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lunes, 28 de octubre de 2013

Silencio, se rueda...

Los preparativos habían finalizado y todo el mundo estaba en su sitio: el director de fotografía había iluminado la escena con mimo, los de diseño de producción habían conseguido que el césped pareciera una alfombra perfecta en la que no sobresalía ninguna brizna rebelde. Todos los actores maquillados, los cuarenta y pico mil extras expectantes, ansiosos por el comienzo de la sesión. Fue entonces, justo cuando la calculada coreografía previa llegó al punto razonable de perfección, cuando el fornido ayudante de dirección que llevaba colgado un cronómetro al cuello consultó por última vez sus apuntes, esos que siempre llevaba encima, y se acercó a la silla del director para decir que todo estaba listo. El director, siempre vestido de negro riguroso, le escuchó y se apoyó en el respaldo sobre el que se podía leer Cholo Simeone un segundo antes de decir: “¡Silencio señores!, ¡Cámaras!, ¡Acción!”

El chico de la claqueta, sustituida esta vez por un silbato, dio por iniciado el rodaje y la primera secuencia se desarrolló con una rapidez cegadora. Plano largo de un equipo que saca de centro, ataque furibundo al estilo batalla de Braveheart, varias escaramuzas en las que el resultado sonríe a los de rojo y blanco y balón cruzado, dañino, para que llegue el nuevo héroe, el áctor por el que suspiran jovencitas en edad de merecer y algún señor con bigote. Su primera película desde el inicio, su primera titularidad y a los trece segundos el guión le ofrece la posibilidad de abrirse un hueco en la historia. Tras el arrollador inicio, sin duda un guiño del director a los que llegan pronto al cine y se chupan todos los trailers, aunque sean de sesudas películas españolas, se presentan los personajes en diferentes escenas que llegaran más o menos hasta el minuto cuarenta y cinco de metraje. Los malos de la película no son malos realmente, se convierten en espectadores de excepción de la trama, están ellos con sus trajes verdes y blancos como podrían estar cualesquiera otros, el nudo de la historia, de ésta y de muchas más de las que se ruedan esta temporada, se filma en rojo y en blanco, y si es con pantalones azules mejor.

Guardaba el argumento del filme alguna sorpresa más para la segunda parte. Aquel actor del que se empezaba a dudar, ese que leyó el libreto en verano y decidió sumarse a la producción trayendo consigo unas maletas cargadas con la gloria de su extensa filmografía, demostró que le quedan papeles que interpretar para rato. Bordó primero un plano rebosante de hambre, de ansia por acallar a los que dudaban. No podría haber acabado la escena de mejor manera, brillantes estuvieron todos desde el inicio y fue él quien se lanzó sin especialista de por medio a finalizar el trabajo coral cruzando un balón con la testa. Saciada el hambre del artista, su segundo encuentro con el gol tuvo más de sangre fría, de plano con matices y gestos que estalló en un remate con el alma. Suyo fue también el pase que habilitó al actor de moda, ese por el que se pelean usando formas más que discutibles la cinematografía brasileña y la autóctona de aquí. Terminó la escena como suelen terminar todas las que toca últimamente nuestro galán con cara de pocos amigos, en la red, claro.



El desenlace tuvo algo de poético, algo de círculo que se cierra. Completó la cuenta el actor veterano, el secundario de lujo, el que se deja el alma y la piel en cada escena. Fue como un no crean que he dicho mi última palabra, no se queden solo con el inicio de la trama, con esa precocidad insultante con la que el ilusionante nuevo actor se presentó en la película, me queda cuerda para rato y juntos podemos convivir en futuros rodajes porque, a pesar de que mi papel sea menos proclive al lucimiento, la producción se cae sin mí. Razón tiene.


