Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2015

Parones, chorizos y tempranos análisis

Sabemos por experiencia que un parón de selecciones es como un primo lejano que viene a la ciudad y se te mete en casa de okupa con la austera intención de ahorrarse el hotel. El parón, que siempre aparece de manera inoportuna y más cuando la liga acaba de comenzar y todavía no ha dado tiempo a saborearla, se presenta en nuestros dominios con su maleta de cartón e intenta paliar su molesta condición aportando a la causa familiar suculentas viandas traídas del pueblo, algo muy apreciado por los que somos de ciudad. Llenas están las hemerotecas de casos en los que pobres urbanitas como el que suscribe se regodean paladeando chorizo de gato disfrazado de cerdo ibérico pero que degustado lejos del asfalto da el pego como si el minino hubiera sido alimentado con bellotas desde su más tierna infancia. Teniendo al parón en casa uno no puede pasearse en calzoncillos ni meterse el dedo en la nariz cuando le pica y debe evitar aparecer en la cocina con las sandalias de la piscina sobre unos calcetines de rombos por muy cómodo que el conjunto resulte. Es probable también que uno se vea desterrado a dormir al sillón porque al parón hay que dejarle la cama del niño para que tenga algo de esa intimidad que nos ha robado con alevosía, pasando inmediatamente el niño a dormir con la madre siguiendo el dictado de una de esas leyes no escritas sobre prioridades que existen en todos nuestros domicilios. Uno cuenta los días para que el parón termine pronto de solucionar los asuntos que le han traído a estos nuestros lares y se vaya con viento fresco para poder recuperar nuestra vida: nuestra cama, nuestros discutibles estilismos caseros, nuestros sábados y domingos con fútbol de nuestro equipo y no con partidos contra combinados nacionales que representan a países con nombres de postre o de enfermedad contagiosa. Aun así, en esta ocasión uno agradece que el parón de selecciones se hiciera carne después del partido en el Pizjuán. Con ese regusto a partido grande, a equipo que puede aspirar a todo que dejó el Atleti.




Si el parón se hubiera demorado solo un poco, si su tren hubiera llegado una jornada más tarde a la estación, hubiéramos tenido que soportar la estancia del parón escuchando los lamentos de los habituales cenizos, que los hay y a racimos entre los nuestros y entre otros de cuyo nombre no quiero acordarme. No estuvo bien el Atleti ante el equipo del padre de los hijos de Shakira, sí. Tal vez no salió el plan como se esperaba pero tuvieron en el lance más peso los fallos individuales y las actuaciones algo oscuras que los fallos en el planteamiento. Lo mismo alguien ha llegado a interiorizar tras un verano de castigo subliminal que este Atleti está confeccionado para retar a los dos equipos del régimen a campo abierto. Cierto es que David tumbó a Goliath y a eso se aspira, pero con honda, no a bofetadas. Cuando el equipo se olvida de meter en el equipaje la presión asfixiante o el acudir a la llamada de los balones divididos como si no hubiera mañana y cuando varios de los acostumbradamente más brillantes entre los nuestros se ponen de acuerdo para levantarse poco católicos ocurre algo parecido a lo que ocurrió. Añadan a la ecuación si son ustedes tan amables que Marimar y Messi rebuscaron en la chistera para sacar de ella dos palomas justo cuando el número flaqueaba. Nada de jinetes apocalípticos ni de aguas que se abren. Solo fútbol.


A favor de los que suelen apreciar la botella medio llena habría que apostillar que un Atleti en clara fase de rodaje perdió por un escaso margen de diferencia y que hasta se puso por delante a pesar de los pesares. No me esperen tan pronto para señalar, que además queda muy feo, ni para buscar alternativas desesperadas. Nadie prometió que esto fuera a ser fácil ni que las temporadas se analizaran cuando empiezan a dar sus primeros y titubeantes pasos. Tomen ustedes distancia, disfruten del camino y sean pacientes. Tiempo habrá para jubilar, vender o mandar a hacer puñetas a éste o aquel y para saber si los nuevos fichajes acaban convirtiéndose a la religión de la cual Simeone es el único profeta verdadero. No confundan exigencia con cortoplacismo, por caridad. Mientras tanto, permítanme disfrutar de los últimos vestigios del glorioso chorizo que el parón me trajo como obsequio para intentar minimizar los trastornos ocasionados por su presencia. Nada que ver con los chorizos de aquí, de la ciudad. El de pueblo tiene un sabor difícil de describir, una frescura que parece que el cerdo que lo posibilitó hubiera pronunciado su último miau hace tan solo unos minutos…

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tortellini Western (o lo que es lo mismo, un Spaghetti Western de bajo presupuesto)

La nube de polvo que anunciaba su llegada se hizo visible mucho tiempo antes de acercarse a la entrada del pueblo. Los habitantes del pueblo estaban acostumbrados ya, era lo que tenía ser una de los puntos por los que primero pasó el ferrocarril en el estado. Una estación de paso, un lugar por el que todo el que tuviera algo importante que mostrar tenía que pasar. El sheriff y sus ayudantes salieron a recibir a la caravana como solían hacer. No solo era una rutina, era un aviso a los que allí paraban. En ese pueblo no sea admitían los líos.

