lunes, 11 de febrero de 2013

Inseguras seguridades


La medida fue aprobada por una ajustada mayoría simple. Bastó con que se pusieran de acuerdo los del lobby de propietarios de áticos con terraza y pérgola para que finalmente la junta de propietarios, reunida en sesión extraordinaria, decidiera que dado el creciente índice de criminalidad en la zona era necesario contratar seguridad privada para las noches de los fines de semana y fiestas de guardar. No es que lo del índice de criminalidad fuera algo probado pero sí que es verdad que había crecido el grado de preocupación entre los vecinos que frecuentaban el arenero sito en las zonas comunes tras haber sido sustraído al descuido y a plena luz del día un balón de goma con motivos de Bob Esponja. Días más tarde de la reunión, la empresa administradora envió a Néstor Edgardo. Néstor Edgardo paseaba su escaso metro y medio por la urbanización embutido en un terno azul con cuello de borreguillo que realzaba notablemente sus hechuras abotijadas. Ya desde los primeros días de instauración del servicio de seguridad, crecía en la vecindad un clima de tranquilidad y de confianza. No es dinero, decían algunos refiriéndose al tan bien usado incremento en la cuota comunitaria. Las madres de nervio más vivo dejaban a sus vástagos llegar media hora más tarde los sábados por la confianza que daba ver rondar a Néstor Edgardo linterna en mano “¿Y no será poco armamento una linterna a pilas?”, se preguntaban algunos destacados miembros de la escalera derecha, la más partidaria de la labor del vigilante. “No es necesario Liboria, he oído que Néstor Edgardo sirvió con honor en los cuerpos especiales del ejército boliviano. Ahí donde lo ves tan abrochadito, es una máquina de matar”.

Pasaban las semanas y la vida en la comunidad había cambiado radicalmente. Nunca más volvió un rapaz a su casa sin la pelota que previamente había bajado al arenero, fuera ésta de Bob Esponja o conmemorativa del mundial de Sudáfrica, y tal era el estado de seguridad en el que se vivía que incluso se le devolvió a Zulemita, la hija de Reme y Damián, un móvil que había dejado olvidado a cosa hecha en el ascensor con ánimo de que sus padres le compraran otro con mucho más bluetooth. Los vecinos olvidaron echar los cerrojos Fac e incluso los hubo que dejaron la puerta abierta de tan segura que se había vuelto la comunidad. Lo cierto es que Néstor Edgardo, diligente en sus primeros días de servicio, había empezado a quedarse más tiempo del aconsejable en la garita de la entrada del portal. Ya casi no sacaba la linterna a pasear y se quedaba sentado toda la noche, arrebujado en el cuello de borreguillo de su cazadora llena de chapitas con el logotipo de la empresa. Normalmente se quedaba dormido casi a jornada completa y su sueño solo era turbado por la llegada de algún joven descarriado de esos que viven las madrugadas con intensidad o por la salida al amanecer de algún propietario de perro que de manera descortés despertaba a Néstor Edgardo con un educado buenos días que se podría haber guardado para otra ocasión. Muchos fueron los que, por entrar o salir a deshoras, se encontraron con la mirada torcida y asesina de Néstor Edgardo, mirada totalmente justificada por el hecho de que el turno de noche es muy duro y cambia los biorritmos que es una barbaridad. 

Empezaron entonces los vecinos a no salir ni entrar a casa en el intervalo de tiempo en el que Néstor Edgardo cumplía a base de ronquidos profundos su servicio de vigilancia y se alzaron voces críticas, que ya se sabe que siempre hay gente disconforme con todo, que se preguntaban por la necesidad de mantener el servicio. Los hubo incluso que se escudaron en el hecho de que Néstor Edgardo lanzara la linterna a la cabeza de un vecino que volvió a casa tarde y con mal recado alzando la voz y dando vivas al vino a granel. Las cada vez más numerosas opiniones disidentes obligaron a convocar una nueva junta, de nuevo extraordinaria. La presidencia presentó un gráfico en el que se demostraba sin lugar para ninguna duda, razonable o no, que desde la llegada de Néstor Edgardo la delincuencia había descendido a límites insospechados, fuera este dato debido a que ningún vecino salía a la calle por no molestar al vigilante o por otros motivos exógenos. De nuevo el lobby del ático apoyó la moción para que el servicio continuara sin hacer caso de aquellos que argumentaban que, si bien podía tolerarse que Néstor Edgardo pasase durmiendo como un ceporro las ocho horas de turno, no eran de recibo las humedades que estaba provocando en los trasteros con el constante goteo de babilla que se le escapaba por un lado de la boca mientras vigilaba con los angelitos. De nuevo fue aprobada la continuidad del servicio por una ajustada mayoría simple. Y es que la seguridad es lo primero, oigan…



