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jueves, 19 de noviembre de 2015

Óliver y la pausa

Artículo publicado en CTXT: http://ctxt.es/es/20151118/Deportes/3044/Oliver-Torres-Atletico-de-Madrid-futbol-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Corren malos tiempos para la pausa. Se mira con recelo a cualquiera que tarde más de un segundo en contestar cualquier tipo de pregunta, se sospecha de aquel que no desagüe sus opiniones en las redes sociales antes incluso de que los sucesos acaezcan. La inmediatez como valor. Primero dispare, luego ya veremos. Consumismo salvaje de bienes y personas. Puede que ese sea el mayor problema con el que ha tenido que lidiar Óliver Torres desde el inicio de su carrera. También lo está sufriendo este año, el de su retorno a casa.

Tal vez el caso Óliver tenga asimismo que ver con la irreal percepción que llevamos esperándole demasiado tiempo. Es algo que nos ocurre con prematuros proyectos de estrellas rojiblancas como él, como Torres en su día, como los hermanos Obama, cuya adolescencia se nos antoja interminable. Las primeras noticias sobre ellos nos llegaron recién terminada su etapa en la guardería. Aquellas diabluras en torneos de futbol 7 o en selecciones inferiores, semillas de expectativas no siempre cumplidas, alimentaron la ansiedad de la afición. No se acaba de digerir el infantil regate del mozalbete que amansa un balón con más peso que su menudo cuerpo cuando ya se imagina cómo será el centro del campo de nuestro equipo cuando dé el salto a la primera plantilla y se pueda dejar bigote. La sensación recurrente en este tipo de episodios es la de que el tren de su madurez llega con demora a la estación de nuestros deseos. Aun a sabiendas de la dificultad de la empresa y conociendo el inmenso abismo que engulle a todos aquellos que se quedan en el camino, nos equivocamos al pensar que su llegada al primer equipo es una meta. Ese paso es solo el inicio del trayecto. Salvo casos excepcionales como el de Fernando, obligado a cargar sobre sus pecosas espaldas con todo el peso de una historia en proceso de oxidación por obra y gracia de unos añitos en el infierno, lo normal es que la máquina devore al niño. Se habla entonces de miedo a las alturas cuando en muchas ocasiones debería achacarse el fracaso a la falta de paciencia. Otra vez la pausa, que anda en retirada.



Óliver debutó en partido oficial con el primer equipo del Atleti en verano de 2012. No había puesto siquiera un pie en el campo y gran parte de la hinchada ya sabía casi todo sobre él. Era tanta la información, tan enormes las expectativas, que aquel debut prematuro con solo 17 años llegó a parecer tardío a los que llevaban varios años relamiéndose viéndole jugar en campos de tierra o buscando en youtube jugadas imposibles con su rúbrica. Con mayor o menor grado de ansiedad, en lo que existía consenso general era en que ese chaval de pelo indomable, frágil presencia física y tez aceitunada poseía algo que le distinguía: llevaba la pausa dentro de él. Era su amiga. Podía moldearla y jugar con ella. Invocarla cuando conviniera de la misma manera que otros jugadores anteriormente habían podido hacerlo: deteniendo el tiempo con un balón en los pies. Los partidos de aquella temporada y del comienzo de la siguiente fueron discurriendo y la participación de Óliver en el equipo fue dosificada por Simeone. El técnico, que algo sabe de esto, quiso dirigir pausadamente cada etapa de la descompresión necesaria para que el jugador extremeño emergiera sin sobresaltos a la superficie del más alto nivel. Aun así hubo quien opinó si Simeone no fue demasiado tacaño en minutos con nuestro protagonista, ignorando desde esa trinchera que por cada Koke que brota cientos de Kekos se malogran.

