Después de luchar a brazo partido con el tom-tom del coche y ganar la pelea a los puntos, Magdalena aparcó enfrente del portal de la finca a la que su amiga se acababa de mudar. Subió con reparo en el vetusto ascensor. Hombre, pues sí, la comunidad tenía una fachada peculiar. Estaba claro que en el momento de su construcción sin duda habría sido uno de los edificios más bellos de la ciudad, ¡qué digo ciudad, del país entero! Ahora no, ahora poseía una belleza decadente. Una belleza difícil de digerir. Una belleza, o más bien fealdad resultona, que casi dolía. Su amiga le había dicho que, aunque estuvieran para reformar y se entregaran sucios, llovían tortas por alquilar un piso en la comunidad. Ella, sinceramente, agradecería que algún amigo le cosiera a bofetadas si algún día tenía la tentación de vivir en un sitio como aquel.
El ascensor se detuvo con un frenazo demasiado brusco, un frenazo de esos que solo se soportan si posees cuello de piloto de fórmula uno. Al abrir la puerta de tijera, Magdalena fue golpeada por un olor a comida rancia mezclado con humedad y dejadez. No osó a buscar el interruptor de la luz palpando porque la poca claridad que filtraba un tragaluz situado varias plantas más arriba, dejaba ver una pared mohosa y agrietada. Finalmente, llamó a la puerta descascarillada golpeando con los nudillos desconfiando de los cables pelados que asomaban tras el aplique del timbre.
– Hola Magda, ¡por fin has llegado!, ¿qué te parece? –saludó su amiga con una sonrisa de oreja o oreja.
– Bueno…bien, sí, bien –dijo Magdalena mirando alternativamente al suelo del recibidor anegado por un palmo de aguas fecales y a las botas de agua que calzaba su anfitriona.
– Tal vez he exagerado un poquito cuando os lo describí, pero no me digas que no es el piso ideal –explicó con despreocupación mientras esquivaba cajas flotantes y masas de morfología y procedencia igual de indefinida–. Ya te dije que hemos tenido una suerte bárbara. Ayer me dijo el administrador que hay 800 inquilinos que han solicitado el alquiler para el año que viene, ¡ya ves, qué cosas!
– Pero… ¿y este agua? –preguntó la visitante sin dar crédito a lo que veía.
– Pequeñeces, es que tenemos alguna fuga en la instalación. Se producen fugas de agua, fugas de gas, fugas de delanteros centros pecosos, fugas de capitanes internacionales, fugas de mediapuntas de pelo fosco y talento discutible, fugas de estrellas con potente tren inferior, fugas de cancerberos jóvenes pecosos…Ahora que lo pienso, ¿no será esto culpa de la gente pecosa? –se preguntó–. Pero dice el administrador que las fugas se producen porque no se puede retener ciertas cosas. Los fugados juegan donde ellos quieren.
– No te reconozco ¿Cómo podéis vivir aquí? ¿No te das cuenta de que es un foco de insalubridad?
– ¡Qué exagerada eres! Son minucias. Una vez que estás instalado te acostumbras. Hay gente que lleva casi un cuarto de siglo aquí arrendados. Además, los peritos que informan sobre el estado del edificio diariamente nos dicen que estemos tranquilos, que el edificio está fuerte como un roble y que durante el próximo verano se acometerán reformas estructurales que lo dejarán de nuevo a la vanguardia de las comunidades de vecinos. Claro, que a lo mejor tiene que ver lo bien que se llevan con el administrador y con el portero.
– Siento tener que marcharme así, pero es que tengo que recoger a los niños de la clase de taekwondo –cortó Magdalena dispuesta a poner fin a la visita al notar que algo con vida propia le rozaba la pierna–. Te llamo luego por teléfono y seguimos hablando
– ¡Madre mía, qué precipitado todo! Bueno, pues nada, ya sabes dónde tienes tu casa ¡Ah!, mejor llama el móvil, que no nos llega la línea del fijo, no sé qué problema hay.
Magdalena ganó la calle rápido, sin querer detenerse a mirar alrededor mientras bajaba los escalones de tres en tres. Cruzó la calzada y se detuvo en la acera de enfrente para volver a mirar el edificio. El poco encanto que atesoraba hace unos minutos se había desvanecido. Ya no existía belleza de ningún tipo. Después de haberlo visto por dentro solo emanaba ruina.
– Una pena, ¿eh? –se dirigió a ella un anciano de mirada viva–. ¿Sabe? Yo viví ahí muchos años pero me tuve que ir. Éste era un edificio admirable y admirado pero, hace ya demasiado tiempo, se hicieron cargo de él un administrador y un portero que son un par de sinvergüenzas. Ahora cualquier día se viene abajo. Está para el derribo.
– Lo que dice usted. Una pena –admitió Magdalena paseando por última vez la mirada por la fachada. Por esa fachada tan peculiar pintada de rojo y de blanco.