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viernes, 4 de noviembre de 2011

Italianizarse o no italianizarse (he ahí la cuestión)

– Básicamente, las cosas empezaron a torcerse desde el primer momento. Lo más normal es pasar el año malcomiendo, bebiendo como descosidos y conociendo a gente de diferentes culturas, credos y etnias en sentido más bien bíblico –expuso sin prestar demasiada atención a las caras de sus progenitores Toribia, la mayor de los hermanos mellizos al nacer tres minutos después–. Él, desde que llegó aquí empezó a desviar el presupuesto de la bebida a la compra de ropa de diseño. Solo vive para ir al mercado y traer diferentes variedades de mozzarella de búfala con denominación de origen o de salami especiado. Además está lo de los gestos con las manos.

– ¿Qué pasa con los gestos? –preguntaron al unísono los padres.

– Pues que abusa de ellos. Desde que llegamos parece que tiene un tic. No para de mover las manos. Es como un kárate kid acelerado. Lo exagera tanto que un día vamos a tener un disgusto. Con deciros que el lunes pasado le soltó sin querer una soberana ostia al cartero explicándole que a él el jamón ibérico no le llena, que donde esté el prosciutto…

Los padres se dieron cuenta de la gravedad de la situación. Lo que iba a ser un año de Erasmus en las distendidas condiciones que su hija acababa de describir más arriba había desembocado en un cambio tan profundo en su hijo el pequeño (por solo tres minutos de diferencia) que se habían visto obligados a personarse en el piso que ellos estaban sufragando en Milán para sus retoños con toda la urgencia posible.

– Si no me creéis, pasad…pasad a su cuarto

La realidad de lo que vieron les abofeteó con dureza. Discos desperdigados de Umberto Tozzi, de Nicola di Bari y de Sergio Dalma, ése napolitano de Sabadell. Cuadernos atestados con cantidades y proporciones con las que elaborar una pasta fresca que se pegue en el paladar durante dos segundos exactos, ni más ni menos. Un armario repleto de blazers cruzados, camisetas de rayas livianas y casuales y jerseys finitos en todos los colores pastel imaginables. Miraran donde miraran, la estancia destilaba una transalpinidad excesiva.

El sonido de la puerta les sacó de su enfrascamiento. Abandonaron el cuarto con sigilo y salieron al salón disimulando su procedencia.

– Ciao. Mamma, che cosa stai facendo qui? –exclamó Prudencio, al que ahora conocían por Enzo en su círculo.

– ¡Ay, hijo mío! ¡Qué alegría! –decía su madre mientras lo abrazaba zambulléndose en un exceso de varonil fragancia, fresca, pero cargante a la vez.

–Perché siete venuti? –siguió preguntando Prudencio-Enzo gesticulando sin parar mientras su madre le aplicaba una llave de judo al cuello para poder seguir besando las mejillas de su hijo con velocidad de metralleta.

Don Romualdo, el padre de familia, contempló la bucólica estampa de amor materno filial, recordó las actividades a las que su hija se confesaba entregada, sopesó el precio del metro cuadrado en el centro de la capital lombarda, calibró la cantidad de gomina que su hijo portaba en el pelo y calculó la posibilidad de reengancharse al ERE anticipado de su empresa al que había renunciado para poder costear la italianización de su familia a base de mandar a los niños allende los Apeninos. Fue un segundo solo de clarividencia. Un segundo que le hizo crecerse:

– Se acabaron las gilipolleces…Mañana, todos de vuelta a Albacete.



Se presentaba en el Calderón el más italianizado de los equipos italianos para disputar el liderato del grupo de la Europa League que nos ha tocado en suerte. Un equipo que en el partido de ida nos ganó a la manera de la tierra, sin acabar de merecerlo demasiado, pero tampoco demasiado poco. No sabíamos tampoco qué Atleti nos íbamos a encontrar, aunque el rival y la capacidad de mimetismo de los rojiblancos vaticinaban a ese Atleti itálico que aplaude el cerocerismo como un hito del buen hacer defensivo.

Lo que sí sabíamos es que nuestros dos últimos Erasmus no serían de la partida inicial. Me refiero a los dos estudiantes a los que mandamos a Portugal para que se hicieran unos hombretones: Salvio y Reyes. Ambos estudiantes de intercambio aprovecharon de manera desigual su estancia en tierras lusas: Uno, ha vuelto con una mayor lozanía, aspecto este atribuible al tratamiento que del bacalao se hace en esas tierras, pero con los mismos hombros cargados. Otro, conoció al primo de Rosariyo durante su periplo, con todo lo que ello conlleva. Uno, parece confirmar el diagnóstico de irrelevante que le colgamos desde que le vimos. Otro, confirma día a día la impresión de que en el fútbol, como en la vida, lo más importante es utilizar la cabeza para algo más que para peinar balones en el primer palo. Ésta vez Reyes se quedaba fuera por gripe. Tal vez por haberse resfriado al echar de menos la manta que le abrigaba la temporada pasada contra viento y marea. La manta (más bien, el manta) azul de cuello pico. Mala pinta tiene lo de Reyes, no por sus méritos, innegables en esta temporada para sacar entrada de preferencia en la grada, sino por la decisión que en algún momento habrá que tomar sobre su futuro.

Salió el Udinese al campo y, al contrario que el protagonista de nuestra historia, se desitalianizó de golpe. No queda claro si fue por la climatología, por la capacidad del Atleti o por la preocupación que últimamente sufre el ciudadano del país de la bota por la calificación de su deuda, pero el Udinese fue de todo menos un equipo aguerrido, con un medio del campo mordedor, defensas expeditivos y delantero luchador. Y digo bien lo de delantero, pues deben saber ustedes que el fútbol italiano es el inventor de nuestra queridísima figura: el mediapunta. Sí, sí, arqueólogos de reputación intachable han encontrado vestigios de la presencia de mediapuntas (o trescuartistas, como dicen allí) a lo largo de toda la península itálica. Hecho este que explica a las claras el por qué de la crisis del fútbol azzurro y la no afluencia de aficionados a los estadios ante tal derroche de arte balompédico.

Les decía yo que el equipo rival se desprendió de su patriotismo en el túnel de vestuarios y salió mal peinado y con la perilla y la barba de tres días (ésa que solo ellos saben lucir con tal gallardía) trasquiladas. Para acelerar el proceso de desnaturalización de los de Friuli, Adrián les recetó dos goles casi nada más empezar el encuentro. Curioso lo de Adrián, todos apuntábamos como su único defecto la falta de gol y nos está dejando en mal lugar a base de tantos. Parece que el asturiano ha venido para quedarse en el equipo titular y en el imaginario atlético. Lo del equipo, porque no creemos que Manzano pueda andar con probaturas ahora que su crédito anda escuchimizado. Lo del imaginario por seguir coleccionando partidos como el de ayer. La presencia de Adrián libera a Falcao, que ayer al fin pudo sacudirse la ansiedad a base de gol, ofrece a Diego y Turan un destinatario claro para sus pases y genera pausa, elemento que no sobra en un equipo en el que la imprecisión florece silvestremente. Ejemplo de esta pausa es el tercer gol de ayer. De los dos primeros podremos decir lo bien que aprovecha los espacios para aparecer y lo bien que los finalizó. Del tercero podemos decir mucho más. Podemos hablar sobre el desmarque que dibujó junto a Falcao, podemos glosar la quietud con la que dejó pasar al defensa y podemos y debemos valorar su generosidad al ceder el balón a Diego. Otra nueva demostración de inteligencia y de saber de qué va esto.