– ¿Qué les trae al pueblo? –preguntó el sheriff moviendo el guardapolvos para dejar ver el revólver y reparando en el llamativo pañuelo rojo y blanco que vestían los forasteros.

– Trabajamos para el reverendo Appletree. Traemos ganado a la feria. Venimos de muy lejos, de un lugar de verdes pastos al lado de un río. Cerca de territorio indio –contestó uno de los viajeros mientras acariciaba el cuello de su caballo, que piafaba inquieto tras el largo trayecto.

– ¿Cuántos son y qué tipo de ganado traen? –inquirió uno de los ayudantes con tono desafiante

– Somos once, dicen que es el número ideal para conducir este tipo de rebaños. Nos distribuimos según las consignas de nuestro predicador, hay veces que podemos ir más jinetes en la vanguardia. Otras, nos quedamos un poco más tapaditos, como en esta ocasión. Ya le digo, cada caravana tiene sus condicionantes. Depende de los peligros de cada viaje.

– ¿Y el tipo de ganado? –reiteró molesto el guardián de la ley.

– Traemos muchas cabezas de ilusiones. Ilusiones lustrosas que vienen un tanto desbocadas. No ha sido fácil controlarlas, no crea. Es lo que tienen las ilusiones, son rebeldes y algo caprichosas –aclaró solícitamente otro de los vaqueros –. ¿Cree que tendremos problemas para cruzar el pueblo?

– Depende de vosotros –dijo el sheriff provocando una explosión de risas desdentadas en su séquito –. Aquí todo el que quiere pasar necesita un permiso especial del señor Moneybox, el jefe del pueblo.

– No hemos oído hablar de él.

– Ya lo conoceréis, bueno…conoceréis a sus hombres. Los tiene bien entrenados. Son gente sin escrúpulos, con fama de cuatreros de ilusiones. No son hombres fuertes, no. Son más bien bajitos, pero saben utilizar un arma –explicó el representante de la ley para terminar escupiendo el tabaco mascado sobre la roja tierra–. Un hombre peligroso Moneybox. Gusta de vestir como los enterradores, de levita ceñida y corbata estrecha. Siempre tiene una buena palabra preparada, pero no os engañéis, no tiene piedad con quien osa adentrarse en sus dominios sin ofrecerle tajada.

– Tendrá que vérselas con nosotros –sentenció ufano un jinete de mirada altiva, gatillo fácil y rasgos mestizos al que los otros vaqueros llamaban Radamel.



Espolearon los caballos para adentrarse en la población confiados por los buenos resultados obtenidos en los últimos duelos. Estaban ganándose una reputación de pistoleros rápidos y de buen gusto a la hora del disparo combinado pero todavía les quedaba un largo trecho hasta conseguir el renombre de otras bandas, bandas míticas que disparaban sin preguntar. Bandas que contaban sus duelos por victorias y sus  borracheras por el número de enaguas subidas a las poco respetables señoritas del salón de Molly.

Justo detrás de la oficina de telégrafos, asomó el primer reflejo de un arma que les apuntaba desde el tejado. Los hombres del reverendo reaccionaron bien y fue aquel al que llaman El Portugués (uno que últimamente andaba fallón con la puntería), el que alojó una bala en la madera que servía de parapeto a uno de los hombres de la banda rival. A partir de ahí, se desataron las hostilidades. Un tiroteo de los buenos, una balacera en toda regla…bueno, no en toda regla. De un tiroteo uno espera disparos en los dos sentidos, pues en este no. En este disparaban siempre los mismos: los bajitos de Moneybox. Los hombres del reverendo Appletree olvidaron en medio del tumulto algunas mejores prácticas que todo pistolero debe seguir a pies juntillas: guardar las espaldas para que no te agujereen el trasero, apostarse tras defensas firmes o que te cubra un compañero con fuego a discreción cuando intentas subir la banda. 

Acabó mal, qué quieren que les diga. Muchas bajas y muchas cabezas del ganado de la ilusión perdida. A la hora de buscar responsables se pudiera mirar a una manera de enfocar el duelo algo reservona por la gente del predicador. Tal vez se podría achacar a la pericia de un pistolero con cara de niño alelado que donde pone el ojo pone la bala y al que se le ofrecieron blancos demasiado fáciles. A lo mejor se debería asumir que hay ciertos duelos que, tristemente, de antemano parecen perdidos. Pudiera ser que hay ferias de ganado que nos vienen grandes y de las que salimos heridos en el orgullo por no saber mesurar la realidad. Pudieran ser tantas cosas…o puede ser que siempre sea consecuencia de la misma, esa que nos hace batirnos en duelo desigual de trabucos y arcabuces pagados a precio de oro contra colts y rifles Winchester. El tiempo nos lo dirá.
…………………………………………………………………………………………………..............

– Mira, aquí tengo una superficie apreciable de piel en la que no me han disparado ­–descubrió animado uno de los hombres de pañuelo rojiblanco cuando, vencidos, enfilaban el camino a casa con el rebaño de ilusiones muy mermado.

– Ya, ya…–dijo algún descreído al ver como el agua que bebía de la cantimplora se le salía del cuerpo a través de la multitud de agujeros que poblaban su anatomía.