Mostrando entradas con la etiqueta Barça. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barça. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de abril de 2016

Sin adjetivos

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160413/Deportes/5436/Atletico-de-Madrid-epica-aficion-Champions-League-FC-Barcelona-La-Colchoner%C3%ADa-La-agon%C3%ADa-del-mediapunta.htm

Andaba uno, tras el partido, intentando ralentizar los pulsos que seguían a punto de nieve. La cuestión era encontrar una pizca de serenidad para irse a la cama con ciertas garantías. Dado que la empresa se antojaba complicada, cuando no imposible, servidor de ustedes tuvo la necesidad de sentarse frente a un papel en blanco. Escribir. Contar, dentro de mis posibilidades, lo vivido a lo largo de otra noche ya guardada en la memoria, en la estantería de los recuerdos que perdurarán. Las palabras brotaban fluidamente pero, mediado ya el primer párrafo, me di cuenta de que no encontraba ningún adjetivo que pudiera explicar lo que había ocurrido en el Calderón.

Busqué en los cajones en los que suelo guardar los adjetivos y encontré todo tipo de palabras: verbos, sustantivos y artículos se apelotonaban allí, más no fui capaz de encontrar ningún adjetivo. Me dirigí a la cocina, no fuera ser que hubiera puesto los adjetivos, sin darme cuenta, en el jarrón en el que confino a las monedas de uno y dos céntimos. Nada. Ni rastro. Volví al salón turbado ¿De qué manera puede uno describir la belleza del estadio, la comunión entre jugadores y afición, el orgullo que destila cada uno de los seguidores atléticos cuando ve cómo defienden la camiseta los integrantes del grupo creado y dirigido por Simeone sin servirse de adjetivos? 

Reflexionaba sobre la levedad de un texto desadjetivado cuando desde la mesa del comedor llamaron mi atención. Eran dos adjetivos de uso infrecuente. Se presentaron educadamente como portavoces de todos los adjetivos usados y por usar que pueblan los textos de juntaletras de toda condición. Ante mi sorpresa, expresaron su disconformidad por las condiciones laborales de sus compañeros cuando tienen que trabajar en un texto que glosa los méritos del Atleti. Continuaron su alegato exponiendo que los adjetivos que acompañan las aventuras de este Atleti de nuestros amores se sentían insuficientes nada más posarse sobre cualquier papel o procesador de textos. Reivindicaban una revisión salarial y la concesión de un complemento de peligrosidad revisable, dada la posibilidad, nada desdeñable, de tener un accidente por redundancia a la vuelta de cualquier artículo. Se acogieron a su derecho de huelga sin ocultar su malestar por el abuso al que les sometíamos los que narramos las hazañas del equipo rojiblanco: demasiados épicos, muchos heroicos, un montón de grandiosos y gloriosos salpican las páginas que del Atleti estamos escribiendo.


Todavía impactado, les di la razón, no podía ser de otra manera. A modo de disculpa argumenté que los hitos a los que nos está llevando el equipo colchonero tienen aparejados esos riesgos. Es cierto que los que intentamos poner palabras a las proezas de los pupilos del Cholo nos excedemos con los adjetivos, que los repetimos hasta la saciedad y que notamos, nada más usarlos, que se quedan cortísimos ante tanta gesta. Presa del arrepentimiento, aun tuve la osadía de rogarles que, solo por esta vez y como servicios mínimos adjetivales, me dejaran utilizar alguno como legendario, como fabuloso o como maravilloso. Estaba convencido de que no habría manera de poder transmitir lo de anoche de otra forma. No sería posible reproducir las sensaciones. No existiría otro medio para ilustrar la piel de gallina que no se había marchado, la ronquera heredada tras los gritos de celebración, los innumerables abrazos recibidos, sin adornar esas vivencias con adjetivos. Se negaron firmemente y se despidieron, no sin antes advertir que los paros se prolongarían indefinidamente hasta que articulistas, blogueros y toda clase de plumillas, fuéramos capaces de crear oraciones y frases que pudieran glosar cada una de las epopeyas rojiblancas sin que los adjetivos que las poblaran se sintieran tan insuficientes y tan manoseados.

