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lunes, 25 de noviembre de 2013

De monos, fríos y Calippos

Si el sábado por la noche ustedes tuvieron a bien darse un garbeo por los alrededores del Calderón o por boites y otros lugares de alterne en los que el aficionado rojiblanco gusta de ver los partidos de su equipo, inmediatamente detectarían un par de detalles: uno, que hacía un frío que pelaba, un frío muy adecuado para poner un partido a las diez de la noche, un frío de los que llenan las urgencias de gente tosiendo y las farmacias de guardia de ciudadanos con la nariz roja y la voz de Marlon Brando y dos, que todos los seguidores colchoneros iban acompañados a donde fueran de un mono. Sí, sí, de un mono. Como Marco, pero a la rojiblanca, que siempre tiene más gracia.


La consecuencia más llamativa de estos parones de selecciones tan antinaturales, tan a desmano, es la aparición de un mono al lado de cada aficionado. No ocurre esto con los hinchas de todos los equipos, no. Los hay a los que les da igual eso de estar quince días sin ver a los suyos sobre el campo, los hay que se alimentan de tertulias llenas de gritos y venas del cuello a punto de explotar. Los hay que se nutren de portadas de diarios deportivos que parecen editados en Lisboa o Braganza, por lo lusitanos que se vuelven en ocasiones así, y más en ésta. Los hay a los que les basta con mendigar balones dorados para jugadores con tendencia a la cabriola argumentando que al susodicho le hace mucha ilusión tener un balón de ese material para hacer juego con las dentaduras de varios de sus familiares. Hay gente pa’ tó, como decía aquel. No es así en cambio el aficionado a nuestro Atleti. El seguidor rojiblanco echa de menos al equipo de la misma manera que hace unos años, aquellos oscuros años antes del advenimiento de Simeone, le echaba de más y necesita su doble ración semanal. Su dosis en vena de emoción, de presión asfixiante y de intensidad. Su chute de evasión que le transporta a un mundo de esfuerzo, de sudor derramado y de brillantez e inspiración, que de eso también hay mucho aunque se diga menos. Por todo lo anterior, el hincha del Atleti nota brotar de su interior un mono que dependiendo de la circunstancias puede llegar al tamaño de un gorila de lomo plateado. Sin más remedio que aguantar los devaneos del calendario el fiel seguidor asume su condición de padre putativo del mono y le saca de casa, le apunta a clases de inglés después del colegio y si sale a tomar algo a media tarde le pide un trinaranjus del tiempo, que estos fríos para los simios de climas tropicales son proclives a la faringitis. No era raro en los últimos días presenciar el encuentro de dos vecinos de abono en cualquier calle y comparar los tamaños de los monos que el parón les había otorgado: “Pues el suyo ya está muy crecido”, decía un contable con asiento en tribuna baja comparando su mono con el de un abonado de tres filas más abajo que lo llevaba de la mano mientras el macaco lamía un chupachups con fruición.


Si ustedes le cuentan esto a otros, e incluso si osan contarle esto a uno de esos otros que ustedes saben, no les creerán y les mirarán como solo esos otros suelen mirar, siempre por encima del hombro, pero ya saben que, como en tantas otras cosas, ellos se lo pierden. Ellos no saben disfrutar de esas pequeñas cosas como la emoción de asistir a la función navideña del mono disfrazado de pastorcillo…




Saltó el Atleti al campo y el público y los monos acompañantes que se atrevieron a desafiar al frío aplaudieron a rabiar. Saltó también el Getafe y se presentó para la ocasión vestido de Calippo lo que de por sí es un punto negativo en un equipo que al que suscribe le cae medio mal por su presidente y por dar asilo político a una pléyade de mediapuntas. Puso el Cholo en liza a los habituales salvo Godín, al que suplió Darth Vader con solvencia y torería, y Diego Costa, que fue dejado por precaución en la banca siendo su lugar ocupado por Raúl García. Comenzó el partido a temperaturas ambientes, es decir frío y algo desangelado. Miraba la concurrencia a su derecha y a su izquierda y allí seguían los monos, comiendo pipas sin pelar, lo que es de agradecer dada la basura que se acumula en el estadio. Tras el calentamiento inicial, fue Arda en connivencia con los laterales, espléndidos de nuevos en despliegue y profundidad, el que templó el partido a base de aparecer por todas las zonas ofreciendo sus gotas de arte bizantina. Se ha echado de menos al turco en su ausencia, puede seguir funcionando el equipo, pero de un modo menos especial.


