lunes, 20 de abril de 2026

Actores protagonistas

 


Los que conocen cómo se mueve la industria de Hollywood saben que hay actores que no acaban de sentirse cómodos cuando el papel que les toca interpretar es el de protagonista. Se trata de actores respetados y reconocidos. Todos sus compañeros hablan del enorme talento que poseen y en muchas ocasiones les roban la película a los cabezas de cartel. Eso sí, en todo California y estados aledaños saben que a Steve Buscemi o a John Turturro no debes darle el protagonismo en una superproducción. Da igual que les recordemos a ellos, probablemente más a que ningún otro integrante del reparto en Reservoir Dogs o en el Gran Lebowski, en donde coincidían los dos por cierto, la cuestión es que no les queda bien el traje de estrella principal. Por lo que sea.

Estaba Madrid preciosa el sábado, salpicada de camisetas rojiblancas que uno se encontraba en cuanto pisaba la calle. Supongo que la ciudad, de esa forma, nos regalaba un paisaje cercano y amable a los que no encontramos manera de poder ir a Sevilla. Aun así, el ambiente era raro: se acercaba uno a comprar un fluorescente para cambiar el que lleva tiempo temblando en la cocina y Vicente, el ferretero, te hablaba del Arsenal y no de la Real. Te contaba que ya le había dicho a su suegra que mañana no contara con él, que había quedado con Neptuno. Llegabas a casa con tu fluorescente bajo el brazo y veías un anuncio de Telemadrid anticipando la programación que daría cobertura a la celebración del día siguiente. Daba la sensación de que era una final en la que no estaba el Atleti, si no otro equipo. Alguno de esos que siempre se creen con el derecho de ganar y uno torcía el morro por tener la memoria llena de Timisoaras y Groningens y no acababa de gustarle el ambiente que se respiraba. Entonces, se podía reparar en que el paisaje no era cercano ni amable, era un ambiente empapado de un puntito de soberbia fea.  



Salió el Atleti al césped de la Cartuja como si no hubiera salido, quizás también pensando en el Arsenal o en la cara con la que les iba a recibir Ayuso, que siempre es una incógnita. La realidad nos abofeteó duramente a los doce segundos y tuvo el Atleti que ponerse el traje de protagonista deprisa y corriendo. Era este un traje de actor principal de verdad, de los que deben bordar una escena y no pueden permitirse que el dobladillo de los pantalones asome descosido. Un atuendo muy diferente al que nos habían o nos habíamos puesto nosotros mismos los días anteriores al choque. Enseguida quedó claro que el traje nos quedaba mal en los lados, donde Molina, Ruggeri y Giuliano naufragaban en un mar de nervios e imprecisiones y solo Lookman y Koke, siempre Koke, parecían enterarse de qué iba la cuestión. Empató el Atleti tras varios intentos del nigeriano y, de nuevo, el Atleti creyó que contemporizando y sin un vestuario adecuado para el rodaje llegaría a la orilla deseada porque así lo decían las casas de apuestas y Vicente, el ferretero.

Hubo que ponerse el traje de nuevo, tras el descanso, al vernos en desventaja por la salida torpe y destemplada de Musso. Durante 35 minutos, el que suscribe pensaba en lo mal que se nos da eso de ser favoritos. La experiencia nos dice que nuestro guía Simeone, es un notable preparador de eliminatorias en las que somos los tapados, los invitados inesperados, los que dejan a Lamine con cara de niño enfurruñado y pasan de ronda ante la sorpresa, y quizás indignación, de Maldini y otros expertos en parabólicas. Puede que sea una cuestión de carácter, pues estoy convencido de que este equipo tiene libra por libra mucho más talento que aquellos de no hace tanto llegaron a finales, pero no hay un Gabi, o un Godín o un Raúl García que peguen cuatro gritos de los que sacuden nervios e impaciencias. Lo intentaba el Atleti sin hacer pupa hasta que Julián se sacó una genialidad que nos permitía creer de nuevo. Entonces, aunque solo fuera en un periodo de apenas 10 minutos, el Atleti se puso el traje de protagonista y pareció que la película iba a terminar en éxito rotundo. El momento, la fotografía y el guion se alinearon, pero la pelota no quiso o no supo entrar para dejar finiquitado el lance. De ahí hasta el final, se puso de manifiesto que este traje nos tira de sisa, que nos gusta mucho más encarar estos partidos en chándal de táctel y zapatillas. Los zapatos de cordones nos aprietan cuando los entendidos o nosotros mismos nos los otorgamos como favoritos, sea en una final o en el campo del Levante o del Alavés. La maldición del tenéis que ganar, podría llamarse.

A la noche sevillana solo le quedó entonces ponerse caprichosa con los lanzamientos desde el punto de penalty. En ese momento, el Atleti, ya sin traje de protagonista, con ojeras y sin rastro de favoritismo, temblaba como mi fluorescente de la cocina.

viernes, 31 de diciembre de 2021

¿Cómo estamos (capítulo 1)?

Llegados a estas alturas de la temporada, envueltos en turrones, test de antígenos y cuarentenas menguantes, bien merecen las circunstancias un repaso sobre la actualidad rojiblanca, que ya va siendo hora de desempolvar la pluma. 

-Pero, Don Emilio, si todavía no ha llegado el fin de la primera vuelta. ¿No queda esto escasamente simétrico y precipitado?

-Mire oiga, si quieren simetría y templanza, vayan ustedes a buscar a Jurgen Klopp, que es un señor cabal de esos que ya no quedan, siempre que gane, claro. Si pierde, se amohina y expulsa espumarajos por su teutona boca. ¡Qué hombre, Jurgen Klopp! ¡Siempre en chándal y siempre elegante! 

Hasta el momento, la temporada del Atleti debe ponderarse teniendo en cuenta dos variables de contexto principales. Por un lado, la sensación de que el destino en forma de nueva anormalidad nos privó de disfrutar debidamente del título del año pasado. Podría decirse que una parte de la afición atlética anda con las ansiedades por la nubes y se reencuentra con el equipo con la necesidad imperiosa de recuperar un tiempo que se considera perdido. Afronta entonces el impaciente seguidor los partidos con la actitud con la que sale de noche un padre de familia numerosa. No acaban de cumplirse los primeros minutos del choque y el aficionado/padre con licencia para salir de farra exige ir venciendo por tres goles de ventaja, que los camareros le rellenen el vaso con solo levantar una ceja y tener ya anotados en la agenda los teléfonos de varias mozas con edad de no haberse citado para la tercera dosis. Ignoran los trasnochadores aficionados que la liga se ha igualado, quizás por lo bajo, y que ya no se gana a los equipos al trote cochinero. Decía lo de quizás por lo bajo teniendo en cuenta el desempeño de los equipos españoles cuando salen de viaje a Europa y no hay forma de quitarse la sensación de que los rivales mantienen pulsada una combinación de teclas que les otorga hipervelocidad, disparo de fuego y morritos de protagonistas de comedia romántica. Uno, que anda mayor y resabiado, cree que es bueno que la liga esté disputada y que ganar en Pamplona o en Granada cueste sangre y sudores. También opina quien suscribe que no es malo que la clasificación ande apretada y que a la competición le sienta bien que haya varios equipos con opciones, aunque ya habrá tiempo para que los anfitriones de la sala del VAR pongan las cosas en su sitio interpretando, por ejemplo, que las manos de Piqué o Carvajal son menos manos que las de Lodi, tal vez porque el brasileño gaste manos de pelotari que seguramente tengan explicación en su conocido antepasado Koldo Renanlodietxea, originario de Rentería, cuyo hijo se marchó para Brasil en busca de fortuna, mestizaje libre y terreno virgen para correr como un carrilero largo. 

El otro aspecto a tener en cuenta es que parte de la hinchada ha llegado a interiorizar que la plantilla del Atleti para este año es la mejor de su historia porque lo llevan repitiendo meses contertulios que saben de incidencias acumuladas, de coladas y fajanas y de plantillas redondas. Los insignes tertulianos sostienen, mientras hacen tiempo entre los entrantes y la piedra caliente sobre la que someterán medio quilate de lomo alto de ternera del Guadarrama, que al Atleti hay que exigirle ganar siempre y jugar como la naranja mecánica, que tan mecánica no sería cuando el zumo de los títulos se mostró tan seco. No analizan en cambio, tal vez por no querer o por ser de mala educación un análisis de sobremesa entre regüeldos, que el equipo anda desequilibrado: cojo de laterales, escaso de centrales y superpoblado de mediapuntas (¡Ay!). Más allá de las oportunidades que ofrecía el mercado, el equipo necesitaba un tresillo, como decía aquel, y se trajo de vuelta a un francés que dividió a la afición, distraída en decidir si merecía ser pitado o directamente nos cagábamos en sus antepasados con la boca entornada. Todos los apasionados debates accesorios impiden descubrir que los tertulianos pretenden jugar con la ventaja y la barriga llena: perdiendo el equipo de sus amores, que suele ser el de siempre, es lógico porque el equipo de Simeone es mejor libra por libra. Si ganan, qué malo es el entrenador argentino con los mimbres que tenía y qué mérito tan enorme el de los suyos, jugando además en un estadio situado sobre un cementerio de cáscaras de pipas con sal. 



