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jueves, 2 de febrero de 2017

La canción que silbó Torres

Cabalgaba el partido por el yermo terreno de la desesperanza cuando Torres hizo acto de presencia sobre el césped. Quien más y quien menos calibraba el tamaño del boquete que el rival pudiera hacer y si la herida afectaría a órganos vitales de aquí al final de la temporada. El Atleti, cautivo durante cuarenta y cinco minutos, no alcanzaba a ver el horizonte tras el muro coronado de alambre de espino que rodeaba el campo de internamiento en el que el adversario le confinó arrebatándole el balón y la moral. El descanso descubrió a las ilusiones rojiblancas asustadas en un rincón. Hacinadas en insalubres barracones que las ocultaban de sus captores. Ellos parecían más altos, más guapos, mucho mejor armados. Parecía no existir más opción que la rendición. Y entonces salió Fernando.

Ciertamente Torres ya no es el de Viena. Tampoco es probable que nos vaya a regalar goles imperiales como aquel del Villamarín ni arrancadas llenas de potencia de las que poblaron de pesadillas los sueños de un buen número de centrales en la última década. A veces se deja el balón atrás. En ocasiones se nota que la cabeza le funciona mucho más ágilmente que las piernas. Tal vez no sea el nueve titular con el que el Atleti pueda afrontar según qué batallas. Todo eso es verdad. También lo es que él nació para este tipo de partidos. Los lleva jugando desde que era un adolescente. Saltó al campo apartando el desánimo de compañeros y grada y entonces ocurrió.


Peleó un par de balones que parecían perdidos. Aguantó una pelota hasta que los centrocampistas se sumaron al ataque. Forzó un córner. Presionó. Se atrevió a mirar a los ojos a los captores. Se plantó ante el potente fuego rival sin miedo y comenzó a silbar bajito una melodía que todos conocíamos. Seguidamente se sumó Gabi. Godín volvió a ganar todos los balones por alto en ambas áreas. Filipe redescubrió la banda izquierda y Griezmann comprendió que no era imposible. Hasta Carrasco, inmerso en otro partido merecedor de patada a una botella de agua, pareció renacer.

Lo que empezó con un silbido se había convertido en un rugido atronador. Miles de voces cantando a coro la canción que Fernando había comenzado. Una canción que habla de no resignarse. De creer. De nunca bajar los brazos. De saber que siempre hay esperanza cuando en la camiseta las rayas son rojiblancas. Una canción nacida de las entrañas. Una canción escrita por el Calderón en noches como la de ayer. Una canción cuya letra, por encima de todo, habla de dignidad. Una canción que explica al Atleti, más allá de cualquier resultado. 

jueves, 26 de enero de 2017

La sombra del Calderón

Ahora que se va haciendo más grande cada día en el horizonte la fecha en la que el Calderón bajará el telón, se hace necesario exponer lo que uno echará de menos cuando llegue esa maldita hora. Ante nosotros desfilarán todos los recuerdos: los goles celebrados, las lágrimas que la emoción hizo aflorar, los abrazos con desconocidos convertidos en hermanos, el eco del estadio cuando canta, el cosquilleo sentido en las plantas de los pies cuando vibra, su microclima preñado de esa humedad desaconsejada seriamente por los traumatólogos. Echaremos de menos incluso la solera del polvo que adorna sus asientos y esas excursiones a los baños en las que los allegados te despiden como si fueras a embarcarte en un Paris-Dakar mientras susurran una oración por tu alma y te ruegan que intentes aguantar hasta el final del partido. Sí, de todo eso nos acordaremos cuando al recinto de la ribera del Manzanares le echen el cierre pero, servidor de ustedes, principalmente echará de menos otra cosa. La sombra del Calderón.

La primera vez que fui consciente del poder de la sombra del Calderón fue a mediados de los ochenta. En cuanto te apeabas del 36 en la última parada del Paseo de Pontones, la mirada se desviaba inevitablemente hacia esa mole de hormigón que parecía querer tapar los rayos de sol que pretendían escapar de su marcaje. Durante cuatro años, todos y cada uno de los días lectivos mi vista se posó en el coliseo rojiblanco. Yo era un alumno recién llegado al instituto que se encuentra a la vera del estadio. El Gran Capitán. El tercer vértice de esa trinidad formada por la antigua fábrica de Mahou y, sobre todo, por el Vicente Calderón. Las horas pasaban entre clases de Lengua y Biología, entre travesuras y miradas tímidas a las chicas, pero siempre bajo la estricta vigilancia del aroma a lúpulo fermentado y de la imponente sombra del recinto proyectada sobre el patio del centro educativo. A la hora del recreo, los compañeros que éramos del Atleti nos escapábamos para ver entrenar al equipo. Sentados en los antiguos asientos corridos enfermos de aluminosis, dábamos cuenta de cuñas y palmeras de chocolate mientras Luis Aragonés paseaba, cigarrillo en mano, supervisando los ejercicios de los jugadores. A unos metros de nosotros, los miembros de la plantilla de nuestro equipo se ejercitaban y cuando un balón se escapaba hacia donde estábamos, peleábamos por ser quien se lo devolviera a Landáburu o a Quique Ramos. Hubo una vez, incluso, en la que Mejías nos abroncó por hacer demasiado ruido y nos fuimos a clase de Filosofía preocupadísimos por haber desconcentrado a nuestros héroes.