No sé si les pasa a ustedes también, pero a servidor muchas veces le parece que el partido del Atleti está guionizado en la cabeza de Simeone y se desarrolla exactamente como él lo ha visualizado antes, cuando se sentó frente a una máquina Olivetti para plasmar en el libreto del encuentro sus ideas. Ni el más celebrado escritor de finales felices pudiera pensar en que la perla que debuta en el once inicial abra el marcador a los trece segundos, que se redima la estrella a la que se suponía casi extinguida, que tenga su plano el actor de Lagarto y que cierre la cuenta el gran capitán. Nueva muestra de cine de autor. Nuevo estreno con gran éxito de público y de la crítica que realmente sabe de esto, no esa crítica que solo entiende de superproducciones con más promoción que argumento, pastiches por los que asoman actores de morrito atusado que cobran cheques llenos de ceros por interpretar un guión chusco que acaba justificando su mediocridad en base a lo que decide el señor de la claqueta o del silbato, lo mismo da. Nueva muestra de genialidad de este director de actores. Es tan abrumadora la sensación que le queda a uno cuando se queda pegado a la butaca mientras desfilan por la pantalla los títulos de crédito de lo que acaba de ver que casi olvida benévolamente a los productores. Esos productores que tienden más a llevárselo muerto que a darle al director todo lo que pida visto lo visto. Pese a ello, les recomiendo que hagan acopio de palomitas y se sienten cómodamente para el siguiente estreno que se producirá en unos días. No les defraudará…

lunes, 4 de febrero de 2013

...Y justo entonces....


“…y justo entonces, cuando ya resonaban en la escalera los decididos pasos de los policías locales abriendo paso a un cerrajero muy mal encarado y el secretario judicial desenfundaba el capuchón de su boli Bic para levantar acta de lo que ocurriera a la hora de ejecutar el desahucio, apareció él y consiguió paralizarlo. Consiguió incluso que los que venían a echarme de casa hicieran una colecta en la que se recaudó el importe de tres mensualidades y el capuchón del boli Bic del secretario, que ahora es utilizado por mi niña la mediana de pasador de pelo como vívido recuerdo de lo que nos tocó lidiar…”


“…y justo entonces, cuando el ánimo empezaba a flaquear entre algunos miembros de la grada rojiblanca. Cuando ni las arrancadas de Juanfran, ni el pundonor de Koke, cuando ni la pelea, menos proverbial que de costumbre eso sí, de Falcao, cuando ni la presencia de un Adrián con la misma mala idea de un peluche de color lila cuando pisa el área contraria parecían bastar para doblegar al rival, apareció él y consiguió invertir la situación. Ya antes del gol se vio que la cosa había cambiado con su sola aparición en el campo. Un par de arrancadas llenas de potencia devolvieron la esperanza en llevarse la victoria en un partido con mucho más empuje que juego. Entonces vino el corner y el portero rival, impecable aunque poco exigido hasta el momento, decidió brindar un sentido homenaje a las denominaciones de origen de La Mancha y La Rioja Alavesa y a sus vendimiadores saliendo a por uvas. Pero uvas gordas, no crean. Aún así, uno prefiere pensar que más que homenajear a los esforzados agricultores que doblan la raspa en aras de recolectar racimos de la variedad Tempranillo, el portero rival dejó pasar el balón cegado por la admiración, influenciado por esa cara de malo de película de narcotraficantes, por los rebotes que le suelen favorecer y hasta por su terrenal debilidad, mostrada también ayer en lances de los que debería huir como de la peste para no quedar encasillado como jugador polémico, problemático y candidato constante a la expulsión fulminante…”




“…y justo entonces, cuando pensábamos que empezaba otra semana anodina en la que volveríamos a comer pasta y arroz para intentar estirar al máximo el magro sueldo, apareció él con un jamón de recebo bajo el brazo, casi sin decir nada lo colocó sobre el jamonero aquel que llevaba años huérfano de uso y se puso a cortar lonchas con la misma finura del pelo del ya ausente Emre. Dispuso las lonchas en un plato creando un abanico de colores rojo y blanco. Blanco de grasa en el exterior, un rojo casi granate en el interior y terminó su obra colocando en el centro dos lascas que girando sobre sí mismas formaban un número diecinueve, su número. Los niños aplaudían a rabiar ante la pericia en el corte y cayeron rendidos al poco rato tras hartarse de comer algo que no fueran macarrones. Solo entonces él se marchó, casi sin despedirse, pero con esa serenidad en la mirada que solo poseen los héroes como él, los que siempre llegan cuando un rescate se necesita…”  

