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jueves, 2 de febrero de 2012

Apropiadores indebidos por el mundo

De un tiempo a esta parte, cuando uno sale al extranjero con el ánimo de desasnarse o de hacerlo un poquito más si cabe, no es raro darse de bruces con una cámara patria buscando al acecho presas que sirvan de relleno a todo tipo de programas que tiran por tierra el mito de Juanito Valderrama y su sentida oda al emigrante. Se buscan extremeños, madrileños y hasta egabrenses por el mundo. Se buscan felices retoños del mestizaje que, aún luciendo un rubio schusteriano casi albino, hablan con acusado acento manchego. Se buscan familias interraciales que sobrellevan el choque cultural a base de ejecutar con precisión de aborigen la jota turolense en horario de tarde.

La mecánica del programa es simple. Un compatriota expatriado glosa las bonanzas de alejarse de la piel de toro y sus archipiélagos mientras pone los dientes largos a la concurrencia hablando de sueldos astronómicos, de estrecheces en las jornadas laborales y hasta de cómo los servicios estatales ofrecen que un señor con plaza interina te venga a rascar la espalda si se tercia un picor localizado en esa zona de la paletilla de tan difícil acceso. Ninguno habla de impuestos altos, ninguno habla de días cortos y noches eternas. Ninguno se acuerda de calores pegajosos ni de fríos inimaginables. Ninguno aclara que los mosquitos tienen tamaño de croqueta casera. Todos casaron bien. Todos tienen una piscina privada en la que se bañan los niños y un perro que no suelta pelo “¿Qué echáis de menos de España?”, se suele preguntar al final del reportaje. “Las tapas y la familia”, contestan. Normalmente en ese orden. Se rumorea que el mundo empieza a quedarse corto. No deben quedar ya países que visitar ni tanto autóctono desperdigado por extrañas geografías. Antes de buscar contenidos fuera de la atmósfera, algo que llegará, los avispados guionistas plantean imaginativas fórmulas para seguir estirando el chicle en base a la diferenciación: riojanos bizcos por el mundo, profesoras de taichí lucenses por el mundo o, ¿por qué no?, apropiadores indebidos por el mundo.



Cuando el apropiador indebido sale de España, lo hace a lo grande. Visita lejanos países con el ánimo de vender un producto que le quitan de las manos. Cada salida promete beneficios que nunca acaban de reflejarse. El apropiador se enfrenta con hidalguía al jet lag y no rehúye ninguna posibilidad de negocio: lo mismo oferta poner el nombre de un empresario birmano hecho a sí mismo al estadio que te da de alta en una alianza estratégica con contrato de permanencia. Pasea con la marca de la mano y cualquier día se trae en la maleta un mediapunta con vocación de souvenir del lejano oriente. Otras veces, dicen que sus estadías allende nuestras fronteras son el inminente preludio de una venta de la sociedad, como si alguien pudiera creer que habrá excéntrico millonario que pique comprando la destartalada institución con bicho dentro. Promesas de inversiones futuras, patrocinadores con logotipos que llenarán la sagrada camiseta: Líneas aéreas turcas, grupos petroleros de Qatar… Todos se rifaban el espacio entre ombligo y tetilla de nuestros jugadores, todos pujaban con dinero del Monopoly. Al final, lo único que aparece es esa empresa con nombre de cafetería de barrio montada por Donato y su mujer Encarna: Doyen.

Cada vez que el apropiador coge el pasaporte, las redacciones echan humo. “Ahora sí”, dicen algunos. Ahora volverá con sombrero de indiano y encendiendo los puros con billetes morados. Esta vez vendrá del brazo de un jeque, con chilaba y todo, que fichará como si no hubiese un mañana y que hasta solucionará el problema del paro estatal. El final siempre es el mismo. Un regreso con la maleta llena de vacías palabras. Nada más. “¿Qué echas de menos de Madrid?”, se le pregunta al apropiador por el mundo al final del reportaje. “La M-30. Circunvalaciones hay muchas, pero como la de tu tierra, no hay ninguna que se ponga”, responde con la mirada húmeda de nostalgia.