Mostrando entradas con la etiqueta Kun. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kun. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de octubre de 2011

El barro de antaño

Llevábamos esperando al partido durante todo el día, aunque a lo mejor fuera por eso de jugar los últimos de la jornada y haber visto cómo los demás aficionados tomaban su dosis estipulada de fútbol. Se esperaba el partido también por ser uno de esos choques clásicos jugados de poder a poder de los que uno suele sacar imágenes para guardar en el disco duro de la memoria. Imágenes en color sepia salpicadas con el barro que florecía en la Catedral cuando llovía como lo hizo ayer. Ayer no se hizo ni una migaja de barro, nada, ni tan siquiera un barro de ese fino y moderno que casi no ensucia pero que es aplicable de manera terapéutica en cutis o riñonadas. Tampoco se jugó nada que pueda ser calificado de poder a poder, fíjense ustedes que cosas.   

De unos años para acá, estos partidos se nos han dado bien. Puede que ya no sean de esa intensidad que tenían en los ochenta, cuando estos encuentros eran batallas casi épicas que se libraban con pantalón ajustado y con esa camiseta roja cruzada de hombro a hombro por una raya blanca y otra azul que terminaba empapada y arcillosa, pero siempre dejan algo. Ayer también lo hizo, nos dejó preocupación a raudales. Barro no nos dejó, lo que es, es. Preocupación y mal sabor de boca, desde luego.

Les hablaba antes de lo bien que se nos daba jugar últimamente en San Mamés y sí se nos daba. Era salir al campo con un delantero rubio y otro moreno y los leones retraían las garras un poco. Hubo ayer algún despistado seguidor bilbaíno que preguntó si salían Forlán y Agüero de titulares incluso:

– Hombre, Joseba, que Forlán y Agüero ya no juegan con estos, pues. Que por lo visto eran unos mercenarios. Ahora tienen a uno que llaman el Tigre.

– Pues nada…Mejor, mejor –añadía Joseba aliviado mientras veía calentar a los suyos sin asomo de retraimiento, de garras ni de espíritu.

Ayer se rompió esa tendencia, como muchas otras tendencias positivas que se van rompiendo desde hace tanto tiempo. Tal vez salga a cuenta incorporar en nómina a un notario del libro Guinness de los records negativos para que dé fe de los quebrantos de nuestro equipo, que tanto viaje en avión debe salir por un pico.

No les quiero castigar con un pormenorizado análisis del partido, pero algo habrá que decir. El Atleti salió a encarar el partido de medio lado. Mirándolo de reojo. Algo demasiado agazapado pero intentando salir a la contra. Cogía Turan la responsabilidad atacante y llegaron oportunidades para ambos equipos. Más claras las del Athletic, eso sí. En la segunda parte nuestro equipo fue vapuleado por incomparecencia. Tampoco compareció el barro y miren ustedes que llovió una barbaridad. Pero nada, no asomó.

El que parece que seguirá asomando pero por poco tiempo es Manzano. Ayer nos dejó alguna reflexión casi póstuma, antes y durante el partido. Habló de que, puestos a calificar la temporada hasta ahora, le ponía un notable pero se olvidó de agradecer a sus jefes la libertad de expresión que para decir patochadas similares disponen los empleados atléticos por obra y gracia de la falta de exigencia. Se le leyó en los labios justo al recibir el tercer gol un reproche por cómo se había realizado una segunda parte fatal tras una primera fenomenal. Hombre, Gregorio, fenomenal tampoco. Que fue más o menos meritorio llegar con empate al descanso no lo vamos a discutir. Pero fenomenal no. Por caridad. Las declaraciones de Manzano explican mejor que cualquier croquis lleno de flechas qué pasa en la entidad: donde debería haber exigencia, solo existe acomodamiento. Quede claro que debemos dar a Manzano el peso que tiene independientemente de lo desafortunado y funcionarial que esté en sus declaraciones. Él no es más que el perfectamente intercambiable escudo humano que en este momento se encuentra en primera línea. Después de él vendrá otro. Da igual quien. Y si no viniera otro, los tiros apuntarían a Caminero o al señor que pinta las rayas del campo. Aún así, parece significativo lo de la falta de exigencia. Tal vez será que no se tiene la capacidad de exigir demasiado a unos jugadores que no son propiedad del club en su totalidad, no vaya a ser que se enfaden y no se les pueda revender en alguna trastienda. Y aquí, precisamente aquí. En este momento y sin haber caído una gota, aparece el barro. Más que barro, un lodo pestilente.