Después de saborear la pausa y la tranquilidad que deja, el partido discurrió por cauces calmados hasta el final. Desde esta relajada posición parece atisbarse un futuro sin tantos cambios rotativos en el equipo. Manzano probablemente tenga aspecto de dueño de filatelia pero no parece que en esta nueva etapa vaya a empecinarse en posiciones erróneas. Parece haber cambiado el rumbo en lo que al redundante trivote se refiere, tema éste que podría aún refinarse a juicio del que suscribe con alternativas que aportaran algo de diferencia con respecto a nuestros blanditos Gattusos y Ambrosinis (léanse Gabi y Mario). Parece haber calado a Reyes y Tiago, a los que habrá que intentar reinsertar sin perder la cabeza y al fin se ha dado cuenta de que Domínguez y Adrián son indiscutibles. El partido de ayer nos deja un sabor desconocido. Por un lado, el resultado nos debería hacer sacar pecho, por otro, el juego sigue siendo discontinuo. La sensación que se podría sacar es que ayer se tuvo más efectividad que la acostumbrada y que el contrario colaboró activamente como consecuencia de su desitalianización. Tal vez seamos nosotros los que ayer hicimos un partido a la italiana, con mucha más efectividad que efectismo. A lo mejor es una etapa intermedia necesaria para llegar a la meta del buen juego. Los primeros partidos nos dejaron un regusto de buen trato al balón al que no acompañaron los resultados. Tal vez deberíamos darnos una tregua y agarrarnos al resultadismo durante tres o cuatro partidos antes de emprender empresas mayores. Podría ser una solución. Podríamos italianizarnos por un tiempo. Sin mediapuntas, eso sí. Pero con ese estilo que solo ellos tienen, el del gol injusto con el trasero en el minuto 95. El estilo que tanto gustaba a Enzo…perdón Prudencio.

lunes, 31 de octubre de 2011

Sobre pruebas a pasar, por si acasos y minutos musicales

–…y este es mi padre. Papá este es el chico del que te he hablado, Jesús José –dijo solícita la tardía adolescente omitiendo el menos formal Chuche por el que era conocido su noviete, que para la ocasión había aplacado su rebelde peinado a base de laca y nervios.

– Ah…hola –acertó a despegar los labios el cabeza de familia ante la mirada asesina de su señora esposa.

– Encantado, señor –se adelantó al artista anteriormente conocido como Chuche para estrechar la mano de su suegro mientras inconscientemente doblaba la bisagra lumbar en señal de respeto.

– Sí, sí…–añadió con desgana Don Genaro–, ¿y cómo has conocido a mi hija?

– Somos compañeros de clase en Estadística dos, la única troncal que compartimos. Yo he elegido la opción de las humanidades, no como Lorena que es de la rama tecnológica.

– Sé perfectamente qué rama estudia mi hija, chaval –dijo secamente el padre de la criatura–. ¿Humanidades? O sea, que eres hippie, librepensador o ambas cosas a la vez.

– ¡Papáaaaa!

– Lorena, cariño, a ver si en mi casa no voy a poder decir lo que me salga de las narices –se defendió Don Genaro contenidamente. Sin utilizar otras partes de su anatomía que se ajustaban más a la situación. Partes pares, para más señas.

La madre se materializó en la salita dando fin al momento de tensión por obra y gracia de unos taquitos de queso semicurado y una punta de lomo embuchado.

– Genaro, ayúdame con las bebidas, anda, no seas tan gruñón ­–conminó la anfitriona aliñando la frase con otra de esas miradas capaces de fundir aleaciones pobres en titanio.

– Voy….Jesús José, ¿qué te traigo para beber? –preguntó zanjando otras cuestiones.

– Una cerveza, si no es mucha molestia –respondió un poco demasiado rápido el opositor a ser aceptado ante las miradas alarmadas de madre e hija.

– Mejor te voy a traer un trinaranjus, que me parece que no tienes edad para beber –terció Don Genaro adoptando la misma mirada torva y la misma media sonrisa de quien se sabe ganador del asalto tras haber hecho caer en su trampa al contrincante.



Manzano se enfrentaba ayer a una prueba con el mismo grado de tensión de a la que se enfrentó nuestro amigo Chuche. Eso sí, sin esos aliados femeninos de los que dispuso nuestro galán de patio de instituto. Manzano se presentaba sin tener ninguno. Una afición que ya le ha tarareado la tonada recurrente para que se vaya, una directiva que asume con naturalidad la rápida combustión del primer cortafuegos que han dispuesto para esta temporada, unos jugadores que, dicen, no creen en su discurso monocorde ni en sus rotaciones esquizoides. Goyo llegó a primera hora de la tarde con varias cajas de cartón de esas que utilizan los americanos cuando dejan un empleo, ésas que siempre terminan coronadas por una foto de familia con perro de cara bonachona. Lo hizo por si acaso. Lo hizo por si volvía a salir el mismo equipo que en las últimas jornadas. Giró la llave de paso del agua de su despacho, apagó las regletas de seis enchufes y bajó el termostato de la calefacción al mínimo. Dispuso también al lado del banquillo una bolsa con una botella de agua fresca, una bolsa de patatas de cuya fecha de apertura no quiso acordarse y unos briks de zumo de marca blanca, lo que casi todos aprovisionamos cuando de irse de viaje se trata. Todo por si acaso. Dejó a Reyes en la grada que es algo que también le pedía el cuerpo antes de marcharse y se preparó para el chaparrón.

Entró el Atleti a empellones en el partido. Sin pasar apuros pero sin un dominio creador de ocasiones sostenido. Parece ésa una característica del equipo. El equipo posee una continua discontinuidad, tal vez por depender en exceso de Arda y Diego, jugadores de innegable clase y de evidente intermitencia. Seguíamos a base de impulsos cuando Arda puso un balón en el área medio blandito que Adrián cabeceó con saña a la red. Adrián, la llave ayer.



Adrián llegó al equipo casi pidiendo perdón por no tener gol y no haber dejado comisiones  en su incorporación, aspecto mucho más grave el segundo para la gerencia regente. Adrián fue el más destacado de los rojiblancos en esas travesías veraniegas por las previas europeas pero se vio tapado cuando empezó lo mollar por un delantero estrella y por un planteamiento rácano de un entrenador no dispuesto a dar cancha a dos delanteros. Aún así, cada vez que ha salido ha demostrado que es uno de los que más claro lee los partidos de todos los llegados. Cuando el equipo se obceca por el centro, ofrece desahogo en banda. Cuando las líneas contrarias se cierran, busca el espacio con inteligencia, tal y como hizo en el tercer gol, reculando hasta el punto de penalti para ejecutar una buena jugada de Filipe (al fin). Si hubiera sido Adrián el que fuera a conocer a los padres de su novia, éstos de entrada hubieran podido alegar que parece excesivamente calladito y algo raro, pero hubiera llevado un ramo de flores para la suegra y una botella de vino resultón para el suegro, un hueso para el perro y un habano para el abuelo de su amada. Su manera de ser es esa, ofrece lo que se necesita en cada momento. En los partidos, también. Goyo hasta ahora no lo había visto del todo, probablemente por reservón y timorato. Esperemos que a partir de ahora no lo olvide. Si es que tiene más tiempo para no olvidar.