-¡Lo que nos faltaba, otro talibán en la defensa de Simeone! ¡Aburre usted, Don Emilio! ¡Aburre lo mismito que el Cholo! 

-Por no mandarle a freír monas, debo mandarle a usted a Manchester, a que se le turben los sentidos con el disfrute que el City de Pep proporciona. Dicen los más creyentes que no es difícil adivinar en la grada a un buen número de espectadores con los ojos en blanco mientras juntan los muslos. ¡Es el mayor éxtasis posible para los amantes del truquitaka y de los jerseys de pico!

Con estas premisas, uno considera que la temporada del Atleti ni es la que esperábamos ni tampoco merece un suicidio colectivo. A estas alturas, el equipo colecciona partidos y resultados más raros que un perro verde. Encuentros y marcadores desazonadores, que nos pillan con el pie cambiado las más de las veces. Muchos choques nos dejan una sensación parecida a la de reencontrarse con antiguos compañeros de colegio a los que no reconoces en esos señores calvos y barrigones que te hablan de cuando compartiais litronas juntos mientras piden un filete de pollo a la plancha sin sal. Lo más preocupante, dietas insulsas aparte, quizás sean ciertas señales de fragilidad y de falta de carácter que el conjunto muestra. Llegados a este punto merecen dudas la confección del elenco y las modificaciones en el sistema que ha habido que afrontar con el paso de las jornadas. Con la mitad del curso casi superado, uno no recuerda partidos absolutamente redondos, pero sí episodios muy meritorios de juego como contra el Barcelona, el Villarreal o la reacción contra el Liverpool en nuestro feudo hasta la expulsión del marido de Erika Choperena. También se recuerdan esperpentos infumables, especialmente concentrados en algunas primeras partes, muchas de ellas europeas, para más señas. En la parte positiva, destaca la capacidad de reacción del equipo para sobreponerse y dar la vuelta a los partidos y a los arbitrajes, algunos desquiciantes tirando a joputescos del inicio de temporada. En el plano negativo, preocupa enormemente el desempeño defensivo por encima de cualquier aspecto, pero también se echa de menos cierta falta de oficio, o más bien, se echa de menos a tipos como Gabi, Raúl García o Godín, tipos de los que alzan la voz, te agarran de la pechera y hasta te abofetean de manera didáctica si fuera necesario. Ante esta carencia, que el año pasado, quizás por ser un curso extraño de narices, no se convirtió en capital, deambula el equipo por los partidos inseguro, sea cual sea el marcador, y tiene uno la sensación de que el área propia se ha convertido en una reserva protegida de balones sueltos para ser cazados por cualquier delantero que pase por allí aunque sea a domiciliar el recibo del IBI. El abajo firmante, que ya peinaría canas si tuviera algo que peinar, cree firmemente que la mutación en flan de la defensa e incluso la impotencia de Oblak se encuentran alojadas en la sesera más que en la pizarra. No obstante, debo emplazarles a una segunda entrega de este análisis precipitado, poco simétrico y hasta aburrido. 

-¡Y ahora el tío lo deja aquí y se marcha, amenazando además con otro episodio! A mí esto de los segundos platos me suena a camelo. 

-No vuelvan si así lo consideran, que es cierto que los amores a doble partido no suelen funcionar. Salvo que se llame usted Carlo, claro. Eso sí que es volver sin la frente marchita. 

Permanezcan atentos. 


martes, 25 de mayo de 2021

Escribir sobre el Atleti

 

Uno deja de escribir sobre el Atleti con el escaso convencimiento con el que deja de fumar o de andar con buenísimas malas compañías. Sé de lo que les hablo: he dejado de fumar infinidad de veces. Casi una cada día. Una vez alejado de la nicotina, tu vida discurre en una constante búsqueda de la excusa precisa para volver. Puede ser en la boda de un primo lejano, ante la certeza de que llegados a este punto deberíamos divorciarnos o tras un gol del Osasuna en su primera llegada a puerta. El caso es que vuelves. Con más o menos remordimientos, pero vuelves. Tal vez prefieras engañar al mono con un puro, como hizo Savic, sabiendo que eso ya es volver.

Uno deja de escribir sobre el Atleti y se siente falsamente libre. Aparca la esclavitud semanal de sacarle punta a un partido que en ocasiones nace desmochado. Sobreviene, además, la pereza de saltar a la arena para debatir con los que creen que Diego Pablo es culpable de casi todo, incluso del hambre en el mundo. Anda uno mayor para batirse en duelo al amanecer en twitter y aguantar que algunos (uno quiere pensar que son bots de esos que se encuentran a un taxista marroquí o catalán que te invitan a la carrera) sentencien que a Simeone se le ha acabado el ciclo. Padre, perdónalos porque no saben quiénes son Ibagaza y Álvaro Novo.

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque es torpe y le cuesta encontrar las palabras adecuadas para describir la presión que hemos tenido entre el pecho y el estómago los dos últimos meses. Porque no es capaz de explicar lo que se siente cuando el balón se estrelló en el palo en Elche ni la razón por la que el mismo desmarque de Llorente repetido hasta la saciedad se haya convertido en un arma de destrucción masiva contra centrales izquierdos. Las musas te esquivan sabiéndote desesperado y te falta el cuajo que tuvo Carrasco para detener el tiempo y levantar la mirada para ver a Luis Suárez con ganas de entrar en la historia.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti porque la vida le atropella. Siente que todo va deprisa, incluso en este año de mierda que nos ha obligado a parar para seguir corriendo. Aun así, no entiende que las prisas justifiquen que haya quienes piensen que Saúl y Koke están ya muy vistos o que Angelito debería dejar de intentar lo imposible en cada control orientado. Se nos está quedando el patio lleno de consumidores de comida basura. De Chiringuitos y cortijos. De tertulianos y participantes de Mastechef con plaza de aparcamiento reservada. De seres, en suma, que no conocen lo que es marearse por el calor cuando el sol del Calderón rompía la línea de presión del marcador del fondo sur.

Llegados a este punto tras mencionar el sol del Calderón, el artículo bien merece una pausa para la hidratación. Si van a quejarse de que jugamos con ventaja, que sea con razón.


Uno deja de escribir sobre el Atleti y, por encima de todo, nota que algo se ha dejado por el camino. Ya no podrá rescatar al primer Joao de la temporada, un Joao que ojalá pueda volver tras dejar atrás los trotes desganados. No podrá maldecir la sanción de Trippier. No debatirá sobre la bonanza del sistema de tres centrales ni sobre si lo de Herrera es parsimonia o templanza. Es tarde para decidir si Kondogbia y Torreira sirven o no. Pasó el tiempo de repasar las notas del Extraño caso del Dr. Lemar y Mr. Hyde. No procede ahora hablar de la espantada de Diego Costa, del que uno esperaba más y quizás mucho menos. Queda demasiado en el tintero.

Uno deja de escribir sobre el Atleti sospechando que no habrá casi nadie al otro lado con ganas de oír lo sobradamente repetido. Que antes de Simeone éramos mucho pero éramos menos. Que hemos acortado los tiempos entre un campeonato de liga y el siguiente de forma increíble. Antes, de uno a otro pasábamos del biberón a una litrona de Mahou con la que pretendíamos olvidar el nombre de a la que prometimos amor eterno. Que luchar con Goliath y Goliath y sus aparatos de propaganda es un milagro recurrente al que nos hemos acostumbrado, quizás injustamente. Que suceda lo que suceda, en la banda está el hombre de negro para hacernos sentir orgullosos cada día de lo que vemos sobre el campo, primeras partes tiradas incluidas.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti creyendo, quizás equivocadamente que el equipo campeón de este año no es tan bueno gramo por gramo como el del 96 o el del 14, lo que tiene muchísimo más mérito. Hace tiempo que descubrimos que la lógica y la razón, al igual que los árbitros dialogantes, no existen. Finaliza el plantel la temporada con un saco de goles perpetrados por el delantero gordo, viejo y acabado, por el mediocentro reconvertido ahora en estilete ofensivo que no servía en la orilla turbia de la vida, y por el belga al que China se le quedó grandísima. Mención aparte merece está lo de Correa, un tipo que siempre escapa a la razón. En el otro lado del campo están Jan y su guardaespaldas Stefan. La presencia de ambos probablemente explique todo lo ocurrido sin olvidarnos de los demás, pero lo de ellos bien merece llenarse los pulmones de humo.  

Uno deja de escribir sobre el Atleti sabiéndose en deuda con lo ocurrido en un año que siempre recordaremos. Viejos, pero nunca derrotados, aburriremos a nuestros nietos recordando el Panda de Filomena, los contactos no tan estrechos, el mucho VAR y poco bar de este año de locura. Contaremos que hubo una primera vuelta de ensueño y una segunda que se hizo larga. Hablaremos sobre la presión brutal que los nuestros tuvieron que soportar. Sobre el mal perder de los de siempre. Sobre los estadios vacíos y los terceros anfiteatros llenos antes de tiempo. Sobre una camiseta rojiblanca bajo un equipo de protección en la UCI. Sobre Suárez llorando sobre el césped y cómo las rayas de los colchones nos permitieron viajar estando confinados. Sobre la vida y el Atleti, que es lo mismo y sobre el puntín de Correa, que fue todo saliendo de la nada.