Por ese lodo se está arrastrando la historia de una entidad jornada tras jornada. Ese lodo lo inunda todo, sin respetar a ninguno de los estamentos de la sociedad, cada vez menos deportiva. Da igual que venga éste o aquel. Da igual una nueva temporada a la que se le caen los objetivos a las primeras de cambio. Lodos que provienen de polvos lejanos. Nos queda poco, no crean. Casi no tenemos ni una identidad, algo que, por poner un ejemplo, nuestro rival de ayer siempre ha sabido cuidar y mimar aún en los momentos peores. La nuestra debe estar en algún rincón, sepultada bajo toneladas de barro. Un barro que se acumula desde hace casi un cuarto de siglo ¡Qué tiempos estos, qué bien drenan los campos y qué mal los despachos!

domingo, 20 de marzo de 2011

Rutinas

(Segunda entrega de las aventuras de los protagonistas del anterior derby, sí, sí, los de la Plataforma)
Aprovechando la entrada triunfal de la primavera, Zacarías y Saturnina se acercaron paseando hacia el restaurante. Ésta vez iban a cambiar las rutinas de los días de derby, a ver si así el final era distinto. Hoy no habría cabida para las sobremesas en casa, las siestas sin pegar ojo por los nervios y el bocadillo de tortilla con pimientos. Hoy irían los dos al fútbol. A ver si entre los dos hacían la fuerza suficiente para cambiar la racha. Esa racha que mantenía a su hijo aislado en el Atlántico Norte por una cabezonería.
Miraron el menú, pero decidieron comer de carta sabedores de que los precios de los menús de fin de semana experimentan un crecimiento geométrico al ser multiplicados por una constante de parecida magnitud a la que nos deja con los pies pegados al suelo, ésa que nos atrae hacia el batacazo de manera inexorable cuando resbala la pata de la escalera a la que nos encaramamos para colgar la foto del nuevo sobrino.
– ¿Qué pedimos? ¿Primero y segundo o algo para picar y un segundo? –se decidió por fin Saturnina a plantear la pregunta del millón que debe formularse en toda comida fuera de casa.
– Mejor primero y segundo, ¿vale? –propuso el homenajeado padre de familia dispuesto a cambiar rutinas pero no hasta el punto de renunciar a un plato de cuchara.
Él pidió sopa castellana, ella ensalada tras un encendido debate sobre en qué momento una menestra pasa a ser panaché de verduras. Después, cochinillo para los dos y una botella de crianza. Así daba gusto, comida casera pero bien hecha. Nada que ver con esos nuevos sitios en los que camareros de camisa negra brillante ejercen de traductores de platos definidos por cinco o seis palabras. Sitios en los que la ensalada en vez de ser fresca es tibia. Eso no era para ellos. También tomaron el primer helado de la temporada, café y un pacharán para cada uno, que no era día para volver a la infelicidad que emana de los descafeinados de sobre, las sacarinas y las cervezas sin alcohol.
Tras una larga sobremesa se acercaron a la sala de baile. Allí, danzaron durante dos horas casi todas las piezas sin pensar en dolores de espalda y antiinflamatorios. Allí, Zacarías le dijo a su mujer lo guapa que estaba con la blusa nueva, ella devolvió el cumplido reconociendo lo bien que le seguía quedando el traje pese a los demasiados años de uso. Zacarías se arregló satisfecho el nudo de la corbata y pasó inconscientemente el dedo por la solapa en la que brillaba la insignia del Atleti. La que siempre se ponía en días de partido. La que compró con unos ahorrillos. A pesar de los años que llevaba de socio, él se la tuvo que comprar, no como otros. Quizás por no tener apellidos complicados. Quizás por no ser político. Quizás por no ser de ese otro equipo de la ciudad.
Salieron a la calle agotados pero felices y enfilaron el camino del estadio. Iban despacio, tenían tiempo de sobra. Se demoraban más de la cuenta ante cada escaparate, sorprendidos por estos tiempos de liquidación y saldo.
– Tenemos que repetirlo más a menudo, ¿eh? –dijo ilusionada ella.
– Sí –admitió él–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

