martes, 11 de enero de 2011

Se prohibe fumar

O quinta entrega de las crónicas de Fuenteturbia, tras El Oriundo, Cultura Popular, Noche de Clásicos y La Verdad está ahí fuera.

Haciendo gala de una previsión inusual, Don Rufino y Serapio esperaban ya cenados el inicio del choque contra el Hércules en un salón del bar de Dámaso, que no contaba más presencia que la suya. Adelantaron la hora de la cena por varias razones: por ser lunes y bastante tarde y porque ciertos disgustos que da el Atleti de cuando en cuando es mejor vivirlos con el estómago lleno, a pesar de jugarte un corte de digestión.
Nada más empezar el partido, se les unió Dámaso, siempre con el trapo al hombro y su eterno palillo incrustado en la comisura de la boca. Estaban los tres con esa sensación que sólo tenemos nosotros, los del Atleti. Algo que no ocurre si ustedes son aficionados a otros equipos en los puedes llegar a preguntarte: “¿de cuánto ganaremos?” o afirmar: “Hoy perdemos seguro”, pero no si eres colchonero. Los que somos como ellos, como usted o como yo, hacemos apuestas sobre el sabor que tendrá el equipo cuando salga y sólo con ver cinco minutos podemos buscar un adjetivo que lo califique. Adjetivo que la mayoría de las veces sería igualmente aplicable al género comestible de cualquier cafetería que ustedes conozcan, recorriendo la gama de recien hecho o calentito, pasando por excesivamente tostado o empanado y llegando a revenido o más bien podrido. Pero qué les voy a contar a ustedes que no sepan.
Como ustedes ya sabrán, el equipo salió con sabor a pescado con olor. Salió con la cara que vimos hace dos años en Santander, hace uno en Huelva o esta temporada en el Ciudad de Valencia. Salió con la cara del equipo que ya no es que no juegue bien, que a eso desgraciadamente ya nos hemos acostumbrado, sino del que no quiere jugar, del equipo que denota una falta de concentración y de actitud sonrojante. Del equipo que hace que rivales de media tabla para abajo parezcan el Brasil del 70. Y casi sin darnos cuenta nos vimos dos goles por detrás en el marcador, ambos en jugadas de esas que sólo pasan al Atleti en el fútbol de élite.  
Era tal la tensión del momento que Don Rufino echó mano de la pitillera para castigarse con un Ducados, hecho que desató la polémica entre nuestros protagonistas.
– Oiga, ¿qué hace Don Rufino? Le recuerdo que ya no se puede fumar –anunció escandalizado un Dámaso muy sensibilizado, casi tanto como la ministra Pajín.
– ¡No me jodas, Dámaso! Pero si estamos solo nosotros y fumamos todos.
– Está mi señora, que aunque esté dentro enharinando las berenjenas para el menú de mañana, debo velar por su condición de trabajadora de hostelería y fumadora pasiva.
– Lo siento Don Rufino –terció Serapio-. La ley es la ley y si lo enciende me lo tengo que llevar detenido a la casa cuartel por insumiso.
– O sea, ¿que ni voy a poder fumar viendo a mi Atleti? ¿Ni con este partido que nos están regalando? Me cago en... (Les voy a ahorrar la sarta de improperios, solo reseñar que no quedó nada divino o humano sin llevar su parte de recuerdo por parte del edil).
– Don Rufino, le puedo ofrecer salir fuera a echárselo mientras ve el partido –ofreció un Dámaso empequeñecido por la reacción del alcalde–, le doy la vuelta a la televisión de quince pulgadas, pongo una sillita, una mesa baja con cenicero y en paz.
– Pues ya me estás pagando los tres años de licencia de terraza y velador que me debes, listo. Que cuando viene el calor bien que propones eso mismo a tus clientes, pero para pagar la licencia no se te ve tan cumplidor de las normas.
– Ahí tiene razón, Dámaso– intercedió el guardia civil–, si sale fuera te tengo que llevar a ti al calabozo.