Uno deja de escribir sobre el Atleti durante cuatro años pero siempre vuelve, aunque sea solo una vez más. Y lo hace después de que el equipo escriba una nueva página para guardar en la memoria. Sepan en todo caso que uno, escriba o no, es del Atleti aunque gane.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Hablar con la familia


Me parece de un romántico que tira de espaldas que, en estos tiempos de Tinder y cuartos oscuros, vaya el Barça y se ponga a hablar con la familia de Griezmann. Es muy de valorar que las cosas se hagan como es debido, como se han hecho toda la vida. Uno se imagina a los representantes blaugranas asegurando que sus intenciones son formales mientras enumeran las hectáreas de tierra y cabezas de ganado que poseen. Todo alarde es poco para convencer a la novia, aunque ésta sea francés y además mediapunta de adopción y extremo de formación. No me sean antiguos, leñe. 

No es complicado visualizar a su familia, a la de la futura desposada digo, cambiando de actitud mientras la entrevista/proceso de venta se produce. La señora madre del galo va suavizando su postura corporal con el paso de los minutos. Seguramente se relama viendo la buena posición en la que su niño va a quedar, pese a sus orígenes humildes. Se acabó el presionar a campo completo siguiendo las indicaciones de ese enamorado del sudor llamado Simeone. El futuro pinta estrecho de esfuerzos. No hay más que ver lo bien que se conserva Arda Turan. Parece que el tiempo no haya pasado por él. Diríase que se ha quitado años de encima desde que salió del Atleti con el ánimo de atragantarse de triunfos. Está hecho un pincel, tieso por el desuso, pero pincel al fin y al cabo. 



Radicalmente distinta es la visión de la otra familia del delantero. La familia atlética, vamos. La de los celebradísimos gestores del club, quiero decir. Molestos, pero poco, por la osadía de ese equipo que presume ser más de un club, posan como si estuvieran enfurruñados y denuncian a la FIFA en voz bajita. Piensan que este tipo de cosas del corazón se solucionan de otras maneras. Otras más sencillas. Airear que desde el Mediterráneo quieren hablarse con Antoine les coloca en la incómoda posición de tener que pedir la cláusula de rescisión, so pena de quedar desairados ante los suyos (algo que nunca les importó lo más mínimo, por otro lado). Su enfado se sustenta sobre el hecho de que el aireo del noviazgo va a obligarles a ponerse estupendos a la hora de vender. "Si hubieran venido a nosotros de principio, otro gallo nos hubiera cantado", mascullan lamentando por si el negocio se frustrara. A ellos siempre les pudo más el bolsillo, si es de otros, que el alma. 

Uno solo espera que, puestos a reunir la dote para sellar el pacto sentimental, no intervenga el lenguaraz hermano del delantero como intermediario. Malo sería que la próxima boda se suspendiera por un mal tweet inoportuno. Cualquier día el zagal vuelve a acordarse de Manchester, de París o de cualquier otro pueblo con posibilidades. Recemos para que, para entonces, los novios ya se hayan encamado y no haya marcha atrás. 

martes, 14 de noviembre de 2017

El retraso

Hay mañanas en las que tras parecer haber superado con éxito la rutinaria contrarreloj diaria, todo se tuerce en el último momento. El niño espera junto a la puerta de casa abrigado como para afrontar una expedición al Himalaya. Las tazas ya descansan en el fregadero, tras mucha pelea secas como un pantano castellano. La camisa todavía luce las líneas del planchado que irán perdiéndose con el paso de las horas. Es entonces cuando te palpas los bolsillos y reparas en que faltan las llaves. O quizás el móvil. A lo mejor los goles y la sonrisa de Antoine.

En esos segundos de pánico todo se viene abajo. Esas ausencias hacen que el plan se derrumbe como un castillo de naipes. Buscas en todos los sitios posibles. Revuelves el cubo de la ropa sucia y, entre calcetines tiesos, encuentras declaraciones realizadas al borde de una piscina que no esconden las ganas de marcharse del Atleti. Finalmente, los objetos buscados acaban apareciendo aplicando solamente una pizca de pausa. Las más de las veces suelen estar en algún lugar previsible: las llaves en el cajón del mueble del pasillo de entrada, el móvil en el baño, justo al lado del rollo de papel higiénico. No obstante, cuando lo perdido es la actitud de un atacante, no solo basta pausa y detenimiento. Tal vez para reencontrarlos sea necesaria una estancia con todos los gastos pagados (la pasada revisión contractual manda) en el banquillo o la grada ¿Por qué conformarse con sacarle del campo diez minutos antes de un nuevo desastre? Normalmente, el cartelón del cuarto árbitro alivia pero casi nunca soluciona. Se entienden las sustituciones cuando el partido y el ánimo agonizan. Aferrados a un (no siempre) probable arreón final, ¿que sentido tendría colgar balones al área para que sean rematados de cabeza por alguien que la tiene en Manchester?


Pese a ser breve, el retraso ocasionado por la búsqueda trastoca el plan de forma irreparable. Se tuercen el día, la tarde o incluso la temporada. La existencia se compone de esos pequeños automatismos que la hacen llevadera. Cinco minutos de demora pueden suponer media hora más de atasco. Diez o quince partidos sin noticias de la estrella conllevan las casi segura eliminación en Champions. Cientos de trenes se escapan en esos instantes de zozobra. Miles de parejas se rompen. En millones de pases de la muerte el rematador no llega a contactar con el balón por una décima de segundo. El fútbol, o lo que es lo mismo, la vida, no esperan. Las mañanas y los pases entre líneas caducan a velocidad de relámpago. Con menos razón a aquellos que podrían utilizar su sueldo como eficaz repelente de la pereza. El tiempo de la comprensión y los perdones yace aquí, muerto a consecuencia de un retraso. Aunque lo parezca, la vida no es un tweet que pueda borrarse y empezar de cero. Da igual que sea suyo o de su hermano. 

jueves, 2 de marzo de 2017

A medio vestir

Andábamos tan enredados debatiendo sobre el buen juego o lo esquivo que se mostraba el gol que no supimos prestar atención a ciertas señales. Analizábamos si Gameiro era el primo pálido de Jackson Martínez o si había vida inteligente en el mediocentro. Cambiábamos y volvíamos a cambiar a Koke de posición utilizando el borrador de la pizarra. Discutíamos sobre los kilómetros de recorrido que le quedaban a Gabi o sobre si lo de Saúl era o no para tanto. Hablábamos también de Torres, claro. Demasiado, como siempre. Hablar de Fernando, hasta incluso algunas veces bien, ha llegado a convertirse en un deporte nacional íntimamente arraigado. Así pasaban los días, distraídamente, sin que a nadie se le ocurriera dudar de la defensa. Eso era inamovible. Cuando el Atleti cayera, la defensa seguiría en pie. Era lo único seguro. Quizás por eso ahora nos sentimos un poco a la intemperie. Desabrigados al ver que la defensa ya no es tan inexpugnable.

No hace tanto que la defensa del Atleti se mostraba inquebrantable. Este equipo fue construido a base de seguridad defensiva, sudor e intensidad. Recordamos decenas de partidos, especialmente a domicilio, en los que al adelantarse el Atleti en el marcador el encuentro se acababa. Daba igual la entidad del adversario. No importaba el asedio que pudiera venirse encima. Nada significaba que restaran cinco u ochenta y tres minutos. Un gol de los rojiblancos causaba en el rival un estado de desamparo parecido al que se producía cuando paraba la música y se encendían las luces de la discoteca. Sin la penumbra como aliada, el oscuro paisaje mágico lleno de posibilidades se tornaba en un descorazonador campo de batalla lleno de muertos vivientes. Un tanto rojiblanco devolvía de una bofetada a una realidad en la que hace tiempo que el hielo se había derretido en los vasos de tubo. Hubo más de un árbitro tentado de decretar el final nada más sacar de centro el equipo contrario ¿Qué sentido tenía prolongar la agonía? Todos sabíamos que nada malo iba a ocurrir. La defensa nos guardaba de cualquier mal. Dormíamos a pierna suelta porque la Guardia de la Noche velaba nuestro sueño en la retaguardia.


De un tiempo a esta parte, la defensa muestra debilidades más terrenales. Coger la espalda de los laterales ha dejado de ser un artículo de lujo. Los jóvenes centrales perdieron ese halo de veteranía que les adornaba incluso en el día de su debut y nuestro área ha dejado de ser un terreno vedado para cualquier actividad visitante. Se dan de tanto en tanto goles tras varios rebotes de esos en los que no se sabe si echar de menos una mayor fortuna o la contundencia de un central con bigote que no se andaba por las ramas. Sobre todas las cosas, se echa en falta a Godín, que no es poco.

