jueves, 29 de septiembre de 2016

De recuerdos y memorias

Más de treinta años tuvieron que pasar para que el Atleti lograra vengarse del Bayern por aquello de Bruselas y en unos meses tres veces ha sido negado el equipo bávaro por los colchoneros. Imagino que los fieles adoradores de la posesión de balón deben estar compungidos ante tamaña atrocidad. Hablando de equipos alemanes, uno recuerda una previa de Champions contra el Schalke, equipo con gran tradición en el cuidado paliativo de jugadores terminales, en la que el Atleti se metió en la fase de grupos de la competición tras arrollar a los teutones. Fue un partido extraordinario. Una rara avis en aquel Atleti de entonces donde lo más extraordinario era que Maniche terminara los partidos sin sacarse un bocadillo de chorizo de Pamplona del dobladillo de la media para apagar el hambre.

Servidor de ustedes ese día incluso participó, no sin algo de vergüenza, de esa suerte propia de graderío conocida como hacer la ola. Nunca volví a caer en esa frivolidad, pese a asistir a encuentros que la merecían más holgadamente. Más allá de esta confesión que pudiera cambiar el altísimo concepto que alguno de los lectores pudiera tener, aun a estas alturas, del que suscribe, lo significativo del hecho es la capacidad que uno tiene para recordar los partidos extraordinarios de hace unos años, seguramente por ser escasos, y la falta de espacio en el disco duro craneal para recordar cada momento excepcional que nos ha dejado el Atleti de Simeone, de tantos que fueron. Hay noches, como la de ayer, en la que uno querría agarrar cada segundo y guardarlo en un cajón con llave para que nunca escapara. Dentro de algunos años los dejaremos salir, todavía frescos, con el ánimo de volverlos a vivir si la agujereada memoria que tendremos lo permite.


Cuando eso ocurra, rememoraremos la mano prodigiosa de Oblak sin la que pudo haber cambiado todo. Tendremos que describir las fantásticas conducciones en diagonal de Carrasco y esos latigazos con los que las finaliza. Volveremos a llenar de adjetivos grandilocuentes las hazañas de Filipe y Juanfran, capaces de anular a las estrellas adversarias y de provocarles dolores de cabeza en cada una de sus incorporaciones al ataque. Admitiremos que, pese a no estar del todo finos frente al marco contrario, Torres y Griezmann se marcaron un partidazo. Recordaremos el despliegue y poderío de dos centrocampistas totales: Koke y Saúl, por los que el Atleti es envidiado en todo el continente. Rendiremos de nuevo homenaje a Savic y Godín, capitanes inexpugnables de la guardia de la noche que custodia el muro defensivo del reino rojiblanco. Por último, evocaremos con emoción la nueva lección magistral de conocimiento del juego que Gabi impartió desde su cátedra en el mediocentro.

Lo grande de este Atleti no estriba tanto en lo que nos hace vivir, que es muchísimo, sino en lo que nos deja guardar para más adelante. Solo es de esperar que la memoria nos aguante, porque las gestas del equipo parecen tener cuerda para rato. Iremos devorando con avidez cada lance, cada imagen que el equipo nos regala para poder contarlo dentro de unos años. Entonces, sacaremos todo otra vez, todavía fresco, para contarlo de nuevo, si es posible a algún nieto vestido de rojo y blanco que se siente sobre nuestras rodillas.

martes, 27 de septiembre de 2016

Partidos clónicos

Nos vamos a hartar esta temporada de ver partidos como el del Deportivo del pasado fin de semana. Encuentros copiados al más mínimo detalle. Choques mellizos, casi idénticos a los del Leganés o el Alavés que tanto alarmaron a los cenizos de guardia. Son las servidumbres de un Atleti que de un tiempo a esta parte se ha instalado perpetuamente en la nobleza de la tabla abandonando su antiguo rol de revelación pintoresca. Los rivales desfilarán por el Calderón o recibirán a los nuestros calcando el planteamiento: líneas juntas, defensa algo adelantada, un portero al que venerar y un delantero con vocación de náufrago que a lo peor hasta se dedica a repartir estopa, como el punta de los gallegos.