Entre medias, se consiguió un gol de estrategia al que no sabemos si achacarle brillantez en el movimiento o excesiva contemplación por parte de la defensa maña. Conocimos a Micael, ese cromo del que no conocíamos la cara que nos salió al comprar un delantero centro mediante leasing chanchullero. Aplaudimos a Perea por ser como es, uno de los nuestros a pesar de sus fallos. No nos acabaron de convencer de nuevo ni Gabi ni Mario Suárez. Así pasábamos la tarde sacando conclusiones más o menos acertadas cuando nos dimos cuenta de que teníamos hambre. Cosas del cambio de hora, seguro. Con tres a cero en el marcador y el partido resuelto se fue del campo una buena parte de la parroquia que había comido a la una y media y a los que el estómago estaba avisando con sonido de lavadora centrifugando. Anticiparon la salida con la promesa de un pincho de tortilla con cebolla en cualquier bar de los aledaños antes de coger el metro. No se perdieron mucho. O sí.

Se perdieron un obsequio de la defensa atlética que el Zaragoza convirtió en gol, pero sobre todo, se perdieron unos minutos de despropósito musical. Una parte de la grada, convertida para la ocasión en orquesta pachanguera, atacó un repertorio de temas manifiestamente cuestionable. Tras un prometedor inicio acordándose del Sabio de Hortaleza, tema muy aplaudido como el que siguió, una melodiosa invitación a Manzano para que coja la puerta, empezó a decaer el concierto. La elección del siguiente tema fue la guinda amarga, la bulliciosa coral empezó a acordarse con calidez del ínclito Sánchez Flores entre la división de opiniones del resto del respetable, dado que muchos nos acordamos de él, sí, pero también de la señora madre que lo parió folclóricamente. Finalmente, los bises nos trajeron un encendido recordatorio al verdadero culpable de todo lo malo que pasa en el club, tema este que recabó más aplausos e incluso algún mechero encendido. Parecía que el concierto se alargaría hasta el pitido final cuando una jugada brillante y pinturera de Adrián y Arda devolvió la atención al césped hasta el final del encuentro.

Gregorio abrió el despacho que creía nunca más abriría. Dejó la caja sobre el escritorio. Rescató la foto de la familia con perro bonachón y la dejó en su sitio, a la izquierda de la pantalla del ordenador. Giró el termostato a 21 grados y se sentó en el sillón de oficina aliviado. Finalmente, se había ganado al menos un partido más de continuidad. Gracias a una victoria de la que no se deben sacar demasiadas conclusiones. Una victoria engañosa tal vez, ante un adversario que no creyó demasiado en sí mismo. Falta saber si lo hecho ayer se mostraría suficiente ante rivales de más enjundia. Mientras tanto, la afición no deja de pensar si lo de ayer habrá sido un espejismo. No debería ponerlo fácil el seguidor atlético tras un inicio esperanzador que ha estado a punto de acabar en la cuneta de las ilusiones perdidas de tantas temporadas. Nos tendrán que ganar como Chuche a su futuro suegro. Lo de ayer es poco y también Manzano lo sabe. Por eso no deshizo la caja con sus pertenencias. Por si acaso.

jueves, 19 de mayo de 2011

La otra despedida

(Retrotraiganse al domingo pasado. Viajen con la imaginación a la Ribera del Manzanares, a nuestro estadio. Sí, sí, usted también, y si tiene la sartén en el fuego, apártela o baje el gas al mínimo, que prometo no entretenerle demasiado. Acaba de terminar el partido contra el Hércules y un sector de la afición despide al tío segundo de Elena Furiase de manera excesivamente sentida bajo mi humilde punto de vista. Comienza aquí la historia de hoy)
Nuestro protagonista se apartaba el pelo de la cara con uno de esos tics tan característicos que adquieren con el tiempo los que gustan de llevar el flequillo largo. Observaba furtivamente la escena con insana envidia. Había sido testigo de la gran despedida que se le había dado al técnico. Sí, a ése ¡Qué cosas había que ver! Nunca había llegado a aguantarle del todo a pesar de los años que habían pasado ya desde que coincidieron a orillas del Turia. Acababa de terminar su baño de multitudes y pasó henchido a su lado sin reparar en él. Como siempre. Él era invisible para casi todos. Pero para él también era el último partido en el Calderón y quería una despedida. Creía que se lo merecía.
Cuando ya el último de los fieles fue engullido por el vomitorio correspondiente, se aventuró a salir de su escondite. Primero avanzó andando por la banda con timidez, casi disimulando, después se adentró en el terreno de juego a medida que ganaba en seguridad en sí mismo. Lo que primero eran pasos titubeantes se convirtieron en carreritas al trote alrededor del círculo central. Pasado un instante, se quedó clavado y paseó su mirada por los cuatro puntos cardinales del estadio. Esa era la señal indicada para que su gente empezara a aplaudir. No eran muchos, no crean. Familiares con grado directo de consanguinidad, un concuñado de Alicante y la profesora de inglés de su hijo pequeño, una nativa de Illinois con tendencia a apuntarse a un bombardeo a la que hacía mucha gracia la espontaneidad española. Siete en total. Para él suficientes. Conforme su estima convertía las tibias palmas en aplauso, se fue creciendo más y empezó a intentar cabriolas de alegría, llenas de sentimiento pero torpes en ejecución y dificultad. Posteriormente, dio dos volteretas laterales y se revolcó por el suelo trazando tirabuzones sobre la hierba como si tuviera fuego en la espalda.
Los integrantes del equipo de operarios de la subcontrata encargada de la limpieza y clasificación de residuos del estadio, que habían empezado su faena, se dieron la vuelta y pospusieron la decisión de si aquel tapón de botella de refresco debiera ir al contenedor amarillo o al azul, tal era el alboroto que se estaba formando. Con esa personalidad que rezuma el ser humano cuando ve a uno de sus iguales haciendo algo, empezaron también a batir palmas. Primero despacio, sin demasiado convencimiento, luego tan fuerte que volaban las hojas de las revistas de difusión gratuita y las bolsas vacías de pipas con sal. Para responder, nuestro hombre empezó a dar vueltas al ruedo rojiblanco con paradas programadas en cada fondo para tirarse de esa manera pecho-deslizadora tan en boga en las celebraciones. Dichas demostraciones gimnásticas fueron muy celebradas por una concurrencia que empezó a salpicar la atronadora ovación con bravos y vivas que salían de lo más hondo. No eran muchos, de acuerdo, pero le estaban dando la despedida soñada.
Seguidamente, se acercó al escudo pintado en la banda y se tiró de bruces sobre él. Lo besaba y golpeaba alternando los golpes con puñetazos en el pecho, a la altura del corazón. Sin esa gracia con la que lo hizo anteriormente el otro, sí, pero con un indiscutible donaire para alguien que no lleva en los genes el golpe que se practica en las cuevas del Sacromonte cuando ya los autobuses de turistas han emigrado. A pesar de que ya estaba el taco formado, todavía quedaba la sorpresa final. Cuando ya el homenajeado perpetraba una especie de danza de cortejo previa a la cópula alrededor de unos de los banderines de corner, aparecieron por la bocana de vestuarios Seitaridis, Costinha, Cléber y Fabiano (éste último tras pedir un permiso en el juzgado de guardia para saltarse la orden de alejamiento de recintos deportivos que pesa sobre él por maltrato sistemático y continuado del balón). Llevaban una tarta de varios pisos de la que salió el niño de sus ojos. Su Nuno. Algo más hermoso, si podemos admitir como sólo hermosura los treinta kilos en canal que había engordado desde la última vez que le vio. Se fundió en un abrazo con Maniche al que se unieron el resto de sus chicos. Los suyos, los que había traído él bajo el brazo. Sus creaciones, al fin y al acabo. Brotaron las lágrimas, se erizaron los vellos y la emoción llegó a un punto de climax que obligó a operarios, familiares y profesoras bilingües a saltar al campo. Él repartía abrazos y besos sin distinción, embriagado por el inolvidable momento. Parecía que flotaba, que volaba y reparó en que era porque un espontáneo le estaba llevando a hombros. Cerró los ojos mientras le llevaban en volandas y notó que sus incondicionales le arrancaban los botones dorados de la chaqueta cruzada como recuerdo o como recurso para futuras visitas al monte de piedad. La comitiva orgiástica enfiló la puerta cero abierta para la ocasión y se perdió en la noche madrileña entre gritos que le calificaban de torero e incluso de presidente.