A lo largo de aquel tiempo loco y feliz, la sombra del Calderón vio cómo madurábamos. Cómo pasábamos de ser niños y niñas a los proyectos de hombres y mujeres que somos hoy. A través de ese camino, su sombra nos sirvió de alivio cuando en clase de gimnasia dábamos vueltas alrededor del estadio para completar un test físico ideado por algún sádico de apellido anglosajón. Su sombra fue compañera de nuestras primeras borracheras con esas litronas por las que te devolvían cinco duros si llevabas el envase de vuelta a la bodega. Oculto entre sus benditas penumbras besé por primera vez a una chica. A su sombra se detuvo el Porsche amarillo de Futre para firmarnos aquella camiseta que todavía hoy guardamos, deshilachada, en el altillo del armario. Su sombra fue capaz de arrancarle a Abel una sonrisa cuando compartió con nosotros un café con porras en aquel mesón de la calle San Alejandro. Su sombra nos reconfortaba ante los suspensos y celebraba con nosotros los aprobados raspados. La influencia de la sombra del Calderón no solo se circunscribía a los días de clase y rutina. Los días de partido se mostraba aún más resolutiva. Cuando el frío arreciaba, la sombra se apartaba, comprensiva, para dejar que nos acariciara el tímido sol que se colaba por el hueco del marcador del fondo sur. Cuando el calor mordía, ahí llegaba la sombra al rescate. Dispuesta a darnos un respiro y a poder descansar la mano con la que a modo de visera intentaba uno enterarse de lo que ocurría sobre el césped.

Convertido ya en un adulto, no hay un día de los que me acerco al estadio que no quede maravillado por el influjo de su sombra. Allí sigue, impertérrita. La sombra del Calderón sigue cumpliendo con su cometido de manera admirable a pesar de tener que escuchar que no es la sombra de un estadio moderno. Que si seguimos aferrados a ella el equipo no crecerá. La dejadez con la que los encargados de cuidar el templo rojiblanco se han conducido con él no ha mermado el compromiso de su sombra para con todos nosotros. Nos cuentan que la sombra del futuro no se proyecta sobre el Paseo de los Melancólicos ni sobre Virgen del Puerto. Nos cuentan que para encontrar el último grito en sombras hay que mudarse a los confines de la ciudad. Pobre sombra, ninguneada después de tantos años de dedicación.

Hace unos días paseaba cerca de lo que será, si el diablo no lo remedia, el futuro estadio del Atleti. Con ánimo divulgativo calculé la trayectoria solar, los ángulos de refracción y la opacidad de los materiales utilizados en la obra y reparé en que La Peineta, también conocido como el estadio de los tres nombres, no tiene sombra. Podría decirse que será un estadio vampiro que tal vez tampoco se refleje en los espejos. Quizás a eso se refieran cuando evangelizan sobre la modernidad. Solo sé que la sombra del Calderón seguirá existiendo eternamente, aunque lo derriben para construir un centro comercial o una tienda de muebles sueca. Dentro de ella quedarán atrapados los recuerdos y las vivencias. Las risas y los llantos. El sonido de los aplausos y el retumbar de los goles. Pasarán los años y, al apearme de nuevo en la última parada del 36 en el Paseo de Pontones, la mirada se me desviará inevitablemente hacia el estadio que ya no estará, pero podré maravillarme de nuevo con su sombra, que permanecerá para siempre. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Dejarse ganar

Dejarse ganar. Es tal la amargura, la antinaturalidad del concepto que ya solo retrata al que lo insinúa. Renunciar a todo eso con lo que uno nace: querer vencer siempre, competir, no dar tu brazo a torcer, luchar como hermanos defendiendo tus colores, derroches de coraje y corazón... Prescindir de todo ello como si fuera el postre tras una comilona, una copa de más, un segundo beso de despedida a la suegra camino de la estación. Uno, que peinaría ya canas si la invasión de la alopecia hubiera dejado alguna plaza sin tomar, recuerda aquél otro día, uno de los más negros de la historia reciente, en el que el mismo rival que rendirá visita al Calderón en breve goleó a los nuestros ante al alborozo de un sector de neoatléticos de boquilla que durante la semana habían tenido la desfachatez de proponer lo de dejarse ganar. Aquel día, del que pueden recordar mal y tardío epitafio aquí, se nos marchó Torres y una buena porción de dignidad. Costó recuperar a ambos con el paso de los años y la llegada de Simeone y quiere el destino repetir la jugada. Emparejar de nuevo al Atleti con el mismo contendiente en parecidas circunstancias: deberes casi hechos, el coche al ralentí esperando, cargado con el equipaje de un veraneo que comienza merecido y prematuro.

Han pasado los años pero uno oye sin querer oír voces parecidas a las de entonces. Poco aprendió en el camino el que entendiera que este equipo de Godines y Kokes, de Gabis y de Ardas, de Juanfran y de, sobre todo, Simeone pudiera recrear la pantomima de aquel otro de Maniches y Fabianos, de Jurados y Luccines, de Ze Castros y, claro está, de Aguirre. Fernando, factor común en ambos sumandos, volvió hace nada seguro de la certificada muerte de aquel Atleti de pandereta y esperpento recurrente con el que se nos fue la juventud a borbotones. No nos hará lo mismo este Atleti al que se le ha puesto cara de señor respetable. Este equipo bigotudo y de ceño fruncido. Este grupo áspero que nos hizo en más de una ocasión bajar al kiosko a comprar tras una gran gesta cinco o seis periódicos del mismo día para guardarlos como tesoros.