Les vi alejarse y a pesar del desánimo, terminé este artículo sin adjetivos que ahora ustedes tienen entre manos de forma precipitada, con el sueño apretando firmemente. Una vez lo di por concluido, comprendí el enfado de los representantes sindicales de los adjetivos y acepté que tenían toda la razón. Aquellos que estamos intentando dibujar con palabras el viaje del Atleti por las distintas competiciones estamos condenados a quedarnos cortísimos. Como cualquiera de los adjetivos que utilicemos. 

jueves, 7 de abril de 2016

El fútbol era esto


Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco:

http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/el-futbol-era-esto/

Lo sencillo, en días como los que nos ocupan, sería creer que el fútbol era esto. Caer en la tentación de mandar todo al carajo. Bajar los brazos sin convicción, agachar la cabeza y maldecir entre dientes. Indignarse por la capacidad de las tarjetas de teñirse de rojo o amarillo según la camiseta del número nueve. Aceptar que el camino está trufado de sorteos, casualidades y errores humanos. Correr a la librería más cercana para adquirir el último ejemplar de autoayuda sobre cómo afrontar el recurrente hedor que emana del hecho diferencial de no acabar los partidos con el mismo número de jugadores que ciertos rivales. Asumir que el techo, impuesto a la fuerza, está más cerca de lo que se pensaba. Pensar que el esfuerzo, la presión adelantada y la inspiración no pueden llegar a influir en un resultado fijado de antemano. No rebelarse. No clamar ante la injusticia. Tirar la toalla, en suma.




Lo complicado, pero a la vez lo más maravilloso, es dejar que la ilusión se haga sitio. Ayudar a que crezca, como una flor delicadísima brotando entre el estiércol prescrito a paladas desde los despachos. Entretenerse con las posibles alineaciones y dibujar en la pizarra de la imaginación esquemas tácticos abocados al todo o nada. Volver a sentir los nervios de tantas primeras veces. Saber que el Calderón lucirá endomingado aun siendo miércoles. Visualizar un lleno a reventar de voces y corazones. No apearse de la piel de gallina durante dos horas. Morir o matar. Calcular las opciones. Buscar los puntos débiles. Sostener que es posible siempre que nos dejen. Abrazarse a tus iguales. Notar el orgullo instalado en el pecho. Creer que el fútbol también era esto y que nunca podrán arrebatárnoslo. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Bellas derrotas

Artículo publicado en CTXT: http://ctxt.es/es/20160127/Deportes/3983/Atletico-de-Madrid-FC-Barcelona-Luis-Filipe-Godin-Undiano-Mallenco-arbitraje-La-Colchoner%C3%ADa.htm


A la derrota y a la muerte, una vez asumimos su condición de inevitables, se les debe exigir un escrupuloso respeto por la estética. Dicho esto de antemano, recuerda uno pocas derrotas tan lindas como la que el Atleti cosechó el fin de semana pasado. Fue una derrota completa. Redonda. Una derrota de sabor mucho más agradable que cientos de victorias. Una gran derrota que nos mandó a nuestro cuarto, sin cenar, a los que en ocasiones abrazamos el resultadismo como manera de vida. El pitido final nos dejó maltrechos y vencidos, pero orgullosos. Fue una derrota guapa a rabiar.

Ayudó, seguramente, que la derrota tuviera como escenario ese campo que desde hace tiempo se ha erigido en referencia del gusto futbolístico. Cuestión de etiquetas. Uno piensa que desde que los emiratos ofrecieron a Xavi un retiro sin retirada, el fútbol que se ve en ese estadio se ha afeado notablemente, pero es complicado para los que encasillan cambiar de registro. Las etiquetas, las preconcepciones que la mayoría traen de casa fue una de las dos únicas cosas que le sobraron al encuentro. La violencia, ese injusto sambenito que acompaña nuestros actos desde que el Atleti decidió colarse por la gatera en los salones de tapices donde se reparten los títulos, volvió a sobrevolar las crónicas y comentarios posteriores al choque. Por fortuna, la gente del fútbol no piensa de esa manera. De Luis Enrique, entrenador al que todo el zen del que Guardiola dejó impregnado su banquillo le tira de sisa, no sé si podemos asegurarlo. Él se lo pierde.



La otra cosa que sobró fue el colegiado. No seré tan previsible como para discutir la expulsión de Luis Filipe. La roja fue tan justa como la entrada reprochable, dado el lugar en el que dejaba al equipo. El lance, además, tuvo algo de comprensible dentro del contexto al que el árbitro, con precisión de croupier repartiendo cartas marcadas, había llevado el partido. Digo que fue el trencilla quien llevó al partido a ciertos terrenos y digo bien, no fue el rival pese a que éste se mostró inmisericorde ante los pocos desajustes en que los nuestros incurrieron. El navarro administró justicia con el papel memorizado de antemano. Sabiendo qué y a quién. Mitigando a base de tarjetas amarillas el insultante dominio que los de rojo y blanco ejercieron en los primeros minutos de juego. Los libros de historia reflejarán que expulsó a dos jugadores expulsables y que sacó el partido adelante. Mentirán. No hace falta inventarse penaltis para perjudicar los intereses de uno de los contendientes. Mal Undiano, mal.