Se pregunta la afición el porqué de que al uruguayo los ataques rivales le pillen a medio vestir tantas veces en los últimos tiempos. Sorprende ver al faraón despeinado y con la camisa sin abotonar cuando la jugada se presenta de improviso. Despistes que creíamos imposibles suceden. Tal vez la clave se esconda en la falta de rotación. Ahora que cualquier objetivo liguero que no pase por conservar la cuarta plaza ha entrado en el terreno de lo utópico, quizás llegó la hora de dosificar y cuidar al central. Dar la alternativa a los jóvenes, probar otras combinaciones en partidos de menos empaque. Eso sí, cuando las cosas se pongan serias, cuando el fuego se convierta en real, el charrúa siempre tiene que ser de la partida. Un Godín llegando una décima más tarde de lo normal al cruce sigue siendo uno de los mejores centrales del mundo. Diego posee la magia de ciertas estrellas del Hollywood clásico que, como Marilyn o como Mansfield, ganaban muchísimo a medio vestir. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Se buscan valientes

“Se buscan valientes”, es el tema de moda que canta uno que es muy del Atleti, El Langui, para sensibilizar sobre el acoso escolar. Sobre el abuso del matón poderoso hacia el débil y anima a no callarse, a hacer frente, a no rendirse. Valentía requería ayer el partido y el Atleti regó con ella el terreno de juego del Camp Nou. Los primeros treinta minutos del choque se convirtieron en un canto a la osadía del que normalmente no alza la voz. No le quedaba otra al adversario que acularse y capear el temporal, privado del oxígeno que el balón supone para ellos. Gozaron los nuestros de varias oportunidades claras que no llegaron a dinamitar la eliminatoria por el nimio detalle de la falta de gol rojiblanco. Tal vez hubiera que encontrar valientes entre los medios para no dejar de poner el foco en el palco y preguntarse dónde está el gol que pidió Simeone en verano. Se cuenta que anda por la zona oeste de Londres, añorando la ribera del Manzanares.

Se buscaban valientes y el árbitro no fue uno de ellos. Gil Manzano, trencilla que aúna en sus apellidos aromas de oscuridad para la causa rojiblanca, se anunció cobarde mirando para otro lado ante un penalti tonto, pero penalti al fin y al cabo, a Torres en el primer acto. Su actuación medrosa se coronó con un gol legal anulado a Griezmann y un par de expulsiones al equipo local que deberían haberse producido un buen puñado de minutos antes. Como es costumbre en ciertos escenarios, el encargado de impartir justicia guardó silencio connivente. Perdemos horas a lo largo de la temporada en debatir sobre estilos, sobre alineaciones y sobre variantes aun a sabiendas de que hay algo que no varía nunca: el estilo de los que se siempre se alinean al lado del fuerte. El Cholo habló claro finalizado el partido. Anduvo valiente al señalar cómo funcionan las cosas en las competiciones locales e hizo un guiño a la Champions, que anda suelta todavía.


Se buscaban mediocentros de guardia ante lesiones y sanciones y Koke y Saúl despacharon un partido memorable. Se buscaba contundencia y la defensa la tuvo pese a correr más riesgos. Se buscaba un plus en la vanguardia y los de arriba lo intentaron hasta la extenuación. Se buscaban valientes que encajaran los golpes sin parecer acusarlos. Se buscaba osadía para no tirar nunca la toalla. Se buscaba audacia para empequeñecer a uno de los rivales más serios que puede uno encontrarse en el camino. Se buscaba arrojo para creer y seguir haciéndonos creer. Se buscaba decisión para mantener nuestros corazones en un puño hasta el pitido final. Se buscaba templanza para calcular las posibilidades de una empresa casi imposible. Se buscaba valor y al Atleti le sobró. Cuando los acontecimientos suceden así, no queda otra que enorgullecerse y olvidarse de los resultados como se olvidan las traiciones de los amores de una noche.

Se buscan valientes y los hemos encontrado. Visten todos de rojo y blanco.

martes, 7 de febrero de 2017

Elegí volver a creer

Sí, es cierto que será difícil. Podría decirse que casi imposible…

La desventaja en el resultado. La carga de partidos. La entidad del rival. Las dudas sobre el estilo. La supuesta crisis. Lo de Vitoria o lo de la primera parte en el partido de ida. La facilidad con la que últimamente nos llegan. La nostalgia por la intensidad perdida. La ausencia de Gabi, líder espiritual sobre el campo de este grupo. La abulia de Carrasco en los últimos choques. El poco crédito que le queda a Gameiro. Las lesiones de Tiago y Augusto. El peso en las piernas de Koke y Saúl. Las inacostumbradas salidas en falso de Godín. La inseguridad a la hora de lanzar los penaltis de Antoine. La falta de Oblak. El dolor por lo de Lucas. Lo esquivo que se muestra el gol de un tiempo a esta parte. La dificultad de convertir situaciones esquivas en calcetines a los que darles la vuelta.

…pero decirlo sería una muestra de desconfianza imperdonable hacia este grupo que tanto nos ha dado…


La ilusión por despedir al Calderón con un título. La fuerza para sobreponerse. La historia que narra que el Atleti nunca se rindió. Los episodios de buen juego ante el Leganés y la esperanzadora segunda parte del partido de ida. La intensidad a encontrar. El vaticinio de Gabi, seguro de no perderse la final por algo tan nimio como una acumulación de tarjetas. Aquella jugada de Carrasco contra el mismo rival en la que desarboló a la retaguardia enemiga. La solvencia sin estridencias de Moyá. El aroma de cantera de Koke y Saúl. La ratonería de Correa. El mágico compromiso de Griezmann. La tradición de manejarse bien al contragolpe. El recuerdo del cabezazo de Godín que incendió nuestras vidas. Por encima de todo, el estado de forma de Fernando. Su capacidad para quitarnos varios años de encima con solo verle saltar al campo. Sus goles frente a este rival. Su experiencia en partidos grandes. La presencia de Simeone en el banquillo.

…elijan ustedes bando. Yo ya lo hice. Elegí volver a creer…

jueves, 2 de febrero de 2017

La canción que silbó Torres

Cabalgaba el partido por el yermo terreno de la desesperanza cuando Torres hizo acto de presencia sobre el césped. Quien más y quien menos calibraba el tamaño del boquete que el rival pudiera hacer y si la herida afectaría a órganos vitales de aquí al final de la temporada. El Atleti, cautivo durante cuarenta y cinco minutos, no alcanzaba a ver el horizonte tras el muro coronado de alambre de espino que rodeaba el campo de internamiento en el que el adversario le confinó arrebatándole el balón y la moral. El descanso descubrió a las ilusiones rojiblancas asustadas en un rincón. Hacinadas en insalubres barracones que las ocultaban de sus captores. Ellos parecían más altos, más guapos, mucho mejor armados. Parecía no existir más opción que la rendición. Y entonces salió Fernando.

Ciertamente Torres ya no es el de Viena. Tampoco es probable que nos vaya a regalar goles imperiales como aquel del Villamarín ni arrancadas llenas de potencia de las que poblaron de pesadillas los sueños de un buen número de centrales en la última década. A veces se deja el balón atrás. En ocasiones se nota que la cabeza le funciona mucho más ágilmente que las piernas. Tal vez no sea el nueve titular con el que el Atleti pueda afrontar según qué batallas. Todo eso es verdad. También lo es que él nació para este tipo de partidos. Los lleva jugando desde que era un adolescente. Saltó al campo apartando el desánimo de compañeros y grada y entonces ocurrió.


Peleó un par de balones que parecían perdidos. Aguantó una pelota hasta que los centrocampistas se sumaron al ataque. Forzó un córner. Presionó. Se atrevió a mirar a los ojos a los captores. Se plantó ante el potente fuego rival sin miedo y comenzó a silbar bajito una melodía que todos conocíamos. Seguidamente se sumó Gabi. Godín volvió a ganar todos los balones por alto en ambas áreas. Filipe redescubrió la banda izquierda y Griezmann comprendió que no era imposible. Hasta Carrasco, inmerso en otro partido merecedor de patada a una botella de agua, pareció renacer.

Lo que empezó con un silbido se había convertido en un rugido atronador. Miles de voces cantando a coro la canción que Fernando había comenzado. Una canción que habla de no resignarse. De creer. De nunca bajar los brazos. De saber que siempre hay esperanza cuando en la camiseta las rayas son rojiblancas. Una canción nacida de las entrañas. Una canción escrita por el Calderón en noches como la de ayer. Una canción cuya letra, por encima de todo, habla de dignidad. Una canción que explica al Atleti, más allá de cualquier resultado. 

jueves, 26 de enero de 2017

La sombra del Calderón

Ahora que se va haciendo más grande cada día en el horizonte la fecha en la que el Calderón bajará el telón, se hace necesario exponer lo que uno echará de menos cuando llegue esa maldita hora. Ante nosotros desfilarán todos los recuerdos: los goles celebrados, las lágrimas que la emoción hizo aflorar, los abrazos con desconocidos convertidos en hermanos, el eco del estadio cuando canta, el cosquilleo sentido en las plantas de los pies cuando vibra, su microclima preñado de esa humedad desaconsejada seriamente por los traumatólogos. Echaremos de menos incluso la solera del polvo que adorna sus asientos y esas excursiones a los baños en las que los allegados te despiden como si fueras a embarcarte en un Paris-Dakar mientras susurran una oración por tu alma y te ruegan que intentes aguantar hasta el final del partido. Sí, de todo eso nos acordaremos cuando al recinto de la ribera del Manzanares le echen el cierre pero, servidor de ustedes, principalmente echará de menos otra cosa. La sombra del Calderón.

