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jueves, 10 de marzo de 2016

Disidentes

Artículo publicado en CTXT:

http://ctxt.es/es/20160309/Deportes/4695/Simeone-Cholo-Atleti-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Transitaba servidor de ustedes la otra tarde por las redes sociales, esas nuevas metrópolis en permanente huelga de recogida de basuras, cuando me topé con un lobby pretendidamente atlético que criticaba a Simeone descarnadamente. Le acusaban de defensivo, básicamente. Argumentaban que las alineaciones del técnico tendían a la superpoblación de mediocentros. Le imputaban el delito de maniatar la creatividad, de cortar las alas a la imaginación. Todo ello después del derby, del partido de Mestalla y del encuentro en casa con la Real, que no fue tampoco moco de pavo. Ahí queda eso.

Esta nueva liga de la justicia estética con la me cruce de manera casual defendía un dibujo menos encorsetado, un modelo en el que se amontonaran los delanteros y los mediapuntas  -¡oh, cielos!- desordenadamente. Consideraban los gurús del grupo disidente que el talento estaba siendo maltratado por el Cholo. Entre sus reivindicaciones, exigían la inmediata alineación, todos a la vez y por decreto, de Griezmann, Vietto, Correa, Carrasco y Óliver. No llegaban a pronunciarse sobre Torres, pero sospecho que le harían un hueco en su alienada formación, no fuera ésta a tildarse de reservona por algún purista epicúreo ante la ausencia de un nueve más cartesiano. Opinaban, además, que hacer trabajar en la presión y en la fase defensiva del juego a los anteriormente citados era de una vulgaridad infamante, algo cercano al delito artístico, como quien dice. Sostenían a una sola voz que los futbolistas de pellizco, agotados y sudorosos por dedicarse a tareas tan farragosas, perdían frescura a la hora de crear y eso les llevaba a aburrirse como ostras. Se entiende, claro.



Los dardos de estos revolucionarios seguidores se dirigían seguidamente hacia Saúl, Koke y Gabi, triunvirato de mediocentros carentes de inspiración que, siempre según ellos, hipotecaban la innovación balompédica y ejercían de saboteadores de la circulación del cuero. También recibían lo suyo Kranevitter y Augusto, aun siendo nuevos, y solo Tiago se libraba de sus invectivas, probablemente porque queda poco decoroso meterse con los que están malitos. Todavía pensando que los comentarios, a cuál más surrealista, que provenían de aquella célula de talibanes del buen gusto eran una burda broma, reparé en un ciudadano que con cierta sorna les pedía interpretación sobre el cambio de nuestro entrenador que definió la ambición del equipo en Valencia. El de Torres por Kranevitter cuando el choque discurría todavía por las sendas del empate. Lo calificaron de farsa. Defendían que eso no era más que la excepción que confirmaba la regla, una sustitución tramposa y tribunera.

Me marché a la cama desasosegado, lógicamente, y a la mañana siguiente quise volver a sumergirme en sus océanos de esquizofrenia, principalmente para constatar que lo del día anterior no había sido un sueño. Allí seguían. A esas horas, todavía sin desayunar, glosaban las bonanzas del Atleti de Aguirre y rememoraban lo mucho que se divertían con aquellos partidos rotos y descontrolados. Cualquier día de estos, su desfachatez llegará al punto de pedir la vuelta de Maniche. Ese sí que era un mediocentro creativo, aunque por cuestiones de volumen pareciera que eran dos. 

jueves, 7 de enero de 2016

Galgos o podencos

Artículo publicado en ctxt.es http://ctxt.es/es/20160106/Deportes/3608/Atletico-de-Madrid-candidato-Liga-mercado-de-invierno-falta-de-gol-Real-Madrid-Bar%C3%A7a-La-Colchoner%C3%ADa.htm

Sentados en sus irreales poltronas, los conejos no tienen tiempo ni ánimo siquiera para discutir si el Atleti es un galgo o un podenco. Andan muy atareados retozando en sus propias miserias –no conocen otras, todo sea dicho–. No contribuyen tampoco a poner nombre a la amenaza la cohorte de corifeos acostumbrados, siempre dispuestos a ordeñar hasta el esperpento la ubre seca de lo que ellos llaman información. Mientras tanto, la polvareda se ha acercado tan peligrosamente como hace un par de años, cuando se pudo de moda aquella canción del “ya caerán”. No cayó entonces y pinta tiene de que va a ser que no ahora tampoco. No se trata solamente de un deseo ni de un sobrevenido poder adivinatorio que se me haya revelado entre turrones. Se trata de un ejercicio de observación y análisis pausado que paso a argumentar en el siguiente párrafo, que éste anda ya muy lleno.  

Mirando la clasificación uno repara en dos cosas. La primera es que ésta no va a ser una liga de record de puntos salvo segunda vuelta para el recuerdo de alguno de los aspirantes. En este escenario de mayor igualdad, en el que robar al descuido puntos a los grandes ha dejado de ser una utopía, mayores son las posibilidades del equipo de Simeone. Mucho más complicado sería para los rojiblancos aguantar el envite en una competición como aquellas programadas para dirimirse a doble partido en los clásicos, dada la imposibilidad de arañar resultado alguno por parte de los otros dieciocho equipos, chuchos sin raza todos, cuando los conejos asoman por los calendarios. La segunda es que el Atleti está en lo más alto, partido menos, partido más, se sobreentiende, a pesar de los pesares.