– Por no hablar de que todos sabemos que tienes enganchado el Digital de tu casa y que te lo ahorras en el bar –continuó Don Rufino.
– Pues bien que os veníais los dos hace años para ver las películas de los viernes por la noche, que teníais ya los ojos como los malayos de verlas codificadas –dijo con muy mala idea el regente de la casa de comidas.
Mientras se sucedían estos dimes y diretes, el partido continuaba por los mismos derroteros y se llegó al descanso con cuatro goles en contra. Hay veces que a uno le gustaría ser invisible para colarse en el vestuario y constatar si nuestro querido técnico conserva su pausa y buen hablar aún en estas condiciones. Tal vez intente arengar a sus pupilos con su acostumbrado discurso de telepredicador: que si la dinámica no es la adecuada, que si se están dejando sensaciones contradictorias, que si esto es un vaivén más de vuestra vida de mortales y lo importante es alcanzar el tercer estadio de pureza en el camino hacia el nirvana. O tal vez, pero solo tal vez, el espíritu de Luis Aragonés le posea durante solo un rato, sólo un poco de tiempo, pero el suficiente para que parezca que sus patillas se alargan y para soltar varios exabruptos que hagan que todos tengan claro que esa camiseta no merece ser vestida por tipos como ellos en días como el de ayer. Por actitud o por aptitud, me es indiferente. Pero que se les caiga la cara de vergüenza.
A pesar de lo anterior, es de justicia decir que en días así, el técnico es el menor culpable. Seguro que alguno me dirá que sigue empecinado en un sistema que no arroja beneficios tangibles, que sigue maltratando el mediocampo con experimentos raros, que sigue alineando a jugadores de los que ya casi nadie espera nada y ninguneando a otros a los que la afición espera. Pero no se engañen, en lo de ayer no debemos mirar hacia él.
Mientras tanto el Atleti deambulaba por el campo e incluso metió el gol mal llamado del honor, como si un gol, o dos, o tres fueran a limpiar un honor mancillado desde hace veinticinco años. Momento en el que se produjo el punto álgido de la trifulca por la que Victoriana se vio obligada a salir de la cocina cubierta de harina hasta los codos.
- ¡Se acabaron las gilipolleces! –gritó a pleno pulmón al tiempo que los tres la miraban avergonzados-. Parecéis contertulios de Radio Marca. ¿No veis que no sabéis ni cómo va el partido? Pues esto tiene sólo dos salidas, o declaramos el bar como club de fumadores con lo que tú, Dámaso, no puedes cobrar consumiciones y vosotros dos no podéis ni comer, ni beber, ni cobrarnos la contribución o tenemos que pasar el plan B.
-¡Sea el plan B! -dijeron los tres al unísono, especialmente Dámaso, que no acababa de ver eso del bar sin ánimo de lucro.
A estas alturas del relato el partido ya había acabado, pero nuestros amigos se quedaron clavados en sus sillas, sin ganas ni tan siquiera de cambiar de canal para sintonizar un programa de variedades que les hiciera olvidar lo visto. Con esa sensación que muchos tenemos cuando pasa esto, sin ganas de levantarnos del sillón para lavarnos los dientes o para tomarnos la pastilla de la tensión. Pasó casi una hora hasta que uno de ellos reaccionó:
- ¿Y la ministra no irá a prohibir esto también por el riesgo evidente que corre nuestra salud bucal? –preguntó Serapio con prevención mientras se rascaba el parche de nicotina que se había puesto en el quinto pliegue de la barriga.
- Cualquier día Serapio, cualquier día –dijo resignado Rufino mostrando unos labios rojo intenso, de ese intenso que llevaba Ava Gardner, consecuencia del tinte que soltaba la tercera piruleta que se había tomado por prescripción de Victoriana.

