su sosa camiseta cuando se gana. Después, volviendo con la tristeza instalada en el pecho pero orgullosos. Sabiendo valorar en su justa medida la gesta realizada. Cansados y con el ánimo algo magullado, nunca derrotado.



Pasadas unas horas, uno se da cuenta de que detrás del nudo hay algo más, algo que ocupa incluso más espacio que el nudo del que ya casi no queda rastro. La inmediatez del momento nos había hecho reparar solo en el nudo y en nada más, pero allí hay algo mucho mayor y más importante que cualquier nudo. Se trata de orgullo…

Lo humano

De manera comprensiblemente humana se comportó el equipo en los últimos minutos del tiempo reglamentario y en la prórroga. Pese a haberse comportado como dioses, detrás hay hombres. Hombres acalambrados, hombres exhaustos por demasiados partido a partido, demasiadas finales para una plantilla más corta de lo que su inmensidad esconde. Humano es Diego Costa y humana es su pierna, por más placenta que se añada al guiso. Tal vez eso les haga más grandes, su humanidad. Su capacidad para parecer inmortales cuando son como nosotros.

Ya se sabe lo que es una final. La cara y la cruz. El ying y el yang. Risas y llanto concentrados en un estadio. De todo tuvo esta final y todo estuvo dentro del guión que suelen seguir esta serie de citas salvo algunos aspectos miserables y repugnantemente humanos. Por ponerles un ejemplo, el de un ex presidente de gobierno que, para más inri, ejerce de relaxing alcaldesso consorte de la ciudad a la que pertenecen los dos contendientes en la final, saltando como una quinceañera ante los goles de uno de ellos, cosa que a uno no le parece normal ni elegante y que ha empujado a varios indecisos o abstinentes de voto a los colegios electorales en la jornada posterior al encuentro. De infrahumana vileza puede calificarse también la celebración de un gol superfluo y la posterior ejecución de bicicletas de la plañidera lusitana, siempre dispuesto a engordar su leyenda de inutilidad en partidos importantes, en partidos de hombres. Dispuesto a ser idolatrado más si cabe por los del mal perder y peor ganar demostró una vez más su catadura moral, su osadía por la espalda y su cobardía cara a cara. Nada que nos extrañe.

Veleidosamente humana parece ser esta copa que se echa de menos, y no por falta de méritos, en nuestras vitrinas. Van ya dos veces que nos deja plantados en el altar, a punto de pronunciar el sí quiero que nos una para siempre. Tiene esta copa curriculum de veleta y de ello pueden dar testimonio Benfica, Milán y Bayern, por poner un ejemplo, pero con ninguno ha mostrado un comportamiento de calientabraguetas como con nosotros. Osó en su día a plantar a Luis y ahora ha osado a plantar a Simeone, dos grandes de nuestra historia. Seguro que nos volvemos a encontrar en el camino cualquiera año de estos. Ella, melosa como siempre, se enganchará de nuestro brazo con salero y esta vez será para quedarse a nuestra vera.


En el aula de la escuela que el domingo hacía las veces de colegio electoral, uno esperaba su turno con la camiseta rojiblanca puesta. Notaba uno sin hacer ningún caso como las miradas se posaban en él y oía murmullos. Comentarios condescendientes vertidos por lo bajinis de los que ese día y solo es día se habían puesto la camiseta descolorida remetida bajo la cinta de la riñonera. Abarrotado estaba el recinto de números sietes, de reconocimientos a la ruindad y la villanía cuando a la cola que se estaba formando frente a la mesa de al lado llegó un niño de unos seis años de la mano de su madre. Se me quedó mirando unos segundos y sonrió señalándose el escudo de la camiseta rojiblanca que también él vestía. Ponía Gabi en la espalda.

jueves, 22 de mayo de 2014

Desde Bielorrusia con amor...

Guardamos todavía en la boca el regusto del champán paladeado, restallan aún en nuestra espalda las palmadas con las que se sellaron los abrazos recibidos y se muestra la voz también convaleciente del maltrato al que la hemos sometido desde que el sábado se nos vistió el Atleti de campeón de Liga cuando se nos echa encima otra cita con la historia. Nos debe el destino una bien gorda en forma de Copa de Europa y se la debe particularmente a Luis y a su personalísima interpretación del salto de la rana al celebrar el gol que nos hizo tocar el trofeo con la punta de los dedos. Fíjense si tendremos todos marcado aquel episodio que ninguno de los nuestros falla al acordarse del nombre del innombrable que nos la arrebató a traición desde tan lejos. Da igual que ustedes pregunten a mayores o a los más pequeños, a los que lo vivieron in situ, a los que lo vieron agolpados frente al escaparate de una tienda de electrodomésticos, a los que lo vivimos sin ser conscientes o a los que saben de aquel episodio de oídas. Schwarzenbeck. A todos nos sale casi instintivamente el nombre del muy malasombra y somos incluso capaces de escribirlo sin fallar cuando muchos de nosotros llamamos a Schwarzenegger Arnold porque no sabemos ni pronunciarlo. Schwarzenbeck, repetimos todos acordándonos de su peinado setentero y de todos sus mismísimos muertos.