Los pesares se llaman falta endémica de gol y, puestos a afinar mucho, ciertas fases de los partidos sazonadas con un juego que podríamos calificar de anodino. Aduce el Cholo –palabra de Dios– que la falta de gol en sí no es tan preocupante cuando se crean ocasiones. Estando de acuerdo en el diagnóstico, uno cree entrever nostalgia en la mirada del técnico. Nostalgia de aquel Falcao, ahogado ahora nadando entre billetes, que tornaba en redes cualquier balón que tocara. Nostalgia de ese Diego Costa indómito que perforaba porterías potencia pura mediante, aunque fuera trastabillado tras chocar con tres adversarios que yacían caídos a su estela. Nostalgia incluso, quién lo iba a decir, por aquel Mandzukic aguerrido y tosco, adalid del simplismo aplicado al hecho diferencial del goleador. Justo esta temporada, cuando más delanteros se arremolinan alrededor de Simeone en cada entrenamiento, cuando mayor es el abanico de posibilidades, van los goleadores y se ponen a fumar, lo mismo que la abuela.

El gol en el Atleti desde mediados de la pasada campaña tiene acento francés. Solo Griezmann ha respondido a las expectativas numéricas y solo ello hace que se le perdonen esos episodios de ausencia durante los partidos que harían las delicias de cualquier neurólogo balompédico. Seguidamente las miradas se dirigen a los dos delanteros más puros que hay en la plantilla: Jackson y Torres. La prevista batalla por la titularidad entre ellos se ha tornado en un duelo de diversas ansiedades que debieran ser ponderadas de manera diferente. El colombiano anda a la búsqueda de su sitio, tanto en el campo como de cara al gol, pero su cruzada deja en ocasiones tufo a indolencia. Fernando, mientras tanto, pelea y lucha, se embolica por el camino y trasiega peleado con un gol redondo. Nunca fue el de Fuenlabrada un delantero de cifras, pese a poder presumir de ellas, y ahora no debería centrarse en las matemáticas. El uno por el otro dejan la casa del delantero centro por barrer y eso ha hecho que el técnico haya probado con resultado desigual con Vietto haciendo de nueve impostado en varios encuentros. Ni a esa llamada acudieron los goles. Completan el bodegón Correa, Carrasco y los centrocampistas que quieran sumarse a la fiesta goleadora sabiendo que toda ayuda es buena aunque la responsabilidad de marcar no recaiga en sus hombros. La cifra goleadora se antoja algo enclenque, cierto, pero suficiente si se apoya en la proverbial capacidad defensiva, joya de la corona marca de la casa admirada allende los mares.



Puestos a señalar como pesar al juego desplegado por nuestro equipo, permítanme antes declararme en rebeldía de nuevo ante cualquier debate centrado en lo puramente estético que se pueda echar uno a la cara. El problema de juego, si es que lo hubiera, nace de una puntual falta de verticalidad o de episodios de desconexión con la delantera –otra vez el gol, traidoramente esquivo–, nunca de militar en posiciones alejadas del preciosismo tiquitaquero –los dioses nos libren de semejante lacra–. Si de pulcritud en las maneras para con el balón hablamos, es menester acordarse de Tiago. La sombra de la ausencia del portugués es alargada. Su falta ha retrasado a Gabi, cumplidor en el posicionamiento y en la brega, deficitario en la salida del cuero. Tampoco Saúl ha acabado de convencer a la hora de suplir al luso: más desorden táctico y pérdidas comprometedoras han alejado al canterano del círculo central, tal vez para definitivamente quedar unido al puesto de interior. Además, Koke, dueño y señor de la patente del último pase en los últimos tiempos, se ve obligado a un mayor despliegue físico que acusa en fase de ataque y a Óliver parece deprimirle la cercanía de la cal de la banda y estar pendiente de cerrar el carril que le toca. No todo son noticias regulares. El vacío de Tiago ha rescatado a Thomas de lo más profundo de un banquillo con perspectivas de cesión. El ghanés ha estallado en el medio campo y en nuestros corazones como una bomba de hidrógeno. Su despliegue físico, su fe y su llegada al gol nos han enamorado como a adolescentes y hemos vuelto a creer en cosas en las que se deja de creer cuando uno firma una hipoteca. Aun así, hablamos de otro interior, no –todavía– de un cinco de los de toda la vida.

El mercado de invierno, otrora zoco persa del que salíamos escaldados baratija tras baratija, nos trae como añadido dos apuestas casi seguras. Kranevitter, el cinco más cinco que Argentina ha fabricado en varios años y Augusto Fernández, otro todocampista metido a mediocentro, también de la patria del tango pero con nombre y planta de cantante de rancheras. La suma de ambos junto con la maduración y asentamiento de los mimbres que ya hay en la plantilla, debería ser suficiente para suplir, que nunca olvidar, al añorado Tiago. La competencia y la presencia de tantas alternativas juegan a nuestro favor, solamente el tiempo necesario para ensamblar las flamantes piezas y asumir los nuevos roles de cada uno pesan en nuestra contra. La polvareda ya está cerca y los conejos siguen discutiendo de sus cosas.