Achuchaba el Atleti a balón parado y fue de esa manera como el titular de la cátedra de jugadas de estrategia Don Jorge Resurrección puso el primer gol en la cabeza del titular de la cátedra de llegadas y goles abrelatas, Don Raúl García I de Navarra. Continuaba el asedio al marco de un equipo Calippo que ya mostraba claros síntomas de derretimiento cuando, casi sin querer, llegó el segundo en forma de autogol tontuelo. Tontuela fue también la expulsión de Valera, ese supuesto lateral que se nos vendió en su día como el carrilero del futuro y que, a pesar de dejar de lado su pelo ochentero, demostró que debajo sigue sin haber demasiado.


Arrancó la segunda parte con el Calippo prácticamente licuado y golpearon otra vez Villa en boca de gol y Raúl García cabeceando de nuevo. Justo en ese momento, la afición ya entrada en calor reparó en que habían desaparecido los monos con los que habían accedido al estadio, al haber cumplido estos la función que se les encomienda, la de acompañar al hincha lleno de morriña por no poder ver a los suyos en el campo. No crean que algún aficionado no se alarmó ante la ausencia de los simios, los hubo incluso que se acercaron a un puesto de control pretendiendo que desde megafonía llamaran a un mono pequeño con forma de tití que vestía plumífero azul marino y pantalón de pana gorda. Terminó la desazón de golpe cuando el estadio presenció la obra de arte que Diego Costa tenía guardada para los pocos minutos de los que disfrutó. El de Lagarto se hizo sitio y giró el cuerpo para enganchar una chilena que de ser ejecutada por otro jugador hubiera acarreado la emisión urgente de varias cartillas de cupones para tazas de café y edredones con la foto del lance inmortalizado para la posteridad.



Moría el partido y todavía hubo tiempo para que la conexión astur, esto es Villa y Adrián, redondeasen la cuenta ante el alborozo de una afición que ya no se acordaba del mono de los últimos días ni de los parones que apetecen como acompañar a la suegra al callista. Marchaba el respetable feliz a sus casas y había olvidado el frío, la hora y el aburrimiento de la última semana pero guardaba en sus retinas la nueva exhibición de los suyos. Guardaba un gol de bandera y un partido completísimo ante un rival con sabor lima-limón. Comentaban los aficionados los distintos lances vividos de camino a sus vidas y algún despistado preguntó a otro porqué llevaba una cazadora pequeña y una bufanda rojiblanca tamaño infantil en la mano y éste no supo contestar. Recordaba lejanamente que acudió al partido de la mano de alguien, de un mono tal vez, pero no fue capaz de hacer más memoria. Estos chutes de fútbol que el Atleti proporciona dejan estos maravillosos efectos secundarios.

lunes, 8 de abril de 2013

Empacho de torrijas y soserías


Ya de entrada se vio que la cosa pintaba sosa. La parroquia andaba todavía sacudiéndose el recuerdo ya casi lejano del empacho de torrijas, de las procesiones en las zonas peatonales del casco viejo de la ciudad y de las procesiones en la A-3 desde Chinchilla, sentido Madrid. La gente rumiaba el recuerdo de las vacaciones pasadas por una manta de agua y fue ayer salir un rayito de sol, aunque fuera pequeño y enclenque y se echó a las calles y parques sin gana ninguna de ver fútbol. Si a todo eso le suman ustedes que la representación se estrenaba en ese estadio tan desangelado del sur de  Madrid con nombre de jugador con maneras de veleta a la hora de repartir sus amores entre esos dos equipos que empachan más que las torrijas bien empapadas, verán que la cosa no podía ser de otra manera que sosa. Muy sosa.

Aparecieron los contendientes en el campo y al ponerse de cara al palco para el besamanos prepartido, repararon en la curiosa circunstancia de que los mandatarios de ambos conjuntos, presidiendo para la ocasión muy juntitos, se consideran simpatizantes abierta o soterradamente de otro equipo de Madrid que ayer no jugaba en Getafe y que no es el Rayo Vallecano, lo que tal vez pudiera haber echado un poco de sal al asunto, soso ya de por sí, pero nada, ni por esas. Salió el Atleti mejor y parecía que la cosa iba a ser un coser y cantar de esos a los que nos hemos acostumbrado desde que Cholo llegó a nuestras vidas. No es que la cosa fuera brillante, no. Los nuestros demostraban superioridad pero una superioridad algo insípida. Le faltaba al guiso una pizquita de algo. Aún así llegaban los nuestros con claridad y solamente la sosería en el remate de ese hermano gemelo de Falcao separado minutos después de nacer que lleva jugando con la rojiblanca en los últimos partidos nos privó de coger ventaja.  