El caso es que uno, que anda ocupado en sobrellevar estos días de transición entre final y final de la mejor manera posible, no puede evitar aunque sea sin querer posar una mirada furtiva en algún periódico, cenar mientras se desarrolla la sección de deportes de un informativo o escuchar de pasada una tertulia económica en la que se habla de balompié cuando se lleva el transistor a la oreja. Hablan los medios sobre la cita y analizan hasta la extenuación posibilidades de unos y otros pero, eso sí, siempre con el mismo sesgo salvo honrosas y meritorias excepciones. Pareciera que el equipo al que abiertamente apoyan el presidente del gobierno y el líder del principal partido de la oposición se enfrentara en la final a un conjunto bielorruso dado el trato que se da a cada uno de los contendientes. Si midiéramos el tiempo que los programadores de escaleta otorgan a cada rival en los espacios que tocan el tema, nosotros mismos, ustedes y yo, no tendríamos más remedio que sentirnos una barbaridad de bielorrusos. Diríase que, máxime cuando el Atleti ya tiene una liga para entretenerse y no molestar durante al menos otros dieciocho años, la comisión europea y la UEFA deberían emitir un comunicado conjunto para proclamar vencedor de la cita al rival sin que el partido se celebre dado que España, y por ende el equipo presidido por ese constructor empeñado en dominar el mundo, pertenece a Europa desde hace más tiempo que nosotros y nuestro equipo, pobres bielorrusos que acabamos de ver caer el telón de acero y no vamos a poder digerir la posible abundancia de títulos.


Lo más curioso del caso es que ni a ustedes ni a mí nos extraña esto. Hace tiempo que tenemos asumido que esto está montado como está montado y no esperamos justicia ni defensa de esta causa rojiblanco-bielorrusa que todos hacemos nuestra. Siente uno hasta un poco de pena, que no indignación, cuando nuestra queridísima relaxing alcaldesa le deseó hace algún tiempo todo tipo de parabienes al rival sin reparar en que pudiera enfrentarse en la final a un equipo de la misma ciudad, hecho que sin duda solo se explica al verse arrastrada por la pasión del momento y la bielorrusidad que nos atenaza. Le pide a uno el cuerpo mandar a tomar por las retaguardias bielorrusas a todos: medios, prebostes, correveidiles, esposas consortes metidas a regidoras, mediocres y garrapatas aferradas a la teta acostumbrada y solo espera que este equipo, al que nunca seremos capaces de agradecer suficientemente la felicidad que nos ha entregado, haga un esfuerzo más, uno de tantos que ha hecho esta temporada, para amargar la esperada fiesta a todos, para dar carpetazo en plan bielorruso a la zarandaja de la décima. No me pregunten por qué, pero tiene uno el pálpito de que la noche del sábado al domingo será de nuevo larga. Me da en la nariz que nos volveremos a reunir para que nunca nadie más se acuerde de Schwarzenbeck ni de sus antepasados. Ojalá sea así y se vuelvan a teñir las calles de rojiblanco, para que Neptuno nos reciba como el magnífico anfitrión que es después de haber brindado a la afición los títulos conquistados desde el humilde balcón de la embajada de Bielorrusia. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Lo de menos y lo de más

Se acercaba la afición al campo y daba la sensación de que, cosas de la vida, el partido y el fútbol por extensión era lo de menos pero a la vez era lo de más. Se acercaba la afición al estadio y se respiraba un silencio espeso, pesado, lleno hasta rebosar de respeto, un silencio que se había instalado muy dentro de todos desde que el sábado por la mañana el café y el alma se quedaron helados al oír la trágica noticia. Se acercaba la afición al recinto y quien más quien menos notaba presente la abrumadora ausencia, la certeza de la falta, el vacío tan complicado de describir del que se suele hablar en casos como este. Se acercaba la afición al Manzanares y todos se sentían huérfanos, los más grandes huérfanos de padre y los más pequeños huérfanos de abuelo. Miraba uno al escudo y detectaba que el oso también se sentía huérfano ahora que la vida le había privado de aquel que nunca permitía que fuera pisado aunque fuera sin querer. Notaban todos muy dentro esa orfandad mordiéndoles pero también sentían orgullo, orgullo de haberle conocido, de haberle abrazado como referencia, de haber sabido hablar de él a otros y de haber sabido escuchar sobre él. Se acercaba la afición al Paseo de los Melancólicos y se echaban de menos las patillas gruesas y las gafas que cambiaban de montura mucho después de lo que las modas aconsejaban. Se echaba de menos el chándal de aquellas épocas y el de otras más recientes. Se echaban de menos las faltas dirigidas con precisión a la escuadra y los pies que aguardaban en el interior de los míticos zapatones. Se echaba de menos su voz resonando en los vestuarios, esa voz que hablaba de ganar, ganar y luego ganar, esa voz que sabía tocar la fibra sensible del que escuchaba. Se echaban de menos los malos modos, la alergia a las medias tintas, el culo pelado, la socarronería y se echaba de más a aquellos que le negaron el pan y la sal, a los que le pretendieron licenciar con deshonor por no casarse con nadie y por arrancar de los vestuarios patrios malas hierbas con el siete a la espalda. Se acercaba la afición al Vicente Calderón y a cada pocos pasos surgía otro que contaba una anécdota sobre él, una de esas que a pesar de tan escuchada, toma forma nueva cada vez que se relata. Terminaban las historias con una media sonrisa, mitad triste y mitad alegre y con un suspiro hondo con vocación de punto y aparte.