La primera vez que fui consciente del poder de la sombra del Calderón fue a mediados de los ochenta. En cuanto te apeabas del 36 en la última parada del Paseo de Pontones, la mirada se desviaba inevitablemente hacia esa mole de hormigón que parecía querer tapar los rayos de sol que pretendían escapar de su marcaje. Durante cuatro años, todos y cada uno de los días lectivos mi vista se posó en el coliseo rojiblanco. Yo era un alumno recién llegado al instituto que se encuentra a la vera del estadio. El Gran Capitán. El tercer vértice de esa trinidad formada por la antigua fábrica de Mahou y, sobre todo, por el Vicente Calderón. Las horas pasaban entre clases de Lengua y Biología, entre travesuras y miradas tímidas a las chicas, pero siempre bajo la estricta vigilancia del aroma a lúpulo fermentado y de la imponente sombra del recinto proyectada sobre el patio del centro educativo. A la hora del recreo, los compañeros que éramos del Atleti nos escapábamos para ver entrenar al equipo. Sentados en los antiguos asientos corridos enfermos de aluminosis, dábamos cuenta de cuñas y palmeras de chocolate mientras Luis Aragonés paseaba, cigarrillo en mano, supervisando los ejercicios de los jugadores. A unos metros de nosotros, los miembros de la plantilla de nuestro equipo se ejercitaban y cuando un balón se escapaba hacia donde estábamos, peleábamos por ser quien se lo devolviera a Landáburu o a Quique Ramos. Hubo una vez, incluso, en la que Mejías nos abroncó por hacer demasiado ruido y nos fuimos a clase de Filosofía preocupadísimos por haber desconcentrado a nuestros héroes.


A lo largo de aquel tiempo loco y feliz, la sombra del Calderón vio cómo madurábamos. Cómo pasábamos de ser niños y niñas a los proyectos de hombres y mujeres que somos hoy. A través de ese camino, su sombra nos sirvió de alivio cuando en clase de gimnasia dábamos vueltas alrededor del estadio para completar un test físico ideado por algún sádico de apellido anglosajón. Su sombra fue compañera de nuestras primeras borracheras con esas litronas por las que te devolvían cinco duros si llevabas el envase de vuelta a la bodega. Oculto entre sus benditas penumbras besé por primera vez a una chica. A su sombra se detuvo el Porsche amarillo de Futre para firmarnos aquella camiseta que todavía hoy guardamos, deshilachada, en el altillo del armario. Su sombra fue capaz de arrancarle a Abel una sonrisa cuando compartió con nosotros un café con porras en aquel mesón de la calle San Alejandro. Su sombra nos reconfortaba ante los suspensos y celebraba con nosotros los aprobados raspados. La influencia de la sombra del Calderón no solo se circunscribía a los días de clase y rutina. Los días de partido se mostraba aún más resolutiva. Cuando el frío arreciaba, la sombra se apartaba, comprensiva, para dejar que nos acariciara el tímido sol que se colaba por el hueco del marcador del fondo sur. Cuando el calor mordía, ahí llegaba la sombra al rescate. Dispuesta a darnos un respiro y a poder descansar la mano con la que a modo de visera intentaba uno enterarse de lo que ocurría sobre el césped.

Convertido ya en un adulto, no hay un día de los que me acerco al estadio que no quede maravillado por el influjo de su sombra. Allí sigue, impertérrita. La sombra del Calderón sigue cumpliendo con su cometido de manera admirable a pesar de tener que escuchar que no es la sombra de un estadio moderno. Que si seguimos aferrados a ella el equipo no crecerá. La dejadez con la que los encargados de cuidar el templo rojiblanco se han conducido con él no ha mermado el compromiso de su sombra para con todos nosotros. Nos cuentan que la sombra del futuro no se proyecta sobre el Paseo de los Melancólicos ni sobre Virgen del Puerto. Nos cuentan que para encontrar el último grito en sombras hay que mudarse a los confines de la ciudad. Pobre sombra, ninguneada después de tantos años de dedicación.

Hace unos días paseaba cerca de lo que será, si el diablo no lo remedia, el futuro estadio del Atleti. Con ánimo divulgativo calculé la trayectoria solar, los ángulos de refracción y la opacidad de los materiales utilizados en la obra y reparé en que La Peineta, también conocido como el estadio de los tres nombres, no tiene sombra. Podría decirse que será un estadio vampiro que tal vez tampoco se refleje en los espejos. Quizás a eso se refieran cuando evangelizan sobre la modernidad. Solo sé que la sombra del Calderón seguirá existiendo eternamente, aunque lo derriben para construir un centro comercial o una tienda de muebles sueca. Dentro de ella quedarán atrapados los recuerdos y las vivencias. Las risas y los llantos. El sonido de los aplausos y el retumbar de los goles. Pasarán los años y, al apearme de nuevo en la última parada del 36 en el Paseo de Pontones, la mirada se me desviará inevitablemente hacia el estadio que ya no estará, pero podré maravillarme de nuevo con su sombra, que permanecerá para siempre. 

martes, 17 de enero de 2017

De debates, silbidos y rictus canallas

Tras meses de dimes y diretes el Atleti ha sido capaz de zanjar el debate estético del buen juego de un plumazo. Ahora no hay dudas. Juega rematadamente mal y gana, lo que provoca serios ataques de amargura en los defensores del barroco balompédico de ésta y aquella acera. Después de alejarse de la identidad propia y de los puestos nobles en un final de año preocupante, Simeone decidió replegarse a territorio conocido para espantar debates. Portería a cero y aprovechar al máximo los errores del rival para, a partir de ahí, construir de nuevo el imperio que pareció llegar a tambalearse cuando quiso convertirse en lo que nunca fue.

Con esas dos premisas como cimientos y a la espera de que las piernas vuelvan a ponerse a la altura de la cabeza, los colchoneros retoman el pulso de una liga que parecía lejanísima y ahora luce comprimida en pocos puntos. Ahora que en el horizonte se atisba lo mollar, vuelve a colarse el Atleti por cualquier resquicio. Es cierto que a veces desespera, que se muestra espeso en combinaciones que hace un tiempo parecían surgir instintivamente, que se comporta rácanamente con el gol y que incluso inventa falsos mediocentros donde no los hay, pero ahí los tienen. Aspirando a todo.


Pretendieron hacernos creer que esta temporada estaba condenada a flores y poesías. Se dijo de antemano que las competiciones premiarían postreramente a los supuestos creadores de lo excelso. Solo había hueco para hablar de records, de premios individuales y de monsergas como la BBC o la MSN. Quisieron tentarnos con champán para que abandonáramos los minis de calimocho o de cerveza. Algunos lo compraron. Lo asumieron. Lo interiorizaron. Pueden ustedes reconocerlos silbando a la mínima de cambio. Pobres. Ni el silbido les libra de reconocer que equivocaron el camino. Serían mucho más felices en otros estadios con otras bufandas colgadas al cuello.

Si ustedes pudieran adentrarse en la sala de fiestas en la que se reparte la gloria futbolística, repararán que en los dos reservados situados junto a la entrada se acomodan los invitados vip de siempre. Los esperados. Visten con sus mejores galas y brindan repartiendo falsas sonrisas alimentadas con la palabrería diaria destinada a ensanchar sus ya crecidísimos egos mientras se vigilan mutuamente. Junto a la barra se sitúa un tercer asistente. Su mirada huidiza denota que todavía no acaba de creer su presencia en el sarao. Pide copas de fino o de rebujito para templar los nervios y no parecer fuera de lugar. Al fondo, en el rincón más oscuro del local, un último invitado bebe solo, pausadamente. En su rictus canalla se dibuja una media sonrisa amenazadora que los demás asistentes esquivan sabiendo su merecida fama de antipático. Con un gesto de cabeza que el camarero detecta al segundo pide otra. Se acomoda en el asiento para observar y al hacerlo deja entrever los colores de su atuendo. Viste de rojo y blanco. 

viernes, 13 de enero de 2017

De enlaces, amores y balones parados

Hubo en tiempo en que cada córner a favor del Atleti se celebraba con la intensidad de la boda de tu último amigo soltero. Cuando un rival acosado se veía obligado a ceder un saque de esquina, uno lamentaba no haber pedido hora en la peluquería con la suficiente antelación. Daban ganas de abrazarse al vecino de localidad de antemano, pese a que sistemáticamente te dejara los zapatos llenos de cáscaras de pipas en cada partido. Entretanto, Koke o Gabi se acercaban al banderín con una sonrisa de oreja a oreja, vestidos de rigurosa etiqueta, a la vez que a los centrales el resto de compañeros les iban dando palmadas de felicitación en la espalda mientras recorrían el camino alfombrado hacia el área contraria. “¡Están radiantes!”, añadían algunas señoras que asistían al evento por parte del equipo lanzador del córner. Cuenta la leyenda que existe una foto que retrata a Raúl García sacudiéndose los granos de arroz que se le habían quedado atrapados entre el pelo tras rematar inapelablemente un servicio desde el flanco izquierdo. A medida que los jugadores se dirigían a campo propio para retomar sus posiciones, señores con traje oscuro emergían de los vomitorios repartiendo puros entre el público y brindando con sidra El Gaitero a la salud de los contrayentes. Cualquiera que lo haya vivido sabrá que no exagero lo más mínimo. Así era la cosa.

