martes, 13 de septiembre de 2011

Búsquedas, hallazgos y algún que otro pálpito

Herminio y Pancracio, los dos encargados por la gerencia para organizar la batida de búsqueda, peinaban la zona sin dejar siquiera un resquicio entre baldosas sin mirar. Llevaban ya demasiado tiempo liados con el asunto. Ambos estaban al frente de un equipo de más de veinte profesionales cualificados cuyo objetivo era encontrar lo que desapareció de manera incomprensible. También formaban la partida cinco perros sabuesos que no estaban llegando a ser lo decisivos que se pensaba en un principio por estar especializados en levantamiento de tórtolas y perdices pardillas, especies éstas que poco tenían que ver con el objeto de la búsqueda.

El desánimo empezaba a cundir en el equipo ante la falta de resultados. Habían encontrado de todo: antiguas equipaciones Puma olvidadas en una taquilla descolorida, fotos comprometedoras de algún antiguo delantero rompedor de pantalón prieto, quintales de pelusas y hasta el curriculum de un estudiante de derecho que en su momento se postuló para entrar en la sociedad como becario y que ahora andará pensando en planes de pensiones, pero lo que buscaban no había aparecido. Nada. Ni un rastro. Ni una pista que seguir.

Siguiendo un pálpito inexplicable, Pancracio se dirigió a una de las salas ya revisadas en anteriores jornadas y empezó a tantear las paredes con las manos.

– Está aquí Herminio. Siento su presencia –dijo muy serio.

– ¿Cómo lo puedes saber?

– Lo sé –dijo Pancracio con el convencimiento de quién tiene un don, como su bisabuelo paterno el zahorí, aquel que tuvo que emigrar a Cuba por encontrar con igual facilidad aguas subterráneas e insatisfacciones en mujeres casadas.  

Al golpear con los nudillos recibió como confirmación un sonido hueco. Agarró lo que más a mano tenía (el trofeo conmemorativo de la primera y última edición del trofeo Spiderman) y derribó un buen trozo de pared. Metió más de medio cuerpo en el agujero y salió triunfante sujetando en la mano lo que tanto habían estado buscando. No fue lo único que encontró, también halló una carpeta azul de gomas con antiguas ofertas hechas a mediapuntas y un cassette recopilatorio de chistes de gangosos interpretados por Arévalo.

………………………………………………………………………………………………………………………

El subsecretario segundo de protocolo y papeleo entró como un vendaval en el despacho del mandamás (o más bien mandamenos, no nos engañemos):

– Don Enrique, ha aparecido.

– ¿Qué ha aparecido qué? –preguntó el presidente con la cabeza en otra cosa, tal vez en revoluciones a costa de los derechos televisivos.

– El transfer. El transfer de Falcao –aclaró el empleado con impaciencia.

……………………………………………………………………………………………………………………



La parroquia andaba expectante ante el debut del equipo en Valencia.

¿Debut?, se preguntarán ustedes, gente de neurona inquieta.

Pues sí, debut. Algo sorprendente y único en la historia del fútbol. Un equipo que ha debutado tantas veces como partidos ha jugado esta temporada. Un equipo que debutará alguna que otra vez más a lo largo del próximo mes. Y es que el elenco titular esperado para este ejercicio no ha podido coincidir en el campo todavía por obra y gracia de los papeles que no llegan, por las operaciones que tardan más de lo debido o por esa excusa tan nuestra para cualquier situación: ésa que echa la culpa de casi todo a que la abuela fume.

Al igual que los protagonistas de la historieta previa, nuestro equipo anda sumido en un constante estado de búsqueda: búsqueda de un estilo, de un equipo tipo, de objetivos claros y alcanzables, del gol. Sobre todo del gol, esquivo en estos dos primeros partidos de liga. Y eso que apareció Falcao, gracias al buen hacer de Pancracio y sus pálpitos. Lo intentó y tal vez no tuvo mucha ayuda, por lo que deberemos esperar algunas jornadas más antes de formarnos una opinión que servidor reconoce que todavía no tiene. En cuanto al estilo, nos quedó mejor cuerpo al terminar el primer partido de liga, aunque a lo mejor el estilo es ajustable a la exigencia del rival como las mallas talla universal que venden en el Decathlon.

Como el que busca halla, o eso dicen al menos, ésta búsqueda en la que nos movemos nos ha llevado a encontrar cositas, así, con la boca pequeña, cositas que puede que disparen ilusiones o que alimenten escepticismos dependiendo de quién sea el que las perciba. Una presión final que debió tener más premio, algún gambeteo traído de Constantinopla, paradas de mérito, cositas, vamos. Alguna malas incluso, la no convocatoria de Koke, la constante baja forma de Tiago y los partidos que Reyes nos ha regalado desde que lleva el diez, un número que pesa demasiado en según qué hombros y que debe ser administrado con cabeza. Fíjense, cabeza y Reyes, agua y aceite.

