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lunes, 3 de diciembre de 2012

Otra vez será


Ahí estaba él. Plantado delante de la puerta que un segundo antes había encajado sus tímidos golpecitos. Ahí estaba, esperando. Se había atrevido a dar el paso tras sopesar reflexivamente las señales que los últimos tiempos le habían mostrado: las señoras que le dijeron que le veían distinto, más guapo tal vez, cuando iban a pagar la contribución a su ventanilla de la caja de ahorros; los consejos de una vidente telefónica de las de a euro y medio el segundo convencida de que Júpiter y Saturno se habían alineado a su favor. Todo desembocaba en ese momento. El momento para el que se había preparado con esmero, colocando con precisión quirúrgica cada pelo de su rala cabellera para tapar de igual forma claridades e inseguridades. La puerta se abrió. Ella volvió a iluminar con su sonrisa el tétrico descansillo. Vestía solo un top muy ajustado que pregonaba a los cuatro vientos la necesidad de subir tres o cuatro grados el termostato de la calefacción de su piso. Ella miró desde la atalaya de su imponente estatura al amable vecino de enfrente, compañero de noches de sopas de ave con fideos y películas fácilmente digeribles, casi tiritando en el rellano con el único atavío de una camiseta imperio y unos calzoncillos abanderado gastados por el uso.

 – ¡Ay, Marcelino! ¡Qué cosas tienes! –dijo volviendo a cerrar la puerta tras mostrar una sonrisa condescendiente que le dejó nadando en su propia indignidad.

“Otra vez será” se oyó decir al bueno de Marcelino al cerrar la puerta de su apartamento para zambullirse de nuevo en su soledad…


Comenzó el partido casi ocho horas antes de lo previsto. No comenzó donde hubiera debido, sino donde hubiéramos elegido, en el Calderón. Salió el equipo a estirar, a hacer rondos y a corretear desenfadadamente y veintiún mil de los nuestros estaban allí para jalear hasta los más nimios detalles. Miraban los jugadores, sobre todo los más nuevos o los más extranjeros y no daban crédito a lo que veían. Pensaban en el recurrente mantra de lo de ir partido a partido, en lo de que este encuentro, a nivel de puntos, vale lo mismo que uno ante el vicecolista y repararon en que no era cierto. Ni de lejos. Corrieron a resguardarse en los vestuarios con el calor de tantas voces metido en el cuerpo y los aficionados se fueron a casa satisfechos por haber insuflado esos ánimos que horas más tarde permitirían estirar el pie un poquito más y esprintar de nuevo aún cuando el gemelo pidiera una tregua.



Comenzó de nuevo el partido ocho horas más tarde. Comenzó en el sitio designado, ese estadio con hechuras de prisión de baja seguridad del norte de la capital. Ese recinto al que muchos se refieren como teatro sin llegar a considerar que a lo que asemeja realmente es a un circo romano con sus fieras y todo. Salió el Atleti y extrañó la falta de Filipe Luis pero extrañó aún más la presencia de Cata Díaz para sustituirle, en lo que fue un mensaje que pudiera interpretarse como poco osado desde el banquillo. Salió el Atleti y parecía bien plantado. Un equipo que se aferraba al orden. Salió el rival como suele salir en estos partidos. Fiel a su tradición de señorío, de caballero del honor. Salió a no jugar y a no dejar jugar. Salió a alentar a la masa que vociferaba pidiendo sangre. Salió dispuesto a valerse del empujoncito, de la patada tardía, de las reuniones poco espontáneas para protestar airadamente éste o aquel saque de banda. Salió así, de la misma manera que hace un tiempo salía cuando había un portero cuyo apellido rimaba con capullo que daba vueltas por el césped como una croqueta hasta que encontraba a un rival caído y daba un volatín que pretendía ocultar el pisotón que había dado. Salió como cuando un jugador de Málaga con orejas de soplillo sopesaba los pómulos rivales con sus codos en cada salto y nunca era sancionado. Salió como cuando el actual entrenador del Sevilla, siempre tan chistoso, hacía chanzas sobre un lateral rojiblanco poco dotado técnicamente. Salió así el enemigo, como suele, y los nuestros no supieron ni pudieron contrarrestar con juego o casta sus artes. Se desquiciaron los nuestros tras cada manotazo, tras cada protesta y algunos, en especial Diego Costa, se equivocaron al ponerse a la altura de los locales. Uno hubiera esperado que el árbitro hubiera puesto algo de paz en el paisaje, pero el colegiado, altamente valorado en instancias federativas, decidió delegar su labor arbitral en el número catorce del equipo contrario, jugador de notable desplazamiento en largo de balón y de incontable falta táctica. Parece un milagro que el hijo de Perico Alonso no se vaya de ciertos partidos antes de tiempo si no es con la connivencia de los trencillas de turno, tal vez pretendiendo no afear el espectáculo con tarjetas de color amarillo, que ya se sabe que es un color que en los teatros está muy mal visto.