Se le esperaba durante la semana para ir vaciando su despacho. No se ha vuelto a tener más noticia de él. Puede que ande todavía celebrando su despedida o puede que acabara de mala manera, devorado por el éxtasis de los invitados a la catarsis que se produjo. Si fuera así, tuvo la despedida que quiso. Fue feliz.

lunes, 16 de mayo de 2011

Coplillas para una despedida llena de sensaciones.




 
Permítanme ustedes entrar
en sus casas sin aviso.
Hasta hoy miré remiso
por si se había de quedar.
Ya que parece acabar,
les vuelvo a pedir permiso
y tener terreno liso,
para empezar mi cantar.

Les traigo mis reflexiones.
Sobre un hombre yo les hablo
y también sobre un vocablo
¿Qué vocablo? Sensaciones
¿Sensaciones? ¡No me diga!
A quien pida explicaciones,
le mostraré mis razones,
ahora que muere la Liga.

Tenemos en nuestro equipo
un tipo enjuto que espera,
más que el lucir en Primera,
sensaciones de otro tipo.
¿Qué sensaciones tolera?
Sensaciones como el hipo,
¡Y esto es solo un anticipo,
también la de cagalera!

Sobrino de Faraona,
aunque no ha heredado el arte.
Él es más punto y aparte,
tiene un arte bravucona.
Sus necedades reparte
con su mirada saltona
y se erige en baluarte
de la estrategia ramplona.

Muy quieto en su pedestal,
rota, mueve y vuelve loco.
¡Menos mal que queda poco!
¡Ya se marcha, menos mal!
Al partir suena un murmullo,
mientras se aleja del foco.
Se va el del estilo barroco,
mas que Flores es capullo.

No usa ciertos fichajes,
la cantera le da sueño.
Y mientras, va haciendo encajes
para no poner a Fran.
¡Ésta no rima! Verán…
El que no entra en su plan
se trata de ese otro Fran
con apellido extremeño.

Le cae mal el uruguayo,
dice que le ve pedante.
Que no corre para atrás,
tampoco va pa’ delante.
Menos mal que acaba en mayo.
Si esto dura un poco más,
terminan a “bofetás”
por hacer de capas, sayo.


Un sector sin gran memoria,
le dedica una canción,
esa del que fue campeón,
la del serbio que hizo historia.
Ante tal demostración,
agachamos la cabeza
no entendiendo al Calderón.
¡Ni que fuera el de Hortaleza!

Muy crecidito por ello
se piensa más de lo que es.
Aquí no consta tu sello,
la defensa da traspiés.
Pero Quique, ¿no lo ves?
Tú que te creías bello.
Sale esto, sale aquello
y sale todo del revés.

Aún así, los hay felices
se denominan “quiquistas”,
¡Váyanse a mirar la vista!
¡Vayan ya, manda narices!
Antes de irse, no crean,
le han dado un baño de masas,
si lo sé me quedo en casa,
poco más y le mantean.

Dice que deja progreso.
Dice que deja en Europa.
Con los números se topa
por tanto usar la sinhueso.
¡No, Don Quique, nada de eso!
Progreso sería ganar,
ser séptimo, experimentar
un muy claro retroceso.

Ha sido el que más perdió,
de los técnicos habidos,
y el tío tan relamido,
no crean que dimitió.
Anda justo de decencia,
eso se lo digo yo,
sin tanta clarividencia
de la que gasta el gachó.

¿Ya se marcha? No se explica,
el que nos deje gran duelo.
Entendería el desconsuelo
del jersey de talla chica.
Que la afición le suplica,
que se cambie alguna vez.
¡Es que me va con la tez!
Dice el dueño, justifica.

Termino aquí. Mil perdones,
por usar el eufemismo:
nos tiene ya hasta los mismos,
de tantas las sensaciones.
¡Qué les digo hasta los mismos!
Nos tiene hasta los cojones,
por usar un vulgarismo
acorde con sus acciones.

domingo, 8 de mayo de 2011

¡Que viene el jeque!


El empleado encargado de protocolos, fastos y convites pasó al despacho del presidente tras una espera algo larga en la antesala.

– Don Enrique, ya tenemos casi todo preparado para la comida de directivas. Hemos quitado del menú el salmorejo porque quedaría soso sin los taquitos de jamón. Además nada de ibéricos ni de canapés de sobrasada. Tampoco se servirá alcohol, ni antes ni durante la comida, y mire que me duele porque hemos recibido un gran reserva de esos que hacen revivir a un muerto. Pero nada, también retirado esta semana.

– Hombre Olmedilla, tampoco hay que ser tan escrupuloso. Haremos una cosa, me esconde usted una petaquita debajo de la silla y me voy sirviendo a demanda cuando el señor jeque no mire, ¿de acuerdo? –ordenó preocupado el mandatario–. Así que dice usted que la sobrasada proviene del cerdo, pues primera noticia Olmedilla, cada día aprendemos algo en la gerencia.

– Se hace lo que se puede Don Enrique.

– Haga, haga, ultime usted todo. El señor jeque y su séquito llegarán a las dos más o menos. Obvio decirle que con una propina de las que dejan éstos con un café le compramos nosotros a Mendes un mediapunta con llegada. Tienen el crudo por castigo, o sea que como no causemos buena impresión lo llevaremos crudo y valga la…, la…, la como se llame que para conocer palabros ya tenemos a Quique.

