lunes, 20 de febrero de 2012

Por ahí va...

Si le vieran salir de casa, ustedes dirían que parece un dandy de esos que ya es tan difícil de ver como una cigüeña en la ciudad. Si no fuera porque vive en una capital de provincias, podríamos pensar que estamos ante un lord inglés. Le queda como un guante la chaqueta entallada con esos cuadritos minúsculos. Nada en su aspecto parece dejado a la improvisación: el pico del pañuelo asomando en el balcón del bolsillo, el paraguas de mango lacado sobre el que apoya su noble anatomía, el bigotillo entrecano perfectamente cincelado. Su porte causa admiración cuando pasea por delante de la Diputación. Saluda a las damas y se lleva la mano a la cabeza echando de menos un bombín que completara su aspecto. "Por ahí va Don Lisardo", dicen sus vecinos con devoción cuando le ven pasar camino de algún recado.

Si ustedes se acercan a él mucho, a una distancia desaconsejada por el decoro y las buenas maneras, advertirán que la chaqueta de Don Lisardo se muestra rozada en codos, mangas y cuello. Detectarán que la punta de ese pañuelo que se muestra cerca del corazón es la única parte que no está raída. Si rompiera a llover, no podría abrir el paraguas para cobijarse porque hace tiempo que sus varillas sufren artritis por el paso de los años. Cuando el viento viene de la Serranía, Don Lisardo sigue caminando compuesto y estirado a pesar de que el frío se le mete en los tuétanos. Él finge que todo va bien, pero le gustaría tener un abrigo de paño nuevo que le calentara el alma. Le gustaría no tener que refugiarse en los soportales cuando hay tormenta y le gustaría poder sacar el pañuelo sin pudor cuando se le escapa una lagrimilla emocionada al recordar tiempos mejores. Aún así, sigue saliendo a la calle rezumando dignidad. "Por ahí va Don Lisardo", se oye de nuevo en la plaza mientras sus paisanos admiran sus andares elegantes.

Cuando llegó Simeone a nuestras vidas, venía con la etiqueta de entrenador defensivo y reservón. Afamados periodistas no demasiado inclinados a decir mamarrachadas le comparaban con Maguregui y, debido a eso, muchos no sabíamos qué porcentaje de su fichaje se debía a sus méritos como entrenador y qué porcentaje a su capacidad para apaciguar las revueltas aguas que dejó Manzano. Pasados ya un número significativo de partidos, podemos casi asegurar que, independientemente de su ascendente sobre la afición, estamos ante un entrenador que nos gusta. Diego Pablo ha sido capaz de devolvernos a un Atleti perdido en memorias que cada día fallan más. Nos ha devuelto el compromiso, el sacrificio, la identificación con un escudo maltratado con ligereza y se ha llevado para siempre las caras de sonrojo que nos asaltaban con demasiada frecuencia por ver lo que se veía. Su Atleti nos deja mono, nos deja ansias de ver más. Al que más y al que menos se le hizo largo el corto lapso de tiempo pasado entre el partido de Roma y el de ayer de Gijón. Donde antes había partidos demasiado seguidos ahora hay ganas de que el equipo juegue hasta el maratón de futbito organizado para celebrar las fiestas de la patrona del pueblo.



Ayer, Simeone se medía en batalla táctica con Clemente, entrenador al que se le comparó con ganas de molestar cuando el Cholo era un melón sin catar. Vaya por delante que a uno Clemente siempre le ha caído simpático. Por no esconderse en lo sencillo, por alimentar a un personaje excesivamente caricaturizado y por encararse con quien osara discutir que sacar a siete centrales en aquella alineación que debió entrar en el libro Guinness de los records no era una apuesta ofensiva. Por buscar diferencias, el aspecto de Simeone y el de Clemente difieren de manera clara: uno apuesta por su look de corbata estrecha y camisa almidonada que tan bien pegaría con una película de esas en las que se hacen negocios al borde de una piscina en la que chapotean alegremente señoritas con flotadores incorporados, otro, afronta su debut con el traje que se pondría para la comunión de su sobrino el vecino del quinto izquierda, ese terno que es un mero complemento del tomavistas que lleva asido en su mano derecha. Fuera de condicionantes estéticos, si la apuesta de ambos se basa en sacar el máximo rendimiento a sus plantillas, bienvenidos sean los parecidos. Harto anda uno de llevarse a la boca planteamientos y variantes revolucionarias de supuestos entrenadores con gran prosa y mejor prensa.