Servidor no querría que ustedes, gente de bien, e incluso algunas gentes de peor vivir que pasaran a leer estas líneas se quedaran con la percepción de que el párrafo anterior pretende justificar la derrota en el partido de ayer. No, no es esa la intención del que suscribe. Frente a un rival que despliega sus armas, aunque sean marrulleras y conocidas, no queda otra que mostrar las propias. No fue así. No ofreció nada el Atleti. No creó peligro, no se acercó casi al marco rival ni tuvo arrestos para dar una mala patada. Se vio a un Atleti chico, no se sabe si acomplejado o superado. Mostraron los nuestros su peor cara desde que Simeone se hizo con las riendas de la nave. Una cara surcada por las arrugas de la impotencia. No hubo noticias de Arda, ni de Falcao, ni de Koke. No hubo presión. No hubo bandas, entregada la izquierda de antemano, poco inspirada la derecha. No hubo seguridad defensiva en el segundo gol ni consuelo tras el primero, marcado tras falta directa por ese jugador tan mono que ayer volvió a dejar una imagen para el recuerdo tras inspirado regate malabarista que acabó en el recogepelotas. No hubo juego directo ni tampoco elaborado. No hubo nada, la verdad.

“Otra vez será”, decimos todos como tantas otras veces. Aunque no, no es lo mismo que otras veces. Esta vez el equipo ha dado señales que alimentan las esperanzas. No ayer, claro. De ayer solo se puede esperar que la noche sea olvidada lo más pronto posible y luego seguir confiando. Aunque duela y a pesar de los cinco puntos de ventaja que todavía existen. Antes eran ocho. Tal vez ustedes hayan interiorizado también ese mantra recurrente de que lo de ayer eran solo tres puntos más. Los mismos que se ponen en juego en un partido de primavera contra un equipo de media tabla que no se juega demasiado. No es cierto. Ni de lejos. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

¡Al abordaje!


Se viene. Así lo dirían los nativos de las Indias Occidentales y de las tierras de Fuego. Lo tenemos encima. Así lo dirían los nuestros con la cara de expectación que debía pintarte esos momentos previos a abordar la nave que se acercaba por estribor. Se huele el combate. Salen los cuchillos de las fundas para acomodarse en los dientes. Aquí, nuestra tropa. Preparada para el combate. Cada uno en su puesto correspondiente. Todo el paño metido. La madera crujiendo. Las sogas gimiendo por la tensión. Los artilleros saboreando ya el regusto de la pólvora. Esta flota casi no conoció derrota desde que levó anclas en agosto. No hubo lid en la que no ofreciera bravura y honor, siempre honrando el pabellón rojiblanco. Siempre con la humildad como compañera. Muchas victorias, no hay memoria para las derrotas, por nimias. Así, de tan buena forma y con los vientos a favor, se presenta al duelo.

Enfrente, el enemigo. El de siempre. El único. Ese gobernador que rige el virreinato con la misma mano soberbia de siempre. Destaca la nave capitana, ataviada con la bandera blanca del que no está acostumbrado a mancharse nunca. A bordo, mercenarios traídos principalmente de Portugal, duchos en pasarse por el arco genital el tratado de Tordesillas y el de la urbanidad y las buenas maneras. Siempre el oro de su parte. Siempre intentando disfrazar de señorío la piratería. Siempre en la queja cuando los vientos no empujan de popa. Siempre enfrente. Nunca al lado, ni ganas de tenerlos. 



Justo antes del encuentro con la escuadra enemiga, ya con el rumbo fijado, el Almirante reúne a la marinería y alienta desde el puente de mando. Mira el pasaje con veneración al almirante Don Diego Simeone. Éste habla con voz pausada, queda. Les hace creer en ellos mismos. Les habla de tesoros escondidos en el vientre de la nao rival. Para quitar presión, les intenta convencer de que la lucha será como cualquier otra. Tres puntos solo. Ellos saben que no es así, que las tortugas que nadan en sus estómagos son del tamaño de las que avistaron cerca de La Española y tienen que ver con las grandes ocasiones. Con las batallas que llenan los libros. Con las historias engrandecidas por la leyenda que se contarán dentro de algún tiempo al calor de una hoguera.