jueves, 27 de septiembre de 2012

Crónica de oídas del Betis-Atleti


Fue ayer. Ayer mismo. No había habido señales previas de la gravedad de la situación. Ni una tos de esas que sale del pecho, ni un cambio de color. Nada. Hace solo tres días parecía lozano y sanote. Mostraba con desenvoltura imágenes del Celta-Getafe o del Athletic-Málaga sin presagiar lo malito que estaba. Cumpliendo con su obligación hasta el último momento. La verdad es que podría haber avisado, haber dicho algo para que nos hubiera permitido despedirnos de él. Se fue de la manera en la que vivió, silenciosamente. Sin poner un pero a si le colocaban al lado del DVD o de si el trapo que de vez en cuando le aliviaba del polvo era demasiado áspero. Fue ayer. Ayer mismo. Justo a las nueve menos cinco. Casi sin dar tiempo para la reacción ni para llamar a urgencias. A esa hora justo, el grandísimo cabrón del decodificador decidió dejar de funcionar…

Imaginarán ustedes las escenas de pánico que se vivieron en mi santa casa: movimiento de aparadores con fuerzas sacadas de insospechados lugares; expediciones a las partes traseras de los muebles machete en mano para intentar abrir camino entre la selva de cables; desenchufar todo y volverlo a enchufar; conectar el euroconector al ventilador y colocar la salida de la antena en la tostadora para ver si el destino sonreía. Nada. La oscuridad y el silencio por respuesta. Como testigo mudo, el bocadillo preparado con esmero y premeditación. Los días como los de ayer no son días para reducciones al Pedro Ximénez ni para lechos tibios de brotes tiernos, son días de bocadillo rápido pero contundente. Días para no despegar la vista de la pantalla y para comer con las manos. Ya si eso me pone usted mañana el rodaballo, que no anda uno en noches como estas para arabescos con la paleta del pescado.

El partido había comenzado ya en el Villamarín cuando servidor andaba ya en la fase de pegar puñetazos al aparato y la verdad es que el decodificador acusaba el castigo con estoicismo. Solo dio muestras de debilidad cuando un botón, uno de esos que nunca en la vida se había llegado a pulsar, saltó de la consola principal ejecutando en su caída un doble mortal con tirabuzón muy celebrado por el bocadillo, ya frío, y por el perro, que recogió el gimnástico botón del suelo al instante con el ánimo de otorgarle una medalla de mordiscos. Superada esta fase de negación, los siguientes movimientos se centraron en intentar ver el partido por internet. Esta fase de asimilación de la pérdida duró solo cinco minutos, los suficientes para comprender que con una retransmisión en la que los protagonistas se mostraban parados cinco segundos de cada cuatro poco se podría solucionar por muy aderezada que estuviera la congelación de imagen con unos excelentes comentarios en ruso con acento de Siberia, de Siberia del sur, para ser más precisos. A estas alturas de la película, uno se había perdido las alineaciones, los sistemas, ignoraba si el dominio era alterno y si el campo mostraba unas condiciones óptimas para la práctica del fútbol, pero aún así, inasequible al desaliento, revolví cajones, rastreé armarios empotrados y encontré al único compañero posible para compartir la pena de ayer: el transistor.

Oír un partido de fútbol por la radio en estos tiempos es difícil. Pudiera ser porque ya hemos perdido la capacidad de imaginar que teníamos antaño, cuando se oía eso de “baja el balón con el pecho a lo Rocío Jurado” o “patadón al cielo, cuidado con los ovnis”, pero pudiera ser más bien porque las emisoras radiofónicas han optado por dejar de radiar, qué bonita palabra, los partidos y dedicarse a crear empleo entre colectivos de exjugadores, exárbitros y hasta exmaridos con la característica común de ser humoristas frustrados. No pidan ustedes saber si el balón anda rondando un área o la zona medular, no pidan ustedes saber si los rivales presionan con denuedo o esperan agazapados, no pidan enterarse de lo que ocurre. Lo que les van a dar es un curso acelerado de baja comedia perpetrado por los más graciosos del vestuario y de las facultades de Ciencias de la Información que en el mundo han sido.