Tratamiento sustitutivo, que al finalizar la redacción de la historia, todavía no recibe ningún tipo de subvención, ni por la ministra, ni por la Seguridad Social, ni por la madre que parió a nuestros indebidos dirigentes.

jueves, 6 de enero de 2011

¿Qué le pasa, doctor?

-Lo que le contaba doctor, mi niño siempre ha sido diferente, muy especial. Con decirle que ya desde bebé se quedaba anonadado cuando le poníamos a Mahler a la hora de su papilla de frutas, pero con Mozart no comía, años después nos dijo que le parecía intrascendente. Eso sí, tuvo que aguantar mucho en el colegio, los niños que solo sabían jugar al fútbol o al escondite se burlaban de él porque aprovechaba los recreos para cultivar su afición por el existencialismo leyendo a Heidegger o a Kierkegaard. Pero no crea usted que tales nimiedades le hicieron reconsiderar su actitud, no. Él era un convencido de la bondad del género humano como culmen de la creación natural y seguía tendiendo puentes a sus compañeros para una mejor comprensión mutua, lo que no fue obstáculo para que, cuando le tiraban piedras, los calificara como a unos hijos de la grandísima puta. Al acabar la escuela pública empezó a mostrar unas aptitudes inusuales para la escultura y por ello le apuntamos a una de las escuelas más reputadas de la zona. Allí empezó a ser aceptado como un igual, lo que desembocó en una prolífica carrera artística de la que todavía se escuchan ecos en los ambientes más entendidos del ramo. En la actualidad se debatía entre empezar a estudiar alguna ingeniería o ciencias exactas, pero todavía no nos había comunicado la decisión, que para esas cosas es muy suyo.
-¿Y entonces vino lo del golpe en la cabeza, no? –preguntó el médico sin dejar de tomar notas en su cuaderno.
-Sí doctor, desde entonces no hace más que pegarle patadas a todo lo que encuentra. Nos habla sobre la diferencia entre golpear de empeine o con el interior del pie, cosa que a nosotros nos horroriza. Pretende que nos abonemos a una plataforma de pago para ver ese espectáculo grotesco de veintidós señores en calzón corto. Y mire que lo intentamos, mire que mi marido, aquí presente, vino el otro día a casa aterido de frío después de pasarse cinco horas en la cola del Real para sacar tres entradas de platea para la única representación de Turandot, pero nada no hay manera. Se escapó por el pasillo haciendo fintas y gambetas, tal vez abusando en exceso de la  conducción, eso sí, e intentó hacerle un túnel a un aparador Luis XV que me dejó mi abuela en herencia.
-Creo que ya me he hecho una idea, señores Reyes. Ahora lo mejor sería que viera al chico. Pídanle que entre, por favor.
-Jose Antonio, ven a conocer al doctor –dijo la madre asomando la cabeza por la puerta de la sala de espera.

Sólo el pequeño detalle de la celebración de su onomástica ha hecho que hoy el protagonista de la historia sea nuestro amigo Jozean. Y miren que se podría haber hablado de muchas cosas más, que temas hay.
·         Renovación del crack del equipo bajando la cláusula de rescisión no se vaya a pensar algún jeque que sesenta millones son muchos.
·         Presentación del enésimo fichaje desconocido, que como buena incógnita pasará de lado a lado de la ecuación que sobre el campo plantea el insigne primo del compositor de “Arriba los corazones” ante la incapacidad manifiesta de éste para cambiar de modelo futbolístico si las circunstancias lo aconsejan. Esperemos que Elías se despeje a sí mismo con mejor fortuna que la que tuvieron los que estaban a su alrededor cuando el bufanda-gate.
·         Filtraciones de los palmeros habituales informando de que se fichará sólo si se pasa la eliminatoria de Copa. Pero, ¿la plantilla es corta y está descompensada o no? Nuevo episodio de la firmeza de criterio de nuestros mandatarios, tan aficionados ellos al mestizaje de la velocidad con el tocino.
·         Y hablando de mandatarios, la noticia de la semana (¡qué digo semana, del año!). Nuestro cariasimétrico líder espiritual nombrado dirigente del año en nosequé foro afín al abuso de psicotrópicos. En cuanto se lo conté por teléfono a nuestros queridos Serapio y Rufino (los del Oriundo, Cultura Popular, Noche de Clásicos y La Verdad está ahí fuera), respondieron con una frase que puede resumir el sentir del aficionado atlético ante la ristra de atropellos: “Cuando la cabra da leche, hasta por los cuernos”. Pues nada. Pues sigamos.
Sepan ustedes también que el Atleti ha pasado la eliminatoria contra el Español o Espanyol, que con esto del cambio de la ortografía no queda claro nada. Sepan ustedes también que el Atleti hizo un partido serio, sin pasar demasiados apuros. Sepan ustedes que esto suele pasar cuando el equipo no es el encargado de llevar la iniciativa del encuentro, serán cosas de la genética del club, tan ligada al contragolpe. Sepan ustedes que el recién renovado sigue demostrando casi en cada partido que es uno de los cinco mejores jugadores del mundo. Sepan ustedes que si ya daba mucho miedo que se convirtiera en un artículo rebajado, más miedo da que lleve el brazalete de capitán ante los antecedentes de Torres, Maxi y Simao. Sepan ustedes que la entrada de Mario Suárez en el equipo supone que haya un jugador que busca jugar el balón a ras de suelo, lo que no es ninguna tontería ante las carencias del mediocampo. Sepan ustedes que parece que el niño de la onomástica crea más peligro y participa más cuando juega en la derecha en vez de en la izquierda, aunque no se le debe discutir su compromiso. Sepan ustedes que seguimos esperando a Diego Costa, ese delantero con pinta de actor que se presenta a un casting de sicario de cártel narcotraficante y cuando lo eligen por su perfil, el director se da cuenta de que se encuentra más cómodo en películas de tartazos. Sepan ustedes que los centrales siguen rotando…bueno, no todos, sólo dos de ellos. Sepan ustedes que a Fran Mérida le sigue teniendo manía el profe.
Lo que sí deben saber ustedes es que en cuartos nos encontramos con los otros, con la troupe de los abdominales y la gomina. Y que lo único que queremos es no sufrir el mismo disgusto que sufrió tal día como hoy una de las Infantas de España, al enterarse de que los Reyes son los padres.