Pintaba la cosa tan sosa que, siguiendo esa moda que de tan rabiosa actualidad se ha puesto en todos los campos de España, la afición en pleno del Getafe, cuarenta y nueve personas para ser exactos, la tomó con Diego Costa más que nada para animarse un poco. Para echar la tarde, que es un término que gusta mucho al que suscribe, porque los días salen y se pasan pero las tardes se echan. Dominaba el Atleti de manera anodina, dominaba pero poco, dominaba casi sin ganas, dominaba sin querer molestar. Dominaba pero pase usted primero que va cargado y además le sujeto la puerta que pesa un quintal ¿Qué tal el mayor? Estudiando agrónomos ya. Nos hacen viejos, ¿eh? ¡No lo sabe usted bien! ¡Y más con este tiempo que tengo el reuma que me está matando! Calle, calle, que arrastro yo un empacho de torrijas desde la semana pasada….



Así, entre fruslerías y conversaciones de ascensor sosas se llegó al descanso y comparecieron de nuevo los protagonistas para seguir con su puesta en escena insulsa. Enseguida se dio cuenta Simeone de que la contienda seguía por los mismos insustanciales cauces y sacó a Óliver al campo quitando a Koke, lo que a opinión del abajo firmante no debería haber ocurrido estando en el campo Adrián, que lleva un año con una sosería en todo lo alto que dan ganas de ponerle un cartel de transferible con letras gordas. La presencia de Óliver animó algo pero no venció la batalla a la sosería reinante y fue justo en este punto, harto posiblemente de tan poco y tan soso, cuando el trencilla de turno, en coalición con Miranda, Godín y sus despejes vagos en ocasiones, decidió echar sal a la cazuela pitando fuera del área un penalti que no fue y expulsando a Mario Suárez tras ver dos tarjetas muy de las que suele ver él. Tarjetas ni fu ni fa. Tarjetas de amarillo pálido. Tarjetas con color de espárragos de lata.

No hubo manera. Ni con ese toque picante que el estamento arbitral, esos orfebres del error del bulto, quiso aportar la cosa dejó de mostrarse sosa. Finalizó el partido con la sensación de que se habían perdido puntos. Deja el partido una sensación de ni frío ni calor que no acaba de gustar. Pareciera que se tratara de un partido primaveral de esos, ya con horario de verano, en los que tradicionalmente en Atleti no acaba de jugarse nada más allá de cuestiones menores. No es lo mismo ni de lejos, no jugarse nada por tener todo perdido, que por tener los deberes casi hechos, pero preocupa algo, la verdad. Preocupa por la sosería saboreada. Preocupa porque habrá habido algunos que tras ver el partido renegaron de la decisión de verlo cuando podían haber echado la tarde en el parque tomándose un Aquarius de naranja, que cosas más fuertes no se pueden tomar tras el empacho de torrijas que se arrastra como una condena desde hace unos días.

jueves, 13 de diciembre de 2012

De horarios, equipos que caen medio mal y delicias turcas


–…¿y a mí qué con lo de que te lleves la bufanda? A estas horas un miércoles solo sale a la calle gente de mal vivir y poco orden, Lucio.

– Mujer, son cosas de los derechos televisivos y de los horarios.

– Pues le dices al que los ponga que estos horarios son de ir a la whiskería, no de eliminatorias de Copa, por mucho que éstas sean a doble partido…


Jugaba el Atleti la ida de su eliminatoria de Copa a deshora, en un horario puesto a traición. En un horario que invita al brasero y a taparse con el faldón de la mesa camilla, no a salir de casa para pasar frío. Seguramente los prebostes del balompié patrio dirán muy serios que estos horarios sirven para estratificar los públicos objetivos a los que el producto debe impactar u otras frases igual de peregrinas aprendidas en un máster de marketing por correspondencia certificada. Se oye decir que si la saturación de partidos, que si los virus FIFA y que si debiera haber fútbol en navidad porque es una cosa muy inglesa, no tanto como el fish and chips, pero cerca le anda. Uno casi agradece que las preclaras mentes que rigen los designios del balón no programen encuentros en navidades evitando así el riesgo de que pongan un Balompédica-Calvo Sotelo a las 22 horas del día 24 o un Montañeros-Puerta Bonita a las 23 del día 31, eso sí, repartiendo cotillón y uvas de la suerte al descanso. Lo cierto es que casi es mejor dejarles a sus cosas, a reclamar si la piedra en la que van a asar el lomo de buey está lo suficientemente caliente o a negociar si las gambas entran en el precio del menú degustación, cualquier otra pretensión sería peligrosa dada su tendencia a pensar con la misma parte de la anatomía en la que las avispas tienen su aquel, esto es, el trasero.