Entre chiste y chiste, el Betis metió un gol y debió ser también de chiste. Como pueden comprender, servidor reía a carcajadas ante el tanto verdiblanco, ante las ocurrencias de los contertulios y ante la inquietante mirada de ese maltratado decodificador al que anteriormente había ganado a los puntos en desigual combate. Mientras tanto, descansaba el bocadillo sin tocar encima de una servilleta de papel. Solo. Frío y huérfano. Había perdido el bocadillo la esperanza de acabar la noche calentito en un estómago cuando se oyó que Falcao aprovechó un pase que fue casi remate de Raúl García tras servicio de Arda, al que ayer imaginábamos de nuevo rizado. Tras el gol, las risas dejaron oír que el Atleti achuchaba, que el portero del Betis se erigía en figura y que era cuestión de tiempo el desnivelar la contienda. Animado por estas señales y dejándome empapar del clima humor reinante, ataqué el bocadillo casi helado, pero no tanto como el cuerpo que dejó el nuevo gol bético, una vez más de chiste. Hubo quien habló de la responsabilidad de Asenjo en los goles, hubo quien habló de la baja de un Courtois que encajó igualmente un gol acorde con los comentarios del gabinete humorístico habitual el domingo pasado, pero no hubo nadie que se acordara de Joel, que a la postre es el único que es de los nuestros desde chico.



Volvieron los equipos del descanso y anuncios de casas de apuestas (¿dónde quedaron esos spots del Restaurante Atrapallada y lo buena que hacen la lubina?) impidieron escuchar el penalti a Falcao y la expulsión que dejaba camino franco al Atleti. Se oyó que Diego Costa entraba en el campo tras el gol y marcó en el primer balón que tocó. Se descosió el Betis y se descompuso la grada tras polémica mano de Filipe y polémica mano con expulsión de un delantero verdiblanco con nombre de sopa y pasaron los minutos sin que pasara demasiado más allá de las chanzas de los comentaristas y los calambres en los empastes ante cada bocado del gélido bocadillo. Hubo tiempo aún para oír que un Raúl García recuperado brillantemente para la causa remachaba a placer otra nueva genialidad traída de Turquía y no hubo tiempo para más porque si lo hubiera habido, hubiera conllevado claro riesgo de ingreso por ataque de risa ante las mamarrachadas que se vertían en los estudios con pecera y micrófonos.

Hasta aquí esta crónica de oídas. Esta crónica ciega, como esas paellas con todo pelado que no acaban de tener la misma gracia que las otras. Una crónica desde la oscuridad que trae un resplandeciente segundo puesto. Una crónica de otros tiempos, de cuando no existía el payperview ni las plataformas digitales, de cuando se escuchaban los partidos por la radio y a la vez se veían en las salas de proyección de las cabezas. De cuando el balón, más amante que nunca besaba las mallas. De cuando los entrenadores del Atleti eran muy parecidos a éste que tenemos ahora. De cuando la radio deportiva era deportiva y no de variedades. De cuando el Atleti ganaba casi siempre y estaba en lo alto de la clasificación, como ahora. Fue ayer. Ayer mismo.

lunes, 30 de abril de 2012

Ensayo sobre la resaca


El sonido del despertador sacudió a Leónidas de su movido sueño. Había pasado la noche enrollándose y desenrollándose en la funda nórdica, levantándose mil y una veces al baño y a beber agua, tragando tabletas de antiácido con avidez y ocupando la cabeza con una pesadilla recurrente en la que una cajera de Mercadona desdentada le negaba el cambio para el carro con el consiguiente quebranto anatómico y moral para su persona. Se sentó en la cama despacio, midiendo los movimientos cuidadosamente para no ejercer más aceleración de la necesaria a su cerebro, convertido en esos instantes en sede organizadora de un campeonato mundial de bailes folclóricos a base de dulzaina y tamboril o algo sospechosamente parecido. Él, que era una persona coherente, no acudiría al fácil propósito de decirse que no volvería a beber. Él no era de esos. Él moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, aunque a éste último le hayamos visto morir mil veces y todavía no tengamos clara en qué demontres se basa su idea.