martes, 4 de enero de 2011

Cuento de Navidad

Ni la sal de frutas que tomó antes de acostarse iba a librar a Enrique de pasar una noche toledana, demasiado vino y varios canapés de chorizo picantón en el antepalco desoyendo las recomendaciones de su señora. Aún así, no tardó demasiado en dormirse, pero al poco rato notó un golpecito en el hombro. Entreabrió sólo un ojo para encontrarse con un señor de pelo largo y camiseta rojiblanca ajustada sentado al lado de su cama.

-Hola Enrique, soy Leivinha, exjugador brasileño del Atleti, aunque los más jóvenes me reconocerán por ser el tío de ese experimento de centrocampista que juega en Liverpool al lado del niño Fernando.
-Hombre Laviña -dijo Enrique desperezándose-, ¿cómo has entrado en mi casa? ¡Con lo que me clavan los de Securitas!
-Vengo a enseñarle el pasado del Atleti, un pasado en el que se luchaba por las ligas, en el se llegaban a finales de la Copa de Europa o de la Recopa. En el que había una laureada sección de balonmano que era envidia en todo el país.
-¿Recopa? ¿Y eso qué es? Suena a hora feliz de bar playero…
-Pues es una competición que ganó el Atleti hace ya mucho tiempo, cuando varios de los mejores jugadores de España y del mundo queríamos venir en cuanto nos llamaba Don Vicente. Además casi nunca nos vendían, y menos a mitad de temporada, vamos que nos pegábamos por estar aquí.
-Muy bien Laviña, te voy a dejar que tengo que dormir bien. Mañana me espera la firma del acuerdo estratégico con el Cha-cha-chá, equipo taiwanés de gran solera.
-Vale Don Enrique, al final de la noche entenderá todo.
Enrique se arrebujó entre la manta zamorana para seguir durmiendo tan ricamente cuando atisbó una forma extraña en la butaca que tenía a los pies de la cama (cama con dosel, claro, que la producción cinematográfica rinde pingües beneficios).
-Coño, ¿más gente? ¡No aparecieron tantos ni cuando nos apropiamos indebidamente de las acciones del cluzz!
-Buenas noches Don Enrique, soy Milinko Pantic y vengo a hablarle sobre el Atleti del presente, amén de exponerle las quejas del balón del partido de hoy contra el Racing por el mal trato recibido.
-¡Miliki, coño que alegría! A ti sí te reconozco, como que hay un busto tuyo en el palco dónde apoyamos las bebidas cuando hay ágape. Creo recordar que lo encargo el padre del jefe, ¿no?
-Sí Don Enrique, fue por el doblete, pero es Milinko, no Miliki.
-Hombre, un doblete como el del año pasado –dijo sacando pecho Don Enrique.
-No exactamente, un doblete de copa y liga no es lo mismo, perdone que le contradiga. Que conste que estuvo bien lo de la temporada anterior, pero le recuerdo que en la liga quedamos como quedamos. Tengo que puntualizar también que hace tiempo que no se ve jugar al equipo a nada, que la afición se aburre, que hay muchos que prefieren ir al bingo o al Carrefour antes que ver los partidos, que se supone que nos vamos a ir a otro estadio que será más bonito que el de Amsterdam pero que casi está en ruinas, que vendemos barato a futbolistas y compramos medianías muy caras ¡Que la gente está un poco harta, vamos!
-Miliki, tú sabes que nosotros hacemos lo mejor para el cluzz ¡Ya verás cuando nos vayamos a la Peineta Arena y cuando se parcelen y recalifiquen los terrenos del Calderón para hacer lofts de lujo, eso sí va a ser bueno para la SAD!