Desde su llegada, Simeone ha ido tapando con resultados y dignidad las rozaduras de una plantilla que, aunque vendida como mejorada y aumentada a principios de año, posee carencias estructurales de peso. Nunca oirán al Cholo quejarse de que le falta un interior derecho centroeuropeo o un central de barba poblada. Sus declaraciones han ido encaminadas siempre a subir la moral de su tropa y a mostrar su satisfacción por lo que tiene. Su encomiable discreción no debe distraernos de que, desde su llegada, salieron cuatro jugadores y no llegó más que uno, aunque fuera de rebote. La plantilla es corta, sí. Hasta ahora, las lesiones nos han tratado con respeto, pero el cansancio puede empezar a causar mella en los jugadores. Tras el tremendo partido de Roma, uno empieza a temer si la acumulación de partidos será un problema. Jugar jueves y domingo con la misma base será complicado por más que Simeone intente disimular la cortedad y la falta de fútbol del plantel. Quede claro que el partido de ayer debió ganarse por oportunidades. Quede claro que el Sporting no amenazó nuestra portería más que en ese gol con demasiados rebotes. Quede claro que, de haber estado Falcao algo más acertado en el remate, hubiéramos presenciado una victoria cómoda. Todos esos aspectos no son preocupantes a mi humilde entender. Lo, si no preocupante, si digno de tener en cuenta es que no hay alternativas en las zonas creativas. Ayer, después del cambio no demasiado comprensible de un Koke que fue de los mejores, sumado a la lesión de Diego y a la ausencia de Arda, faltó fútbol. El equipo lo intentó a empellones de pundonor capitaneados por Gabi y un Juanfran del que nos gustaría todo si se peinara de otra manera. Poco puede hacer Simeone ante eso, si acaso mirar al filial. Uno se imagina a Simeone mirando al banquillo deprimido cuando las circunstancias aconsejan cambios en la vanguardia. Ayer lo intentó buscando una variante de tres centrales, lo que habla bien de su ambición y de su cintura, pero mal de nuestro fondo de armario. Las casi únicas alternativas son Pizzi y Salvio, protagonistas de una versión actual y revisada del clásico chiste de si preferir susto o muerte. Permítanme un consejo, probemos a Fran Mérida. Tal vez, rodeado de jugadores como Diego, Koke, Arda y Adrián luzca algo más de lo que se ha visto hasta ahora. Puede ser que no sea lo que pensábamos cuando llegó, pero no deberíamos quedarnos con esa sensación de no haberlo probado.

Tres empates, tres. Probablemente inmerecidos y vencidos todos a los puntos. Pero empates al fin y al cabo que no deberían hacer menguar el crédito de la apuesta. Nos sigue dejando este Atleti ganas de ver más partidos. Contaremos los días hasta el próximo partido para ver a este equipo bien compuesto. Simeone ha conseguido dotarlo de una cierta elegancia, de una dignidad que proviene del esfuerzo. Aún así, si nos acercamos mucho a este equipo y rascamos con la uña del meñique, veremos que esconde muchas carencias que nos fueron vendidas como virtudes. A pesar de que el equipo marche erguido y saleroso, su abrigo tiene agujeros por los que se podría escapar el calor de la temporada. Cholo intentará que no se noten y hasta la fecha lo está consiguiendo. "Por ahí va el Atleti de Simeone", se escucha de nuevo en los mentideros balompédicos cuando ven a este equipo digno y comprometido. Por ahí va, a pesar de todo.  