Ocupó la afición de manera ordenada su localidad y recorrían con la vista el estadio que es su casa y siempre será la de él ya desde antes de aquel lejano pero recordado día en el que, cómo no, la inauguró con un gol. Andaba la afición con un escalofrío metido en la espalda, un escalofrío que hacía asomar lágrimas en unos y necesidad de homenajear al ídolo en todos. Saltaron al campo varios veteranos portando la camiseta con el ocho y el silencio volvió a imponer su ley para dejarse vencer a continuación por las voces entrecortadas. Comenzó el partido que era lo de menos pero seguramente lo de más y se puso por delante el Atleti casi llegando al descanso a pesar de no estar mostrando una cara brillante. Fue Villa el que convirtió en esos terrenos en los que los goleadores pisan con paso firme y alzó los brazos al cielo, recordando y volviendo para luego lesionarse, esperemos que levemente. Achuchó el rival, que estaba aunque casi nadie había reparado en él y Diego Costa y Miranda despacharon el partido por si hubiera alguna duda de que un partido así, con todo lo que lo envolvía nunca podría haberse escapado. Aún hubo tiempo para que redebutara el indeciso Diego y pareció que año y medio no es nada redondeando un partido que sabe a liderato en solitario a pesar de ser lo de menos o a lo mejor lo de más.




Marchaba la afición hacia sus casas tras haberse demorado algo más de la cuenta en el estadio, tal vez intentando aprehender un trocito de la noche vivida y guardarlo en un baúl de tesoros de valor incalculable. Flotaba de nuevo un silencio reinante y despótico que parecía dirigir los pasos de los aficionados y uno se paró a mirar a sus iguales. Miraba uno a los ojos de la afición y veía agrandarse una leyenda, una enorme y de varios colores pero principalmente de color rojo y blanco. Veía uno también calor, emoción y esa bendita sensación de pertenencia que solo ustedes y yo tenemos el placer de sentir. Se detectaban más cosas en aquellas miradas: nostalgia acompañada del dolor frío del que no se lo espera, reconocimiento a esa irrepetible figura y sobre todo agradecimiento. Sí, todos los ojos gritaban diciendo gracias. Gracias por lo que dejó en el campo y en el banquillo. Gracias por estar cuando nadie quería y no estar cuando no tocaba. Gracias por aquella alegría infinita pero efímera truncada por un alemán de nombre impronunciable. Gracias por saber hacer ver a los jugadores que detrás de ellos había varios miles que tocaron el cielo en noches como aquella. Gracias por vencer al dragón de los cuartos de final. Gracias por existir y haber sido de los nuestros. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Ultima sesión del ciclo ordinario


Nueva entrega actualizada del acta del diario de sesiones del representativo senado atlético que se nos presentó en las entradas Extracto del diario de sesiones y Diario de sesiones

Acta de la última sesión ordinaria de la temporada 2011-2012 celebrada por el Senado Atlético representativo y autóctono del Bar Casa Maxi.

19:02 horas: Se inicia la sesión del senado atlético dos horas antes del comienzo del partido como rezan las buenas costumbres, sin detenerse a analizar si en días lluviosos como el que ocupa se debiera mostrar más relajamiento en los horarios. Preside la misma el actual arrendatario del local, Don Maximiliano Autillos, y modera y pontifica Don Santos Tenderete en su condición de parroquiano más veterano al ocupar el mismo taburete en el local desde hace veintitrés años sin importar las diferentes denominaciones que ha atesorado el mismo.

Asistentes:

Don Maximiliano Autillos
Don Santos Tenderete
Doña Adelaida Minucias
Don Epifanio López de Pantorrillas y Rocamora
Don Arístides Ventolera 

Asiste como invitada Doña Georghina Lucalescu, empleada doméstica en la señorial mansión de Don Epifanio López de Pantorrillas y Rocamora, no por su condición de encomiable creadora de un cocido madrileño que firmaría una vecina de la calle Mesón de Paredes, sino por su naturaleza de nacida en Bucarest, destino éste muy en boga en cuanto al turismo atlético se refiere.

Orden del día:


  • Doña Georghina Lucalescu abre la sesión haciendo una presentación titulada “Tesoros de Bucarest” en formato diapositiva panorámica. En ella desgrana las bellezas de la capital rumana haciendo especial hincapié en dónde comer, dónde pacer y dónde comprar souvenires conmemorativos. Al llegar al apartado de ruegos y preguntas, la concurrencia decide obviar las cuestiones de Don Santos Tenderete sobre boites recomendables donde mover el esqueleto si se tercia. Consta en acta la protesta de susodicho senador ante la no respuesta de la ponente y ante la imposibilidad de constatar si en Bucarest podrá asistir a algún tipo de espectáculo arrevistado de esos que tanto le gustan.


  • Los miembros del senado entregan un comunicado conjunto de repulsa por los recortes que se están produciendo en su sede social como consecuencia de la crisis hostelera. El presidente acusa recibo del escrito sin entrar a dirimir si las tapas que acompañan las consumiciones de los parroquianos han sufrido tanta merma como aseguran sus señorías. Queda pendiente de revisión un informe pericial presentado por la señora Minucias en el que expone sus dudas sobre la procedencia de los tropezones de carne que se encuentran diseminados en la masa de croquetas, habida cuenta del empeoramiento sistemático que se produce en su alergia a los gatos cada vez que consume una de ellas. Asimismo, los asistentes juran y perjuran que el otrora glorioso clarete de tierras de Aranda de Duero que se servía por copas, ha pasado de ser clarete a ser transparente. Se acuerda crear una comisión de investigación para ahondar en la problemática del posible bautizo al que Don Maximiliano Autillos somete a los caldos de la uva de manera poco sacramental.


