miércoles, 8 de febrero de 2012

Historia de una piedra

Filomena no es una piedra como las demás. Ella salió de la cantera, que es de donde salen las piedras que no son extraídas a golpe de talonario y comisión. Fue destetada de su madre, una veta de muy buena familia, a base de barreno y pronto empezó a prepararse en academias privadas a donde acuden las piedras para pulirse. No sembró en su camino grandes amistades, “es fría y dura”, decían sus compañeras de clase. “Tiene una personalidad llena de aristas”, opinaba la jefa de estudios del centro, una roca basáltica con mucho mundo. Ella, desde muy joven se había fijado una meta, un objetivo claro: ser una piedra famosa. Ser parte de algo importante. Ser como esos antepasados de los que sus mayores contaban historias en las noches calurosas de verano, esos tatarabuelos que formaron parte de una pirámide o de un acueducto romano. Ser especial y recordada.

Un día, hace ya algunos años, Filomena hojeaba el periódico, que no en vano las piedras no tienen tantos problemas con el papel como con las tijeras a pesar de lo que se diga, cuando vio una noticia que la dejó impactada. Iban a comenzar las obras de un nuevo estadio para el Atlético de Madrid. Sería un estadio de muchas estrellas, de techos retráctiles y pistas de atletismo de quita y pon, el sueño de cualquier piedra. Filomena se esforzó mucho más en su preparación, aspiraba a ser elegida como primera piedra de la construcción del nuevo coliseo rojiblanco. Decía que no a las invitaciones de su prima, la que opositó para piedra pómez, cuando le proponía en un alarde de deformación profesional que si le apetecía catar unos callos. Prácticamente no salía de su habitación. Estudiaba protocolo y buenas maneras, hacía ejercicio diariamente y se ponía cremas correctoras si tras una mala noche aparecía un granito en su cutis de granito, valga la redundancia. Todo lo hacía para ser la mejor de las piedras que pudiera postularse para el puesto. Solo se permitía mínimas treguas en su exigente entrenamiento para visualizar cómo sería la ceremonia en la que ella sería protagonista. Se veía a sí misma protegida por una urna forrada en celofán, notaba el cariño con el que era depositada, sentía los aplausos de la concurrencia, se emocionaba pensando en cómo la banda de música se lanzaría a interpretar Suspiros de España o el Gato Montés, esos pasodobles que ablandan cualquier corazón por muy pétreo que sea, como decía su madre geológica, imaginaba el corte de la cinta por parte de esos dos señores tan amables: el del pelo sospechosamente tupido y el de la nariz curva. Soñaba, en fin. Y vivía sólo pensando en hacer realidad ese sueño.



Han pasado los años. Filomena ya no es una piedra joven. El paso del tiempo se nota en su superficie mucho más redondeada y en una expresión nostálgica que esconde sueños sin realizar. La erosión ha mellado sus bordes y sus ilusiones a partes iguales. Aún así, hace unos meses escuchó con emoción la reactivación del proyecto de la Peineta. Retomó su espartana preparación engañándose a sí misma al pensar que todavía estaba a tiempo de ser elegida como primera piedra titular por delante de todas esas piedras jovencitas que todavía conservan las esquirlas de la mocedad. No hizo caso de los agoreros presagios de sus amigos los cantos rodados que trabajan a la orilla del río: “Yo creo que no se van a mover de aquí Filomena. Van a seguir al lado del Manzanares por muy soterrado que esté”. Ella seguía haciendo oídos sordos. A ella no podía pasarle. A ella no. Ella había dedicado toda su vida a prepararse para tan magno momento. Ella había depositado sus esperanzas en las diferentes fechas de construcción y mudanza. Ella seguía creyendo en excavadoras que trabajan a toda máquina para dejar bien liso el terreno donde ella descansaría para la posteridad.

La semana pasada, una justa sentencia arruinó las pocas esperanzas que atesoraba Filomena. Esa misma noche, Filomena se fragmentó en su cuarto. Todas sus ilusiones se convirtieron en areniscas y su alma se quedó prendida de un mínimo guijarro. Ustedes y yo, que no queremos movernos de nuestro estadio actual y que nunca nos hemos fiado de oscuros planes ni de sospechosas maquetas, nos lo esperábamos y reaccionamos con alborozo ante la noticia. Aún así, debemos reparar en la decepción de otros como Filomena que, incomprensiblemente, han depositado su confianza en quien no la merece. Probablemente, como a esa piedra a la que ya casi hemos cogido cariño, les falte información o les sobre credulidad. Reconozco que casi les miro con compasión. Más tarde o más temprano, todos sufrimos reveses de este tipo y nos acabamos dando cuenta de con quién nos estamos jugando los cuartos. A todos nos ha ocurrido. Y aquellos que digan que nunca les ha pasado, que tiren la primera piedra. 