Como atenuante, los aplaudidores de la derrota, redactores jefes incluidos,  esgrimen el afilado axioma del consuelo del tonto. Joder al rival. No se han parado a pensar si acaso el rival respeta y teme a este Atleti por cómo se ha comportado en las últimas batallas. El enemigo al que se pretende fastidiar se mofaba de aquel otro Atleti por inofensivo y mostraba pancartas que llegaban a escocer pero le tiene miedo al actual. Cuando uno invoca ciertos fantasmas debe estar preparado para que se aparezcan y apechugar con las consecuencias. Cuidado con desear un Atleti que no compita, que lo mismo a alguien se le ocurre volver a traer a Manzano, único técnico al que sus planteamientos en chino suenan a chino a los mismísimos chinos.  

No me malinterpreten, servidor de ustedes quiere que el equipo de los que beben Ballantine’s pierda todos los partidos, el avión, el oremus y hasta el virgo en cualquier asiento trasero de un coche de segunda mano, pero hay precios que no debemos estar dispuestos a pagar. El de dejarse ganar es uno de ellos. Solo insinuarlo debería estar penado con un abono con acceso desde la calle Concha Espina.

jueves, 7 de junio de 2012

Lo de casa, lo de fuera y el jamón de recebo


Ciriaco es de esos que siempre minusvalora lo que tiene en casa. De esos que posa la mirada más tiempo del que el decoro aconseja en las mujeres de sus vecinos a pesar de que su señora muestra una belleza y lozanía apreciable. Ciriaco acostumbra a arrepentirse de su elección de los platos del menú del día justo en el mismo momento en el que el camarero sirve el primero a sus compañeros de mesa. Suele pensar que el destino le prueba poniendo en su camino carnes poco jugosas cuando el pescado que reposa en el plato de enfrente está fresco. Malgasta su vida mirando hacia un lado con envidia insana y acomplejada mientras se hunde en el convencimiento de que la suerte sonríe enseñando más dentadura a los demás. No caben objetividades, lo de otros siempre es mejor.

Cualquier día de estos, Ciriaco verá como su mujer, harta de desaires, se echará un novio jovencito con cuerpo cincelado en gimnasios de barrio y paseará muy atortolada por delante de la casa consistorial agarrada de un brazo del volumen de un jamón de recebo. Cualquier día de estos, el especialista del aparato digestivo al que consulta Ciriaco, expondrá a nuestro protagonista que tiene una úlcera del tamaño del túnel de Viella no por su dieta, sino por lo mal que le sienta todo lo que come mientras lo compara con las pretendidas viandas que degustan otros. Entonces se acabarán carnes y pescados, serán tiempos de calditos insípidos y desgrasados. Tal vez entonces, Ciriaco sea capaz de valorar lo que tuvo en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber.  



Recurrentemente, Caminero se da una vueltecita por las Ramblas antes de pedir audiencia a las altas instancias deportivas de ese club empeñado provincianamente en ser algo más que un club. Uno se imagina a Jose Luis llegando a las oficinas blaugranas con un ejemplar de La Farola al pecho, pidiendo limosna en forma de cesión graciosa, aumentando la reciente leyenda atlética de responsable nodriza para que jugadores de otras casas pasen la edad del pavo con nosotros. Más allá de planificaciones y métodos de trabajo, esos grandes desconocidos a orillas del Calderón, la clave del lustre de la cantera supramesetaria la dio el recién huido entrenador de la mediterránea casa, ese de sensual claridad capilar y contumaz estrechez de corbata: “La diferencia entre otras canteras y la nuestra es que aquí los ponemos”. Ahí se resume todo. Sencillo, ¿no?  

Nuestro director deportivo, y por ende la sociedad anónima deportiva, pone ojitos a los polluelos de otros nidos mientras reparte finiquitos entre los cachorros de nuestra camada. Ahora que Pantic se aleja del filial y ya casi no nos alcanza la vista para verle la espalda, el equipo de este año se desmonta con esas maneras tan poco elegantes que son norma de la casa. Noguera, Regalón, el fornido portero y muchos otros se despiden dejando un sabor a no se sabe qué. Evidentemente, hay que huir de una visión nacionalista de la cantera. Evidentemente, no todos valen para el primer equipo. Aún así, uno se pregunta si este Tello que provoca suspiros es mejor a su edad que un Keko harto de ganar en todas las categorías inferiores del fútbol patrio al que no se le dieron apenas oportunidades ¿Dicen ustedes que no había tercer delantero esta temporada? ¿Hubiera valido Borja o incluso Ibrahima para ese papel? ¿Compensa mandar a Joel a hacer recados mientras se vitamina al belga de la triste figura?

La noria sigue girando y parece que da menos vértigo mirar a los lados que hacia uno mismo. Cantera y cantera, se dijo alegremente hace no demasiado con la boquita de piñón. Recurrentemente, Caminero, ese Ciriaco con barba de tres días y chaqueta de sport de marca, seguirá paseando su verbo fluido por oficinas ajenas. Deseando con avaricia lo que tiene el de enfrente y ninguneando lo de casa. Cualquier día de estos, veremos a uno de los canteranos desechados paseando atortolado del brazo de un equipo con el brazo como un jamón de recebo. Tal vez provocará úlceras tan grandes como el túnel de Viella por no haber sido capaces de valorar lo que se tiene en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Historia de una piedra

Filomena no es una piedra como las demás. Ella salió de la cantera, que es de donde salen las piedras que no son extraídas a golpe de talonario y comisión. Fue destetada de su madre, una veta de muy buena familia, a base de barreno y pronto empezó a prepararse en academias privadas a donde acuden las piedras para pulirse. No sembró en su camino grandes amistades, “es fría y dura”, decían sus compañeras de clase. “Tiene una personalidad llena de aristas”, opinaba la jefa de estudios del centro, una roca basáltica con mucho mundo. Ella, desde muy joven se había fijado una meta, un objetivo claro: ser una piedra famosa. Ser parte de algo importante. Ser como esos antepasados de los que sus mayores contaban historias en las noches calurosas de verano, esos tatarabuelos que formaron parte de una pirámide o de un acueducto romano. Ser especial y recordada.