  • En lo tocante a la situación del equipo y dados los últimos resultados obtenidos, sus señorías abogan por la rotación salvaje en el encuentro a celebrarse en breves instantes de cara a sembrar frescura en tierras de la Sra. Lucalescu, no sin antes lamentarse de que se tenga que recurrir a estas economías de fondo físico por tener ya poco en juego más que la acostumbrada pedrea liguera. Se acuerda por mayoría la definición del partido de hoy como encuentro de transición contando con el único voto en contra del Sr. López de Pantorrillas y Rocamora al que los partidos contra el malacitano y ahora califal equipo emocionan bastante al recordar sus veraneos en Estepona cuando era mozo.


Sin más particulares que tratar, la sesión se levanta, como de costumbre, un cuarto de hora antes del inicio del partido pero, de manera sorprendente, se vuelve a acostar la muy perezosaal ver la concurrencia de qué manera jarrea en la vía pública. Los integrantes del senado deciden seguir el encuentro a través de la pequeña pantalla sin moverse del hemiciclo aduciendo problemas reumáticos, catarros mal curados y hasta la no desdeñable posibilidad de que se les rice el pelo tras varias sesiones de alisado japonés, todo por la que está cayendo. En el último momento Don Arístides Ventolera abandona el local con destino al estadio saliendo a la intemperie casi a pecho descubierto tras asegurar que prefiere una pulmonía a tener que aguantar los comentarios de las cadenas que ofrecen partidos en abierto lo que se secunda por todos los asistentes de palabra pero no de obra, que llueve mucho.

Animada por los presentes, con la venia del Sr. López de Pantorrillas y Rocamora y con la reticencia del Sr. Autillos, la Sra. Lucalescu obtiene permiso para invadir la cocina del local de cara ejecutar uno de sus tan glosados platos, las manitas de cerdo al estilo de los Cárpatos, sobre las que se dictará sentencia al final de esta sesión.



Disposiciones finales:


  • Este senado valora muy positivamente la reacción del equipo tras el descanso pero lamenta profundamente haberse tenido que chupar una primera parte de esas que son marca de la casa, ésas más vulgarmente conocidas como “para mear y no echar gota”, a pesar de que la comparación no le parece afortunada al Sr. Ventolera, que a la vuelta del campo se ha instalado con ánimo de mitigar la tiritera al lado de la estufa del local arrebujado en una manta zamorana plagada de ácaros que el Sr. Autillos ha tenido a bien rescatar del almacén de stock alimentario.


  • Sus señorías acuerdan unánimemente hacer mención especial en el partido de hoy el desempeño de Koke, responsable de que escampara el temporal en lo futbolístico y hasta en lo climatológico, pero sin cebarse en analizar que la recuperación del equipo se pudiera atribuir a la no presencia sobre el tapete de Mario Suárez, jugador que es incluso comparado en su blandura con la consistencia del pan envuelto en papel de aluminio un par de días.


  • La cámara decide también otorgar sonora ovación con saludos y cariñoso agradecimiento por los servicios prestados a Don Luis Amaranto Perea y Don Antonio López, no sin antes reflexionar sobre lo fácilmente que la gerencia se desprende de los jugadores veteranos sin atender a cuestiones emotivas y sobre lo efímeras que son las capitanías en nuestro equipo, aspectos que deberían ser cuidados de cara a taponar la hemorragia de identidad que asola la entidad desde que la inefable familia se hiciera con sus riendas al despiste y sin soltar un duro. 


  • A petición de la Sra. Minucias, consta en acta que la cámara conviene en que es mejor afrontar la cita de Bucarest tras victoria por cosas modernas como las dinámicas de grupo y la reafirmación de la psique colectiva, pero que por muchas modernidades con las que se adorne, no hay manera mejor de describir la manera de encarar ciertos eventos que con la frase de Don Luis Aragonés, Sabio de Hortaleza y merecedor de al menos un ducado o señorío a juicio de los asistentes: “Ganar, ganar y ganar”.


  • Dado el carácter supersticioso de los miembros de este senado, nadie querría calificar la temporada antes de la celebración del partido en la ciudad natal de la Sra. Lucalescu, más Don Santos Tenderete, con ese gracejo que le caracteriza, la resume como desastrosa independientemente de lo que acaezca. Desastrosa, pero contenta en caso de victoria y desastrosa, pero jodida en caso de lo que no se quiere ni mencionar.


  • Como último tema del día, y de cara a no dejar que el verano adobe rencores que se enconen para la próxima temporada, los miembros del senado deciden retirar el comunicado de repulsa sobre la merma en las calidades de las viandas ofertadas por el Sr. Autillos, lo que sirve para que éste desfrunza un poco el ceño con el que ha presidido los actos durante toda la noche y se anime a invitar a una ronda de clarete sin cristianar. Asimismo, las señoras y señores senadores con la excepción del Sr. Ventoleras, al que todavía castañetean los dientes profusamente para dedicarse a otros menesteres, degustan las manitas preparadas por la Sra. Lucalescu con emoción y hasta se escapa alguna que otra lagrimita atribuible a textura y ligazón de la salsa con base de tomate que las acompaña.


Sin más temas que tratar, con el paladar rememorando los matices del milagro culinario presenciado y con el alma en paz por haber limado las asperezas con el señor presidente y anfitrión de las sesiones, se levanta la sesión hasta que la próxima temporada asome la patita.


