O quinta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura Popular, Noche de Clásicos y La Verdad está ahí fuera.
Haciendo gala de una previsión inusual, Don Rufino y Serapio esperaban ya cenados el inicio del choque contra el Hércules en un salón del bar de Dámaso, que no contaba más presencia que la suya. Adelantaron la hora de la cena por varias razones: por ser lunes y bastante tarde y porque ciertos disgustos que da el Atleti de cuando en cuando es mejor vivirlos con el estómago lleno, a pesar de jugarte un corte de digestión.
Haciendo gala de una previsión inusual, Don Rufino y Serapio esperaban ya cenados el inicio del choque contra el Hércules en un salón del bar de Dámaso, que no contaba más presencia que la suya. Adelantaron la hora de la cena por varias razones: por ser lunes y bastante tarde y porque ciertos disgustos que da el Atleti de cuando en cuando es mejor vivirlos con el estómago lleno, a pesar de jugarte un corte de digestión.
Nada más empezar el partido, se les unió Dámaso, siempre con el trapo al hombro y su eterno palillo incrustado en la comisura de la boca. Estaban los tres con esa sensación que sólo tenemos nosotros, los del Atleti. Algo que no ocurre si ustedes son aficionados a otros equipos en los puedes llegar a preguntarte: “¿de cuánto ganaremos?” o afirmar: “Hoy perdemos seguro”, pero no si eres colchonero. Los que somos como ellos, como usted o como yo, hacemos apuestas sobre el sabor que tendrá el equipo cuando salga y sólo con ver cinco minutos podemos buscar un adjetivo que lo califique. Adjetivo que la mayoría de las veces sería igualmente aplicable al género comestible de cualquier cafetería que ustedes conozcan, recorriendo la gama de recien hecho o calentito, pasando por excesivamente tostado o empanado y llegando a revenido o más bien podrido. Pero qué les voy a contar a ustedes que no sepan.
Como ustedes ya sabrán, el equipo salió con sabor a pescado con olor. Salió con la cara que vimos hace dos años en Santander, hace uno en Huelva o esta temporada en el Ciudad de Valencia. Salió con la cara del equipo que ya no es que no juegue bien, que a eso desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado, sino del que no quiere jugar, del equipo que denota una falta de concentración y de actitud sonrojante. Del equipo que hace que rivales de media tabla para abajo parezcan el Brasil del 70. Y casi sin darnos cuenta nos vimos dos goles por detrás en el marcador, ambos en jugadas de esas que sólo pasan al Atleti en el fútbol de élite.
Era tal la tensión del momento que Don Rufino echó mano de la pitillera para castigarse con un Ducados, hecho que desató la polémica entre nuestros protagonistas.
– Oiga, ¿qué hace Don Rufino? Le recuerdo que ya no se puede fumar –anunció escandalizado un Dámaso muy sensibilizado, casi tanto como la ministra Pajín.
– ¡No me jodas, Dámaso! Pero si estamos solo nosotros y fumamos todos.
– Está mi señora, que aunque esté dentro enharinando las berenjenas para el menú de mañana, debo velar por su condición de trabajadora de hostelería y fumadora pasiva.
– Lo siento Don Rufino –terció Serapio-. La ley es la ley y si lo enciende me lo tengo que llevar detenido a la casa cuartel por insumiso.
– O sea, ¿que ni voy a poder fumar viendo a mi Atleti? ¿Ni con este partido que nos están regalando? Me cago en... (Les voy a ahorrar la sarta de improperios, solo reseñar que no quedó nada divino o humano sin llevar su parte de recuerdo por parte del edil).
– Don Rufino, le puedo ofrecer salir fuera a echárselo mientras ve el partido –ofreció un Dámaso empequeñecido por la reacción del alcalde–, le doy la vuelta a la televisión de quince pulgadas, pongo una sillita, una mesa baja con cenicero y en paz.
– Pues ya me estás pagando los tres años de licencia de terraza y velador que me debes, listo. Que cuando viene el calor bien que propones eso mismo a tus clientes, pero para pagar la licencia no se te ve tan cumplidor de las normas.
– Ahí tiene razón, Dámaso– intercedió el guardia civil–, si sale fuera te tengo que llevar a ti al calabozo.
– Por no hablar de que todos sabemos que tienes enganchado el Digital de tu casa y que te lo ahorras en el bar –continuó Don Rufino.