Visualizó sus próximos pasos al detalle. No era de esos que hacen caso a las recomendaciones de los demás para trances parecidos: “Tómate una cerveza en ayunas y se te pasa”, “Un buen vaso de zumo de tomate es lo mejor por sus propiedades depurativas”. Nada de eso. Él tenía claro que el problema estuvo en la mezcla. Ese chorrito de brandy en el café fue el que fastidió toda la noche. Esa pequeña dosis de licor extranjero y ajeno a lo que tenía en el estómago era la que había desencadenado la boca pastosa, el dolor de cabeza y las ganas de morir rápidamente. De esa burra no le iba a bajar nadie. Moriría con su idea, lo mismo que Juanma Lillo, sin hacer caso a los que aseguraban con tanta ligereza que el problema no estaba el brandy sino los diecisiete gintonics previos y posteriores…



El Atleti se desplazó a Sevilla para jugar un partido resacoso para ambos contendientes. De un lado, los béticos inmersos en noches con aroma a fino que terminan rayando el alba, del otro los rojiblancos nadando en la dulce resaca de la borrachera europea del jueves. Se jugaban más los otros que los unos, ya casi salvados. Se jugaban el poder seguir soñando con alcanzar esos puestos casi utópicos e incomprensiblemente lejanos la mayoría de las veces. Salió el Atleti con casi todo al campo y también con Salvio. Quedaban fuera de la titularidad Arda, sin duda revuelto de estómago tras sus últimas y brillantes actuaciones, Miranda y Mario, aunque a este último no se le presuponga más resaca que la propia de abusar del licor de las redes sociales. Salió el Atleti como al trantrán, parsimonioso, sin ganas de hacer ningún movimiento brusco que pudiera conllevar dolores de cabeza. Salió el Betis sin ganas de hacer daño y con olor a fritura todavía encima. Empanados o más bien enharinados los dos.

Aún así, casi sin querer, los nuestros se hicieron con un mando del partido relativo y cómodo. Era como una tregua dentro de otras batallas libradas. Un armisticio de juego pastoso y boca seca que fue suficiente para rondar el gol en alguna que otra ocasión. Era Salvio el que llevaba más peligro, a la portería contraria, no crean, pero no se llegaba a materializar ese dominio en goles. Algún ¡uy! y muy pocos ¡ays! resumen una primera parte resacosa. Prescindible. Funcionarial. Poca cosa. Se retiraron los conjuntos a la caseta…

– ¿Qué me dice? ¿A la feria se fueron?

– No. Y no fue por falta de ganas, ni de ellos ni del respetable.

Comparecieron los equipos en el segundo tiempo con la misma dinámica: “Pase usted”, “No, no, usted primero, que va cargado de ilusiones para llegar a Champions”, “No crea, a usted también se le ve con falta de un punto para asegurar la permanencia”. Se acercaba el Atleti pero no remataba. Salió Koke por un Diego exhausto y jugó muy buenos minutos ofreciéndose y llegando al área. Fruto de una de esas llegadas llegó un gol, así como si nada. Un gol mal defendido y tras fenomenal dejada de Falcao, para que luego digan que los delanteros centros son egoístas. Tan resacoso parecía el Betis que se fue el Atleti más para arriba tras el gol. Demasiado arriba tal vez. Tan cerca parecía el segundo y que empezó aparecer la sombra del empate. Recobró lucidez el Betis entre sevillana y sevillana y entre platos de gambas de Huelva y jamón con pan de picos. No solo empató sino que se pudo por delante en un par de jugadas plenas de posiciones adelantadas y manos blandas y temblorosas de nuestro portero.

