sábado, 3 de septiembre de 2016

Los jugadores juegan donde quieren, pero menos

Las mentiras, al igual que Romario o Agüero, tienen las patas muy cortas. Bastó acercar un micrófono a un Diego Costa recién aterrizado en la concentración de la selección para que el castillo de falsedades tejido cuidadosamente a lo largo del verano se derrumbara con un soplido. Quizá nadie contó con que las palabras del de Lagarto se desbocarían como sus carreras hacia el área contraria. Diego se explicó con claridad y reconoció que quiso volver, pero que no hubo manera. De un plumazo se desvanecía la tinta vertida interesadamente durante el periodo estival. Si Costa no volvió a recalar en el Atleti no fue por él. Por Simeone tampoco.

El hispano-brasileño era el elegido. El deseado. La petición expresa. La guinda para coronar un pastel con el que ahuyentar las dudas que pudieran albergar afición, técnico y compañeros. Con Diego, el equipo recuperaría un nueve de garantías y ese estilo algo pendenciero que se nos ajustaba como un guante. Un delantero letal con el que pasear por Europa, la gran asignatura pendiente, sin complejos. Aún antes de anunciar en caliente que quería reflexionar, Cholo pensaba en Costa y nunca tuvo ojos para ningún ariete más. Las cosas del amor, que a veces se explican desde un despecho anterior, como en este caso.


Una vez confirmado por el del Chelsea que su no fichaje no fue una cuestión de voluntades, como se había asegurado, solo queda pensar que fue el vil metal el que truncó la incorporación del atacante. No queda otra que exigir a los gestores atléticos explicaciones sobre la operación. Si el jugador quería y el banquillo otorgaba, ¿dónde radicó el problema? ¿tan seca andaba la caja para acometer su fichaje a pesar de las ventas, las cesiones y los premios recibidos en las competiciones de años anteriores? Ni ese ápice de utilidad vamos a poder arrancarle a Jackson Martínez. Ruego que nadie saque la calculadora, sabido es que la contabilidad atlética es una especie de agujero negro interplanetario en el que dos y dos no siempre suman cuatro.

Tal vez lo más grave de las declaraciones de Diego Costa no sea imaginar lo que pudo haber sido y no fue o constatar que las peticiones del técnico caen en un saco agujereado por la dirección. Lo peor habrá sido descubrir que el mantra que lleva lustros acompañando las ventas injustificadas y las bajadas de cláusula a la altura de los tobillos pierde vigencia. Es de esperar que nuestro rumboso presidente no vuelva a asegurar que los jugadores juegan donde quieren, no vayan a recordarle en el futuro este pequeño episodio canicular. Aunque llegados a tal nivel de descaro, lo mismo nos desayunamos pasado mañana con una variante de la consigna: los jugadores juegan donde quieren, pero menos. Todo en Cerezo es imprevisible, menos su peinado. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Volver de Milán

Dejémonos de elucubraciones y análisis apresurados. El Atleti, nuestro Atleti, el del Cholo y sus guerreros, el que fue capaz de enamorarnos de nuevo, no ha vuelto de Milán. Ahí radica todo el problema. El equipo no ha regresado aun de la capital lombarda y deambula, todavía, con la amarga medalla de subcampeón colgada al cuello por el césped del estadio donde se disputó la final.

Cierto es que el grupo se marchó de vacaciones, volvió al trabajo, viajó a Australia y se hizo fotos enternecedoras con crías de canguro, jugó el Carranza y alguna otra pachanga más, presentó fichajes y comenzó la liga, pero lo hizo todo a distancia. Fue como casarse por poderes. Lo hicieron, pero no. Están sin estar. Siguen en Milán del primero al último. Intentando digerir lo indigerible. Sintiendo incluso punzadas de dolor en la herida, más fresca de lo que pudiera parecer.

De nada sirve teorizar sobre sistemas, mediocentros, jugadas a balón parado buscando tratamientos de fertilidad, estados de forma, piernas cargadas, motivaciones y metas, viejas y nuevas caras, roles a desempeñar ni rumores mientras el Atleti siga varado en San Siro, enredado en las mallas que aquel maldito penalti no quiso besar.


Inútil se antoja cualquier debate sobre si Gameiro funcionará pese a ser el segundo o, más bien, el quinto plato. Sobre si Gaitán debiera tener guardado un sitio en la alineación de cara a ensanchar los campos con estrecheces o sobre si pronunciamos el nombre de Vrsaljko con un mínimo de dignidad: poco puede pedirse a los que acaban de llegar a un conjunto que hizo añicos el billete de vuelta a la vez que su mayor sueño.