-Pregunte a la afición Don Enrique. De todas formas me despido, espero que mi visita le haga reflexionar.
-¡Madre mía, que nochecita!
No había terminado de exclamar eso cuando desde el vestidor vio una figura que le hacía señas para que se acercara. Se puso las pantuflas y el batín con desgana y se arregló la redecilla con la que todas la noches garantizaba el mantenimiento del peinado.
-¿Y tú quién eres? –dijo el mandatario mirando por encima de las gafas de ver.
-Seguro que no me recuerda porque mi apariencia no es la misma, pero estuve en la foto del club este año. Permítame que me presente, me llamo Chema, pertenezco al “alevín b” y le vengo a hablar del Atleti del futuro.
-¡Pues si que estás bien comido!, no había visto yo un alevín con tu porte y esa barba de tres días. Además, vienes muy sucio y lleno de heridas en las rodillas, ¿no serás un indigente en busca de limosna? Ya sabes que en el cluzz no hay un duro para nada.
-Don Enrique, en el 2011 recién estrenado soy alevín, pero en el 2020 de dónde vengo estoy en el primer equipo. Disculpe por mi aspecto pero en tercera regional ya sabe lo que pasa con los campos de tierra.
-¿Tercera regional? ¿Y eso? –preguntó bostezando el cooperador necesario.
-Pues nada, cosas de la gestión deportiva creativa. Además de que después de vender a todos los jugadores, el estadio y esquilmar el patrimonio del club, la afición se cansó. Ahora son del Getafe, o del Alcorcón (que debe usted saber que lucha por puestos Champions), por lo que ahora sólo vienen a vernos nuestros familiares más directos al campo que nos prestan en Carabanchel Alto –explicó el canterano desanimado-. Me tengo que marchar Don Enrique, que mañana tenemos partido contra el Alpedrete y no sabe usted lo que cansan las ausencias extracorporales. Espero que las visitas de esta noche hayan servido para algo y vuelva a usted a sentir el espíritu atlético.
-Pues nada hijo, buenas noches –dijo Don Enrique visiblemente amodorrado.
A la mañana siguiente el presidente se dirigió a las oficinas de Virgen del Puerto resuelto a dar un giro al rumbo de la entidad después de haber consultado con la almohada.
-Buenos días Paquita, ¡qué guapa estás hoy! ¿Te has hecho algo en el pelo?
-Don Enrique, usted siempre tan atento…Por cierto ha llamado el ruso de Londres, dice que su última oferta es de diez millones por los tres de delante.
-Pues devuélvale la llamada y dígale que lo dé por hecho a falta de hablar con Miguel Ángel. Llame también por favor a Jorge Mendes, que nos traiga a dos o tres brasileños o portugueses baratos, pero que tengan buena dentadura y que no se caigan, que la gente es muy desconfiada.
-Pero, con todos mis respetos, Don Enrique, la afición se va a levantar en armas.
-¡Paparruchas, Paquita!, no sabe lo que he visto yo esta noche, ¡esto se hunde! Tenemos que intentar salvar lo que podamos.
-Lo que usted mande Don Enrique, pero… –dijo con desconfianza la secretaria.
-¡Ah! Otra cosa, llame a alguien de las categorías inferiores para que investigue qué hacen jugando tíos de treinta años en los alevines, que hacer un poco de trampa, vale, pero eso me parece excesivo ¡Paparruchas!