Sin querer parecer demasiado optimista, lo lógico es que todo vaya a mejor. Delanteros que encuentren la confianza perdida con goles, aunque sean con la espinilla y en semifallo, aunque haya dudas de si hay que atribuírselos a ellos porque antes rebotaron en el trasero de un central lleno de tatuajes y flequillo a lo Brian Ferry. Un centro del campo cómodo tanto en la brega como en el manejo del tiralíneas que sirva, además, de coartada firme desde la que despejar cualquier sospecha de cansancio por la carga de partidos. Una defensa y un portero que se ciñan al guion que llevan bordando desde el inicio del rodaje. Llega el momento de utilizar el tan cacareado fondo de armario y llega con el equipo en una posición envidiable, impensable hace tan solo un lustro.


Los conejos y sus rapsodas oficiales, incapaces de ver lo que se les viene encima, debatirán hasta el mismo momento de recibir la primera dentellada si este Atleti es una amenaza. Si los pesares a solventar por los de rojo y blanco son suficiente motivo para seguir adorando tranquilamente su propio ombligo ¿Son galgos o son podencos? Tal vez, ni cuando ya sea demasiado tarde repararan los roedores en lo que se les viene encima. Ojalá.  

lunes, 30 de noviembre de 2015

Como un crujido

Fue como un crujido. Ocurrió en una jugada que algunos, ignorantes de la trascendencia que a la presión se otorga en el Atleti, calificarían de intrascendente. La memoria histórica del fútbol está llena de jugadas nimias que han alcanzado el nivel de leyendas en nuestras mentes. Al cierre de estas líneas todavía no se ha podido constatar si el crujido se oyó o no, pero todos lo sentimos. Crujió la tibia de Tiago aunque no crujiera más que en sentido figurado. Tal vez fue un chasquido, tal vez solo una explosión de dolor, pero pareció un crujido al que siguió un estruendoso silencio. La afición, consciente de la importancia del portugués en el equipo, notó muy dentro un crujido helador, cerca de donde debe estar el alma. Crujió el ánimo de la grada y crujieron los cimientos del Calderón de una manera que hizo pensar si aquella aluminosis de la que se curó nuestro estadio no se hubiera reproducido. Se han recogido testimonios de conductores que transitaban por la M30, justo en su discurrir al lado del estadio, que aseguraron notar un crujido sordo que les obligó a sujetar el volante más fuertemente para no perder el control de sus vehículos. Más tarde el Instituto Geográfico Nacional, tras consultar las mediciones sismológicas de la zona, corroboró las versiones de los testigos localizando el crujido en la parcela central del campo, puntualizando que más que epicentro, en este caso debería hablarse de mediocentro del seísmo.



Evacuaron a Tiago en camilla entre los aplausos del público asistente y, desde ese punto, anduvo el equipo con la cabeza en otro sitio. Intentándose convencer de que habría vida tras el crujido. No es fácil asumir la pérdida del timón, de uno de los líderes. Tiago se rompía, crujido mediante, justo cuando estaba haciendo la mejor temporada de las muchas buenas que hizo junto a nosotros. Llegó el Atleti destemplado al descanso y en la grada se podían escuchar los crujidos del pan de los bocadillos mordisqueados desganadamente. El silencio y la preocupación seguían siendo dueños de la tarde desde el crujido. Ya en la segunda parte el partido se dejó ir, respetuoso con las circunstancias. Tampoco puso en mayores aprietos el Español, por si alguien pudiera afearle poca solidaridad con los afectados por el crujido. Demandaba el aficionado partes médicos esperanzadores, no crónicas de lo que pasaba en el césped.  


Terminado el encuentro, el diagnóstico del alcance de la lesión hizo revivir el crujido. Crujieron entonces las esperanzas. Muchos notaron crujir todas las ilusiones depositadas en la temporada. Hubo quien notó crujir a un tiempo Liga, Copa y Champions. Se dice que crujió el cuero dolorido de los balones que fueron, son y serán, sabiendo que pasará tiempo hasta que alguien en el Calderón los vuelva a tratar con el respeto que lo hacía el luso. Todavía en shock por el crujido, es necesario remontar y no dejarse llevar por la desesperación. La capital baja de Tiago deberá ser suplida como tantas otras veces solventó este Atleti las adversidades: desde lo colectivo. Thomas, Saúl, Koke, la llegada de Kranevitter, Gabi, siempre Gabi, deberán sobreponerse al crujido inmediatamente y sumar las condiciones de cada uno para poder sustituir al mediocentro con mayor dominio posicional que uno recuerda. Ése que fue el sábado con todo para presionar al jugador rival intentando evitar un contraataque del equipo contrario. Un segundo después, solo había crujido.