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lunes, 30 de abril de 2012

Ensayo sobre la resaca


El sonido del despertador sacudió a Leónidas de su movido sueño. Había pasado la noche enrollándose y desenrollándose en la funda nórdica, levantándose mil y una veces al baño y a beber agua, tragando tabletas de antiácido con avidez y ocupando la cabeza con una pesadilla recurrente en la que una cajera de Mercadona desdentada le negaba el cambio para el carro con el consiguiente quebranto anatómico y moral para su persona. Se sentó en la cama despacio, midiendo los movimientos cuidadosamente para no ejercer más aceleración de la necesaria a su cerebro, convertido en esos instantes en sede organizadora de un campeonato mundial de bailes folclóricos a base de dulzaina y tamboril o algo sospechosamente parecido. Él, que era una persona coherente, no acudiría al fácil propósito de decirse que no volvería a beber. Él no era de esos. Él moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, aunque a éste último le hayamos visto morir mil veces y todavía no tengamos clara en qué demontres se basa su idea.

Visualizó sus próximos pasos al detalle. No era de esos que hacen caso a las recomendaciones de los demás para trances parecidos: “Tómate una cerveza en ayunas y se te pasa”, “Un buen vaso de zumo de tomate es lo mejor por sus propiedades depurativas”. Nada de eso. Él tenía claro que el problema estuvo en la mezcla. Ese chorrito de brandy en el café fue el que fastidió toda la noche. Esa pequeña dosis de licor extranjero y ajeno a lo que tenía en el estómago era la que había desencadenado la boca pastosa, el dolor de cabeza y las ganas de morir rápidamente. De esa burra no le iba a bajar nadie. Moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, sin hacer caso a los que aseguraban con tanta ligereza que el problema no estaba el brandy sino los diecisiete gintonics previos y posteriores…



El Atleti se desplazó a Sevilla para jugar un partido resacoso para ambos contendientes. De un lado, los béticos inmersos en noches con aroma a fino que terminan rayando el alba, del otro los rojiblancos nadando en la dulce resaca de la borrachera europea del jueves. Se jugaban más los otros que los unos, ya casi salvados. Se jugaban el poder seguir soñando con alcanzar esos puestos casi utópicos e incomprensiblemente lejanos la mayoría de las veces. Salió el Atleti con casi todo al campo y también con Salvio. Quedaban fuera de la titularidad Arda, sin duda revuelto de estómago tras sus últimas y brillantes actuaciones, Miranda y Mario, aunque a este último no se le presuponga más resaca que la propia de abusar del licor de las redes sociales. Salió el Atleti como al trantrán, parsimonioso, sin ganas de hacer ningún movimiento brusco que pudiera conllevar dolores de cabeza. Salió el Betis sin ganas de hacer daño y con olor a fritura todavía encima. Empanados o más bien enharinados los dos.

Aún así, casi sin querer, los nuestros se hicieron con un mando del partido relativo y cómodo. Era como una tregua dentro de otras batallas libradas. Un armisticio de juego pastoso y boca seca que fue suficiente para rondar el gol en alguna que otra ocasión. Era Salvio el que llevaba más peligro, a la portería contraria, no crean, pero no se llegaba a materializar ese dominio en goles. Algún ¡uy! y muy pocos ¡ays! resumen una primera parte resacosa. Prescindible. Funcionarial. Poca cosa. Se retiraron los conjuntos a la caseta…

– ¿Qué me dice? ¿A la feria se fueron?

– No. Y no fue por falta de ganas, ni de ellos ni del respetable.

Comparecieron los equipos en el segundo tiempo con la misma dinámica: “Pase usted”, “No, no, usted primero, que va cargado de ilusiones para llegar a Champions”, “No crea, a usted también se le ve con falta de un punto para asegurar la permanencia”. Se acercaba el Atleti pero no remataba. Salió Koke por un Diego exhausto y jugó muy buenos minutos ofreciéndose y llegando al área. Fruto de una de esas llegadas llegó un gol, así como si nada. Un gol mal defendido y tras fenomenal dejada de Falcao, para que luego digan que los delanteros centros son egoístas. Tan resacoso parecía el Betis que se fue el Atleti más para arriba tras el gol. Demasiado arriba tal vez. Tan cerca parecía el segundo y que empezó aparecer la sombra del empate. Recobró lucidez el Betis entre sevillana y sevillana y entre platos de gambas de Huelva y jamón con pan de picos. No solo empató sino que se pudo por delante en un par de jugadas plenas de posiciones adelantadas y manos blandas y temblorosas de nuestro portero.

Justo ahí, ahí mismo, nos dimos cuenta que toda resaca tiene aparejado su bajón correspondiente. Reparamos en que las plantillas cortas no pueden mantenerse de fiesta varios días seguidos sin sufrir consecuencias. Los que más y los que menos dejaron de hacer las cuentas para llegar a los manidos objetivos y se zambulleron en el dolor de cabeza habitual, el de casi todos los años. En los oídos zumbaba todavía la música de muchas otras noches: “¡Si no hubiéramos dejado escapar esos dos puntos de Santander!”, “¡Si se hubiera ganado al Sporting!” De casi nada sirvió el postrer gol del colombiano, que trajo algo de insuficiente justicia. Queda un sabor de pescado que no es del día. De mezclas de licores poco recomendables. Sí, lo pasamos muy bien en la fiesta del otro día, pero hoy tenemos poco cuerpo para nada. Nuestro hígado no da para tanta feria y tan seguida. Aún así, los hay que todavía piensan en poder llegar frescos y despejados a ciertas posiciones de la tabla y defienden sus argumentos con números e hipótesis peregrinas. Morirán con esa resacosa idea, lo mismo que Juanma Lillo…

lunes, 23 de abril de 2012

Los atléticos del futuro


Ya era hora. Ya era hora de poner un partido a un horario de copa y puro y no de café con porras. Ya era hora de que la parroquia se broncease con el sol de la tarde, mucho menos dañino que ese sol de la mañana que aconseja protecciones factor 50. Ya era hora de dejar al despertador quietecito los domingos. Ya era hora de que los atléticos pudiéramos dedicar la mañana dominical a holgazanear o a arreglar el recodo de la tubería de debajo del fregadero, que lleva perdiendo desde hace ya ni se sabe sin más solución que poner una bayeta debajo. Ya era hora oigan, ya era hora.

Se dirigieron los atléticos al estadio y lo hicieron con sus churumbeles de la mano. Se llenó el estadio y los alrededores de atléticos de nuevo cuño, de rojiblancos con coletas y pantalones cortos continuistas de la tradición familiar. Uno los mira y detrás de esas camisetas de varias tallas más grandes de lo aconsejable, ve un presente lleno de inocencia y odio a las verduras rehogadas y un futuro en el que podrán ver a un Atleti que sea de ellos y no de hacienda o de un fondo de inversión. Uno ve una felicidad y una emoción en ellos cuando se acercan al estadio que reconoce perdida en muchos otros. Ellos son los atléticos del futuro y tarea de sus progenitores es ilustrarles sobre la historia de la institución cuando el demonio de la tentación se cruce en sus caminos para ofrecerles transitar en cuestiones futbolísticas por terrenos más fáciles, por esos terrenos bipartidistas a los que se ven tristemente abocados algunos por mor de esta sociedad nuestra de pensamiento único. Servidor, que no es partidario de aferrarse a las tradiciones familiares en todos los campos y para ello aporta los sangrantes ejemplos de Rody o Liberto Rabal como exponentes de grandes carreras como apretadores de tuercas que se perdieron por seguir el camino de su estirpe, sí pide a las madres y padres cuidar de ese legado atlético. Falta hace ese recuerdo para minimizar el daño que infringe el digno continuador del padre que le preparó que ahora rige nuestros destinos.

Sin que casi diera tiempo a los niños a ocupar los asientos en los que colgaban sus piernas, se puso el Atleti por delante. Fue tras una jugada de bloqueos y pantallas en el área que culminó Godín en lo que algunos bautizaron como su particular quite del perdón por las terribles actuaciones que nos brindó en episodios anteriores. Tras el gol volvió el Atleti a pecar de echarse algo atrás y se temió a partes iguales por el resultado y por una posible expulsión de un Gabi sobreexcitado. Se fue haciendo el Español, así con eñe, con el mando del partido y los niños empezaron a preguntar a sus mayores qué por qué el Atleti no iba a por el segundo, no sabiendo los padres si echarle la culpa al cansancio del primoroso partido del jueves pasado o acogerse a la quinta enmienda para no contestar. El caso es que, entre cuestiones de los preguntones infantes se fue pasando la tarde: “Mamá, ¿por qué Indy desaparece en cuanto se tira la foto con las nuevas generaciones?”, “Abuelo, ¿si no me pongo derecho en la silla acabaré como ese jugador del Atleti que juega en banda derecha?”, “¿En una pelea a muerte quién ganaría? ¿Juanfran o Lobezno?” Mientras los niños preguntaban curiosos y algo aburridos por lo que se veía sobre el terreno de juego, los de Cornellá empataron aprovechando empanada defensiva colectiva y hasta hicieron temblar el poste de la portería del belga que dejó la juventud hace poco rato en un saque de falta que produjo la petición popular de la hora para ver si el descanso cambiaba las dinámicas, la del equipo y la de los interrogadores jovenzuelos.



