lunes, 12 de marzo de 2012

Ausencias e incomparecencias

–Creo que se está usted equivocando –exclamó sorprendida Cándida al ver cómo un desconocido tomaba asiento enfrente suya en la mesa en la que esperaba a Dimas, el caballero con el que llevaba viéndose desde hace unos meses.

–No, no, no crea –dijo con desenvoltura su inesperado partenaire –. Vengo de parte de Dimas. Me ha comentado que tiene hoy un compromiso ineludible, aunque menos sugerente que el que le ligaba con su persona ¡Dónde va a parar! No sé si el asunto que le impide hacer acto de presencia en estado corporal frente a usted será laboral, familiar o criminalístico, pero de ninguna manera será tan reconfortante como tomarse un vermouthcito de mediodía con semejante beldad ¡Mozo, tráigame lo mismo que a esta damisela de rotunda belleza! –añadió el sustituto dirigiéndose al camarero que sacaba brillo a los vasos tras la barra.

– Ya…ya. Y…¿usted quién es? –intervino azorada Cándida por la locuacidad y el descaro de su casual compañero.

– ¡Uy! Tiene usted mucha razón. Perdone mi falta de tacto. Atiendo al nombre de Domitilo, para servirla usted rendidamente. Soy amigo de Dimas desde que juramos bandera en Cerro Muriano cuando éramos unos imberbes jovenzuelos. Mantenemos una relación que podríamos calificar de uña y carne e incluso de padrastro desde entonces, tanto en las duras como en las maduras, como es su caso, si me permite el atrevimiento.

Cándida no podía salir de su asombro. Así que Dimas, ese hombre elegante que regentaba con salero una mercería en la calle comercial del barrio le mandaba un sustituto ante su incomparecencia. No tenía claro si iba a perdonar su ausencia pero iba a intentar disfrutar del momento, de ese dominical vermouth de grifo con su rodajita de limón y su chorrito medido de seltz. Además, el sustituto Domitilo, tenía la capacidad de subirle a una el ego, cosa que nunca está de más. Se propuso continuar con la escena sustitutiva sin pensar en ausencias ni incomparecencias, dejándose llevar.

– Y dígame, Domitilo, usted, ¿a qué dedica el tiempo libre? – preguntó Candida como hizo en su día Jose Luis Perales, pero con mucha menos cara de pasa, dónde iba a parar....



Se presentaba el Granada en el Calderón para jugar un partido que no acababa de venir bien del todo. Un partido al que parecía que se le hubiera hecho hueco en la agenda con calzador de zapatería fina. Tal vez fuera por el asiático horario, ese que no respeta que el jueves hayas jugado la ida de una eliminatoria cuasieuropea al ser el Besitkas un equipo que pace precisamente en el lado asiático de Estambul. Tal vez pilló pronto. Tal vez por eso fuera un partido marcado por las ausencias y por las incomparecencias.

Salieron los equipos al campo y enseguida reparamos en que no había hecho acto de presencia ese Atleti al que Simeone nos tiene acostumbrado desde su llegada. No compareció la presión asfixiante, no apareció esa lucha feroz ante los balones divididos, no acabó de verse esa seguridad defensiva endémica de estos nuevos tiempos. No comparecieron ni Adrián y su genialidad ni los pulmones inacabables de Gabi. No hicieron acto de presencia ni el aplomo que últimamente mostraba Mario ni la supuesta genialidad de Salvio, esa que a muchos entre los que me encuentro nos cuesta ver, será por pensar que un jugador que necesita siete toques para controlar un balón no puede ocupar plaza de extracomunitario ni aunque sea asiático y se adapte bien al horario. No apareció un medio del campo que sigue acusando la baja de Diego en todo el partido, el balón sobrevolaba sus dominios en aérea transición hacia los brincos de un Falcao peleón como siempre, pero atropellado como de costumbre lejos del área. No se vio a un Koke como el que esperamos y podemos ver, aunque la salida de Arda le ofreció alguien con quien asociarse, siempre con la pinturería que trae el turco bajo sus cortos brazos. No compareció casi nada, fíjense, pero tampoco el Granada compareció con ganas de hacer sangre, aunque lo podría haber hecho. No hizo acto de presencia tampoco un colegiado con criterio, dado que Mateu, el celebrado trencilla devoto del “sigan, sigan”, volvió a dar un concierto desconcertante de silbato caprichoso, dejando al equipo rival con un hombre menos a mayor gloria de su leyenda de arbitrajes librepensadores pero ventajistas. Tampoco apareció Silvio y jugó Domínguez de lateral izquierdo, sitio en el que cumple desde el sufrimiento. Al cierre de estas líneas no queda claro si Silvio no juega porque el Cholo no confía en él o por una nueva recaída, hecho que traería consigo que Sanitas le echara de la tarjeta de familiares del seguro médico por ser tan enfermizo. No hizo acto de presencia el fútbol, en suma, al igual que no hizo de presencia en el estadio Nicolás, el hijo mayor de Cándida, ése del que su madre sospecha que pudiera ser un vampiro por su afición a la noche y por los ojos inyectados en sangre con los que llega a casa a punto de romper el alba, porque no le pedía el cuerpo levantarse tan pronto con semejante sol.