De pronto, un día reparamos en que los saques de esquina habían dejado de celebrarse como es debido. Ya no eran lances convertidos en una cuidada invitación para ser testigo del enlace rojiblanco con el gol. El Atleti seguía botando varios en cada partido, sí, pero ya no volvieron a tener ese aroma festivo que llegaron a poseer un tiempo atrás. En estos casos, suele echarse la culpa a la rutina, que gana volumen alrededor de la cintura dejando la vida perdida de momentos insustanciales. El desgaste que conlleva cualquier convivencia se apropió de las jugadas a balón parado y las transformó en un trámite burocrático al que casi no apetecía asistir. Las noches de boda mudaron en comidas de domingo con los suegros sin previo aviso. Se nos rompió la pizarra, de tanto usarla.


Pasaron los meses y los partidos sin signos de recuperación de la chispa de antaño. Algunos apuntaban a las ausencias, muy especialmente a la del navarro, que dejó un gélido hueco de nostalgia con forma de nariz aguileña a la altura del primer palo, pero el caso es que nos acostumbramos a convivir con un Atleti vulnerable en los corners ajenos e irrelevante en los propios. El banquete se trasladó a nuestro área, donde nos hacía mucha menos gracia. Cuando alguien preguntaba sobre el estado de la relación con el balón parado, muchas veces se aludía a que quedaba el cariño, que es como reconocer que aquel amor primigenio estaba sepultado bajo seis palmos de tierra. Aquí yacen las jugadas de estrategia, llegó a leerse tras un choque con diez saques de esquina, a cuál de ellos peor ejecutado.

Embarcados en una travesía para retornar a las esencias del Cholismo, los vigías de Simeone volvieron a avistar este pasado fin de semana la tierra prometida de un gol tras saque de esquina. Cierto es que fue en posición ilegal y más cierto aún es que se trata solamente del segundo de los tantos que esta temporada ha llegado tras pelota estática. Muy rácano balance, también es verdad. Siendo pronto para sacar conclusiones en asuntos del corazón como estos, parece que el Atleti ha comprendido que la pizarra conforma la santísima trinidad de los valores que hasta este punto nos trajeron junto con el esfuerzo y la virginidad de la portería propia. Tal vez el tanto de Saúl en Ipurúa quede como una rara y anecdótica flor nacida en el páramo que el divorcio total con el balón parado dejaría, pero permitámonos soñar. Redescubrir lo acaso olvidado. Recordar aquellos días en los que el área pequeña rival se engalanaba para estar a la altura de la ceremonia. Cuando el amor entre el Atleti y el balón parado alcanzó su máxima expresión mientras Godín murmuraba “sí, quiero” tras besar con la frente un balón perdidamente enamorado que valió una liga.  

martes, 20 de diciembre de 2016

En la despedida de Domínguez

Cuando hace unos días anunció Domínguez con una mirada en la que se podría nadar que su espalda había dicho basta muchos nos sentimos culpables.

Para encontrar la raíz de su dolor quizás haya que remontarse varios años atrás. A un tiempo en el que el Atleti era una sombra que deambulaba por las competiciones como alma en pena. Adictos a cualquier tipo de esperanza, fue verle entrar con asiduidad en las alineaciones y allí nos subimos. A su espalda. Lo hicimos por su condición de canterano y por una determinación al ir al corte que recordaba al semblante de los que esperaban a que abrieran las puertas de los grandes almacenes en el primer día de rebajas. He venido a llevarme el balón, te pongas como te pongas, parecía decir Domínguez cada vez que se medía a un delantero. Sin circunloquios. Sin excusas. Dejando que el corazón supliera su falta de estatura y sus carencias técnicas.

A medida que el calendario avanzaba, más iban encaramándose a su espalda. Álvaro se convirtió en compañero ideal, yerno perfecto y titular indiscutible en un equipo lleno de discusiones. Con el tiempo llegaron los títulos, las llamadas, aunque quedas, de los seleccionadores y, lo más importante, empezó a adivinarse el Atleti parecido a aquel que nuestros mayores nos contaron del que ahora disfrutamos. Domínguez seguía llevando a un gran número de aficionados a cuestas pese a tener mucho menos nombre y cuota de responsabilidad que otros. De repente, un día quisimos creer la enésima mentira y el central se marchó, como tantos otros antes que él.


También ahí tuvimos culpa. Nos apeamos de su espalda como si nada, como si nos hubiéramos pasado de estación por ir distraídos. El brillo de lo que Simeone estaba consiguiendo nos hizo olvidar un poco a Domínguez pese a que él nunca nos olvidó. Le habíamos dejado como recuerdo un dolor de espalda permanente y ese veneno que las rayas rojiblancas inoculan sin piedad en sus víctimas. De repente, reparamos en que el tiempo ha ido pasando y, al volver a reencontrarnos con Álvaro, vimos reflejado en su cara el dolor que le lleva mordiendo demasiados años. El dolor que le produjo llevarnos a la espalda cuando aún era un chaval.

Por una vez el club estuvo a la altura e invitó a Domínguez a la cena de Navidad del equipo, a la que asistió como uno más, lo que siempre ha sido, y le encomendó realizar el saque de honor del pasado partido ante Las Palmas. De esta manera pudo recibir el calor de una afición que le ovacionó con cariño y también con algo de remordimiento. Por lo del olvido y, sobre todo, por lo de la espalda. Espero que sepa perdonarnos con la misma grandeza con la que defendió la rojiblanca ¡Buena suerte, central!

jueves, 15 de diciembre de 2016

Imaginaria carta abierta a la clientela

No hay quien os entienda, la verdad. Parece que no estáis contentos con nada. Mirad el revuelo que habéis montado a cuenta del escudo. No habíamos acabado de presentarlo y ya estabais sacando del zurrón la monserga de siempre: historia, identidad, tradición, sensación de pertenencia a unos colores y a unos símbolos. Paparruchas. Menos mal que por un oído nos entra y por el otro nos sale, si no esto sería un sinvivir.

No creáis que no nos lo esperábamos. Sabíamos que esto iba a suceder. En el fondo sois totalmente previsibles. Debo confesaros que todo forma parte de un plan concebido por mentes mucho más preclaras que las vuestras. No ha sido más que una cortina de humo. El ruido a cuenta del escudo ha silenciado cualquier tipo de pregunta incómoda sobre el traslado al estadio. El debate sobre si el oso es ahora un koala con tortícolis y el madroño ha migrado a nube tóxica causante del efecto invernadero ha hecho olvidar el tema de los accesos que no acceden y el de las cuentas que no suman. Solo ha sido un subterfugio y de eso sabemos un rato. Tantos años de experiencia esquilmando sirven para algo.


Mientras debatís sobre las formas redondeadas del escudo o sobre el nombre de estadio exótico al que le hemos añadido las migajas de un apellido con aroma de antaño seguimos a lo nuestro. Desde hace ya bastante tiempo os habéis convertido en clientes. Ya no sois socios, ni abonados, ni casi aficionados por mucho que lo creáis. No tenéis ni voz ni voto. Vuestra única opción es la de tragar. Con lo que sea. Total, ya habéis tragado con una apropiación indebida, con una intervención judicial, con negritos y hasta algún blanquito que tuvisteis que merendaros. Hemos ido dejando morir el estadio que teníais en propiedad y os hemos llegado a convencer de que no había más salida que mudarse. Si no os volvisteis hacia el palco cuando no pusimos un duro o cuando nos visitaba el Racing de Ferrol, ¿lo vais a hacer ahora? No creo. Por si acaso no haremos acto de presencia, no vaya a ser.