Pasea el Almirante la vista entre los suyos y ve más allá de ellos. Ve cerca de él al fiel contramaestre, Don Germán Burgos, como siempre al tanto de todo, mirando de reojo timón y sextante. Ve Don Diego la línea de cañoneros y allí a aquel al que llaman el Tigre, el de mejor puntería, nacido ya en el Nuevo Mundo. Al asturiano Adrián y a Costa, el que tropieza constantemente por cubierta. Más allá están Arda el de Constantinopla, ese que le tiene  puesto nombre a cada ola del Mediterráneo de tanto que las conoce, y Jorge Resurrección, el más joven de todos. También ve a Mario y Gabriel, los encargados de la intendencia a bordo. Quedan en la retaguardia el osado Juanfran, el incisivo Filipe y los bravos Joao y Diego, ambos también del Nuevo Mundo. Hasta el grumete venido de Flandes, un larguirucho de flequillo indomable, se asoma para vivir el momento con todos. Todos juntos. Con la camisa roja y blanca abierta para ofrecer el pecho como primer parapeto. No hay lugar para achicarse ni para buscar el abrigo de cálida ensenada. No hay lugar para virar, para no ofrecer combate. No existen rendiciones ni capitulación. Hay lugar para entrar en la eternidad o para que varias onzas de plomo te manden a descansar al fondo de la mar. Se huele el combate. Se acerca. Lo tenemos encima…¡Al abordaje!

domingo, 20 de marzo de 2011

Rutinas

(Segunda entrega de las aventuras de los protagonistas del anterior derby, sí, sí, los de la Plataforma)
Aprovechando la entrada triunfal de la primavera, Zacarías y Saturnina se acercaron paseando hacia el restaurante. Ésta vez iban a cambiar las rutinas de los días de derby, a ver si así el final era distinto. Hoy no habría cabida para las sobremesas en casa, las siestas sin pegar ojo por los nervios y el bocadillo de tortilla con pimientos. Hoy irían los dos al fútbol. A ver si entre los dos hacían la fuerza suficiente para cambiar la racha. Esa racha que mantenía a su hijo aislado en el Atlántico Norte por una cabezonería.
Miraron el menú, pero decidieron comer de carta sabedores de que los precios de los menús de fin de semana experimentan un crecimiento geométrico al ser multiplicados por una constante de parecida magnitud a la que nos deja con los pies pegados al suelo, ésa que nos atrae hacia el batacazo de manera inexorable cuando resbala la pata de la escalera a la que nos encaramamos para colgar la foto del nuevo sobrino.
– ¿Qué pedimos? ¿Primero y segundo o algo para picar y un segundo? –se decidió por fin Saturnina a plantear la pregunta del millón que debe formularse en toda comida fuera de casa.
– Mejor primero y segundo, ¿vale? –propuso el homenajeado padre de familia dispuesto a cambiar rutinas pero no hasta el punto de renunciar a un plato de cuchara.
Él pidió sopa castellana, ella ensalada tras un encendido debate sobre en qué momento una menestra pasa a ser panaché de verduras. Después, cochinillo para los dos y una botella de crianza. Así daba gusto, comida casera pero bien hecha. Nada que ver con esos nuevos sitios en los que camareros de camisa negra brillante ejercen de traductores de platos definidos por cinco o seis palabras. Sitios en los que la ensalada en vez de ser fresca es tibia. Eso no era para ellos. También tomaron el primer helado de la temporada, café y un pacharán para cada uno, que no era día para volver a la infelicidad que emana de los descafeinados de sobre, las sacarinas y las cervezas sin alcohol.
Tras una larga sobremesa se acercaron a la sala de baile. Allí, danzaron durante dos horas casi todas las piezas sin pensar en dolores de espalda y antiinflamatorios. Allí, Zacarías le dijo a su mujer lo guapa que estaba con la blusa nueva, ella devolvió el cumplido reconociendo lo bien que le seguía quedando el traje pese a los demasiados años de uso. Zacarías se arregló satisfecho el nudo de la corbata y pasó inconscientemente el dedo por la solapa en la que brillaba la insignia del Atleti. La que siempre se ponía en días de partido. La que compró con unos ahorrillos. A pesar de los años que llevaba de socio, él se la tuvo que comprar, no como otros. Quizás por no tener apellidos complicados. Quizás por no ser político. Quizás por no ser de ese otro equipo de la ciudad.
Salieron a la calle agotados pero felices y enfilaron el camino del estadio. Iban despacio, tenían tiempo de sobra. Se demoraban más de la cuenta ante cada escaparate, sorprendidos por estos tiempos de liquidación y saldo.
– Tenemos que repetirlo más a menudo, ¿eh? –dijo ilusionada ella.
– Sí –admitió él–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.