Justo ahí, ahí mismo, nos dimos cuenta que toda resaca tiene aparejado su bajón correspondiente. Reparamos en que las plantillas cortas no pueden mantenerse de fiesta varios días seguidos sin sufrir consecuencias. Los que más y los que menos dejaron de hacer las cuentas para llegar a los manidos objetivos y se zambulleron en el dolor de cabeza habitual, el de casi todos los años. En los oídos zumbaba todavía la música de muchas otras noches: “¡Si no hubiéramos dejado escapar esos dos puntos de Santander!”, “¡Si se hubiera ganado al Sporting!” De casi nada sirvió el postrer gol del colombiano, que trajo algo de insuficiente justicia. Queda un sabor de pescado que no es del día. De mezclas de licores poco recomendables. Sí, lo pasamos muy bien en la fiesta del otro día, pero hoy tenemos poco cuerpo para nada. Nuestro hígado no da para tanta feria y tan seguida. Aún así, los hay que todavía piensan en poder llegar frescos y despejados a ciertas posiciones de la tabla y defienden sus argumentos con números e hipótesis peregrinas. Morirán con esa resacosa idea, lo mismo que Juanma Lillo…

lunes, 19 de diciembre de 2011

Diario de sesiones

Nueva entrega de las deliberaciones de los parroquianos que forman el senado atlético que nos fue presentado en la entrada "Extracto del diario de sesiones"

Acta de la última sesión ordinaria del periodo 2011 celebrada por el Senado Atlético representativo y autóctono del Bar Casa Maxi.

10:00 horas: Se inicia la sesión del senado atlético dos horas antes del comienzo del partido a pesar de las protestas entre bostezos de algunas de sus señorías por no romper las costumbres de la cámara. Preside la misma el actual arrendatario del local, Don Maximiliano Autillos, y modera y administra Don Santos Tenderete por su condición de parroquiano más veterano al ocupar el mismo taburete en el local desde hace veintitrés años.

Asistentes:
Don Maximiliano Autillos
Don Santos Tenderete
Doña Adelaida Minucias
Don Epifanio López de Pantorrillas y Rocamora
Don Arístides Ventolera 

Asisten como invitados el señor del frac del que desconoce su gracia que lleva visitando diariamente durante el último mes al arrendatario del bar, Sr. Autillos, en reclamo las tres últimas mensualidades del alquiler del local y la doctora Viviana Daniela Philipauskas Sosa (ver la entrada Derechos de Autor) en su condición de terapeuta del Sr. Ventolera.

Orden del día:

·         Antes del inicio de la sesión, la doctora Philipauskas explica su presencia en base a un experimento sobre el terreno para intentar comprender el por qué de la bipolaridad que asedia a su cliente, Don Arístides Ventolera. La doctora aporta que su paciente muestra estados de depresión cuando el equipo juega allende el Calderón y alegrías contenidas cuando juega en el coliseo rojiblanco, no descartándose al respecto ninguna hipótesis de antemano.

·         Por primera vez en los veintitrés años transcurridos desde la construcción del local, Don Santos Tenderete se levanta de su asiento para ofrecerlo de manera galante a la doctora, hecho que causa sorpresa en los asistentes e indignación en Doña Adelaida Minucias, quien muchas veces solicitó por los conductos habituales al Sr. Tenderete un cambio de ubicación en base a las corrientes de aire.

·         La cámara solicita al arrendatario del local una adaptación al horario matutino de las ofertas que en horario de tarde tan bien son acogidas por la concurrencia, sugiriendo el cambio del popular 3x2 en tercios de Mahou por el más procedente 3x2 en cafelitos cortados o tisanas de menta poleo. El Sr. Autillos declina la oferta ante los abucheos del respetable pero rescata de manera graciosa una caja de polvorones comprados con motivo del viaje de paso del ecuador de la hija del Sr. Ventolera a Palma de Mallorca que guardaba en la cámara frigorífica. Ante la textura basáltica que han tomado los polvorones desde su adquisición, más de tres años según algunas fuentes, los miembros de la cámara se acogen a la enmienda de volver a las ofertas vespertinas, pidiendo tercios de cerveza al grito de “Que sea lo que Dios quiera”.

·         Como medida excepcional, los miembros masculinos del senado acuerdan unánimemente otorgar a la Dra. Philipauskas del título de Excelentísima Señora Doctora, por la que será conocida a partir de ahora, en reconocimiento a sus piernas. La doctora acepta el cumplido azorada, pero se niega en redondo a que el administrador y moderador le condecore en el alto muslo con una escarapela conmemorativa de tan alta mención.