lunes, 6 de febrero de 2012

De sensaciones térmicas y poca memoria

Dicen los que saben de psicología que no tenemos memoria a largo plazo cuando del clima hablamos. Dicen que el ser humano repite cada invierno el mismo mantra: “Los fríos de este año son muy malos, nunca en 57 años he visto nada así”, faltando a la verdad desnuda de las estadísticas que revelan que hace un par de años hizo más frío que ahora. Tal vez ayuden a esa amnesia climatológica la pléyade de términos de nuevo cuño que manejan los aseados hombres y mujeres del tiempo. La audiencia tardó un tiempo apreciable en asumir que cuando a nuestros dominios se acerca una A mayúscula y grandota, eso es que viene calor, y que cuando lo que viene es una B barriguda y azulona, es que más vale sacar la chaqueta de cuello vuelto. Ahora, el pueblo llano introduce en su vocabulario con soltura de becario conceptos como humedades relativas, nubosidades de evolución y brumas matinales en los valles fluviales, cambiando con ello las tradicionales comparaciones basadas en la altura de vuelo del grajo y la consiguiente predicción de fríos sostenidos, más comúnmente llamados del carajo, con perdón. Aún así, el último grito en meteorología es la sensación térmica. A ustedes y a mí, cuando nos hablan de sensaciones nos vienen a la memoria ese técnico de ojera perpetua y jersey de cuello de pico con mucha más palabrería que trabajo táctico, pero no, no van por ahí los tiros (aunque los mereciera). La sensación térmica es el perfecto comodín para indicar que puedes tener frío aún a treinta grados. La sensación térmica explica el por qué ese jubilado gijonés se baña en la playa de San Lorenzo en enero aunque caigan chuzos de punta y sale ufano del agua mirando por encima del hombro al resto de la parroquia a los que tilda de blanditos. La sensación térmica aclara sin discusión las razones para llamar, en plena canícula, fresca a la vecina del tercero atendiendo a la superficie de tela de su vestido. Será por cosas como esta, la de la sensación térmica, que no se acaban de entender del todo por lo que la gente solo se acuerda del calor asfixiante cuando lo padece, del frío cuando le pican los sabañones y de Santa Bárbara cuando truena. Lo dicho, poca memoria.



En medio de una ola siberiana aderezada con vientos que ponen en aprietos a señoras con tocado y cooperadores con peluquín, el Atleti afrontaba el partido con el Valencia con una sensación térmica completamente distinta. En el interior había calor, un calor que emana de una ilusión recobrada aunque todavía endeble en su base. Animados por ese calor interior y pertrechados de petaca rellena de espirituoso y manta zamorana, muchos valientes se acercaron al estadio para ver a este equipo resucitado. Hasta la fecha, el Lázaro rojiblanco se las había visto con equipos de menor enjundia que los chés y era una oportunidad pintiparada para conocer la auténtica medida de la mejoría y engancharse con asiento propio al tren de los de arriba. El partido salió según lo esperado, dos contendientes de altas presiones, de luchas borrascosas en la zona ancha y de abrigadas zagas. Intercambio de golpes sin bajar guardias en ningún momento. Calores que se concentran en los cuerpos a base de pescozones, choques fortuitos y gallardía en la disputa del balón dividido.

Si de hablar de los nuestros se trata, desde la llegada de Simeone ha tornado en más difícil señalar, para bien o para mal, el juego de alguno. El mapa significativo que el Cholo plantea un buen tiempo generalizado en todas las zonas. Notable de nuevo la defensa, con un Miranda solvente a la hora de capear la marejada de ese delantero al que andan empeñados algunos en señalar como brillante por venir de donde viene, con un Juanfran que ayer aguantó el temporal de manera notable, con un Filipe que ha dejado atrás su congénita tibieza y con un Godín al que nunca le pitaron una falta en contra en la que acabara como si un tornado hubiera pasado sobre él.

Nubes y claros en el centro del campo. Claros en el trabajo, en la recuperación y en la presión. Nubes que encapotan a la hora de crear y de surtir de balones a los de arriba. A destacar el despliegue de Gabi y el compromiso de Arda, a mejorar la temperatura de Tiago, superado en ciertas fases por el choque y el conservadurismo de Diego a la hora de abusar del pase horizontal en vez del racheado, que es el pase que suele dejar heladas a las defensas. Arriba, Falcao y Adrián pelearon y ayer no acertaron, pudiera ser por el frío, que ya saben ustedes que los delanteros son muy de sensaciones, térmicas o no, y de rachas, como los aires que nos vienen de la estepa siberiana.