Tras el descanso, y con la grada saboreando las excelencias del tradicional en días como estos, bocadillo de nocilla, salió otro Atleti. No el desatado y brillante de hace unos días, no, pero uno bueno de todos modos. Dejaron los niños de hacer preguntas inoportunas mientras ponían sus ojos en el campo y especialmente en el número 11 de los nuestros. Empezó el turco a destapar el tarro de sus otomanas esencias y metió un gol acrobático que dejó al respetable de todas las edades con la boca abierta.

– Paquito, hijo, cierra la boca que se te va llenar de moscas con tanta nocilla como tienes en los dientes –reprendían los padres con regocijo pero sin descuidar aspectos educativos de sus cachorros.

No había dejado la muchachada de glosar el primer zarpazo de Arda cuando éste anotó el segundo de su cuenta tras remate al palo y dibujo de trayectoria curva con forma de cimitarra de sultán con la que el balón quiso homenajear al ejecutor. Partido resuelto y bullanguera fiesta con Turan como hombre más aclamado. De ahí al final, el equipo se sumó a la celebración con invitados de esos a los que uno no espera casi nunca, por lo que los púberes colchoneros preguntaron con un deje de maledicencia: “Mamá, ¿de verdad ese que se ha ido de cuatro y ha tirado dos caños es Salvio?”, “Tío Eufrasio, ¿no es ese que corta, manda y reparte juego Mario Suárez, al que tú normalmente dedicas epítetos que recuerdan a su familia más cercana?”. Miraban los mayores orgullosos a sus pequeños y miraban al campo con incredulidad y con un orgullo parecido por lo que el equipo ha brindado en últimos compromisos. 

Murió el partido de manera plácida, entre jolgorio y coreos de cambios oportunos en los que es tan experto Simeone y salieron los niños del campo un poco más convencidos de su atleticidad. Tan contentos iban que llegaron a casa y accedieron a bañarse y lavarse el pelo sin que esto supusiera la lucha acostumbrada. Se pusieron el pijama sin rechistar y comieron el plato de verduras rehogadas que ayer parecía menos soso. No hubo reproches a la hora de acostarse, ellos y ellas mismos se fueron a repasar mentalmente lo que habían visto durante la tarde antes de caer rendidos. Cuando los mayores fueron a darles el beso de buenas noches, los reyes de la casa dictaron sentencia:

– Mamá, yo de mayor quiero ser Arda Turán…– dijeron todos ante la emoción de unos progenitores a los que una lagrimita empezaba a asomar en la mirada.

lunes, 16 de abril de 2012

Fútbol de barrio (o el no saber quien es uno)

Como todos los domingos por la mañana, el grupo se reunió entre bostezos y desperezos varios. Se reunió como tantos otros grupos de amigos que pretenden engañar al tiempo jugando en ligas municipales de barrio.

– Buenas…Mirad, éste es Tiburcio, el compañero de trabajo del que os hablé. Es un futbolero empedernido y nos viene a echar una mano para que podamos tener un cambio.

– ¿Y con qué ficha va a jugar? –preguntó alguien tras los saludos de rigor.

– Con la de Edu, claro. Si él ya nunca viene desde que se ha echado esa novia con la que anda descubriendo en sentido totalmente bíblico las bonanzas del turismo rural. Fijaos, fijaos, si tuerce un poco la cara y abre la boca mucho, hasta tiene un aire a Edu – dijo el entusiasta cicerone mientras el resto del elenco miraba con desconfianza por no ver el parecido por ninguna parte.

– Bueno…Pues a partir de ahora tú eres Edu – pontificó el portero con esa autoridad que tienen los cancerberos con mucha barriga.

Se desarrollaba el partido como siempre: lleno de goles tontos, discusiones subidas de tono y golpeos de balón indignos. “Sal, Edu”, dijo alguien sin que el nuevo fichaje se diese casi por aludido. “¡Edu!”, llamaron de nuevo hasta que el suplantador de flamante ingreso entró al campo. Salió Tiburcio-Edu y no es que no cambiara el signo del partido, es que casi ni la tocó, lo que parecía lógico dado el poco acoplamiento de la plantilla con su nuevo compañero. Eso sí, de tanto oír “¡Edu, tapa!”, “¡Edu, aquí, solo!”, Tiburcio se sentía más Edu. Ya casi se había olvidado cómo se llamaba en realidad e incluso pidió jugar como delantero centro como hacía el Edu real. Tan Edu se sentía, que en un corner ensayado cuya estrategia evidentemente él no conocía, fue a rematar en plancha un balón al primer palo cuando debería haberlo dejado pasar. Edu-Tiburcio se golpeó con violencia contra el poste quedando conmocionado tras el brutal impacto.

– ¡Edu!...¿Estás bien Edu? –preguntaban compañeros y rivales arremolinados a su alrededor mientras le abofeteaban esperando una reacción.

Llegados a este punto y ante la gravedad de la situación, el defensa central del equipo contrario, desde la autoridad que le confería ser uno de los más veteranos de la tuna de medicina pese a seguir en el segundo curso a sus cincuenta y dos años, decidió lobotomizar al accidentado con un palo de chupa-chup que encontró al borde del terreno de juego para intentar mejorar la presión craneal de ese Edu impostor.

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La enfermera del turno de noche del pabellón de enfermos de larga duración vigilaba los valores que devolvían los aparatos. Tras un rápido reconocimiento del paciente, anotó el resultado de sus observaciones en la pizarra que colgaba a los pies de todas las camas del sanatorio:

“El paciente Eduardo Tamboril sigue sin responder a estímulos sencillos como el reconocimiento de su nombre. Se aconseja continuar con el tratamiento e incluso aumentar la dosis del mismo con una nueva vuelta de tuerca del palo de chupa-chup incrustado en su cráneo…..”



Tiene Vallecas algo que impregna los partidos que allí se juegan de aroma de futbol de barrio, de fútbol de tierra y rodillas llenas de costras. Será por ese muro que vigila una de las porterías o será por los vallecanos que se arraciman en las terrazas de los edificios colindantes, vayan ustedes a saber. Conscientes de la idiosincrasia de su feudo, los rayistas intentan arrimar el ascua a su sardina y convertir el partido en un duelo con tintes de regional preferente. No por la falta de calidad, que la hay por arrobas en tipos como Movilla, sino por plantear encuentros llenos de trampas y emboscadas. Contra estas legítimas armas que empuñan los franjirrojos, cabe esperar que los equipos contrarios opongan resistencia e incluso intenten imponer su idea balompédica. No fue el caso del Atleti en el partido de ayer.

Salió el Atleti al campo de la calle Payaso Fofó rotando. No es que saliera dando vueltas sobre su eje, no, es que salió sin Gabi, sin Arda y sin Godín, siendo la ausencia de este último menos achacable a la rotación y más a castigo sustitutivo de unas posibles orejas de burro y brazos en cruz por sus últimas actuaciones. Como más destacada novedad táctica, cabe reseñar que ahora Salvio es el que saca los fueras de banda con ánimo de darles profundidad de lanzamiento de catapulta. Dos saques recuerda servidor en el partido de ayer, uno regalado al contrario tras resbalón del cuero sobre los mitones del mediapunta con escoliosis, otro castigado con infantil falta por mala ejecución. Suponemos que se seguirá trabajando en ese aspecto táctico, claramente todavía en proceso de experimentación. Salió el Atleti y se dejó impregnar por el fútbol guerrillero de los de Vallecas. Volvían los balones a no rodar por el suelo, los pases al contrario y los controles imprecisos que acaban en la Avenida de la Albufera. Es curiosa la capacidad de nuestro equipo de mimetizarse con el entorno que le rodea, lo que no habla demasiado bien de la personalidad del mismo. Parece que el Atleti salga al campo y algún señor con barriga le diga: “Tú eres Edu”, y va el Atleti y se lo cree. Se cree que es otro equipo, que no tiene toda la historia que tiene detrás y que no está obligado a salir a mandar y a buscar el partido siempre y en todo lugar. No crean que este Atleti-Edu es fruto de esta temporada, no. De tanto llamarle Edu durante veinticinco años, se siente cómodo rondando la novena plaza y hasta piensa en ir a una fuente a celebrar un cuarto puesto cuando el auténtico Atleti y no éste Edu que nos ha tocado en suerte bajaría la mirada avergonzado ante ciertos partidos y posiciones en la tabla.