A pesar de todo, debo decir que en el fondo me molesta vuestra actitud. Ese afán de protestar con la boca chica por cualquier nadería para luego acabar callando ¿Por qué no asumir desde el principio que este es nuestro cortijo? ¿No os ha quedado suficientemente claro después de tantos años? Me hace mucha gracia cuando oigo lo de que se debería haber consultado a la masa social. Aquí las decisiones las tomamos nosotros, que para eso cobramos como si metiéramos veinte goles por temporada. A vosotros os dejamos solamente la falsa impresión de que formáis parte de esto. Seguid con vuestras inanes pataletas románticas. Inundad las redes sociales de indignación e incluso manifestaos en los ratos libres, que aquí estaremos nosotros para no escucharos. Ciertamente, esto de gestionar con pretendido éxito un club como este tiene muchos sinsabores. Aguantaros, por ejemplo. Lidiar con vosotros que no ocasionáis más que molestias. La verdad, hay días que se levanta uno y dan ganas de mandar todo al garete. A veces dan ganas de dar un portazo e irse a dilapidar vuestro patrimonio a otro sitio. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Ha vuelto el Atleti

Sudor, contrataque y balón parado. La Santísima Trinidad de la religión cholista condujo a la victoria en Pamplona, retirando en gran parte la marea de dudas que los nuevos bocetos habían dejado. Ha vuelto el Atleti, pensó más de uno cuando al descanso reflexionaba sobre lo visto. Bastaron unos minutos para caer en la cuenta de que el añorado modelo se había hecho carne en la capital navarra pese al intercambio de golpes inicial, pese al necio penalti que Oblak supo descifrar con mano firme. Avisaron los de Simeone previamente como era costumbre: explotando al máximo los fallos del rival y recuperando la confianza en la estrategia. Llegó un gol de córner por fin y tuvo que ser Godín el que rompiera el maleficio de la pizarra. Un minuto más tarde, con el rival todavía valorando la herida dejada por la primera picadura, Gameiro finiquitó el choque definitivamente con un remate cruzado tras contragolpe fulgurante ¡Cómo se echaban de menos estos partidos que fallecían de inanición tras el primer gol del Atleti!

Es de justicia reconocer que gran parte de la culpa por la vuelta a los orígenes la tiene la presencia de Tiago sobre el campo. No falla. Cuando un rato antes de que los partidos del Atleti comiencen se confirma que sale Tiago de titular, las agencias de calificación de la deuda rojiblanca guardan todas las incertidumbres en un congelador no-frost de última generación. La inclusión del portugués asegura equilibrio, criterio a la hora de sacar el balón y, por encima de todo, mando en plaza. No extraña que el Cholo haya querido olvidarse de carnés de identidad y condicionantes estéticos. Contaban que cuando las fiestas del pueblo de al lado coincidían con los días en los que Matías, el pastor de espaldas tan recias como los montes en los que pasaba meses con el ganado, volvía a casa, los mozos iban con otro ánimo y hasta se atrevían a sacar a bailar a las chicas locales sin temor a ser lanzados al pilón. Ante cualquier escaramuza, Matías andaba al quite evitando que la sangre llegara al río. Lo mismo que Tiago, vamos. Miles de ataques rivales con pretensiones han muerto a sus pies por obra y gracia de su proverbial colocación. Miles de ataques rojiblancos de los que levantan del asiento tuvieron el prólogo de un primer pase suyo en vertical de esos que derrumban primeras líneas de presión. Con él sobre el césped el equipo se vuelve hermético, sí, pero también infinitamente más reconocible.


No es menos justo hablar también de Koke, no fuera a ser que algún despistado pudiera pensarle señalado por el párrafo anterior. La largamente perseguida y aplaudida adaptación del vallecano al mediocentro dotaba al equipo de un perfil más dado a plantear los partidos en una batalla a campo abierto en la que normalmente la pegada final decidía el rumbo. Siendo la apuesta válida en muchas citas, no dejaba de vivirse como una contradicción para un ejército que se mueve con comodidad en la guerra de guerrillas. Probablemente no fuera Koke el responsable de que el equipo se mostrase más vulnerable, pero ciertamente el resultado perdía empaque. Con él en el puesto de interior que le pertenece desde hace casi un lustro, se aprovechan de igual manera sus cualidades sin desguarnecer la fortaleza. Si en las impensables cotas alcanzadas no hace mucho Koke se movía en terrenos del ocho, ¿por qué cambiar? Su paso atrás no deja de ser un recurso a valorar, pero no tiene por qué ser el nuevo dogma.

Retornó el Atleti, el de siempre, cuando más necesario parecía. El partido del Reyno de Navarra comparte ADN con tantos otros encuentros en los que el conjunto colchonero consiguió la victoria desde el juego directo y la defensa sin fisuras. Choques que agonizan sin esperanza hasta el pitido final cuando los de rojo y blanco se ponen por delante. Es de imaginar a los próximos rivales contrariados, pensando en las mayores posibilidades de arrancar algo positivo con aquel otro Atleti menos áspero que se ha mostrado en el primer tramo de la competición. Sabemos que ese Atleti existe. Sabemos que es un lugar al que podemos volver e incluso disfrutar la estancia, pero este otro Atleti de Pamplona es el hogar. Nuestra casa. Ha vuelto el Atleti. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

Ser lo que uno no es

En una de las tramas centrales de la segunda temporada de True Detective, que no es ni la mitad de inquietante que la primera pero tampoco tan mala como la crítica denunció, el personaje que interpreta Vince Vaughn, Frank Semyon, trata de convertirse en algo que no es. Pretende dejar atrás su pasado de matón sin escrúpulos, de tipo duro y fiable en trabajos de medio pelo. Frank intenta medrar en la escala social del crimen pasando de sicario a gran hombre de negocios perdiendo en el intento el sueño, la pasta y hasta la vida, valga el spoiler. No es difícil empatizar con un personaje ahogado en unas reglas que imponen otros. Una piraña antiguamente temible que se convierte en bocado apetecible cuando pretende pescar en un mar donde campan a sus anchas los tiburones. Ser lo que uno no es. Esa es la cuestión.

El pasado sábado, esperaba la afición al Atleti que se ha visto en los derbis desde que Simeone se hizo cargo del equipo: cuchillo entre los dientes, corazón bombeando adrenalina aceleradamente, ánimo de no hacer prisioneros. Lucía el Calderón una belleza nostálgica ante uno de sus últimos partidos grandes. Con todo el papel vendido, arropaba la grada elevando la temperatura de gargantas y sentimientos. Todo estaba dispuesto para vivir otra noche llena de magia. Fueron necesarios solamente un puñado de minutos para darse cuenta de que al encuentro le faltaba algo. El Atleti no había saltado al campo. Sobre el césped había dos conjuntos, uno de ellos vestía incluso de rojo y blanco y sus integrantes parecían pertenecer a la plantilla colchonera, pero era otro equipo.

Achinaba el aficionado atlético los ojos, intentando enfocar mejor para descartar una posible suplantación de identidad pero no, Koke y Saúl estaban sobre el campo aunque no parecieran ellos. Se veía también a Savic, pero a un Savic sin la solvencia acostumbrada. Correteaba sobre el tapete Griezmann sin acercarse al balón para aportar algo relevante y solamente Torres se asemejaba al Torres de los últimos partidos, lo que sin duda es una pésima noticia. Ni rastro de las señas de identidad que han llegado a convertirse en denominación de origen Ribera del Manzanares. No hubo presión ni intensidad. No apareció siquiera ese compromiso de luchar cada balón como si fuera la vida en ello. Por el contrario, era el rival el que mordía, el que buscaba la contra con ánimo de hacer sangre, el que vencía en cada balón dividido ante la pasividad del Atleti que no era el Atleti.


Es de imaginar que mientras todo esto ocurría, los guardianes de la estética futbolística disfrutarían una barbaridad. Después de tantos años y tantas líneas escritas denunciando la fealdad del juego de los de Simeone, el desempeño de este Atleti impostado les debió parecer casi poético. Hace tiempo que se atisban señales para la preocupación en el feudo rojiblanco, aunque algunos lo califiquen de jugar mejor. No obstante, al comenzar la segunda mitad compareció un Atleti que por un instante volvió a ser él mismo. Retornando a las esencias, el cuadro del Calderón se intuyó de nuevo reconocible. Fueron solamente quince minutos, tal vez menos, pero llenaron de esperanza y de fútbol supuestamente feo la noche y los corazones.

Tras la derrota, merecida más allá de cualquier otra consideración, se presenta una encrucijada ante la que merece la pena reflexionar ¿Cuál es el camino a seguir? Los resultados parecen aconsejar una vuelta a los orígenes. Ser de nuevo el equipo que nos acompañó en viajes que nunca olvidaremos mientras vivamos. Redescubrir al Atleti canalla. Preservar la virginidad de nuestro marco como primer axioma. Atacar desde la defensa. Entregar el balón si debe ser entregado. Ganar la batalla de cada minuto, como dijo el Mono Burgos. Vivir al filo del partido a partido y no entablar ningún tipo de negociación sobre el esfuerzo. Es probable que los entendidos califiquen esa vuelta al punto de partida como una traición, pero no existe una mayor traición que la que uno se hace a sí mismo fingiendo ser lo que no se es. Intentando taponar con la mano la herida por la que se escapa su vida, Frank Semyon comprende al fin su error. Haber intentado ser lo que uno no es. Como el Atleti en los últimos tiempos. Esa es la cuestión. 

martes, 8 de noviembre de 2016

Críticos agazapados

Decía Mao que la crítica es algo que debía hacerse a tiempo y que no hay que dejarse llevar por la mala costumbre de criticar solo después de consumados los hechos. Trasladada la idea al mundo del fútbol, podría decirse que han bastado dos derrotas seguidas a domicilio en Sevilla y San Sebastián para que los agazapados críticos de Simeone vuelvan a asomar la patita usando los resultados como arma arrojadiza. Pese a las impensables cotas alcanzadas por el Atleti en los últimos años, un par de reveses vuelven a permitir que la desmemoria y el histerismo tomen la fortaleza al asalto. Nada nuevo bajo el sol. Ya a principios del presente curso hubo que hartarse de escuchar sandeces sobre ciclos agotados, sobre el compromiso de entrenador y jugadores o sobre la abuela, de la que se sospechaba que se encendía un pitillo a la mínima de cambio.