Salió el Atleti para enfrentar al Getafe y lo hizo frío, como la noche. Puso Simeone en liza al equipo titular menos Falcao, por problemas musculares, y uno se preguntaba si la poca gente que había en el estadio se debía al horario, al frío o a una masiva peregrinación de la afición al centro de salud más cercano para tratarse de urgencia los primeros síntomas de una galopante diarrea combinada con episodios de ansiedad por no saber el alcance del mal que aqueja al rematador colombiano. Empezó bien el Getafe, equipo que, probablemente sin motivo, a servidor le cae medio mal sin tener claro si es por la cantidad excesiva de mediapuntas o de extramposos que moran en su plantilla. Pudiera ser también por las simpatías de su presidente por el equipo de las mocitas y el señorío, pero al cierre de estas líneas he podido descartar esa teoría al tener como claro contraejemplo a otro presidente, Enrique Cerezo, que es forofo del equipo Nessum Dorma sin suponer ello menoscabo para que el equipo que preside, cooperando necesariamente, me caiga requetebién.

Les contaba eso de que no salió mal el Getafe y es que en los diez primeros minutos salvó Thibaut I de Gante dos remates con mala idea a raudales de esos que complican eliminatorias. A esas oportunidades se sumó, confirmando que éste no parece su año, la lesión de Adrián, víctima de una torcedura de tobillo acaecida a mayor gloria de ese colegiado librepensador y contracultural que es Mateu Lahoz. Es curioso cómo el césped de los campos en los que pita el árbitro favorito de The Special K, se siembra de jugadores contusionados, doloridos y hasta violados (de manera dulce, claro), mientras el trencilla pasea sus principios de que el show debe continuar sin que haya faltas que lo afeen.

Se repuso el Atleti pronto, sí, y lo hizo principalmente de la mano de Diego Costa. Cuando Costa está centrado, cuando se dedica a sus regates con tropezón, a sus caídas atropelladas a banda y a sus arrancadas de toro encastado, es un jugador no sólo válido, sino casi imprescindible en una plantilla como la nuestra. Ayer se comportó así y completó un gran partido adornado por dos goles, uno de ellos de penalti, lo que pudiera usarse para valorar cómo maneja la relación con cierto tipo de jugadores de carácter más voluble el Cholo.



Con el marcador a favor se entonaron los nuestros. Hubo momentos de buen fútbol, no de buen fútbol de ese que tan de moda está que solo promulga el amasamiento cansino del balón y mirar más al porcentaje de posesión que al resultado, no. Hubo fútbol del que gusta a Simeone y a algún otro como por ejemplo al que suscribe: combinaciones eléctricas y salidas de balón rápidas, oportunidades y hasta un esperanzador mejor aspecto físico en jugadores a los que en partidos anteriores se veía cansados, como Gabi, Mario o Juanfran. Discurría el partido por cauces plácidos. Dominaba el Atleti y se desinflaba el Getafe a cada minuto. Y entonces, junto entonces, al excelentísimo señor Don Arda Turan le dio por destapar el tarro de esas esencias traídas del antiguo Bizancio que solo él atesora.

Cuando Arda toma el mando de las operaciones, pareciera que el campo se vuelca hacia su lado. Dicen los más creyentes de esa nueva religión ardaturanista que tantos adeptos congrega, que existen corrientes tectónicas a varios kilómetros de profundidad bajo la corteza terrestre que hacen que el Calderón se convierta en una cuesta debajo de derecha a izquierda que no es más que la continuación de la bajada de Pontones hacia Carabanchel. Aprovechando ese pendiente favorable empezó a sacar el turco su repertorio de gambeteos, taconazos y quites pintureros, casi siempre con Koke (una vez más, imponente) y Filipe como cómplices de su duende. Fue el lateral brasileño el que aprovechó un disparo seco del turco para afianzar la ventaja y aún hubo tiempo para un tercer gol, el segundo de Costa, para dejar encarrilada la eliminatoria.