Pese a todo, les comentaba antes que la derrota fue preciosa. Encerrar en su área de principio al líder de la liga, a un equipo a cuyas estrellas se las conoce por sus siglas en tertulias deportivas y casas de comidas, tiene su aquel. Hacerlo además en medio del temporal y jugando con diez, tiene un mérito innegable. Constatar que, cuando el choque desembocaba en un descuento insuficiente –otra vez Undiano, diligente–, una falta lateral a ejecutar por un equipo mermado –nueve hombres–, provoca escenas de pánico entre jugadores, técnicos y hasta varios notables de la política catalana que, dada la ocasión, dejaron el procés aparcado en zona de minusválidos, no tiene precio. Salió el Atleti reforzado en la derrota tras unos partidos que sembraron ciertas dudas. Todas ellas se disiparon en el Nou Camp. Debería ser delito dudar de este grupo y del que maneja el timón. Volvió a demostrarse que el Atleti sabe perder como nadie. Esa manera de perder, que cantó Sabina, hace que el aficionado rojiblanco sea el único que le sonríe a la derrota de la misma forma que riega de lágrimas sus triunfos. No lo confundan con la tontería esa de los sufridores ni otras zarandajas. Se trata de que solo el Atleti es capaz de pintar en su lienzo derrotas tan bellas como la del pasado sábado. 

jueves, 29 de agosto de 2013

De desguaces e intermediarios de cebollas

Miraba El Cholo por la cristalera de uno de los funcionales y modernos salones del hotel en el que el equipo se hospedaba mientras daba cuenta mecánicamente de un café con leche y de una rebanada de pan con tomate y pernil de la tierra. Quedaban pocas horas para el partido y nuestro técnico pensaba en los últimos ajustes, en las palabras exactas a utilizar para exacerbar el ánimo de los suyos justo antes de salir al campo. Tomaba Simeone su merienda, esa comida tan ninguneada por nutricionistas y endocrinos, siempre pendientes del desayuno como base de todas las teorías, y ya las ediciones digitales de los periódicos daban por hecha la venta de Demichelis en lo que se calificaba como una operación redonda como un donut de chocolate. No quería Simeone acabar de creer lo que se oía y se preguntaba con qué cara le tendría que pedir al central argentino que se dejara la piel en el campo si en algún momento las circunstancias del partido aconsejaran u obligaran su participación. Pensaba El Cholo en lo de la operación redonda como una rueda de tractor e intuía que había algo que se le escapaba, algo que ni los que gobiernan el fútbol ni los que dan fe de ello en los medios deben conocer. Lo de Demichelis sería una operación redonda como una pizza cuatro estaciones si estuviéramos hablando de intermediarios de cebollas, por ponerles un ejemplo: ¡Que negocio he hecho, Ceferina! Le compré un cargamento de cebollas a un agricultor a quince céntimos el kilo y lo he vendido en el mercado central a setenta. Redonda como el volante de un autobús de la EMT sería también si de operaciones de las que se realizan en un desguace hablamos, compra usted un coche para el arrastre por cien euros y vende sus piezas por más del triple de lo que pagó por él. Cavilaba Simeone sobre la redondez de ciertas operaciones cuando, ya después de acabar con su merienda, se encontró con el Mono Burgos en el hall y comentaron que, más allá de redondeces e incluso esfericidades, ellos iban a disponer de un central menos para afrontar el curso y que si no sería posible que ciertas operaciones estuvieran pergeñadas por gentes de despacho que debieran dedicarse a intermediar en la compra de cebollas o a comprar coches para el arrastre. No se les daría mal, ya que casi todo lo que tocan queda para echarse a llorar o para el desguace.


Salió el Atleti al campo dispuesto a afrontar otra final y salió con el equipo de gala y con Courtois de amarillo, algo que nos gusta más. Salió el rival con Marimar Jr. de titular y salió con Chés en vez de Iniesta, hechos que reflejan a las claras que el nuevo mister culé no solo tiene problemas de gusto a la hora de elegir americanas de vivos colores. Comenzó el partido y se echó el Atleti un poquito demasiado atrás, tal vez tímido o tal vez agazapado, vayan ustedes a saber. Amasaba el balón el rival y pudo hacer daño a los nuestros tras un par de esas combinaciones infinitas y algo cansinas. Pasaban los minutos y a cada minuto que pasaba respondía el Atleti adelantando un metro las líneas y ganando en seguridad y aplomo. Encontró el rival la coartada de la supuesta violencia rojiblanca para intentar disimular su impotencia y empezaba a salir el Atleti a la contra con mala idea, con Arda manejando el avance desde el centro y con Diego Costa como primera línea de infantería. Pudo cambiar el partido de manera drástica antes del descanso, pudo ponerse el Atleti por delante a pies de Koke, pero sobre todo en un remate del turco que el suplente en la selección del suplente en su equipo sacó de forma increíble y ya no hubo tiempo para más que para que el Atleti se marchara al vestuario dueño del partido y confiado en el plan y el rival se fuera a la caseta con Xavi y Busquets erigidos en asesores del árbitro en lo que a cuestiones disciplinarias se refiere.



