lunes, 8 de febrero de 2016

El adiós del delantero borroso

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco: http://www.lavidaenrojiblanco.com/opinion/el-adios-del-delantero-borroso/

Ya desde la primera vez que se enfundó la rojiblanca, a Jackson me refiero, le vimos desenfocado, borroso incluso. Sirvieron entonces como excusas la adaptación a otro fútbol, que siempre es muy socorrida, y el Profe Ortega, ese sistemático despachador de agujetas. Ni mirando debajo de las alfombras del frente de ataque aparecía aquella agilidad felina ni ese romance con el gol que, a ritmo de bachata, se prometían. Algunos apuntaron también como atenuante la disputa de la Copa América, competición a la que se acusa de casquivana a las primeras de cambio por disputarse de madrugada. Puestos a exculpar, valía casi todo. Sabido es que en verano las preocupaciones quedan ocultas tras varias capas de crema solar de protección treinta.

Tras una pretemporada brumosa comenzó lo serio y, entre la más absoluta nadería, Jackson dejó un gol esperanzador en el Pizjuán. Un gol de jugador caro. De asesino preciso, de delantero totalmente alejado a la turbia imagen que el atacante había dejado hasta la fecha. A pesar del margen que le otorgó aquel remate, la afición seguía viéndole desdibujado en cada nueva oportunidad que Simeone le daba. Cientos de aficionados rojiblancos pidieron cita en el oculista, acongojados, para revisarse la vista. No era posible que al resto de sus compañeros, con sus más y sus menos, se les distinguiera nítidamente tanto en el campo como en retransmisiones televisivas y a Martínez se le percibiera como a través de una nebulosa, un poco como a Sara Montiel en sus películas.

Los encuentros se sucedían y Jackson agotaba su crédito y las paciencias ajenas a base de indolencia. Ni un reproche recibió de colegas de vestuario ni de equipo técnico. No existía atisbo de disidencia a la hora de mostrarse totalmente involucrados en la cruzada de salvar al sudamericano de esa imagen turbia que uno distinguía al posar la mirada en sus carnes morenas. Para el recuerdo quedará la celebración que todos sus compañeros le regalaron tras lograr su primer y único tanto en Europa. Dio igual que éste fuera desde el suelo, de rebote y a un equipo asiático. Se festejó el gol como si hubiera valido un título, un billete a una noche interminable con escala en Neptuno. El colombiano recibía los abrazos, parecía que aliviado, y aún entonces los que se fijaron en él notaron que su figura seguía estando difuminada.



Lo que pareció el comienzo de una gran amistad, la de Jackson con el gol y la de la afición con el punta, se tornó en una mayor decepción a medida que los partidos discurrían. Al fijar los ojos en Martínez uno notaba un velo que impedía verle de manera transparente. Sus propios compañeros, empecinados en otros momentos en buscarle, repararon en que el nueve llamado a ser la referencia de este año comenzaba incluso a perder color. El delantero cafetero, ya totalmente descafeinado en esos momentos, se había convertido en alguien invisible. Minutos y horas sin influir en el juego, sin pisar el área con algo de sentido, sin hacer algo de provecho para el equipo lo atestiguaban. La grada, con el aguante ya a la altura de la entrepierna, empezó a acompañar cada una de sus intervenciones con el típico runrún que los jugadores de los que poco se puede esperar siempre llevan como sombra. El atacante, para aquel entonces, respondía en cada comparecencia con otro esperpento y había conseguido transmutar la agilidad felina del envoltorio con el que se compró en impotencia de gatito doméstico al que le han quitado las uñas. Al dolor se encomendó el punta, al provocado, más concretamente, por un golpe en el tobillo que tardó en sanar lo que un fractura. No hubo nadie que echara de menos su difusa apariencia mientras convalecía. Pobre Jackson.