No merece la pena tampoco personalizar ni señalar, que además queda muy feo. Koke no es Koke ni Saúl es Saúl. Oblak tampoco es el mismo y Juanfran suda lágrimas cada vez que sube por la banda. Ninguno ha vuelto. No aporta nada comparar estadísticas ni medir actuaciones. No hablamos de nombres ni se barajan alternativas. Tampoco se trata de una cuestión de estilos futbolísticos, no ahora. Hablamos de volver. De reponerse, aún maltrechos, y pasar página, aunque cueste.

Hablaba recientemente Simeone en una entrevista de muerte y de duelo a la hora de referirse a aquella noche de mayo. Quiso el técnico mostrar más entereza de la que realmente guarda y añadió que el luto había terminado, no siendo cierto. La nación rojiblanca va quemando las etapas del duelo más lentamente de lo deseado. Ya hemos pasado por la negación, por la ira y por la negociación pero queda un trecho para dejar atrás la depresión que desembocará en la aceptación de lo que ocurrió. De inoportunas, como mínimo, deberían calificarse las críticas, algunas muy descarnadas, que sobre jugadores y, especialmente, técnico se han vertido tras los dos primeros partidos de Liga. Venían a decir que los dos tropiezos nos alejaban del objetivo sin ser conscientes que el único y principal objetivo debe ser comprar un pasaje de vuelta. Volver de Milán. 

jueves, 21 de julio de 2016

La investidura del nueve

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160720/Deportes/7315/delantero-Atletico-de-Madrid-fichaje-Simeone-choilismo-Mendes.htm

Al asunto del nueve del Atleti se le está poniendo cara de terceras elecciones. De poco sirvieron aquellas palabras, líquidas y calientes, de Simeone con la final de Champions recién muerta. Casi dos meses después, no acaba de atisbarse qué candidato se presentará a la investidura. Mientras tanto El Cholo completa los circuitos físicos ideados por el Profe Ortega al mismo ritmo que sus pupilos, quien sabe si para que las agujetas silencien las voces que en su interior gritan que algo no cuadra. Correr para olvidar, o algo parecido.

Higuaín, Aubameyang, Gameiro, Cavani, Morata, Diego Costa…la flexibilidad de la lista es tan infinita como insuficientes los plazos que el técnico se va a ver obligado a manejar para que el elegido mame cholismo antes de que llegue la hora de la verdad. Tal vez habría que instar a Cerezo a reformular uno de los mantras de la casa: los jugadores juegan donde quieren, aunque a veces quieren jugar un poco más lejos ¿Dónde está el problema? Entendiendo como atrayente el proyecto deportivo que el subcampeón de Europa puede ofrecer a una figura de tronío solo queda sospechar del vil metal. Quizás todo el dinero que se prometía para fichar haya habido que desviarlo a la compra de cemento y hormigón: la Peineta manda. Malamente puede llenarse un estadio, por muy cinco estrellas que vaya a ser, sin goles.


Los más crédulos optan por no dejar que los nervios gobiernen. Recuerdan como ejemplo las llegadas tardías de Villa o de Falcao, pactos alcanzados con agosto bien avanzado. Los más reticentes, entre los que servidor de ustedes se incluye, temen el arribe de un punta con marchamo de desecho de tienta. Uno de esos atacantes que permanecen sentados en su butaca contemplando cómo todos los demás danzan ya sobre la pista. Es posible, incluso, que el nueve llegue de la mano de Mendes y transmute de fea del baile a deseado con solo una leve capa de maquillaje. Sería de esperar una presentación con banda de música arrancándose con pasodobles para celebrar la llegada del susodicho antes de que el presidente del pelo infinito pronuncie a trompicones el nombre del elegido. Un fichaje al que se aceptará en segunda vuelta, con la abstención de ceja alzada de varios grupos parlamentarios de lo rojiblanco. Dios y Jackson Martínez, puestos a pedir, nos cojan confesados.

Pudiera también darse el caso de que nada de lo anterior ocurriera. Pudiera presentarse la competición de un día para otro, sin avisar casi, y obligar a configurar un once sin demasiado gol. Un conjunto titular preñado de mediapuntas -¡ay!- con el que afrontar los retos. Siempre nos quedará el buen hacer de Torres, haciendo de delantero titular en funciones, y la ciega confianza en un Simeone al que se visualiza machacándose físicamente para estar preparado para correr, por si fuera preciso y hubiera unas cuartas elecciones de las que huir a la carrera.