Queda en el ambiente una sensación térmica de frío ante las expectativas que se habían depositado en el partido, pero es un frío cercano, amigable, tal vez sea solo fresquito. Nada que ver con esas otras sensaciones que demasiadas veces hemos tenido, la de escalofríos por lo que habíamos presenciado. La de no ver romper a sudar a los nuestros incluso en días de sofocos y sangrías con su melocotón flotando en la superficie. La de atisbar un juego que, si llega, es a ráfagas de viento cortante. Ahora se ve otro carácter. Se ve una mejoría generalizada y un ascenso en los termómetros de la ilusión del personal. Probablemente se trate de un ascenso que se refleje en la tabla clasificatoria de manera menos fulminante a la que se esperaba antes del encuentro, donde quien más y quien menos sacaba calculadoras para certificar el acceso a la zona más caldeada, pero la recuperación existe. Reconociendo esta bonanza meteorológica, no se debe dejar de buscar en la generalizada poca memoria para reparar en la sequía del terreno que pisamos. Un terreno yermo en el que no se cumple ninguno de los pronósticos de los dos hechiceros prescritos que prometen vergeles y dejan desiertos. Seguro que, ahora que gracias a esos que mediante señales de humo denuncian sus atropellos, sus siguientes tropelías parecen torcerse, predecirán soles de justicia y hasta microclima para la Peineta. No hace falta que les diga que, cuando estos hombres del tiempo dicen eso, tengan el paraguas bien a mano. Es cuestión de sensaciones…aunque no sean térmicas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Apropiadores indebidos por el mundo

De un tiempo a esta parte, cuando uno sale al extranjero con el ánimo de desasnarse o de hacerlo un poquito más si cabe, no es raro darse de bruces con una cámara patria buscando al acecho presas que sirvan de relleno a todo tipo de programas que tiran por tierra el mito de Juanito Valderrama y su sentida oda al emigrante. Se buscan extremeños, madrileños y hasta egabrenses por el mundo. Se buscan felices retoños del mestizaje que, aún luciendo un rubio schusteriano casi albino, hablan con acusado acento manchego. Se buscan familias interraciales que sobrellevan el choque cultural a base de ejecutar con precisión de aborigen la jota turolense en horario de tarde.

La mecánica del programa es simple. Un compatriota expatriado glosa las bonanzas de alejarse de la piel de toro y sus archipiélagos mientras pone los dientes largos a la concurrencia hablando de sueldos astronómicos, de estrecheces en las jornadas laborales y hasta de cómo los servicios estatales ofrecen que un señor con plaza interina te venga a rascar la espalda si se tercia un picor localizado en esa zona de la paletilla de tan difícil acceso. Ninguno habla de impuestos altos, ninguno habla de días cortos y noches eternas. Ninguno se acuerda de calores pegajosos ni de fríos inimaginables. Ninguno aclara que los mosquitos tienen tamaño de croqueta casera. Todos casaron bien. Todos tienen una piscina privada en la que se bañan los niños y un perro que no suelta pelo “¿Qué echáis de menos de España?”, se suele preguntar al final del reportaje. “Las tapas y la familia”, contestan. Normalmente en ese orden. Se rumorea que el mundo empieza a quedarse corto. No deben quedar ya países que visitar ni tanto autóctono desperdigado por extrañas geografías. Antes de buscar contenidos fuera de la atmósfera, algo que llegará, los avispados guionistas plantean imaginativas fórmulas para seguir estirando el chicle en base a la diferenciación: riojanos bizcos por el mundo, profesoras de taichí lucenses por el mundo o, ¿por qué no?, apropiadores indebidos por el mundo.



Cuando el apropiador indebido sale de España, lo hace a lo grande. Visita lejanos países con el ánimo de vender un producto que le quitan de las manos. Cada salida promete beneficios que nunca acaban de reflejarse. El apropiador se enfrenta con hidalguía al jet lag y no rehúye ninguna posibilidad de negocio: lo mismo oferta poner el nombre de un empresario birmano hecho a sí mismo al estadio que te da de alta en una alianza estratégica con contrato de permanencia. Pasea con la marca de la mano y cualquier día se trae en la maleta un mediapunta con vocación de souvenir del lejano oriente. Otras veces, dicen que sus estadías allende nuestras fronteras son el inminente preludio de una venta de la sociedad, como si alguien pudiera creer que habrá excéntrico millonario que pique comprando la destartalada institución con bicho dentro. Promesas de inversiones futuras, patrocinadores con logotipos que llenarán la sagrada camiseta: Líneas aéreas turcas, grupos petroleros de Qatar… Todos se rifaban el espacio entre ombligo y tetilla de nuestros jugadores, todos pujaban con dinero del Monopoly. Al final, lo único que aparece es esa empresa con nombre de cafetería de barrio montada por Donato y su mujer Encarna: Doyen.

Cada vez que el apropiador coge el pasaporte, las redacciones echan humo. “Ahora sí”, dicen algunos. Ahora volverá con sombrero de indiano y encendiendo los puros con billetes morados. Esta vez vendrá del brazo de un jeque, con chilaba y todo, que fichará como si no hubiese un mañana y que hasta solucionará el problema del paro estatal. El final siempre es el mismo. Un regreso con la maleta llena de vacías palabras. Nada más. “¿Qué echas de menos de Madrid?”, se le pregunta al apropiador por el mundo al final del reportaje. “La M-30. Circunvalaciones hay muchas, pero como la de tu tierra, no hay ninguna que se ponga”, responde con la mirada húmeda de nostalgia.