Un día, hace ya algunos años, Filomena hojeaba el periódico, que no en vano las piedras no tienen tantos problemas con el papel como con las tijeras a pesar de lo que se diga, cuando vio una noticia que la dejó impactada. Iban a comenzar las obras de un nuevo estadio para el Atlético de Madrid. Sería un estadio de muchas estrellas, de techos retráctiles y pistas de atletismo de quita y pon, el sueño de cualquier piedra. Filomena se esforzó mucho más en su preparación, aspiraba a ser elegida como primera piedra de la construcción del nuevo coliseo rojiblanco. Decía que no a las invitaciones de su prima, la que opositó para piedra pómez, cuando le proponía en un alarde de deformación profesional que si le apetecía catar unos callos. Prácticamente no salía de su habitación. Estudiaba protocolo y buenas maneras, hacía ejercicio diariamente y se ponía cremas correctoras si tras una mala noche aparecía un granito en su cutis de granito, valga la redundancia. Todo lo hacía para ser la mejor de las piedras que pudiera postularse para el puesto. Solo se permitía mínimas treguas en su exigente entrenamiento para visualizar cómo sería la ceremonia en la que ella sería protagonista. Se veía a sí misma protegida por una urna forrada en celofán, notaba el cariño con el que era depositada, sentía los aplausos de la concurrencia, se emocionaba pensando en cómo la banda de música se lanzaría a interpretar Suspiros de España o el Gato Montés, esos pasodobles que ablandan cualquier corazón por muy pétreo que sea, como decía su madre geológica, imaginaba el corte de la cinta por parte de esos dos señores tan amables: el del pelo sospechosamente tupido y el de la nariz curva. Soñaba, en fin. Y vivía sólo pensando en hacer realidad ese sueño.



Han pasado los años. Filomena ya no es una piedra joven. El paso del tiempo se nota en su superficie mucho más redondeada y en una expresión nostálgica que esconde sueños sin realizar. La erosión ha mellado sus bordes y sus ilusiones a partes iguales. Aún así, hace unos meses escuchó con emoción la reactivación del proyecto de la Peineta. Retomó su espartana preparación engañándose a sí misma al pensar que todavía estaba a tiempo de ser elegida como primera piedra titular por delante de todas esas piedras jovencitas que todavía conservan las esquirlas de la mocedad. No hizo caso de los agoreros presagios de sus amigos los cantos rodados que trabajan a la orilla del río: “Yo creo que no se van a mover de aquí Filomena. Van a seguir al lado del Manzanares por muy soterrado que esté”. Ella seguía haciendo oídos sordos. A ella no podía pasarle. A ella no. Ella había dedicado toda su vida a prepararse para tan magno momento. Ella había depositado sus esperanzas en las diferentes fechas de construcción y mudanza. Ella seguía creyendo en excavadoras que trabajan a toda máquina para dejar bien liso el terreno donde ella descansaría para la posteridad.

La semana pasada, una justa sentencia arruinó las pocas esperanzas que atesoraba Filomena. Esa misma noche, Filomena se fragmentó en su cuarto. Todas sus ilusiones se convirtieron en areniscas y su alma se quedó prendida de un mínimo guijarro. Ustedes y yo, que no queremos movernos de nuestro estadio actual y que nunca nos hemos fiado de oscuros planes ni de sospechosas maquetas, nos lo esperábamos y reaccionamos con alborozo ante la noticia. Aún así, debemos reparar en la decepción de otros como Filomena que, incomprensiblemente, han depositado su confianza en quien no la merece. Probablemente, como a esa piedra a la que ya casi hemos cogido cariño, les falte información o les sobre credulidad. Reconozco que casi les miro con compasión. Más tarde o más temprano, todos sufrimos reveses de este tipo y nos acabamos dando cuenta de con quién nos estamos jugando los cuartos. A todos nos ha ocurrido. Y aquellos que digan que nunca les ha pasado, que tiren la primera piedra. 

martes, 31 de enero de 2012

Fumando ya no espero

Sé que no es bueno. Sé que todos ustedes esgrimirían una casi interminable lista de ventajas por no hacerlo. Sé que todos tenemos conocidos que enfermaron por culpa de tan canalla hábito. Lo sé todo. Llevo además cargada a la espalda una hipocondría apreciable que me obliga a observarme con asiduidad buscando peregrinos síntomas de enfermedades de futuro padecimiento. Y aún así fumo. Y a veces casi disfruto con ello. Aún sabiéndolo. Fíjense ustedes qué tonto se puede llegar a ser.

Uno recuerda sus inicios en el feo vicio, eran días de querer crecer más deprisa de lo aconsejable. Eran días de comerse el mundo equivocadamente. Eran días de toses arrancadas a una garganta casi virgen e inmaculada. Eran días de galopadas de Futre y de voleas de Alemao a la escuadra. Eran los últimos días de Arteche en el equipo. Eran días de echar mano al bolsillo de la trenca buscando la admitida ración de veneno. Eran días de fugas de calores desde el trasero hacia los corridos asientos de cemento del Calderón. Puede incluso que esos calores concentrados que todos dejamos allí provocaran aquella aluminosis que tanto se cacareó. Vayan ustedes a saber.