Olmedilla trajinó, industrió y ultimó todo lo ultimable. Desenrolló las alfombras rojas, quitó las telarañas de la caja fuerte y cerró con llave la amplia estancia de las facturas impagadas. A eso de las dos menos diez se incorporó a la fila habilitada para el besamanos que encabezaba su jefe, cuando apareció el ujier acompañando a un individuo atezado, de bigote poblado y mirada que guardaba sabiduría de antiguas civilizaciones.

– Señor Olmedilla, aquí el señor Ahmed que dice que…–anunció el ujier rascándose la oreja.

– Déjelo en nuestras manos, le estábamos esperando –se adelantó interrumpiendo el responsable de festejos visiblemente nervioso.

– ¿Será éste no? Viene solo ¿Y no tendría que llevar chilaba? –murmuró el cooperador por lo bajinis.

– Seguro que es él, Don Enrique, no se fíe de las apariencias, que esta gente anda muy globalizada. ¡Si estos han estudiado casi todos en “Cambris”! –aclaró alardeando de viajado el adlátere organizador.

– Bienvenido Don Jeque, pase, pase, cuánto gusto tenerle por aquí ­–saludó el mandamás (o menos, como ya ustedes saben) haciendo una reverencia que sirvió de detonante para el inicio de un baile perpetrado por un grupo folclórico andalusí, en muestra de buena voluntad y de hermanamiento de culturas.

– Es que yo…–intentó meter baza el invitado.

– Calle, no se esfuerce. Aunque el idioma sea un problema, la gente como usted y como yo nos entendemos sin palabras –dijo el presidente guiñando un ojo.

– Pero…

– Insisto Don Jeque, pasemos a mis aposentos. Como verá han sido ambientados como una haima en honor a su presencia. Sentémonos que debo hablarle de un negocio redondo ¡Coja un dátil si se le antoja, hombre, no sea tímido! –ofreció con excesivos ademanes–. Le cuento, tenemos un director deportivo y algún que otro jugador a los que tenemos que dar salida, y creo que a usted le interesarían para su equipo. Nosotros somos flexibles en el cobro, aunque sea en camellos.

– Mire déjelo, ya no puedo perder más el tiempo. Les agradezco sus atenciones pero se me va a escapar el autobús de la excursión. Yo solo me había perdido buscando el servicio –cortó la negociación el supuesto jeque perdiendo así gran parte de su encanto califal.

– Pero, ¿no es usted el señor Ahmed? –preguntó Olmedilla horrorizado.

– Sí, señores. Miembro fundador de la peña colchonera de Melilla. Es que hemos venido un grupo a hacer la visita guiada del estadio pero se me ha hecho tardísimo ¡Hala, hasta más ver!

– ¡Oiga, no se vaya! Que no le hemos hablado de las alianzas estratégicas…–intentaron frenarle sin éxito– ¡Don Jeque vuelva! –dijo el presidente con desesperación–. Nada que se va el jeque, aunque…, ahora que no nos oye nadie, no me negará usted, Olmedilla, que éste jeque tenía bastante pinta de moro.



Llegaba el Málaga al Calderón con el pecho henchido por los últimos resultados. También llegaba nuestro equipo de la misma manera, muy derecho y estirado tras la racha disfrutada. No les voy a volver a aburrir con eso de que ya es tarde y que esta buena postura corporal no soluciona el encorvamiento que hemos llevado toda la temporada. Parece que el doctor Flores, traumatólogo de prestigio discutible más dado a captar sensaciones que a interpretar radiografías de juego, ha tardado más tiempo del necesario en recetar el collarín corrector. Parece también que no tendría demasiadas razones para sacar pecho, pero lo saca. Lo saca él y lo sacan sus superiores, esos que deberían ir cargados de hombros por todo el daño que infringen a las cervicales de los atléticos, por obligarnos a forzar el cuello para mirar desde abajo a las zonas altas de la clasificación, a las zonas a las que, por historia, pertenecemos. Pues se ha quedado buena tarde, dijeron los aficionados al sentarse en su sitio echando de menos las botas de agua al ver que el suelo bajo sus asientos parecía un arrozal asolado por las mañaneras lluvias cuasi monzónicas.

Para la ocasión, nuestro técnico volvió a apostar por un equipo de músculo, de pecho inflado. Craso error, amigos, ayer no era un partido para el músculo trabajado, porque los de la Costa del Sol tienen más. Tienen, por ejemplo, un nueve grande, de esos que se atragantan a nuestra defensa, como pasó con Osvaldo, como pasó con Caicedo, como pasa con tantos otros. Nuestra defensa se encuentra más cómoda negociando con delanteros ratoneros y mediapuntas abrochaditos. Oiga, ¿y qué pasó en la Europa League con Javito?, seguro que preguntará alguno. Miren, lo de Javito se lo preguntan al que no se cambia de jersey, yo tampoco me lo explico.

Y es que hay días en que se tiene que hacer algo diferente, días en los que los mejores no andan inspirados del todo. En esas ocasiones, uno espera que los secundarios tomen el testigo. Allí donde no llega el jeque, debería estar su séquito. Pero de la misma forma que en nuestra historia de hoy, el séquito no se presentó. Ni un ayudante de cámara, ni algún secretario eficiente que te lleve las carpetas. Los más descreídos se plantean si los que rodean a nuestras estrellas son tan solventes como nos los quieren pintar ¿Cuántos de ellos serían titulares en los equipos que tenemos por encima? Uno piensa que la gran diferencia con los equipos mejor clasificados está en esa clase media. En su capacidad para destacar con la guitarra cuando los cantaores andan medio afónicos. En soportar sobre sus hombros la acción de la película. Y dejan dudas. Muchas.

Cuando la afición duda se empieza a acordar de los huevos, como cuando les ponen un pincho de tortilla al que sobra patata. También se acuerdan de la madre de algún mediocentro navarro o del padre de algún delantero rubio, pero les traiciona la memoria a la hora de acordarse de los verdaderos responsables. No seré yo quién justifique bajos estados de forma que duran demasiado ni expectativas no satisfechas, no. Pero si hay algo que dura demasiado es éste periodo mediocre sin la exigencia debida. Un periodo que debería invitar a la reflexión. Pero una de las de verdad, no como las del primo de Lolita, que dice que no puede pedir más a éstos jugadores después de la racha que llevaban. ¡Vaya mensaje! No les exijo más a ustedes que en la séptima plaza se está muy calentito. Y ahí, justamente ahí, sí aparece el séquito. Pero el otro. El de los del palco. El que acompaña a la guitarra y al baile. Ése séquito palmero que introduce una semana el mensaje de que la Champions es posible para hinchar pechos crédulos. La siguiente, lanza que jugar la Europa League es mucho mejor, dónde va a parar. Más tarde, hablarán sobre éxitos futuros y fichajes de relumbrón. Y no hablarán más porque la temporada se acabará y porque ya no hay Intertoto, que si no…

Y mientras, nos damos cuenta de que todo vuelve a ser un espejismo. De que nos volveremos a quedar en el camino sin dar con el oasis prometido de juego, casi todos con el pecho hundido y los hombros encorvados. Maltratados por la sed de seriedad, de exigencia, de justicia. ¡Qué pena señores, tanto séquito en la moqueta y tan poco en el césped! 

domingo, 1 de mayo de 2011

Una de suspense

Tomó la salida de la autopista tras ver las luces que anunciaban el motel. Era lo más prudente tras tantas horas al volante con esa maldita lluvia. Había conducido mucho, demasiado. Tanto como cuando Reyes coge el balón en su campo y quiere llegar regateando a la portería contraria, sin mirar a Ujfalusi cuando le dobla, sin reparar en que casi siempre el checo podría doblar las camisetas, las medias, los calzoncillos y varias esquinas antes de recibir el cuero. Plazas libres. Ambiente familiar. Se aventuró en la desierta recepción y tocó el timbre de llamada varias veces. Mientras miraba un mapa de la zona se materializó a su lado un individuo delgado y de mirada inquietante.