Deja el Atleti los deberes hechos antes de las navidades en la competición de Copa, esa que tan bonita es cuando se llega lejos en ella. Deja el equipo buen pálpito antes de afrontar la salida al Campo Nuevo, en lo que será el choque entre los dos mejores equipos de nuestra liga, por más que pese a algunos. Deja a un Costa redimido tras sus chiquilladas anteriores. Deja la sensación de que los equipos a los que pasa por encima son más flojos de lo que realmente son, lo que debe ser contabilizado en el haber de los nuestros. Deja a un Koke colosal y a un Arda genial. Deja atisbos de la presión de inicio de temporada y deja a la afición caliente por dentro y helada por fuera como consecuencia de unos horarios que anteriormente intentaron enganchar al público asiático y en la actualidad buscan fidelizar al aficionado atlético de la Guayana Francesa. Deja bastantes cosas, la verdad.



– ¡Uy! ¡Qué pies más fríos! Anda Lucio, que vienes tarde y con mal recado…

– Mujer, es cosa de los horarios….

lunes, 2 de abril de 2012

Alarmas y tempranos despertares

De un tiempo a esta parte, los domingos ya no son días para alargar perezosas mañanas ni son jornadas para abandonarse a descansos y porras. Ahora son días de alarmas y despertadores. Los horarios que nos otorga la liga con ánimo de captar fidelidades de asiáticos de media tarde y americanos insomnes, obliga a los atléticos a programar la alarma dominical como si fuera un martes cualquiera. Los silenciosos amaneceres son rasgados por esos estridentes pitidos que sirven de inicio para que los nuestros se lancen a ejecutar la misma mecánica danza de cada día: el café bebido, las abluciones con ese agua que nunca deja de estar demasiado fría o alarmantemente caliente y la búsqueda en el armario del disfraz acostumbrado. Los hay incluso que, llevados por la rutina se ponen un traje de chaqueta desgastado por el uso y se anudan la corbata o se plantan los tacones de presentación apoyada por powerpoint. Eso sí, se ponen su bufanda del Atleti al cuello, que una cosa es estar dormido y otra muy diferente es no saber que se trae uno entre manos.

Salen los atléticos de sus portales a pisar las calles frescas, recién puestas y se cruzan en su camino con las razas que pueblan esos horarios en días festivos: damas de chándal ajustado y cinta en el pelo que hacen marcha acompasando una respiración que recuerda a locomotora antigua; perros que pasean a sus dueños; jóvenes tambaleantes de vuelta a la patria del hogar tras haber vencido de nuevo la batalla librada contra otra larga noche y jubilados encorvados por el peso de periódicos dominicales y sus interminables coleccionables. A esa jungla salen los aficionados rojiblancos ya algo más despejados. Los integrantes de esas otras razas de los amaneceres les saludan educadamente, aceptando ya al simpatizante atlético como uno más de los suyos, como uno de los gusta recibir los domingos a porta gayola. Ya de camino al estadio piensan los aficionados que a lo mejor se pueden permitir una cabezadita que dure lo que tarde el vagón en llegar a Pirámides y cuando intentan arrebujarse en su asiento notan una incomodidad que les impide cerrar el ojo mientras se preguntan por qué leches se habrán puesto esos taconazos o esa corbata tan fea que tan poco marida con sus colores rojos y blancos.



Se sentaron los atléticos en sus localidades todavía con el zumbido de la alarma de los despertadores resonando en sus cabezas y percibieron alarmados tres circunstancias que podrían ser relevantes: una que en la alineación del Cholo faltaban Adrián y Koke, medida tal vez hasta necesaria por la sobrecarga de minutos que lleva esta plantilla paticorta. Dos, que el rival del sur de Madrid salía con un terno amarillo limón Fukushima que hacía daño a las pupilas todavía no demasiado acostumbradas a esas horas a ciertas gamas cromáticas, y tres, que sobre la sagrada camiseta rojiblanca se veía publicidad después de tanto tiempo de dimes y diretes sobre patrocinadores muy principales que morían y extendían cheques en blanco por colocar su anuncio sobre el pecho de los nuestros. Cuentan los más viajados que la cadena de hoteles hermanada es un referente en Oriente Medio y varias ex repúblicas soviéticas, lo que nos entristece al pensar lo bien que nos vendría que fuera un referente en Gandía o Nerja y poder pedir descuento colchonero en la primera quincena de julio, y lo que nos alegra esperanzadoramente al pensar en una hipotética reacción de los mandamases del emporio hotelero cuando repararan en que faltan toallas y champús anticaspa tras una visita de cortesía de nuestra directiva a sus instalaciones.