viernes, 17 de febrero de 2012

Conquistando el Imperio

Sepan ustedes que para el artículo de hoy, uno tenía preparada una amarga diatriba sobre el enésimo ridículo realizado por nuestros indebidos mandatarios en la previa del partido. No solo se supera el listón del chusquerío en cada comparecencia o acto público, además se pretende tapar la miseria con más chistes de mal gusto, con más chanza mediocre del gracioso de la clase. Nada que ustedes no sepan. Pero un partido como el de ayer no merece una historia con medianías como protagonistas. Nunca. Centrémonos en lo realmente importante, en una actuación que nos ha llenado de orgullo. En un partido de los que dejan sonrisas dibujadas en la cara más tiempo del acostumbrado. Hablemos solo de ello. No puede ser de otra manera, no es justo maltratar un encuentro así colgándole ese sambenito…¡uy!, perdón, SamBenedicto.

Roma, capital del Imperio. Año MMXII d.c.

Roma, punto central del mundo antiguo. Cuna de un imperio que ocupaba casi todo el orbe conocido. Ciudad eterna. Villa donde se viste muy bien y se conduce malamente. Hasta allí se desplazaron los habitantes de una aldea tirando a ciudad, no de galos sino de íberos vestidos de rojo y de blanco, que se defienden ahora y, desgraciadamente no siempre, del invasor ayudándose de la poción mágica que un druida de corbata estrecha venido de más allá de Finisterre les administra por vía oral desde su llegada. Esta poción, como no podía ser de otra manera, les hace invencibles. Muchos se preguntan por la receta del brebaje que ha oficiado el impar cambio en los guerreros colchoneros, uno se aventura a pensar que la poción no consta más que de tres partes de ideas claras y una parte de confianza, así, sin más aderezos. Sin discursos de calzada romana estrecha ni sin las alharacas que normalmente adornan los discursos de los que no tienen la capacidad de hacer lo difícil sencillo. Nada más…y nada menos, claro.



Nuestros valientes íberos se presentaron en el circo romano a las siete de la tarde. Llegaron puntuales, cosa rara en el mundo antiguo. Normalmente, las escaramuzas se atrasaban o adelantaban como consecuencia de los problemas de interpretación de los relojes de sol o de arena. Imagínense qué tiempos: sin poder hacer una llamada perdida para que el otro ejército se prepare para el asedio, sin poder mandar un whatsapp para que los de la catapulta sincronicen sus lanzamientos de piedra rellena de plomo fundido, lo que les digo, un disparate. Aún así, los íberos se plantaron, gladium en mano, delante de la legión romana que les esperaba para batirse en lid de octavos de final. Empezaron las hostilidades con los habitantes de la aldea venida a más bien plantados para la batalla. Desnivelando desde los primeros compases la balanza a su favor. Llegando, combinando, mandando. Aún así, los romanos, gente organizada y reservona que tantas batallas ganaron a pesar de hacerlo de manera fea, pegaron primero. De casi churro y con esa suerte proverbial que tienen los del imperio en estos lances, pero cobraron ventaja. Al ver la dentellada, algunos pensaron que nuestros amigos quedarían contritos, ya que, desde que el druida llegó en buena hora a sus vidas, nunca recibieron golpe ninguno ni sufrieron baja. Salieron el druida y su segundo, aquel al que llaman el Mono, del chamizo situado en una de las siete colinas desde el que los observadores siguen las contiendas para pedir calma y animar a la tropa y casi se pierden en el camino de vuelta al banquillo de lo grande y espaciosa que era el área técnica.

Lejos de arrugarse, nuestros valientes se fueron a por el contrario. Le plantaron cara de manera desenvuelta. Cogieron el partido por los cuernos y, casi sin darnos cuenta, nivelaron la contienda. No se quedaron ahí, no. Continuaron con su asedio, más acusado en estos minutos y consiguieron una ventaja que no fue mayor por la llegada del descanso ¿Cómo? ¿Les extraña que en este tipo de batallas haya descanso? Pues claro, ¿qué pensaban? ¿Que el asedio de Numancia se hizo de un tirón? Nada de eso, el sindicato del legionario y la patronal de cohortes son muy estrictos en el cumplimiento de las paradas obligatorias en la lucha. De hecho, es una práctica muy generalizada el hermanamiento de los ejércitos en torno a una buena mesa en la que se degustan las viandas autóctonas. En el caso que nos ocupa, varios centuriones invitaron graciosamente a pizza, a macarrones de esos gordos en los que puede esconderse una berenjena y a esas bolas de arroz rebozado (a la romana, por supuesto) tan típicas de la zona que provocan singular estreñimiento en el turista o visitante.