Frente a todas estas ausencias, el partido nos dejó dos cosas, sólo dos, pero ninguna de ellas menores. Nos dejó tres puntos. Probablemente tres puntos sin brillo y hasta casi inmerecidos, pero tres puntos al fin y al cabo que engrosan un casillero que debería ser mayor dadas las últimas actuaciones y que fueron celebrados por nuestro entrenador como lo haríamos cualquiera de nosotros. Nos deja otra cosa también, nos deja una arrancada. Una carrera de sesenta metros de Juanfran cuando ya el partido tocaba a su fin. Nos deja un alarde de garra de los de antes, una jugada de otros tiempos. Nos deja un sprint plagado de contrarios impotentes para parar el avance de ese jugador reinventado e infrautilizado por entrenadores de gafa colorista o jersey estrecho. Nos deja un centro al área que casi se queda corto por la fatiga acumulada tras una jugada así, una de esas en las que se sobrelleva el peso de las espinilleras a fuerza de corazón. Nos queda un remate de Falcao que terminó en gol tal y como el prólogo merecía, aunque fuera un gol en el que el balón entró en la portería despacito y casi llorando, como ausente. Todo eso nos dejó. Tal vez algunos de ustedes piensen que nos deja poco, sí, pudiera ser. Aún así, el que suscribe piensa que a pesar de las ausencias e incomparecencias, debemos guardar en ese rincón que todos tenemos arrancadas como esas, de las que llevábamos tiempo sin ver por estos lares. Debemos saber disfrutar de esas cosas, aunque parezcan nimias, por encima de las ausencias. Como si fuera un vermouth dominical de esos que atesoran el secreto de la cantidad justa de sifón, ni más ni menos.  

lunes, 5 de marzo de 2012

Elogio de la fealdad

Basilio es feo. No feo con la subjetividad en la mano, no. De eso nada. A cualquiera que se le pregunte lo confirmará sin atisbo de error. No es que su cara muestre asimetrías relevantes, no es que tenga defectos apreciables, no es que la nariz no case con las orejas y con esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate, no. Es feo más allá de cualquier análisis minucioso, de cualquier comparación con algún pretendido criterio estético. Es feo como levantarle la voz a tu anciana abuela, es feo como no levantarse del asiento cuando entra en el vagón una embarazada de siete meses. Es feo con avaricia. Feo a jornada completa. Feo sumarísimo. Feo más allá de cualquier cualidad que pudiera adornar esa condición. Les digo yo que es muy feo, vamos…


A pesar de su hándicap, Basilio se acicala con mimo siempre que sale a la calle, aunque solo sea para bajar a por una barra de pan integral a la esquina. A pesar de todo, Basilio sigue preparándose durante más tiempo del razonable cuando sale algún viernes o algún sábado. Una vez el conjunto pasa el riguroso examen al que él mismo se somete con rigor, se deja abrazar por la noche y se siente guapo. Nunca mira las muecas que algunas e incluso algunos le dedican al pasar con la chaqueta de lino arremangada hasta los codos. Él, se siente arrebatador. Se acoda en la barra del local, pide un ron con cola y solicita siempre un chorrito de limón natural de manera caprichosa. Cuando el azar que trae la sed acerca a alguna sudorosa ninfa de rímel corrido y falda menguante a sus dominios, él pregunta con atrevimiento y sin circunloquios: “¿Te apetezco?”. Las más de las veces, ve cómo se dibujan gestos de prevención e incluso de asco. Otras tantas la interpelada estalla en una carcajada que no es capaz de minar la autoestima de Basilio. Pero, en ciertas ocasiones, pocas la verdad, surge algo que ustedes y yo no alcanzaríamos nunca a comprender. No diré lo de la chispa porque ser algo tan manoseado por el uso, pero es algo así. Ella se rinde, cae en la trampa de esa fealdad. Cuando sus amigas la rescatan en los tiempos muertos que ofrece una visita al baño o un cigarrillo helador, le preguntan si se ha vuelto loca o ciega. La presa dice siempre lo mismo: “Sí, es el hombre más feo que nunca vi, pero tiene algo” mientras ve venir a Basilio hacia ella paseando su fealdad con seguridad de guapo a rabiar.