El partido de ayer tuvo todos los ingredientes que se suelen ver en campos de tierras compactadas: tuvo sus faltas reiteradas y sus piques; tuvo su árbitro maniático e incomprensible; tuvo su lateral correoso, Juanfran, que amarga la vida de los más habilidosos de los contrarios; tuvo a Movilla, ese veterano curtido en mil batallas; tuvo a Salvio, el típico compañero de equipo rarito que no se queda a tomar nada en el tercer tiempo; tuvo a un entrenador de campechanía marrullera que bloqueó un saque de banda como si fuera un orondo jugador de voleibol; tuvo a Tiago, ese jugador que se pasa el partido pidiendo a los demás que tapen porque él no acaba de llegar a hacerlo; tuvo a Mario todo el partido regalando balones al contrario; tuvo a Domínguez, lo que alegra; tuvo a una banda derecha del equipo rival poblada de jugadores con tan amateurs nombres como Piti y Tito; tuvo a Diego, que si bien tiene más clase que ninguno, a veces desespera por su tendencia a desempeñar el papel de chupón de categorías aficionadas; tuvo cositas de Adrián, aunque no demasiadas; seguro que tuvo también una caja de botellines en la banda aunque el que suscribe no lo pudo ver a través de la tele y solo faltó que saliera un niño espontaneo en mitad del partido para pedirle a un papá fuera de sí que no se peleara. Tuvo también un gol el partido. Un gol de buena ejecución por parte de Falcao y del portero del Rayo, que salió de manera atolondrada y precipitada como esos porteros de equipos de barrio que ante la falta de trabajo, dedican el tiempo a pegar la hebra con una rubia con mechas a la que han invitado a verles jugar en localidad cercana al poste derecho con ánimo de cultivar amistades o lo que surja, más bien lo que surja.

Poco queda de lo de ayer salvo el resultado. Si hablamos de fútbol, de ideas, de sensaciones incluso, nos vamos casi de vacío. Sabemos que la plantilla es corta, sí, mucho, pero muchas veces dan ganas de llamar a algún amigo y decirle que se venga a ayudar para poder hacer algún cambio más. Dan ganas de decirle a ese amigo que este equipo es el Atleti y que aproveche los momentos en los que el balón no está en juego para recordárselo a los que están en el campo con la rojiblanca o zamarra sustitutiva. Parece que los nuestros se hubieran golpeado en la cabeza y no recordaran ahora cuál es exactamente el nivel de exigencia mínimo de este club y debemos ser nosotros, ustedes y yo, los que se lo hagamos saber, ya que no podemos esperar que nadie de la zona noble lo haga. Andan en la zona noble muy ocupados con otras cosas: preparar las rebajas de verano, hablar de que los jugadores juegan donde quieren y hasta sellar una alianza estratégica con un club de barrio de Namibia. Insisto, debemos ser nosotros. Damas y caballeros, esto es el Atleti, el de toda la vida aunque la mayoría no veamos el parecido por ningún sitio salvo en ocasiones muy contadas, justo cuando tuerce un poco la cara y abre la boca mucho...

lunes, 2 de abril de 2012

Alarmas y tempranos despertares

De un tiempo a esta parte, los domingos ya no son días para alargar perezosas mañanas ni son jornadas para abandonarse a descansos y porras. Ahora son días de alarmas y despertadores. Los horarios que nos otorga la liga con ánimo de captar fidelidades de asiáticos de media tarde y americanos insomnes, obliga a los atléticos a programar la alarma dominical como si fuera un martes cualquiera. Los silenciosos amaneceres son rasgados por esos estridentes pitidos que sirven de inicio para que los nuestros se lancen a ejecutar la misma mecánica danza de cada día: el café bebido, las abluciones con ese agua que nunca deja de estar demasiado fría o alarmantemente caliente y la búsqueda en el armario del disfraz acostumbrado. Los hay incluso que, llevados por la rutina se ponen un traje de chaqueta desgastado por el uso y se anudan la corbata o se plantan los tacones de presentación apoyada por powerpoint. Eso sí, se ponen su bufanda del Atleti al cuello, que una cosa es estar dormido y otra muy diferente es no saber que se trae uno entre manos.

Salen los atléticos de sus portales a pisar las calles frescas, recién puestas y se cruzan en su camino con las razas que pueblan esos horarios en días festivos: damas de chándal ajustado y cinta en el pelo que hacen marcha acompasando una respiración que recuerda a locomotora antigua; perros que pasean a sus dueños; jóvenes tambaleantes de vuelta a la patria del hogar tras haber vencido de nuevo la batalla librada contra otra larga noche y jubilados encorvados por el peso de periódicos dominicales y sus interminables coleccionables. A esa jungla salen los aficionados rojiblancos ya algo más despejados. Los integrantes de esas otras razas de los amaneceres les saludan educadamente, aceptando ya al simpatizante atlético como uno más de los suyos, como uno de los gusta recibir los domingos a porta gayola. Ya de camino al estadio piensan los aficionados que a lo mejor se pueden permitir una cabezadita que dure lo que tarde el vagón en llegar a Pirámides y cuando intentan arrebujarse en su asiento notan una incomodidad que les impide cerrar el ojo mientras se preguntan por qué leches se habrán puesto esos taconazos o esa corbata tan fea que tan poco marida con sus colores rojos y blancos.



Se sentaron los atléticos en sus localidades todavía con el zumbido de la alarma de los despertadores resonando en sus cabezas y percibieron alarmados tres circunstancias que podrían ser relevantes: una que en la alineación del Cholo faltaban Adrián y Koke, medida tal vez hasta necesaria por la sobrecarga de minutos que lleva esta plantilla paticorta. Dos, que el rival del sur de Madrid salía con un terno amarillo limón Fukushima que hacía daño a las pupilas todavía no demasiado acostumbradas a esas horas a ciertas gamas cromáticas, y tres, que sobre la sagrada camiseta rojiblanca se veía publicidad después de tanto tiempo de dimes y diretes sobre patrocinadores muy principales que morían y extendían cheques en blanco por colocar su anuncio sobre el pecho de los nuestros. Cuentan los más viajados que la cadena de hoteles hermanada es un referente en Oriente Medio y varias ex repúblicas soviéticas, lo que nos entristece al pensar lo bien que nos vendría que fuera un referente en Gandía o Nerja y poder pedir descuento colchonero en la primera quincena de julio, y lo que nos alegra esperanzadoramente al pensar en una hipotética reacción de los mandamases del emporio hotelero cuando repararan en que faltan toallas y champús anticaspa tras una visita de cortesía de nuestra directiva a sus instalaciones.

Empezó el partido sin que los jugadores fueran demasiado conscientes de su inicio, los primeros compases de la contienda fueron mecánicos, prescindibles tal vez. Jugados de la misma manera en la que te preparas un café madrugador, sin saber muy bien si llevaba sacarina, ni si era tueste natural o torrefacto. Se sucedían patadones e imprecisiones, se alternaban dominios infructuosos y en el respetable cundió la alarma ante otro posible partido lleno de casi nada. Llegados a este momento, se miraron Diego y Arda y decidieron que no querían ver pasar el balón por encima de sus cabezas más de lo estrictamente necesario. Para ello, ambos dos dieron unos pasitos para atrás y empezaron a levantar paredes entre ellos que fueron tabiques sobre los que se cimentó la victoria de ayer. Hemos echado de menos a Diego, sí. Tal vez nos haya venido hasta cierto punto bien su baja para darnos cuenta de lo importante que es un jugador de su corte para según qué empresas y para acostumbrarnos a su ausencia, dadas las perspectivas económicas de la entidad para poder pagar por la propiedad del brasileño. Despertó el Atleti y lo hizo de golpe por mediación de un gol de Salvio, ese jugador que hace de lo involuntario virtud. Colocó el argentino un cabezazo a la escuadra contraria desde lejos, sin marcar los tiempos, golpeando al balón con un hueso craneal todavía por investigar y sin girar el cuello, esa parte tan ignota de su anatomía.

Tras el gol, el Getafe se diluyó alarmantemente como azucarillo en café mañanero y el Atleti se desesperezó del todo. Llegaron dos goles más, uno de ellos lleno de papeles cambiados con Falcao centrando y Diego cabeceando y remachando. Llegó otro de Falcao tras meritorio centro del incansable Juanfran. Siguió Diego a lo suyo, buscando a Turán y a los laterales. Se atisbaron un par de arranques y cortes de un Mario ayer más entonado, que sirven de débil argumento a sus partidarios. Llegó un reconocimiento justo y siempre necesario a Perea por ser como es, con sus errores y sus muchos más aciertos y se produjeron cambios con espíritu de rotación y de tribunerismo para que varios de los artistas pudieran llevarse una ovación mañanera.

Victoria sin alarmas. Victoria que acerca a la zona menos rebajada de esta liga de saldo. Se espera que esta victoria sirva de punto de apoyo para la semana de pasión que espera a los nuestros. Primero irá el equipo a Hannover a jugarse el sueño de la temporada y nosotros haremos procesión con ánimo de buscar un sitio en el bar del camping para verlo mientras digerimos con estoicismo la sobredosis de torrijas y potaje con bacalao. Más tarde, el próximo domingo, nos jugaremos muchas opciones para seguir mínimamente ilusionados en esta liga nuestra. Será también a mediodía. Será también un día de alarmas y de despertares prematuros. Da igual que estemos o no de vacaciones o que nos invada la pereza de la operación retorno. Volveremos a levantarnos pronto, a conocer las alineaciones taza en mano, a cruzarnos por la calle con esa señora tan bronceada del sol de la mañana y a sorprender con nuestra temprana presencia a la hija de el del segundo despidiéndose ansiosamente en un hueco del portal de su penúltimo noviete. Vayan poniendo ustedes la alarma…

viernes, 30 de marzo de 2012

Huelgas de quita y pon.