Empezó la segunda parte del choque con los romanos más adelantados, un adelanto basado en empuje solo, no en talentos. Sus baldíos intentos morían ante la organización de nuestros gladiadores. Éstos paraban ataques y contraatacaban con fiereza. Fruto de uno de esos contraataques, las huestes rojiblancas hirieron de muerte al adversario dejando el partido sentenciado. Pudo ser más grande el castigo, pudo cebarse más un grupo de soldados al que da gusto ver desplegarse por el campo de batalla. Si no lo hicieron, fue porque tampoco queda elegante abusar de una escuadra que se bate en retirada consciente de su inferioridad. Ni la tan celebrada táctica de la tortuga hubiera valido ayer a los impotentes soldados imperiales.

No me gustaría dejarles tras contar este episodio que merecerá capítulos en los libros de historia de futuras reformas educativas sin destacar a esos humildes guerreros de una aldea de cuatro millones de habitantes, pero me parecería injusto hablar de unos y de otros no ¿Con quién nos quedaríamos? ¿Con unos centrales imperiales? ¿Con un lateral derecho que de pastor ha pasado a soldado de élite? ¿Con un mediocentro con brazalete de capitán que parece haber caído de pequeño en la marmita de una poción que le permite no parar de presionar? ¿Con un casi adolescente centrocampista que cada día mejora sus prestaciones y trae bajo el brazo promesas de muchos años de victorias? ¿Con un organizador genial que habla lusitano al que dan ganas de nacionalizarle como íbero de toda la vida? ¿Con un delantero de sangre celta que conoce como nadie los espacios y la generosidad en la batalla? ¿Con un gladiador caribeño con el que tendrán pesadillas varias generaciones de niños del imperio? Insisto, sería injusto por mi parte destacar a cualquiera por encima de otro. Lo que parecía una banda desharrapada se ha convertido en una máquina de guerra que esperemos sea recordada. Esperemos que las victorias no terminen, pero la crónica de sus hazañas debe hacerlo. Para terminar, una imagen: la del druida. Solo esboza una sonrisa contenida a pesar de haber puesto Roma a sus pies. Si pudiéramos le preguntaríamos por la detallada fórmula de su poción, pero él calla más que habla. Como debe ser.

lunes, 13 de febrero de 2012

Oportunidades perdidas

Como cada domingo, Ambrosio extendió la sábana raída que servía a la vez de escaparate y local al negocio de venta de variedades en una calle de las más aledañas a la periferia del Rastro. Como cada domingo, colocó con mimo la magra mercancía que pretendía expender guardando las distancias justas entre cada artículo, no más de tres dedos. Todas las jornadas acababan igual, recogiendo los mismos cachivaches para devolverlos al carrito de la compra que hacía las veces de almacén portátil para el stock de su ambulante empresa. Los mejores días, volvía con un elemento menos en el carro y con pocos euros en el bolsillo de su raído gabán. No era Ambrosio un vendedor devoto, ni mucho menos. Cuando algún transeúnte se encaprichaba de ese libro antiguo, él, antes de hablar de precios en los que medir el deseo de posesión del contrario, siempre interrogaba al cliente con maneras de comandante de puesto de guardia civil caminera:

– ¿Y qué uso le daría usted a este libro?

– Pues qué quiere que le diga. Lo quisiera acomodar en una estantería del living room. Con ese color de lomo tan bien conservado combinaría con la tapicería de mi butacón de brazos a las mil maravillas.