Han pasado los años, imagino que con lentitud exasperante para los amantes de lo rápido, del usar y tirar, del devorador ritmo de vida vertiginoso. Óliver Torres ha regresado tras pasar por Villareal y Oporto. Ha ganado en físico, su principal talón de aquiles, y en cuajo como futbolista. Se rumoreó a lo largo de la pretemporada con una nueva posible cesión que le curtiera aún más pero el Cholo desechó esa idea de un plumazo. Para el entrenador ya estaba listo. Totalmente preparado para la exigencia, todos los demás valores se le conocen y presuponen. Comenzó la temporada de titular. Jugando un poco escorado en banda debido al carácter no negociable de la presencia de la guardia pretoriana del cholismo, Gabi y Tiago, en los dibujos firmados por nuestro técnico. Hemos visto a un Óliver sacrificado, solidario y a veces más pendiente de defender que de crear. Es de justicia admitir que su influencia sobre el juego parece multiplicarse exponencialmente cuando se separa de la cal y se adelanta unos cuantos metros, pero esas preferencias individuales no encuentran cabida en la máquina al servicio de lo colectivo soñada por Simeone. Cierto es que su participación en el equipo se ha visto eclipsada por la irrupción de dos valores emergentes, Correa y Carrasco, que han conseguido convencer a crítica y público con sus espumosos inicios de temporada. Competencia. Nada que no supiera que se iba a encontrar a su vuelta. Algo que en este Atleti se eleva a nivel de axioma.


De cara a lo que resta de esta temporada ni siquiera esbozada, esperamos a un Óliver como el que hemos adivinado a su regreso: Más hecho. Más futbolista. Más proclive a la búsqueda de lo práctico que a adornarse cuando no sea imprescindible. Más disciplinado tácticamente aunque sin dejar a un lado que su talento brote espontáneamente. Más concienciado sobre lo colectivo. Más Óliver, en suma, que aquel muchacho con pinta de pillo dickensiano al que vimos debutar hace unos años. Ya entonces, pudimos constatar que cuando el cuero caía en sus pies, el tiempo parecía pararse. Todos nos dimos cuenta de que ese chaval llevaba la pausa dentro de él. 

jueves, 7 de junio de 2012

Lo de casa, lo de fuera y el jamón de recebo


Ciriaco es de esos que siempre minusvalora lo que tiene en casa. De esos que posa la mirada más tiempo del que el decoro aconseja en las mujeres de sus vecinos a pesar de que su señora muestra una belleza y lozanía apreciable. Ciriaco acostumbra a arrepentirse de su elección de los platos del menú del día justo en el mismo momento en el que el camarero sirve el primero a sus compañeros de mesa. Suele pensar que el destino le prueba poniendo en su camino carnes poco jugosas cuando el pescado que reposa en el plato de enfrente está fresco. Malgasta su vida mirando hacia un lado con envidia insana y acomplejada mientras se hunde en el convencimiento de que la suerte sonríe enseñando más dentadura a los demás. No caben objetividades, lo de otros siempre es mejor.

Cualquier día de estos, Ciriaco verá como su mujer, harta de desaires, se echará un novio jovencito con cuerpo cincelado en gimnasios de barrio y paseará muy atortolada por delante de la casa consistorial agarrada de un brazo del volumen de un jamón de recebo. Cualquier día de estos, el especialista del aparato digestivo al que consulta Ciriaco, expondrá a nuestro protagonista que tiene una úlcera del tamaño del túnel de Viella no por su dieta, sino por lo mal que le sienta todo lo que come mientras lo compara con las pretendidas viandas que degustan otros. Entonces se acabarán carnes y pescados, serán tiempos de calditos insípidos y desgrasados. Tal vez entonces, Ciriaco sea capaz de valorar lo que tuvo en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber.  



Recurrentemente, Caminero se da una vueltecita por las Ramblas antes de pedir audiencia a las altas instancias deportivas de ese club empeñado provincianamente en ser algo más que un club. Uno se imagina a Jose Luis llegando a las oficinas blaugranas con un ejemplar de La Farola al pecho, pidiendo limosna en forma de cesión graciosa, aumentando la reciente leyenda atlética de responsable nodriza para que jugadores de otras casas pasen la edad del pavo con nosotros. Más allá de planificaciones y métodos de trabajo, esos grandes desconocidos a orillas del Calderón, la clave del lustre de la cantera supramesetaria la dio el recién huido entrenador de la mediterránea casa, ese de sensual claridad capilar y contumaz estrechez de corbata: “La diferencia entre otras canteras y la nuestra es que aquí los ponemos”. Ahí se resume todo. Sencillo, ¿no?  