Nada más mostrarse, la segunda parte heredó lo que se vio en el final de la primera: el Atleti mandón y lleno de peligro y el equipo del novio de Shakira enfurruñado, con esa típica rabieta que los niños consentidos desarrollan cuando alguien osa discutir la propiedad de un juguete o el orden establecido. Volvió de nuevo el cancerbero que ayuda a calentar al futuro padre del hijo de Sara Carbonero a sacar una mano con tintes de milagro tras disparo intencionado de Villa y fue entonces, justo entonces, cuando el colegiado, bien asesorado por los mediocentros que vestían de azul y grana, decidió que hay ciertos asuntos que no deben cambiar a lo loco de la noche a la mañana. Hay ciertas cosas que tienen un orden, un guión establecido. Usted es el protagonista de la película y aquel señor del sombrero es un secundario, esto es lo que hay. No debe el secundario robar un plano que no le corresponde supuestamente, no debe uno saltarse ciertos escalafones decididos en redacciones y juntas extraordinarias de intermediarios de cebollas encerrados en los cuerpos de presidentes de clubes de fútbol. Pensó en todo esto el trencilla y pensó también en los estudios de sus hijos, en el seguro médico privado y en lo que pudiera llegar a pasar si al final de la película el malo, que para ustedes y para mí es el bueno, se llevara a la chica del brazo.

Expulsó el árbitro a un Filipe que cinco minutos antes había sufrido un plantillazo alevoso del jugador que colecciona balones dorados por un forcejeo con Alves, ese jugador con vocación de artista circense, tras consultar con un linier que estaba a sesenta metros de la jugada, lo que justifica las reticencias de Platini y Blatter a la hora de introducir las nuevas tecnologías en el fútbol. Con semejantes facultades visuales en los auxiliares de banda, el ojo de halcón es algo claramente superfluo. No contento con eso, expulso también a Arda, que ya estaba con sudadera y chancletas en el banquillo, probablemente por decirle en otomano antiguo lo que merecía y hasta pitó un penalti cabriolero que fue desperdiciado por el ayer desdibujado astro del gesto ausente. Aguantó el Atleti con diez y metió el miedo en el cuerpo a aquellos que no acostumbran ni gustan de sentirlo. Achuchó el Atleti con casta y un orgullo que ayer todos sentimos durante y tras el partido y se vino para casa con la cabeza alta y la convicción fuerte, como debe de ser.


Esta tarde, a la hora de la merienda, Simeone se tomará de nuevo un café con leche y puede que hasta una rebanada de pan con tomate. Si le apetece, le pondrá encima una loncha de jamón mucho más bueno que el de la tarde anterior y se sentará tranquilo a ver lo que depara el sorteo de Champions. Mientras discurre el sorteo y sale una vez más Butragueño a sacar los rivales más débiles posibles para acomodarlos en el grupo del equipo de las mocitas, pensará El Cholo en lo que se ha acortado la distancia entre ellos y nosotros. Reflexionará también nuestro técnico sobre lo difícil que el entorno va a poner dar ese último paso, el de la igualdad plena, el de os voy a mirar a los ojos y sé que no os gusta, sé que estáis acostumbrados a mirar a los demás por encima del hombro y no os manejáis bien si no es así. Pensará también en lo difícil que desde dentro le pondrán poder dar ese último paso. Pensará en Demichelis el efímero, el central que será recordado como el Juan Pablo I de los fichajes del Atleti. Pensará en las operaciones redondas y en lo cojo que se le queda el equipo a pocos días de vista del cierre de mercado. Pensará en formas y maneras de seguir haciendo del agua caldo y hasta en desguaces e intermediarios de cebollas, cómo no….

jueves, 22 de agosto de 2013

Las finales por fascículos

Jugaba el Atleti otra final y nos obligó a trasnochar de nuevo. Jugaba una final y uno no dejaba de preguntarse por el motivo de que estas finales se tengan que jugar a doble partido, la razón de entregar por fascículos títulos que pudieran dirimirse de una sentada. Uno no encuentra más respuesta a este dislate que la de que en el guión de este tipo de choques no se quiere dejar lugar a la sorpresa ni a los invitados inesperados, como el Atleti. Estas finales están diseñadas y concienzudamente preparadas para que las jueguen dos equipos y ninguno otro más. Así, se inicia la temporada de la manera que consideran ortodoxa gerifaltes federativos y periodistas de rodillera desgastada: con un par de partidos de los que enfrentan a los únicos contendientes que a su juicio interesan. Esos que, si por los que reparten y organizan estas cosas fuera, deberían dirimir los títulos en juego en un playoff a 37 partidos del siglo mientras los demás miran sin protestar por la migaja que se les otorga. Por eso nos regocija colarnos por méritos propios en la fiesta preparada para otros, esa fiesta que ayer noche vivió su primer episodio.