– ¡ESQUIROL! ¡COLABORACIONISTA! ¡MAL PADRE! ¡SE META USTED LA REFORMA POR DONDE LOS PEPINOS EMPIEZAN A SER LO QUE SE DICE AMARGOS!...

– Emeterio, deje usted de lanzar soflamas, que vamos a llegar tarde al partido del Atleti –dijo el patrono de la pyme.

– Don Heraclio, ¿no tendrá usted por ahí un paracetamol? La lucha de clases me ha dejado la cabeza como un bombo –explicó el representante sindical.

–Mire que se lo dije Emeterio, ¿para qué tanto megáfono si ya quedamos solo usted y yo en la empresa? Si tiene usted que ponerse en modo piquete, se pone y me informa, pero no vocee que luego le sobreviene una migraña estructural.

– Pues nada, me tomo la pastillita y salimos para el Calderón ¿Lleva usted los bocadillos, Don Heraclio?



Pues sí, el Atleti ayer se presentó a trabajar. Llevaba en su bolsillo una carta de servicios mínimos, no crean, que este Atleti de Simeone no puede ser acusado de insolidario. Se enfrentaba a unos alemanes, lo que siempre da algo de susto y complejo en lo que a cuestiones laborales se refiere. Pareció por momentos que el partido se iba a jugar en familia por las dificultades que tuvo ayer el aficionado para llegar al Calderón: llegó tarde el que vino en metro reflexionando sobre la problemática de la sardina enlatada y llegó más tarde aún la que vino enganchada del retrovisor del autobús sintiéndose protagonista de una película que desmenuza crudamente la problemática del transporte colectivo en Calcuta. Como hubo tantos que llegaron tarde, casi todos se perdieron el gol de Falcao en una salida mal medida del portero teutón y los mejores minutos del equipo: presionaba el Atleti no dejando a los alemanes asomar la cabeza más allá del mediocampo, inventaba Arda Turán, Koke percutía, se sumaba Juanfran y saltaba Falcao a rematar todo lo rematable que rondara sus dominios. Tras esta fase de más o menos veinte minutos, bajó un poco el equipo el pistón, que una cosa es no hacer huelga y otra ponerse a producir como un japonés de Osaka. Muchos de los que venían en autobús, en metro o a golpe de zapatilla llegaron entonces al estadio, justo cuando el equipo levantaba el cerco sobre el área alemana. Como siempre que alguien llega tarde a los sitios o como siempre que alguien ve una concentración de gente en la calle, los recién llegados preguntan al de al lado que qué había pasado con maneras de gacetillero. Casi todos los de al lado respondieron que bastante bien dentro de lo posible y algún otro no contestó porque se había declarado en huelga a la hora de hablar con su vecino de asiento, harto de oírle hablar durante toda la temporada de lo bien que le va a su sobrino, el tercero de su hermana, el que se ha tenido que ir a trabajar al extranjero porque aquí no encontraba nada a pesar de tener cuatro carreras y saber quince lenguas vernáculas. Así transitaba el partido, con aficionados madrugadores asaeteados a preguntas por los que se habían demorado en el camino y con estos últimos reacios a creer lo que se les contaba, que ya se sabe lo dado que es el puntual a exagerar las cosas para restregarle en las narices su tardanza al que se retrasa. Finalmente llegaron todos y la entrada estuvo bastante bien, tres cuartos de entrada largos según los datos oficiales y gente para llenar diecisiete campos como Maracaná según los sindicatos.


Ya con todos acomodados y con el público pensando en el bocadillo tras tanta mañana de dimes y diretes, en un desajuste defensivo acentuado por la tranquilidad exasperante que a veces muestra Miranda, los germanos marcaron y los que habían llegado pronto se quedaron mirando a los tardones con prevención, como si fueran gafes. Como consecuencia del gol alemán y desde el final de la primera parte hasta bien entrada la segunda, el Atleti decidió secundar la huelga. No es que fuera una huelga de no presencia o de brazos caídos, no. Fue más bien una huelga de pantorrilla acalambrada y de espesura de ideas. Viendo que Courtois salvaba la papeleta en una gran parada, viendo que el mando del partido recaía en el contrario y viendo que éste dejaba pasar los minutos perdiendo tiempo alegremente, Simeone intentó revitalizar la jornada laboral dando entrada primero a Diego por Koke y después a Salvio por un Adrián cuyas piernas llevan algunos encuentros en servicios mínimos. La entrada de Diego proporcionó movilidad y mejor circulación del balón y la de Salvio arreones de esos que se empiezan celebrando y se terminan maldiciendo.


Volvió el Atleti a mandar. Los demás ponían el corazón y Diego la cabeza. Se vivieron minutos de emoción y asedio contenido mientras el reloj recordaba a cada mirada que se le dedicaba que no iba a detener su avance por mucha huelga que estuviera convocada. Muchos andaban hablando con el de al lado, quejándose con razón de lo escuálida que es la plantilla sin un tercer delantero para ocasiones como estas o perorando sobre la procedencia o no de un futuro despido de Indy, cuando el balón cayó a los pies de Salvio. Como de costumbre la jugada parecía condenada al tropezón, pero se sacó nuestro mediapunta un latigazo que devolvió esperanzas y permitió reencuentros entre vecinos de asiento.


Habrá que luchar en Alemania y habrá que hacerlo con el equipo mermado por las bajas que acarrean las tarjetas de ayer: Juanfran, Arda y Gabi, casi nada. Habrá que seguir aferrándose a lo poco que queda en esta temporada. Habrá que seguir afeando la conducta de la patronal gerente atlética a pesar de que, incomprensiblemente, no se haga de forma mayoritaria. Habrá que seguir soñando con Bucarest…y hasta habrá que no hablar demasiado mal de Salvio, por mucho que algunos maledicentes le califiquen de paquete, que no de piquete.

lunes, 26 de marzo de 2012

Lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto..

– ¡HAY QUE SER FLOJITO! ¡HE VISTO ABUELAS EN LA GIMNASIA DE MANTENIMIENTO DEL TURNO DE MAÑANA CON MÁS REDAÑOS QUE TÚ! ¡FLOJO! ¡TIERNO! ¡NENAZA!

Quien así habla no es ni mucho menos un veterano sargento de artillería dirigiéndose a un recluta recién venido de un pueblo recóndito de la estepa hispánica. Quien así habla es un hombre fibroso y atezado que desempeña el papel de entrenador personal de Leocadio, director de Recursos Humanos de una empresa muy principal, un alegre cuarentón que dista mucho de ser mileurista y que lidia día a día con más de tres mil empleados.

– ¡Uy, Curry no! Eso no es para ti. Con esos brazos de estibador que tienes y esas anchuras de caderas que la naturaleza te ha otorgado en clara venganza por algún desaire anterior, necesitas algo menos audaz. Algo que disimule ese porte de percherón de tiro que gastas.

Quien así habla se dirige con la seguridad que otorga su condición de personal shopper de la vizcondesa viuda del Lobanillo. Una de esas señoras elegantes que tiene en nómina a un chofer con gorra y toma el té todos los días acompañándolo de unos picatostes fritos en aceite de oliva virgen traído de su finquita en Badajoz.

Curioso, ¿no? De un tiempo a esta parte han proliferado profesiones y actividades que se basan en cantarle las verdades a quien pueda pagarlas. Entrenadores personales, personal shoppers, coachs que asesoran sobre lo mal que hace todo la parte contratante previo pago de una morterada a la hora. Pagar porque a uno le insulten y hagan foco en sus limitaciones. Comprar sinceridad con su IVA correspondiente. Sorprendentemente, los paganinis terminan contentos y satisfechos con su ración de egolatría socavada y piensan en la utilidad del dinero empleado. Vuelven a su casa felices pero con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

– Vamos a tomar un arrocito con bogavante para compartir –decidió Inocencio mirando al camarero cuando vio cómo el dietista personal que compartía mesa y mantel con él y su acompañante ponía los ojos en blanco, sin duda escandalizado por el nuevo abuso de hidratos de carbono que se iba a regalar su patrón –. No, mejor, un par de ensaladas de planta forrajera sin aliñar –rectificó inmediatamente buscando la aprobación del nutricionista que normalmente comparaba sus hechuras con las de una ternera retinta.