Nuestros protagonistas se acomodaron en sus asientos y pasearon la vista por el menú que ofrecía la noche: De primero, un equipo conocido que repetía alineación. De segundo, una afición rebozada de ilusión que nunca falla, que nunca necesita disfrazar con salsa una posible falta de frescura. De postre, el palco. ¡Qué les voy a contar yo del palco que no sepan ustedes! El reputado productor cinematográfico dice que está deseando que termine la temporada, que se le está haciendo larga. El problema es que después de ésta, vendrá otra de panga a precio de rodaballo salvaje. Y sí, a la afición también se le está haciendo larga, pero es una más de las veintitantas de mediocridad que llevamos soportando. Eso sí que se nos hace largo.
Como seguro que ustedes ya habrán oído y leído muchos análisis postpartido de sesudos expertos, permítanme centrar mis reflexiones en solo unos pocos de los protagonistas.
El novio de Sara Carbonero: Probablemente el único del equipo rival que admitiríamos en nuestra mesa a la hora de comer. Probablemente el más desequilibrante en el partido de ayer. Un portero que ayer apartó de los focos a ese luso que padece síndrome de piernas inquietas. Grandes intervenciones teñidas de normalidad. Comida casera, sin artificios. A su lado, un equipo que ha hecho de la crispación y la villanía sus señas de identidad. Muchos nos preguntamos cómo es posible que un equipo con una superioridad técnica evidente encare el partido con mucha más agresividad que el nuestro. Cómo es posible que en los primeros minutos el jugador que luce el número diez en un desprecio claro de las tradiciones y la historia del fútbol haga más faltas que todo nuestro equipo en la primera parte. Cómo es posible que el maitre y juez de la contienda lo deje sin castigo. Mención aparte merece también un centrocampista excompañero de Torres en Liverpool, un jugador que antes nos caía bien pero que ahora ha interiorizado la grandeza del club que le paga y lo expresa a base de repartir señorío en las espinillas de los rivales. Se quejaba durante la semana ese hombre del Renacimiento que es el hermano de René Ramos de que a los campeones del mundo de su equipo no se los quiere como a los del otro equipo candidato, que será un problema de envidia. Y nosotros, que ya no somos candidatos desde hace tiempo por obra y gracia de nuestros dirigentes, pero sí tenemos memoria, intentamos recordar sin éxito un encuentro en el que otros jugadores a los que se suele aplaudir hayan medido las tibias de los rivales como lo ha hecho el de Tolosa en los últimos partidos que hemos jugado contra el equipo del ser superior. Será la envidia.
Kun Agüero: Ayer (y van…), volvió a intentarlo todo. Fue el que creyó, el que metió algo de miedo en el rival. Fue el entrante, fue el plato principal y la tarta helada. Fue el camarero de Vacaciones en el Mar, dando servicio él solo a todo un barco. Fue el que salió perdedor en varios mano a mano con el personaje del anterior párrafo. Fue en el que cada vez más se detecta la desesperación por no ser acompañado. Fue el que esperaba algo más de sus compañeros de turno, perezosos anoche a la hora de servir mesas. Fue el que bajó la mirada al suelo cuando se constató que la defensa tomaba forma de ensalada tibia sobre lecho de dudas. Fue el que lucha contra lo light, el que quiere poner sobre y medio de azúcar en el café. El que no se preocupa de ácidos úricos y transaminasas, en el que empieza y acaba todo. El que tiene que ocuparse de doblar los manteles y de echar la sal al guiso. Y se le ve cansado, no sólo físicamente. Muchos parroquianos piensan que está llegando al mismo nivel de hartura al que llegó en su día el Niño. Muchos piensan que ese hartazgo más el empujón que el palco dará en un nuevo intento de recaudar fondos dedicados a la adquisición de insignias que imponer a simpatizantes de rivales, pueden precipitar su salida este verano. Será una pena. Será como comerse un pescado hervido sin sal mientras te llega el aroma del buey a la piedra de la mesa de al lado. Será que debería habérsele rodeado de otros ingredientes. Será que no cuela más eso de llamar emulsión de hortalizas seleccionadas al aroma de vinagre y fruto del olivo a un simple gazpacho.
Saturnina y Zacarías enfilaron la cuesta de su casa con una enorme luna de silenciosa acompañante. Caminaban despacio, en parte por el cansancio del largo día y en parte por la derrota. A partir de mañana deberían volver a las verduras rehogadas y al pollo a la plancha, a las rutinas. Ésas rutinas que el equipo de sus amores no había sido capaz de abandonar. Aún así, caminaban cogidos de la mano. Como uno solo. Tristes pero acompañados. Como siempre lo habían estado desde hace ya tantos años. Al llegar a la puerta de casa, Zacarías intuyó que algo no iba como debía. El felpudo estaba movido y la puerta estaba cerrada sin las dos vueltas de llave que él metódicamente siempre daba. Se adentraron en el pasillo con prevención y vieron la luz encendida en el cuarto de su hijo. Se asomaron con el corazón latiendo muy fuerte, con ese latido familiar que años atrás notaban regularmente en sus visitas al Calderón pero que ahora se presentaba casi como un desconocido. Y allí estaba su hijo, el que trabajaba en la plataforma. Había vuelto para quedarse olvidando apuestas ridículas.
– Sí –dijo Zacarías hijo–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