Desde aquellos días, uno ha seguido suicidándose en pequeños episodios. Ha tenido intentos de dejarlo, todos fracasados antes o después. Ha tenido épocas de fumar negro, de fumar rubio y de fumar sin tantas consideraciones raciales. Ha llenado ceniceros de boites y de salas de espera. Ha fumado en Moncloa mientras esperaba el último metro simulando desenvoltura. Ha cambiado de voz con el paso de los años y ya no puede imitar a Joselito cantando “La Campanera”. Uno sigue fumando más de lo que debiera e intenta hacer memoria del tiempo que lleva matándose a sorbitos. Uno recuerda un eufórico suelo lleno de colillas en el estadio del rival tras ganar una Copa. Uno recuerda ceniceros llenos en un bar tras un partido en Sevilla en el que nuestro actual entrenador firmó una permanencia. Uno recuerda recipientes repletos de cenizas y lágrimas tras un encuentro en Oviedo. Uno recuerda el primer puro que se fumó, subido en una nube con destino Neptuno tras un partido contra el Albacete. Uno recuerda cómo rebosaban los restos del tabaco, más caro pero igual de dañino, tras una prórroga en Hamburgo. Uno recuerda los pulsos acelerados, la tos que se ha convertido en una compañera, la carraspera sembrada por los ronquidos nocturnos. Uno recuerda muchas citas. A muchas de ellas ha dejado de acudir hace tiempo. Uno ya no deja su sucia herencia con filtro a la puerta de casi ningún discopub, por edad o por pereza. A uno sólo le queda seguir maltratándose con los partidos de su Atleti. Ese por el que tanto hemos gritado para empeorar nuestra maltrecha laringe de fumador. Pero, qué les voy a contar yo a ustedes que no sepan…




Desde que Simeone se hizo cargo del banquillo de nuestro equipo, he notado un descenso en el consumo de tabaco durante los partidos. No tanto en Málaga, pero sí definitivamente contra Villarreal y Real Sociedad. Ayer, servidor se acomodó delante del televisor con el paquete de cigarrillos a mano, casi haciendo guardia. Ayer, uno encaraba la noche con el firme propósito de reducir la adquisición de papeletas para el enfisema. De entrada no pudo ser: tanto la suplencia de Domínguez como el estilismo colchonero, camiseta azul marino, pantalón azul reglamentario que parecía descolorido y medias rojas, me obligaron a encenderme el primero de la noche. Este Atleti que parecía homenajear en la indumentaria al payaso del anuncio de Micolor salió feo. Salió menos entonado que en los dos últimos lances. Viendo las prestaciones ofensivas de Tiago y Mario y elucubrando sobre posibles mediocentros que mejoraran el producto, me eché mecánicamente un pitillo a la boca. Buscaba el mechero para inaugurar el nuevo castigo a los bronquios cuando empezó a aparecer Koke, cuyo partido de ayer, sin ser brillante, reclama minutos y titularidades. Empezó también a aparecer Arda, pero más que en la creación, en esa suerte tan suya que es la de lanzarse al piso para rebañar el balón al contrario con habilidad de carterista de tranvía de Estambul. Se vino el descanso tras un gol atropellado de Godín. Se vino casi sin avisar y casi sin haber fumado demasiado. Tal vez uno no fuma viendo a este Atleti que ha abrazado como religión el “Cholismo Sacrificado” porque le da reparo que los jugadores hagan tales excesos pulmonares mientras se ensucia los propios. Y si no es eso, díganme ustedes alguna otra razón más convincente.

Empezó la segunda parte y ahí me tuve que encender otro. Casi sin querer, no crean. La cosa estaba tranquila pero Adrián y Falcao perdonaron dos ocasiones de esas de las que uno se acuerda en la misma medida que de la suegra o de ese inspector de hacienda que te mira por encima de las gafas mientras pones cara de beato. Siguió el partido con el Atleti peleón y casi solvente a ratos. No tuvo mayores problemas Courtois salvo en el último arreón de Osasuna. Sacó tres manos muy buenas tras muchos minutos de absentismo sobrevenido y con cada una de ellas me encendí un cigarrillo. Será porque soy débil y no acabo de asumir que los tiempos hayan cambiado de esta manera. No acabo de creerme la firmeza defensiva, la contundencia en los balones divididos y los calambres que asoman por las pantorrillas de jugadores que tenía por estilistas. Me tengo que pellizcar para asimilar que ante cualquier imprevisto en forma de lesión, antes nos íbamos con un gol encajado de más y ahora el fisioterapeuta sale a cortar la jugada con maneras de líbero. Acabó el partido con más sufrimiento del debido, con el mortal amigo agazapado entre mis dedos índice y corazón. Poblando de humo el final de un partido que mereció ser de más sosiego.

Llevo unos días levantándome de mejor humor. No sé si serán por las tres victorias seguidas, por los cero goles encajados o por la menor absorción de nicotina durante los partidos. Ahora, cada mañana vacío en la basura el contenido de un cenicero famélico, despoblado. Él me mira con cara de hambriento y pide en silencio más ceniza que llevarse al coleto. Dice mi mujer que hasta me atrevo a cantar en la ducha. No con la voz de Jimmy Sommerville, que la cosa no da para eso, pero sí visitando registros vocales más allá de Tom Waits. Me encuentro mejor la verdad y hasta debo confesar que ahora los paquetes de Ducados me duran casi dos días. Fíjense que esta mañana me he permitido la frivolidad de correr tras el autobús que se escapaba sabiéndolo perdido. Solo por hacer ejercicio. Por parecer más sano. Igual de sano que este Atleti se está mostrando en lo deportivo ¿En lo institucional? Miren, si vamos a hablar de lo institucional, denme fuego antes, se lo suplico. 

martes, 20 de diciembre de 2011

Extraños fenómenos (o un poltergeist en rojo y blanco)

En un lugar indeterminado del centro de Madrid. Diciembre de 2025

– Tranquilícese. Yo soy una profesional de esto y poseo una larga experiencia en casos parecidos. Cuénteme todo desde el principio –solicitó la médium intentando enderezar la espalda, cosa nada fácil dado el peso del medallón que llevaba al cuello.