Jugaba el Atleti en Zaragoza en horario de churros con chocolate, que no de vermú, cosas de unos horarios asiáticos más asiáticos que nunca por obra y gracia del cambio de hora padecido. Se enfrentaban dos equipos que tienen en nómina a sus propios gerentes golfos personales. Los unos y los otros padecen la gestión de unos mandatarios que buscan su beneficio personal muy por encima del beneficio del club que les paga. La diferencia entre ambos equipos y sus situaciones está marcado por el muy diferente trato que los medios dedican a ambos administradores: los unos son señalados sin pudor mientras que a los otros se les trata con pleitesía cortesana; a unos se les dedican programas monográficos en los que se da voz a la oposición mientras que en el caso de los otros se silencian los atropellos dejando por el camino un aroma de sospecha sobre los que se oponen a su choricero régimen. A la vez que todo esto ocurre, los que pagan, es decir abonados, socios y simpatizantes de ambos clubes, ven cómo su dinero sirve para comprar medianías y propagar medias verdades y salen insatisfechos, con un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

Salió el Atleti legañoso y sin desperezar al campo. Algunos pensaron si no creerían que la primera parte se trataba de un calentamiento dado el cambio horario y la pesadez que en el estómago seguían produciendo las magdalenas algo aceitosas tomadas en el desayuno. Salió el Atleti algo reservón, de esa manera a la que Simeone nos ha acostumbrado durante su mandato, a no perder en los primeros minutos y a intentar ganar cuando ya parece algo tarde. Puso en liza el Cholo a Koke en el mediocentro, algo que muchos esperaban vistas las prestaciones de otros mediocentros que llevan la irrelevancia por bandera, y lo puso al lado de Assunçao, jugador honrado pero que se contagió de la irrelevancia propia de la posición en el partido de ayer. No estuvo mal Koke un poco más atrás, aunque tal vez cabría decir que mejora sus prestaciones cuanto más centrado está sobre el tapete. Intentó poner pausa cuando el balón tenía a bien caer cerca de él haciendo escala técnica en su viaje por aire de la defensa al ataque con velocidad de patadón, pero se le acabó la gasolina rápido. Después de la novedosa pareja de mediocentros, tengo reservado un hueco para hablar de Arda, inicio y fin de todo el poco fútbol de los nuestros en el partido de ayer. De sus botas salió la única pero doble oportunidad del equipo en todo el encuentro. De sus botas se prende el mísero balance de juego en la mayoría de los partidos que salen con esta pinta. Me guardo también unas líneas para Perea, impecable en defensa pero desaparecido en el combate del ataque, como era de esperar por otra parte. Hasta aquí, y solo hasta aquí, lo poco positivo del partido, y eso que ando hoy bastante benevolente.

En la parte negativa debemos poner hoy a los delanteros, exhaustos durante la segunda parte y supersticiosos a la hora de tocar ambos madera en la susodicha doble y única oportunidad. Debemos añadir también a Godín por un inocente y burdo penalti que borró del recuerdo solventes actuaciones anteriores y esas arrancadas desde la defensa en las que parece emular a un Beckenbauer cargado de hombros. Entra dentro de esta categoría por los pelos Filipe, por no saber culminar con buenos centros al área jugadas de mérito como hizo ayer. Entran aquí también Mérida y Diego por estar faltos de forma y entra Domínguez por convertir en timidez el desparpajo con el que irrumpió en el equipo hace un par de años ¿Qué dónde meto a Salvio? La duda ofende, damas y caballeros. A esta parte negativa la podríamos denominar el grupo Salvio, para que se hagan ustedes una idea de dónde colocar a nuestro puñal de banda, ese que apuñala sin remedio a nuestra paciencia en cada actuación.

Pasado el efecto burbujeante de la llegada del Cholo, la situación se ha estabilizado y queda lo que hay, poco más. Una plantilla corta, sin fondo de armario y que no combina con casi ningún color. Un plantel del que se pueden sacar pocos levantamientos de pesa más por mucho que el entrenador personal lo intente a base de motivación y buenas palabras. Los resultados, erigidos en nutricionistas que escupen realidades a la cara, han diseñado una dieta aburrida de aquí a final de temporada. Nos queda buscar la satisfacción culinaria que se pueda sacar del periplo europeo pero cualquier aspiración en liga se aleja como un plato de panceta churruscada del menú de los que tienen colesterol. Lejos quedan las cuentas para ir a Champions y resta solo la esperanza de entrar en la Europa League por la gatera, como suele ser costumbre de la casa. Algunos empiezan a ejercitar los músculos de los brazos para señalar a Simeone como responsable del desaguisado siguiendo el guión previsto pero la sensación que queda es que al Cholo se le podría acusar tal vez de falta de ambición en momentos puntuales pero no de haber aconsejado la adquisición de un vestido que se descose a poco que se usa con regularidad. Mientras tanto, a muchos de nosotros se nos queda un gesto de nostalgia en el rictus que algunos identificarían sin temor a equivocarse con lo que toda la vida se ha llamado quedársele a uno cara de tonto…

lunes, 19 de marzo de 2012

Kárate autodidacta para principiantes

Hay creencias que a todas luces son dañinas, pero probablemente las más dañinas de ellas son las que se instalaron en nuestro cerebelo a nivel de verdad inmutable cuando éramos tiernos infantes, cuando andábamos por la vida con la única preocupación de experimentar qué paradoja espacio-temporal podríamos desencadenar si introdujéramos dos paquetes de peta-zetas de golpe en nuestra cavidad bucal. Vehículo fundamental de esas ideas implantadas a fuego fueron los estímulos que entraban por los ojos: tebeos de Mortadelo llenos de disfraces, coscorrones y misiones secretas y dislocadas; series de televisión con coches que hablaban o con superhéroes americanos de mal despegue y peor aterrizaje; programas dobles de cines de barrio que te permitían matar tardes enteras e interiorizar que hay ciertas criaturas que migran a simpáticos hijos de puta si les das de comer más allá de las doce de la noche. Nos quedaremos con este último vehículo sociocultural, con el cine. El cine hace daño, y no solo el español, dañino por definición, también lo hizo aquel que vimos cuando éramos esponjas ávidas de influencias que marcaran caracteres, aquel cine de imperios contraatacados o de arqueólogos de látigo fácil.

De las creencias erróneas les estaba hablando, que ya saben ustedes la tendencia a la dispersión que tiene uno. Por culpa de alguna película de fácil digestión y exuberancia en las hombreras, sacamos la equivocada conclusión de que se podía aprender kárate de manera autodidacta y acelerada. Bastaba pasar los ratos muertos con un vecino japonés que te empapara de filosofía oriental y todo ello sin kimono, sin cinturones de colores y sin hacer posturitas de agresividad pretendida delante del espejo de un gimnasio de barrio. Debido a que en la España de los primeros 80 no abundaba la inmigración y mucho menos la japonesa, los mozalbetes del barrio nos acercábamos al taller de chapa y pintura de Wenceslao, mecánico natural de Tordesillas pero de ojos achinados, lo que le daba el toque asiático necesario para el aprendizaje. Bendijo Wenceslao durante cierto tiempo el estreno de la película de marras cuando incorporó como aprendices sin sueldo a una caterva de preadolescentes que buscaban el conocimiento de las artes marciales a base de dar y pulir cera sobre los capós de los 131 Supermirafiori y de algún que otro Renault 5 con acabados deportivos. No contentos con el aprendizaje en su vertiente más purista, incluso nos ofrecíamos en casa para sacar brillo a los azulejos del baño, lo que fue recibido por nuestras madres como una clara señal de la transición hacia la madurez de los retoños del portal. Así pasaron los meses, dando y puliendo cera y dejando el alicatado de los baños como espejos en los que mirarse. Tras esta espartana preparación, por fin llegó el día de poner en práctica las artes asimiladas: fue en el recreo, uno se preparaba para abrir el Tigretón o el Gitanito de Ortiz con el que se engañaba al hambre de media mañana y, como siempre, antes del primer bocado miró con avidez qué cromo le había tocado en suerte. No eran cromos esta vez, eran calcomanías de diseño atrevido. Antes de poder decidir en qué mano se depositaría el osado tatuaje, una voz rompía el mágico momento:

– Muñoz, ya me estás dando la calcomanía que te ha salido.

Era Sebastián, abusón oficial del colegio por su condición de repetidor recalcitrante. Mostraba Sebastián en su brazo el fruto de sus extorsiones a muchos otros niños del patio, parecía un maorí de Samoa con tal colección de tatuajes que llegaban hasta su hombro algo orondo, pues bien es sabido que los abusones de aquellas épocas en la actualidad deambularían deprimidos por los recreos al ser mozalbetes en claro riesgo de obesidad por consumo de bollería industrial. Pero esta vez no iba a ser así. Ésta vez no dejaría que Sebastián me arrebatara lo que la fortuna me había otorgado, no en vano era karateka, autodidacta, pero karateka al fin y al cabo. Sin decir una palabra, me puse en pie despacio, saboreando el momento. Me planté delante de Sebastián y alcé los brazos de manera salerosa mientras me sostenía sobre solo una pierna. Era la grulla, la suerte suprema que debía dominar todo karateka de oídas. Tras unos instantes de desconcierto en los que las miradas se medían y en los que el extorsionador no tenía claro si me iba a arrancar a ejecutar una jota extremeña, voló hacia mi cara un soplamocos con la mano abierta que hizo que la postura de la grulla perdiera de golpe toda su pretendida gallardía. De nada valieron las sesiones de dar cera ni las enseñanzas de Wenceslao para parar el ataque, pero, en el fragor de la batalla, Sebastián había olvidado la calcomanía que propició el combate, esa que por la tarde descansaba sobre mi brazo como una medalla de guerra que hacía juego con los cinco dedos que tenía todavía marcados en la mejilla.