domingo, 27 de febrero de 2011

Cualquier tiempo pasado

Petronila miraba por la ventana. Miraba sin mirar. Vamos, que no reparaba en que el niño del quinto se estaba fumando su primer cigarro en el parque de enfrente. Su mente estaba mucho más allá del parque. Estaba viajando hacia su vida de hace unos años, en cuando estaba con Aurelio, su novio desde casi el parvulario. Acababa de verlo pasar por la calle. Iba con una bufanda verde y oro, de esas que llevan ahora los atléticos que luchan por un Atleti mejor. También llevaba la camiseta enfundada, pero ya no era esa que ella le regaló, esa con el nueve a la espalda y el nombre de Torres. Ahora era otra, pero con la chaqueta no vio el nombre ni el número. Hacía tiempo que le había dejado. Después de quince años de novios. Le había dicho que se había cansado de lo de siempre. De la rutina. De los caracoles en Cascorro y las bravas y la jarra de sangría en la Latina los domingos a mediodía. Del paseo hacia el estadio bajando por Pontones en días primaverales como hoy. De los achuchones en el vagón del metro atestado en Pirámides. De los torpes besos en el portal. De las despedidas hasta el día siguiente.
La verdad es que no se había cansado. La verdad es que se cruzó Vicente. El comercial que se incorporó por esas fechas a su empresa. El que llevaba un traje barato pero que le quedaba impecable. El que hablaba tan bien. El que hablaba de objetivos de ventas, de objetivos de ingresos, de objetivos subjetivos y hasta de objetivos Birmania. El que la sedujo con su palabrería. El que le habló de un piso en un barrio en construcción cerca de la carretera de Burgos. El que le habló de niños rubios vestidos de manera idéntica. El que le prometió viajes a sitios exóticos. El que le habló de restaurantes con platos deconstruidos. El que había echado barriga. El que la había llevado a Andorra como destino más exótico para ganarse un dinero con tabaco de contrabando. El que esta tarde cancelaría su cita excusándose en un repentino dolor de muelas.
Pensaba Petronila en lo tonta que había sido. En que se había dejado embaucar por las palabras de Vicente. En que aún hoy cuando ella le echaba en cara sus embustes, él seguía hablando de burbujas inmobiliarias, de sinergias, de oportunidades hipotecarias, pero al final nada. Es lo que tienen las palabras. Que si no están acompañadas de hechos, cansan. Engañan. Tapan miserias. Pensaba también en cómo le gustaría volver a la rutina. A los domingos de tapas y raciones. Y sabía que estos horarios a los que somete la Liga de Fútbol en connivencia con las televisiones no permiten tomar bravas la mayoría de las veces. Ya casi no había domingos a las cinco. Pero bueno, podría haber sábados de café y pastas y domingos de bocadillo de mortadela. Le daba igual. Sólo quería volver a las antiguas costumbres.