La mujer de mediana edad dudó antes de comenzar, tal vez sin acabar de confiar en aquella vidente que le recordaba a Galindo y a Rafaela Aparicio a partes iguales.

– Como le he dicho, todo empezó desde que nos mudamos aquí. Notábamos que alguien nos observaba, oíamos murmullos y algún silbido cuando mi marido y yo…bueno, ya sabe. Luego fue a peor, nos sentábamos en la cocina y se podían escuchar voces cantando Pippi Langstrum o una versión libre del Moonlight Shadow de Mike Oldfield, voces que no provenían de este mundo. Además en la esquina sur de la casa a veces aparece un ramo de flores. Solo en esa esquina, nunca en otro sitio, pero cuando nos acercamos, desaparece. Ya casi nos habíamos acostumbrado a este tipo de fenómenos cuando la otra noche, nos habíamos quedado dormidos en el sillón viendo el mensaje a la nación de la presidenta Belén Esteban y mi hija pequeña, Carol Anne (¿no se decía "Carolain"?), se acercó al televisor. La niña nos contó que de la pantalla surgió una mano que quería llevársela. Luego se evaporó y mi hija nos despertó alarmada, nos dijo que ya estaban aquí. Esa misma noche desapareció. Creemos que está cerca, a veces podemos incluso sentirla. Pero llevamos tres días en un sinvivir como se puede hacer cargo.

– Mmmmmmmmm –emitió la médium un ruidito de asentimiento poniendo la boquita de piñón.



– A partir de ahí –continúo su relato la madre –, siguieron ocurriendo sucesos inexplicables. Ya es una rutina para nosotros. Venga, se lo mostraré. Aquí en el comedor tenemos diez sillas debido a que somos una familia bastante numerosa. Vea, vea lo que sucede…

Las sillas que estaban dispuestas alrededor de la mesa de imitación de nogal empezaron a moverse solas sincronizadamente. La médium no podía dar crédito a lo que estaba presenciando. Las sillas se distribuían en un 4-3-1-2 que cambiaba a 4-4-1-1 según tuvieran o no la posesión. Todas presionaban en el lateral de la estancia para asfixiar la salida de balón de alacenas y mesas camilla. Bueno, todas no. Una de las sillas no participaba de los movimientos en acordeón y de las basculaciones, lo que llamó poderosamente la atención de la vidente.

– ¡Uy, por esa no se preocupe! –aclaró la madre –, es la silla mediapunta y ella no presiona para el robo, se reserva para la gloria del último pase.

– Creo que Carol Anne (pues no, no es "Carolain", dice la wikipedia que se escribe así, como lo he hecho) está en una dimensión paralela a la nuestra. Alguien se la ha llevado y corre un gran peligro. Solo si estáis unidos conseguiremos sacarla de allí donde está –dijo la médium dispuesta a pasar a la acción de inmediato.



La chaparra vidente se encaminó hacia la habitación de la niña y abrió la puerta del pequeño armario que tanto se asemejaba a una taquilla de vestuario visitante. Del interior del ropero emanaba una luz cegadora y un frío que helaba la piel de los congregados.

– ¡Carol Anne! –gritó a pleno pulmón la médium –. ¡Acércate a la luz!

– No puedo –se oyó la voz de la niña desde no se sabe dónde –. No me dejan salir. Quieren un veinte por ciento del contrato y una participación de los derechos de formación. Además, se quieren embolsar comisiones por encima del valor del traspaso. Me van a hacer dañooooooooo…

– No podemos perder más tiempo. Esté en manos de representantes de ultratumba y de dirigentes golfos de otras épocas que pretenden apropiarse indebidamente de su alma. Debemos sacarla de ahí ahora mismo –fue lo ultimo que dijo la achatada quiromante antes de atar una cuerda a la cintura de la madre y empujarla con demasiada fuerza al fondo del armario.

El armario engulló a la madre con furia mientras se oían estruendosas voces que anunciaban su amor por Radomir Antic o Luís Aragonés y salmodiaban un mantra que finalizaba con “…cabrón, fuera del Calderón”.

– ¡Carol Anne, señora Fresnedoso, vayan hacia la luz! ¡Lo más rápido que puedan! – mientras decía esto se abrió un vórtice en el techo del comedor del que salían rayos y centellas.

Las sillas, tan bien entrenadas ellas, se amontonaron en un rincón con excepción de la silla mediapunta, que pululaba a su ser incontroladamente. De repente, el infernal agujero del techo expulsó a madre e hija con violencia, desatándose el fin del mundo en el pequeño piso de dos habitaciones, un baño y plaza de garaje, todo exterior. La familia entera, la médium y sus ayudantes escaparon sin perder un segundo, viendo como se desmoronaban las paredes de la vivienda de cuya hipoteca solo habían pagado intereses hasta el momento. Se permitieron parar solamente en las zonas comunes ajardinadas cuando la distancia les aseguraba que estaban a salvo. Mientras el bloque se desmoronaba, de lo más profundo del jardín y de la piscina comunitaria comenzaron a brotar sillas blancas, rojas y azules, un banderín de corner y la cabeza de un disfraz de mapache. Retomaron su huída ante semejantes hallazgos no sin antes increpar por el camino al desenvuelto y poco trabajador conserje de la finca, un avejentado Gonzalo Miró, que asistía atónito al hundimiento de la promoción de vivienda semiprotegida.