Nuestro director deportivo, y por ende la sociedad anónima deportiva, pone ojitos a los polluelos de otros nidos mientras reparte finiquitos entre los cachorros de nuestra camada. Ahora que Pantic se aleja del filial y ya casi no nos alcanza la vista para verle la espalda, el equipo de este año se desmonta con esas maneras tan poco elegantes que son norma de la casa. Noguera, Regalón, el fornido portero y muchos otros se despiden dejando un sabor a no se sabe qué. Evidentemente, hay que huir de una visión nacionalista de la cantera. Evidentemente, no todos valen para el primer equipo. Aún así, uno se pregunta si este Tello que provoca suspiros es mejor a su edad que un Keko harto de ganar en todas las categorías inferiores del fútbol patrio al que no se le dieron apenas oportunidades ¿Dicen ustedes que no había tercer delantero esta temporada? ¿Hubiera valido Borja o incluso Ibrahima para ese papel? ¿Compensa mandar a Joel a hacer recados mientras se vitamina al belga de la triste figura?

La noria sigue girando y parece que da menos vértigo mirar a los lados que hacia uno mismo. Cantera y cantera, se dijo alegremente hace no demasiado con la boquita de piñón. Recurrentemente, Caminero, ese Ciriaco con barba de tres días y chaqueta de sport de marca, seguirá paseando su verbo fluido por oficinas ajenas. Deseando con avaricia lo que tiene el de enfrente y ninguneando lo de casa. Cualquier día de estos, veremos a uno de los canteranos desechados paseando atortolado del brazo de un equipo con el brazo como un jamón de recebo. Tal vez provocará úlceras tan grandes como el túnel de Viella por no haber sido capaces de valorar lo que se tiene en casa, o tal vez no, vayan ustedes a saber. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Canteras, dificultades y comisiones

Virgilio es un pequeño gran jugador de los que habitan en la cantera del Club Atlético de Madrid Sociedad Anónima Deportiva. Él no sabe de apropiaciones indebidas ni de cooperaciones necesarias, él solo sabe de gambetear por la banda derecha y de dejarse literalmente la piel del trasero y del alto muslo en los campos de tierra o de césped artificial en los que disputa sus partidos el Cadete E rojiblanco.

Desde ya hace algunos años, acude a entrenar con disposición tres veces por semana para alimentar el sueño que tiene desde que casi no levantaba un palmo del suelo. Ha ido escalando peldaño a peldaño una escarpada montaña de sueños en la que sus compañeros también son sus competidores por ganarse el puesto, seguir formándose en la cantera colchonera y, quién sabe, a lo mejor algún día llegar al primer equipo y sentir cómo debe ser eso tan especial de que un estadio entregado coree tu nombre.



A medida que se va haciendo mayor, también repara en la dificultad añadida que tienen los chavales de la cantera para llegar al fin que les relataba más arriba. Sigue manteniendo intacta la ilusión, por supuesto, pero ya no le parece tan pesado eso de tener que estudiar para sacar buenas notas, que nunca se sabe. Virgilio no acaba de entender cómo se pudo vender a De Gea, cómo es que Joel ha visto cerrado su paso por un portero muy bueno pero que se encuentra aquí de paso. Tampoco llega a comprender qué pasó con Keko y su no renovación a pesar de ser una de las promesas más firmes de la cantera española. Le cuesta asumir el rol de Koke en el equipo, cada vez más secundario a pesar de que nunca defraudó las expectativas depositadas y se pregunta por qué hubo algunos que dudaron y siguen dudando de Domínguez. Se pregunta muchas cosas, tal vez demasiadas. Tal vez solo sea un adolescente lleno de dudas como los demás.

Lo que no sabe Virgilio es que nosotros tenemos las mismas dudas que él a pesar de que ya casi no nos acordamos de cuando éramos adolescentes. Tenemos también la duda de si Virgilio tendría más oportunidades si en vez de ser de Madrid fuera de Cascais o si en vez de que fuera su padre el que le acerca a los entrenamientos se buscara un representante de traje impecable y moral relajada. Uno mira a esos campos de entrenamiento donde habita el fútbol puro y le parece encomiable la entrega de los chavales sabiendo lo difícil que lo tienen. Uno piensa que no lo deberían tener tanto. Cuidando a los Virgilios de hoy tendremos un equipo identificado e identificable mañana. Claro que a lo mejor no queremos gente que se deje el trasero al lanzarse a la hierba para tapar un disparo rival, a lo mejor lo que queremos es jugadores que dejen unos euros limpios a base de comisiones. Vayan ustedes a saber.