– Buenas noches, ¿tiene habitaciones libres?

– Sí, el motel está vacío. Si quiere descansar, éste es el sitio ideal. Le voy a dar una habitación exterior, tiene unas magníficas vistas a la colina. De hecho, yo vivo con mi madre en el caserón que está en la cima de la loma. Por cierto, la habitación tiene bañera, aspecto éste importante para el devenir de la historia.

– Genial, señor…

– Bates, Norman Bates. Para servirle –se adelantó mostrando una sonrisa de las que ocultan otras intenciones, una sonrisa como de consejero delegado, para que me entiendan.

Le entregó una llave de esas de motel u hostal de categoría indefinida, de llavero pesado y aparatoso. Dejó la maleta de mano sobre la colcha ajada y empezó a desvestirse para darse una ducha, no sin antes constatar el tétrico aspecto del caserón. ¿Había visto una silueta en una de las ventanas? Le había dado mala espina, mala sensación que diría Quique. Decidió no pensar más y se encaminó al baño.

– ¡AHHHHHHHHHHHH! –sonó un grito desgarrador en la noche.

– ¿Qué coño pasa? –se oyó una voz en el baño.

– ¡Ay, calle! Se me ha pegado el trasero en la cortina de la ducha, cosa muy desagradable cuando uno se encuentra en pisos compartidos, alquilados o establecimientos hoteleros de dudosa reputación. Pero… ¿qué hace usted en el baño de mi habitación vestido de mujer? ¿Y, por qué lleva un cuchillo en la mano?

– Le venía a traer las toallas y las amenities…

– ¿Amenities? –interrumpió ella tapándose con la cortina rasgada.

– Los “champules”, vamos. Permítame explicarme, lo de travestirme es porque siempre pensé que la falda no debía ser patrimonio exclusivo del género femenino como bien promulgaron Miguel Bosé o John Galliano, pero no le voy a engañar –dijo en tono de confidencia–, yo siempre me he sentido una mujer encerrada en cuerpo de hombre. Lo del cuchillo es porque me ha pillado usted partiendo pan de torrijas, que las previsiones de ocupación para la semana santa eran muy altas y el mal tiempo nos ha dejado mucho excedente de materia prima.

– No me malinterprete, oiga. Que una es muy moderna y entiende…bueno yo no, pero…, ya sabe, entiende su condición. Además esa rebeca le realza a usted la tez y le va muy bien con la peluca. Se ve que es buena, la peluca digo.

– Mucho, compro las pelucas por internet. Son ediciones limitadas y exclusivas y están teniendo un éxito apreciable entre todo tipo de descuideros, ya sean sus objetivos furgones blindados o acciones de sociedades anónimas deportivas –explicó muy ufano mientras pasaba por delante de ellos un señor orondo y calvo que por lo visto tiene costumbre de aparecer siempre por sorpresa en este tipo de historias.

– Pues una torrija si me tomaba, ¿sabe? –dijo ella agarrándose de su brazo con alivio. Se había alarmado sin motivo. Nunca se sabía dónde podía uno encontrarse con un señor que decide dejar que su madre se amojame sentada en una mecedora en vez de darle sepultura. Pero este sitio, desde luego, hacía honor al eslogan. ¡Aquí te sentías en familia!



Debemos admitir con preocupación que vivimos tiempos de psicosis. Psicosis por no poder llegar a final de mes o porque hay gente algo teatrera. Psicosis porque no queda claro a qué se dedica Unicef, si a los niños o a manipular competiciones. Psicosis generalizada, por resumir. No crean ustedes que es la única patología que últimamente ha repuntado, no, también existe una preocupante obsesión compulsiva por coleccionar maleducados. Aparecen pacientes no diagnosticados de síndrome de Tourette, hablando de putos esto y de putos lo otro. Depresiones en técnicos que no dejan de llorar. Enfermedades hasta ahora silenciosas pero latentes, que se han hecho visibles en cuanto se ha dado el caldo de cultivo adecuado.

En nuestro Atleti, la cosa no ha tomado estos tintes pandémicos, pero no por ello estamos libres de desequilibrios. Por ejemplo, el de la ansiedad que se apodera cada verano de los empleados de la intendencia del vestuario al no saber como meter tantas taquillas, de tantos rumores de fichajes que hay. Fichajes rimbombantes, fichajes de baratillo, saldos, ventas de ocasión, jugadores de kilómetro cero. Créanse ustedes el diezmo del diezmo. Los que ya tenemos algunos años, sabemos de esto.

Jugaba nuestro equipo en La Coruña, con la sensación flotando en el ambiente de que el tiempo se escapa de las manos, de que quedan muy pocas jornadas. De que estamos con la muerte en los talones por no haber hecho los deberes antes. Es que ahora estamos muy bien, dicen algunos. Si esto llega a durar cinco jornadas más, llegamos a Champions sobrados, dicen otros con frenesí. Estamos instalados en dinámicas grupales positivas, dice nuestro técnico, ese hombre que sabía demasiado. Yo confieso que algunos nos miramos y nos dan ganas de pellizcarnos fuerte, retorciendo con saña ¿Es que acaso no sabíamos que son sólo 38 jornadas? ¿Es que nos sentimos cómodos mirando por la ventana indiscreta del sexto o séptimo puesto? ¿Estar más arriba nos da vértigo?

Pues resulta que hemos vuelto a ganar, ya tenemos otra semana con olor a sueño de cuarto puesto.

– ¿Y el equipo ha jugado bien? –pregunta ese colchonero que hoy tenía la comunión de la Vane y no ha podido ver el partido.

– Hombre, bien, lo que se dice bien –contesta su vecino de escalera y de abono en el Calderón.

– Bueno, entonces, ¿es que ha jugado mal? –dice el padre de la homenajeada con cara de es que me he liado más de la cuenta.

– No, si mal tampoco ha jugado –responde el vecino que sí ha visto el pre, el post y el partido en sí, extrañado porque la comunión empezaba a las 11 de la mañana.

– ¿Ha estado equilibrado? ¿Ha sido un partido de poder a poder? –inquiere algo cansado, porque cuando viene la familia de Toledo siempre se lía la cosa.

– Yo diría que ha sido un partido…que ha acabado. Pero, sí, ha acabado bien. Es que teniendo a Agüero todo es más fácil –resume en solo una frase el vecino la idiosincrasia de muchos partidos.