Les hablaba yo de lo de la búsqueda. Y encontramos algo más. Llegado un momento, Manzano tuvo el pálpito de que necesitaba buscar calidad. Miró al banquillo y la agregó al campo, algo tarde a lo mejor. En esos minutos, nos llegó lo mejor de la noche. No fue una oportunidad, ni una volea de las que rozan escuadras, ni una combinación brillante siquiera. Ocurrió lejos de donde ocurren las cosas importantes en los terrenos de juego, lejos de las áreas. Fue en una banda, al lado de las zonas técnicas que ocupan los entrenadores, esas porciones de césped delimitadas por líneas discontinuas que invitan a salir de ellas o a ser invadidas por otros conductores con intenciones tan aviesas como la de meterte un dedo en el ojo, por poner un ejemplo. Allí, Diego Ribas pisó el balón con el talón y lo dejó correr suavemente para salir de la presión de los contrarios. Pudiera parecer algo accesorio, pero no lo fue. Puede que hayamos encontrado algo a lo que agarrarnos o puede que nos conformemos con poco desde hace tiempo. Vayan ustedes a saber. Tal vez el equipo de esta temporada requiera esa paciencia que hay que dedicar a un “rasca y gana”, tal vez tengamos que seguir buscando.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La herencia florista

Hace unos cuantos días tuvimos el dudoso placer de volver a tener noticias de nuestro antiguo entrenador. Con nocturnidad, alevosía y su desahogo usual, repasó la actualidad atlética e hizo balance de su travesía al frente de la nave rojiblanca en un nuevo episodio de discurso en el que abundan tanto las oraciones subordinadas como las medias verdades. Pasado ya un tiempo prudencial desde su sobreactuada despedida, el caballero de la ojera perpetua vuelve al inicio del curso como si de una colección por fascículos que nunca llegan a finalizarse se tratara, haciendo gala también de una coherencia que solo puede pagarse en moneda propia de estas épocas, el cortycole.

Diseccionaba el impar sobrino del creador de la rumba catalana su paso por el Atleti con esa capacidad tan suya de pontificar sobre lo que se tiene que hacer sin hacerlo. Reconoció que debió haberse marchado en dos ocasiones, coincidiendo con las salidas de Jurado y Simao, en un ataque de dignidad que bien pudo haber tenido en su momento. Explicó que tal vez el equipo se había creído mejor de lo que era sin argumentar cuán bueno se puede creer un equipo que cosecha un noveno y un séptimo puesto en sus dos años como técnico. Dijo que se quedaba con el Forlán de la primera temporada cuando él fue el que puso a los pies de los caballos al charrúa y volvió a mostrarse tibio al hablar del dúo prescrito y su relación con ellos.



Reconociendo de antemano el trabajo del tío segundo de Elena Furiase cuando arribó a un equipo desnortado y autogestionado y agradeciendo de igual manera títulos y finales vividas, uno piensa que su influencia sobre los resultados tiene menos peso que la tuvo Forlán, por alusiones al charrúa. Uno también piensa que, tácticamente, no ofreció ninguna innovación con respecto a la propuesta futbolística de Aguirre, por poner otro ejemplo, y que en contraposición, sí se puede atisbar la mano del nuevo técnico en los cuatro partidos vistos hasta ahora, por muy gris y muy poco dado a los aspavientos verbales que el jiennense sea.

Otra cosa por la que el primo de la intérprete de Sarandonga será recordado será por la herencia que ha dejado en varios de nuestros jugadores: el otrora idolatrado uruguayo, cubre ya sus trabajados abdominales con ropa diseñada en Milán; el tan denostado y castigado Domínguez es llamado a la selección tras un notable inicio de temporada en el que no parece evidenciar esa cabeza en otro sitio en la que se escudaba el estratega del verbo florido; Fran Mérida busca rehabilitación en Braga para salir de un ostracismo al que le condenó el señor de las perífrasis; varios otros jugadores han necesitado de terapia, grupal e individual, ante esa tendencia del anterior calentador del asiento Recaro de plantear los partidos y elaborar las alineaciones en base a señales atisbadas en los posos del café, aunque éste fuera soluble.  