En los últimos días de Jackson entre nosotros, daba casi un poco de pena mirarlo. Su cara estaba totalmente pixelada, como la de los menores que salen en las revistas del corazón y otras vísceras. Por ese motivo, tal vez no tocó un balón en los minutos que Simeone le regaló como último salvavidas en el partido contra el Sevilla o no apareció cuando las cosas se pusieron feas en la eliminatoria del Celta. Se entiende su ostracismo sin embargo, no debe ser fácil tomar la decisión de sacar al campo a alguien sin tener claro si es un rematador o la hija pequeña de Fran Rivera toreando al natural. Su historia finaliza sin previo aviso. Estaba asumido que para distinguir al atacante tendríamos que achinar los ojos de aquí al final de temporada cuando Martínez se nos marcha. En su nuevo destino le verán mejor, los ojos vienen rasgados de fábrica. Pese a todo, miro y remiro la foto de su anunciación al lejano oriente y le sigo viendo borroso. Distingo sin dificultad al chino que está a su lado, eso sí, pero la cara de Jackson sigue estando difusa. Lo mismo es que le fichamos como delantero goleador y resulta que era un hijo secreto de la Pantoja. Todo se verá, pero lejos de aquí, por caridad. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Bellas derrotas

Artículo publicado en CTXT: http://ctxt.es/es/20160127/Deportes/3983/Atletico-de-Madrid-FC-Barcelona-Luis-Filipe-Godin-Undiano-Mallenco-arbitraje-La-Colchoner%C3%ADa.htm


A la derrota y a la muerte, una vez asumimos su condición de inevitables, se les debe exigir un escrupuloso respeto por la estética. Dicho esto de antemano, recuerda uno pocas derrotas tan lindas como la que el Atleti cosechó el fin de semana pasado. Fue una derrota completa. Redonda. Una derrota de sabor mucho más agradable que cientos de victorias. Una gran derrota que nos mandó a nuestro cuarto, sin cenar, a los que en ocasiones abrazamos el resultadismo como manera de vida. El pitido final nos dejó maltrechos y vencidos, pero orgullosos. Fue una derrota guapa a rabiar.

Ayudó, seguramente, que la derrota tuviera como escenario ese campo que desde hace tiempo se ha erigido en referencia del gusto futbolístico. Cuestión de etiquetas. Uno piensa que desde que los emiratos ofrecieron a Xavi un retiro sin retirada, el fútbol que se ve en ese estadio se ha afeado notablemente, pero es complicado para los que encasillan cambiar de registro. Las etiquetas, las preconcepciones que la mayoría traen de casa fue una de las dos únicas cosas que le sobraron al encuentro. La violencia, ese injusto sambenito que acompaña nuestros actos desde que el Atleti decidió colarse por la gatera en los salones de tapices donde se reparten los títulos, volvió a sobrevolar las crónicas y comentarios posteriores al choque. Por fortuna, la gente del fútbol no piensa de esa manera. De Luis Enrique, entrenador al que todo el zen del que Guardiola dejó impregnado su banquillo le tira de sisa, no sé si podemos asegurarlo. Él se lo pierde.



La otra cosa que sobró fue el colegiado. No seré tan previsible como para discutir la expulsión de Luis Filipe. La roja fue tan justa como la entrada reprochable, dado el lugar en el que dejaba al equipo. El lance, además, tuvo algo de comprensible dentro del contexto al que el árbitro, con precisión de croupier repartiendo cartas marcadas, había llevado el partido. Digo que fue el trencilla quien llevó al partido a ciertos terrenos y digo bien, no fue el rival pese a que éste se mostró inmisericorde ante los pocos desajustes en que los nuestros incurrieron. El navarro administró justicia con el papel memorizado de antemano. Sabiendo qué y a quién. Mitigando a base de tarjetas amarillas el insultante dominio que los de rojo y blanco ejercieron en los primeros minutos de juego. Los libros de historia reflejarán que expulsó a dos jugadores expulsables y que sacó el partido adelante. Mentirán. No hace falta inventarse penaltis para perjudicar los intereses de uno de los contendientes. Mal Undiano, mal.


