Hoy
empezaremos al revés. Por el final, como en el cocido maragato. Hoy la primera imagen
que se dibuja es la de un equipo volcado al ataque en el que mandan los
corazones y las tripas sobre las cabezas y, sobre todo, las piernas. Cosas que
ocurren cuando el oxígeno falta, cuando la frescura física se ha marchitado
tras varias semanas avisando. Achuchaba el equipo derrochando lo que no tenía pero
de manera plana, facilitando al rival la tarea. Balones al área que nacían ya
sin convencimiento de llegar a nada. Rebotes que no favorecían y una pizca de
impotencia, sí, por qué no decirlo.
Asediaba el
equipo a un rival vestido con una camiseta que mezclaba con poco gusto al
Borussia de Dortmund y a un equipo de la liga municipal patrocinado por Bar
Casa Cipriano porque las circunstancias le habían llevado a ello. Atacaba el
equipo y pensaba mientras lo hacía en que el guión soñado no era ese, era otro
en el que tocaba más guardar la ropa que nadar. Cambió el guión y la cara del
respetable por un penaltito. Uno pequeño y escuchimizado. Uno que cuando llega
a la consulta del pediatra de penalties hace que el doctor recomiende a sus
padres un reconstituyente y que le dé el aire puro. Lleven a la sierra a este penalti,
le vendrá bien, dice muy serio el pediatra tras anotar que el penalti está en
un percentil bajísimo de altura y de peso. Salen los padres de la consulta
preocupados y abrochan el abrigo de dos tallas menos de la que por edad la
tocaría al penaltito, no vaya a constiparse. Le ponen una bufanda y unas
manoplas de colores vivos y se van al parque a ver si el penaltito quiere jugar
un poco con otros penaltis de su edad, aunque le saquen dos cabezas y varios
cuerpos. Se sienta el esmirriado penalti en el arenero y el resto de penaltis
que juegan en el parque se burlan de él por enano y por poca cosa, pero no por
no ser un penalti, que lo es y que lo fue. Tonto y minúsculo. Inútil e
innecesario, pero serlo lo fue…
Llegó el
diminuto penaltito tras varios minutos de dominio del equipo vestido de
Borussia de Casa Cipriano y con el Atleti atrincherado en su seguridad
defensiva pero olvidando el ataque, tal vez por falta de fuelle. Jugó el equipo
con fuego y tuvo el partido fases que recordaron al de Villarreal, se entreveía
que podía llegar algo malo, fuera gol por la escuadra o penaltito raquítico.
Confiaba el equipo en la solidez de la retaguardia y sobre todo en Miranda, que
no necesita tanto físico para demostrar lo enorme que es. Miraba uno al campo y
veía a unos laterales que subían menos, a un Diego Costa al que le falta algo
de la potencia exuberante de pasadas fechas, a un Gabi que no puede
multiplicarse tanto, a un Koke que es menos Koke últimamente y a un Arda
acalambrado. Pensaba el aficionado en picos y valles de forma, en rotaciones
olvidadas tal vez por demasiado arriesgadas y asumió como consecuencia lógica
de lo contemplado el desenlace del penaltito con hechuras de pigmeo.
Todo lo
referido anteriormente aconteció en la segunda parte, la primera fue otra cosa.
No una cosa para tirar cohetes ni para rasgarse la camisa y pedir otra ronda de
lo mismo, pero fue otra cosa. Otra cosa también es lo que ayer mostró Villa en
el campo. Suyo fue el gol tras la enésima jugada a balón parado de la que se
recoge frutos y en general estuvo mejor que en anteriores citas, más
participativo e incisivo. La afición, que le espera, recolectó motivos para no
desesperarse con él, algo que estaba sucediendo últimamente. Se puso el Atleti
por delante sin alharacas pero con suficiencia. Sin arrollar al rival pero
llevando la manija del encuentro, mandando con la connivencia del Borussia de
barrio, que estuvo timorato durante los primeros cuarenta y cinco minutos.
Jugaba el Atleti quizás de manera más directa, menos controlada, lo que algunos
entendidos achacan a la presencia de Koke en el mediocentro, y bastaba con ese
juego poco romántico y con la amenaza de Costa, Villa y Raúl García para que
reservón rival se mantuviera a raya. No aplasta este Atleti a los rivales como
hace ya algo de tiempo, pero se le respeta, especialmente en el Calderón. En
ocasiones ese respeto y cuatro o cinco cositas más da para llevarse un partido
y tres puntos como quien no quiere la cosa, pero en otras no. En otras los
puntos vuelan y da rabia verlos irse como un globo que escapa al cielo y más
cuando los puntos hubieran valido para hacer cima en la clasificación, para
colocarse arriba en soledad. Mirando hacia abajo a todos los demás.
Hay veces
que las cosas salen al revés, como el cocido maragato, y hay que explicarlas de
esa manera. No es que salga todo mal pero sale todo raro. Te pones por delante,
reculas un poco y luego tienes que achuchar de nuevo cuando ya no quedan
piernas para hacerlo por obra y gracia de un penaltito. Un penaltito
microscópico y menudo que tuvo que pasar dos o tres veces ante nuestros ojos
para que nos fijáramos en él, sí, pero penalti al fin y al cabo.