Se encontraban en el Calderón dos equipos llamados a luchar por objetivos mayores que se encuentran en plena lucha por objetivos subjetivos. No crean, para el común de los mortales es de una tremenda objetividad decir que no tienen objetivos. Que se han dejado todos por el camino. Algunos pocos, entre los que se encuentra nuestro técnico, opinan con el entendimiento lleno de subjetividad que todavía hay objetivos, aunque sean birmanos. Que todo esto no es más que un trance para afianzar la gestión del cambio que toda sociedad anónima o sociedad apropiada indebidamente debe afrontar. Que lo importante es buscar sensaciones que refuercen a la psique para generar respuestas de carácter positivo. Entonces nos miramos unos a otros y ponemos la misma cara de poker que utilizamos cuando un consultor repeinado y con la raya del pantalón planchada según el meridiano de Greenwich nos dice que no hacemos bien nuestro trabajo porque lo pone el powerpoint. Y que todo lo que dice el powerpoint es sagrado. Y que para eso ellos son expertos en adquisiciones, fusiones y aligeramiento de cargas. Y nosotros les intentamos excusar pensando que lo que les pasa es que sufren traumas de infancia, de ese tiempo en que un padre con gafas ahumadas les obligaba a ver La Clave los viernes por la noche, mientras la mayoría veíamos a la Bombi y a Bigote Arrocet en el Un, dos, tres. Pero siguen hablando de procesos de aclimatación de gestión de la demanda. Aunque la mayoría pensemos que es palabrería. Aunque canse. Aunque engañe. Aunque tape miserias. Aunque eche barriga.
Muchos vemos los partidos pensando en tiempos pasados. Mirando sin mirar, con nostalgia de regates vistos y de juego al primer toque. De un equipo dominador. De jugadores internacionales. De volver en el vagón atestado del metro achuchados pero contentos. No como ahora que ni fu ni fa. Y el equipo también tiene nostalgia, aunque sea de tiempos no demasiado lejanos. De los tiempos en los que se partía. De los tiempos en que cada llegada del contrario era una moneda al aire. De los tiempos en que cinco atacan y cinco defienden. Y lo vuelve a hacer a ratos. Y en esos ratos por lo menos carga el partido de emociones. Y también echa de menos la sangría y la vive en partidos como ayer por la banda izquierda de nuestra defensa. Aunque hay cositas que de vez en cuando encienden algo las ilusiones: la buena pinta de Koke y su intención de asociarse y tocar rápido; la solidez de Domínguez; la garra de Ujfalusi; la pelea del Kun aún cuando no juega un partido con las dosis de genialidad acostumbradas.
Pero esas ilusiones mueren un poco por ejemplo cuando ves que en el equipo contrario hay un jugador que no es una maravilla pero que ha elegido jugar en el rival en vez de en nuestro equipo. En que tal vez nuestro director deportivo se muestra absentista a la hora de convencer a jugadores que no habitan en zonas tropicales. En que los fichajes muchas veces no se logran porque tienen el mismo problema que las piscinas comunitarias: las filtraciones. Y luego miras al palco y mueren del todo. Y miras alrededor y ves que tus iguales prefieren tomarla con un jugador antes que con los verdaderos culpables. Y tienes ganas de que vuelvan aquellos domingos. Los de los caracoles en Cascorro y las bravas con jarra de sangría en la Latina. Los del paseo hacia el estadio bajando por Pontones. Para volver contentos. Con nuestro antiguo novio. Ése que derrochaba coraje y corazón.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Copa Navideña