Sin más asuntos que tratar, la sesión se levanta, como de costumbre, cuarto de hora antes del inicio del partido, estimándose un receso de dos horas en vez de las dos horas menos cinco minutos acostumbrados, en previsión de la demora que en la salida del estadio pueden ocasionar los gritos de los señores senadores en contra del actual entrenador y de los dos gerentes que de manera tan desahogada llevan las riendas del Club Atlético de Madrid. La cámara repara en que, durante esta sesión prepartido, no se ha tocado tema alguno concerniente al equipo, lo que ya no es de extrañar dadas las prestaciones del mismo. Cabe reseñar que, alegando un ataque de gota, esa enfermedad tan común en los de su clase, Don Epifanio López de Pantorrillas y Rocamora anuncia que se quedará en el bar viendo el partido con el Sr. Autillos, lo que es aprovechado por el señor del frac para hacerse, previa petición, con el abono del Sr. López de Pantorrillas.

Deben reflejarse fuera de acta los muy positivos comentarios que, una vez parroquianos e invitados desalojaron el hemiciclo, los señores Autillos y López de Pantorrillas dedicaron a la anatomía de la Excma. Sra. Doctora, quedando aceptado, sin ninguna oposición, el apelativo de “diosa de los cognitivo” como el que más se acerca para describirla.



12:07 horas: Se vuelve a levantar la sesión alcanzado el quórum necesario y contando de nuevo con la presencia de los invitados.

Disposiciones finales:

·         Por unanimidad se acuerda tramitar urgentemente, mediante correo certificado si es posible, escrito a las altas instancias de la sociedad, esto es el señor que da vueltas compulsivamente a la M-30 y sus dos representantes de cabecera, rogando la inmediata dedicación de los mismos a regentar una escudería de fórmula turismos en la que el susodicho premiado gestor ocupe la plaza de piloto habitual, que es lo que le llena realmente aparte de llenarse los bolsillos. Durante las siguientes sesiones se estudiara la idoneidad de habilitar huchas recaudatorias en lugares estratégicos para ayudar a la tan gravosa transición.

·         Asimismo, se acuerda ponerse en contacto con la oficina del INEM más cercana de cara a que vayan teniendo preparado el expediente del Sr. Manzano. Bien es sabido que todavía le queda un partido de gracia en base a las telarañas que habitan en la caja del club, pero lo de los cambios de hoy solo puede calificarse como una provocación para que le despidan fulminantemente.

·         Se acuerda por mayoría simple realizar mención especial al partido de Don Paulo Assunçao, jugador que por ser calladito, suele aguantar con estoicismo estancias incomprensibles en el banquillo cuando sus competidores demuestran en cada ocasión su incapacidad para pasar de la velocidad de trote.

·         Este senado no se explica el silencio de la grada durante los primeros sesenta minutos de partido. Durante el encendido debate, se baraja la posibilidad de atribuir a la masa memoria de pez y conformismo a partes iguales, para acabar, de nuevo recurriendo a la memoria, anunciando el estado de excepción que debe traer aparejado la clasificación del equipo. Se admite a trámite la propuesta del Sr. Ventolera quien, en un alarde de su pesimismo bipolar, califica la temporada de muy parecida a la del descenso.

·         Finalizando la sesión, la Excma. Doctora Philipauskas toma la palabra para argumentar con la superioridad que otorga estar aupada en tan excelentes piernas, que comprende por fin el quebranto de su paciente y que su diagnóstico se inclina hacia “la ansiedad provocada por el hecho volitivo que se enraíza profundamente en el yo omnisciente que tan bien estudió Fromm”, lo que al no ser entendido por ningún miembro del senado ni por el señor del frac, se aprueba unánimemente.

Sin más temas que tratar, se levanta la sesión hasta el próximo miércoles, día en el que se ha fijado la siguiente sesión extraordinaria copera.

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¡Qué piernas, Maxi! ¡Qué piernas! –añadió Santos Tenderete desde la atalaya de su taburete cuando la sala de plenos del senado atlético ya había sido desalojada –, anda, sirve una tapa de callos con garbanzos para mi y otra para el señor del frac, que se ha quedado algo compungido con el resultado….