miércoles, 11 de julio de 2012

Interpretaciones, autobuses y bosones


Es curiosa, cuando menos, esa costumbre de arrimar el ascua a la propia sardina que se antoja tan arraigada en intelectuales, políticos y hasta en madres levantiscas que no entienden de gráficas comparativas que ponen en relación las notas obtenidas en la tercera evaluación con el hecho de tirar del cable de la consola para dar por terminada la partida por las bravas, que ya es muy tarde y mañana hay que madrugar. Seguramente ustedes, por lo general gente bien informada a pesar de esa tendencia que muestran por leer estas tonterías coleccionables que uno pare sin epidural, ya sabrán casi todo lo que hay que saber sobre el bosón de Higgs, nuevo tema sobre el que la ciudadanía diserta entre bocado y bocado de porra mojada en café con leche mientras intenta no salpicarse la camiseta. Tras el feliz descubrimiento de tan esquiva partícula, tiempo ha faltado para que unos y otros, los de este lado y los de aquel, hayan salido a afirmar con rictus serio que el hallazgo no hace sino confirmar a pies juntillas el discurso corporativo:

“El descubrimiento tira por tierra cualquier interpretación del origen de la vida y manda al cajón de las fábulas a Adán, a Eva y a sus costillas”, peroran unos sin aclarar si gustan de las costillas al punto o muy hechas y con salsa barbacoa en lo alto; “No cabe duda que tras el bosón está la mano de Dios”, dicen otros introduciendo en la ecuación la ratonería de Maradona en el mundial de México. El mismo hecho como prueba irrefutable de una cosa y la contraria. Señales de lo que se quiere ver. Interpretaciones…



Volvió Falcao de sus vacaciones e hizo parada técnica tras las suyas Adrián antes de irse de au pair olímpico a la Gran Bretaña. Los dos de nuevo aquí, de momento ese es el hecho. Lo que era imposibilidad a la hora de retener al colombiano ante la orfandad de Champions ha tornado en seguridad. El no acuerdo a la hora de renovar para reconocer los méritos y el peso del asturiano no debe inquietar, todo va bien a pesar de que su cláusula de rescisión deje aromas de bizcocho en puerta de colegio concertado. Continuidad, ese es el mensaje. Lo que antes era incertidumbre se torna certeza sin más pruebas aportadas…o eso pensábamos algunos maledicentes.

Ayer, entre bocado y bocado de porra mojada en café con leche y salvando el trance de la salpicadura en la camiseta, se nos reveló la prueba irrefutable de su permanencia. El autobús…Nada más y nada menos que el autobús. El nuevo vehículo del equipo para esta temporada ha sido tatuado en chapa y pintura con imágenes de éstos y otros gladiadores rojiblancos, probando de esa manera su dogmática inamovilidad. Fíjense ustedes, tanto lío con el acelerador de partículas y las velocidades en él desarrolladas y las respuestas pueden encontrarse en los acabados de un autocar que no pasa de 120 km/h en autovía. “¿No pensarían que íbamos a troquelar semejante armatoste con las fotos de unos que no se fueran a quedar?”, dicen los de siempre a través de los creyentes voceros habituales de fe inquebrantable. Ya podemos estar tranquilos. Váyanse a la playa sin preocuparse e hínchense a sandía sin pepitas y a salmonetes recién pescados que a la vuelta aquí estarán todos, sirva el autobús como prueba fehaciente. Saquen ustedes de su mente descreída esas imágenes de Forlán como icono de la pretemporada de la pasada campaña. Olviden ustedes también las excepciones de Jurado, por blandito, y de Heitinga, porque tenía menos cuello que una bombona de camping gas. Lo que es, es y el resto son señales de lo que no se quiere ver. El mismo hecho como prueba irrefutable de nada. Interpretaciones…

miércoles, 4 de julio de 2012

De electrodomésticos, Eurocopas y visiones de la vida


Si alguno de ustedes decide algún día adentrarse en el local de Electrodomésticos Telesforo Sumideros, hijos y alguna sobrina, lo primero que notarán será un ambiente pesado, un aire casi irrespirable. La tienda huele a solera, a polvo depositado sobre los muebles con la connivencia del tiempo pero sin que medie dejadez. Muchos de los que entraron alguna vez incluso dijeron que les pareció que durante su visita a la tienda, las manecillas del reloj avanzaban más despacio, como si nadaran a contracorriente en esa atmósfera densa que ahoga los pocos rayos de sol que osan traspasar el filtro del escaparate. Cuando vayan, seguro que verán a Telesforo hijo, Telesforín para los más cercanos, sumido en cavilaciones con su eterna cara de hastío. Siempre amargado, siempre maldiciendo por lo bajo el haber accedido a continuar con el negocio como prometió a su padre en el lecho de muerte. También observarán que un individuo con un guardapolvo de esos de un color azul desvaído por los años y los lavados no para de revolotear industriosamente entre el género repartiendo manotazos. Ese es Crisálido, único y más veterano empleado de la empresa y parte sustancial de la herencia que Don Telesforo padre legó a Telesforín.