Como siempre suele pasar cuando el último partido de temporada en el Calderón yace de cuerpo presente, los miembros del senado se reúnen en la puerta del bar sin demasiadas ganas de marcharse. No quieren separarse de los suyos sabiendo que por delante se desplegará un verano largo sin fútbol de los de rojo y blanco. Sí, hay Eurocopa y hasta olimpiadas, pero no es lo mismo. No, no lo es  ni de lejos. Esas otras citas te ocupan y te emocionan  en su justa medida, sí, pero hay un algo que tienen los partidos de los nuestros que no tienen otros sucedáneos. Hablan de naderías para demorar la despedida: que si qué callado tenía Epifanio lo de cómo cocinaba la rumana, que si el clarete de la última ronda parecía que tampoco iba a ir al limbo, ya saben ustedes, de sus cosas. En otras circunstancias, se despedirían hasta el próximo Villa de Madrid, pero hasta esa posibilidad de emplazamiento temporal nos han arrebatado. Finalmente, la fría y húmeda noche aconseja una retirada digna y cada cual se dirige a donde pertenece. Bueno, cada cual no. Santos Tenderete no enfila el camino del Puente de Toledo para ir a casa, se acerca a un Calderón apagado y silencioso y da una vuelta alrededor del coliseo rojiblanco pasando la mano de vez en cuando por sus paredes como intentando buscar consuelo a la distancia que el fin de la temporada va a abrir entre ellos. Queda triste, como cada año, pero esta vez tiene dos cosas que le reconfortan algo, una final a tres días vista y el sabor que perdura de una salsa para manitas hecha con una base de tomate…

miércoles, 25 de enero de 2012

Posesión...

(Les pido disculpas de antemano por el improvisado giro en el hilo argumental de las temáticas agónicas, pero hay momentos que se prestan más a marcarse una travesura...)

El anciano exorcista se detuvo unos instantes a la entrada del pasillo para recuperar el resuello. Los sonidos que salían de la habitación distaban mucho de ser considerados humanos. Cerró los ojos un par de segundos para buscar en lo más recóndito de su ser un soplo de ánimo que le permitiera afrontar el trance. Abrió la puerta. Lo primero que notó es el frío. Un frío sobrenatural. Luego le golpeó la desnudez de la estancia. Una cama y una silla desvencijada, nada más. Sobre la cama parecía descansar una mujer cuyas profundas ojeras enmarcaban unos ojos sin vida y un rostro lleno de heridas. En la silla, un hombre que intentaba mostrar fortaleza a pesar de estar a punto de derrumbarse se levantó para recibirle:

– Gracias a Dios, Padre. No creo que superemos este ataque –dijo entre susurros cogiéndole las manos con avidez–. Como le conté por teléfono, somos una familia normal y feliz. Siempre juntos: servidor, mi Pepa y los niños. He tenido que mandar a los niños con mi hermana para que no la vean así.

Las plañideras confidencias del hombre se vieron bruscamente cortadas por los gritos de la mujer:

– ¡Centro do campo criativo! ¡Triplo pivote! ¡Albornouses, toalhas! ¡Você também pode pagar, escudos ou pesetas!

Mientras soltaba su deslavazado discurso, la yacente madre de familia expulsaba babas verdes por la boca y emitía ventosidades con evidente regocijo. El cura comprendió que el marido no exageraba un ápice cuando relató la desesperada situación unas horas antes. No exageraba cuando contó cómo de un día para otro y sin previo aviso su Pepa impuso la obligación de llamarla Yosefina, “Pero que suene a Shosefina”, decía siempre ella. No exageraba tampoco cuando contó el episodio con una vecina a la que introdujo el dedo en el ojo por no sé qué trifulca sobre horarios de bajadas de basura. No exageraba lo más mínimo cuando aclaraba que su mujer había adquirido don de lenguas, ella que hablaba castellano mal y balbuceaba el panocho huertano, ahora se expresaba en varios idiomas vernáculos con maneras de traductora. No exageraba aún cuando exponía preocupado el cambio de comportamiento de su hijo Pepito, que pasó tras la metamorfosis de su madre de ser un niño apocado a pisar manos y repartir coces muleras entre los retoños del parque donde jugaba. No exageraba en ningún caso. Aunque pudiera parecer mentira.



El sacerdote se sentó en el borde de la cama sin mostrar reparo mientras la enferma giraba la cabeza como para rematar un centro desde línea de fondo, eso sí, marcando los tres tiempos del remate, que el estar postrado no es óbice para cabecear de mala manera y continuaba blasfemando con aquella voz que parecía no pertenecerle:

– ¡Bacalhau da frontera! ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Gostaria mais defesas! ¿Por qué? ¡É a culpa de o calvo da estreita ligação! ¡Mateu Lahoz é a melhor!

El Padre abrió con parsimonia el maletín que le acompañaba desde que había empezado a ejercer su ministerio. Besó la estola y depositó sobre la mesa un libro de tapas negras y una imagen plastificada.

– ¿Hay esperanza? ¿Puede hacer algo por ella, padre?

– Tenemos que depositar todas nuestras esperanzas en este tratado de fútbol pinturero forrado en piel noble escrito por un antiguo utillero de la Naranja Mecánica y en esta foto de Don Luis Aragonés, adalid del tiquitaca, hijo. Si encomendándonos a ellos no es posible, veo difícil solución.

– Entonces… ¿es una posesión, padre?