– ¡Nunca debisteis construir sobre el antiguo Calderón! ¡Nunca debimos ir a la Peineta! ¡Tú y tus compinches habéis matado al Atleti! Nooooooooo……

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En un lugar indeterminado del centro de Madrid. Diciembre de 2011.

La Sra. Fresnedoso se despertó sobresaltada ante tan vívido sueño. Se desperezó rápidamente tras ver lo tarde que se le había hecho y preparó a los niños para ir al estadio. Todos con su camiseta rojiblanca, menos Carolina, que llevaba la camiseta azul oscura de cuando el equipo rinde visita y coincide en la indumentaria con el local. Salieron de casa con paso alegre para sobrellevar de mejor manera el frío atardecer embozados en sus bufandas blancas y rojas. A lo lejos se atisbaba la silueta del viejo estadio y, de improviso y sin ponerse de acuerdo, todos empezaron a cantar el himno del equipo. Bueno, empezaron a cantar repetidamente esa estrofa que habla sobre ir al Manzanares. Sobre ir a nuestra casa. Al Vicente Calderón….

lunes, 16 de mayo de 2011

Coplillas para una despedida llena de sensaciones.




 
Permítanme ustedes entrar
en sus casas sin aviso.
Hasta hoy miré remiso
por si se había de quedar.
Ya que parece acabar,
les vuelvo a pedir permiso
y tener terreno liso,
para empezar mi cantar.

Les traigo mis reflexiones.
Sobre un hombre yo les hablo
y también sobre un vocablo
¿Qué vocablo? Sensaciones
¿Sensaciones? ¡No me diga!
A quien pida explicaciones,
le mostraré mis razones,
ahora que muere la Liga.

Tenemos en nuestro equipo
un tipo enjuto que espera,
más que el lucir en Primera,
sensaciones de otro tipo.
¿Qué sensaciones tolera?
Sensaciones como el hipo,
¡Y esto es solo un anticipo,
también la de cagalera!

Sobrino de Faraona,
aunque no ha heredado el arte.
Él es más punto y aparte,
tiene un arte bravucona.
Sus necedades reparte
con su mirada saltona
y se erige en baluarte
de la estrategia ramplona.

Muy quieto en su pedestal,
rota, mueve y vuelve loco.
¡Menos mal que queda poco!
¡Ya se marcha, menos mal!
Al partir suena un murmullo,
mientras se aleja del foco.
Se va el del estilo barroco,
mas que Flores es capullo.

No usa ciertos fichajes,
la cantera le da sueño.
Y mientras, va haciendo encajes
para no poner a Fran.
¡Ésta no rima! Verán…
El que no entra en su plan
se trata de ese otro Fran
con apellido extremeño.

Le cae mal el uruguayo,
dice que le ve pedante.
Que no corre para atrás,
tampoco va pa’ delante.
Menos mal que acaba en mayo.
Si esto dura un poco más,
terminan a “bofetás”
por hacer de capas, sayo.


Un sector sin gran memoria,
le dedica una canción,
esa del que fue campeón,
la del serbio que hizo historia.
Ante tal demostración,
agachamos la cabeza
no entendiendo al Calderón.
¡Ni que fuera el de Hortaleza!

Muy crecidito por ello
se piensa más de lo que es.
Aquí no consta tu sello,
la defensa da traspiés.
Pero Quique, ¿no lo ves?
Tú que te creías bello.
Sale esto, sale aquello
y sale todo del revés.

Aún así, los hay felices
se denominan “quiquistas”,
¡Váyanse a mirar la vista!
¡Vayan ya, manda narices!
Antes de irse, no crean,
le han dado un baño de masas,
si lo sé me quedo en casa,
poco más y le mantean.

Dice que deja progreso.
Dice que deja en Europa.
Con los números se topa
por tanto usar la sinhueso.
¡No, Don Quique, nada de eso!
Progreso sería ganar,
ser séptimo, experimentar
un muy claro retroceso.

Ha sido el que más perdió,
de los técnicos habidos,
y el tío tan relamido,
no crean que dimitió.
Anda justo de decencia,
eso se lo digo yo,
sin tanta clarividencia
de la que gasta el gachó.

¿Ya se marcha? No se explica,
el que nos deje gran duelo.
Entendería el desconsuelo
del jersey de talla chica.
Que la afición le suplica,
que se cambie alguna vez.
¡Es que me va con la tez!
Dice el dueño, justifica.

Termino aquí. Mil perdones,
por usar el eufemismo:
nos tiene ya hasta los mismos,
de tantas las sensaciones.
¡Qué les digo hasta los mismos!
Nos tiene hasta los cojones,
por usar un vulgarismo
acorde con sus acciones.