Jugaba el Atleti en Mallorca en horario mucho más aconsejable para una siesta que para el fútbol. Se anunciaban unas rotaciones que se hacen casi imposibles por la escasa profundidad de la plantilla. He ahí una de las mentiras más dañinas que se nos han vendido este año, lo de la profundidad de la plantilla. Lo de lo malos que eran los que se quisieron ir y lo bien que se ha utilizado el dinero recaudado para traer jugadores iguales o mejores, como siempre dice el dañino productor de cine. Muchos se creyeron esa falacia y lo llevan repitiendo con convencimiento de mantra durante buenas fases de la temporada. Viendo que los resultados no acaban de confirmar con rotundidad esa mejora en el plantel, algunos empiezan a mirar a Simeone para insinuar si tal vez no sea un conductor adecuado para semejante deportivo o si tal vez su estilo de juego, ese que busca el sacrificio como piedra angular no sea el adecuado para tal pléyade de sensibles artistas. Resulta curioso que ahora se oigan voces que cuestionan al Cholo y a su idea, cuando este no ha hecho más que devolvernos un poco del orgullo perdido y pisoteado. No es nuestro técnico uno de esos entrenadores quejicas y llorones que piden sofás cuando tienen mesas, él, desde su llegada asumió que debía trabajar con lo que había aunque fuera poco, no ofrece declaraciones plañideras y busca siempre el positivismo en todas las circunstancias. Para el que suscribe, el Cholo ha demostrado con creces su capacidad para gobernar la nave rojiblanca, pero habrá que esperar hasta el próximo verano para ver si, independientemente de resultados, a Simeone se le deja confeccionar un equipo a su gusto por encima de representantes y comisiones.

Volviendo al encuentro, salió el Atleti con la alineación que lleva jugando casi todos los últimos partidos con la excepción de la entrada de Salvio por Arda, lo que parece suicida como poco pero explicable en base a la condición física de nuestro turco favorito. Ya de entrada se vio a un equipo cansado, justo de fuerzas. Los hay que pudieran pensar en un efecto champán en el estilo del equipo de Simeone, pero parece más probable inclinarse por un problema de cansancio de piernas para justificar la bajada de intensidad en ciertos choques. Volvió a salir un partido descuidado, como no podía ser de otra manera entre la fatiga de unos y la propuesta de los bermellones. Salió descuidado el Atleti también de equipación, con uno de esos ternos que hacen daño por igual a la vista y al buen gusto. Se nos fue la primera parte sin apenas nada y no nos dio pena, casi hasta nos alivió de lo poco que se había visto.

La segunda mitad nació más movida. Casi sin darnos cuenta nos vimos con dos goles por debajo en un par de lances donde la fortuna no acompañó del todo. Tarea difícil iba a ser remontar ante un equipo forjado al modo y manera de Caparrós, ese entrenador que tanto gusta a nuestros premiados gestores porque en los partidos suele realizar tres cambios de jugadores y veinte de recogepelotas. Miró el Cholo al banquillo y sacó lo que pudo, que es poco. Sacó a Arda y sacó a Mérida, que reaparecía tras su fallido Erasmus portugués. Pudo recortar pronto el Atleti merced a un penalti con expulsión aparejada, pero lo tiró Falcao de una manera que aconseja banquillo, un par de bofetadas o ambas cosas a la vez. Posteriormente se redimió con un señor gol, sí, pero cada vez son más los que opinan que el colombiano no justifica lo supuestamente desembolsado por él, sobre todo cuando se aleja del área. Quedaba tiempo pero no demasiada fuerza, Koke y Adrián se mostraban fundidos y quedaba la labor en pies de un participativo Fran Mérida (probablemente la mejor noticia de la tarde), de un Arda que buscaba sin hallar y de Salvio, jugador en el que confluye la redundante circunstancia de que los ataques desesperados se vuelven desesperantes.

Se nos fue el partido y se nos fueron un puñado de aspiraciones. Se empieza a ver la Champions chiquitita y lejana. Por muy barata que sea este año la clasificación, no da este grupo para jugar dos competiciones con solvencia. Aún así, el mensaje de Cholo sigue siendo positivo. Sigue declarando, aunque sea difícil creer que lo siga pensando, que con lo que hay se puede combatir, por mucho que el plantel haya aprendido kárate de oídas. Intentando ser positivo, como el Cholo, se podría pensar en que esta temporada recuerda a la que desembocó en la victoria de Hamburgo, pero con matices. Si ustedes recuerdan, en aquellos tiempos el equipo deambuló como muerto viviente por la liga mientras se centraba en lides continentales. La reacción de ayer del equipo, aunque estéril, no vino acompañada de bajada de brazos generalizada y uno piensa que eso es bueno. Bueno frente a todas las dañinas teorías que rodean a nuestro equipo. Bueno a pesar de los soplamocos que los resultados y el cargado calendario nos puedan dar de aquí al mes de mayo. Bueno, en definitiva, por mucha cera que nos den….y nos pulan. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Ausencias e incomparecencias

–Creo que se está usted equivocando –exclamó sorprendida Cándida al ver cómo un desconocido tomaba asiento enfrente suya en la mesa en la que esperaba a Dimas, el caballero con el que llevaba viéndose desde hace unos meses.

–No, no, no crea –dijo con desenvoltura su inesperado partenaire –. Vengo de parte de Dimas. Me ha comentado que tiene hoy un compromiso ineludible, aunque menos sugerente que el que le ligaba con su persona ¡Dónde va a parar! No sé si el asunto que le impide hacer acto de presencia en estado corporal frente a usted será laboral, familiar o criminalístico, pero de ninguna manera será tan reconfortante como tomarse un vermouthcito de mediodía con semejante beldad ¡Mozo, tráigame lo mismo que a esta damisela de rotunda belleza! –añadió el sustituto dirigiéndose al camarero que sacaba brillo a los vasos tras la barra.

– Ya…ya. Y…¿usted quién es? –intervino azorada Cándida por la locuacidad y el descaro de su casual compañero.

– ¡Uy! Tiene usted mucha razón. Perdone mi falta de tacto. Atiendo al nombre de Domitilo, para servirla usted rendidamente. Soy amigo de Dimas desde que juramos bandera en Cerro Muriano cuando éramos unos imberbes jovenzuelos. Mantenemos una relación que podríamos calificar de uña y carne e incluso de padrastro desde entonces, tanto en las duras como en las maduras, como es su caso, si me permite el atrevimiento.

Cándida no podía salir de su asombro. Así que Dimas, ese hombre elegante que regentaba con salero una mercería en la calle comercial del barrio le mandaba un sustituto ante su incomparecencia. No tenía claro si iba a perdonar su ausencia pero iba a intentar disfrutar del momento, de ese dominical vermouth de grifo con su rodajita de limón y su chorrito medido de seltz. Además, el sustituto Domitilo, tenía la capacidad de subirle a una el ego, cosa que nunca está de más. Se propuso continuar con la escena sustitutiva sin pensar en ausencias ni incomparecencias, dejándose llevar.

– Y dígame, Domitilo, usted, ¿a qué dedica el tiempo libre? – preguntó Candida como hizo en su día Jose Luis Perales, pero con mucha menos cara de pasa, dónde iba a parar....



Se presentaba el Granada en el Calderón para jugar un partido que no acababa de venir bien del todo. Un partido al que parecía que se le hubiera hecho hueco en la agenda con calzador de zapatería fina. Tal vez fuera por el asiático horario, ese que no respeta que el jueves hayas jugado la ida de una eliminatoria cuasieuropea al ser el Besitkas un equipo que pace precisamente en el lado asiático de Estambul. Tal vez pilló pronto. Tal vez por eso fuera un partido marcado por las ausencias y por las incomparecencias.

