Pisa (Italia), un
día cualquiera del año 1.187, año más o año menos, que después de tanto tiempo
casi lo mismo da.
- Pues
ustedes dirán lo que quieran, pero me da a mí que esta torre acabará cayendo
- Vayamos
partido a partido.
Hace unos
años, demasiados a juicio del que suscribe, tras el pitido final de un partido
celebrado en una tarde calurosa y gloriosa en la que nuestro actual entrenador
abrió la puerta de la victoria y Narváez Machón, de nombre Francisco Miguel, la
agrandó para que cupiera el éxtasis de toda la parroquia rojiblanca, servidor
de ustedes salió del estadio abrazándose a cualquiera que se encontrara
transitando las calles aledañas al Calderón y se encaminó a Neptuno con una
bandera rojiblanca anudada a la cintura y una bufanda en la frente a la manera
baturra, aspecto éste que sirvió para que muchos de los que se cruzaron en el
camino no acertaran a decidir si era éste un gesto de homenaje a Luís dado su
apellido, un guiño al primer título del doblete histórico conseguido en la ciudad
maña o una gilipollez de tamaño apreciable dado el calor que hacía. Más allá de
condicionantes estéticos, uno se bebió una noche que descansaba rendida a los
pies de la causa colchonera, una noche que cayó presa del equipo que había
fabricado Antic para plantar cara a unos rivales que contaban con muchos más
medios y más soberbia también. Aquella noche de hace unos años, demasiados
seguramente, fue una de esas que se alarga por antojarse cortísima, una de esas
que uno recuerda con más cariño pese a que el tiempo haya difuminado muchos
detalles. Eso sí, uno recuerda que fue el amanecer quien aconsejó tocar
retirada con la voz rota pero el ánimo inquebrantable, y con la bufanda puesta
en la frente a la manera baturra, claro…
Poco puede
uno añadir a todo lo que se ha dicho del partido del sábado. Tal vez podríamos
hablar del deseo de conseguir algo que mostraron un grupo de jugadores por los
que nadie hubiera dado un duro hace unos meses, ya caerán decían los profetas adscritos al régimen establecido, y la aliviada decepción que
produjo en el espectador la actitud de un rival superado y entregado, de un
rival en claro estado de descomposición al que parecía valerle el empate que
valía a los nuestros en muchas fases del encuentro. Sería injusto hablar de uno
más que de otro, aunque ese uno fuera Godín, autor del gol y por tanto
protagonista del recuerdo que tendrán los atléticos del futuro cuando muchos
otros detalles se hayan difuminado por el paso del tiempo. No se podría
analizar el partido sin las lesiones de Costa y Arda, sin esos sollozos entre
los que ambos se fueron al banquillo, sin esas lágrimas que se convirtieron en
la gasolina que impulsaba a sus compañeros cuando los depósitos habían agotado
la reserva de largo. Muchos de los que vieron el partido del sábado pero no han
visto la mayoría de los partidos de este Atleti esta temporada quedaron
admirados de la lucha, de la entrega de unos jugadores que han dejado a los
habitantes de Fuenteovejuna en una panda de egoístas que van cada uno a la
suya. Decía Simeone ayer que esto no es solo fútbol, que cuando alguien cree y
trabaja para ello, se puede y probablemente esa sea la mejor enseñanza que uno
puede sacar de todo esto. A ustedes y a mí, que hemos visto todos los partidos
salvo aquel que no pudimos porque se casaba el primo Nicomedes con su novio de toda la vida en lo que era la primera boda gay del pueblo,
evento que como comprenderán uno no iba a perderse, nos parece igual de
admirable el equipo que en las otras 37 jornadas. Se pasó mal, eso sí. Se pasó
mal por la cortedad de un resultado rácano con los méritos mostrados por los
nuestros durante el partido y a lo largo del campeonato y por la emoción y trascendencia del momento, pero uno sabía que nada
malo podía pasar. Llámenlo confianza en la justicia divina, llámenlo creer en
el destino, llámenlo pensar que está escrito en los astros, llámenlo como
quieran pero esta liga tenía que ser del Atleti, no podía ser de otra manera.
Hace un
día, y les aseguro que parece mucho más, tras el pitido final de un partido
celebrado en Barcelona en el que el Atleti conquistó con justicia su décima
liga, uno se fue a abrazar a su hijo y pensó que era una pena que el pequeño no
fuera un poco más mayor para poder comprender qué estaba pasando, para saber
porque su padre tenía los ojos anegados en lágrimas. Deambulaba uno por la casa
sin saber a qué habitación ir, sin saber si gritar o saltar, sin saber qué
hacer con unos nervios que habían alcanzado dimensiones de buey de arrastre.
Decidió uno salir a la calle y celebrar el título con sus iguales. Bajó y
volvió a subir varias veces, comió excesivamente y bebió más de la cuenta y
hasta tuvo tiempo para afear la condescendencia de aquellos que tienen la
desfachatez de decir que se alegraban por nosotros cuando nuestros triunfos les
reconcomen desde tiempos inmemoriales. Dejó pasar las horas soltando la
adrenalina que se empeñaba en acuartelarse en tripas y corazón y de vez en
cuando se pellizcaba en el antebrazo sin retorcer demasiado. Ya con la noche
ganada y la familia en la cama, uno, al que los nervios tamaño familiar le
impedían plantear una armisticio con el sueño, vio el partido de nuevo, cambiaba de canal compulsivamente buscando imágenes de la vuelta de los héroes y contaba las horas para
poder salir con el alba para comprar los periódicos que glosaran la gesta
rojiblanca, la de todo un año, la de un equipo fabricado a imagen y semejanza
de Simeone con el que se ha sido capaz de hacer frente a los rivales, siempre,
tanto ayer como hoy, tan soberbios. Fue entonces cuando servidor de ustedes
decidió cerrar un círculo que se empezó a trazar hace unos años, tal vez
demasiados, y, como homenaje a Luis y su apellido, se puso una bufanda en la
frente a la manera baturra, claro…