Encaraba el Atleti la visita a Vallecas con una sensación creciente de inseguridad. Los últimos resultados fuera de casa unidos al valle de forma por el que transitan algunos de los nuestros, a la baja de Diego Costa e incluso a lo inquietante que siempre resulta jugar en un campo con pared detrás de una portería dejaban mal cuerpo de antemano en la afición. No contribuyó tampoco la alineación puesta en liza por el Cholo a paliar la inseguridad de la ciudadanía dando entrada en el equipo a Cata y a Raúl García en lo que pudiera entenderse como un mensaje para dar valor a la eliminatoria de Europa League de la semana entrante. Casi ni nos habíamos sentado nosotros y nuestras inseguridades en el tresillo tapizado cuando el Rayo se adelantó en el marcador al descuido. Al descuido de Cata que hizo de Don Tancredo y al de Filipe, al que ayer cogieron la espalda en incontables ocasiones, más bien. Lo único positivo que dejaba el gol rival era la seguridad de que había tiempo de sobra para la reacción y lo cierto es que el Atleti reaccionó pero poco. Alguna que otra llegada con similar capacidad de hacer daño que el que se haría deslumbrando al rival con una linterna comprada en el chino de la esquina. Poco. Poco tirando a nada, para ser más exactos.

Llegaba el Rayo a base de coraje e incluso a veces juego pinturero y el Atleti dormitaba plácidamente en la garita de la inseguridad y de las dudas. Sacaba Courtois alguna mano de mérito y seguían los atacantes rayistas birlando la cartera a la defensa rojiblanca de manera sistemática, siempre con Cata como panoli al que usar de víctima en el timo de la estampita de manera recurrente. Si mal estuvo la defensa, no estuvo mejor el resto del equipo. Superado y romo el centro del campo y desconectado el ataque, con un Falcao presentando batalla estéril, con un Adrián nadando en sus inseguridades y con un Raúl García al que se le reconoce que tiene gol, pero que cuando no sabe dónde lo ha puesto no se le reconoce casi nada más.

Marcó el Rayo el segundo en jugada casi calcada al primero pero desde el lado contrario, que siempre está bien diversificar las zonas de ataque y se vio al Atleti roto por momentos. Lleno de inseguridad en lo que hacía. No asomó ni por un momento ese equipo que no hace tanto reaccionaba con pundonor cuando la inspiración no hacía acto de presencia y deambuló durante toda la segunda parte sin que quedara la más mínima seguridad de que iba a pasar algo, para bien o para mal. De nada sirvieron los cambios, Arda hace tiempo que ha dejado de trasmitir esa seguridad pasmosa en lo que hacía y Cebolla parece aburguesado y poco dispuesto a encabezar las revoluciones de antaño. Gustó la salida de Oliver, eso sí, pero se antojó tardía aunque ilusionante. Poco, lo que les decía.

Más allá de la pérdida de puntos sobrevuela en el ambiente una sensación de que el equipo ha perdido la seguridad de hace unas fechas. Los amantes de las estadísticas hablarán del tiempo que hace que no se gana fuera de casa pero lo cierto es que no es lo mismo el empate en Mallorca, injusto y azaroso, que las dos últimas derrotas en Bilbao y Vallecas. Probablemente los haya que alcen sus disidentes voces para hablar de la justeza de calidad de la plantilla y de poner los pies en el suelo tras haber cosechado unos resultados muy por encima de lo que la lógica hubiera aconsejado. Aún así, lo que más preocupa es pensar que tal vez se haya perdido algo de confianza y seguridad en la idea. Seguridad en lo que se hace. Y en eso no vale con que solo crea una ajustada mayoría simple de los jugadores. Porque la seguridad es lo primero, oigan…

lunes, 4 de febrero de 2013

...Y justo entonces....