– El negocio te lo dejo a ti, hijo mío, pero a Crisálido me lo respetas a pesar de sus cosas –dispuso el fundador de la compañía como condición innegociable.

Mil veces se había arrepentido Telesforín de rendir banderas en ese punto. Mil veces despidió fulminantemente a Crisálido tras una de las suyas para ver como al día siguiente se volvía a presentar como si nada a las nueve de la mañana. Daba igual que el motivo del despido fuera tan indiscutiblemente justo como cuando echó con cajas destempladas a los repartidores que venían a traer las primeras pantallas planas. “Muy señores míos, las televisiones, como las damiselas, deben gran parte de su encanto a las curvas. Y si son en la parte trasera, aún mucho mejor”, añadió mientras blandía un ventilador rotatorio de pie para espantar a los sorprendidos operarios. Nunca había traspasado el umbral del local una pantalla llena de estrecheces, como decía él. Nunca se puso a la venta tampoco una consola de nueva generación llena de gigas, ni un robot de cocina rápida…

– La cocina requiere tiempo, Señor Sumideros ¿Podemos ser tan irreverentes como para pretender acelerar los tiempos de un sofrito de cebolla y ajo, base de la pirámide alimenticia y gustativa patria? Usted verá lo que hace, pero si busca mi complicidad comercial ante esa blasfemia temporal y culinaria no puedo menos que declararme objetor de conciencia…




Si ustedes se acercan al negocio un día como el de hoy, repararán en que Telesforo hijo, es decir Telesforín, anda más preocupado que de costumbre. El motivo de su quebranto es nada más y nada menos la victoria en la Eurocopa de la selección. Su intuición y el viejo manual de marketing agresivo que guardaba de sus años como estudiante por correspondencia, le habían empujado a ofertar, lo mismo que hicieron en situaciones análogas otras cadenas del aparato enchufable, la devolución del importe de los televisores comprados durante el evento siempre que la Roja saliera vencedora en el envite. Nada de ello le había comunicado a su asalariado, convencido como estaba de que ese anuncio solo le reportaría quebraderos de cabeza y enconadas discusiones. Eso sí, las señales y las conversaciones furtivas oídas casi sin querer entre su particular empleado y los vecinos que se acercaban a echar la tarde a la trastienda parecieron atisbar un alineamiento, aunque fuera fortuito, entre su estrategia comercial y los criterios de Crisálido. No pocas veces lanzó éste el periódico por la ventana con ademán contrariado tras leer alineaciones y planteamientos con los que el combinado nacional abordaba los duelos. En varias ocasiones le oyó maldecir esa veleidosa moda de los falsos nueves e incluso desestimar invitaciones a un cocido en la taberna de al lado si el convidante no abjuraba por escrito de su opinión de que el doble pivote Busquets-Alonso otorgaba empaque al juego.

Comercialmente, la medida tomada por Telesforín había arrojado unos incontestables beneficios. Tres televisores, tres, se habían vendido en las últimas semanas. Nada menos que una subida del trescientos por cien en los gráficos empresariales, dato éste nada desdeñable cuando de un negocio que expende televisiones que llevan en stock desde el mundial de México 86 se trata. La victoria patria iba a dejar el balance en cueros. Los usuales números rojos, se tornarían más encarnados que de costumbre. Aún así, lo que más dolía al propietario es tener que reconocer ante Crisálido el fracaso contable de la idea. El no triunfo de la modernidad, como decía siempre aquel cuando pontificaba ante la audiencia compradora que no se podía confiar en un aparato eléctrico que no mejorara en sus prestaciones con un cachete, como pasaba con las radios antiguas.

No tuvo más remedio el patrón que coger al toro por los cuernos y plantear la cuestión a su contumaz empleado. Crisálido iba ensanchando la sonrisa a medida que Telesforín desgranaba el balance. Le dejó hacer saboreando el momento. Pareciendo alargar esos segundos que en el local son casi minutos…

– ¡No sé de qué te extrañas y qué te parece tan gracioso! –añadió el ideólogo de la campaña–. ¡Anda que no te he oído refunfuñar sobre el Marqués, sobre el estilo de juego y hasta sobre las desafortunadas medias de Casillas! ¡Ni tú mismo confiabas en repetir éxito!