– Por favor, circule y no me haga perder más el tiempo –respondía alterado Ambrosio–. Sepa usted que este libro que para usted no es más que un complemento ornamental son las obras completas de Victor Hugo, faro y guía del romanticismo liberal. Ni por todo el oro del mundo permitiría servidor que esta edición en tapa dura y acabados en hilo de plata cayera en manos de un individuo de su pelaje. Usted sí que es un miserable y no los personajes que tan bien dibuja el autor en la obra que forma parte de esta antología del saber.

Así pasaba las mañanas dominicales Ambrosio. Increpando a todo aquel que osara acercarse a su callejero establecimiento. Tildando de frívolas a las damas y de alcornoques a los caballeros. Recorriendo árboles genealógicos de los interesados en algún ítem de su catálogo para afearles su irresponsable conducta. Por ahí no paso, no señor, decía siempre cuando algún compañero de comercio pretendía que relajara los modos en aras de cuadrar caja y llevarse una buena ración de caracoles en salsa al estómago.

Un día, el azar llevó delante del puesto de Ambrosio a una señora de perfil noble que se arrebujaba en un abrigo de pieles de calidad indiscutible. La señora, bien por snobismo o bien por estulticia, se interesó por la mercancía que ofertaba Ambrosio. La mujer supo responder a cada invectiva que le dedicó con saña nuestro protagonista saliendo airosa de cada prueba. Ese disco iba a formar parte de una colección cuidada de grandes clásicos del jazz progresivo, esa lámpara encontraría su último reposo sobre una mesilla de noche Luis XIV, aquel cuadro sería admirado por los clientes de un despacho de abogados de toga larga sito en la avenida más principal de un barrio de alcurnia. Ambrosio, por primera vez en su vida, quedó sin defensa para finiquitar la transacción de todo su género. La proximidad del cierre del trato hizo que vecinos de tenderete, modistillas que pasaban por allí y hasta carteristas de dedos largos se agolparan frente a la sábana expositora para ser testigos del histórico hito. Ya tenía la clienta un fajo de billetes que no cabía en sus cuidadas manos para dárselo a Ambrosio, ya su acompañante se disponía a agacharse para recoger los preciados artículos, ya todo parecía abocado a un final irremediable cuando Ambrosio, desoyendo una voz interior que le prometía un retiro en Torrevieja con el dinero que iba a recibir, formuló una última pregunta:

– Y usted, señora de mis entretelas, ¿con qué equipo simpatiza en lo que a cuestiones balompédicas se refiere?

– Pues mire, una no es muy de deportes de contacto y sudores, pero si tuviera que inclinarme por algún estandarte, sería sin duda por el del conjunto que pace Castellana arriba, que no en vano una fue mocita, madrileña y se tenía por risueña.

– No se hable más –cortó Ambrosio interponiéndose entre la sábana y el lacayo que pretendía recoger las culturales viandas–. Casi me la da usted con queso, señora, pero no ha nacido todavía quien engañe a Ambrosio Atalayas. Quítese de mi vista si no quiere que le espete lo que pienso de los de su condición, guarde usted su dinero, probablemente recaudado en desigual lid, y lleve usted tanta paz como deja en este establecimiento humilde pero de intachable moralidad. Mis pequeños tesoros solo pueden ser disfrutados por alguien que sienta la fe colchonera, no puede ser de otra manera.

Tras este episodio, volvió Ambrosio a sus costumbres, volvieron los clientes a salir espantados ante los epítetos que el singular tendero les dedicaba, volvieron los veranos en el pueblo en vez de en Torrevieja, volvió la sábana cada domingo a ser extendida en el pavimento y volvieron los vecinos de puesto a lamentarse por tantas oportunidades de venta, todas ellas perdidas.