Salió el Atleti al campo con la alineación que en breve todos los niños se sabrán de carrerilla y salió el rival con camiseta de polo cítrico de dos sabores dejando en el banquillo a Marimar y a su peinado de gallina matada a escobazos. Salieron los entrenadores y de nuevo Simeone apostó por el negro riguroso mientras Martino apostaba por unos tonos que merecerían la creación de una plataforma de damnificados por la Semana Fantástica de El Corte Inglés. Salieron los dos contendientes junto al equipo arbitral y el besamanos se convirtió en una explosión de cariños sin tapujos: de casi todos sus antiguos compañeros a Villa, de Koke a sus nuevos compañeros de internacionalidad y hasta de Undiano Mallenco a Busquets, con quien estuvo detallista y atento toda la noche.

Sacó el rival de centro y el Atleti se puso a esperar. No un esperar amilanado sino un esperar activo. Consciente. Agazapado. Amenazador. Se disponían los de rojo y blanco en tres líneas prietas, con la principal variante de que Diego Costa cerraba la banda derecha, y lo hacían con la presión y la solidaridad como principales aliadas. Apretaban los nuestros no dejando jugar al contrario, llevándose cada balón dividido y salían a la contra con muy mala idea, sin duda poniendo en práctica las teorías aplicadas de Don Luis Aragonés en su cátedra de la facultad de Ciencias del Contraataque. Fruto de una de esas contras académicas, llegó el gol tras triangulación brillante entre un Koke proverbial, un Arda más entonado y un Villa que culminó la jugada rematando no se sabe muy bien si con el empeine o con la sed de revancha tras sus años de exilio pegado a la cal o a los asientos de los banquillos.



No cambió el guión tras el gol. Un rival que amasaba y cansaba al balón de tanto moverse sin sentido aparente y un Atleti enfervorecido. Heroico en la presión y en el sacrificio y más que aseado cuando el balón le pertenecía. De igual manera comenzó la segunda parte: achuchaba generoso el Atleti y pretendía controlar al desatado rival el equipo de la segunda equipación refrescante con la inclusión de Chés Fábregas y de, por fin, Marimar o como pone en su camiseta, Marimar Jr.

Seguían los nuestros a lo suyo: a pegar y retroceder. A no bajar la guardia. A querer luchar en los terrenos que le convenían cuando el árbitro perdonó amorosamente una segunda amarilla a Busquets, ese especialista de cine atrapado en el cuerpo de un mediocentro, que hubiera decantado la batalla y roto el partido definitivamente. Justo entonces, un balón colgado que no se cerró bien posiblemente porque las piernas estaban en la reserva, fue cabeceado a la red por Marimar Jr., aspecto que hoy destacarán los diarios afines al régimen como una muestra de genialidad sin precedentes de ese jugador con pinta de cobrador de atracción de feria. Poco más brindó el partido hasta el pitido final. Algún arranque racial de los suplentes a los que Simeone dio paso y algo de no perdamos en poco tiempo lo que tanto ha costado conseguir.

Dejó el partido un sabor agridulce. Raro. Por un lado, queda la sensación de orgullo ante el responder del Atleti ante este tipo de partidos y su tendencia a mostrarse respondón con el poderoso utilizando sus propias armas. Queda también cierto regusto a oportunidad perdida, a cosecha injusta. A partido de nivel altísimo que el rival empata sin merecimiento. Dentro de una semana más. El segundo capítulo de esta final fasciculada que de manera incomprensible se nos ofrece por entregas. Al fin y al cabo una final y, cuando de finales se trata, no parece prudente para los rivales fiarse del Atleti. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