Salieron los equipos al campo y enseguida reparamos en que no había hecho acto de presencia ese Atleti al que Simeone nos tiene acostumbrado desde su llegada. No compareció la presión asfixiante, no apareció esa lucha feroz ante los balones divididos, no acabó de verse esa seguridad defensiva endémica de estos nuevos tiempos. No comparecieron ni Adrián y su genialidad ni los pulmones inacabables de Gabi. No hicieron acto de presencia ni el aplomo que últimamente mostraba Mario ni la supuesta genialidad de Salvio, esa que a muchos entre los que me encuentro nos cuesta ver, será por pensar que un jugador que necesita siete toques para controlar un balón no puede ocupar plaza de extracomunitario ni aunque sea asiático y se adapte bien al horario. No apareció un medio del campo que sigue acusando la baja de Diego en todo el partido, el balón sobrevolaba sus dominios en aérea transición hacia los brincos de un Falcao peleón como siempre, pero atropellado como de costumbre lejos del área. No se vio a un Koke como el que esperamos y podemos ver, aunque la salida de Arda le ofreció alguien con quien asociarse, siempre con la pinturería que trae el turco bajo sus cortos brazos. No compareció casi nada, fíjense, pero tampoco el Granada compareció con ganas de hacer sangre, aunque lo podría haber hecho. No hizo acto de presencia tampoco un colegiado con criterio, dado que Mateu, el celebrado trencilla devoto del “sigan, sigan”, volvió a dar un concierto desconcertante de silbato caprichoso, dejando al equipo rival con un hombre menos a mayor gloria de su leyenda de arbitrajes librepensadores pero ventajistas. Tampoco apareció Silvio y jugó Domínguez de lateral izquierdo, sitio en el que cumple desde el sufrimiento. Al cierre de estas líneas no queda claro si Silvio no juega porque el Cholo no confía en él o por una nueva recaída, hecho que traería consigo que Sanitas le echara de la tarjeta de familiares del seguro médico por ser tan enfermizo. No hizo acto de presencia el fútbol, en suma, al igual que no hizo de presencia en el estadio Nicolás, el hijo mayor de Cándida, ése del que su madre sospecha que pudiera ser un vampiro por su afición a la noche y por los ojos inyectados en sangre con los que llega a casa a punto de romper el alba, porque no le pedía el cuerpo levantarse tan pronto con semejante sol.

Frente a todas estas ausencias, el partido nos dejó dos cosas, sólo dos, pero ninguna de ellas menores. Nos dejó tres puntos. Probablemente tres puntos sin brillo y hasta casi inmerecidos, pero tres puntos al fin y al cabo que engrosan un casillero que debería ser mayor dadas las últimas actuaciones y que fueron celebrados por nuestro entrenador como lo haríamos cualquiera de nosotros. Nos deja otra cosa también, nos deja una arrancada. Una carrera de sesenta metros de Juanfran cuando ya el partido tocaba a su fin. Nos deja un alarde de garra de los de antes, una jugada de otros tiempos. Nos deja un sprint plagado de contrarios impotentes para parar el avance de ese jugador reinventado e infrautilizado por entrenadores de gafa colorista o jersey estrecho. Nos deja un centro al área que casi se queda corto por la fatiga acumulada tras una jugada así, una de esas en las que se sobrelleva el peso de las espinilleras a fuerza de corazón. Nos queda un remate de Falcao que terminó en gol tal y como el prólogo merecía, aunque fuera un gol en el que el balón entró en la portería despacito y casi llorando, como ausente. Todo eso nos dejó. Tal vez algunos de ustedes piensen que nos deja poco, sí, pudiera ser. Aún así, el que suscribe piensa que a pesar de las ausencias e incomparecencias, debemos guardar en ese rincón que todos tenemos arrancadas como esas, de las que llevábamos tiempo sin ver por estos lares. Debemos saber disfrutar de esas cosas, aunque parezcan nimias, por encima de las ausencias. Como si fuera un vermouth dominical de esos que atesoran el secreto de la cantidad justa de sifón, ni más ni menos.  

lunes, 5 de marzo de 2012

Elogio de la fealdad

Basilio es feo. No feo con la subjetividad en la mano, no. De eso nada. A cualquiera que se le pregunte lo confirmará sin atisbo de error. No es que su cara muestre asimetrías relevantes, no es que tenga defectos apreciables, no es que la nariz no case con las orejas y con esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate, no. Es feo más allá de cualquier análisis minucioso, de cualquier comparación con algún pretendido criterio estético. Es feo como levantarle la voz a tu anciana abuela, es feo como no levantarse del asiento cuando entra en el vagón una embarazada de siete meses. Es feo con avaricia. Feo a jornada completa. Feo sumarísimo. Feo más allá de cualquier cualidad que pudiera adornar esa condición. Les digo yo que es muy feo, vamos…


A pesar de su hándicap, Basilio se acicala con mimo siempre que sale a la calle, aunque solo sea para bajar a por una barra de pan integral a la esquina. A pesar de todo, Basilio sigue preparándose durante más tiempo del razonable cuando sale algún viernes o algún sábado. Una vez el conjunto pasa el riguroso examen al que él mismo se somete con rigor, se deja abrazar por la noche y se siente guapo. Nunca mira las muecas que algunas e incluso algunos le dedican al pasar con la chaqueta de lino arremangada hasta los codos. Él, se siente arrebatador. Se acoda en la barra del local, pide un ron con cola y solicita siempre un chorrito de limón natural de manera caprichosa. Cuando el azar que trae la sed acerca a alguna sudorosa ninfa de rímel corrido y falda menguante a sus dominios, él pregunta con atrevimiento y sin circunloquios: “¿Te apetezco?”. Las más de las veces, ve cómo se dibujan gestos de prevención e incluso de asco. Otras tantas la interpelada estalla en una carcajada que no es capaz de minar la autoestima de Basilio. Pero, en ciertas ocasiones, pocas la verdad, surge algo que ustedes y yo no alcanzaríamos nunca a comprender. No diré lo de la chispa porque ser algo tan manoseado por el uso, pero es algo así. Ella se rinde, cae en la trampa de esa fealdad. Cuando sus amigas la rescatan en los tiempos muertos que ofrece una visita al baño o un cigarrillo helador, le preguntan si se ha vuelto loca o ciega. La presa dice siempre lo mismo: “Sí, es el hombre más feo que nunca vi, pero tiene algo” mientras ve venir a Basilio hacia ella paseando su fealdad con seguridad de guapo a rabiar.



Dijo Simeone durante la semana que lo de la posesión como alfa y omega en el fútbol era una milonga como la copa de un pino. Servidor está de acuerdo. Servidor piensa que no siempre el fútbol barroco y recargado, el taconcito pinturero y la pared estucada, es el único camino existente en este juego que tan locos nos vuelve. Frente a ese fútbol guapo y repeinado, existen muchos otros tipos de fútboles, algunos temerosos y esmirriados, otros arrogantes y hasta contrahechos. Hay otras maneras de llevarse el gato al agua, probablemente sean más feas, pero son maneras al fin y al cabo. Se jugaba el Atleti tres puntos importantes con un rival directo que en los últimos tiempos ha destacado por su fealdad y por su antipatía en el juego. Se los tenía que jugar en campo ajeno y plagado de feas bajas. Se planteaba como una obligación el ganar o pudiera ser el no perder, tras los últimos feos resultados, probablemente injustos, pero feos de solemnidad.


Sacó Simeone una alineación fea, desarreglada por lesiones y sanciones, pero con un algo que acababa gustando. Será por lo de que había más españoles que extranjeros o será por lo de que había varios canteranos, esa especie de jugadores tan fea a ojos de nuestros dirigentes, será por lo de las comisiones. El partido nació feo, como se esperaba. Lleno de balones divididos y de porfías. Lleno de revolcones y cabriolas de ese jugador que hasta hace poco vestía la camiseta de nuestro equipo pero nunca jugó para nadie que no fuera él mismo. Ese al que, a pesar de su fealdad innegable aderezada con un intelecto de filo de cuchilla roma, algunos querían alzar a altares de la atleticidad. En medio de tanta fealdad, surgió uno de los más feos de todos, Salvio, para poner por delante en el marcador a los nuestros con un buen cabezazo. A partir de ese momento, empezamos a ver que la fealdad del partido tenía algo, un no sé qué o un qué sé yo que lo hacía más atractivo a nuestros ojos. Fueron los minutos menos feos de los nuestros. Se vieron triangulaciones resultonas, se vio más Koke dejando de lado otras feas tareas. Se imponían con solvencia Mario y Gabi, los de más feo cometido, y se dejaba caer a banda un Adrián que no tuvo su mejor partido en Sevilla, probablemente por afrontar la tarea de ataque muy solo, cosa que siempre es muy fea. En ese periodo, podría haber sido la renta mayor si hubiera cuajado alguna de las oportunidades, casi todas a pies de Salvio, ése jugador feo y contrahecho al que tras el primer tiempo de Sevilla empezamos a ver más enderezado y gallardo.


Empezó la segunda parte muy fea, principalmente por un gol del Sevilla en una contra tras conducción exagerada de Salvio. Algunos dicen que probablemente lo hiciera como homenaje a su ex compañero Reyes, el hombre al que las autoridades se plantearon poner un tacógrafo para poner coto a sus abusos en la conducción. Ahí empezaron los momentos más feos para los nuestros cuando el Sevilla empezó a mirar a la banda de Navas en vez de a la otra, en donde Reyes solo ofrecía piscinazos de ejecución y dificultad apreciables. No se arrugaron los nuestros, capearon el temporal sin pararse en sutilezas. Si había que hacer falta aunque fuera fea, se hacía. Si se tenía que pegar un patadón o diecisiete en defensa, se pegaba. No estaba el partido para exquisiteces ni para lujos estéticos. Cholo miró al banquillo con la aprensión de tener una plantilla fea y corta y quitó a Tiago, quizá por tener la fea costumbre de reprender a sus compañeros cuando a él le fallan las piernas y los partidos le superan físicamente. Salió Pizzi, jugador del que no calificaré guapuras ni fealdades por ser demasiado obvio en planos balompédicos y estilísticos. Aguantó el Atleti hasta el final dejándonos con la fea sensación de que se pudo perder lo que en la primera parte se pudo ganar.