Supongo que a nadie de ustedes le habrá tocado la lotería, ¿no?
-No Don Emilio, sepa usted que a mí me ha tocado lo que jugaba en una participación de cinco euros que llevaba a medias con mi cuñado. Aunque bueno realmente solo jugábamos cuatro euros, el resto era donativo para el viaje de paso del Ecuador de mi sobrino, que estudia para higienista dental.
-Bueno, siempre los hay con suerte en la vida. Que usted lo gaste con juicio.
Pues dándo de antemano la enhorabuena a los premiados, vamos con la historia de hoy, evidentemente de tintes navideños:
El Sr. Guzmán, director de la empresa, accedía sólo una vez al año a mezclarse con el vulgo con motivo de la copa navideña. Le gustaba constatar que tradiciones como el “efecto paloma” seguían vigentes en el imperio que fundó su padre. La teoría del “efecto paloma” sentaba sus bases en el axioma de que si apareces con comida y bebida por la oficina, los empleados se arremolinan alrededor zureando, pero si por el contrario te acercas sigiloso con ánimo de que se tramite un pagaré o una nota de abono a 90 días se dispersan lo más rápido que pueden.
-López, póngame al tanto del estado de daños- exigió el director al pelota oficial antes de iniciar la ronda de brindis golpeando con su tenedor de plástico la copa de cava (de plástico también, claro).
-Señor Guzmán, con los datos recogidos hasta esta hora y teniendo en cuenta que no encontramos a nadie de Seguros en un estado de consciencia mínimamente presentable para reportar, la participación en el sarao ronda el 75 por ciento. Solo se han producido incidentes reseñables entre las mesas de los de Riesgos por una polémica sobre en cuál de ellas se había servido más queso curado. Por otra parte, se ha sorprendido en los lavabos y con claros síntomas de ajetreo al jefe de Ventas con su secretaria, la de usted vamos, dicen que repasando el balance de fin de ejercicio.
-Total, lo de siempre –respondió con hastío el jefe máximo–. Hable con los del catering, que no reparen en servir bebidas espirituosas.
El Sr. Guzmán tenía especial interés en que sus asalariados bebieran más de la cuenta en esta copa navideña porque tenía previsto comunicar la ejecución del ERE total que le habían autorizado los del ministerio. Aún así, como buen experto en comunicación y presentaciones efectivas había preparado un par de sorpresas adicionales: un grupo de bailarines y bailarinas de calendario (por llevar poca ropa, no por santos) y una cesta para cada empleado que incluía una paleta ibérica de cebo con muy buena pinta, que lo cortés no quita lo valiente.
Ya en el cenit de la fiesta, con corbatas anudadas a la cabeza y constantes vivas al señor director, a su difunto padre y fundador y a la madre que los parió, el Sr. Guzmán se levantó para dar la terrible noticia…
-Coño López, tantos años peloteando y a ti también te han echado –comentó alguien de Impagados con bastante sorna.
-Hombre, echarme sí, pero mira que lata de espárragos de Navarra viene en la cesta, esto no lo he catado yo en la vida. Y fíjate, he conseguido el teléfono de dos de las strippers ¡Vaya detalle el del señor Guzmán!
-López, estás tonto, ¿no te das cuenta que estamos en la puta calle?
-Lo que tú quieras, pero siempre nos quedará el recuerdo de esta copa.