– Hijo mío, el espíritu que está dentro de tu mujer desprecia la posesión. Es una presencia más dada al patadón y al cerrojazo…–aclaró lapidariamente el cura mientras seguían rasgando la noche los aterradores alaridos…

– ¡Pepe é bom! ¿Por qué? ¡Eu prefiro a Cristiano que Messi! ¡Bacalhau grelhados! ¡Vitoria Setúbal! ¡Maniche y Costinha!...

jueves, 19 de enero de 2012

Genios y figuras

– Goyo, vamos, que se nos hace tarde… –llamó de nuevo Gregorio, el padre, intentando no acumular más retraso del acostumbrado de camino al colegio.

Goyo colocaba extasiado en perfecta alineación la numerosa colección de figuras. Todas con torsos pintados de rojo y blanco, todas con el pantalón azul, como debe ser. Descansaban sobre esas peanas que fracasaban en el intento de apegar al terreno escorzos imposibles y remates acrobáticos. Gregorio se detuvo un momento en el quicio de la puerta del dormitorio viendo cómo su hijo volvía a pasar revista a su ejército de leyendas rojiblancas, su pasatiempo favorito. Miraba lleno de orgullo al comprobar que el pequeño, que tanto se parecía a él, había heredado su misma pasión. Esa pasión que le llevó a iniciar la colección hace ya demasiados años. Revivió la antigua liturgia, el olor del plomo fundido y la avidez con la que invadía los moldes, el mimo al limpiar los pinceles, la sequedad que provocaba el aguarrás en sus manos...Continuó durante muchos años alimentando esa afición que le hurtaba horas y vista, dejándola solo de lado, aparcada por la falta de tiempo, cuando su familia se multiplicó. Su hijo Goyo creció, empezó a juguetear con ellas, las hacía bailar alrededor de un garbanzo con hechuras de balón, aprendió los nombres de los representados, retuvo lo que significaron en la historia de su equipo, revivió los partidos tantas veces contados por sus mayores, organizó sus propios concursos de lanzamientos de golpe franco en los que las figuras de Luis, de Pantic, de Dirceu, maltrataban las escuadras de unas porterías con redes de malla de patatas, desplegaba sus recursos a la manera de Antic, a la de Ivic o incluso a la de García Traid, imaginaba los gritos de Arteche y Pereira pidiendo avances de sus laterales, galopaba por las bandas de una alfombra gastada de la mano de Futre o de Leivinha, se zafaba del marcaje de los deberes del colegio para dibujar remates de cabeza de Gárate o de un niño pecoso de Fuenlabrada, dejó junto a esos trozos de plomo pintado tardes enteras, les hablaba y les deseaba las buenas noches y hasta le pareció que alguna vez Leal respondió a su despedida nocturna levantando levemente la mano vendada.




Hace un par de años Gregorio y Goyo modelaron sus últimas figuras llevados por la euforia. No utilizaron el plomo como materia prima, lo sustituyeron por un menos contaminante poliéster resinoso. Evidentemente, las figuras perdieron peso, pero no solo masa real y medible, perdieron el peso de tener toda una historia atrás. Las figuras actuales son más quebradizas, más frágiles. Muchas de esas últimas figuras están apartadas de las demás, en un cajón del que ya casi no salen. La mayoría de ellas resisten mucho peor el paso del tiempo que sus congéneres de recio plomo a pesar de las tremendas diferencias en la fecha de fabricación. Seguramente, en menos tiempo del que pensamos, nadie se acordará de ellas. Dentro de unos años, demasiados probablemente, alegrías puntuales harán que un anciano Gregorio y hijo Goyo tengan la tentación de retomar el antiguo hobby de crear con sus manos esas nuevas figuras. Al final desistirán, se impondrán a sí mismos la falsa creencia de que no van a hacer más por falta de tiempo o por cortedad de vista, pero no será por eso. No lo harán por no sentir como suyas esas figuras más ecológicamente ligeras, por no saber si ése que tal vez la merecería pertenece al Atleti en su totalidad o en un tanto por ciento despreciable, por no conocer cuánto tiempo se quedará a nuestro lado, por la pérdida de peso, en suma, de los candidatos a ser inmortalizados. La colección seguirá constando de los mismos elementos. No se sumará ninguno más. Y ambos dos seguirán mirando cómo el pequeño Goyito, la tercera generación, empezará a escenificar sobre una manta convertida en improvisado campo de fútbol una gran parada de Reina a disparo de un zancudo jugador con las medias bajadas que no puede ser otro que Rubén Cano. 

lunes, 31 de octubre de 2011

Sobre pruebas a pasar, por si acasos y minutos musicales

–…y este es mi padre. Papá este es el chico del que te he hablado, Jesús José –dijo solícita la tardía adolescente omitiendo el menos formal Chuche por el que era conocido su noviete, que para la ocasión había aplacado su rebelde peinado a base de laca y nervios.

– Ah…hola –acertó a despegar los labios el cabeza de familia ante la mirada asesina de su señora esposa.

– Encantado, señor –se adelantó al artista anteriormente conocido como Chuche para estrechar la mano de su suegro mientras inconscientemente doblaba la bisagra lumbar en señal de respeto.

– Sí, sí…–añadió con desgana Don Genaro–, ¿y cómo has conocido a mi hija?

– Somos compañeros de clase en Estadística dos, la única troncal que compartimos. Yo he elegido la opción de las humanidades, no como Lorena que es de la rama tecnológica.

– Sé perfectamente qué rama estudia mi hija, chaval –dijo secamente el padre de la criatura–. ¿Humanidades? O sea, que eres hippie, librepensador o ambas cosas a la vez.

– ¡Papáaaaa!