Dijo Simeone durante la semana que lo de la posesión como alfa y omega en el fútbol era una milonga como la copa de un pino. Servidor está de acuerdo. Servidor piensa que no siempre el fútbol barroco y recargado, el taconcito pinturero y la pared estucada, es el único camino existente en este juego que tan locos nos vuelve. Frente a ese fútbol guapo y repeinado, existen muchos otros tipos de fútboles, algunos temerosos y esmirriados, otros arrogantes y hasta contrahechos. Hay otras maneras de llevarse el gato al agua, probablemente sean más feas, pero son maneras al fin y al cabo. Se jugaba el Atleti tres puntos importantes con un rival directo que en los últimos tiempos ha destacado por su fealdad y por su antipatía en el juego. Se los tenía que jugar en campo ajeno y plagado de feas bajas. Se planteaba como una obligación el ganar o pudiera ser el no perder, tras los últimos feos resultados, probablemente injustos, pero feos de solemnidad.


Sacó Simeone una alineación fea, desarreglada por lesiones y sanciones, pero con un algo que acababa gustando. Será por lo de que había más españoles que extranjeros o será por lo de que había varios canteranos, esa especie de jugadores tan fea a ojos de nuestros dirigentes, será por lo de las comisiones. El partido nació feo, como se esperaba. Lleno de balones divididos y de porfías. Lleno de revolcones y cabriolas de ese jugador que hasta hace poco vestía la camiseta de nuestro equipo pero nunca jugó para nadie que no fuera él mismo. Ese al que, a pesar de su fealdad innegable aderezada con un intelecto de filo de cuchilla roma, algunos querían alzar a altares de la atleticidad. En medio de tanta fealdad, surgió uno de los más feos de todos, Salvio, para poner por delante en el marcador a los nuestros con un buen cabezazo. A partir de ese momento, empezamos a ver que la fealdad del partido tenía algo, un no sé qué o un qué sé yo que lo hacía más atractivo a nuestros ojos. Fueron los minutos menos feos de los nuestros. Se vieron triangulaciones resultonas, se vio más Koke dejando de lado otras feas tareas. Se imponían con solvencia Mario y Gabi, los de más feo cometido, y se dejaba caer a banda un Adrián que no tuvo su mejor partido en Sevilla, probablemente por afrontar la tarea de ataque muy solo, cosa que siempre es muy fea. En ese periodo, podría haber sido la renta mayor si hubiera cuajado alguna de las oportunidades, casi todas a pies de Salvio, ése jugador feo y contrahecho al que tras el primer tiempo de Sevilla empezamos a ver más enderezado y gallardo.


Empezó la segunda parte muy fea, principalmente por un gol del Sevilla en una contra tras conducción exagerada de Salvio. Algunos dicen que probablemente lo hiciera como homenaje a su ex compañero Reyes, el hombre al que las autoridades se plantearon poner un tacógrafo para poner coto a sus abusos en la conducción. Ahí empezaron los momentos más feos para los nuestros cuando el Sevilla empezó a mirar a la banda de Navas en vez de a la otra, en donde Reyes solo ofrecía piscinazos de ejecución y dificultad apreciables. No se arrugaron los nuestros, capearon el temporal sin pararse en sutilezas. Si había que hacer falta aunque fuera fea, se hacía. Si se tenía que pegar un patadón o diecisiete en defensa, se pegaba. No estaba el partido para exquisiteces ni para lujos estéticos. Cholo miró al banquillo con la aprensión de tener una plantilla fea y corta y quitó a Tiago, quizá por tener la fea costumbre de reprender a sus compañeros cuando a él le fallan las piernas y los partidos le superan físicamente. Salió Pizzi, jugador del que no calificaré guapuras ni fealdades por ser demasiado obvio en planos balompédicos y estilísticos. Aguantó el Atleti hasta el final dejándonos con la fea sensación de que se pudo perder lo que en la primera parte se pudo ganar.


Nos queda un feo empate. Uno más de tantos feos resultados pero probablemente el más justo de la era Simeone junto con su primer partido de Málaga. Nos deja en posición fea en la tabla pero con la esperanza de un calendario menos feo del que acabamos de transitar. Nos deja la sensación de que, enganchando tres victorias seguidas se puede acceder a Champions por obra y gracia de esta liga fea y desigual llena de equipos feos que no interesan a nadie salvo cuando juegan con los dos equipos a los que todo el mundo adula por su pretendida belleza. Nos deja con nuestras feas esperanzas intactas y eso es algo que debemos de agradecer a Simeone, el habernos devuelto también estos partidos feos. Partidos llenos de oficio, de bigotes sin depilar y de pisotones que no ve el linier. Seguimos creyendo en Cholo a pesar de que sea feo y tenga la cara picada de viruelas, porque muchos guapos de cartel pasaron antes que él por esta plaza y nos dejaron otro tipo de fealdad. Fealdad de la que da vergüenza y ganas de mirar para otro lado silbando. No es eso lo que trae este Atleti. Este Atleti que podrá ser feo pero al que su técnico ha convencido de que no lo es tanto, mira de frente. En ocasiones le vemos algo más y nos rendimos a él, pero incluso en sus momentos de mayor fealdad tiene algo, no me pregunten el qué...o sí, háganlo... 