Seguiremos con el suspense metido en el cuerpo al menos hasta la semana que viene. Para finalizar, permítanme felicitar a la Vane aunque sea con retraso. También a todas las madres, incluidas las que se amojaman en mecedoras. No me quiero olvidar tampoco de… ¡Uy! ¿Qué ha sido ese ruido? Oigan, les dejo que acaban de chocarse un estornino y una paloma en la cristalera del salón. Andan los pájaros medio revueltos, no sé, no sé.

lunes, 18 de abril de 2011

Conocimiento del medio

Permítanme hoy dirigirme a los Agónicos más jóvenes. Autorícenme ustedes a relatarles cómo eran las cosas hace un tiempo. Cómo se estudiaba antes, cuando lo hacíamos los que ahora sólo reflejamos crecimiento capilar en zonas muy localizadas como las orejas, la espalda o las fosas nasales.
Han de saber ustedes que cuando el que suscribe estudiaba, íbamos al colegio cargados con todo tipo de libros a la espalda sin que ni un miserable osteópata pusiera el grito en el cielo preocupado por nuestra salud lumbar. Tirando de libros voluminosos que no cambiaban cada año, a los que cada septiembre se les cambiaba la camisa del forro para simular lozanía pero que habían sido dejados en herencia tras haber pasado por tres primos, dos hermanos e incluso el vecino del cuarto izquierda. Libros ajados, con heridas de guerra en forma de dibujos de autoría anónima. Libros con alguna que otra hoja ilegible. Libros en los que al entrar en la página dedicada a los diagramas de Venn, podías encontrarte con el nombre de tu hermana al lado del de un tal Edu sólo separados por un corazón atravesado por una flecha seguramente perdida del libro de historia, lanzada por algún aborigen en el capítulo del descubrimiento de América. Esos hallazgos te alegraban el día, te servían para meterte en el cuarto de tu hermana sin permiso y plantear los términos de un chantaje en toda regla esgrimiendo el libro como prueba. Ella se reía de ti, te revolvía el pelo (entonces presente con rebeldía y profusión) y te decía que eso era de hace mucho, que hacía un par de años que Edu había marchado a hacer la mili de voluntario a Ceuta.
Reparen ustedes en que, las heridas infringidas a los libros podían tener como causante cualquiera de los habitantes de un estuche en el que moraban rotuladores Carioca, pinturas Alpino y bolis bic cristal, los que escribían normal. ¿Se acuerdan de los estuches? ¿Se acuerdan también de esos niños tan finos (como el bic naranja) que en vez de estuche decían plumier pronunciando con la boca afrancesada, imitando los morros de Victoria Vera? Seguro que sí, que se acuerdan de esa rivalidad entre los que apostábamos por los Carioca y los que optaban por los rotuladores Pelikan, menos sucios ellos. Seguro que se acuerdan de esos estuches de segunda generación que venían equipados de serie con artículos indispensables como la lupa y el transportador de ángulos ¿Cuántas veces han transportado un ángulo en sus vidas? Apuesto a que, como mucho, habrán transportado en parihuelas a algún conocido suyo de humor agudo, a una prima muy recta o a un compañero algo obtuso tras esguince, borrachera o la confluencia de ambos sucesos.
También deberían conocer que, amén de las de toda la vida como las Matemáticas y la Lengua, existían dos asignaturas llamadas Naturaleza y Sociedad. En ellas, aprendíamos cosas tan interesantísimas como qué son los nemátodos, cuáles son los afluentes del Guadiana por la derecha, por qué existen rocas basálticas o la diferencia entre una Castilla nueva y otra vieja, por ponerles varios ejemplos. Tengan presente además, que rizando el rizo de los planes de estudio siniestros, había años en los que las teníamos unidas en una sola materia que atendía al original nombre consensuado de Naturaleza y Sociedad. En años así, el cacao estaba servido. Llegabas a junio sin tener del todo claro si Colón era bivalvo o si en León, provincia y región a la vez, existían zonas calizas cerca de algún afluente del Duero, fuera por la derecha o por la izquierda, aspecto relevante si tenemos en cuenta que los afluentes no son como los extremos, tan obstinados en jugar a orilla cambiada. ¡Qué cosas! Ahora no existen estos problemas. Ahora los tiernos púberes estudian en pizarras electrónicas y pasean sus mochilas con ruedas por los vericuetos de la ESO. Ahora la Naturaleza de antes se llama Conocimiento del medio.

Quique ha llevado todo el año la asignatura con alfileres, la de conocimiento del medio quiero decir. Hasta hace poco el medio en el Atleti era un erial sobre el que pasaban los balones a varios metros sobre el suelo impulsados por De Gea o los centrales con destino a la cabeza de Reyes o a unos delanteros que lo perseguían con desigual ahínco. Últimamente, al pasar lista te das cuenta de que el medio se ha convertido en algo más, un lugar por el que pasa el balón con gusto por la mejora que ha experimentado el trato hacia él. Un lugar donde el balón se encuentra casi como en casa, se pone cómodo, se afloja la corbata e incluso se bebería el caldo de la lata de berberechos sorbiendo un poco. Por fin, exclamamos algunos. No era tan difícil, ¿no? Subraye usted la lección con un tercer centrocampista de toque y la cosa irá mejor, oiga. Y si además tienes la suerte de encontrarte con un pupilo de notable alto como Koke, mejor. También nos gusta que haya un nueve de los de toda la vida. Una referencia. Uno de esos como Altobelli o Vandenbergh (salvando las distancias) a los que veíamos jugar de espaldas mientras hacíamos los deberes. Un nueve que volvió a ser titular en el pueblo de Estopa ante la ausencia de Forlán, aquejado de inflamación en el periostio, lesión que nos suena rara, psicosomática tal vez.
Salió el Atleti y se encontró con un defensa que le sopló la respuesta a la primera pregunta del examen. Gol de Koke, el mejor del partido a pesar de jugar solo 40 minutos. Pudo el equipo sacar más de los primeros compases, pero éste Atleti está acostumbrado a conformarse con el cinco pelado. No busca notas más brillantes. A base de empuje el equipo de casa empató y nos fuimos a la caseta con la misma sensación que tenías al hacer un examen de matemáticas en el que no te había dado tiempo a hacer la prueba del cociente, puede que sí o puede que no. Continuó el control en la segunda parte recuperando la ventaja empatada en otro ejercicio sencillo para alguien tan listo como Agüero y, de nuevo, la falta de ambición, el no bordar las respuestas cuando se podría haber hecho. Total, un suficiente alto, casi un bien. Dejando aromas de lo que pudo haber sido y no fue, dejando para el examen global de junio la clasificación para la Europa League. Olvidando la bici prometida como recompensa por el notable de la clasificación de Champions. Dejando de lado los progresa adecuadamente y los necesita mejorar, porque sí, parece que en las últimas jornadas el equipo progresa, pero parece tarde. Éste equipo vuelve a intentar sacar el curso como en pasados años, estudiando el último día.
¿Qué hubiera pasado si se da antes con la tecla? ¿Había plantilla para sacar más nota? ¿Qué calificación le ponemos al señor Sánchez? Podemos en definitiva, preguntar por qué jugadores que ahora se destapan como válidos (Mario, Koke, Diego Costa) no han asistido a clase lo que debieran durante el curso. No hablemos ya de los dos niños revoltosos que se sientan en la última fila casi tapados por los abrigos del perchero. Ésos dos, Fran y Álvaro, acumulan faltas de asistencia sin justificar. Podemos también pedirle cuentas por no tomar la lección al equipo en muchos partidos y por experimentar con alineaciones raras, surgidas del laboratorio de química entre reacciones de hidruros y sulfatos.
Podemos concluir diciendo que Flores es un alumno rezagado, que intenta recuperar la asignatura tras varios reveses, pero lo que no podemos reprocharle es que sea un alumno díscolo. Él se limita a observar callado con su uniforme heredado algo justo de talla y sólo abre la boca para hablar de sensaciones o para soltar un circunloquio incomprensible, lo que no es desdeñable en estos tiempos en los que el más zángano de la clase se permite el lujo de hablar de la Abeja Maya o el alumno maleducado con facilidad para los idiomas, no para de justificar su mediocridad en base a supuestas manías de los profesores (siempre dejándole con un jugador menos).
¡Qué poco conocimiento! (...del medio, por supuesto)