De nombres, sueños y pesadillas


Los nombres marcan. Normalmente para mal, todo sea dicho. Piensen ustedes en el momento en el que se le otorga un nombre a alguien. Una decisión tan importante en la vida de un ser humano se toma sin reflexionar, sin medir el momento debidamente. Pudiera ser que estando en el vientre de su señora madre, que no hay más que una, alguien decidiera que usted se iba a llamar Salustiano. Sí, ya sé que el nombre fue elegido por un trasnochado continuismo de la tradición familiar que remonta la existencia de Salustianos en su estirpe casi al medievo, pero, ¿y si usted sale enclenque y amante de la poesía asonante en los versos pares?, ¿cree que Salustiano es un nombre adecuado para usted? Salustiano es nombre de señor recio, de señor con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos con el que normalmente no se puede bromear so pena de que te deje marcados esos proverbiales dedos en los mofletes de una bofetada. Pudiera ser que, dejándose llevar por la emoción del momento, sus progenitores decidieran que su gracia iba a ser Genoveva con ánimo de apocoparla para llamarla coloquialmente Veva, que es un diminutivo muy pinturero. Usted se pregunta a día de hoy qué narices hará llamándose Veva mientras cuenta el número exacto de sardinas que debe llevar cada lata que pasa por delante de sus ojos en la cadena de montaje de la conservera y decide, con buen criterio, que Veva es un nombre más adecuado para una señora que toma el té en un café con muchos espejos. “Veva es un amor. Es ideal”, dicen sus compañeras de bridge haciéndose heridas en el labio inferior al pronunciar Veva como solo saben pronunciarlo las que han tenido servicio desde su más tierna infancia. Los nombres deberían tener una revisión. Probablemente deberían renovar su vigencia a partir de los once años más o menos. Para entonces, uno ya tiene que tener claro si el nombre le pega o no y podría cambiar a otro que se ajustase más a su idiosincrasia. Ya sé que este alegato no será tomado debidamente en cuenta por las autoridades ni por los padres y madres del futuro, pero ya saben, está en su mano poder cambiar el destino de sus púberes, porque usted, sí, sí, usted, el del paraguas verde, ha marcado sin saberlo el futuro de sus gemelos llamándolos Fabio y Aldo, ya que, salvo que se dediquen en cuerpo y no tanto en alma al cine porno, no llevarán unos nombres adecuados para pasearse por la vida.

Jugaba el Atleti en Barcelona y se esperaba un duelo acorde a la prestancia de los dos equipos que comandan la clasificación de esta liga nuestra con más nombre que emoción. La prensa esperaba el partido agazapada, sin esas alharacas que acompañan ciertos otros partidos en los que uno de los contendientes era nuestro rival de ayer, y nosotros esperábamos esperanzados a que este Atleti que tanto nos hace recordar otros tiempos lo corroborara poniendo su nombre tan alto como siempre estuvo. Salió el Atleti de gala y salió el rival con uno de esos tres o cuatro trajes de ceremonia que tiene para poder lucir en ocasiones como estas, cosas de la igualdad de la competición. Se plantaron bien los nuestros. Con las líneas juntitas y mucha mala idea en la mirada. Mareaba la perdiz, como es menester, el equipo rival y salían los nuestros con presteza al contraataque. Se veía cómodo al Atleti y algo atascado al equipo que dicen es más que un club, incapaz de conectar con su gente de arriba. Un palo y un control algo largo preludiaron el gol rojiblanco. Salió Falcao como una flecha tras meritorio robo de Diego Costa y se plantó en el área para definir con esa maestría suya que aparece siempre que huele sangre o red rival. Jugaba el Atleti, inquietaba e intimidaba y uno se frotaba los ojos ante el repaso que los de rojo y blanco estaban recetando al equipo plebiscitario por excelencia. Los hubo incluso que, de tan bien como veían al Atleti, se olvidaron de salvar las distancias existentes y creyeron ver en una jugada en banda un regate descomunal y pocas veces repetido de nuestro director deportivo al tío de Rafa Nadal. Los hubo que recordaron cuatro goles como cuatro soles de Pantic y los hubo que rememoraron una cabalgada de un niño con pecas que burlaba en su salida al meta rival. Treinta minutos con el nombre en todo lo alto. Treinta minutos para soñar.



Andábamos todos soñando a la vez, degustando de nuevo imágenes con sabor a victoria de solera, cuando un cubo de agua fría desde fuera del área nos despertó de mala manera. Tras ver varias repeticiones, uno no acaba de saber si la culpa del gol se la debe de echar a los de la banda izquierda, a un portero quizás algo adelantado o simplemente debe asumir que a veces los hados, los astros o la puta que los parió decide que un balón vaya donde casi nunca va. Justo en ese momento, tras el gol, el Atleti, que había salido a afrontar el partido con un nombre sonoro y rimbombante, decidió ponerle un diminutivo a su nombre. Decidió empequeñecerse y echar quince metros para atrás las líneas que se habían mostrado prietas hasta ese lance, probablemente considerando el empate como un resultado suficiente. El Atleti, que salió polisílabico y contundente, se quedó en un apodo terminado en "in", como si fuera más chico de lo que es.