Nuestros protagonistas se acomodaron en sus asientos y pasearon la vista por el menú que ofrecía la noche: De primero, un equipo conocido que repetía alineación. De segundo, una afición rebozada de ilusión que nunca falla, que nunca necesita disfrazar con salsa una posible falta de frescura. De postre, el palco. ¡Qué les voy a contar yo del palco que no sepan ustedes! El reputado productor cinematográfico dice que está deseando que termine la temporada, que se le está haciendo larga. El problema es que después de ésta, vendrá otra de panga a precio de rodaballo salvaje. Y sí, a la afición también se le está haciendo larga, pero es una más de las veintitantas de mediocridad que llevamos soportando. Eso sí que se nos hace largo.
Como seguro que ustedes ya habrán oído y leído muchos análisis postpartido de sesudos expertos, permítanme centrar mis reflexiones en solo unos pocos de los protagonistas.
El novio de Sara Carbonero: Probablemente el único del equipo rival que admitiríamos en nuestra mesa a la hora de comer. Probablemente el más desequilibrante en el partido de ayer. Un portero que ayer apartó de los focos a ese luso que padece síndrome de piernas inquietas. Grandes intervenciones teñidas de normalidad. Comida casera, sin artificios. A su lado, un equipo que ha hecho de la crispación y la villanía sus señas de identidad. Muchos nos preguntamos cómo es posible que un equipo con una superioridad técnica evidente encare el partido con mucha más agresividad que el nuestro. Cómo es posible que en los primeros minutos el jugador que luce el número diez en un desprecio claro de las tradiciones y la historia del fútbol haga más faltas que todo nuestro equipo en la primera parte. Cómo es posible que el maitre y juez de la contienda lo deje sin castigo. Mención aparte merece también un centrocampista excompañero de Torres en Liverpool, un jugador que antes nos caía bien pero que ahora ha interiorizado la grandeza del club que le paga y lo expresa a base de repartir señorío en las espinillas de los rivales. Se quejaba durante la semana ese hombre del Renacimiento que es el hermano de René Ramos de que a los campeones del mundo de su equipo no se los quiere como a los del otro equipo candidato, que será un problema de envidia. Y nosotros, que ya no somos candidatos desde hace tiempo por obra y gracia de nuestros dirigentes, pero sí tenemos memoria, intentamos recordar sin éxito un encuentro en el que otros jugadores a los que se suele aplaudir hayan medido las tibias de los rivales como lo ha hecho el de Tolosa en los últimos partidos que hemos jugado contra el equipo del ser superior. Será la envidia.
Kun Agüero: Ayer (y van…), volvió a intentarlo todo. Fue el que creyó, el que metió algo de miedo en el rival. Fue el entrante, fue el plato principal y la tarta helada. Fue el camarero de Vacaciones en el Mar, dando servicio él solo a todo un barco. Fue el que salió perdedor en varios mano a mano con el personaje del anterior párrafo. Fue en el que cada vez más se detecta la desesperación por no ser acompañado. Fue el que esperaba algo más de sus compañeros de turno, perezosos anoche a la hora de servir mesas. Fue el que bajó la mirada al suelo cuando se constató que la defensa tomaba forma de ensalada tibia sobre lecho de dudas. Fue el que lucha contra lo light, el que quiere poner sobre y medio de azúcar en el café. El que no se preocupa de ácidos úricos y transaminasas, en el que empieza y acaba todo. El que tiene que ocuparse de doblar los manteles y de echar la sal al guiso. Y se le ve cansado, no sólo físicamente. Muchos parroquianos piensan que está llegando al mismo nivel de hartura al que llegó en su día el Niño. Muchos piensan que ese hartazgo más el empujón que el palco dará en un nuevo intento de recaudar fondos dedicados a la adquisición de insignias que imponer a simpatizantes de rivales, pueden precipitar su salida este verano. Será una pena. Será como comerse un pescado hervido sin sal mientras te llega el aroma del buey a la piedra de la mesa de al lado. Será que debería habérsele rodeado de otros ingredientes. Será que no cuela más eso de llamar emulsión de hortalizas seleccionadas al aroma de vinagre y fruto del olivo a un simple gazpacho.
Saturnina y Zacarías enfilaron la cuesta de su casa con una enorme luna de silenciosa acompañante. Caminaban despacio, en parte por el cansancio del largo día y en parte por la derrota. A partir de mañana deberían volver a las verduras rehogadas y al pollo a la plancha, a las rutinas. Ésas rutinas que el equipo de sus amores no había sido capaz de abandonar. Aún así, caminaban cogidos de la mano. Como uno solo. Tristes pero acompañados. Como siempre lo habían estado desde hace ya tantos años. Al llegar a la puerta de casa, Zacarías intuyó que algo no iba como debía. El felpudo estaba movido y la puerta estaba cerrada sin las dos vueltas de llave que él metódicamente siempre daba. Se adentraron en el pasillo con prevención y vieron la luz encendida en el cuarto de su hijo. Se asomaron con el corazón latiendo muy fuerte, con ese latido familiar que años atrás notaban regularmente en sus visitas al Calderón pero que ahora se presentaba casi como un desconocido. Y allí estaba su hijo, el que trabajaba en la plataforma. Había vuelto para quedarse olvidando apuestas ridículas.
– Sí –dijo Zacarías hijo–. Hay que hacer algo diferente de vez en cuando.