Empezó el partido sin que los jugadores fueran demasiado conscientes de su inicio, los primeros compases de la contienda fueron mecánicos, prescindibles tal vez. Jugados de la misma manera en la que te preparas un café madrugador, sin saber muy bien si llevaba sacarina, ni si era tueste natural o torrefacto. Se sucedían patadones e imprecisiones, se alternaban dominios infructuosos y en el respetable cundió la alarma ante otro posible partido lleno de casi nada. Llegados a este momento, se miraron Diego y Arda y decidieron que no querían ver pasar el balón por encima de sus cabezas más de lo estrictamente necesario. Para ello, ambos dos dieron unos pasitos para atrás y empezaron a levantar paredes entre ellos que fueron tabiques sobre los que se cimentó la victoria de ayer. Hemos echado de menos a Diego, sí. Tal vez nos haya venido hasta cierto punto bien su baja para darnos cuenta de lo importante que es un jugador de su corte para según qué empresas y para acostumbrarnos a su ausencia, dadas las perspectivas económicas de la entidad para poder pagar por la propiedad del brasileño. Despertó el Atleti y lo hizo de golpe por mediación de un gol de Salvio, ese jugador que hace de lo involuntario virtud. Colocó el argentino un cabezazo a la escuadra contraria desde lejos, sin marcar los tiempos, golpeando al balón con un hueso craneal todavía por investigar y sin girar el cuello, esa parte tan ignota de su anatomía.

Tras el gol, el Getafe se diluyó alarmantemente como azucarillo en café mañanero y el Atleti se desesperezó del todo. Llegaron dos goles más, uno de ellos lleno de papeles cambiados con Falcao centrando y Diego cabeceando y remachando. Llegó otro de Falcao tras meritorio centro del incansable Juanfran. Siguió Diego a lo suyo, buscando a Turán y a los laterales. Se atisbaron un par de arranques y cortes de un Mario ayer más entonado, que sirven de débil argumento a sus partidarios. Llegó un reconocimiento justo y siempre necesario a Perea por ser como es, con sus errores y sus muchos más aciertos y se produjeron cambios con espíritu de rotación y de tribunerismo para que varios de los artistas pudieran llevarse una ovación mañanera.

Victoria sin alarmas. Victoria que acerca a la zona menos rebajada de esta liga de saldo. Se espera que esta victoria sirva de punto de apoyo para la semana de pasión que espera a los nuestros. Primero irá el equipo a Hannover a jugarse el sueño de la temporada y nosotros haremos procesión con ánimo de buscar un sitio en el bar del camping para verlo mientras digerimos con estoicismo la sobredosis de torrijas y potaje con bacalao. Más tarde, el próximo domingo, nos jugaremos muchas opciones para seguir mínimamente ilusionados en esta liga nuestra. Será también a mediodía. Será también un día de alarmas y de despertares prematuros. Da igual que estemos o no de vacaciones o que nos invada la pereza de la operación retorno. Volveremos a levantarnos pronto, a conocer las alineaciones taza en mano, a cruzarnos por la calle con esa señora tan bronceada del sol de la mañana y a sorprender con nuestra temprana presencia a la hija de el del segundo despidiéndose ansiosamente en un hueco del portal de su penúltimo noviete. Vayan poniendo ustedes la alarma…

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hablando desde el intestino

Hoy les voy a hablar sobre el proceso productivo de la Agonía. Uno, se acerca al Calderón o se sienta delante del televisor y se concentra todo lo que puede y le dejan en el partido que está viendo. Más o menos a la altura del descanso, en esos momentos en los que el espíritu se engrandece gracias a la contundencia de un bocadillo, uno ya sabe lo que más tarde o al día siguiente contará a los muchos o pocos que tiene a bien perder una fracción de su tiempo leyendo las tonterías que se le ocurren. Ayer no fue distinto. Servidor tenía en la cabeza un bosquejo sobre lo que contar como tantas otras veces, pero visto lo visto, esa historia se perderá. No compartiré con ustedes esa historieta nonata y la dejaré amarillear en un rincón de los sesos. Allí cogerá olor a cerrado y se mezclará con otros pensamientos hasta convertirse en un batiburrillo sin forma que lo mismo se compone del fin del plazo voluntario de pago del IBI, que de lo que la presencia de Tiago mejora la circulación del balón del equipo contrario. Finalmente, se perderá. Acabará reposando en un sitio ignoto y nunca más volverá. Probablemente sea lo mejor para todos.