“…y justo entonces, cuando ya resonaban en la escalera los decididos pasos de los policías locales abriendo paso a un cerrajero muy mal encarado y el secretario judicial desenfundaba el capuchón de su boli Bic para levantar acta de lo que ocurriera a la hora de ejecutar el desahucio, apareció él y consiguió paralizarlo. Consiguió incluso que los que venían a echarme de casa hicieran una colecta en la que se recaudó el importe de tres mensualidades y el capuchón del boli Bic del secretario, que ahora es utilizado por mi niña la mediana de pasador de pelo como vívido recuerdo de lo que nos tocó lidiar…”


“…y justo entonces, cuando el ánimo empezaba a flaquear entre algunos miembros de la grada rojiblanca. Cuando ni las arrancadas de Juanfran, ni el pundonor de Koke, cuando ni la pelea, menos proverbial que de costumbre eso sí, de Falcao, cuando ni la presencia de un Adrián con la misma mala idea de un peluche de color lila cuando pisa el área contraria parecían bastar para doblegar al rival, apareció él y consiguió invertir la situación. Ya antes del gol se vio que la cosa había cambiado con su sola aparición en el campo. Un par de arrancadas llenas de potencia devolvieron la esperanza en llevarse la victoria en un partido con mucho más empuje que juego. Entonces vino el corner y el portero rival, impecable aunque poco exigido hasta el momento, decidió brindar un sentido homenaje a las denominaciones de origen de La Mancha y La Rioja Alavesa y a sus vendimiadores saliendo a por uvas. Pero uvas gordas, no crean. Aún así, uno prefiere pensar que más que homenajear a los esforzados agricultores que doblan la raspa en aras de recolectar racimos de la variedad Tempranillo, el portero rival dejó pasar el balón cegado por la admiración, influenciado por esa cara de malo de película de narcotraficantes, por los rebotes que le suelen favorecer y hasta por su terrenal debilidad, mostrada también ayer en lances de los que debería huir como de la peste para no quedar encasillado como jugador polémico, problemático y candidato constante a la expulsión fulminante…”




“…y justo entonces, cuando pensábamos que empezaba otra semana anodina en la que volveríamos a comer pasta y arroz para intentar estirar al máximo el magro sueldo, apareció él con un jamón de recebo bajo el brazo, casi sin decir nada lo colocó sobre el jamonero aquel que llevaba años huérfano de uso y se puso a cortar lonchas con la misma finura del pelo del ya ausente Emre. Dispuso las lonchas en un plato creando un abanico de colores rojo y blanco. Blanco de grasa en el exterior, un rojo casi granate en el interior y terminó su obra colocando en el centro dos lascas que girando sobre sí mismas formaban un número diecinueve, su número. Los niños aplaudían a rabiar ante la pericia en el corte y cayeron rendidos al poco rato tras hartarse de comer algo que no fueran macarrones. Solo entonces él se marchó, casi sin despedirse, pero con esa serenidad en la mirada que solo poseen los héroes como él, los que siempre llegan cuando un rescate se necesita…”  