Nos queda un feo empate. Uno más de tantos feos resultados pero probablemente el más justo de la era Simeone junto con su primer partido de Málaga. Nos deja en posición fea en la tabla pero con la esperanza de un calendario menos feo del que acabamos de transitar. Nos deja la sensación de que, enganchando tres victorias seguidas se puede acceder a Champions por obra y gracia de esta liga fea y desigual llena de equipos feos que no interesan a nadie salvo cuando juegan con los dos equipos a los que todo el mundo adula por su pretendida belleza. Nos deja con nuestras feas esperanzas intactas y eso es algo que debemos de agradecer a Simeone, el habernos devuelto también estos partidos feos. Partidos llenos de oficio, de bigotes sin depilar y de pisotones que no ve el linier. Seguimos creyendo en Cholo a pesar de que sea feo y tenga la cara picada de viruelas, porque muchos guapos de cartel pasaron antes que él por esta plaza y nos dejaron otro tipo de fealdad. Fealdad de la que da vergüenza y ganas de mirar para otro lado silbando. No es eso lo que trae este Atleti. Este Atleti que podrá ser feo pero al que su técnico ha convencido de que no lo es tanto, mira de frente. En ocasiones le vemos algo más y nos rendimos a él, pero incluso en sus momentos de mayor fealdad tiene algo, no me pregunten el qué...o sí, háganlo... 

viernes, 24 de febrero de 2012

¡Ay, los viernes!

–….¿y de verdad que no me puede llamar Timoteo? Mire que a mí, los nombres con personalidad y musicalidad aparente siempre me han parecido los más apropiados –dijo el individuo de tez morena mientras contemplaba cómo las olas rompían con fuerza contra el arrecife que protegía la isla.

– ¡Que no, hombre! ¡Que no me parece bien! La aventura que estamos viviendo exige un apelativo más conceptual, una gracia de más calado que Timoteo –rebatió de nuevo el barbudo personaje que empezaba a echar de menos la soledad de los primeros años.

– Pues dirá usted lo que quiera, pero yo tenía un primo segundo, fruto del mestizaje y la fusión íntima de una prima carnal de mi señora madre con un jesuita de Mérida que quiso convertirla a la fe con métodos cercanos y procaces, al que pusieron de nombre Timoteo, lo que no fue obstáculo ni cortapisa para que llegase a hombre lluvia de su tribu –volvió a la carga el aborigen.

– No, si me vas a estar tocando los mismísimos hasta que te lo cambie. ¡Ea!, pues venga. A partir de ahora te llamaré Viernes Timoteo.

– ¿Nombre compuesto? ¿No quedará pretencioso?

– Seguro. Seguro que cuando vayas al registro civil de la isla, el funcionario encargado te va a mirar como a una víctima del esnobismo tribal.

– De verdad, Señor Crusoe, que cuando se pone usted intenso, más le  valdría estar a uno solo que mal acompañado. Se me hace la isla muy pequeña para los dos….




¡Ay, los viernes! Esos días a los que últimamente tememos. Nada que ver con esos viernes de toda la vida en los que te escapas de la oficina en cuanto el reloj da las dos. Poco queda de esos días que son preludio de fines de semana de chándal y riñonera en un centro comercial. Ya casi no se ven jefes a los que el vaquero queda raro aferrándose a normas no escritas en el vestir para dejar el traje aparcado en la zona azul o verde de un armario de tres cuerpos. No quedan ni ganas de planear el asalto del sábado a la resistencia amatoria de ella o de él tras una semana de cansancio y rutinas. Y es que los viernes, queridos amigos, últimamente nos traen subidas de IRPFs, recortes y ajustes de cinturón o de tirantes elásticos. El pueblo llano mira de reojo las nuevas medidas aprobadas y suspira con alivio cuando no ha salido su bolita en el sorteo del recorte. “Este viernes han recortado en un 25% las ayudas para la compra de bisoñé a los calvos de larga duración”, se oye decir en los bares al mediodía mientras varios melenudos se regocijan por no ser alcanzados por la tijera de los ajustes ¡Ay, los viernes!

En cambio, la parroquia rojiblanca afronta los viernes de otra manera. Ya nos pueden bajar el sueldo, subir el agua o ponernos el gas a precio de noble, gas noble, se entiende. Nosotros andamos por la vida con despreocupación, mirando la botella casi rebosante más que medio llena y sonriendo a los vecinos de escalera, incluso al que pone el cassette de La antología de la copla demasiado alto a la hora de la siesta del viernes. Fíjense incluso que, hoy viernes, casi ni hablamos de fútbol. Lo consideramos baladí: “¿Pero ayer no jugó el Atleti?”, nos pregunta Martínez. “¡Bah!, estaba resuelto”, respondemos quitando importancia. Nos acostumbramos a lo bueno enseguida, como si fuera sencillo resolver en partidos de ida ¡Ay, los viernes!

Para representar el último acto de la resuelta eliminatoria de ayer, Simeone rotó. Rotó a los laterales, rotó algún mediocentro y rotó a Falcao, que ya empezaba a poner cara de necesitar unos días de libre disposición. Sacó una alineación algo contrahecha: dos centrales, de laterales; un lateral reconvertido, de interior y un mediapunta cargado de hombros, de delantero. En resumen una alineación de esas que, hace tres meses, hubiera obligado a intervenir a la autoridad y tal vez a los cascos azules. Ahora no, ahora las cosas han cambiado. Incluso en partidos como ayer con alineaciones de arte y ensayo, hemos dejado de ver las carencias para ver las cosas buenas. Servidor piensa que el partido de ayer era el partido de Koke. La lesión de Diego parece que le va a dotar de unos galones que parece haberse ganado pero que debe confirmar con algo más en cada partido. Koke tiene talento, da unos pases en profundidad por encima de la defensa que quitan el hipo, pero a veces se muestra algo acelerado. No ayudó ayer que no estuviera muy acompañado en la labor de creación porque ya se sabe que los jugadores como él son como los cabos de la guardia civil, funcionan mejor en pareja e incluso en batallón. Salió luego Arda y la cosa mejoró. Tenía un compañero con el que entenderse de esa manera en la que se entienden los que ven el fútbol a cámara lenta en sus cabezas. A pesar de que se le mira con cariño por ser de los nuestros, a Koke se le debe exigir más porque puede hacerlo. Esperemos que en el próximo partido lo ofrezca.  



Reaparecieron Arda y Silvio, nuestro niño burbuja. A este último no se le vio demasiado más allá de la prevención que provoca sacarle a la calle con estos fríos, no se vaya a constipar. Al primero se le vieron varios detalles de esos que él deja y una largura de pelo de líder de grupo británico de garage-rock, lo que no es poco. Juanfran estuvo raro de extremo o de interior o de lo que jugara, y, cómo son las cosas, se le echó de menos como lateral. Los centrales volvieron a estar firmes. Los laterales, cumplidores sin más, los mediocentros aseados y los rivales del Lazio al nivel de un equipo de madres ursulinas. Pero hoy nos vamos a fijar en los de delante. Primero vamos con lo bueno, con Adrián. Adrián demuestra en cada partido que es un jugador diferente. Hace cosas que los demás no llegan a imaginar pero cuando tiene que mirar a la portería siempre busca a algún compañero que finalice por él. Los hay que dicen en un alarde de maledicencia que casi mejor que no tenga tanto gol porque, en ese caso, nuestra rumbosa directiva ya le habría vendido al peor postor, cosa que no se descarta vaya a producirse aún sin tener el remate en las venas. Ahora vamos con Salvio. El que suscribe empieza a tener con Salvio la sensación de que está siendo injusto. Por más que intento buscar las virtudes que tanto glosan los comentaristas de Cuatro o Canal Plus, no las encuentro. Por más que intento comprender el por qué de la salida de Elías primero y de Diego Costa después como competidores por una plaza de expatriado, no consigo hacerlo. Si tuviera que destacar algo de su partido de ayer empezaría por un buen disparo al palo y algún que otro regatito que termina con la firma de la casa, resbalón o tropezón. Ya les digo, empiezo a plantearme seriamente si no estaré mirándole con manía de profesor de filosofía.

Partido de trámite, en definitiva. Partido que sirve para dosificar esfuerzos y minutos. Para hacer probaturas y ensayos casi generales. Que pase el siguiente, que será el Besitkas de Simao al que esperemos se reciba como merece. Está quedando resultona esta Europa League en la que ojalá podamos ilusionarnos a medida que pasan las rondas. Es bueno eso de tener los jueves ocupados en estos menesteres. Así, los viernes serán más viernes, para nosotros ¡Ay, los viernes!

lunes, 20 de febrero de 2012

Por ahí va...

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.

Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.

Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.



Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.

Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.

Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.