Hay veces que es mejor dejar la racionalidad a un lado y dejar que las ideas salgan desde otros lugares. Después del partido de ayer, el cuerpo pide a uno dejar que las palabras salgan del vientre. Concretamente del intestino grueso. De allí salen frases digeridas pero salvajes, ricas en nutrientes pero regadas con la bilis acumulada en noches como la pasada. Del intestino no salen oraciones que alimentan debates sobre trivotes ni sobre jugar con dos puntas y con carrileros largos. Al mondongo le dan igual los sistemas. Ya puede su equipo jugar con cinco atrás o despreciar las bandas que a sus tripas se la refanfinfla. De allí solo se expulsa rabia o pura alegría, dolor o amor sin envolver. Sensaciones en bruto. Ideas que distan mundos de estar edulcoradas.



De allí mismo, hoy nos brotan las ganas de soltar que es una vergüenza lo que vimos. Nos sale preguntar lo de cuántas veces más es necesario hacer el ridículo para que alguien o todos reaccionemos de una vez. Nos sale pedir cabezas. Nos nace una rebeldía que esperemos tarde en evaporarse al ver cómo se pisotea sistemáticamente una historia. Se nos genera una envidia completamente insana al ver cómo el colista nos da lecciones de actitud. Nos da más envidia todavía si antes de nuestro partido hemos visto el encuentro de ayer en San Mamés, un homenaje al fútbol. Nos salen muchas cosas, tal vez demasiadas. Es lo que tiene eso de irse a la cama con un cabreo antológico. Uno duerme mal, cosa que no se podría asegurar de muchos de los actuales empleados cuya nómina paga el Club Atlético de Madrid Sociedad Anónima Deportiva, y se levanta con el intestino en pie de guerra. Con ganas de no volver a perder tardes ni noches asistiendo al bufo espectáculo. Con deseos de borrarse de alguna lista si eso fuera fácil.

Tras episodios como el de ayer, solo les pido, si me permiten el atrevimiento, que cuando alguien escriba o parlamente sobre objetivos, sobre crecimientos, sobre calidades de plantillas comparadas, sobre conjuras o sobre grupos unidos para sacar esto adelante, tomen aire despacio, no con superficialidad, de manera pausada, llenando torax y sobre todo abdomen. Dejando que el oxígeno despierte a sus normalmente tranquilos intestinos para que de ellos broten las crudas palabras o, en su defecto, una sonora pedorreta. Lo que la ocasión requiere y merece la mayoría de las veces. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

Los protegidos

Los dos se miraban sin saber muy bien qué narices hacían allí. Ambos recordaban un ruido muy grande, luego, vueltas y más vueltas, después, los recuerdos se perdían en la confusión del momento. Sólo podían recuperar retazos: humo, señoras en el suelo a las que la falda se les había subido a la cabeza mostrando una ropa interior que distaba bastante de ser sugerente, huérfanas dentaduras postizas sin Algasiv, olor a carburante, bocadillos de filete empanado pegados al techo, néctares de frutas tropicales derramados, etc. En fin, el infierno de Dante en versión autocar de línea volcado en la cuneta de una carretera comarcal.
Ahora se encontraban en una habitación desnuda. Sentados en dos incómodas sillas y frente a una mesa simple aunque funcional de fabricación sueca. Todas las paredes estaban forradas salvo una ocupada en su totalidad por un espejo tras el cual se oían voces envidando a grande, a chica y a pares si los llevas. De repente la puerta se abrió y apareció un tipo vestido de negro, con tirantes para sujetar los pantalones de tiro bajo y con unas bolsas debajo de los ojos que denotaban insomnio, una reciente paternidad o un reciente casamiento.
– ¿Saben ustedes por qué están aquí? –inquirió el de los tirantes con una amargura aclaratoria de que eran por insomnio.
– No lo tenemos claro –admitió el de cara chupada erigiéndose así en portavoz de la pareja–. Solo recuerdo un accidente ¿Qué ha pasado?
– ¿Qué hacían ustedes en el autocar? –siguió preguntando el inquisidor eludiendo la pregunta anterior.
– Pues íbamos a echar el día a Cuenca ya que no contamos mucho, que cuando llegan estas fechas uno se anima a salir más. Además aquí mi amigo y compañero, por su condición de expatriado, iba a aprovechar para hacerse una mejor idea de las distintas realidades que componen esta piel de toro y para olvidar la saudade que le embarga cuando llega el carnaval –contestó de nuevo el más locuaz de los dos.
– En el accidente, sin ser mortal, se han producido varias luxaciones, brechas que requieren puntos y ataques de aprensión y ansiedad. Pero, ustedes están ilesos, ¿No les extraña? ¿No les parece raro que ustedes no tengan ni un rasguño? Intenten hacer memoria, ¿Alguna vez se han lesionado aunque sea un tironcito? ¿Alguna vez se han quemado con el aceite que salta cuando se tarda demasiado tiempo en echar las croquetas congeladas a la sartén?
– Pues ahora que lo dice, no caigo. La verdad es que siempre he sido un niño muy sano a pesar de mi aspecto paliducho. Y aquí mi compañero me confesó hace unos días que nunca se ha puesto malo, ni con un vil catarro. Aunque claro, él viene de otros climas más benignos.
– ¿Y pensarán también que es una casualidad que los hayan fichado de Osasuna y de Corinthians? Les llevamos siguiendo desde hace tiempo, jóvenes. Son ustedes el resultado de un proyecto mitad experimento y mitad chiripa ideado por su actual entrenador. Él, mediante artes oscuras transmitidas de manera oral por sus antepasados romanís, quiere reunir un ejército de superjugadores fichados en el mercado de invierno, jugadores que antepongan la gestión de sensaciones apostrofadas al buen juego. Ustedes son los primeros. Pero no estábamos seguros del todo. Este accidente ha sido la prueba definitiva.
– Pero, ¿cómo han podido ustedes provocar un accidente para constatar una teoría absurda? –dijo de nuevo el extremo alicantino con un punto de sobreactuación–. Con nosotros venía gente inocente. Incluso venía con nosotros Domínguez, que como tampoco le dan bola se ha apuntado a última hora.
– Daños colaterales –dijo sin inmutarse el señor de negro–. No todo el mundo puede pertenecer al grupo de Los Protegidos. Además, Domínguez de inocente tiene muy poco. Dice el jefe que es culpable de casi todo.