lunes, 25 de abril de 2011

Paradojas, días del niño y alguna que otra buena noticia


Los atléticos adelantaron el regreso de unas vacaciones pasadas por agua para volver al lugar común, al de siempre. A ese del que no se quieren mover para ir a otros estadios, aunque les vendan que serán de cinco estrellas. Mire, no lo necesitamos, los bares de los aledaños ya están suficientemente provistos de cinco estrellas, y de San Miguel, y de Estrella de Galicia, que para muchos es la mejor.
Acudieron con algo de antelación llevando a la niña y al niño de la mano. Los pequeños marchaban ilusionados, pero sus progenitores no demasiado. Pensaban en la paradoja del día. Día del niño, sí. Pero organizado por aquellos que no parece que vayan a dejar un Atleti reconocible para ellos, para los innumerables niños que sueñan en rojo y blanco. Los niños no son tontos, quizá algo malcriados y tal vez cabroncetes, pero tontos no, y notaban algo raro en sus padres. Les agarraban la mano con tensión. Y no porque no les gustara éste tipo de eventos, no, que muy acostumbrados están, que para eso renovaron el carnet de Parques Reunidos y hasta se conocen los nombres de pila de varios de los pingüinos de Faunia. Estaban fastidiados porque no les acababa de convencer eso de participar en celebraciones auspiciadas por los del palco. Porque creen que amar estos colores es algo más que inflar tres o cuatro castillos de plástico y pagar horas extras a un mapache de peluche acogido a reducción de jornada de cuarenta y cinco minutos. Aún así, intentaron que no se notara, dejaron a sus retoños en brazos de algún voluntario de sonrisa aliñada con corrector dental y se pusieron a un lado mirándolos disfrutar con expresión bobalicona. Ya habría tiempo de explicarles lo que pasa porque ellos son el futuro de esto y no las alianzas estratégicas con otras sociedades de países emergentes. Más adelante les contarían por qué últimamente la bufanda con los colores de siempre disfruta de una excedencia en el armario y qué representan los colores verde y oro. Ya habrá tiempo para que los niños conozcan el significado de palabras como apropiación, indebida, cooperador, comisiones. Pero no ahora. A costa de la ilusión de ellos, no. Como mucho les intentarán explicar qué es una paradoja, aún a sabiendas de que se pudieran convertir en unos niños redichos, usuarios de palabras altisonantes como lo debió ser en su infancia nuestro actual entrenador.
Rendía visita al Calderón el Levante, equipo entrenado por un colchonero declarado que nos puso la cara roja en el encuentro de la primera vuelta. Equipo admirable por la temporada que está haciendo. Equipo que intenta jugar al fútbol con lo que tiene, aspecto éste que no es baladí en estos tiempos en los que se celebra abiertamente el paso atrás que acaba de dar el fútbol español. Así son las cosas amigos, después de celebrar éxitos mundiales y europeos con un estilo reconocible y vistoso, ahora lo que pita es maltratar y despreciar el balón y los trofeos, sacando pecho por ello. Serán los signos de estos tiempos llenos de paradojas en los que no queda claro si te vas a jubilar a los 110 o si debes ir en autovía a 67 por hora. Será también que las copas deben estar aseguradas, aunque sea a terceros, que nunca se sabe cuando puedes tener un golpe con un autobús.
Presentaba muchas bajas nuestro equipo, por sanción, por lesión o tal vez por exceso de torrijas. Nueva oportunidad para amarrar la clasificación europea, a la competición pobre, a la que los equipos como el nuestro acceden por la gatera de la no consecución de objetivos. Salió el Atleti raro, como tantas otras veces en las que no sabemos si el equipo tiene sueño o le están saliendo los dientes. Algo inapetente y menos dado al aprendizaje alrededor del balón por la falta de Tiago. Entonces llegó un señor gol de Elías, ese niño del que se duda tal vez injustamente por haber llegado de la mano de quien vino. Entonces empezó la cosa a ir mejor, sobre todo por el crecimiento de Mario Suárez. Mario no ha parado de crecer desde que ha pasado de la guardería del banquillo al parvulario titular. Quizás nosotros no nos demos cuenta del todo, por eso de que le vemos todos los días, pero si ponemos su fútbol en la pared dónde le medimos constatamos que sí, que ha crecido mucho en los últimos tiempos y que cada partido que pasa supera con creces la raya anteriormente marcada con lápiz. Aunque a veces haga alguna chiquillada como cometer un penalty por arriesgar demasiado. Aunque el penalti solo fuera una consecuencia lógica de la enésima desconexión de los nuestros, siempre dado a dar un paso atrás cuando el marcador se pone a favor.
Empezó la segunda parte y daban ganas de poner la mano en la frente al equipo. Pues calentura no tiene, decían algunos. Será un virus, algo que explica lo inexplicable en estas cuestiones, decían otros muy serios. Lo que era seguro era que el equipo no quería comerse ni el puré ni el yogur, y miraba con ojos de que el puré se lo iba a comer nuestra señora tía, la del pueblo, esa que cuando ve al sobrino ametralla sus mofletes con besos de repetición. Y ahí surgió el niño prodigio, el genio precoz: Agüero. Al Kun no se le debe nunca perder de vista, lo mismo te abre el cajón de las medicinas y se toma dos ibuprofenos, que mete un gol tras varios rebotes. A partir de ahí, partido plácido. Goleada no del todo merecida. Alguna que otra buena noticia: Filipe ya come sólido por su banda, las primeras palabras de un Juanfran hiperactivo y ansioso, un Diego Costa que ya casi lee de corrido, un Raúl García cumplidor, la vuelta de Domínguez, el debut de un nuevo retoño, Noguera. Y la grada, feliz. Acordándose del entrenador para bien y del palco para mal. Contenta a pesar de que a veces castigaría al equipo sin postre, pero es lo que tienen estos rojiblancos que son la niña de nuestros ojos, hacen una gracia y les perdonamos casi todo ¡Qué paradojas!
Metidos ya en el atasco tras el partido, los niños miraban por las ventanillas la marea de colchoneros que se dispersaban hacia sus casas. La niña, siempre tan observadora, se dirigió a su madre:
– Mamá, ¿cuánta gente es del Atleti?
– Mucha, cariño, mucha
– Por eso lleváis las bufandas de ese color, ¿no? Para que el Atleti vuelva a ser grande.
Sí hija, sí, y volverá a serlo –dijo la madre mirándola por el retrovisor con orgullo y sonriendo a su marido.
Y es que los niños no son tontos, quizá algo malcriados y tal vez cabroncetes, pero tontos no.