Hace un par de meses, sentado en una terraza con un viejo compañero de fatigas y calvicies, reparamos, fijándonos en las mesas desde las que los adolescentes nos miraban como a reliquias babilónicas, en la uniformidad estética de los tiempos. Recordábamos los años de instituto y su hormonal ecosistema de pijos Privata, punkies de imperdible en la oreja, rockers de tupé arquitectónico, mods soñando que la Vespino fuera Lambretta y heavies que ocultaban la mirada en un mar de pelo. Hoy en día, a uno le cuesta encontrar los rasgos distintivos, las diferencias entre unos y otros. Si acaso podría trazarse una línea entre aquellos de ellos, al género masculino me refiero, que están fuertes y los que están muy fuertes. Lo más probable sea que, pese a creernos todavía jóvenes, somos tan mayores que los vemos iguales. Los asumimos como clones ante nuestra incapacidad de distinguirlos. Algo así debió pasarle a los dinosaurios. Tal vez nunca pudieron diferenciar los tipos de meteorito que los convirtieron en carne de museo de Ciencias Naturales.


Volviendo a los partidos clónicos, no queda otra que acostumbrarse. Buscar espacios donde no los hay. Desequilibrar por fuera y cambiar de registro para filtrar pases por dentro en la siguiente jugada. Abrir los campos y esperar. Son estos encuentros donde importa menos el toque o el balón largo y más la paciencia. No mirar el reloj más de lo necesario y nunca dejar de creer. Nadie recuerda, con el paso de los años, si los choques que supusieron tres puntos fueron más o menos sufridos ni si la recompensa llegó a pocos minutos del final cuando el rival cayó como fruta madura. Lo más probable sea que, pese a creernos todavía jóvenes, los aficionados del Atleti nos hemos hecho tan mayores que vemos a la mayoría de los equipos que se enfrentan al nuestro como si fueran el mismo.

Sentados en una terraza tras finalizar el partido del Atleti, la cerveza nos supo a nostalgia mientras en el horizonte se dibujaba un año de partidos trabados que se decidirán por detalles. Encuentros clonados. Comentamos que añorábamos una barbaridad a aquellos equipos visitantes con beisbolera que meneaban el balón y las caderas a ritmo de rockabilly o a esos conjuntos con cresta que se presentaban en nuestro feudo volcándose al ataque como si no hubiera futuro. Echábamos también de menos tener más pelo, pero esa es ya otra historia.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Cuando muera

En mi declaración de últimas voluntades he dispuesto que, cuando muera, esparzan mis cenizas sobre algún partido como el de anteayer en Barcelona. A pesar de sus ratos de agobio y de sus fases de juego poco reluciente. No crean que no disfruto con las goleadas plácidas ni con los encuentros en los que el Atleti gana por agotamiento cuando a los rivales les llega el otoño a las piernas, pero es en este tipo de choques donde uno quiere reposar eternamente.

Es en ellos, cuando el barro llega a la cintura, cuando cada decisión del árbitro se protesta como si no hubiera mañana, donde me gustaría yacer. Saber que habitaré por siempre al lado de ese Atleti de dientes apretados, presión alta y latigazos traidores a la contra. El fútbol sería un pasatiempo para clases acomodadas sin estos encuentros de sobresaltos y latidos de corazón que se desacompasan. No encontraríamos razón ninguna para cuadrar las actividades del fin de semana con el horario del partido sin esos controles orientados de Correa sobre un campo de minas. Sin los viajes de Filipe por las carreteras secundarias de la banda izquierda y sin las mil artimañas de Koke para amansar la pelota estaríamos hablando de petanca.


Puestos a pedir, quisiera también, si no es molestia, nombrar a Savic, a Juanfran y a Godín albaceas de mi escasísima fortuna. Son tipos de honor. Gente de fiar. De esos que no abandonan a un compañero herido en la batalla. Como último capricho, quisiera que Gabi no se retirara jamás. Desearía verle siempre con la rojiblanca puesta, mostrando esa oblicua sonrisa llena de gravedad con la que entra en el bar apartando adversarios cuando los vasos ya han comenzado a volar.

Debo reconocer que a lo mejor pido mucho o tal vez poquísimo. Evaporarme mientras el Atleti, el de Simeone, se faja regando de sudor y sangre un tapete de césped infinito.