– Mire señor Sumideros, lo que yo opine o no es cuestión muy mía, que para eso asumo que un esteta como yo no tiene cabida en este mundo de tiburones financieros y entrenadores resultadistas. Lo de la Roja no es tanto una cuestión de delanteros mentirosos u honrados ni de que haya cabida para laterales con carencias estructurales a la hora de realizar un control como Dios manda. La cuestión es que el talento emerge casi siempre por mucho que queramos acotarlo y ponerle puertas o cerrojos Fac con tres vueltas de llave. Servidor no ha dudado de las posibilidades de los nuestros a la hora de conseguir objetivos, sino del camino elegido para llegar a ellos. Hoy o mañana, algunos ventajistas pasarán por aquí para acusar recibo a toro pasado. Para hincarse de hinojos ante el fin y despreciar los medios. Aquí les recibiré gustoso…

La impotencia de no doblegar la voluntad de Crisálido reconcomía a Telesforín pero calló, en parte por atenuar las ganas de despedirlo de nuevo que le estaban entrando y en parte porque había entendido un muy pequeño porcentaje del discurso de ese filósofo de los tubos de imagen que compartía espacio vital con él. Siguieron cada uno a sus cosas, pocas la verdad. El uno inundado de aburrimiento y desazón y el otro repartiendo cachetadas de mantenimiento entre los aparatos de la tienda. Solo antes de echar el cierre metálico, Crisálido, como corolario, apuntó una frase que Telesforo hijo no acabó de comprender, una vez más…

– Además, puestos a apostar, no apueste usted nunca en contra de un equipo en el que juegue el nueve. El de las pecas y el pelo rubio. Ese, ese siempre suele ganar…

Si alguno de ustedes decide algún día adentrarse en el local de Electrodomésticos Telesforo Sumideros, hijos y alguna sobrina, probablemente el ambiente denso y la atmósfera cargada les aconseje dar media vuelta y salir de nuevo a la calle. No lo hagan. Quédense un rato y conversen con Crisálido…y ya puestos, le dicen de mi parte que aquí hay uno que comparte su visión de la vida, sobre todo en lo futbolístico. Y en ciertos puntos de lo tecnológico, también…

miércoles, 27 de junio de 2012

Veinticinco años y un día


25 años y un día. Una condena, lo que yo les diga. Una condena ejemplar es lo que llevamos soportando con más estoicismo del deseable. Podríamos alegar que a muchos nos deslumbró aquel desembarco aéreo con un Futre casi adolescente del brazo. Citaríamos como atenuante los primeros años de tremendismo y de humo esparcido a golpe de verborrea cercana, los titulares con tanta mayúscula, los cortes radiofónicos repletos de palabras e insultos inventados “¡Miren qué gracia! ¡Este sí que dice las cosas como deben decirse!”, añadían algunos que no podían llegar a sospechar que la mano derecha sí sabía lo que hacía la izquierda porque hacía lo mismo: llevárselo y no ponerlo.



Cumplido el mismísimo vigesimoquinto aniversario de la coronación, uno empieza a plantearse que no hemos debido ser suficientemente buenos para que nos reduzcan la condena. Ni hemos ayudado en la lavandería ni en el economato de la prisión. La condena continúa y se extiende mientras nos miramos los unos a los otros con fundadas sospechas de nuestra complicidad a la hora de fabricar el arma punzante del silencio sumiso. Los que más y los que menos proclamamos nuestra inocencia, culpamos al jurado o a un abogado defensor borrachín y tartamudo en vez de preguntarnos qué cuota del delito de tragar nos corresponde. También pensamos que a lo mejor, un día de estos como quien no quiere la cosa, algún tribunal con potestad revisará nuestra condena con lo que casi mejor no hacer nada. Lo malo de pensar así es que el día en el que un tribunal se ponga a ello, ya no habrá cárcel, celdas ni presos y hasta las pesas del patio donde otrora entrenaban forzudos internos habrán sido vendidas en incómodos plazos.

“¿Y por mala salud? Lo mismo nos conmutan la condena por mala salud”, intervenimos algunos, inasequibles al desaliento de la autocomplacencia. Hombre, mala salud, lo que se dice mala no parece que se tenga. Hemos aguantado puñaladas en el patio, en la celda, puñaladas vestidas de infierno snob, puñaladas en el sentimiento y en la identidad, puñaladas en el bolsillo, puñaladas en el buen gusto, en las entendederas, puñaladas que seccionan la ilusión de la cantera y puñaladas bañadas en el óxido de las comisiones. A día de hoy podemos decir que hemos perdido sangre a litros, pero seguimos en pie. Callados mayoritariamente, pero en pie. No nos debe quedar mucho porque justo hoy, para celebrar el oscuro aniversario, nos hemos desayunado el rancho de una nueva puñalada. Eso sí, adornada con ocho velas que asemejan ocho millones procedentes de Mönchenglad…como leches se diga, que uno ya no sabe ni ponerle nombre a todas de tanta puñalada como ha recibido.