Enero de 1985
– O sea, que cree usted que debo habilitar una línea ilimitada de presupuesto para desarrollar su idea –dijo en tono irónico el presidente de la empresa tecnológica tras oír con paciencia lo que le había expuesto su empleado.
– Eso es lo que le he venido a pedir, señor. Si trabajamos con recursos suficientes, creo que podremos obtener resultados en un plazo, digamos de dos años.
– Pero vamos a ver criatura, ¿quién narices va a querer comprar una red que se expanda por todo el mundo para poder conectar millones de terminales y acceder a todo tipo de informaciones a tiempo real? ¿No se da cuenta de que nadie pagará por ello? –cortó muy convencido uno de los accionistas mayoritarios de la compañía.
– Y no solo información –continúo el insistente emprendedor –, también se podrá compartir música, ver cine en casa y hasta poder chatear con jóvenes casaderos de otros hemisferios buscando amistad o lo que surja, pero preferiblemente lo que surja. Imagínense a uno de Puertollano paseando de la mano de una indonesia que ha conocido gracias a nuestro invento, esta va a revolucionar las relaciones personales en ciudades y pueblos a partes iguales.
– Sí, y vamos nosotros y nos creemos que el público dejará de ir al cine para verlo en su casa ¡Despierte, alma de Dios! ¿Sabe lo que ha recaudado la última entrega de Indiana Jones? ¿Sabe los discos que lleva vendidos Springsteen de su último LP? ¿Sabe usted quien podría estar tan desesperado para echarse un ligue cibernético en los tiempos de liberación genitourinaria que corren? –dijo el presidente levantándose de su cómodo asiento y apretando los puños con crispación –. Vuelva a su sitio y siga trabajando en la nueva generación de videos beta. Ese es el futuro, eso es lo que nos va a hacer ganar paladas de dinero, hombre.
El idealista empleado salió del despacho con las orejas gachas y se dirigió a su cubículo arrastrando los pies. Lo último que oyó tras la cristalera del despacho fue la voz del consejero apostillando: “¿Cómo dice que lo iba a llamar? ¿Intenet? De verdad es que este tío es gilipollas de remate…”
………………………………………………………………………………………………………………….
Anoeta se presentaba como una dura prueba para este nuevo Atleti hecho a la medida de su creador. Se trataba de un campo hostil en el que plasmar sobre el terreno el nuevo modelo, la nueva idea. Si algo ha conseguido el Cholo en sus pocos días al frente del equipo es grabar su idea a fuego en las mentes de los jugadores. Se la han comprado sin excepciones. Creen en ella a pies juntillas y sin ninguna cortapisa. Fruto de esa creencia ciega y del compromiso que trae sujeto de la mano, el Atleti se llevó los tres puntos de San Sebastián casi sin sufrimiento. Una victoria importante para un equipo que crece a pasos agigantados desde el sacrificio, desde la fe absoluta en lo que propone aquel número catorce que ha migrado a entrenador de corbata estrecha. Desde el integrismo de unos jugadores convertidos en feligreses de la religión cholista que pretenden convertirnos en creyentes de comunión semanal con este estilo.
Habrá que dejar claro que, al igual que en el anterior envite ante el equipo gres cerámico, no se puede concluir en qué medida contribuye a la holgada victoria el contrario. La Real que se encontró el Atleti contrapuso como único argumento para hacer frente a los nuestros la petición de manos: la grada pedía manos en casi todas las jugadas al borde del área, los jugadores pedían manos en todos los lances en los que el balón rebotaba en un atlético y hasta la parroquia arracimada frente a una pantalla plana de una taberna del casco viejo donostiarra pedía raciones de manitas de cerdo sin pensar en ulteriores digestiones pesadas. Aún así, bienvenidos sean estos nuevos tiempos en los que las dudas las crean los contrarios, por supuesto.
Una vez admitida la sustancial mejora, se podrían abrir debates colaterales de cara a manejar alternativas y mejoras al modelo: se podría perorar sobre hasta dónde podría multiplicar sus prestaciones el equipo con unos mediocentros de más calado y menos trote; se podría pensar en medir la falta de oxígeno con el que acaban en algunas jugadas Arda y Diego debido al generoso esfuerzo defensivo y si ese déficit puede nublarles el juicio en las zonas dónde más daño deben hacer; se podría pedir a la señora de Juanfran referencias de si ha notado algo raro en su marido en las últimas semanas, dado que casi no reconocemos a este nuevo lateral con aires cariocas, cariocas de Brasil, no de rotulador; se podría realizar colecta pública para comprarle a Courtois una consola portátil para que se entretuviera en los largos tiempos muertos en los que el cuero no ronda sus dominios; se podría preguntar a Godín qué ha pasado todo este tiempo, qué ha cambiado para que ahora vuelva a ser el que fue. Benditos debates por el hecho de ser accesorios.
Queda un regusto de idea a pulir, a cuidar, a mimar como propia. Los hay que opinan que la idea es fea y debo mostrarme en desacuerdo, lo que es feo es salir a cualquier campo a que te pinten la cara mientras deambulas sin la dignidad que otorga nuestro escudo. Debatamos sobre la idea. Busquemos pros y contras sobre ella. Intentemos colocarla en aquel rincón para ver si le da más la luz pero guardémosla como oro en paño. Venimos de travesías por el desierto de los dibujos que se parten, de las autogestiones, de las líneas defensivas que se adelantan en un guiño al suicidio, de las grisáceas tácticas jiennenses y hasta de los sistemas basados en las sensaciones. Ahora tenemos algo más. Algo reconocible. Algo nuestro. Una idea.