Asombra la ambivalencia de la turba que escruta cada movimiento del técnico con la intención de afearlo. Cansados prematuramente del supuesto nuevo juego bello que tanto reclamaron, abogan por una vuelta a los orígenes de la fealdad. Aquellos que antes tildaban a Diego Pablo de reservón, de gran estratega de la defensa y pésimo planificador de ataques, echan ahora de menos al Atleti intenso y hermético que tanto les aburría cuando pedían a boca llena delanteros sobre el campo. Lo mismo te echo de menos, lo mismo, que antes te echaba de más, que cantaba Kiko Veneno.  


Sabida era la animadversión que El Cholo recolectaba entre aficionados y cronistas de otras parroquias. No cuesta entenderlo siendo él el artífice de convertir el Atleti en una máquina de competir que en nada se parece a aquel rival simpático y generoso que regalaba puntos a cualquier equipo mínimamente ordenado. Extraña más cuando la crítica injustificada proviene de dentro, de cierto sector de seguidores rojiblancos que confunden la exigencia reconquistada con los vicios más recalcitrantes de los nuevos ricos. No conviene desenfocarse, que el Atleti salga ahora a ganar en cada campo no justifica la ola de convulsión creada cada vez que no lo hace.

No queda otra que asumir que a Simeone se le espera detrás de cada partido, navaja o pluma en mano, como si fuera la esquina de un callejón sombrío. Cada palabra, cada gesto, cada alineación se pone bajo la lupa. Unos y otros buscarán el resquicio para introducir su cuña. A los de fuera se les comprenderá mejor, su único ánimo es el de que el Atleti deje de molestar como lo lleva haciendo desde casi hace un lustro. No son más que malcriados púberes acostumbrados a ser los protagonistas de las fiestas que las instancias deportivas pergeñan para ellos en exclusiva. A los de dentro se les explicará más difícilmente. No acaba uno de adivinar el fin último de sus andanadas. Convendría que se definieran, eso sí. Saber si en sus plegarias piden un equipo que se lance a tumba abierta al ataque o uno que construya su imperio desde la seguridad defensiva. Conocer qué jugadores debería poner el técnico sobre el campo para contentarlos. Saber más de ellos. Dejarse ver, salir del armario del resultadismo a posteriori expresando de antemano sus preferencias. Si todo ello no aclara el panorama, habrá que preguntar a la abuela, que fuma una barbaridad. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Crónica desordenada del Atleti-Rostov

Conviene de vez en cuando dejar que el desorden se apodere de las rutinas que creemos imprescindibles, para así apreciarlas más. Merece la pena salir a la calle desarreglado, sin haber pasado por la ducha, dispuesto a fiar toda tu suerte a no ser convocado a una reunión de última hora o a cazar un rebote que se produzca cuando Godín, un delantero centro atrapado en el cuerpo del mejor central del mundo, pelee cada balón llovido al borde del área contraria. El ingenio se agudiza cuando te das cuenta de que olvidaste el paquete de tabaco y el dinero suelto en el pesado cenicero del mueble de la entrada. Solo así, puede uno llegar a valorar lo que tiene, aunque solo sea un cigarrillo con la punta doblada que no sabes si llegará a prender.

A ojos del que suscribe, partidos como el del Rostov de ayer llenan la mochila de alternativas que hacen que el Atleti crezca. Es incalculable el valor futuro de esos encuentros en los que el plan se hace trizas un minuto después de conseguir el gol que parecía espantar cualquier tipo de incertidumbre. Son choques en los que más que al rival, debe vencerse a la ansiedad. Mañanas que nos sorprenden pidiendo ser afrontadas mal afeitados y con la camisa arrugada. Supo el equipo rojiblanco adaptarse al caos y se descolocó conscientemente sin dejar que la desesperación hiciera carne. La amenaza de perder antes de tiempo los privilegios que otorga ser primeros de grupo propició que el campo se sembrara de delanteros con carnet o sin él, como el caso del central uruguayo. Filipe aparecía por todas las zonas de la cancha dándole sentido al término todocampista, Koke pasó a comandar las operaciones aéreas, harto de no encontrar resquicios y hasta Savic llegó a parecer humano, aunque esto último probablemente no fuera más que un espejismo producido por la intensidad del momento. 


Tuvo que ser Griezmann, cuando más pinta de cama deshecha tenía el equipo, el que rompió la igualada no sin suspense. Lo hizo en una posición de fuera de juego habilitada por el toque previo de un rival, de igual forma que en el primer gol, que tal vez no fuera más que un ensayo con público del segundo. Los dos goles del francés tuvieron como factor común un escorzo genial. Fueron dos remates poco académicos, de esos que se llevan dentro porque no existe manera de entrenarlos. Sacó el Atleti petróleo porque lo mereció, porque supo mimetizarse con un partido áspero y sin concesiones. Permitió que el desorden anegara el campo, dejándolo todo perdido de emoción y obtuvo el premio anhelado traicionándose a sí mismo: no acordándose de la pizarra.

La personalidad de un equipo debe medirse teniendo en cuenta su capacidad de adaptación. Mostró ayer el Atleti buenas dosis de ella. En días como estos, en los que reparas en que olvidaste las llaves de casa, el juego vistoso y los goles que últimamente tan propicios se estaban mostrando en el pesado cenicero del mueble de la entrada, solo el desorden puede salvarte. Ser capaz de saltarte las reglas y sentirte cómodo aun estando descolocado. A veces, como ayer, esa flexibilidad obtiene el premio de un gol con aspecto de cigarrillo con la punta doblada que al final pudo llegar a prender en el descuento. 

martes, 25 de octubre de 2016

La inevitable existencia de los domingos por la tarde

Aunque todavía haya quien lo dude, los domingos por la tarde existen. Cualquier humano, por muy apasionante que sea su vida, conoce en primera persona el sabor de esos momentos posteriores a la sobremesa del último día de la semana. Esos minutos que transcurren pesadamente para volver a colocar en su sitio todo el maravilloso desorden que el fin de semana dejó en medio del salón. Los más receptivos son capaces incluso de notar como los mecanismos y engranajes del universo se ajustan para volver a la rutina con pequeños crujidos que se escuchan a media tarde, justo cuando en la tele ponen una película alemana ambientada en Mallorca con pretensiones de thriller psicológico. Cabría preguntarse si en Alemania se programan a las mismas horas filmes españoles de suspense, lo que quizás explicaría la reticencia teutona a extender los fondos de cohesión comunitarios para el desarrollo ibérico. Todo puede ser.

Una vez admitida la existencia de los domingos por la tarde, conviene reconocer que normalmente nos pillan desarreglados. Un poco a medio vestir, como le cogió a Simeone el otro día. El acostumbrado y sobrio traje negro fue sustituido por un chándal de tacto inimaginable. Conociendo las supersticiones que adornan al técnico con respecto a la ropa a elegir cuando hay día de partido, tal vez El Cholo intuyera que de un encuentro a media tarde del domingo poco había que esperar. Para redondear el conjunto, nuestro entrenador se calzó unas botas en tono naranja radiactivo. Era una señal de alerta, un aviso a navegantes de lo que esperaba. Tal vez no supimos verlo hasta que fue demasiado tarde ¡Ojo, que el partido tiene trampa! Que este Sevilla parece que va en serio. El que avisa no es traidor, mírenme las botas si creen que bromeo.


Tampoco ayudó la persistente lluvia a que el partido no cogiera al Atleti a contramano ¿Quién no puede entender las escasas ganas de salir de casa en un domingo por la tarde lluvioso? La tarde sevillana pedía sofá y manta. Pedía pijama siendo exagerado. Varios de los jugadores colchoneros estuvieron desdibujados: poco se supo de Griezmann, Correa volvió a reñir con el acierto, Gameiro estaba sumergido en sus recuerdos, Koke llegó a parecerse al Koke al que no se le confiaba la manija y hasta Savic y Godín parecían descolocados en bastantes ocasiones, lo que ya es mucho decir.

Lo mejor de los domingos por la tarde, una vez aceptada su inevitable existencia, es que rápidamente se les pone cara de lunes, lo que es muchísimo peor a todas luces. Podrían enunciarse cientos de teorías sobre su génesis o sobre la paradoja de que las postreras horas de un día festivo puedan llegar a ser tan deprimentes. Podría analizarse la primera derrota de la temporada desde muchos puntos de vista. Probablemente el rival fue mejor en ciertas fases y en otras lo fue el Atleti, aunque sin acertar de cara al marco. Hay partidos que se escapan porque nacen marcados para escaparse, para escurrirse por el sumidero del calendario como si fueran los segundos de un domingo por la tarde. Quizás la única explicación posible estribe en el color de las botas de Simeone. A los domingos por la tarde no les gustan los colores demasiado estridentes ni los partidos con lluvia. Su miseria solo se disfruta plenamente mientras se ve una película alemana de misterio ambientada en Mallorca.