– Lorena, cariño, a ver si en mi casa no voy a poder decir lo que me salga de las narices –se defendió Don Genaro contenidamente. Sin utilizar otras partes de su anatomía que se ajustaban más a la situación. Partes pares, para más señas.

La madre se materializó en la salita dando fin al momento de tensión por obra y gracia de unos taquitos de queso semicurado y una punta de lomo embuchado.

– Genaro, ayúdame con las bebidas, anda, no seas tan gruñón ­–conminó la anfitriona aliñando la frase con otra de esas miradas capaces de fundir aleaciones pobres en titanio.

– Voy….Jesús José, ¿qué te traigo para beber? –preguntó zanjando otras cuestiones.

– Una cerveza, si no es mucha molestia –respondió un poco demasiado rápido el opositor a ser aceptado ante las miradas alarmadas de madre e hija.

– Mejor te voy a traer un trinaranjus, que me parece que no tienes edad para beber –terció Don Genaro adoptando la misma mirada torva y la misma media sonrisa de quien se sabe ganador del asalto tras haber hecho caer en su trampa al contrincante.



Manzano se enfrentaba ayer a una prueba con el mismo grado de tensión de a la que se enfrentó nuestro amigo Chuche. Eso sí, sin esos aliados femeninos de los que dispuso nuestro galán de patio de instituto. Manzano se presentaba sin tener ninguno. Una afición que ya le ha tarareado la tonada recurrente para que se vaya, una directiva que asume con naturalidad la rápida combustión del primer cortafuegos que han dispuesto para esta temporada, unos jugadores que, dicen, no creen en su discurso monocorde ni en sus rotaciones esquizoides. Goyo llegó a primera hora de la tarde con varias cajas de cartón de esas que utilizan los americanos cuando dejan un empleo, ésas que siempre terminan coronadas por una foto de familia con perro de cara bonachona. Lo hizo por si acaso. Lo hizo por si volvía a salir el mismo equipo que en las últimas jornadas. Giró la llave de paso del agua de su despacho, apagó las regletas de seis enchufes y bajó el termostato de la calefacción al mínimo. Dispuso también al lado del banquillo una bolsa con una botella de agua fresca, una bolsa de patatas de cuya fecha de apertura no quiso acordarse y unos briks de zumo de marca blanca, lo que casi todos aprovisionamos cuando de irse de viaje se trata. Todo por si acaso. Dejó a Reyes en la grada que es algo que también le pedía el cuerpo antes de marcharse y se preparó para el chaparrón.

Entró el Atleti a empellones en el partido. Sin pasar apuros pero sin un dominio creador de ocasiones sostenido. Parece ésa una característica del equipo. El equipo posee una continua discontinuidad, tal vez por depender en exceso de Arda y Diego, jugadores de innegable clase y de evidente intermitencia. Seguíamos a base de impulsos cuando Arda puso un balón en el área medio blandito que Adrián cabeceó con saña a la red. Adrián, la llave ayer.



Adrián llegó al equipo casi pidiendo perdón por no tener gol y no haber dejado comisiones  en su incorporación, aspecto mucho más grave el segundo para la gerencia regente. Adrián fue el más destacado de los rojiblancos en esas travesías veraniegas por las previas europeas pero se vio tapado cuando empezó lo mollar por un delantero estrella y por un planteamiento rácano de un entrenador no dispuesto a dar cancha a dos delanteros. Aún así, cada vez que ha salido ha demostrado que es uno de los que más claro lee los partidos de todos los llegados. Cuando el equipo se obceca por el centro, ofrece desahogo en banda. Cuando las líneas contrarias se cierran, busca el espacio con inteligencia, tal y como hizo en el tercer gol, reculando hasta el punto de penalti para ejecutar una buena jugada de Filipe (al fin). Si hubiera sido Adrián el que fuera a conocer a los padres de su novia, éstos de entrada hubieran podido alegar que parece excesivamente calladito y algo raro, pero hubiera llevado un ramo de flores para la suegra y una botella de vino resultón para el suegro, un hueso para el perro y un habano para el abuelo de su amada. Su manera de ser es esa, ofrece lo que se necesita en cada momento. En los partidos, también. Goyo hasta ahora no lo había visto del todo, probablemente por reservón y timorato. Esperemos que a partir de ahora no lo olvide. Si es que tiene más tiempo para no olvidar.

Entre medias, se consiguió un gol de estrategia al que no sabemos si achacarle brillantez en el movimiento o excesiva contemplación por parte de la defensa maña. Conocimos a Micael, ese cromo del que no conocíamos la cara que nos salió al comprar un delantero centro mediante leasing chanchullero. Aplaudimos a Perea por ser como es, uno de los nuestros a pesar de sus fallos. No nos acabaron de convencer de nuevo ni Gabi ni Mario Suárez. Así pasábamos la tarde sacando conclusiones más o menos acertadas cuando nos dimos cuenta de que teníamos hambre. Cosas del cambio de hora, seguro. Con tres a cero en el marcador y el partido resuelto se fue del campo una buena parte de la parroquia que había comido a la una y media y a los que el estómago estaba avisando con sonido de lavadora centrifugando. Anticiparon la salida con la promesa de un pincho de tortilla con cebolla en cualquier bar de los aledaños antes de coger el metro. No se perdieron mucho. O sí.