¿Les suena a algo mis queridos lectores? Venta de titulares con nocturnidad, alevosía y casi fuera de plazo, cortinas de humo con forma de fichajes de baratillo que intentan taparlas, caramelos envenenados para que los niños no reflexionen sobre si esa gestión está destinada a distraer las vergüenzas. Copas navideñas que ocultan segundas o terceras intenciones. Muchos López que asistimos a lo que nos echen contentos e impávidos. Pero vayamos a la actualidad, al fútbol. Vayamos a la Copa, a lo que nos queda. Vayamos a la competición a la que debemos agarrarnos como a la fruta escarchada de la cesta.
La función navideña empezó sin que muchos padres hubieran llegado al campo por el tráfico o por el cierre de los comercios (que es una variable que como saben afecta al fútbol una barbaridad). De entrada Osvaldo empezó bordando su papel de Herodes, metiendo miedo a los pastorcillos de la defensa y en especial a Perea, que daba claros síntomas de no saberse bien el papel. Pero poco a poco la cosa se fue entonando, cada vez los nuestros actuaban mejor, no con brillantez, no crean, que a fin de cuentas esto es una función escolar, pero serios y sin tartamudeos ni dudas. También el árbitro cumplió con su doble papel, por un lado Rey Mago concediendo un penalti que tal vez fuera falta y por otro lado caganet con diarrea de criterio.
Hay que destacar también el papel en la representación de varios protagonistas más: el Niño del Portal, De Gea, que a pesar de estar dolorido por culpa de Herodes hizo un milagro en forma de parada a remate de cabeza a bocajarro. El figurante que cruza el río de papel Albal y que casi no tiene frase, o sea Assunçao, cuya presencia siempre da equilibrio entre las dos orillas del puente, defensa y delantera. Luego estuvo Reyes, que hizo el papel de pavo, sí, sí, de ese pavo que se compra en octubre con ánimo de cebarlo para luego ser sacrificado. Por un lado, al pavo se le coge cariño por el roce, se le mira como a una mascota que levanta la patita cuando le tiras un altramuz pero por otro lado te das cuenta que al final será un pavo siempre y que su fin es acabar rodeado de patatas y lombarda. Muy bien Kun, que ayer ayudó en la puerta cortando entradas y dando los programas, se encargó de las luces, echó una mano como atrezzista y responsable de vestuario y acabó extenuado por el bien de la función.
Pero si alguien lució ayer en la representación fue Simao. El público no paró de grabar la actuación del luso con sus cámaras traídas de antiguos viajes a Andorra porque se sabía que iba a ser su última función en el colegio. Los más malpensados insinuaban que Simao seguro que no forzaría la garganta al declamar su texto por eso de que se va, pero se equivocaban. Incluso protagonizó el momento cumbre de la función, lo que le hizo tener que salir a saludar tras la bajada de telón ante la aclamación popular. Se va un profesional de la actuación, sí señor, ojalá que le vaya muy bien.  
Una vez todo el público se había ido, entre bambalinas se comentaba que no había tocado ni una maldita pedrea de esos décimos comprados en la Puerta del Sol. Valera, siempre oportuno, adujo que lo importante era la salud mientras Forlán con la pierna en alto por un golpe que se había dado al bajar de la escalera a la que se había subido para una mejor ambientación de su papel de Ángel Anunciador, maldecía entre dientes fulminándolo con la mirada.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¡Esto es un infierno!