Como pueden ver, deja un campo florido y sembrado de buenos recuerdos, aunque…, no debo ser injusto. No se merece eso. Hay algo que sí debemos recordar como una herencia perdurable. Toda una pléyade de seguidores que, influidos por su imagen, se lanzaron de igual manera a grandes superficies y comercios de barrio para adquirir la prenda que identifica y define al primo del arreglista de “No dudaría”. Un jersey de estrecheces. De estrecheces de mangas, de talle y de miras a partes iguales. Un jersey desaconsejado tras dispendios veraniegos o navideños para evitar comparaciones con morcillas de Burgos. Un jersey que esperemos haya quedado aparcado en armarios y cómodas hasta otra ocasión. No nos queda bien, la verdad. Pero no me negarán que a él, al muy “jodio”, el jersey le quedaba muy bien. Las cosas como son, oigan.


viernes, 2 de septiembre de 2011

La primera llamada


(A pesar de que la actualidad futbolística rojiblanca no nos deja un día de descanso entre anuncios de fichajes con escala en Barajas y destino Turquía o desembarco incontrolado de mediapuntas con llegada y con o sin opción a recompra, permítanme hablar de algo que no pasaba desde el año 2008. Algo que todos los atléticos deberíamos celebrar)

Se adentró en el hall del hotel con una mezcla de ilusión expectante y de miedo a lo desconocido ¿Y si iba demasiado informal para la ocasión? Él se había presentado de la misma manera que cuando eran los de otra categoría los que le llamaban. Seguro que estaría bien, se obligó a pensar. De camino a su habitación le vino a la cabeza que, desde hacía demasiado tiempo, ninguno de los suyos había vuelto a disfrutar de lo que a él ahora le estaba pasando. Se puso el chándal, y se preparó a bajar para reunirse con aquellos a los que a partir de ese día, y probablemente, en el futuro más cercano, llamaría también sus compañeros. Ya en el pasillo de los ascensores, oyó una voz:

– Álvaro, ¿qué tal? Me alegro de verte por aquí. Ya era hora.

– Gracias Fernando. Pues ya ves. Aquí estamos –dijo con la timidez del que se encuentra con uno de sus ídolos de niñez.

– Pues vamos para abajo entonces – dijo su espigado camarada mostrando la misma sonrisa de niño que cuando se dio a conocer, hace ya el suficiente tiempo para que se le considerase un veterano del grupo.

– Oye, tú que sabes que es lo que se cuece aquí ¿Cómo está el ambiente? –preguntó Álvaro con curiosidad.

– Mal, para qué te voy a engañar. A unos les dan habitaciones en un ala de la residencia y a otros en la otra, porque si se cruzan empiezan a pegarse empujones y a agarrarse como luchadores de sumo anoréxicos. Solo hay tregua cuando están los de la tele y cuando el señor marqués nos da audiencia, que desde que es de la nobleza nos obliga a tomar el té a las cinco levantando el meñique y sin sorber. Fuera de eso, no se hablan. Solo se preocupan de sus futuros enfrentamientos directos, porque este año seguro que la liga se decide por la diferencia de goles.

Álvaro no podía creerse lo que le contaba Fernando. Sus sueños infantiles se desarrollaban de una manera muy diferente a la cruda realidad expuesta. El delantero continúo viendo la cara de preocupación del canterano:

– Pero no te asustes. Con los demás muy bien. Hacemos torneos de ping pong, de pocha y de cinquillo entre los no alineados. Antes invitábamos a los otros. Ya sabes. A los de los dos bandos. Pero de un tiempo a esta parte no se puede. Con decirte que uno de los de un grupo le metió un dedo en el ojo a otro del contrario por haberle quitado el cante de las cuarenta en bastos en un tute “subastao”. Y no veas cómo se retorcía de dolor el otro, parecía que estaba a punto de fenecer. Ya verás cómo lo pasas bien con nuestro grupo: están Javi y el otro Fernando, están David y Juanin,  Borja y Santi y Pepe y yo. Ya conocerás a Santi. Te vas a mondar con él. Cuando tenemos ratos muertos, cosa que pasa muy a menudo en las concentraciones, mandamos a Santi a picar a los unos y a los otros. Se dedica a ir de correveidile diciéndole a los unos que si los otros dicen que la novia de uno de ellos de periodista deportiva tiene poco, que solo sabe poner morritos. Luego se va con los otros y les dice que los unos aseveran que tanto movimiento de caderas en los bailes de la novia de uno de ellos es de ser un poquito fresca. Para que luego digan que el ambiente es malo...

“Toc, toc, toc…”

El golpeteo del bastón de un ujier en el forjado interrumpió las conversaciones.
– El señor marqués les recibirá en la salita azul en quince minutos. Se requiere atuendo informal pero resultón.



Álvaro se dirigió con sus nuevos camaradas hacia la salida del salón. Fuera como fuera, notaba como el orgullo por estar allí se hacía hueco en su pecho. Recordó lo duro que había sido llegar y recordó también a aquellos que le hicieron el camino más duro de lo que era. Aquellos que tomaron como costumbre el señalarle cuando algo no iba bien. Aquellos que finalmente han caído a sus pies ante la evidencia de su valía, por mucho que la pusieran en duda en discursos ventajistas plagados de subjuntivos y circunloquios de jersey estrecho.