Se perdieron un obsequio de la defensa atlética que el Zaragoza convirtió en gol, pero sobre todo, se perdieron unos minutos de despropósito musical. Una parte de la grada, convertida para la ocasión en orquesta pachanguera, atacó un repertorio de temas manifiestamente cuestionable. Tras un prometedor inicio acordándose del Sabio de Hortaleza, tema muy aplaudido como el que siguió, una melodiosa invitación a Manzano para que coja la puerta, empezó a decaer el concierto. La elección del siguiente tema fue la guinda amarga, la bulliciosa coral empezó a acordarse con calidez del ínclito Sánchez Flores entre la división de opiniones del resto del respetable, dado que muchos nos acordamos de él, sí, pero también de la señora madre que lo parió folclóricamente. Finalmente, los bises nos trajeron un encendido recordatorio al verdadero culpable de todo lo malo que pasa en el club, tema este que recabó más aplausos e incluso algún mechero encendido. Parecía que el concierto se alargaría hasta el pitido final cuando una jugada brillante y pinturera de Adrián y Arda devolvió la atención al césped hasta el final del encuentro.

Gregorio abrió el despacho que creía nunca más abriría. Dejó la caja sobre el escritorio. Rescató la foto de la familia con perro bonachón y la dejó en su sitio, a la izquierda de la pantalla del ordenador. Giró el termostato a 21 grados y se sentó en el sillón de oficina aliviado. Finalmente, se había ganado al menos un partido más de continuidad. Gracias a una victoria de la que no se deben sacar demasiadas conclusiones. Una victoria engañosa tal vez, ante un adversario que no creyó demasiado en sí mismo. Falta saber si lo hecho ayer se mostraría suficiente ante rivales de más enjundia. Mientras tanto, la afición no deja de pensar si lo de ayer habrá sido un espejismo. No debería ponerlo fácil el seguidor atlético tras un inicio esperanzador que ha estado a punto de acabar en la cuneta de las ilusiones perdidas de tantas temporadas. Nos tendrán que ganar como Chuche a su futuro suegro. Lo de ayer es poco y también Manzano lo sabe. Por eso no deshizo la caja con sus pertenencias. Por si acaso.

lunes, 16 de mayo de 2011

Coplillas para una despedida llena de sensaciones.




 
Permítanme ustedes entrar
en sus casas sin aviso.
Hasta hoy miré remiso
por si se había de quedar.
Ya que parece acabar,
les vuelvo a pedir permiso
y tener terreno liso,
para empezar mi cantar.

Les traigo mis reflexiones.
Sobre un hombre yo les hablo
y también sobre un vocablo
¿Qué vocablo? Sensaciones
¿Sensaciones? ¡No me diga!
A quien pida explicaciones,
le mostraré mis razones,
ahora que muere la Liga.

Tenemos en nuestro equipo
un tipo enjuto que espera,
más que el lucir en Primera,
sensaciones de otro tipo.
¿Qué sensaciones tolera?
Sensaciones como el hipo,
¡Y esto es solo un anticipo,
también la de cagalera!

Sobrino de Faraona,
aunque no ha heredado el arte.
Él es más punto y aparte,
tiene un arte bravucona.
Sus necedades reparte
con su mirada saltona
y se erige en baluarte
de la estrategia ramplona.

Muy quieto en su pedestal,
rota, mueve y vuelve loco.
¡Menos mal que queda poco!
¡Ya se marcha, menos mal!
Al partir suena un murmullo,
mientras se aleja del foco.
Se va el del estilo barroco,
mas que Flores es capullo.

No usa ciertos fichajes,
la cantera le da sueño.
Y mientras, va haciendo encajes
para no poner a Fran.
¡Ésta no rima! Verán…
El que no entra en su plan
se trata de ese otro Fran
con apellido extremeño.

Le cae mal el uruguayo,
dice que le ve pedante.
Que no corre para atrás,
tampoco va pa’ delante.
Menos mal que acaba en mayo.
Si esto dura un poco más,
terminan a “bofetás”
por hacer de capas, sayo.


Un sector sin gran memoria,
le dedica una canción,
esa del que fue campeón,
la del serbio que hizo historia.
Ante tal demostración,
agachamos la cabeza
no entendiendo al Calderón.
¡Ni que fuera el de Hortaleza!

Muy crecidito por ello
se piensa más de lo que es.
Aquí no consta tu sello,
la defensa da traspiés.
Pero Quique, ¿no lo ves?
Tú que te creías bello.
Sale esto, sale aquello
y sale todo del revés.

Aún así, los hay felices
se denominan “quiquistas”,
¡Váyanse a mirar la vista!
¡Vayan ya, manda narices!
Antes de irse, no crean,
le han dado un baño de masas,
si lo sé me quedo en casa,
poco más y le mantean.

Dice que deja progreso.
Dice que deja en Europa.
Con los números se topa
por tanto usar la sinhueso.
¡No, Don Quique, nada de eso!
Progreso sería ganar,
ser séptimo, experimentar
un muy claro retroceso.

Ha sido el que más perdió,
de los técnicos habidos,
y el tío tan relamido,
no crean que dimitió.
Anda justo de decencia,
eso se lo digo yo,
sin tanta clarividencia
de la que gasta el gachó.

¿Ya se marcha? No se explica,
el que nos deje gran duelo.
Entendería el desconsuelo
del jersey de talla chica.
Que la afición le suplica,
que se cambie alguna vez.
¡Es que me va con la tez!
Dice el dueño, justifica.

Termino aquí. Mil perdones,
por usar el eufemismo:
nos tiene ya hasta los mismos,
de tantas las sensaciones.
¡Qué les digo hasta los mismos!
Nos tiene hasta los cojones,
por usar un vulgarismo
acorde con sus acciones.