Volvió el Atleti de los tumultos en área propia mal resueltos, volvió el Atleti que perseguía rivales sin convicción. Decidió el equipo cambiar su nombre a mitad del partido y lo cambió para mal. Todos los que habían dejado volar la imaginación para recordar gloriosas lides pasadas despertaron sin saber muy bien cómo llamar al Atleti de los últimos sesenta minutos, lo que probablemente no sea más que un necesario ejercicio de realismo. Sesenta minutos con el nombre equivocado. Sesenta minutos de pesadilla. De esas pesadillas de las que uno despierta empapado en sudor y dolorido, justo como si hubiera recibido una bofetada de alguien con manos grandes y dedos como morcillas de Burgos. Una bofetada de Salustiano, vamos…

lunes, 27 de febrero de 2012

Sobre morir de pie, sobre un extintor y sobre un señor de Cáceres

Corría el mes de mayo del año 2007. La primavera anunciaba un verano caluroso, como de costumbre. Un Atleti en constante reconstrucción se enfrentaba al mismo rival al que se enfrentó ayer. Durante los días previos, supuestos adalides rojiblancos de rumor de pasillo y de agradecido canapé a los prescritos, apostaban y alentaban una derrota para fastidiar al equipo de las mocitas. Casi daba igual que nuestro equipo se estuviera jugando una plaza de UEFA, lo importante eran los diez minutos de consuelo del tonto de los que se podrían disfrutar. Las encuestas arrojaban resultados preocupantes, una gran parte de los aficionados preferían perder y rebozarse en la inferioridad antes que plantar cara como siempre se hizo. Uno miraba extrañado a los que siempre había considerado sus iguales. Extrañado y hasta algo avergonzado.

El partido fue triste, muy triste. Ridículo y vergonzoso a partes iguales. Como consecuencia del jaleado hundimiento, el mayor símbolo atlético de los últimos tiempos vio cómo sobre el vaso de su encomiable paciencia caía la gota que lo colmaba. Asumió que debía alejarse con dolor de semejante mediocridad. Él, que es uno de los buenos y de los nuestros, sintió como una puñalada cada uno de los celebrados goles. No fue la única consecuencia del desastre: un portero joven acabó señalado y hasta fue diana de chuflas y chistes, una pareja de centrales de chiste y chufla corroboraron lo que pensábamos de ellos, casi nadie se salvó del despropósito. Solamente se salvó él. Ése que ese día tomó la difícil decisión de cambiar de aires, el único que obligaba a los demás a respetar el escudo que para muchos era un adorno en el pectoral. Ése que tanto nos dio y al que, hasta hoy en día, tenemos que seguir reivindicando cuando ha demostrado todo lo demostrable. Todo por ser de los buenos y de los nuestros.

Éste que suscribe se acercó al bar de la esquina de su calle. Ése que tenía una pantalla gigante recién comprada en la que daba gusto ver el fútbol. Llegó con tiempo y se encontró el local lleno de aficionados del equipo ese que reparte señorío en las tibias rivales terminando de ver el partido de los suyos. No se fueron como otras veces tras el pitido final llevando tanta paz como dejaban. Se acercaron a la barra pero no para saldar cuentas sino para pedir otra ronda. Se iban a quedar para mostrar un apoyo interesado a los de rojo y blanco. Un apoyo que se podían haber metido allá de donde los pepinos amargan, la verdad. Debido a este ataque de fraternidad ciudadana panmadrileña, éste que les habla tuvo que buscar espacios libres al lado de un extintor. Al otro lado del mismo, un señor de Cáceres, colchonero de pro, buscaba postura para ver el partido sin forzar el cuello más de lo necesario. Los goles fueron cayendo, los seguidores del equipo en el que militaba Jose Antonio Reyes, ese hombre que celebra todos y cada uno de sus goles a base de beso en el escudo, empezaron a glosar lo tuercebotas que eran los que jugaban contra sus transmesetarios rivales y un nutrido grupo de supuestos atléticos empezaron a celebrar los goles recibidos con alegría de chupinazo en fiestas patronales para llevar la contraria. Quedaban todavía veinte o quizás treinta minutos, la cámara enfocó a Fernando Torres y se le vio decepcionado pero sobre todo harto. Miraba alrededor y no reconocía ninguno de los valores con los que había crecido. Miraba y solo veía rendición y brazos caídos. Vio y vimos un Atleti arrodillado y orgulloso de estarlo. Esa cara del Niño la tenemos clavada muchos en el alma. De repente, servidor de ustedes cruzó una mirada con ese señor de Cáceres al que el azar y una pantalla gigante habían convertido en compañero de fatigas y, tras un gesto de asentimiento, ambos dos salimos a la calle dejando atrás una orgía de gritos de los que deberían estar callados y de alabanzas a Manolete y a otros líderes de masas que promulgaron la virtud del dejarse ganar. “Un placer haber compartido sostén de extintor con usted. Le dejo, que me queda un trecho hasta llegar a Cáceres”, dijo el cercano desconocido. Nos dimos la mano y nos despedimos sin tener el detalle de compartir nuestros nombres. Éste que suscribe no ha vuelto a bajar a ese bar, a pesar de que despachaba unas meritorias migas con torreznos como tapa de domingo por la mañana. Manías que tiene uno. Si lo hiciera, pensaría que estoy traicionando a ese señor de Cáceres, porque él, como muchos otros, era de los buenos. De los nuestros.