jueves, 14 de abril de 2011

Señales del futuro

¿Se acuerdan ustedes de la conversación que vivimos en la pasada entrada de la Agonía? Sí, sí esa en la que nuestro entrenador le comunicaba al presidente que tanto está haciendo para entrar en la oscura historia atlética su intención de no continuar la próxima temporada. Pues si no la han leído, hagan ustedes scroll al final de la página y se ponen al día, oigan. Que porque uno se rezague en clase no podemos los demás estar esperando. En fin, continúo tras este apasionado arrebato de profesor de filosofía de colegio concertado. Pues bien, tras un arduo trabajo de investigación, me propongo arrojar luz sobre los hechos que desencadenaron esa decisión, una decisión que nos condena en un futuro cercano a no ver tantos suéteres ajustados ni a experimentar tan variada pléyade de sensaciones.
Quique se adentró en el oscuro pasillo que le había indicado el sirviente. El ambiente estaba cargado, flotaba un olor a cocimientos, a brebaje preparado a fuego lento en una marmita en la que nunca meterías el dedo para comprobar el punto de sal. ¡Vaya idea la suya! Pero es que no estaba seguro del todo. ¿Y si se equivocaba marchándose? ¿Y si su sitio estaba en el Atleti? Desde luego, una parte de la afición le demostraba su cariño casi diariamente. Tal vez como daño colateral ante protestas de más enjundia, pero cariño al fin y al cabo. Necesitaba una ayuda y, justo cuando más vueltas le estaba dando a la cabeza, se encontró con el anuncio en el periódico: “Manoletta: Videncia zíngara. Sanación, males de ojo, adivinación y otros trabajos más o menos ocultos. Seriedad y discreción. Descuento a grupos y a desempleados”. Decidió llamar ante la confianza que le dio ese factor común que ambos tenían por su condición de descendientes de romanís, por la sangre nómada que corría por sus venas. Todavía con aprensión empujó la puerta entornada y vio a Manoletta sentada delante de una mesa camilla sobre la que reposaba una bola de cristal esmerilado.

– Pase, pase –invitó la bruja con exagerados ademanes de los brazos, lo que provocó una sinfonía de sonidos de pulseras entrechocándose–. Usted me dirá. No…deje, no diga nada. Usted viene porque se encuentra ante una encrucijada. No sabe si sí, si no o si todo lo contrario. Viene a que los astros le den una respuesta.
– Pues sí –dijo nuestro entrenador abrumado por el talento esotérico que se estaba vertiendo a arrobas en la pequeña estancia–. Vengo a realizar una consulta de tipo laboral. No sé si seguir en mi actual trabajo.
– Lo he notado en cuanto le he visto entrar. A usted no le mueve el vil metal. A usted le mueven otras cosas. Los pequeños placeres, el contacto humano, las experiencias, las…–se paró dando un excesivo dramatismo a la pausa y entornando los ojos para simular agudeza–…sensaciones.
– ¡Eso, eso! –apuntó Sánchez Flores entusiasmado y un poco atraído por el extraño acento de la adivina –. Yo soy de esos.
Déjenme parar un momento para recuperar el resuello y ponerles en antecedentes sobre Manoletta. Manoletta se llamaba Manuela Pérez, era natural de un pueblo de la provincia de Ávila y se le manifestaron los poderes esotéricos en el mismo instante en el que su jefe del supermercado le comunicó su despido procedente por haber distraído en casi igual proporción dinero de la caja y yogures del expositor de lácteos. Cabría mencionar como única experiencia relacionada con su actual profesión, una interinidad en el servicio de correos de su pueblo, periodo en el que pudo haber comenzado su afición por lo de echar cartas. Se inclinó por anunciarse como zíngara por su tez olivácea y por un pequeño defecto en el frenillo que le impedía pronunciar bien las consonantes palatales pero que, metida en el papel de eslava, le daría un toque sofisticado. Una vez decidida su vocación ocultista y antes incluso de darse de alta como autónoma, recibió la llamada de un personaje misterioso. Un personaje que se encargó de todo lo necesario para montar el gabinete astrológico en dos días, que le avisó sobre la visita de Quique y sobre lo que tenía que decirle.
– Deme su mano. Voy a intentar vislumbrar qué le depara el futuro, señor Flores –dijo poniendo los ojos en blanco al instante–. Veo…veo, veo un futuro plagado de éxitos, veo grandes fichajes que van a venir a ponerse a sus órdenes. Veo rubias que salen del equipo. Veo cracks que permanecen. Veo porteros que no se van a Manchester. Veo una plantilla plagada de internacionales. Le veo a usted dando conferencias en las más prestigiosas universidades. Le veo convertido en una referencia en lo que a sensaciones se refiere. Veo un futuro de jerseys algo más holgados que los actuales. Veo Champions, veo Liga, veo Copa.
– Oiga, ¿y ve algo sobre Domínguez y Mérida?
– Les veo renovados y convertidos en referencia del equipo.
– ¿Renovados? Mire de nuevo, oiga, que eso no puede ser posible –dijo amohinado el técnico.
– Pues mire, yo humildemente, les veo renovados y bañados en éxito. Les veo incluso vistiendo la roja. No le digo más.
– ¿Seguro? ¿No se van?
– Hombre, la videncia no es como las matemáticas. Aquí tres y cuatro no siempre son seis –dijo Manoletta con la deformación profesional que le había costado el puesto como cajera de supermercado.
– Pues nada, ya me voy. Me ha ayudado usted mucho. Le dejo el dinero en la puerta. Gracias y encantado –dijo el sobrino de la Faraona con una leve reverencia.
Manoletta quedó sola en la habitación, invadida por ese vacío que deja contactar con el más allá aunque sea de mentira. También quedó preocupada. No le quedaba del todo claro si había cumplido con el trabajo asignado. No sabía a ciencia cierta si el misterioso personaje le pagaría lo que prometió. Lo vio en uno de sus trances. Una bisabuela suya por parte de madre se lo anunció: “Ten cuidado Manuela…Miguel Ángel es mal pagador”. ¿Y si al final de todo tenía poderes de verdad?