viernes, 1 de febrero de 2013

Eliminatorias que no importan, manos y gente de criterio


Tal vez ustedes no lo supieran pero ayer había eliminatoria de copa, bueno, ustedes sí que lo sabían, que por eso en su mayoría son gente de criterio, gente que si cobra es en nómina y no en sobre color manila y ve la vida de color rojo y blanco. Daba la sensación de que salvo a ustedes y a mí, y también probablemente a los aficionados del Sevilla, a nadie más le importaba la otra semifinal de copa, la de ayer. Seguían los medios en las horas previas desglosando las bondades del enésimo encuentro del siglo, desmenuzando cada cara, cada gesto. Analizando hasta la saciedad más estomagante si aquel mediapunta que se metió el dedo en la nariz antes de sacar un corner no estaría con ese gesto pergeñando una jugada de estrategia innovadora parida en las pizarras de grandes pensadores de los que calientan el trasero en cómodos asientos Recaro. Fuera de eso, todo lo demás da igual. La masa ya ha obtenido su ración recurrente de alimento y ahora se sienta en el sillón a digerir su hartura con la sal de frutas de los comentarios que se vierten en las tertulias deportivas. Los asistentes al banquete mediático siguen maldiciendo a aquel sorteo caprichoso e insensible que quiso con sus azares que del partido de siempre, esa comilona que tanto repite, salga solo un puesto en la final y que el otro puesto salga de una especie de pedrea para pobres. De un partido que no llena páginas de diarios, fíjense ustedes qué injusticia más grande. Ante tal dislate, se oyen voces, algunas de pito, que hasta recogen firmas para que no solo el título de Copa, sino el de Liga, el de Supercopa, el de Champions y hasta el de los premios Limón y Naranja que reparten las peñas periodísticas se diriman única y exclusivamente entre los dos contendientes de costumbre. Prestigiosos consultores de corbata almidonada y calcetines de rayas de colores que buscan dar una falsa impresión de desenfado han realizado estudios de mercado que aseguran que la celebración de treinta y cinco clásicos al año en modalidad de playoff sería lo justo. Esta competición, al mejor de dieciocho partidos, sería lo que realmente necesita el balompié patrio, dejando así de lado partidos intrascendentes que solo sirven para cansar al espectador y para que los dos niños de los ojos de todos coleccionen goles de todas las facturas que luego son inmortalizados en serigrafías sobre tazas de café. A la espera de que las más altas instancias deportivas tomen cartas en el asunto e institucionalicen el interminable duelo, nosotros, raros que somos, preferimos hablar de lo que vimos ayer.



Recibía el Atleti al Sevilla con la final de Copa en un horizonte bastante cercano. Si el partido se hubiera celebrado hace unas semanas, justo antes de que el equipo hispalense destituyera de su banquillo a ese entrenador tan gracioso y tan reguapo que es leyenda en la acera oscura, hubiéramos apostado con los ojos cerrados a que el Atleti pasaba la eliminatoria sin demasiado esfuerzo. Como el partido se celebró anoche a deshora y como a los de Nervión ha llegado ese entrenador cuyo movimiento de brazos solo puede ser comparado con el de expertos en artes marciales, vendedores  de coches usados o vendedores de coches usados con cinturón negro de kung fu, la parroquia no andaba muy por la labor de apuestas ni de arriesgar. Influía, cómo no, el hecho de que el pueblo todavía digería el partido de la noche anterior para que se esperara un partido ligero. Un partido digestivo. Un aperitivo balompédico. Nada de eso ocurrió finalmente. Será porque somos raros y los nuestros también se vuelven así cuando se ponen la sagrada camiseta rojiblanca, será porque los contrarios también sufrieron episodios de enajenación mental transitoria, pero lo cierto es que salió un partido eléctrico. Intensidad pura. Con bastantes imprecisiones. Con errores de bulto y con notables desaciertos. Y con manos. Con muchas manos.

Discurría el partido por los primeros minutos de la segunda parte. Atacaba en oleadas un Atleti que hubiera merecido mejor suerte en el marcador durante un primer asalto frenético, cuando, presionado por Diego Costa, Spahic decidió expulsarse al tirarse de cabeza a por el balón y abrazarlo con singular cariño. Ejecutó Costa la pena con esa finura con la parece tocado en los últimos tiempos. Se prometía muy feliz el partido ante diez y por delante en el luminoso cuando en un desajuste llegó la segunda mano. Fue Godín, que puso una mano blanda, floja. Una mano tal vez algo innecesaria a la altura del trasero que igualó la contienda en número y marcador. Siguió el Atleti arriba y no se arrugó el Sevilla tampoco. Repartían golpes los contendientes sin saber que el destino guardaba una tercera mano, la que supuso el segundo de los nuestros transformado por Diego Costa en similar ubicación al primero. Hubo más manos, no crean, pero no fueron tan relevantes por no vistas o no queridas ver. Sobre todo hubo manos que aplaudieron a rabiar y se agarrotaron por la emoción. Manos enguantadas y a la intemperie que poblaban la grada del Calderón. Manos de gente rara. Gente que gusta de nadar contracorriente y esperar al postre porque el proclamado plato principal les deja fríos. Gente que busca la pedrea, el partido de los pobres. Gente que espera la vuelta con la ilusión del que sabe que las espadas siguen en alto aunque sobre partidos como éste o como el que vendrá no se emitirán ediciones limitadas de edredones con la cara de los protagonistas. Esa gente es la que sabía que ayer había una eliminatoria de Copa en toda su extensión. Gente de criterio….