Al igual que el protagonista de nuestra historia. La historia del partido del Atleti en Santander se puede resumir hablando de las oportunidades perdidas. También, al igual que Ambrosio, el equipo se dejó llevar por sus principios. Por esos principios que ha instaurado Simeone desde su llegada: la presión, la solidaridad, el compromiso, la seguridad defensiva y la eficiencia atacante. Ésta última, la eficiencia en el ataque, falló en Cantabria. Numerosas ocasiones creó el equipo en el mejor partido desde la llegada del Cholo. Todas y cada una de ellas acabaron muriendo en la madera, en el limbo o en los guantes de un portero al que los nuestros elevaron a los altares del racinguismo. No corrió en ningún momento peligro el crecimiento del minutaje que lleva el Atleti sin encajar un gol, si acaso alguna jugadita a balón parado resuelta con solvencia por el cedido belga y su defensa, esa que ha dejado de ser un fondo de inversión de riesgo para balones sueltos independientemente de quien la conforme.

Destacable el partido de Diego, que ayer salió con su mejor traje y que además de notable en movilidad y precisión, dedicó cinco minutos en los inicios de la segunda parte que merecieron el premio del gol o de ponerle su nombre a una rotonda ajardinada. No estuvieron mal tampoco Gabi en la presión, los laterales a la hora de sumarse al ataque y Arda, ése al que servidor mira con una debilidad especial, por ser algo contrahecho, talentoso y tener la pinta de ese amigo que todos tenemos que acaba cayendo antipático a madres y novias por informal y desahogado. Los delanteros no tuvieron su mejor día, bien es cierto que Adrián lo intentó proponiendo algo diferente, como siempre, pero a veces desconcierta su frialdad y esa estigmática, aunque a mi juicio exageradamente glosada, falta de gol. También es verdad que Falcao lucha, pelea y se faja como el que más, pero a un delantero de su caché se le debe pedir más finura a la hora de la definición. Entre los dos tuvieron ayer algunas de esas ocasiones que ponían a Fernando VII y no a Felipe II, como dicen algunos. A estas alturas de la película, los más y los menos ya sabrán que los delanteros son muy de rachas, como los vientos de componente sur, y hay días que están negados. Sirva este prefacio para apuntar de nuevo hacia una de las grandes mentiras de esta temporada: la mejoría de la plantilla en su globalidad. En días como estos, uno echa de menos a un Sabas, a un Negro Cabrera o a un Biagini. A alguien capaz de cambiar guiones o, simplemente, a un delantero más. Casi ya no se pide que ese delantero pueda ser o no un revulsivo. Si no fuera mucho pedir, nos conformaríamos con que hubiera uno solo más, aunque fuera bajito, calvo y pronunciara las erres con frenillo. Pero ya saben ustedes que no lo hay por mucho que la corrupta gerencia, sus satélites y los palmeros habituales del régimen hablen de completitud de plantillas y de objetivos grandilocuentes. Todos rezamos para que no se produzcan lesiones o sanciones y nos tenemos que tragar ese sapo de que Salvio o Pizzi pueden ser los revulsivos del equipo sin evitar que los más maledicentes quieran cambiar una v por una p al calificarlos.

Sin más ganas de extenderme, les voy a dejar con Ambrosio, ese atlético tan peculiar al que ya casi todos hemos cogido cariño. Más que nada para que cierre este artículo con la brillantez que a mí me faltaría.

Cuando el helador aliento del viento seguía azotando las aceras vacías sin firmar treguas y los viandantes todavía no habían tomado posesión de las calles que nacían en la Plaza de Cascorro, Serafina, vendedora ambulante que compartía espacio y sentimientos rojiblancos con Ambrosio se acercó al lugar en el que éste último ejercía su ministerio mercantil para preguntarle sobre sus impresiones sobre el partido del Atleti de la pasada tarde. Ambrosio esperó unos instantes, como hacía siempre antes de decir algo importante…

– Mira Serafina, el deporte rey y las matemáticas aplicadas están llenos de teoremas con unos condicionantes. En las lides futbolísticas, para llegar a buen puerto, mantener la portería a cero es condición necesaria pero no siempre suficiente. Dicho lo cual, si de despliegue de artes escénicas de borceguí hablamos, uno no puede dejar de mostrarse esperanzado ante el partido de nuestro equipo y pronostica que pocos se escaparán si se mantienen esas formas, aunque bien es verdad que yo hubiera sacado a Koke cuando se lesionó Tiago dadas las características del rival.