Maldita humedad y malditos mosquitos, pensaba el teniente Flowers mientras avanzaba por el arrozal. Todavía resonaban en su cabeza las palabras del coronel Cherry antes de salir a tomar la colina:
         -¡Flowers, quiero esa colina y la quiero ya!
-Señor, es un suicidio, mi pelotón no está preparado para otra misión después de lo de Lebh Anté.
-Parece que no me he explicado bien Flowers, el general Crookednose quiere una cabeza y no va a ser la mía. O mañana toma usted la colina o le sirvo la suya en bandeja al general para la cena –espetó el coronel a escasos dos centímetros de la cara de Henry lo que le hizo reflexionar sobre las halitosis propias de las misiones bélicas.
-Señor, sí señor –respondió poco convencido el teniente.
El teniente Henry S. Flowers tenía sangre de navajo por parte de madre y se había hecho cargo del pelotón hace ya un año, sin prestar atención a los rumores que lo calificaban como la escoria de la compañía. De hecho, bajo su mando habían recibido dos condecoraciones importantes por el valor demostrado, pero eso era agua pasada, las cosas habían cambiado. Ahora detectaba desgana y sonrisitas maliciosas cuando pedía a los de la vanguardia que se adelantaran para explorar, y todo por la influencia del Rubio.
El Rubio (del que nadie quería recordar su nombre real) era el mejor tirador del pelotón, uno de esos hombres que primero disparaba y luego preguntaba. Había ido como mercenario a muchas guerras y todos sabían que hoy luchaba contigo y mañana contra ti, para él no existían los sentimientos. Su otro gran problema se llamaba Simon Tasty, un veterano a punto de licenciarse de antepasados portugueses que junto al Rubio estaba volviendo al pelotón en su contra.
Se retrasó unos metros para ver la disposición de avance de los muchachos, primero los de la vanguardia: el Rubio, Simon, el soldado Kings (buen soldado pero con poco cerebro) y el soldado de más talento, el cabo Kuntz (de quién se decía estaba casado con la hija de una leyenda de los marines, vamos como si fuera un dios). Después los de la retaguardia, Goodin, Perea, Thomas (de la zona eslava de Pittsburgh), Philip Lewis y el recluta nuevo, el  chicano Domínguez, al que el teniente Flowers gustaba mandar a limpiar letrinas sin motivo para que espabilara. 
Así le gustaba a él avanzar, con la tropa distribuida en cabeza y a la espalda. Algunos estudiosos del arte de la guerra cuyo culo olía a West Point pensaban que todo pelotón debe desplegarse con efectivos en medio, pero a él le parecía mierda de teoría burocrática. ¡Que le dieran por donde sea a quién opinaba que su pelotón se partía en cuanto empezaban las escaramuzas! Él, como mucho, accedía a llevar en medio al sanitario Paul Assumption, hombre de su confianza que corría de posición en posición para intentar ayudar a la tropa con vendas o munición cuando los combates se recrudecían.
Ocultos por la maleza, avistaron a menos de un kilómetro a los vietnamitas que defendían la colina bajo el mando del capitán Loth Inah.
-Sólo os pido este último esfuerzo muchachos –susurró Flowers -. Si salimos con vida de esta, os prometo una semana de permiso en Saigón y vales del economato para canjearlos por licor de arroz y tabaco de liar.
-El que se juega el culo aquí es usted teniente. No nos cuente historias –sentenció el rubio entre murmullos de aprobación de la tropa.
-Soldado, ¿se está usted amotinando? ¿Me están haciendo la cama? –inquirió Flowers acariciando instintivamente el seguro del fusil de asalto.
-No mi teniente, le habrá usted entendido mal. Lleva unos días muy sensible –terció Simon entre las risitas del resto -. Además sabe usted que camas en los marines no gastamos, somos más de catres o literas con colchón de muelles, lo que unido al peso del petate evidencia que al Tío Sam se la toca bastante nuestra salud lumbar.
Finalmente, la tropa se desplegó aliándose con los sonidos de la noche y la neblina que por la proximidad del río empezaba a caer. Los “charlies” parecían bien organizados, cinco amarillos en la parte de atrás de la colina vigilando las provisiones, cuatro en el medio haciendo guardia para evitar ataques hostiles y sólo una posición de ametralladora más adelantada para hacer daño cuando el enemigo osara descuidar sus líneas.
Aprovechando la hora de la cena de los vietcongs (consistente en pulpo con cachelos y empanada de zamburiñas), se desataron las hostilidades como de costumbre, con Kuntz y Kings disparando a pecho descubierto y con el Rubio y Simon viéndolas venir. Enseguida se demostró que ese no iba a ser un mal día para los chicos de Flowers, tanto por la valentía de sus dos soldados principales y la extraña solidez de la retaguardia, como por lo blando que se mostraba el pelotón norvietnamita (tal vez preocupado por recibir un balazo en plena digestión, cosa que todo el mundo reconoce como muy perjudicial para la salud).
Ya en el helicóptero de vuelta a la base, el teniente se intentaba autoconvencer de que las cosas no estaban tan mal, de que tal vez todos se licenciarían con honor y volverían a Wisconsin, a Arkansas o a Carolina del Norte a continuar con sus vidas pero entonces cruzó su mirada con la del Rubio, que estaba sentado en la parte de atrás. Y entonces lo supo, él volvería a casa en una caja marcada con su número de servicio y alguien le entregaría sus chapas de identificación a su mujer. Sintió un frío raro que le recorría la columna vertebral y notó que no sentía las piernas.