– Pues bien que os veníais los dos hace años para ver las películas de los viernes por la noche, que teníais ya los ojos como los malayos de verlas codificadas –dijo con muy mala idea el regente de la casa de comidas.
Mientras se sucedían estos dimes y diretes, el partido continuaba por los mismos derroteros y se llegó al descanso con cuatro goles en contra. Hay veces que a uno le gustaría ser invisible para colarse en el vestuario y constatar si nuestro querido técnico conserva su pausa y buen hablar aún en estas condiciones. Tal vez intente arengar a sus pupilos con su acostumbrado discurso de telepredicador: que si la dinámica no es la adecuada, que si se están dejando sensaciones contradictorias, que si esto es un vaivén más de vuestra vida de mortales y lo importante es alcanzar el tercer estadio de pureza en el camino hacia el nirvana. O tal vez, pero solo tal vez, el espíritu de Luis Aragonés le posea durante solo un rato, sólo un poco de tiempo, pero el suficiente para que parezca que sus patillas se alargan y para soltar varios exabruptos que hagan que todos tengan claro que esa camiseta no merece ser vestida por tipos como ellos en días como el de ayer. Por actitud o por aptitud, me es indiferente. Pero que se les caiga la cara de vergüenza.
A pesar de lo anterior, es de justicia decir que en días así, el técnico es el menor culpable. Seguro que alguno me dirá que sigue empecinado en un sistema que no arroja beneficios tangibles, que sigue maltratando el mediocampo con experimentos raros, que sigue alineando a jugadores de los que ya casi nadie espera nada y ninguneando a otros a los que la afición espera. Pero no se engañen, en lo de ayer no debemos mirar hacia él.
Mientras tanto el Atleti deambulaba por el campo e incluso metió el gol mal llamado del honor, como si un gol, o dos, o tres fueran a limpiar un honor mancillado desde hace veinticinco años. Momento en el que se produjo el punto álgido de la trifulca por la que Victoriana se vio obligada a salir de la cocina cubierta de harina hasta los codos.
Mientras tanto el Atleti deambulaba por el campo e incluso metió el gol mal llamado del honor, como si un gol, o dos, o tres fueran a limpiar un honor mancillado desde hace veinticinco años. Momento en el que se produjo el punto álgido de la trifulca por la que Victoriana se vio obligada a salir de la cocina cubierta de harina hasta los codos.
- ¡Se acabaron las gilipolleces! –gritó a pleno pulmón al tiempo que los tres la miraban avergonzados-. Parecéis contertulios de Radio Marca. ¿No veis que no sabéis ni cómo va el partido? Pues esto tiene sólo dos salidas, o declaramos el bar como club de fumadores con lo que tú, Dámaso, no puedes cobrar consumiciones y vosotros dos no podéis ni comer, ni beber, ni cobrarnos la contribución o tenemos que pasar el plan B.
-¡Sea el plan B! -dijeron los tres al unísono, especialmente Dámaso, que no acababa de ver eso del bar sin ánimo de lucro.
A estas alturas del relato el partido ya había acabado, pero nuestros amigos se quedaron clavados en sus sillas, sin ganas ni tan siquiera de cambiar de canal para sintonizar un programa de variedades que les hiciera olvidar lo visto. Con esa sensación que muchos tenemos cuando pasa esto, sin ganas de levantarnos del sillón para lavarnos los dientes o para tomarnos la pastilla de la tensión. Pasó casi una hora hasta que uno de ellos reaccionó:
- ¿Y la ministra no irá a prohibir esto también por el riesgo evidente que corre nuestra salud bucal? –preguntó Serapio con prevención mientras se rascaba el parche de nicotina que se había puesto en el quinto pliegue de la barriga.
- Cualquier día Serapio, cualquier día –dijo resignado Rufino mostrando unos labios rojo intenso, de ese intenso que llevaba Ava Gardner, consecuencia del tinte que soltaba la tercera piruleta que se había tomado por prescripción de Victoriana.
Tratamiento sustitutivo, que al finalizar la redacción de la historia, todavía no recibe ningún tipo de subvención, ni por la ministra, ni por la Seguridad Social, ni por la madre que parió a nuestros indebidos dirigentes.
Tratamiento sustitutivo, que al finalizar la redacción de la historia, todavía no recibe ningún tipo de subvención, ni por la ministra, ni por la Seguridad Social, ni por la madre que parió a nuestros indebidos dirigentes.