Pese a todo, les comentaba antes que la derrota fue preciosa. Encerrar en su área de principio al líder de la liga, a un equipo a cuyas estrellas se las conoce por sus siglas en tertulias deportivas y casas de comidas, tiene su aquel. Hacerlo además en medio del temporal y jugando con diez, tiene un mérito innegable. Constatar que, cuando el choque desembocaba en un descuento insuficiente –otra vez Undiano, diligente–, una falta lateral a ejecutar por un equipo mermado –nueve hombres–, provoca escenas de pánico entre jugadores, técnicos y hasta varios notables de la política catalana que, dada la ocasión, dejaron el procés aparcado en zona de minusválidos, no tiene precio. Salió el Atleti reforzado en la derrota tras unos partidos que sembraron ciertas dudas. Todas ellas se disiparon en el Nou Camp. Debería ser delito dudar de este grupo y del que maneja el timón. Volvió a demostrarse que el Atleti sabe perder como nadie. Esa manera de perder, que cantó Sabina, hace que el aficionado rojiblanco sea el único que le sonríe a la derrota de la misma forma que riega de lágrimas sus triunfos. No lo confundan con la tontería esa de los sufridores ni otras zarandajas. Se trata de que solo el Atleti es capaz de pintar en su lienzo derrotas tan bellas como la del pasado sábado. 

martes, 2 de febrero de 2016

Dos símbolos

Artículo publicado en La Vida en Rojiblanco: http://www.lavidaenrojiblanco.com/dos-simbolos/

Dos símbolos. Sentado uno frente al otro. Dicen las crónicas que había un testigo, pero su presencia, presidida por ese torvo apéndice nasal, siempre está de más. Aquí también sobraba. Los dos se miran a los ojos. Se dicen lo que tienen que decirse, conscientes de que en la iconografía atlética son mucho más que dos hombres que conversan. Hablan directamente, huyendo de los manoseados lugares comunes. Prescinden de formalismos y de convenciones. En momentos así no hacen falta. Afean la estampa, incluso. Son dos hombres nada más: Diego Pablo y Fernando. Fernando y Diego Pablo.

Compartieron vestuario siendo jugadores. Uno volvía del largo viaje de su carrera como futbolista y el otro echaba a volar con todo el futuro por delante. Uno estuvo presente en aquel triunfo que se marcó en nuestras almas, cuando nos hicimos mayores borrachos de doblete y el otro heredó un equipo en derribo. El Niño pecoso intentó tapar las innumerables vías de agua de una nave que naufragaba y se convirtió para todos en el único bote salvavidas al que agarrarnos para no ahogarnos en mediocridad. Años después, el destino y sus voluntades les volvieron a juntar. Ésta vez como entrenador y pupilo.



El nuevo encuentro les retrata a uno consagrado en su papel de apóstol del colchonerismo y al otro como al nunca olvidado hijo pródigo que retorna. El técnico que nos devolvió a esos lugares que habíamos dejado de frecuentar y el delantero que cada vez que celebraba uno de los innumerables títulos encontraba una excusa para acordarse de los que son sus colores. El jugador que lo había ganado todo volvía para ponerse a las órdenes del entrenador con el que volvimos a aspirar a ganar todo. El destino a veces se pone caprichoso.

Dos símbolos. Se sentaron el uno frente al otro y hablaron. Se desnudaron con palabras y ambos reconocieron en el otro interlocutor los mismos tonos en rojo y blanco. Apostaría sin temor a equivocarme a que los dos dejaron a un lado sus intereses más personales para pensar en el bien común. Seguramente se dijeron alguna que otra frase bien afilada. Probablemente hubo momentos de dolor. Es lo que tiene cuando uno se sienta a hablar con alguien mirándole a los ojos. Desde que se conoció la existencia de esa charla entre ellos, andan los medios y las redes pergeñando y figurando. Imaginando lo que fue. Los hay que reclaman conocer en profundidad el contenido de esa conversación. Les confieso que yo no quiero saberlo. Deseo que esas palabras queden siempre entre ellos. Son dos hombres nada más: Diego Pablo y Fernando. Fernando y Diego Pablo.