Cabalgaba
el partido por el yermo terreno de la desesperanza cuando Torres hizo acto de
presencia sobre el césped. Quien más y quien menos calibraba el tamaño del
boquete que el rival pudiera hacer y si la herida afectaría a órganos vitales
de aquí al final de la temporada. El Atleti, cautivo durante cuarenta y cinco
minutos, no alcanzaba a ver el horizonte tras el muro coronado de alambre de
espino que rodeaba el campo de internamiento en el que el adversario le
confinó arrebatándole el balón y la moral. El descanso descubrió a las ilusiones rojiblancas asustadas en un rincón. Hacinadas
en insalubres barracones que las ocultaban de sus captores. Ellos parecían más
altos, más guapos, mucho mejor armados. Parecía no existir más opción que la
rendición. Y entonces salió Fernando.
Ciertamente
Torres ya no es el de Viena. Tampoco es probable que nos vaya a regalar goles
imperiales como aquel del Villamarín ni arrancadas llenas de potencia de las que
poblaron de pesadillas los sueños de un buen número de centrales en la última
década. A veces se deja el balón atrás. En ocasiones se nota que la cabeza le
funciona mucho más ágilmente que las piernas. Tal vez no sea el nueve titular
con el que el Atleti pueda afrontar según qué batallas. Todo eso es verdad. También
lo es que él nació para este tipo de partidos. Los lleva jugando desde que era
un adolescente. Saltó al campo apartando el desánimo de compañeros y grada y
entonces ocurrió.
Peleó un
par de balones que parecían perdidos. Aguantó una pelota hasta que los
centrocampistas se sumaron al ataque. Forzó un córner. Presionó. Se atrevió a
mirar a los ojos a los captores. Se plantó ante el potente fuego rival sin
miedo y comenzó a silbar bajito una melodía que todos conocíamos. Seguidamente
se sumó Gabi. Godín volvió a ganar todos los balones por alto en ambas áreas.
Filipe redescubrió la banda izquierda y Griezmann comprendió que no era
imposible. Hasta Carrasco, inmerso en otro partido merecedor de patada a una
botella de agua, pareció renacer.
Lo que
empezó con un silbido se había convertido en un rugido atronador. Miles de
voces cantando a coro la canción que Fernando había comenzado. Una canción que
habla de no resignarse. De creer. De nunca bajar los brazos. De saber que siempre
hay esperanza cuando en la camiseta las rayas son rojiblancas. Una canción
nacida de las entrañas. Una canción escrita por el Calderón en noches como la
de ayer. Una canción cuya letra, por encima de todo, habla de dignidad. Una
canción que explica al Atleti, más allá de cualquier resultado.