jueves, 1 de marzo de 2012

Por lo demás, todo bien

–….pues lo que te decía Encarni, me acerco al despacho de loterías del Satur para que me mirara si tenía algo en un resguardo de la primitiva que andaba naufragado en los procelosos mares de los bolsillos de una bata estampada…¡Tres y el complementario nada menos!…¡Cuarenta y siete eurazos con veintitrés céntimos que me han alegrado la mañana!...Por lo demás, todo bien…Llevamos una temporada liados arreglando lo de la herencia de mi tío Gundemaro, el que murió la semana pasada de congestión al abrocharse el botón del cuello de una camisa que le venía justa…Que al final no tenía tantas tierras como pensábamos...Algún tiesto venido a más, qué te voy a contar…Lo ha debido dilapidar todo con esa separada con la iba a tomar picatostes al café de la plaza de abastos…Total, que al final casi no tenemos liquidez para pagar la fianza del Óscar…Sí, el mediano, el que se parece tanto a mi suegro…Debe ser cosa de la genética, que ya sabes que mi suegro se echó al monte en el 37…Mira tú que pensábamos sacarle de la prisión provincial con lo que nos quedara en limpio…Pero claro, con todos los miembros de la unidad familiar en el paro, la economía no da para dispendios ni para hidalguías con hijos problemáticos…Total, que de momento se quedará allí, que por lo menos está formándose como perito inmobiliario por correspondencia certificada…Pero ya te digo, por lo demás, todo bien…



¿Optimistas? Pues sí. Puede. La verdad es que sí. Con ese optimismo contenido que la experiencia y los tropezones con tantas piedras te aconsejan a adoptar ¿Ilusionados? No les diría yo que no. La verdad es que la situación deportiva invita a volver a atesorar ilusiones. No a dejarlas desbocadas, no. Nadie ha dicho eso. Pero sí a hacerlo de forma moderada. No podría ser de otra manera tras ver la mejorada imagen del equipo en las últimas citas. Incluso se podría decir que los resultados, esos injustos dictadores, pudieran haber sido mejores a poco que la suerte o la justicia hubieran hecho su labor de manera menos caprichosa ¿Les parece excesivo? Tal vez. Pero permítannos que lo vivamos de esa manera. Déjennos agarrarnos a ello con comedimiento. Sin olvidar lo demás, por supuesto. Eso nunca. Pero de vez en cuando nos merecemos alguna alegría somera.

¿Lo demás? ¿Qué pasa con lo no deportivo? ¡Qué quieren que les diga! Por lo demás, todo bien. Contando con que disfrutamos de unos premiados gestores que se hicieron con el poder del modo y manera que ya ustedes saben y sobre los que la justicia se pronunció en su momento. Contando con los constantes atropellos, el hinchamiento sistemático de comisiones, los negritos y los blanquitos, las operaciones turbias, las diatribas lanzadas desde los púlpitos de emisoras afines, la proliferación de maquetas que nunca cristalizan en nada tangible, la Venta de la Rubia, de la morena y de la pelirroja con mechas. Contando con la riqueza de vocabulario de la que disfrutamos los que hace tiempo hemos incorporado a nuestro léxico palabras y conceptos como cooperador, apropiador, proyecto urbanístico, plusvalías, fondo de inversión, auditoria de deuda, ampliación de capital con freno y marcha atrás, cesión con opción a mirar para otro lado, indebido, necesario, tres alturas más ático, leasing ventajoso y representantes con mando en plaza. Contando con que no podemos formatear los recuerdos en color sepia de un Atleti triunfante y glorioso y vivimos en un presente de clasificaciones europeas conseguidas accediendo por la gatera de la Intertoto o jugando la previa de la más previa fase de las fases. Contando con que se asumió como designio del destino el haber pasado dos años en segunda división, que parece normal y corriente llegar a noviembre con objetivos perdidos y que se contempla con impasibilidad el continuo tránsito de entrenadores, jugadores y recogepelotas. Contando con que la mascota oficial no ejerce su labor en las segundas partes. Contando con que se visita al mismísimo Papa de Roma y, tras repartir bendiciones, jubileos y banderines conmemorativos, se le rebautiza como Benito en un alarde piadoso. Contando con que el equipo juega más veces de las necesarias con pantalón rojo. Contando con lo que pixela el marcador electrónico y contando con que no hay un alma caritativa a la que se le ocurra pasar una bayeta por los asientos del Calderón para que luzcan resultones...


Ya les digo, por lo demás, todo bien...