Afrontaba el Atleti el partido en Getafe sin contar con los protagonistas de esta historia, los protegidos del primo de la intérprete de Sarandonga, en el equipo titular y sin el jugador que se ha convertido en daño colateral de la defensa. Será que lo hace el técnico por darle solidez al elenco, solidez de la que se dio una nueva muestra al encajar un gol nada más sentarnos delante de la tele, todavía con la espuma de la cerveza sin asentar, todavía con el precinto de garantía puesto en la lata de las aceitunas gazpachas. Un gol de esos que sonrojan y hacen que te dé por mirar a los lados para desear que nadie se haya dado cuenta. Un gol de los que nos meten sólo a nosotros.
Noticia ha sido de nuevo la no repetición de la alineación. Los descreídos pensamos que es o porque el técnico no lo tiene claro o porque quiere despistar a los mozalbetes atléticos para que no puedan recitar de carrerilla el equipo tipo, viéndose obligados a aprender la plantilla entera. Profundidad de banquillo lo llama Sánchez Flores. Y sí, parece que el banquillo es profundo, abisal incluso para algunos como Filipe, Mérida o el propio Juanfran que no salen de él. Tras el gol, pasaron los minutos en una suerte de dominio estéril. Con los mismos vicios conocidos: defensa blanda, centro de campo adoleciendo de cualquier capacidad de creación y delanteros desesperantes y desesperados a partes iguales. Mención aparte merece Reyes. A Reyes le puede el agradecimiento al técnico, al que hace responsable directo de su rehabilitación para el fútbol. Suponemos que intenta plasmar las consignas de Quique sobre el campo, pero ese exceso de polisílabos en la charla prepartido y el entendimiento del utrerano hacen que interprete las órdenes muy a su manera, con parecido final en casi todas las jugadas, acabar tumbado boca arriba, muy quieto, como acababa Curro Romero cuando algún toro malintencionado le daba una voltereta.
El partido moría de inanición futbolística cuando en una jugada aislada, Forlán volvía a dar un pase de gol. Las malas lenguas dicen que se dedica a dar las asistencias que a él no le dan como se destapaba en la enésima cortina de humo publicada esta semana, fíjense ustedes. Y allí apareció él. El hombre que vino en invierno. Ése sobre el que nadie tiene claro de qué juega. El más callado de los protagonistas de nuestra historia. Girando el cuello de manera casi antinatural para cabecear a la red. Un giro que a ustedes y a mí nos costaría un ataque de tortícolis, pero que a él no le supone nada. Él es uno de Los Protegidos.