Pues no,
suizo no creo que sea. No soy puntual como los relojes de aquellos lares y no
me va eso de la neutralidad. Pudiera ser que fuera andorrano, por lo de estar
en minoría de manera acostumbrada y por lo de comprar tabaco al por mayor o tal
vez azerbaiyano si supiera qué leches es lo que distingue a los que se refugian
debajo de ese gentilicio. Nada, lo tengo decidido…Me parece que soy eslovaco.
Sí, sí. Eslovaco de pura cepa. Tiene fuerza
– ¿Usted de
dónde es?
– Yo, de
Villarejo de Salvanés.
– Pues
déjeme pasar, hombre, que yo soy eslovaco y seguro que tengo más prisa.
– Pase,
pase, ¡cómo no!
Una vez
decidida la procedencia, que suele ser lo más engorroso, procedo a explicarles
el por qué de mi adopción por esa república tan centroeuropea. Uno ha decidido
exiliarse, aunque sea de esta manera tan arbitraria, porque no reconoce a los
que tiene alrededor, al resto de compatriotas. No crean que eso sucede solo por
el hecho de que la españolidad sea una salsa poco ligada por tantos
ingredientes como realidades nacionales la componen, no. Me pasa también, a lo
de no reconocer a mis iguales me refiero, en otros aspectos de la vida. Con el
Atleti, sin ir más lejos. Más de una vez uno se ha sentido de un eslovaco que
asustaba cuando veía a parte de la grada del Calderón postrada de hinojos ante
las carreras sin rumbo ni tino que Reyes perpetraba antes de que nos dejara
dejando tanta gloria como llevó.
Mi actual estado
de extranjería proviene de la perplejidad que provoca la falta de debate, el
pensamiento único, la sumisión que la masa muestra en todo lo que rodea a la
selección. Vaya por delante que uno quiere que la selección gane como el que
más, que lo de ser eslovaco de nueva adopción no pesa tanto como los años que
uno lleva siendo español. Aún así, ese deseo de triunfo, esa cercanía vecinal
no anula la capacidad de detectar preocupantes señales en el equipo y en su
noble alineador. Si uno se acerca al bar de la esquina, es mirado con la
prevención con la que se recibiría a un extraterrestre solo por el hecho de
discutir el tema del doble pivote. Da igual que pidan ustedes una Mahou con
acento de castellano viejo, si discute usted eso o lo de que en los equipos es
necesario un nueve, inmediatamente será catalogado por la parroquia de la misma
manera que un venusiano. No osen ustedes perorar sobre que, salvo el partido
contra Irlanda, el resto de partidos han sido unos tostones infumables so pena
de que la mayoría del pueblo le retire la palabra y hasta Remigio, el de la
furgoneta del pan, decida no pasar por la puerta de su casa por apóstata. No se
atrevan a discernir que una cosa es tiki-taka y otra muy distinta marear el
balón sin objetivo claro. Cualquier día nos pegan una bofetada (a un extranjero
queda feo darle con el puño cerrado) por decir en voz alta que los resultados
llegan como consecuencia del enorme talento individual del grupo pese a cómo se
está administrando el mismo.
Por eso,
antes de ver cómo la turba enfurecida pide justicia horcas y antorchas en mano,
uno se quita del medio y se hace eslovaco, aunque sea con pesar. Seguro que desde la posesión de ese
pasaporte nuevecito y con olor a imprenta, uno puede opinar sin miedo sobre el
daño que esos diez metros de adelanto en la posición de Xavi hacen al juego o
sobre si no parece significativo que todos los rivales dejen la banda derecha
de nuestro ataque desguarnecida ante el despliegue de fútbol total de nuestro
carrilero diestro. Todos lo que oigan estas opiniones nos dejarán por
imposibles. “Pobrecitos, estos eslovacos no saben nada de fútbol” y hasta lo
mismo nos invitan a una ración de queso curado para que sepamos lo que es
bueno. Ya les contaré cómo me va la vida de eslovaco, pero ahora tengo que
dejarles, que desde que uno es eslovaco, tiene más prisa….