Dos caras bien diferenciadas mostró el Atleti en el partido de ayer. La primera de ellas fue ordenada, obediente y solidaria. Durante los primeros cuarenta y cinco minutos, los de Simeone jugaron a no recibir golpes. Agazapados atrás, se lanzaban a un contraataque demasiado precipitado que no dejaba más de tres pases seguidos en la mayoría de las ocasiones. Tampoco llegaba el equipo del novio de la intérprete del Waka-Waka con demasiada claridad a las inmediaciones de nuestro cedido belga, no crean, si acaso, una falta al borde del área a la que respondió bien Courtois y poco más. Los unos se aferraban a ese fútbol que de tan barroco es a veces cansino y los otros achicaban a base de patadón y búsqueda de segunda jugada. El choque se dibujaba en base al no errar en defensa de los nuestros, pero el fallo llegó y se materializó en gol por querer bascular demasiado ante el avance de la estrella rival.

Llegó el descanso y nos quedamos clavados en nuestros asientos allá donde estuviéramos. Teníamos dudas. Nadábamos en ellas sin saber si lo hacíamos a estilo de braza elegante o de perrito ansioso. Dudas de si el planteamiento era de una cobardía osada o de una valentía temerosa. Dudas de si lo visto era una vía para meter mano al equipo entrenado por el oráculo de la intelectualidad. Dudas de si habría capacidad o aptitudes para cambiar el guión. Dudas de si al bocadillo de tortilla le habíamos añadido los pimientos fritos que sobraron de la cena de ayer. Dudas de si las vejigas y las próstatas aguantarían sin ir al baño hasta el final del partido de lo clavados que estábamos a los asientos.

Empezó la segunda parte y las dudas se disiparon. Se disiparon con un gol pero sobre todo se disiparon al mirar las caras de los nuestros. Caras que reflejaban bravura y fiereza. Caras de tener claro qué camiseta llevaban y por qué tenían que entrar como entraban a disputar balones divididos. Fueron minutos que nos permitieron soñar. Soñar con llevarnos el partido y con esa paridad que antes teníamos con los de arriba de la tabla. Dos veces, dos, Adrián y Falcao pudieron plantarse mano a mano con el portero enemigo. Dos veces, dos, el asistente de línea se equivocó a favor de los intereses de uno de los dos a favor de quien se suelen equivocar. El rival estaba tocado. La afición jaleaba corners, alardes en la presión, cruces elegantes y suertes tan sutiles como esa que domina Arda como nadie, la de tirarse a ras de césped para robar el balón arrastrando su bizantina pierna derecha. Nos mirábamos unos a los otros y asentimos comprendiendo que éste Atleti ya no genera ninguna duda. Puede plantear los partidos de una u otra manera, pero nunca bajará los brazos. Nunca valorará una rendición que en otros tiempos era recibida por algunos con algarabía. Fue un Atleti valiente. Tocado con esa ingenuidad que tienen los valientes para perder la vida con una bala suelta o en una barrera sin pedir distancia. Oirán hoy a algunos disertar sobre el remar para morir a la orilla, benditos remares esos que te permiten creer en llegar a la playa del triunfo, posiblemente muerto, pero con una sonrisa trazada en el rostro. Benditos los porteros que suben a rematar corners con ambición. Benditos los calambres en los gemelos y benditos los que terminan los partidos boqueando para aprovechar la última molécula de oxígeno.

Puede que un día de estos baje al bar de la esquina de mi calle otra vez. Lo mismo no lo hago en día de partido que para eso ya lo ve uno en casa desde que comprendió que iba a ahorrar dinero y sobre todo disgustos. Lo mismo aprovecho un día cualquiera y me pido un café con leche corto de café y pido que me cambien al azúcar por sacarina. Lo mismo miro al extintor y me acuerdo de un señor de Cáceres que era de los buenos. Lo mismo me creo que nunca más veremos en nadie más la cara que vimos a Fernando Torres en aquella noche de mayo. Lo mismo volvemos a recuperar un orgullo que nos han ido arrebatando a dentelladas y por el que nosotros mismos tampoco hemos luchado como debíamos. Lo mismo es posible morir de pie, como ayer, por ejemplo.